Viajes de un Colombiano en Europa, primera serie

Part 33

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Los alderredores de Málaga contienen innumerables jardines y muy bellas y valiosas haciendas, donde se ven casas de campo de una notable elegancia, y algunas de riqueza artística. En la vega marítima del Guadalhorce hay preciosas plantaciones de naranjos y limoneros que hacen recordar los primores de la Huerta de Valencia. Es increíble el consumo que hace la Europa del fruto ó las esencias ácidas y aromáticas de aquellos bosques de limoneros. Al derredor de los huertos, los jardines y las haciendas y fábricas del valle, se suceden en anfiteatros cortados las colinas cuajadas de viñedos. La riqueza y variedad de esas viñas es asombrosa (en comparación de las dificultades del terreno), pues no solo se hace una inmensa produccion de vinos blancos, tintos y anaranjados, mas ó ménos aromáticos y agradables, cuya fama es universal, sino que se obtienen en abundancia esas famosas uvas especiales para la preparación de las exquisitas _pasas_. Debo decir, en obsequio del popular adagio, que me costó trabajo beber buen vino y conseguir buenas pasas en Málaga.

Casi una tercera parte de la ciudad se compone de nuevas construcciones, en lo general espléndidas, muy vistosas por sus numerosos balcones y celosías ó gabinetes volados, verdes ó azules, sus pavimentos de mármol, sus grandes enrejados de fierro, sus alegres azoteas y sus miradores de estilo oriental. En la parte nueva las calles son espaciosas y limpias, abundan los grandes hoteles y cafés, se notan la comodidad y el gusto, y no se encuentra verdadera semejanza material con las ciudades interiores de España. La famosa _Alameda_ es una espléndida calle-paseo, donde abundan los árboles gigantescos, las fuentes, las estatuas y los canapés de granito, entre dos filas de elegantes edificios. Asi mismo, las construcciones que dominan los muelles ó avecinan el puerto, relevan, el progreso del buen gusto y la vitalidad de las ciudades marítimas.

Pero la gran masa de la ciudad, de construcción antigua, es un laberinto de callejuelas incomprensibles en el primer momento, oscuras, muy estrechas, generalmente sucias, llegando algunas a un grado de inmundicia increíble. Allí las construcciones caprichosas, extravagantes, bárbaras sobre toda ponderación, semi-morunas, semi-españolas, entre cuyas moles se agita sin cesar, en la estrechez y estrujándose sin lástima, una numerosa y activa poblacion de los tipos mas heterogéneos. La elegante y hermosa malagueña (las mujeres son allí muy lindas en gran número) se pasea visitando los ricos almacenes y las tiendas de modas y curiosidades, sacudiendo con una gracia inimitable el abanico de ébano, de nácar ó de sándalo con graciosos adornos y ricos paisajes; y seduce por la gracia de su andar, desembarazado pero digno. Y no menos llama la atención por sus _dejos_ y picarescos aires la...malagüeña de menor cuantía,--tipo que media entre la _manola_ y la _griseta_,--vestida con telas de colores vivos, con la cabeza descubierta, vivaracha y provocadora, guiñando el ojo con peligrosa habilidad, morena y rosada, rolliza y tentadora como uno de esos racimos maduros de rosadas uvas que produce el pais.

Al mismo tiempo hormiguea en las calles un enjambre de obreros toscos y brutales, vestidos con abandono, de marinos de todas las naciones, de comisionistas afanados á caza de clientes, de negociantes inquietos entregados exclusivamente á la fiebre de la especulacion, de soldados de franjas amarillas, pasablemente ociosos, de carreteros y vivanderas haciendo una algarabía de todos los diablos, de algunos semi-majos y toreros de estilo de matamoros, y de pillos de todas edades que abundan siempre en las ciudades mercantiles, con su numeroso acompañamiento de andrajosos mendigos que son inevitables en casi todas las ciudades españolas.

El gran movimiento de Málaga no proviene únicamente de su fuerte producción de vinos y demás artículos de su agricultura, por valores considerables. Malaga es, por su posicion y la naturaleza del terreno de toda la provincia y las vecinas, el puerto obligado de Granada, Jaen y parte de las comarcas de Córdoba, y de las poblaciones que demoran del lado de Ronda como del de Vélez-Málaga. Aparte de esos motivos de centralización de un vasto comercio, Málaga tiene una producción fabril ó manufacturera de bastante importancia y bien variada. Allí se fabrican sederías y muchos tintos, algún azúcar, varios tejidos, sombreros, máquinas y objetos de fundicion, jabones, encurtidos, loza, etc.,--se trabajan mil objetos de arte, como lindos abanicos, bustos de yeso muy delicados y otras curiosidades de mano,--y se hace una vasta preparación de frutas conservadas y destilaciones. Málaga es, sin disputa, la segunda ciudad mercantil de España, pues solo Barcelona le es superior.

Málaga, tan rica en industrias, tan comercial y fuerte en la producción de vinos[4], es una ciudad pobre en monumentos. El único que merece atención, todavía por acabar y rodeado de tristes y menguadas callejuelas, es la catedral. Pertenece al estilo del Renacimiento, del órden compuesto, y aunque su fachada es una obra muy notable, su torre magnífica y de muy buen gusto es por sí sola un monumento. El interior del templo, compuesto de tres hermosas naves, es verdaderamente grandioso por sus formas generales, pero carece en sus pormenores de valor artístico, en lo que hace á pinturas y esculturas, y no hay nobleza en las condiciones arquitectónicas. Deben exceptuarse los techos de las naves que son muy hermosos, enteramente de piedra y con muy buenos relieves, y el vasto coro central, cuya sillería posee riquísimas esculturas en madera, y cuyos dos órganos colosales son de mucho mérito.

La vista que ofrece el panorama de Málaga es soberbia, cuando se le contempla desde las alturas contiguas donde se encuentran el fuerte de la _Alcazaba_, que se conserva medio arruinado, y las ruinas del antiguo castillo de _Gibralfaro_, obra moruna que estuvo situada á mayor elevacion y se comunicaba con aquel fuerte. Desde allí se admira un cuadro de hermosura triste y majestuosa, si se tiende la vista sobre el Mediterráneo, las lejanas costas africanas y las serranías españolas, pero risueña y alegre, si solo se considera la ciudad y su puerto y el vecino valle. El mar, tan majestuosamente monótono cuando rodea sin contraste una de esas ciudades flotantes, formas admirables de la civilización, que se llama un buque, es un tesoro de primores y sorpresas cuando sirve de marco á una costa. Pero en ninguna parte tiene tanta hermosura y tan sublime poesía como en los estrechos de la Mancha y Gibraltar, donde las ondas con su incesante movimiento, sus resplandores vagos é inasibles, su población flotante y sus elocuentes rumores, parecen continuar en cierto modo, mas bien que interrumpir, el espectáculo de vitalidad que se manifiesta en la tierra. Ese gran drama del mar, permanente en su _espíritu_, pero variable en sus formas hasta lo infinito, es un misterio supremo que seduce, fascina, embarga los sentidos y obliga á meditar.

Pero en aquel estrecho del Mediterráneo la seduccion es mas poderosa que en ninguna otra parte, por el contraste de las razas y civilizaciones que se ven frente á frente al traves de ese valle movedizo, casi siempre atormentado por terribles tempestades. Al ver sus movimientos se imagina uno que cada onda trae en sus pliegues alguna revelacion, alguna queja de ese mundo misterioso, exuberante de calor, de fuerza, de vida y de barbarie que se llama el África.... ¡Extraño fenómeno! Apenas una ancha fosa marítima separa esos dos continentes (ó semi-continentes) y sinembargo su distancia moral es inmensa! El Nuevo Mundo, tan léjos de Europa y tan colosal, ha avanzado infinitamente mas en la civilización y la libertad, es decir, en la posesión de la conciencia ó la personalidad y la noción de la justicia, que esa estupenda península del viejo mundo en cuyo seno vegeta en la barbarie la gran raza de Cham. ¿Por qué ese contraste? ¿Es por culpa de la raza negra nomas ó principalmente? ¡Triste es decir la verdad! Es que la humanidad blanca ha trabajado durante muchos siglos, por la explotación de la esclavitud, en mantener á la humanidad negra en la barbarie!

El puerto de Málaga, aunque reducido, poco abrigado y muy defectuoso por los bancos de arena que arrojan á su seno las borrascas del Mediterráneo, está siempre poblado de numerosas naves de todas las naciones, y allí tocan todos los vapores que hacen el servicio de las costas españolas y africanas, y que giran entre el Mediterráneo y el Atlántico. El movimiento de buques, de marinos, obreros y mercancías le da al puerto un aire de alegría y un interés que agradan al viajero; y sinembargo no se siente el deseo de permanecer allí por muchos dias, como en Granada ó Sevilla. Se comprende y reconoce el mérito comercial é industrial de Málaga, pero su población y la masa general de sus gentes no inspiran simpatías.

Al llegar á Málaga nos habían registrado los diminutos equipajes, no obstante que veníamos del interior del pais, y nos hablan hecho exhibir los pasaportes! En eso hay, al ménos aparentemente, mas rigor en España que en Francia. España es el país clásico de las formalidades ridiculas y enfadosas, sin que por eso se evite el contrabando en inmensa escala, ni dejen de prevaricar los funcionarios subalternos. Debíamos partir para Cádiz, despues de una corta residencia en Málaga, y sinembargo fué preciso hacer visar los pasaportes por la Gobernación, y llenar una fórmula en el despacho de la _Sanidad_. Es como si para _trastear_ de un barrio á otro hubiese que pedirle licencia al Alcalde y comprobar que se goza de buena salud. Los gobiernos llevan á veces el espíritu reglamentario hasta la estupidez.

Eran las ocho de la mañana y el vapor que debia conducirnos á Cádiz, tocando en Gibraltar, se balanceaba suavemente hacia la salida de la pequeña ensenada de Málaga, lanzando por sus dos altas chimeneas rojas sus espesas columnas de humo, que la brisa desbarataba en ondulaciones caprichosas arrojándolas sobre los arbolajes y las vergas de los numerosas fragatas mercantes que estacionaban en el puerto. El puente del vapor se iba llenando con la población heterogénea de pasajeros que se dirigían á distintos puntos de las costas españolas y francesas y á Amberes, Rotterdam ó Hamburgo. El capitán, tipo vigoroso y simpático, marino frances _pur-sang_, pasó revista á su equipaje, y hallándolo completo, asi como su lista de pasajeros, hizo levar anclas. En breve Málaga, tan pintoresca vista desde el mar, desapareció, y comenzamos á navegar hacia Gibraltar.

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CAPITULO IV.

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EL ESTRECHO DE GIBRALTAR.

A bordo.--El golfo de Algeciras.--Escenas de la tarde,--La ciudad de Gibraltar.--Situación y comercio.--La fortaleza.--Delante de Tarifa.

El cielo, de un azul pálido, tenia una limpidez admirable, y el sol brillaba con todo su esplendor meridional, produciendo sus reverberaciones en la moviente superficie de las ondas como la imagen de un incendio intermitente y fascinador. El Mediterráneo estaba tranquilo, y una brisa tibia y deliciosa rizaba sus menudas olas, cual si millones de ondinas estuviesen peinando y encrespando suavemente la inmensa cabellera del gigante dormido. Las barcas pescadoras vagaban dispersas, pareciendo de léjos como gaviotas errantes rozando apénas las espumas trasparentes y azulosas que el juego de las ondas producía. Los viajeros, divididos en grupos sobre el puente del vapor, contentos y comunicativos, como todo el mundo en un vapor cuando no se sufre el mareo, jugaban ajedrez ó dominó, contaban anécdotas de viajes, ó hablaban con interés de los sucesos de Italia donde la guerra había comenzado. Algunos, perezosamente reclinados, leían novelas y fumaban; otros dormían cabizbajos, apoyados en la baranda á la sombra del toldo. Yo disertaba con mis dos compañeros franceses sobre la historia de España, su porvenir, y el destino de ese mundo de fuego--el África--que nos enviaba sus ráfagas fortificantes.

Hacia la tarde teníamos á la vista, á corta distancia, dos poblaciones que asomaban sucesivamente sobre la costa española, en situaciones pintorescas: _Marbella y Estepona_. La primera, de origen moruno, graciosamente asentada al de la _Sierra-Blanca_, es una villa de unos 6,500 habitantes, perteneciente á la provincia de Málaga, no poco industriosa, con bastantes fábricas, productora de vinos y azúcar, y en general de los mismos frutos agricolas que Málaga. Estepona yace hácia el nordeste de la _Sierra-Bermeja_, que desciende sobre la costa, toda surcada desde Málaga hasta Cádiz por contrafuertes y estribos de numerosas sierras. Estepona tiene mas de 9,000 habitantes, y su industria y producciones son análogas á las de Marbella.

A las tres de la tarde veíamos muy distintamente ese estupendo y curioso peñón de Gibraltar, cuyo nombre es un epigrama para los Españoles, que hace tan importante papel en el mundo europeo, tanto por su significación militar y mercantil como por su geografía, y que, correspondiendo á su misterioso y providencial destino, como centinela de Europa vigilando al Africa, ejerce una extraña fascinación sobre el viajero que lo admira. En efecto, es tan particular la forma de ese gigantesco peñasco, y concurre de tal modo á multiplicar el efecto la configuracion que tiene allí el estrecho y la del golfo de Algecíras, que mientras mas se mira la mole y mas se acerca uno, ménos se comprende su verdadera posición. Tal parece (al que no está habituado) que á medida que se cambia de posición ó dirección, el peñasco varia también de aspecto, presentando siempre la misma faz, pero bajo reflejos y sombras diferentes. Es al llegar á la entrada misma del golfo de Algeciras que se tiene la idea exacta de aquella península de granito, avanzada en punta hacia el sur y bruscamente empinada como un castillo ciclópeo, cual si quisiese al mismo tiempo penetrar en el flanco de la tierra africana y hundir su parda cabeza en el éter para lanzarle á Europa las primeras reverberaciones de un cielo abrasador.

El golfo de Algecíras, que es una de las formaciones oro-hidrográficas mas curiosas de la Europa meridional, tiene la forma de una herradura profunda ó alargada hácia el centro. El peñon de Gibraltar, abrupto y formidable, y ligado al continente ó la España por un istmo angosto, bajo y pantanoso, cierra el golfo al nordeste, batido por las violentas olas de un mar comprimido entre montañas que lo rodea casi totalmente. Al sudoeste se destacan los promontorios rocallosos de los cerros á cuyas faldas demora la ciudad de Algecíras, á alguna distancia de su puerto y arsenal; y las fortalezas británicas y españolas se miran allí de un lado á otro por encima de las ondas, coléricas á veces, cual si representasen la lucha permanente ó el desafío mudo entre el despecho de una vieja conquistadora de mundos, vencida por sus propias faltas, y el orgullo tranquilo de un gran pueblo que ha encontrado su fuerza en la libertad y simboliza todo su genio progresista con el cosmopolitismo de su comercio, soberano de los mares. Por todas partes las altas cimas de las montañas, tristes y desnudas, los grupos y escalones de colinas pintorescas dominando angostos valles, y un paisaje de la mas hermosa melancolía, en el territorio español; mientras que el peñón británico hace contraste por sus rocas ennegrecidas y colosales, su pintoresca ciudad, sus alegres jardines, sus estupendas fortificaciones, sus puertos animados y sus numerosos navíos mercantes y de guerra anclados al pié de las murallas ó en el centro del golfo, blandamente sacudidos por las ondas de un verde cristalino admirable.

En el fondo del golfo, cerca de la costa, se ve en el valle un pequeño pueblo llamado _Liña_, rodeado de plantíos, y mas alto, sobre una baja colina, la pequeña ciudad de San Roque (fundada despues de 1704), perteneciente, como Algecíras, á la provincia de Cádiz. El golfo tiene á la entrada como 16 kilómetros de anchura y una longitud hácia San Roque como de 20 kilómetros, miéntras que la distancia que media entre los lados (ó Gibraltar y Algeciras) es de unos 9 ó 10. La poblacion total que cubre aquella costa en herradura es como de unos 46,000 habitantes (sin contar las guarniciones militares), correspondiéndole 15,000 á Gibraltar, 16,000 á Algecíras y el resto á San Roque y Liña.

Eran las cuatro de la tarde cuando nuestro vapor fondeaba á doscientos metros del puerto de Gibraltar. El cuadro que se ofrecía á nuestras miradas era tan pintoresco y magnífico al mismo tiempo, que permanecimos durante mas de una hora contemplándole embelesados. Quisimos saltar á tierra, pero sabiendo que las puertas de la ciudad serían cerradas á las seis y nos faltaría tiempo, preferimos esperar basta el dia siguiente. Un enjambre de muchachos desnudos retozaba en las ondas de color de esmeralda y lázuli, nadando con voluptuosidad ó inquietud alternativamente y haciendo evoluciones por entre los vapores y bergantines del puerto, siguiendo los giros de los ligeros faluchos. Entre tanto atravesaba el golfo un pequeño bote lleno de banderolas, que venia de Algecíras á Gibraltar, trayendo á bordo una numerosa banda de paseantes alegres entre los cuales habia como cinco ó seis músicos. Sus sonatas eran de un efecto encantador en el fondo de aquel golfo murmurante rodeado de preciosos paisajes. Gibraltar, asentada en su roca monumental y prolongándose en anfiteatro hácia la cima hasta perderse entre picos abruptos, fortalezas y bosquedllos artificiales, tenia, á la luz ya vacilante de las seis y media de la tarde, no sé qué de fantástico y severo por su conjunto, y al mismo tiempo mucho de oriental, de voluptuoso y poético por sus rasgos y melancolía del momento.

Al fin las sombras de la noche lo cubrieron todo y el silencio fué absoluto. De aquel panorama lleno de luz, de vida y de capricho no quedaba sino un cielo sereno pero opaco, la vasta sombra movediza del mar, sus sollozos profundos sobre el horizonte de tinieblas, destacándose á distancias casi iguales, los grupos de luces que indicaban la posición de Gibraltar, San Roque y Algecíras, haciendo contraste con las negras moles de las fragatas de guerra y de comercio que parecían surgir, en derredor, de entre las olas adormecidas en un concierto de suspiros. Paseándonos á lo largo del puente, mis dos compañeros y yo conversábamos sobre la literatura francesa, tema que insensiblemente se nos vino á las mientes á propósito de una cancioncilla que preludiaba el capitán en uno de los camarotes.

--¡Qué de servicios no ha hecho á la literatura en general, decíamos,--este monumento flotante que se llama un buque!--El navio, cualquiera que sea su dimensión, es por sí solo una literatura, porque es toda una civilizacion. No solo ha creado la literatura marítima, muy especial y acaso la mas grandiosa,--poesía sin igual, llena de misterios, y viajes, descubrimientos, conquistas, colonizaciones, cambios de ideas entre los pueblos, astronomía y geodesia, guerras maritimas, etc., etc.: no solo ha creado esos géneros de elementos literarios, decíamos,--sino que ha desarrollado inmensamente la literatura _continental_ ó _terrestre_, multiplicándole sus medios de expansion y regeneracion de una manera prodigiosa. ¡Qué admirable cosa es un buque! No es solo una concha de madera y hierro que lleva en su seno una porción de la fuerza vital de la humanidad; es mas todavía: es una civilización aparte;--es el símbolo del poder misterioso del hombre para duplicar la superficie habitable de su planeta y someter á su servicio todos los elementos; es un pedazo del hogar de cada pueblo (accesorio pero no ménos real) buscando en la inmensidad de los mares el saludo fraternal de otras porciones flotantes de pueblos. El mar no es el límite de las naciones, de los continentes y las razas. No; al contrario, es él quien suprime las fronteras, quien mantiene en la unidad del elemento líquido (abrazando y envolviendo á todo el orbe, y recibiendo con igual hospitalidad el tributo de todos los pueblos) la imágen de esa unidad divina y eterna del Hombre con el Hombre, deducción lógica de la unidad del Ser creado con el Creador y la Naturaleza.... Un día la Humanidad será una sola familia, el Océano el lago común de millones y millones de _vecinos y hermanos_ saludándose desde cada playa, y el buque, sin bandera _nacional_, surcará ese lago universal, tan anónimo como el coche que rueda hoy por las calles de una ciudad sin distincion de domicilio.

Al dia siguiente, á las siete de la mañana, saltábamos á un falucho para ir á visitar á Gibraltar. Al poner pié en el estrechísimo puerto, cerca de las primeras murallas y la gran puerta, y en medio del alegre bullicio de una plaza de mercado, fue preciso pedir la licencia de entrar, escrita. Los funcionarios británicos no la niegan jamas, y las transacciones se hacen allí con toda libertad. ¿Para qué la licencia, pues? ¡Cómo no, si Gibraltar es también una _fortaleza!_ Así, esa noble libertad personal que es el orgullo del Inglés, y pugna con los pasaportes, las cuarentenas implacables y las cortapisas, sufre una excepcion en Gibraltar, por el solo hecho de haber allí un conjunto de máquinas de barbarizar al mundo. Aquel sencillo ejemplo está probando que las fortalezas, las guarniciones, los buques de guerra, y todo lo que tiene el carácter de _armado_, no son sino perturbaciones flagrantes del orden social.

Apesar de su origen antiguo y de las dominaciones morisca y española, Gibraltar es una población que no tiene la tristeza y monotonía de las ciudades de tipo análogo: se ve bien que el genio británico ha modificado profundamente la condicion social y la fisonomía de esa plaza de carácter complejo. Las calles son generalmente claras, limpias y regulares; los casas de solo dos ó tres pisos, alegres, caprichosas con gracia, casi todas pintadas de amarillo y otros colores, y adornadas de balcones, celosías, ventanas ó miradores, según que preside en cada cual la sencillez inglesa, el estilo oriental, ó el empirismo español á veces pintoresco. Los cafés y hoteles abundan; las sinagogas alternan con las iglesias católicas y las anglicanas; las filas de ricas tiendas llenas de curiosidades son interminables, principalmente en la «Calle-Mayor;» y donde quiera hay una confusion de tipos y una animación de curiosos y negociantes que llama mucho la atención, haciendo ver que aquella ciudad es una colonia cosmopolita, donde viven fraternalmente y cambian sus productos el Español, el Inglés, el Italiano, el Israelita y el Moro tangerino ó tetuanés.

Nada mas pintoresco y curioso que el conjunto de grupos sociales y de almacenes y tiendas de Gibraltar. Apesar de la confusión en que las gentes hormiguean, cada tipo llama la atención al primer golpe de vista, impresionando vivamente los contrastes á causa de la pequeñez del escenario. El inglés se pasea en marcha mesurada, sin altivez pero con el aire de seguridad que tiene siempre el que puede decir; «Aquí mando yo.» Su rubia cabellera, sus ojos azules, su vestido holgado, libre y de una uniformidad elegante pero monótona que lo presenta como de una sola pieza; su impasible fríaldad, si es un simple negociante,--ó su orgullo aristocrático, si es algún oficial de la guarnicion ó la marina británica,--todo le distingue fuertemente de los demás tipos.