Viajes de un Colombiano en Europa, primera serie

Part 22

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Y todo ese conjunto informe, semejante á un inmenso monton de peñascos despedazados, dominado por algunas cúpulas moriscas, por una infinidad de azoteas y miradores irregulares, enclavados sobre hileras de ventanillas y troneras y de lienzos de muros dentellados.

Al derredor de lo que fué la Valencia moruna está la Valencia española y los arrabales. Allí hay mas órden en las calles; las construcciones son de arquitectura vulgar y pesada, y se ven pulular por docenas las torres de los viejos conventos de frailes y monjas. Por último, cierran el cuadro de la ciudad las alegres casas campestres, las quintas elegantes, las grandes fábricas y la estacion del ferrocarril, es decir, las señales de la civilizacion moderna, que significa igualmente actividad y comodidad.

Al extender la mirada ¡qué paisaje tan vasto y admirable se registra! Al occidente el cordon de cerros ó montañas desnudas de árboles, que determinan el valle marítimo de Valencia, cerrando el horizonte á distancia de seis ó siete leguas. Al oriente el Mediterráneo, azul blanquecino, tranquilo, surcado por los buques, veleros y reflejando magníficamente los resplandores de un sol casi africano. Encima un cielo purísimo y soberbio de luz y de belleza; y en el fondo del cuadro, hácia todos los lados de Valencia, la llanura mas primorosa del mundo--la opulenta y renombrada Huerta--de donde se exhalan los ricos perfumes del azahar, el jazmin y la rosa, de entre bosques interminables de naranjos ó limoneros que proyectan su oscuro follaje sobre campos de espigas, de simétricas moreras y viñedos, como sobre entables de caña dulce y plantaciones de algodon. Para completar lo pintoresco del paisaje, las innumerables y graciosas casitas campestres, las infinitas acequias de irrigacion (que son las joyas de la Huerta) y los muchos pueblos dispersos en la vasta llanura en situaciones pintorescas, le dan á la escena el tipo de un país eminentemente agrícola y poético. Parece imposible hallar nada tan interesante como la campiña de Valencia.

Habia pasado tres horas en esa muda contemplacion. Al descender de la torre me aguardaba, por una singular fortuna, un espectáculo social que en cierto modo completaba el físico. La plazuela de la catedral, que es muy pequeña, estaba casi llena de gente. Pregunté la razon de aquella pacífica aglomeracion de hombres que tenian el aire de campesinos, y me dijeron que acababa de tener lugar un _juicio de aguas_. La frase me picó mas la curiosidad y seguí preguntando. Hé aquí la explicacion que obtuve:

Los agricultores valencianos gozan de un fuero especial que les fué concedido por uno de sus reyes católicos despues de la derrota ó expulsión de los moros. Ese fuero consiste en el juicio de arbitramento respecto de los litigios que se suscitan entre los agricultores por las aguas ó acequias de irrigacion. En una comarca tan esencialmente agrícola, el agua es el principal tesoro, y ella está distribuida con admirable precision en los campos, mediante una vasta red de canales y compuertas que hacen ir de los rios a todas las campiñas y plantaciones la cantidad de agua necesaria. El gran beneficio del fuero consiste en haber librado á los agricultores de las garras de los abogados y curiales y de la absurda institucion del _papel sellado_.

Cada dos años se reunen los agricultores de la Huerta y eligen los jueces-árbitros de su tribunal, ancianos sencillos, de experiencia en el oficio del cultivador y venerables por su honradez y su buen sentido. Cuando se suscita una disputa entre dos ó mas agricultores por alguna acequia, sea en cuanto á su paso, su extension ó la cantidad de agua, sea en cuanto á la oportunidad del regadío, la cuestion viene al conocimiento de uno de esos árbitros (que muchas veces no saben ni leer) y las partes son convocadas para ir al juicio en cierto dia, llevando sus pruebas testimoniales. El juez, si acaso no conoce (por rareza) el terreno especial de la cuestion, va y lo examina concienzudamente.

El dia del juicio, el tribunal se instala bajo el pórtico de la catedral, al aire libre, como en campo raso. Cada parte relata el asunto y defiende su causa como puede, sin mas abogados que su buen sentido y su justicia. Los testigos son oidos, y el rústico tribunal, apoyándose en los hechos que conoce por sí mismo y las circunstancias probadas, pronuncia un fallo que es irrevocable, que todo el mundo respeta y obedece religiosamente y que jamas se escribe. La expresion de esa justicia sumaria y amigable no tiene mas archivo que la tradicion, porque allí no se falla sobre _dominio_ ó propiedad sino sobre servidumbres y usos de simple irrigacion. ¡Jamas pueblo alguno de los tiempos modernos tuvo institucion mas sencillamente sublime! Ella es á la vez una idea democrática, una elocuente condenacion de las manías reglamentarias de los gobiernos, y una prueba de que la mejor base de la justicia humana está en el buen sentido de los hombres libres guiado por la simple nocion del interes comun. Los abogados y curiales detestan los _juicios de aguas_, y tienen razon, segun su oficio. Pero los agricultores los veneran con mucho mayor razon, y no permitirán jamas que les arrebaten ese _fuero_. ¡Es cosa bien triste que todavía se llame _fuero_ ó _privilegio_ una institucion que no es sino la forma mas profundamente filosófica de la justicia social!

Una reflexion me ocurrió, al observar el alegre grupo de agricultores que ya se disolvia, despues de un juicio que solo habia durado una hora. ¿Por qué ha subsistido esta institucion en Valencia, miéntras que el absolutismo ha destruido casi todos los fueros mas importantes en el resto de España, excepto en las provincias vascongadas? Recordé la reciente lectura que habia hecho de un libro sobre las costumbres de los árabes, y tuve la explicacion del fenómeno. Es que aquella poblacion valenciana, eminentemente morisca, ha encontrado una armonía perfecta entre el arbitramento de los _juicios de aguas_ y las costumbres arábigas. Allí donde falta el antagonismo, las instituciones se perpetúan respetadas religiosamente. El juez de la Huerta, ese rústico _tío_ (como los llaman en España), ¿no es la verdadera continuacion del _Kady_ árabe, que oye y falla patriarcalmente? No hay de estable y fecundo en las sociedades, sobre todo en materia de instituciones, sino lo que está en armonía con la naturaleza humana, esencialmente razonable. En punto á justicia, siempre me atendré mas al juicio del hombre rústico, de conciencia honrada y sencilla, que á la elocuencia literaria de diez Cicerones.

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Valencia es el país clásico de las mujeres hermosas,--tanto que allí es casi difícil encontrar una fea. En las mas espléndidas calles de Paris, Lyon y Marsella, y de Barcelona y Madrid me han mostrado soberbias Valencianas, desgraciadamente..._desgraciadas_. Pero aquellas mujeres, que fascinan todas con su hermosura, no seducen el corazon jamas, no embelesan el alma. Al contrario, hay en esa hermosura no sé qué de áspero y repelente que causa miedo, que hace adivinar las pasiones terribles y la navaja oculta bajo la falda de colores vivos; que hace pensar en la vengativa Italiana, lo mismo que en la mujer africana que cruza los desiertos arenales al rayo del sol sobre la silla de su galante jinete, ó que incita á las voluptuosidades del amor oriental bajo la tienda de la carabana.

La Valenciana domina con su ardiente mirada, pero intimida ó amenaza. Su abundante y sedosa cabellera, recogida en trenzas ó en un moño, y cubierta con un pañuelo de listas, atado en derredor de la cabeza en forma de turbante; sus ojos grandes, negros, ardientes y de mirada profunda, que hieren como la hoja del cuchillo árabe; su aire garboso y audaz; su fisonomía mas que redonda, casi ovalada, cortada por líneas sumamente rígidas; la energía de su voz; lo pintoresco de su estrecho vestido, compuesto de telas fuertes de colores brillantes, bajo las cuales palpita un seno incendiado y se dibujan las formas de una organizacion vigorosa; todo eso hace de la Valenciana (considerada la masa mas numerosa) un tipo especial, que impone la atencion, y que resiste á todas las influencias fusionistas de la civilizacion moderna.

El hombre de educación gusta mucho allí de las intrigas políticas, y tiene al mismo tiempo, por una aparente contradiccion, muy pronunciado el sentimiento artístico. El noble, el individuo de la clase mas alta, es absolutista por excelencia. No tuve tiempo para averiguar la causa; pero establezco el hecho. Valencia es en España la verdadera fortaleza de las opiniones absolutistas. El _pueblo_--lo que en Europa llaman simplemente así, y que en las democracias llamamos el _pueblo pobre_, porque todos somos pueblo,--se deja guiar fácilmente por los absolutistas, miéntras que la idea democrática no se abriga sino en la clase media. Donde quiera he observado, personalmente ó por lecturas, que los pueblos mas ásperos y brutales en sus costumbres son los mas favorables al absolutismo. El pueblo de Paris, esencialmente culto, ha sido siempre el salvador ó por lo menos el defensor de la libertad en Francia. Los bandidos y pillos de Roma y los _lazzaroni_ de Nápoles, magistrales en el manejo del puñal, han sido los mejores apoyos del despotismo en la Italia meridional. Los salteadores de Grecia hacian la guerra á la noble causa que tuvo por mártir al sublime Byron.

Hay en las clases inferiores (en educacion) de Valencia, una distincion que establecer. El agricultor es un rudo tipo, pero es honrado y pacífico. El obrero, el habitante de los arrabales y el ganapan de las calles y del puerto, al contrario, son ásperos en todo, de mala índole, de instintos pendencieros y brutales. Despues de las seis de la tarde es muy imprudente aventurarse á recorrer solo los alderredores de Valencia; y no porque estén plagados de ladrones y asesinos, como han dicho, exagerando mucho, algunos viajeros, sino porque es muy fácil tener una pendencia con un truhan de navaja lista y humor muy _despuntado_, que termine por un drama sangriento, ó cuando ménos por un chaparron de garrotazos. Sobre todo, si alguna hija de Eva anda en el asunto, el galante forastero puede contar con un mal dia. Con las Valencianas de cierta clase se cumplen á la letra las palabras de Cervantes: «hay cosas que es mejor no meneallas,» y mujeres bonitas _que es mejor no tocallas_.

El Valenciano de los arrabales tiene una fisonomía que parece el amalgama del árabe guerrero con el Napolitano. Si en lo moral se distingue por las fuertes pasiones, el sentimiento artístico, el humor pendenciero, y el gusto por la algazara, el baile frenético, la guitarra, la cancion bélico-amorosa y las alegres libaciones, en sus hábitos exteriores tiene todo lo pintoresco de los pueblos apasionados.

Donde quiera le vereis ó con el sombrero calañes, que es la tradicion del turbante, ó con un pañuelo de colores vivos atado á la cabeza por detras cayendo sobre la nuca. Y luego el calzon estrecho hasta la rodilla, con polainas hasta los piés, y siempre calzado con la sencilla _alpargata_ nacional; el cuerpo medio cubierto por la _manta_, especie de capa corta ó _ruana_ doblada, con listas de colores vivísimos y menudas borlas; y debajo, asomando como un traidor que medio se oculta, el afilado cuchillo ó navaja de resorte, de larga y aterradora cuchilla, con muelle dentellado y cabo corvo y lleno de adornos mas ó menos artísticos.

Organizacion enérgica, el Valenciano lo hace todo con brio. En el puerto trabaja como si fuese de hierro; en el taller es listo; dirigiendo la tartana brincadora, la carreta pesada ó el arado, se hace entender por el animal de tiro con fuertes gritos y terribles ejercicios de látigo y púa, y en el baile, la plaza de toros, los amores, las pendencias de arrabal y las guerras civiles, todos sus actos tienen el sello de la resolucin y la violencia de sentimientos.

Valencia es una ciudad muy digna de ser estudiada, por su curiosa fisonomía, pero donde no se puede vivir con placer una vez que se han recogido las impresiones mas notables. Si sus campos arrebatan, sus calles dan horror, sus hermosas mujeres intimidan y sus gentes de arrabal asustan.

Esa sociedad necesita para suavizarse del impulso poderoso del cosmopolitismo moderno. Los ferrocarriles, las fábricas, el trato activo con el extranjero y las instituciones liberales y humanitarias que supriman toda violencia legal y todo espectáculo de sangre, harán de Valencia un verdadero paraíso, extinguiendo todo lo que hay en las costumbres de áspero y brutal, y aprovechando todos los dones de una naturaleza admirable, que ha sido tan pródiga con la raza como con el cielo y la tierra.

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CAPITULO VI.

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DIEZ Y OCHO HORAS DE CONTRASTES.

La "Huerta" de Valencia.--San Felipe de Játiva.--La diligencia española.--Almanza.--La Mancha y el valle del Tajo.--Un personaje de España.

Una serie de curiosísimos contrastes me esperaba en el trayecto que debia recorrer desda Valencia hasta Madrid. El opulento valle se extiende, largo y angosto, al norte y sur de Valencia, limitado al poniente por las montañas que determinan la curiosa formacion de la alti-planicie de Cuenca. Hácia las alturas del _Bonete_ se desprende de la serranía circular un ramal de cerros que cierra por el sur el valle de Valencia y va á morir sobre la costa de Alicante entre Jijona y Denia. El ferrocarril de Valencia surca el valle hácia el sur, cortará la serranía por el abra ó "puerto" de Almanza, y se ligará en la villa de este nombre con el ferrocarril que enlaza á Madrid con Alicante.

El tránsito por la via férrea desde Valencia hasta adelante de Alcudia, donde terminaba la seccion en servicio, tiene no sé qué de fabuloso, que hace recordar los cuentos de las _Mil y una noches_. Una campiña admirable, perfumada por las riquísimas esencias del azahar y el jazmin, se extiende allí encuadrada entre cerros desnudos y rocallosos, como una inmensa esmeralda engastada en acero occidado. Por todas partes el cultivo mas perfecto, los angostos canales de irrigacion, los bosques de naranjos y limoneros cargados conjuntamente de flores y amarillas frutas en asombrosa profusion. Es de esa Huerta fabulosa que van á todas las ciudades de Europa las deliciosas naranjas de finísima corteza. Parece una tonta exageracion; pero yo alcanzaba casi á tocar los racimos de naranjas, alargando el brazo desde el wagon del tren en que iba con la velocidad del rayo. Imagínese lo que será esa _Huerta de Valencia_, cuando el ferrocarril gira en gran parte de su trayecto por entre una calle literalmente formada por bosques de naranjos y moreras, donde se crian simultáneamente la almibarada fruta y el laborioso gusano de seda.

La parte meridional del valle, hasta el _puerto_ de Almanza, excluyendo á Valencia, contiene en solo la linea del ferrocarril una poblacion de 55,000 almas, robusta y laboriosa en alto grado, concentrada en once villas y distritos.

Algunos de esos pueblos tienen una situacion pintoresca y graciosa, haciendo descollar sus campanarios como los centinelas de la llanura. Causa un verdadero placer, mezclado de curiosidad, la rápida inspeccion, en las estaciones del ferrocarril, de aquellos grupos de labriegos encantados al oir el prolongado silbido de la locomotiva, que les ha sorprendido en sus hábitos moriscos y su ignorancia peninsular. Sus pardas ó amarillentas mantas, sostenidas como capas; sus sombreros de anchurosas alas, cuando no de estilo calañes; sus pantalones cortos ciñendo la rodilla; sus polainas ó calcetas de piel, y sus carcajadas francas y ruidosas que les dan un aire de placer y satisfaccion, fijan la atencion del viajero dejándole una impresion muy agradable.

De todas las pequeñas poblaciones del valle solo merecen especial mencion, por su masa ó por su historia, las villas de _Alcira_ (que tiene 14,000 almas), _Carcagente_ (bonita y rica poblacion, con 8,200) y _San Felipe de Játiva_, que cuenta 15,800, y es bastante célebre en la historia de España.

Alcira como un jardín flotante, ostenta sus tres torres entre dos brazos del rio Júcar, sobre el cual existe todavía el puente romano por donde pasaban los ejércitos de César. Es famosa en la historia la resistencia tenaz que le opusieron á Cárlos V los comuneros alciranos, que les costó la pérdida de sus fueros.

Cerca de _Játiva_ el valle se estrecha notablemente entre los cerros escarpados que por todos lados lo dominan, y sobre cuyas eminencias se destacan, como nidos colosales suspendidos de las rocas, los escombros de algunos castillos feudales, testimonios que el tiempo ha querido respetar en parte para recordarle al viajero la impotencia de las civilizaciones fundadas en la fuerza y el aislamiento egoísta.

La pobre _Játiva_, de heróica memoria, cuna del _Españoleto_ y teatro secular de tantos combates, no es hoy sino una momia de plaza fuerte, con su castillo derrumbado y sus reductos en escombros. Parece la imágen de una de esas mujeres altivas que, despues de haber brillado hermosas y lozanas, dejan enmohecer sus joyas y no presentan sino caras arrugadas, ojos enjutos, bocas sin dientes y cabezas calvas.... El aspecto lamentable de esa ciudad _pretérita_ hace un extraño contraste con aquella admirable campiña, llena de verdura, de galas y perfumes. Dichoso contraste que está mostrándole al labriego que si las glorias militares pueden engrandecer por un momento, se pierden luego en el olvido, en tanto que el poder adquirido con la industria se reproduce y perpetúa.

En Játiva tuerce su curso el ferrocarril, dirigiéndose rectamente al sur hácia Almanza, por el fondo del estrechísimo valle, verdadera bifurcacion del de Valencia. Allí, el terreno, careciendo de solidez y de humedad y aproximándose á las montañas rocallosas, pierde esa fertilidad de la gran llanura, y en vez de alimentar naranjos, moreras y trigos, se cubre de viñas dispersas sobre las colinas ó de olivos que entristecen la campiña con su tinta gris. Así, instantáneamente se pasa de la vegetación risueña á la melancólica, y de la tersa llanura á los planos inclinados y á las sinuosidades profundas.

La noche se acercaba cuando descendí en Alcudia del tren del ferrocarril. Despues de aquellos contrastes puramente materiales iba á conocer otros de carácter social muy interesantes. Allí hube de tomar por primera vez esa _máquina infernal_ que se llama _diligencia_ y que caracteriza vigorosamente á uno de los tipos mas curiosos,--tipo que se divide en tres entidades homogéneas pero diversas: el _mayoral_, el _delantero_ y el _zagal_.

Francamente, creo que Santo Domingo de Guzman, Felipe II y el amable Torquemada no entendian el oficio. Si hubieran sido maestros en el arte de torturar habrían inventado la _pena de viajar en diligencia_, y no habría quedado un solo hereje en la piadosa España. En mis cavilaciones sobre el infierno, en los ratos desocupados, no habia podido formarme sino una idea muy confusa de los terribles dramas de aquel mundo de cóleras, relámpagos y fuego. Cuando por primera vez viajé en diligencia española, tuve la nocion completa de lo que debe de ser una legion de demonios que se lleva un racimo de almas al infierno, por entre precipicios espantosos y con grande orquesta de reniegos.

En el momento del arranque, al sentir aquella casa de madera arrastrada por diez mulas frenéticas, como si la impeliese el huracan, la primera impresion es de miedo, de cólera y horror.

Algunos minutos despues, cuando se ha visto que el peligro era exagerado, se crispa uno de risa (porque tenderse ni exaltarse es imposible en aquella prison celular), y se deleita como un salvaje en la contemplacion del drama convertido en comedia.

Figúrese el lector una enorme caja (los Franceses la llaman _machine_) dividida en cinco compartimientos en forma de palomares ó gallineros, donde el viajero es la gallina y el _mayoral_ el gallo-sultan. Arriba, una cueva que se llama _cupé_, donde empacan á cuatro bultos numerados del género humano. Abajo, en primer término, la _berlina_, donde va en número de tres la aristocracia de las victimas; en el centro una cripta romana que llaman _interior_, calabozo de seis rematados; y atras la cocina del infierno, pomposamente decorada con el nombre de _rotunda_. Encima, el departamento de equipajes, denominado la _vaca_, Chimborazo ambulante que se parece un poco á la cueva de _Montesinos_. Total, diez y nueve Cristos que tienen la _idea_ de viajar, bajo el poder de un Poncio Pilato que se llama el _mayoral_, como quien dice, don Manuel Rosas y los _salvajes unitarios_ de marras.

Esto en cuanto á la parte animal que va adentro. Por lo que hace á la de afuera se clasifica, en el órden de bestialidad, así:

El mayoral, El zagal, El delantero Y las mulas.

Esas cuatro entidades se agitan, se atacan, se estropean y golpean conjuntamente, formando los tres primeros individuos un alboroto infernal, y levantando las ocho ó diez mulas bravías que les están asociadas una nube de coces y de polvo, dentro de la cual se cierne una lluvia de latigazos y garrotazos.

Los tres directores de aquel convoy de veintinueve víctimas (sumando viajeros y mulas) llevan sus puestos respectivos. El mayoral, en el pescante, entre el _cupé_ y la _berlina_, como un Phaeton que conduce su alado carro. El zagal, á su lado, ó prendido de un garfio del pescante, á guisa de apéndice. El delantero, á caballo sobre la bestia primera de la fila izquierda, dando la direccion á las diez mulas.

Estas, formadas en columna, en dos filas, van ligadas entre sí por un laberinto de pesadas cadenas, de garfios, correas y trozos de madera que aumentan el enorme peso y la extravagancia de aquella montaña portátil.

De tiempo en tiempo, cuando alguna de las mulas afloja el paso (porque van siempre á galope largo y al coche rueda como un huracan por cuestas y valles), el zagal da un salto al suelo, y se lanza á la carrera, á la par de las mulas, armado de un garrote delgado ó de un látigo fuerte. A cada mula le reparte (porque siempre los justos pagan por los pecadores) cuatro ó seis golpes frenéticos; y cada una de ellas responde, según su estilo peculiar, con cuatro ó seis coces furibundas, que el zagal evita con asombrosa habilidad. Entónces aquellos animales se enfurecen, brincan como cabras, corren como demonios y levantan una polvareda que hace perder de vista el horizonte é invade, á los viajeros en sus navetas martirizadoras.

El mayoral grita como un dragon, sacudiendo las riendas y el foete,--agitando en una convulsion rabiosa todo el cuerpo; el zagal le acompaña en gritos, movimientos y reniegos; y el delantero, que les sacude tambien á veces á las mulas que están á su alcance, redobla la actividad para apurar la carrera. El viajero, entretanto, sintiéndose á discrecion de aquellos salvajes y de diez mulas furiosas, se agita en un drama cómico de las mas vivas emociones, acabando por resignarse á todo. Imagínese lo que habrá de sentir el que, saliendo de un magnífico tren de ferrocarril, se entrega por primera vez á esa pesadilla sin sueño que se llama un viaje en diligencia.

Cuando el viaje es largo los peligros aumentan. Como jamas se varía el mayoral ni el delantero, que son los pilotos de la diligencia, el sueño los domina á veces, y con frecuencia el coche vuelca y se despedaza, se estrella en un recodo, ó se precipita en un desfiladero, sucediendo no pocas desgracias. Y no hay que hacer observacion alguna, ni quejarse de hambre ó cosa parecida; porque el viajero que sufre la ley tiránica de los empresarios, es un esclavo á la disposicion del sultan que tiene su trono en el pescante. Todo eso sin perjuicio del escamoteo, al fin del viaje, que los mayorales, delanteros y zagales ejercen contra el viajero, mendigando como si no tuviesen dotacion ó paga.