Viajes de un Colombiano en Europa, primera serie
Part 24
La verdadera maravilla de Madrid es, sin disputa, el Museo de Pintura y Escultura, situado en el paseo del Prado. El palacio es espléndido en su exterior, evocando en su fachada principal las figuras inspiradas y los nombres gloriosos de los mas eminentes artistas españoles. Allí, en ese noble altar de piedra levantado al genio en presencia de un pueblo que ha sido tan heróico, se ven las estatuas de Alonso Cano y Herrera, de Velázquez y Murillo, de Ribera y Montañez, de Roelas y Zurbarán, y de toda esa pléyada de divinos maestros que le dieron á España el derecho de llamarse nacion de artistas como de héroes y poetas. Ese museo hace honor á España y merece bien la codicia con que lo miran los artistas extranjeros.
El vasto edificio, construido _ad hoc_, contiene en sus numerosos salones cerca de 2,000 cuadros pertenecientes á todas las escuelas de pintura, entre los cuales no sería dificil contar centenares de obras maestras ó de gran mérito. Por desgracia, hay gran exceso de cuadros para el edificio, lo que hace que muchos estén como perdidos en oscuras y estrechas galerías ó corredores, donde no pueden ser apreciados por falta de luz, espacio y buena colocacion.
Pero la inmensa coleccion privilegiada basta por sí para embelesar y arrebatar. Allí se pueden apreciar y comparar todas las escuelas, en cuadros de primer órden cuyo valor es incalculable. Si los salones destinados á la pintura española son opulentos, la cosa es natural. Pero esa riqueza incomparable está equilibrada por la de los cuadros pertenecientes á las escuelas holandesa y flamenca, en que el Museo de Madrid es superior á todos los demás de Europa. Verdad es que en la parte italiana no hay comparacion con el _Louvre_ de París, pues aunque hay muy bellos _Correggios, Caraccios, Renis, Tintorettos, Tizianos, Verones, Salvator Rosa_, etc., etc., son escasísimos los _Rafael_ y _Miguel Angel_. Con todo, el Museo posee la famosa _Perla_, esa divina creacion del pintor de Urbino, que haría adorar la Vírgen al que no la hubiese comprendido ni soñado en sus fantasías religiosas.
La parte flamenca y holandesa tiene cuadros en que se revela toda la grandiosidad caprichosa del genio de Rubens, todo el poder de imitacion y fantasía de Van-Dick, toda la verdad y la energía de las risueñas escenas de Teniers, y toda la originalidad típica de esos cien pinceles holandeses y flamencos que buscaban en el hogar doméstico y en las realidades de la vida asuntos de inagotable inspiracion.
En cuanto á los grandiosos salones españoles, el visitante como yo, que no conoce el arte, sino que apénas siente en el corazon y en el instinto de lo bello y lo grande los rudimentos de un arte íntimo y natural, no sabe qué admirar mas entre tantas obras maestras. Ora se siente uno atraido á la meditacion religiosa por esas vírgenes y esos santos de Murillo, llenos de uncion, de espíritu celeste, de majestad divina, como si el artista hubiese trabajado siempre al pié de los altares, despues de sus comuniones que precedian al comienzo de cada cuadro. Ora se pone uno á reir, ó se encanta imaginando risueños pasatiempos, al ver creaciones de Velázquez, ese crítico de pincel, donde el espiritualismo burlon se revela en cada pincelada; donde cada sombra es un pensamiento, cada rasgo un epígrama y cada golpe de luz ó de colorido da la imágen de una sonrisa, de un retozo, de un chiste sarcástico. Ya se contemplan con recogimiento los severos cuadros de Ribera, profundamente filosóficos; ó se admira la frescura lozana de las creaciones de Alonso Cano.
Cuando yo terminaba la rápida inspeccion de aquel inmenso templo del arte mas divino, mas fecundo y elevado que el hombre ha podido cultivar,--templo que sería preciso visitar durante meses para darse una idea cabal de su valor,--sentia que mi espíritu se habia ensanchado, que mis nociones intuitivas sobre lo sublime tomaban consistencia. Entónces me dije: si la historia no hablase tan alto, este museo sería bastante para probarme que España ha sido un gran pueblo. Solo una raza eminente (por mal dirigida que sea) puede producir é inspirar artistas como los que tienen aquí un altar!
El Museo de Escultura, que ocupa la parte baja del Palacio artístico, no corresponde en manera alguna á la magnificencia del Museo de Pinturas. Algunas antigüedades, mas ó ménos mutiladas, procedentes de las excavaciones de Pompeya, varios bellos mosáicos, bastante raros, un grupo de _Cástor y Pólux_, admirable, magistral y antiguo (en mármol blanco), y las estatuas de bronce de Carlos Quinto y su esposa, Felipe II y otro personaje que no recuerdo--obras superiores de un artista italiano--, he ahí todo lo que merece bien atencion en ese museo todavía pobre.
Madrid posee tres grandes museos militares de bastante mérito: el de la _Artillería_, el de la _Armería_ y el _Naval_. En ellos se encuentran verdaderos tesoros y maravillas de arte; pero por desgracia los locales no son suficientes para contenerlos ni están bien apropiados al objeto. Allí no solo se encuentran obras maestras de exquisito primor en materia de cinceladura y forja, de bordado y otras artes, sino que puede seguirse paso á paso y metódicamente la historia militar de España, y la marcha no solo de su civilizacion especial sino de la de todo el mundo.
Nada hay que haga comprender tan enérgicamente la tendencia de la humanidad hácia la supresion de la fuerza brutal (como potencia dominadora) y la suavizacion de las costumbres, ahorrando la sangre y evitando torturas y crueldades, como esos museos de la matanza y la devastacion donde el hombre retrata en cascos y armaduras, alabardas, hachas y cañones la brutalidad de las viejas sociedades y las luchas cruentas por las cuales ha tenido que pasar la civilizacion para espiritualizarse y conducir los pueblos hácia el reinado del derecho, de la razon y de la opinion, en reemplazo del de la lanza y el tormento.
Los museos militares de Madrid son triplemente ricos, porque, á virtud de las condiciones históricas de España, muy excepcionales, sus colecciones tienen que representar los elementos de combate de épocas y regiones muy diversas y la huella de las dominaciones romana, gótico-arábiga y austro-francesa, que han pesado sucesivamente sobre la sociedad ibérica. Aquellos museos no solo evocan la historia de esas dominaciones, sino tambien la de la conquista de «América», de las guerras en Italia y los Paises-Bajos, y de la Inquisicion, cuyos símbolos sombríos se ven en los instrumentos de tortura.
La España moderna está representada allí por innumerables modelos de armas, buques y elementos de guerra,--de planos en relieve, plazas fuertes y puentes civiles y militares,--de estatuas y bustos, y de banderas y trofeos. Hay ademas riquísimas colecciones de muestras de maderas (de España y sus colonias) superiores para la construccion y la ebanistería. Entre las obras de arte llama la atencion un enorme plano en relieve de la ciudad de Madrid, en yeso, que es de un mérito sobresaliente; así como entre las curiosidades históricas se notan: la famosa, tienda de los Reyes Católicos en Granada, trabajo exquisito y muy adelantado para su época, y la mesa y las sillas que sirvieron para redactar y firmar el convenio de Vergara, que puso fin á la guerra civil de los carlistas. Aquellos muebles, desfondados y cojos, me parecieron un poco epigramáticos en medio del vasto Museo de Artillería. Se me figuraba que por su cojera remedaban al gobierno español. Veinte años hace que Espartero y Cabrera inmortalizaron con sus asentaderas esas rústicas silletas de una choza, y todavía España está esperando la libertad y el gobierno sinceramente constitucional que debieron surgir del famoso convenio de Vergara.
El Museo de Historia natural, que ocupa un vasto edificio en la gran calle de Alcalá, no parece haber merecido muy grandes atenciones de parte del gobierno. Me pareció, apesar de su mérito real, un poco descuidado en la clasificacion de las especies y familias, y relativamente inferior á los museos de ciudades mucho ménos considerables que Madrid. Busqué sobre todo, con particular ahinco, las colecciones de objetos colombianos, y me parecieron lamentablemente pobres, en atencion á las incomparables ventajas con que ha contado España para procurarse en el Nuevo Mundo una abundante y variada cosecha de productos de los tres reinos.
Madrid es rica en bibliotecas universales y especiales que merecen alto interes, principalmente en lo relativo á Colombia, y posee tambien archivos abundantes con numerosísimos y muy raros manuscritos. Pero es preciso confesar que no se hace mucho caso de las tales bibliotecas, muy poco frecuentadas, segun noté. Los duques de Osuna y Alba tienen bibliotecas particulares repletas de tesoros y primores, y casi nadie las visita ni consulta.
Entre las cinco ó seis públicas que pude ver debo citar la _nacional_ y la del Congreso. La primera, casi escondida en un rincon de Madrid, en un pobre edificio, está muy mal alojada y en completo desórden. Los soldados y las mulas reales tienen palacios por habitaciones, miéntras que los grandes pensadores de la humanidad viven como trastos inútiles encajonados en desconcierto, en una mala casa y cubiertos de polvo. Algunos salones estaban vedados, á causa del desórden ostensible; pero en los que estaban á la disposicion de los lectores hallé tal mezcolanza de literatura y teología, ciencias y necedades, latin é inglés y todos los idiomas, que si los autores de los libros pudieran resucitar y asomar la nariz en los respectivos estantes, se hallarían muy asombrados de la compañía y mistificados por los anacronismos.
La Biblioteca del Congreso, cuya base principal es la que perteneció al pretendiente Don Cárlos, no tiene de particular sino sus documentos políticos que le son especiales. El bibliotecario me mostró con suma galanteria cuanto le pedí, y tuve la particular curiosidad de hojear y leer las famosas constituciones de 1812 y 1837, autógrafas y firmadas por todos los legisladores respectivos. Yo admiraba la audacia y el patriotismo de esos hombres eminentes, regeneradores de España; pero al ver los armarios repletos de códigos, constituciones y tratados, me decia con tristeza: «¡Cuánta letra muerta!» Entretanto pasaba por la calle un batallon, y el ruido de las cornetas penetró hasta la biblioteca del Congreso, «Esa es la verdadera ley;--me dije entónces,--esa voz gobierna á los pueblos con mas poder que la de sus pretendidos representantes....
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El palacio destinado al Congreso es un bello y noble monumento, de estilo griego en su fachada principal; pero carece de elevacion, y las otras tres fachadas son absolutamente vulgares. En el interior se encuentra bastante gusto y sencillez de adornos, aunque los salones, demasiado multiplicados, son pequeños. Uno de ellos contiene un gran reloj-cronómetro, de armario, fabricado en Barcelona, verdadera maravilla bajo todos aspectos. El salon de las sesiones es elegante y posee muy hermosos frescos pero revela, por la distribucion mezquina de las tribunas públicas, que en lo que ménos se pensó fué en darle asiento al pueblo español para que, oyendo á sus representantes, pueda juzgarlos, formarse una opinion y hacer efectiva la responsabilidad moral.
En el centro de la plazuela dominada por el palacio del Congreso está colocada, entre una verja de hierro, la bella estatua de bronce erigida á Cervantes, y cantada por Zorrilla, el bardo de las fantasías y las opulentas armonías. Los Españoles no han sido muy pródigos en estatuas y monumentos para perpetuar la gloria de sus genios; pero ya comienzan á pensar en eso. Sinembargo, aunque el inmortal Quintana tendrá su monumento, ha sido asunto de grande y acolorada disputa entre los partidos la ereccion de una estatua á Mendizábal. El proyecto nomas hizo caer á un ministerio (ó contribuyó en mucho á la fechoría), convertido en cuestión de gabinete. En un país donde no hay libertad para adorar á Dios como le plazca á cada cual, no es extraño que se prohiba dar culto á las ideas liberales representadas por un gran patriota.
Hay en Madrid un monumento que prueba, por su popularidad ó el respeto universal que le rodea, que los Españoles, si bien se arrancan los ojos por las cuestiones interiores, están unidos por un solo sentimiento--el de la independencia--cuando se trata de la nacionalidad. Ese monumento, tan noble por su severa sencillez como por las epopeyas que evoca, es el del _Dos de Mayo_, que domina una de las espléndidas alamedas del Prado. Una pirámide do granito y piedra, algunos nombres escritos que valen por un poema, un leon en relieve, una inscripcion conmemorativa y un doble círculo de cipreses, he ahí lo que basta para recordar á los Españoles que en aquel sitio sufrieron su martirio glorioso algunos defensores de la independencia y la libertad, y que no es digno de su patria ni de llamarse ciudadano sino el que sabe darse todo con abnegacion á la causa que la justicia, el derecho y el honor santifican.
Ese monumento me hizo fijarme en una observacion curiosa que he podido repetir en muchos lugares de España. Los Franceses, invasores y sacrificadores en la época del primer imperio, son muy simpáticos en España; en tanto que los Ingleses, que le ayudaron al pueblo español á rechazar la invasion, no gozan de simpatías en la península. ¿De qué depende ese contraste al parecer injusto? Es que las razas llamadas _latinas_ en Europa, tienen por distintivo esencial de su carácter la abnegacion, el heroismo y la iniciativa espiritual; y la nacion francesa, que á pesar de sus defectos políticos, es la primera en todo lo que es generoso y magnánimo, ha adquirido un inmenso é indestructible prestigio sobre los pueblos que se le asimilan.
Ademas, los Españoles han hecho, como lo hace todo extranjero que visita el pais, una observacion muy importante. Durante la guerra de 1808, los Franceses, como enemigos, hicieron volar muchas fortalezas, pero construyeron puentes, teatros y otras obras; en tanto que los Ingleses, como aliados, aprovecharon la oportunidad para destruir en España las _fábricas_ de porcelanas, paños y otros artículos, que podian hacerles competencia. Muchas veces los _amigos_ hacen mas daño que los enemigos.
Madrid posee siete ú ocho teatros, aunque regularmente no funcionan sino cinco: el de la _Opera_, el _Frances_, el de la _Zarzuela_ y dos de dramas y comedias, con acompañamiento de baile, etc. Los demas son insignificantes. Con excepcion del _Teatro real_ ó de la ópera, que es espléndido, suntuoso, muy vasto, bello como monumento y uno de los mas grandiosos de Europa, en su género, los demas, aunque bonitos en su interior, carecen de positivo mérito en sus formas. Mas adelante hablaré de la situacion del arte dramático en Madrid, como un elemento de la vida social.
Perdóneseme que pase de los monumentos personales y los teatros, _ex abrupto_, á las _caballerizas reales_, monumento elevado á los caballos y las mulas de la Corte con mucho mayor esmero que las vergonzantes estatuas ó columnas consagradas á la gloria de los grandes genios. Si de la transicion surge un curioso epígrama, la culpa no es por cierto mia.
Las _caballerizas_ reales son consideradas (con mucha razon por desgracia) como una de las maravillas de España, el país por excelencia de los contrastes y extraños fenómenos sociales. La Corte, que ocupa el palacio real (que no pude visitar por estar presente la reina), tiene á su derecha casi todas las Legaciones extranjeras, y á la izquierda las caballerizas: las unas que tiran del coche de la nacion española, cada cual por su lado; las otras que sirven para las carrozas de la reina de España. No sé de qué lado tirarán con mas fuerza ó habrá genios mal recalcitrantes.
Un inmenso palacio, aunque no de condiciones aristocráticas, sirve de alojamiento á los dichosos brutos que tienen el honor de llevar sobre sus lomos á las personas de la Corte ó tirar sus doradas carrozas y berlinas. El edificio está dividido en grandes compartimientos adecuados para guardar los carruajes y arreos, en asombrosa profusion; abrigar los potros y las yeguas de primer órden, que están allí como joyas de primor; alojar setenta soberbios caballos de tiro, otros tantos de silla, doscientas mulas para los coches de palacio, y un enjambre de lacayos y mozos puestos al servicio de sus amos, cuadrúpedos de sangre azul. Los dignos brutos están todos enjaezados con hermosas libreas en sus magnificas é interminables cuadras, y parecen enorgullecerse al recibir las visitas de tantos extranjeros, ya pateando con garbosa satisfaccion, ya irguiendo sus lustrosos cuellos y sus abundantes y crespas colas, como cisnes terrestres. La gualdrapa que viste cada uno de esos miembros de la aristocracia de los brutos, vale mas que todo el vestido que un labriego español puede consumir en un año. Cada caballo es un príncipe, con su corte de lacayos, cada yegua una jóven mimada, y cada mula una matrona respetable y corpulenta que, al mirar con desden al Español plebeyo que se acerca, parece tener la conciencia de su dignidad y su grandeza.
Todo el edificio es admirable por la cómoda distribucion, el aseo, la magnificencia de las razas de brutos y el buen servicio. Pero despues de admirarlo pregunté si la Corte no permitia la propagacion en el país de aquellas razas superiores, procedentes de diversas regiones del mundo, y me dijeron que no. Todos esos tesoros son, pues, de puro lujo, sin utilidad para el Estado. Y ese palacio de los brutos ha costado millones, esos animales valen millones, y su manutencion espléndida cuesta enormes sumas anuales. Entre tanto, hay poblaciones enteras de mendigos, hay millares de familias que habitan cuevas practicadas en los barrancos, hay canales cegados, puertos inseguros, rios sin puentes, calles sin salubridad, y muchas miserias que remediar y obstáculos que remover....
Parece que no alcanza el dinero para hacer todo eso, ni hay urgencia, puesto que las mulas no tienen novedad en su importante salud.
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CAPITULO II.
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MADRID POLÍTICO Y SOCIAL.
La Corte y la nobleza.--La juventud española.--Escenas matinales.--Las calles de Madrid.--El Prado.--El teatro español.--El café público en España.--Tendencias sociales.
No pretendo en manera alguna centralizar la sociedad española, bajo todas sus faces, en Madrid. Como he dicho, hay en España cuatro Españas distintas, que tienden á confundirse, que se van mezclando fuertemente y que no muy tarde formarán una sola. Pero Madrid, aunque no representa principalmente sino la España castellana, es, como centro político, un espejo fiel de la vida general de la nacion española. Lo que sucede en Madrid, en lo político y social, so repite en las demas grandes ciudades españolas, con mas ó ménos vigor segun las costumbres características de cada provincia.
Si la Corte es un elemento de estudio para el viajero en España, por sus especialidades, la sociedad de Madrid no deba observarse, para apreciar sus cualidades y sus defectos, sino en el Prado, en los teatros, la plaza de toros, los hoteles ó fondas, los cafés, las calles y las reuniones públicas y privadas. En cuánto á _Madrid político_, hay que buscarlo en las Cámaras, en el periodismo, los tribunales, las juntas anónimas, el Ateneo, y sobre todo los cafés. El que juzgase á los Españoles por lo que _escriben_ ó _peroran_ en público y solemnemente, formaría opiniones muy erróneas. Para conocer el tipo del Español, como _ciudadano_, hay que oirle _hablar_ en el café, donde se revela libremente tal cual es. La mesa del café público es la verdadera tribuna del Español.
La prensa en España está amordazada y generalmente prostituida en el periodismo, como sucede con todo elemento de civilizacion que se degrada cuando lo comprimen ó guian artificialmente. Pero los Españoles se desquitan de palabra de la esclavitud que les han impuesto en la prensa. No hay un país en Europa, inclusive Inglaterra, donde se hable con mas libertad que en España, en los recintos que no tienen carácter oficial ó político. Y puede decirse que donde realmente se discuten en ese país los asuntos políticos es en los cafés, las mesas redondas de los hoteles y los _casinos_ ó círculos privados.
Hablemos primero de la Corte y despues de los Españoles. Pero no hay que confundir a la Corte y los cortesanos con la aristocracia. Talvez la mayor parte de los verdaderos cortesanos no pertenece a la aristocracia, la cual, en España, si vale mucho menos intelectualmente que la de Inglaterra y Francia, tiene mejores cualidades morales.
Ese orgullo insolente de los nobles de otros paises no se conoce en España. Su aristocracia moderna, la que se ha formado por su accion en la política, en la literatura ó en la guerra, es muy reducida, y no ostenta sus títulos (único distintivo), sino que se confunde con las demas clases sociales en todas las relaciones. La aristocracia antigua ó tradicional gusta, en lo general, de ostentar sus títulos en grandes escudos de armas y blasones, en ruidosas denominaciones y en otras exterioridades. Pero en realidad, esas demostraciones no revelan una infatuacion personal sino un alto orgullo de familia, sentimiento piadoso y patriótico en el fondo; puesto que consiste en el culto á las glorias de sus antepasados y á las tradiciones de la independencia y de las grandes proezas de la España antigua.
Creo muy sinceramente que la aristocracia de títulos ó hereditaria, no tiene de malo sino los privilegios y las desigualdades inicuas en que generalmente se apoya. Pero reducida á _títulos_, sin prerogativas injustas, es meramente ridícula, y por tanto inofensiva, ó racional en cuanto se funde en la conservacion incólume del honor, de la gloria y del respeto hácia los progenitores, y entónces puede ser un estímulo hasta cierto punto. Con todo, no vale la pena una aristocracia inofensiva ó puramente titular de hacer tanto ruido y de empeñarse en conservarla legalmente. Mejor sería que su valor se estableciese por la opinion fundada en la libertad.
Como quiera que sea, la aristocracia española es realmente un pergamino viviente. Sin mayorazgos ni privilegios ante la justicia, su poder es nulo; y como no ha procurado adquirir influencia moral por medio de las letras, la tribuna, etc., cada dia se hace mas insignificante, reducida á muchos blasones y algunos doblones. Los nobles de España son, de resto, los mas demócratas (si los puede haber) de cuantos se conocen en el mundo. Ni piden limosna, como los de Italia; ni dan látigo, como los de Rusia; ni se hacen caballeros de industria, como tantos en Francia; ni viven á estilo feudal, como los de Alemania; ni viajan como los de Inglaterra con orgullosas ínfulas. Confundidos frecuentemente con el comun de la sociedad, se les ve en la mesa redonda del hotel, en el corrillo de la calle ó del café, en al _parterre_ del teatro ó en la _diligencia_ de viaje, muy contentos de alternar familiarmente con todo el mundo. Ví en los cafés á muchos nobles discutiendo afectuosamente con estudiantes y periodistas, y siempre mostrándose tolerantes.
Recuerdo que un dia cierto baron ó conde muy estimable, me invitaba á dejarme presentar en Palacio para conocer la Corte de cerca y besar la mano á la reina. Le contesté riendo: «Señor mio, no tengo inconveniente en besarle la mano á una dama; por galantería; pero cuando la dama fuese reina, me sentiría humillado en mi altivez de republicano. Ademas, los reyes no son para mí sino animales curiosos; y despues de haber visto en los jardines zoológicos las girafas, los hipopótamos y los orangutanes, no me siento con urgencia de ser curioso.» El excelente sugeto, en vez de picarse de mi brusquedad colombiana, me dijo con suma amabilidad: «Vamos,--tiene U. razon; cada cual tiene el punto de vista de sus ideas y de su educacion social. Nuestra reina es una guapa señora; pero para U. no hay mejor reina que la libertad. Enhorabuena.»