Viajes de un Colombiano en Europa, primera serie

Part 25

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Esas condiciones que distinguen á la aristocracia española (que no es egoista ni avara) prueban dos verdades: 1ª que la nacion española es y ha sido en el fondo, por su carácter, esencialmente democrática, á pesar de sus detestables instituciones; y 2ª que su regeneracion actual es mucho mas positiva de lo que las apariencias pueden hace creer.

La _Corte_ es un mundo muy diferente de la aristocracia. Talvez la de España es la mas corrompida de Europa, despues de las de Turquía y Roma. Es allí donde se agitan y pululan los mas extraños manejos y las mas impuras intrigas, á despecho de la nacion española. Es allí donde se hacen y deshacen ministerios, que no debieran tener su cuna ni su tumba sino en el seno de la opinion nacional. Y á decir verdad, hay casas entre las gentes de la Corte á donde las familias que se estiman no van jamas ó van muy rara vez y por necesidades de etiqueta. La política mas impura se elabora en esos salones y esas alcobas, donde tienen sus templos la lisonja, la empleomanía y el interes.

No habiendo penetrado á las regiones de la Corte, ignoro personalmente (y espero seguir viviendo en mi santa ignorancia) los misterios de ese mundo de tinieblas. Pero he recogido en España abundante provision de anécdotas que edificarían al mejor _amador_ de escándalos. No las relataré, pues, gracias á los Españoles, tengo mejores cosas de qué hablar....

En España hay una cuarta clase de la sociedad, compuesta de brillantes párias, que inspira el mayor interes: la _juventud_. Es observando su situacion y desarrollo que puede comprenderse mejor la lucha actual, definitiva, entre la antigua y la moderna España. El ejército le es antipático á esa noble falange; el foro y el profesorado le están casi vedados, porque las leyes oponen poderosas cortapisas al libre acceso; la vida parlamentaria está monopolizada por los empleados públicos y los ministros, así como por los grandes capitalistas; el periodismo está sometido á la censura previa y la persecucion, y la ingeniatura civil misma está sujeta á las influencias oficiales. Así, la juventud pobre que quiere avanzar y hacer carrera y se siente animada por las mas generosas inspiraciones, vegeta en realidad, reducida á _rumiar_ ensayos literarios, perorar en los cafés, mantener justas especulativas en los círculos literarios y gastar su vigorosa naturaleza de un modo estéril.

Donde quiera, en Madrid, he visto una juventud muy inteligente, ambiciosa de luz y de condiciones excelentes para desempeñar un gran papel. La filosofía moderna alemana, la economía política y la historia son muy cultivadas por esa clase briosa y casi abandonada; y es de su seno que salen dia por dia, á pesar de mil dificultades, oradores elocuentes y escritores de buen temple, que un dia serán hombres de estado, porque el viento del siglo los empuja, pero que harán su carrera muy trabajosamente. Toda esa juventud es liberal, demócrata, y es en sus manos que veo el porvenir de España.

La gran mayoría social de Madrid es ardientemente liberal, y el espíritu de progreso y de independencia se revela en los obreros ó artesanos de un modo inequívoco.

Lo mismo sucede á casi todos los grandes centros de poblacion, donde el fanatismo ha decaido notablemente y las ideas de gobierno civil son generales. Creo que la democracia española, ántes de diez años, saldrá triunfante de esas grandes ciudades á dominar toda la península, porque en ellas se está verificando un trabajo de discusion privada y de propaganda que acabará por crear las convicciones correlativas de los instintos democráticos.

Varias veces asistí á las sesiones del Congreso en Madrid, y tuve la fortuna de oir discurrir á los mejores oradores de todos los partidos. A juzgar por ellos, y teniendo en cuenta la intolerancia reglamentaria que les impide hablar con libertad, me pareció que España era superior en la oratoria á la España periodista ó escritora. Y eso es muy natural, puesto que allí todo el mundo tiene en el café una tribuna, donde entre taza y taza de chocolate se producen excelentes cosas espontáneamente. En lo general, los discursos de los diputados tenian una fuerte dósis de personalidad, vicio que proviene de la organizacion artificial y contrahecha que tienen los partidos. Tambien noté sobrada abundancia de palabras y repeticiones aún en el afamado Olózaga y el brillante Aparici; pero ese defecto no solo proviene del mal giro de la política española, sino tambien de la natural ampulosidad de la lengua castellana, de la cual se abusa mas cuando, por falta de libertad en el discurso, se tienen que sacrificar las ideas á las formas.

El mariscal O'Donnell, jefe del gobierno, se ponia furioso cuando le contradecian los oradores de la oposicion, sin saberse sujetar á las buenas reglas parlamentarias. Es que; bajo todas las latitudes, los hombres de sable se creen siempre en el cuartel, cualquiera que sea su posicion. Cuando parecen hacer un argumento, en realidad no tienen la intencion sino de decir á la asamblea que los escucha: _Armas al hombro y paso redoblado_!

Madrid, que cuenta 281,170 habitantes, no solo tiene muchos institutos literarios y cientificos importantes, sino que revela su vitalidad política por medio de numerosas publicaciones periódicas. No tiene ménos de veinte grandes periódicos, casi todos diarios, algunos muy bien escritos, casi todos llenos de aticismo y personalidades; y publica ademas gran número de revistas y periódicos _ilustrados_, que no carecen de mérito.

Por desgracia, el periodismo español está demasiado afrancesado en algunas materias; se descuida mucho lo nacional por las traducciones de futilezas parisienses; y no pocas veces hay que recordar á _Fígaro_, á propósito de ciertos traductores que no cuentan para su labor sino con «atrevimiento y diccionario,--y algunos con el atrevimiento solo.»

¿Quereis tener alguna idea respeto de _Madrid social_? Acompañadme á pasar allí un dia ordinario, y en todos sus incidentes hallareis mas de cuatro revelaciones. Son las siete de la mañana y salgo á buscar el sol y el aire puro. Madrid despierta á medias. Sus ricos capitalistas, sus gentes de la aristocracia y sus hombres del mundo elegante y político, duermen profundamente. No se levantarán sino á las once, á medio dia ó mas tarde, porque no se han acostado sino á las dos ó las tres de la mañana. Esa es la costumbre. Las puertas de las casas y tiendas se abren lentamente, si son de rango subalterno. En la calle no se encuentra sino al pobre vendedor de legumbres, sucio y harapiento; los barberos afilan filosóficamente sus navajas, detras de sus celosías bajas; los aguateros asturianos empiezan su tarea, arriando sus diminutos pollinos cargados de pequeños toneles de agua; los mozos de café, trasnochados por sus innumerables é inamovibles parroquianos, bostezan, se estiran voluptuosamente, y hacen traquear sus coyunturas como matracas. Las calles están...revelando que la noche ha pasado por encima de ellas, y saludan el dia con los olores ménos confortables del mundo.

Oigo un extraño ruido sobre mi cabeza, cual si tuviese lugar un aéreo tiroteo. Vuelvo la vista y descubro á todas las cocineras y sirvientas de la real Madrid exhibiendo todas las curiosidades de los lechos conyugales, celibatarios y de párvulos. La una sacude en el balcon, sobre la calle, un viejo tapete, una sábana ó un faldellin de lana, si no un cuero de oveja de indescriptible aplicacion; la otra desenrolla una estera...imposible. Esa cuelga una crinolina al aire, como farol; aquella pone en exposicion artística un colchon ó algo peor. Madrid íntimo, el Madrid de la alcoba, sale á luz en toda su desnudez, asomándose á todas las ventanas, sacudiendo su polvo en todos los balcones, y ámbas aceras quedan colgadas durante dos ó tres horas, como si fuese á pasar alguna procesion de caricaturas.

Tal es Madrid por la mañana, en casi todas sus calles. ¿Quereis acompañarme al almuerzo? No vale la pena: es como en todas partes. Venid mas bien conmigo al chirivitil del barbaro español, que hallareis en cualquier entresuelo de casa vieja ó en una tienda que da sobre la calle. Si no teneis barba que rapar no importa: entrad siempre y os divertireis, conociendo un interesante tipo español.

Todo barbero charla sin cesar: eso es trivial y universal. Pero el barbero español no se parece á ningun otro barbero en ciertas cualidades. El viejo _Fígaro_ no existe: es un tipo que las revoluciones han suprimido. Su sucesor en Madrid no tiene los recursos de intriga, ni las mil hábilidades, ni la _literatura_ del héroe de Beaumarchais. Truhan por excelencia y amable y meloso, el barbero contemporáneo os hará reir, os hablará de teatros, de las corridas de toros, del ministerio y las Córtes, de las muchachas bonitas, y sobre todo de las vidas ajenas. Le hallareis malicioso, pero jamas calumniador; sumamente chistoso, pero sin grosería; instruido en todos los misterios de alcoba y de fortuna, pero sin llevar la indiscrecion muy adelante. Una palabra, un gesto, una sonrisa burlona del barbero os dirá mas que un discurso. El barbero español tiene la ática elocuencia del gesto.

No le hableis de religion, porque os barajará el asunto y agachará la oreja con malicia. Dejáos manosear libremente, si quereis complacerle y que os afeite bien. Su oficina carece de aseo, sus peines aterran por las plantas parásitas que contienen; os enjabonará la cara con las manos, en vez de la brocha; os raspará como si pelase á un cerdo; pero al fin os divertirá, os hará mil cumplimientos y un hermoso par de patillas andaluzas, y cuando le pregunteis cuánto vale su trabajo, os responderá con el tono mas español, mas generoso, altivo sin afectacion: «Lo que U. guste, caballero.»

* * * * *

Salgamos á dar una vuelta por las calles de Madrid. Su movimiento es interesante. El aspecto material de las calles tiene bien poco de importante, porque Madrid por ese lado es una mala copia de Paris. Hoteles y cafés, almacenes y tiendas, casas y coches, todo se parece en su exterior, si es nuevo. Es en los pormenores, en los grupos sociales donde, apesar del _dandy_ madrileño, del _leon_ español (bastande insípidos), se revela España, la verdadera España, compuesta de tantos tipos diferentes, pero que armonizan en Madrid de un modo singular.

Apartemos la vista de lo que es puramente imitativo, exótico, aunque el contraste no carece de interes. Allí un grupo de rancios castellanos discurre bajo de un portal sobre las maravillas de una civilizacion que les sorprende. Los ferrocarriles en España!--es cosa de perder la cabeza para un segoviano de puño cerrado, ó uno de esos aragoneses ó burgueños de la vieja estirpe. Mas allá departen sobre el precio de los _pellejos_ de vino algunos manchegos cosecheros, ó echan sus cuentas sobre la escasez de los trigos, á la puerta de un ventorrillo de esquina, entre uno y otro largo trago de Valdepeñas; con la manta amarillenta de lana burda recogida sobre un brazo, medio levantado por delante el fieltro de anchas alas, y dándole á la conversacion ese acento perezoso de los paisanos del inmortal Caballero de la _triste figura_.

Mas léjos, al derredor de una fuente pública, se agrupan en desórden los aguadores asturianos, de calzon corto y alpargata, chaqueta remendada, camisa indefinible, sombrero diminuto y fisonomía contradictoria, en cuyos rasgos parecen luchar la imbecilidad del servilismo y la inquietud del genio pendenciero. Todos gritan, hormiguean al pié de la fuente, se restregan, se apostrofan; pero al echar sobre la espalda el barril de agua, recobran no sé qué del aire paciente de la mula de carga.

Al dar con una callejuela, de esas que son las vias de comunicacion obligadas entre dos grandes calles, tropezais con un enjambre de curiosos tipos. En la esquina grita con voz chillona la vendedora de papeles, casi andrajosa, anunciando la «Correspondencia» ó la «Iberia», y tal ó cual opúsculo del dia; y á su lado le hacen mil reverencias al pasante el mozo de cordel y el limpia-botas, anhelosos de obtener clientela. Mas adelante el baratero os pone en las barbas su pequeña Babel portátil de fósforos y lápices, jabones y pomadas y las mas heterogéneas sustancias, que os ofrece sin gracia ni donaire. En España nadie tiene la gracia seductora del Frances para vender, porque aquel ha sido un país poco especulador y condenado al aislamiento moral. Un paso mas en la callejuela, y os codea la tentadora sevillana ó madrileña de opiniones...muy despreocupadas, guiñándoos un ojo negro y candeloso capaz de tentar al diablo mismo si no tiene juicio; en tanto que al pié de cada muro veis una fila de mendigos lamentables, rascando sin piedad ó punteando una raida guitarra para producir un ruido que punza los nervios, acompañamiento de la usual frase: una limosna por amor de Dios.

Llegais á la _Puerta del Sol_ ú otra plaza de primer órden por su posicion central, y el espectáculo es variado. Al lado del espléndido carruaje á la francesa se cruzan las pesadas y monumentales diligencias, que afluyen de todas las provincias ó van á ellas, con el tren de enganche mas extravagante y tiradas por cuatro ó cinco pares de furias que llaman mulas. Allí, grupos de _leones_ afrancesados hablan de modas, cerca de otros grupos de especuladores ó meros _chimógrafos_ que le van tomando aficion al deleite de la Bolsa. Acá ronda distraído, por una acera, un par de guardias civiles ó gendarmas de estrambótico uniforme, que hacen recordar el carnaval; ó se detienen, con la conciencia de su inutilidad, a departir con algún barbero desocupado que espera á sus parroquianos en la puerta del _taller_, armado de su amenazante navaja.

Mas léjos pasa un grupo de hermosas madrileñas, de majestuoso andar, fisonomías graves y cabezas de reinas, cubiertas todas con las opulentas mantillas nacionales; y ese grupo aristocrático hace contraste con otro de toreros andaluces que celebran los golpes de la última corrida, burlones, pendencieros, rumbosos, petulantes y simpáticos al mismo tiempo; llamando la atencion por sus fachas vigorosamente varoniles, sus negras y abundantes patillas y el conjunto curioso del sombrero _calañés_, redondo y recogido sin alas como un bonete de felpa ó paño, la chaqueta de paño cuajada de bordados y botones lucientes, la ancha faja roja ó azul en la cintura, el calzon corto, y el botin prolongado hasta la corva en polainas labradas, con borlas de menudas correitas.

Si ademas de los mil grupos diferentes que componen la fisonomía social quereis fijaros en algunos incidentes que la caracterizan, observad el movimiento en cada _estanco_ de tabaco y en cada tienda de licores; oid los gritos de los innumerables vendedores de billetes de _lotería,_ corredores de la corrupcion explotada en beneficio del Fisco; contemplad á los paseantes ociosos, y en todas partes hallareis algo de original y especialísimo de España. Ved, por ejemplo, al obrero español, el tipo que mas resiste á la invasion de las costumbres extranjeras: rebelde á la blusa, la cachucha y la actividad del obrero frances, el español conserva su sombrero redondo, su chaqueta y su manta para tener el derecho de conservar su inmobilidad é indolencia.

Llega la tarde: son las cinco y estamos en primavera. Dos largas hileras de caballeros y de carruajes se dirigen del centro de Madrid hácia el Prado por la gran calle de Alcalá y la carrera de San Jerónimo. En el Prado no encontrareis ni al torero ni al mendigo, ni al baratero ni al aguador; allí no pasea sino el Madrid dichoso ó que hace el papel de serlo. Corrillos de periodistas y diputados, de financistas y de dandys, de extranjeros curiosos y de provincianos muy currutacos, hormiguean allí, en alegre confusion con las damas elegantes,--todos en incesante vaiven, rozándose sin ceremonia, aspirando con libertad y espíritu expansivo el aire del campo. Allí las confidencias, los dulces y estériles coqueteos, los cumplimientos de todo estilo, y la ostentacion del lujo, de la hermosura y de la charla. El Prado es encantador. El tipo español, múltiple, se ostenta allí, á pié ó en coche, en lo que tiene de mas bello y distinguido.

Y ¡qué lujo en las formas de aquellas naturalezas! La bella castellana, de tez pálida y fina, cejas arqueadas, ojos severos y andar aristocrático, sacude el abanico con una gracia inimitable, y lleva la mantilla medio caida con la majestad que una reina su manto. La picante andaluza, la valenciana de mirada de fuego y frente enhiesta, la locuaz y casi rubia bilbaína, la gentil madrileña medio afrancesada; todas seducen y forman un conjunto admirable de fisonomías generalmente simpáticas reuniendo la gracia expresiva á la hermosura. Todas sonrien, saludan, hablan con llaneza delicada y prohiben al extranjero la eleccion.

Entre los hombres se hallan figuras distinguidas por donde quiera, revelando mas corazon que espíritu, mas vivacidad de pasion que reflexion. Grandes y negras patillas ó retorcidos bigotes, cuerpos robustos, cabezas altivas; un poco de petulancia en todas las miradas y de benevolencia en todas las sonrisas; la conversacion siempre ruidosa; el cigarrillo en todas las bocas, apoyado con gordas interjecciones por via de puntuacion; riqueza de fantasía y de proyectos; inclinaciones heróicas y poca formalidad: tal es el conjunto de circunstancias sobresalientes. Añadid, en cuanto á las mujeres, unas cabelleras admirables que parecen mantos, y un pié pequeñuelo que se asienta todo pero sin lentitud perezosa, y tendreis un mediano bosquejo.

De repente circula un rumor y se nota en todos los grupos cierta sensacion: es que la reina va á pasar en su carroza. Todos se detienen un instante, saludan quitándose el sombrero, la reina hace sus graciosas reverencias, y asunto concluido. Ni un viva, ni una exclamacion: es un pueblo galante que saluda á la primera de sus damas y que conserva el respeto tradicional hácia los reyes; pero nada de entusiasmo. Cuando mas algun admirador anticuario dice por lo bajo: «¡Qué guapa moza es nuestra reina!» La España que creia en el derecho divino de los reyes ha muerto, y sobre sus ruinas se está levantando la España demócrata.

Ni un soldado acompaña en los dias comunes la carroza de la reina: esa es una manifestacion de confianza en la lealtad de los Españoles. Con todo, la reina en sus paseos revela una transaccion. Renunciando á los soldados ó guardias transige con la opinion ó las ideas del presente; pero haciéndose tirar en una antigua carroza, por mulas enjaezadas á estilo rococó, manifiesta su culto al pasado y á las tradiciones de la época que murió.

Cierra la noche, y si no hay luna el Prado queda enteramente desierto; las mariposas vuelan hácia sus nidos, y las hormigas de casaca negra emprenden su viaje en busca de _labores_ nocturnas. Entónces les llega su turno al teatro, el casino y el café, escenarios democráticos donde la sociedad española se exhibe admirablemente. El teatro es mucho mas querido en España de lo que se piensa. Si los toros son populares, no por eso destruyen ni atenúan siquiera el gusto por el teatro en aquella raza ardiente y siempre ansiosa de fuertes impresiones. El teatro, aunque frecuentado por la aristocracia, es democrático en España. Todas las clases se aproximan allí, se respetan mutuamente, gozan y se confunden sin desórden.

Por desgracia el gusto literario no adelanta en proporcion. El teatro mas popular es el de la _Zarzuela_, cuyas operetas bufas son generalmente vulgares. Lo mas clásico y selecto no es lo que mas agrada, sino las petipiezas bufonas que pervierten el arte, la lengua, las ideas y las letras. Algunas, sinembargo, suelen ser ingeniosas y espirituales. No sucede lo mismo en cuanto á música y canto que en lo recitado: los Españoles manifiestan en lo general una disposicion notable para la música, aunque no muy educada; lo que no quita que á veces sean intolerantes y bruscos con los artistas. Los Españoles, extremosos en todo, no saben censurar á un autor con el silencio; necesitan del _pito_ para hacer entender la improbacion. Es que les falta el pulimento y les sobra la ardiente espontaneidad de la franqueza.

Al salir del teatro, el Español no se va á dormir: necesita ir primero al _Casino_ ó al _Café_. Es que allí tiene su vida libre y su tribuna; allí reina como soberano, pudiendo componer el mundo político á su acomodo. Cada café es un club de centenares de grupos, que entra en actividad desde las siete ú ocho de la noche. Las señoras de la aristocracia (de sangre, de posicion ó de dinero) no van jamas á los cafés en España; pero eso no impide que los frecuenten mucho las damas irreprochables aunque no aristocráticas. En cuanto á los hombres, con excepcion de los ministros, los diplomáticos, los rezanderos y los duques, todos los de buena sociedad se reunen allí. El café es un terreno neutral donde todas las opiniones se manifiestan libremente, donde todos los partidos disputan sin reñir y á donde la policía no tiene entrada. Los Españoles, á falta de prensa libre y de Córtes independientes, tienen el café inmune para formar allí la opinion.

Vastos salones se suceden, al nivel de la calle, pudiendo contener algunos cafés muchos centenares de personas, y casi nunca queda un lugar desocupado. No hay un lugar donde los Españoles revelen mejor que en el café _su invariable movilidad_. Cada parroquiano pertenece á un grupo inalterable y se sienta infaliblemente todas las noches en el mismo lugar, delante de la misma mesa y haciendo rueda con las mismas fisonomías de la noche anterior. Cada cual llama al mismo mozo, pide la misma cosa, se insinúa de igual manera y permanece el mismo tiempo que en la última sesion. Allí, en esa invariabilidad, pasa cada uno tres, cuatro ó cinco horas sin levantarse.

Y sinembargo ¡qué admirable movilidad y fecundidad no desplegan todos en sus confidencias, sus noticias, sus discusiones y disputas, sus chistes, anécdotas y epigramas! Jamas una conversacion se reproduce entre los mismos interlocutores, cualquiera que sea la composicion de los grupos en las cincuenta ó cien mesas de cada café. En unos no hay mas que hombres; en otros se reunen los dos sexos; aquí son escritores, allá negociantes; en este todos son jóvenes; en aquel se confunden todas las edades. El marques se hombrea con el pobre artista y el senador con el estudiante de derecho al derredor de la misma mesa; se habla de todo y en voz alta en todos los salones; se fuma cigarro y cigarrillo sin tregua, y todo el mundo está contento, expansivo y chistoso entre aquella atmósfera caliente y espesa que obra sobre los cerebros excitando el ingenio picante y la locuacidad.

¡Singular y curioso conjunto! Como en el café español las costumbres han establecido la libertad completa, cada interlocutor es muy franco y dice todo lo que piensa sin temor ninguno. El andaluz, impresionable, susceptible y graciosamente hiperbólico, discute sin ceremonia; el mesurado castellano ostenta su aticismo y buen sentido en mil epígramas y comentarios burlescos; el severo y estentóreo catalan toma las cosas de serio, como si estuviese en el Parlamento ó en la Bolsa. Todo se comenta en el café: los misterios de la Corte, la conducta del Gobierno y de las Cámaras, las manifestaciones de la prensa, las causas y sentencias ruidosas, los grandes escándalos, los sucesos internacionales y los triunfos gloriosos del literato y del torero, del orador y de la cantatriz. Discusiones profundas, peroraciones elocuentes y galanterías, crónica escandalosa, frivolidades y grandes cosas, delirios y negocios ligeros, y aún amores ardientes y terribles pasiones se agitan en aquel santuario bullicioso y esencialmente democrático. Quien no haya estudiado un poco el _café_, en Madrid como en Barcelona, en Sevilla como en Cádiz, no conoce una de las faces mas marcadas de la sociedad española.