# Viajes de un Colombiano en Europa, primera serie

## Part 21

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La pequeña iglesia ó capilla de _San Miguel_ no es curiosa sino por su antigüedad y su tipo especial. Es una _cripta_ romana, profunda en el centro, sombría como un refugio de proscritos y que está revelando la infancia del arte cristiano. Al penetrar allí no puede uno ménos que evocar todos los recuerdos de los mártires del cristianismo naciente. Hay allí algo que guarda las tradiciones de la abnegacion y del heroismo resignado del creyente.

Para tener una idea de las costumbres catalanas, basta echarse á pasear, con el ojo alerta y el humor alegre, por la calle mercantil de _Fernando sétimo,_ ó la ancha alameda de la _Rambla_, orillada por hoteles y cafés. Una inmensa multitud circula por allí, sea matando el tiempo, sea buscando los negocios ó algo que si es _negocio_ no está esento de ser pecaminoso.

Las Francesas pululan, ligeras y provocadoras, arrastrando las anchas colas de sus trajes, y distinguiéndose perfectamente de las Catalanas y Españolas. Mientras que la Francesa aventurera hace conocer su artificio y esconde bajo la gorra su cabeza de cabellos pobres, la Española ostenta con garbo su rica mantilla, bate con maestría singular el inolvidable abanico, marcha con gracia y donaire pero sin esforzarse en la coqueteria, y arrebata con su tez suavemente morena, sus grandes y negros ojos, su rica dentadura y su ampulosa cabellera recogida en un elegante peinado ó en hermosas trenzas. Ella desdeña la prudente gorra, teniendo su soberbia cabeza, y la cubre apénas con un pañuelo (si es de noche) atado por debajo de la garganta no mas, ó con un chal de lana ó algodon de colores graciosos, envuelto con mucha originalidad.

Si os fijais en los hombres, les vereis divagar (envueltos en la inevitable capa española, algunas veces ricamente adornada) en grupos mas ó menos bulliciosos ó siquiera por parejas, aspirando el humeante cigarrillo, con la mirada abierta, listos á la chanzoneta, la voz robusta y el andar ligero. En el teatro les vereis aplaudir con entusiasmo, aunque no siempre con criterio; en el baile, cordiales y contentos; en la mesa expansivos; en el carnaval hechos locos y muy espirituales en sus sátiras y disfraces.

Donde mas se revela el espíritu de asociacion del Catalan es en el casino ó el café. El catalan no se resigna jamas al aislamiento. Por eso los cafés de Barcelona son la imágen de Babel. Centenares de hombres y señoras se amontonan alli, en grupos animadísimos, formando una alegre algazara que apaga casi los ecos del piano. En España hay la costumbre de establecer un piano en cada gran café para amenizar el pasatiempo; y todo el que va a uno de esos lugares, donde la democracia absoluta no degenera en desórdenes, pasa cuatro ó cinco horas en tertulia sin dejar refrescar el asiento. El pueblo español, en su mejor sociedad, se congrega en la iglesia, la plaza de toros y el café.

Barcelona es residencia ordinaria de doce ó catorce cónsules extranjeros, y ofrece amplias facilidades al viajero. Temiendo entregarme desde muy temprano al martirio de las diligencias, tomé pasaje en el vapor «Cataluña,» que iba para Hamburgo, y me dirigí á la provincia de Tarragona. Sin haber tenido _amigos_ en Barcelona, confieso que me alejé de su animado puerto con algun pesar. Aquel es un país libre, de poblacion inteligente, activa y honrada, que me habia impresionado muy agradablemente.

* * * * *

El Mediterráneo estaba tranquilo como un lago, y su silencio absoluto no era interrumpido sino por el estridor de la maquinaria del vapor, y los resoplidos que de tiempo en tiempo lanzaba ese dragon de hierro y de vientre inflamado que se llama _locomotiva_. La luna iluminaba las ondas deliciosamente, produciendo admirables reflejos en la limpia estela del vapor. Pero la tierra estaba velada por las nieblas de la costa, y no fué posible verla sino en el momento de entrar al siguiente dia en el puerto de Tarragona.

Centenares de presidiarios trabajaban allí en terminar el puerto con una gran muralla edificada entre las ondas. Al mismo tiempo entraba un bote guarda-costa tripulado por diez y seis conscritos de las _quintas_ de marina. Así, la casualidad me presentaba en contraste dos clases de presidiarios: los unos, condenados por la justicia social, como _criminales_; los otros, condenados por la _suerte_ á servir en la marina, por el solo hecho de ser _Españoles_, ¡Qué sarcasmo legal! Puesto que el mundo tiene presidios todavía, pasemos adelante,

Una pintoresca llanura con suaves ondulaciones, primorosamente cultivada, sembrada de pequeñas y alegres poblaciones, y de una melancolía deliciosa, se extiende por el espacio de 30 kilómetros entre la costa del Mediterráneo y un cordon de bajos y redondos cerros que arrancan desde Teruel para seguir paralelos al mar hácia el norte de Cataluña. Tarragona, situada en una eminencia de la costa á 760 piés sobre el nivel del mar, y Reus, que reposa en la llanura, son las principales ciudades de esa provincia catalana.

El orígen de Tarragona es antiquísimo, y tanto que remonta á la dominación fenicia. Segun la tradicion, el inolvidable Poncio Pilato nació allí (así como el emperador Trajano), y fué gobernador ó procónsul de la ciudad en tiempos en que ella tenia la friolera de millon y medio de habitantes. Hoy no cuenta sino 22,000, pero va en rápida resurreccion, á virtud del ferrocarril que la enlaza á Reus y de la demolicion de una gran parte de sus fortificaciones.

Si el guarismo de la antigua poblacion es exagerado, al menos las vastas ruinas que la rodean y los monumentos romanos que se conservan hasta una legua de distancia, revelan que la antigua ciudad, establecida sobre las márgenes del rio Francolí, é incendiada en distintas épocas, fué muy considerable y de grande importancia. La pobre ciudad de hoy ha vegetado por siglos encerrada en su cárcel de piedra (sus fortificaciones), esa tortura secular que el genio de la guerra ha impuesto á los pueblos fronterizos. Por mucho tiempo Tarragona, trepada en su colina y divorciada del puerto por las murallas que la estrangulaban, no ha sido sino un apacible nido de canónigos, gorjeando en su catedral gótica, en medio de inscripciones, lápidas y escombros.

Tarragona, en efecto, es un cementerio de las razas y civilizaciones diferentes y sucesivas. Por cada calle que se recorre, el pié tropieza con algo que parece ser un pedazo del cadáver colosal de Roma. Donde quiera se ve alguna inscripcion romana, byzantina ó gótica, grabada en alguna lápida que un albañil iliterato ajustó de lado ó á la inversa en el muro remendado de alguna casa de menguado aspecto. Entre las baldosas de las calles, en los portales, las escaleras, los patios y los corredores de las casas, se ven en increible abundancia ó losas de leyenda confusa, ó bustos deteriorados y truncos, ó columnas dislocadas y de formas diversas. Aquella ciudad es en gran parte una ruina formada con escombros antiquísimos, que el tiempo habia dispersado en la falda y al pié de la colina.

A una legua de distancia se ven todavía dos monumentos incompletos y en ruina: la _Torre de los Escipiones_, de carácter sepulcral, conservando apénas una elevacion de 30 piés, y el llamado _puente de las Ferreras_, admirable acueducto que ligaba dos altas colinas para conducir las aguas potables á Tarragona. Todo el terreno circunvecino está cuajado de escombros, y cada vez que el arado pasa por allí arranca de entre la tierra algun músculo marmóreo de esa civilizacion romana inhumada por los siglos allí.

La mencion de esas ruinas me hace recordar una anécdota de viaje. No resisto á la tentacion de contarla, porque ella manifiesta uno de los rasgos característicos del pueblo inglés, tan prosáico y excéntrico al mismo tiempo.

Pocas horas antes de embarcarme en Marsella, llegó al hotel donde yo estaba un caballero inglés muy serióte, de porte distinguido y con toda la filiacion de un _turista_ ó aficionado á viajes. Sentóse á la mesa, y habiendo oido decir que un vapor iba á partir para Barcelona, desapareció pocos momentos despues.

Cuando fuí á bordo, al instalarme en un camarote, encontré al parsimonioso insular establecido en la tarima superior, tocándome la de abajo. Quise saludarle, á fuer de compañero de habitacion, pero no se dignó mirarme sino con la esquina de un ojo. El insular, como todos sus compatriotas que viajan, tenia vieja amistad con el mar, y el puente del vapor le gustaba de preferencia. Yo, entretanto, leia ó dormia en el camarote, una vez que se perdió de vista la costa de Marsella.

Al dia siguiente oí desde mi alcoba, en el hotel de las «Cuatro naciones», en Barcelona, que en la pieza contigua silbaba alguno el himno británico _God save the queen_. Era el Inglés consabido, instalado á quema ropa, Al sentarme á la mesa, segun mi número, el Inglés quedó á mi derecha, mano á mano; pero no me miró tampoco. Durante muchos dias yo rabiaba por entablar conversacion, olvidando que si yo era expansivo á fuer de Colombiano-español, mi vecino era de la raza taciturna y ceremoniosa de _John Bull_. Todo lo que pude arrancarle, al cabo de cinco dias, fué un _thank you, sir,_ sordamente pronunciado, por haberle acercado un plato de naranjas.

Un dia desapareció mi insular. Confieso que me hizo falta ese compañero mudo, que me picaba la curiosidad por su reserva. Por la noche subí á bordo del vapor «Cataluña». Al irme á acostar, hallé en la tarima superior de mi camarote un bulto con barbas rojas y cabellera crespa y rubia, que roncaba con la franqueza de un ciudadano libre. ¡Era mi Inglés!... Pero aquello era ya un progreso: el hombre renunciaba á su silencio absoluto, puesto que roncaba.

Al dia siguiente, cuando me vió salir de debajo de su tarima, el insular se sonrió, mirándome con una mezcla de recelo y curiosidad. Sin duda hacia la observacion de que si él era mi sombra de viaje yo era también la suya. Le saludé, y apénas hizo el sacrificio de inclinar la cabeza. Despues nos tuvimos que sentar juntos á la mesa á fuer de vecinos.

Cuando el vapor hizo escala en Tarragona, por veinticuatro horas, para tomar carga, salté á tierra y fuí á recorrer la ciudad y los alderredores. Tres horas despues, cuando contemplaba las ruinas de que he hablado, ví al pié de un árbol un hombre que tenia en la mano una cartera de dibujo.... Era mi Inglés, que tomaba el diseño de unas ruinas confundidas con un grupo de árboles, cerca del rio Francolí.

Volví á bordo y me puse á escribir unos versos para mi esposa. Despues llegó el insular, se instaló en el extremo opuesto del salon y se puso á escribir tambien, interrumpiendo de tiempo en tiempo su tarea para meditar. Tentóme la curiosidad y pasé por detras para ver lo que hacia. Eran líneas cortas é iguales, comenzadas con mayúsculas: _John Bull_ rimaba también.... Tantas coincidencias me desesperaban: aquel hombro mudo era, pues, mi sombra, y esto que el silencio no entra en mis hábitos de vida.

En el Grao de Valencia, al dia siguiente, el Inglés desembarcó en una lancha y yo en otra. Entónces respiré como un hombre que despierta y se libra de una pesadilla. «Heme aquí emancipado!» me dije, y tomé el camino de Valencia. Poco despues almorzaba yo en un vasto salon del hotel ó fonda del _Cid_, uno de los muchos que hay en Valencia. De pronto volví la vista hácia un extremo del salon: el Inglés, el interminable Inglés estaba allí, en otro rincon, almorzando!... Me vió, me hizo un saludo, como diciendo: "¡Diantre! U. por aquí otra vez!"--y ámbos soltamos una ruidosa carcajada que causó extrañeza á los que no estaban en el secreto.

Tales fueron _mis relaciones_ con aquel honorable insular, inseparable compañero. En Valencia le perdí definitivamente de vista; y sinembargo, ahora que escribo estas líneas, en Paris, temo que de repente asome la cabeza por la ventana de mi gabinete para decirme, por un exceso de cordialidad y confianza: «_Good morning, sir._» Yo habría podido viajar durante veinte años junto con mi Inglés, y es seguro que, en tanto que no le hubiese sido _presentado_, jamas hubiera entrado en conversacion conmigo, no obstante que, como pude observarlo, nos teníamos recíproca simpatía.

Volvamos á Tarragona, y perdone el lector la digresion. La catedral de Tarragona, una de las mas antiguas de España, es gótica y corresponde al estilo del siglo X. Aunque no carece de mérito, no llama mucho la atencion sino por una curiosidad de arte que es única en España: es una inmensa alfombra gobelina, de una sola pieza, que cubre todo el pavimento del templo, en los grandes dias. Ese magnífico tapiz contiene toda la historia sagrada, en cuadros admirablemente bordados de trecho en trecho. Los demas monumentos de la ciudad son insignificantes.

Como he dicho, Tarragona estaba divorciada de su puerto. Pero apénas se ha permitido la demolicion de las fortificaciones ruinosas que se interponian, y la ciudad se ha regenerado como por encanto. Sus dos partes están ya unidas por hermosas calles, y todo anuncia allí la resurreccion y el progreso.

La opulenta llanura que termina en Tarragona, entrecortada por suaves y bellas colinas, produce grandes valores en vinos, aceite, olivas, algarrobas, cáñamo, etc., que salen por los puertos de Tarragona y Salou. Tengo entendido que los habitantes de la ciudad se glorían mas de producir mucho vino y aceite, que del honor que le cupo á Tarragona de ser en tiempos mas ortodoxos el asiento de mas de cien concilios.

Un excelente ferrocarril de 13 kilómetros de trayecto, construido por una compañía francesa, y acaso el mas lujoso de España, liga á Tarragona con Reus, pasando por el pueblo de Vilaseca. Tomé el tren, aprovechando la facilidad, y en veinte minutos llegué á Reus, encantado con la contemplacion de aquella hermosa campiña.

Por todos lados veia asomar á la vuelta de alguna colina, ó desaparecer de pronto como una vista de cosmorama, alguno de esos pueblos, graciosos por su conjunto campestre y sus permenores, que salpican la campaña. Constaty, Marricart, Moster, Salos, La-Selva, Castellvertt y los demas pueblos de esa comarca, hacen un contraste primoroso, por sus casas pintorescas y sus campanarios, con la melancólica hermosura de esos campos cubiertos de olivos y algarrobos, cuyo color gris y pálida verdura dominan en las sinuosidades del terreno, ocultando las alegres cepas de viñedos.

Reus, aunque centro agrícola, es una ciudad esencialmente fabril. Su poblacion no baja de 32,000 almas, y su actividad industrial es muy notable. Aunque en su conjunto no es una bonita ciudad, tiene muchas casas elegantes y nuevas, un bello teatro, y entre sus pocos monumentos la iglesia gótica de San Pedro, digna de atencion. Reus tiene todo el tipo de una ciudad catalana, por sus progresos en la vida social, sus muchas fábricas servidas por el vapor, y sus comodidades. Los tejidos de algodon y seda, la peletería y la fabricacion de pipas, así como las cosechas de trigo, aceite y vinos, constituyen su principal riqueza.

Las chimeneas del vapor "Cataluña" lanzaban sus remolinos de humo que la brisa de la tarde dispersaba. Volví á bordo y seguí el rumbo hácia el puerto de Valencia. Despues de visitar la Cataluña, iba á penetrar en la España morisca, de tipo enteramente distinto. España no es un pueblo: es un conjunto de pueblos ó restos de naciones aglomeradas.

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CAPITULO V.

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VALENCIA Y SU VALLE.

Una aduana española.--Del Grao á Valencia.--Estructura y panorama de la ciudad.--Un juicio de aguas.--Tipos sociales y costumbres.

Al acercarse el vapor al seno del vasto golfo de Valencia, pude ver destacarse á lo léjos, confusa pero pintoresca en su llanura, la ciudad de Castellon de la Plana, situada á corta distancia de la costa. Casi oculto el caserío entre la vegetacion de las cercanías, no se distingue sino como una sombra vaga; pero se reconoce dónde está situado. Despues se penetra al seno del golfo, en el puerto del Grao; detestable de suyo, pero artificialmente mejorado en lo posible.

Llegó el momento de tocar con la aduana y los carabineros, esos cuervos marinos del comercio. Honrado por inclinacion y educacion y extraño á todo contrabando, me irritaba en el primer momento, á cada nuevo registro, como si por mi sola figura pudiera estar exento de inquisiciones aduaneras. Los compañeros me decian: «Haga U. como nosotros y no le incomodarán con el registro.» Y las _pesetas_ se deslizaban de las manos de los viajeros á las de los guardas y carabineros, con presteza y disimulo, dando por resultado infalible el paso de los baúles y maletas sin registro. Detesto con toda mi alma las aduanas; pero detesto mucho mas la corrupcion. Así, incapaz de incitar á ninguno á que faltase al cumplimiento de su deber, me resigné á dejarme registrar mis efectos tres veces entre el Grao y Valencia (¡6 kilómetros!). Los guardas me miraban con curiosidad, vacilando en abrir, como si pensaran en decirme: «No sea U. tonto; suelte unas pesetas al descuido, y adelante.»

España es el país de los trabajos y las formalidades inútiles, con el solo objeto de darle ocupacion á la autoridad y de hacer reglamentos que no se cumplen. De ahí resulta que España es el país clásico del contrabando. El sueldo eventual que los viajeros le pagan á cada guarda es siempre superior al que le da el gobierno. Por tanto, el guarda es el mejor y mas seguro agente del contrabando. Como la autoridad, con sus trabas inútiles, está en lucha permanente con el individuo, todo el mundo tiene la conviccion de que es justo burlarse de la ley. Y como el guarda sería un mártir si cumpliese todo su deber, se limita á las apariencias, y tiene interes en dejarse corromper.

No he visto un país donde haya, comparativamente, tantos empleados como en España. Allí, al contrario de un trivial axioma de administracion, se profesa el principio de tener «muchos empleados, y mal pagados.» La empleomanía es una enfermedad endémica; pero la corrupcion oficial que la acompaña es un cáncer. Así se explican la corrupcion general de los partidos y el desgobierno en que vive el país de mas reglamentos y de mas empleados. Es que el _gobierno_ no es la obra de los gobernantes, sino de las instituciones y los pueblos. Mas adelante tendré ocasion de hacer ciertas observaciones importantes de este género, pues Madrid, Málaga, Cádiz y Santander me suministraron la ocasion, como Valencia.

El pequeño trayecto del Grao (poblacion puramente marítima, de 2,800 almas y de regular movimiento) á la ciudad de Valencia, reina de la suntuosa _Huerta_, se atraviesa de dos modos: ó en _tartana_, por la vía carretera, gastando tres cuartos de hora; ó en ferrocarril, en seis ú ocho minutos. Preferí la primera via, por gozar de los encantos del paisaje, porque ver una comarca en ferrocarril es como tomarse un manjar á grandes bocados: ni se le toma el sabor, ni se mastica y digiere.

El camino del Grao á Valencia es una espléndida calle, cuyo pavimento es la arena, cuyo cuadro es una primorosa campiña, y cuyos edificios son cuatro inmensas hileras do álamos y chopos gigantescos; de pompa secular, que enlazando sus ramas de un lado á otra forman una bóveda moviente de 5 á 6 kilómetros. A los lados se destacan graciosas casas campestres en gran número, cubiertas de paja, pulcramente blanqueadas y rodeadas de jardines y huertos perfumados. Detras agitan sus copas de un verde oscuro las moreras, salpican el campo los simétricos viñedos, ú ondean como lagos de verdura los entables de trigos, dominados á veces por las flotantes espigas y las rubias cabelleras de las cañas de maiz. Aquel paisaje es de suyo primoroso; pero cuando se le ve viniendo uno de surcar las soledades del mar, su encanto es indefinible. El corazon late y respira como si sintiese una resurreccion. Es que en el mar el corazon enmudece y el espíritu trabaja solo; miéntras que en la tierra el sentimiento recupera su imperio.

No hay una ciudad que revele tanto como Valencia la lucha de siete siglos en que estuvieron tenazmente empeñadas dos razas y dos civilizaciones abiertamente opuestas. Todo indica allí la imposibilidad anterior de la fusion, y la existencia de una sociedad engendrada entre sangre y odios por el árabe conquistador en el seno de la goda vencida, y luego trastornada por la reaccion de los conquistados sobre los conquistadores. La raza, la lengua, la arquitectura, las costumbres y la industria, son una _mezcla_, no un _amalgama_ de formas heterogéneas, conservando cada cosa su tipo característico. La vieja España y la Arabia moruna viven allí conjuntamente, codeándose, entrechocándose, y rara vez armonizando en realidad. Tal parece como si la guerra de los moros no hubiera terminado en Granada, sino que continúa en Valencia.

Veamos el conjunto de Valencia y su valle, y despues diremos algo sobre los pormenores. La renombrada Valencia, perla conquistada por el Cid campeador, cuya Huerta fué llamada por el historiador Mariana _los Campos Eliseos_, está dividida por el rio Turia (reducido en el verano á _cauce_), y tiene á su derredor muchos arrabales, así como vastas pero ya inútiles fortificaciones. La poblacion interior alcanza á 66,000 habitantes, pero la total es de mas de 106,000. Aparte de su importante y muy valiosa produccion agrícola, de que luego hablaré, y de algunos trabajos de arte, se distingue por su fabricacion de sederías y sus tejidos de lana muy graciosos, tales como las moriscas _mantas_ de colores, que reemplazan la capa ó hacen el papel de la _ruana_, ó _poncho_ ó _sarape_ de Colombia.

Valencia tiene numerosos y regulares institutos de instruccion y beneficencia, que la hacen interesante, y cuenta muchos monumentos en cuyo interior hay verdaderas preciosidades artísticas. Notablemente se distinguen en esto la Catedral y la iglesia de los _Desamparados_ únicos templos que pude visitar.

Para tener una idea exacta de Valencia, ciudad de la mas extraña fisonomía, es necesario subir hasta la altísima plataforma de la octógona torre de la catedral, edificio, singular, independiente del templo y que arranca desde el exterior del muro de la fachada, sobre la plazuela misma. El templo es sin duda interesante en su interior, por algunos detalles artísticos muy bellos, y sobre todo por su asombrosa profusion de mármoles que cubren los muros. Pero el conjunto carece de gusto. Es un templo remendado, construido en el sitio de la gran mezquita, con una mezcla informe de obras góticas en la forma general y complementos del Renacimiento, como la cúpula; donde se ven las ogívas góticas mano á mano con las molduras y los dorados de orden _compuesto_, clamando á Dios unas y otros contra los incongruentes arquitectos. El templo es ademas muy sombrío, de modo que sus adornos interiores pierden por falta de luz gran parte de su valor.

Súbese á la plataforma de la pesada torre por 206 grades de piedra en espiral, y al hallarse en la altura se experimenta de repente una sensacion indefinible. La hermosura del paisaje que de allí se contempla sobrepuja á toda ponderacion, y el que por primera vez (como me sucedia) ve una ciudad como esa, tan esencialmente morisca en sus formas, encuentra poderosamente excitada su curiosidad de viajero.

El espectáculo era simultáneamente grandioso, poético y repugnante. Al tender la vista sobre la ciudad, en derredor, veia el país morisco; y abarcando todo el horizonte, la magnificencia del suelo español y las huellas de una lucha secular de civilizaciones distintas. En el centro de la ciudad lo _pasado_, la historia; al derredor la época moderna.

En efecto, la parte central es la morisca. Calles tortuosas, estrechísimas y en laberinto inescrutable, sucias y con detestable pavimento; casas de una irregularidad absoluta, monstruosas, negras, desmanteladas muchas, semejando verdaderos palomares, agrupadas á la ventura y como encaramadas unas sobre otras.

