Viajes de un Colombiano en Europa, primera serie

Part 15

Chapter 15 3,713 words Public domain Markdown

La música inglesa, á juzgar por aquel concierto ruidoso, no es muy delicada ni noble. Había en los acordes del salón no sé qué de vulgar y prosaico, de áspero y poco espiritual, que me desagradaba en extremo, no obstante mi ignorancia del arte musical. El canto era todavía peor. Una señorita _Luisa_, que estaba muy en boga como cantatriz indígena en aquellos días, hizo el gasto principal, en algunos solos, dúos y tercetos, que el público la estimuló á repetir. La ejecución era correcta, como una factura inglesa; la voz pura y deliciosa por el timbre espontáneo; pero le faltaba el calor de la inspiración, el entusiasmo, la vida. Así es la sociedad inglesa en punto á bellas artes; muy correcta, pero fria, sin expansion ni fuego. Hay no sé qué de parsimonioso en la cantatriz ó el artista inglés, en lo general, que hace pensar, al través de la armonía, en las letras de cambio, los navios mercantes de las Indias Orientales y las fábricas de madapolanes. El pueblo británico es una sociedad de fuerza y grandeza sociales, que no se amalgaman bien con las delicadezas del arte y las inspiraciones fantásticas de la poesía. El público del palacio el dia en que lo visité, era en general muy escogido; y sinembargo, sus mas ruidosos aplausos fueron para un coro vulgarísimo pero extravagante (en inglés, se entiende), que tenia todas las apariencias de los gritos atroces--_hip-hap-hurrah_!--con que los Ingleses alborotan todas sus diversiones y sus banquetes. La Inglaterra es un pueblo positivo, honrado y calculador, pero de muy mal gusto y de costumbres demasiado prosaicas.

Cuando salí del _Palacio de cristal_, por necesidad, porque la noche se acercaba, me parecía que una fuerza secreta me retenía, fascinándome y debilitando mi voluntad. Después de penetrar á ese templo colosal del arte, de la historia y de las maravillas diversas de la civilizacion universal, no quisiera uno salir jamas. Se desea seguir viviendo allí con las sombras y los recuerdos de todas las generaciones, y entregar el corazon y el alma á la voluptuosidad de los contrastes y de una admiracion sin limites.

Diez minutos despues de alejarme de aquel monumento que es el orgullo del poder industrial de Inglaterra y el mas noble testimonio de su cosmopolitismo civilizador,--arrastrado en el fondo de un vagón por ese huracán de hierro que se llama _locomotiva_, sentía esa sensación vaga que nos queda siempre en la memoria después de un sueño magnífico. Me parecía ser el juguete de una ilusión,--de un encantamiento sin nombre ni semejanza, en cuyas sombras, luminosas vagaba la espléndida imagen de Colombia; pero luego, al sacudir el mágico estupor me decía: No! esto es todo verdad;--es la realidad del progreso; es la fotografía admirable de este ser múltiple, imperecedero, divino, conducido por la mano de Dios en su peregrinación al través de los siglos, que tiene por nombre HUMANIDAD, y que va elaborando dia por dia, momento por momento, sobre la faz entera del globo, esa inmensa obra de luz, fuerza, vida y bienestar que nos protege á todos y se llama la CIVILIZACION!...

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Aparte de lo que llevo rápidamente indicado, Londres tiene muchos, muchísimos objetos dignos de estudio atento, porque son del mayor interés para la ciencia, la industria, el comercio y la vida social.

Sus centenares de _imprentas_ y otros establecimientos destinados á la publicidad del pensamiento, merecen mucha atención, por su grandeza, la enormidad de su producción y los brillantes progresos á que han llegado el mecanismo y el arte tipográfico.

Baste decir que hay imprentas, como la del _Times_, que dan ocupación permanente á millares de escritores, compositores, correctores y empleados de todo género, y cuyas prensas colosales, que tienen las proporciones de un edificio, producen por dia mas hojas impresas que las prensas reunidas de toda Colombia.

La estructura material del _Banco de Londres_, su administracion, su riqueza prodigiosa y su manera de funcionar, son objetos que por sí solos provocan la atencion y la curiosidad del viajero deseoso de comprender y apreciar las condiciones económicas de la Gran Bretaña. Aturde el pensar nomas en el valor de las transacciones de cada dia que se verifican en el Banco de Londres, sin contar centenares de bancos particulares que gozan de un inmenso crédito y guardan en sus cajas y subterráneos mas dinero del que hay repartido en todo el mundo. Es de esos Bancos que sale la savia que vivifica todas las empresas industriales del globo; y es en los gabinetes de esos banqueros millonarios, como Rothschild, donde se combinan las mas colosales especulaciones de canales, telégrafos, ferrocarriles, minas, etc., para todos los continentes,--ó se resuelven las grandes cuestiones de la política internacional, á virtud de los empréstitos y otras combinaciones.

La _Bolsa_, edificio monumental, como el del Banco de Inglaterra, no es ménos interesante, ya por su organizacion, ya por el papel complicadísimo que hace en todas las operaciones económicas y los grandes sucesos políticos. La _Bolsa_ de Londres es el termómetro infalible del crédito, de todos los gobiernos y de los grandes bancos del mundo, del movimiento general de la política, de las fluctuaciones de los cambios y del valor de la moneda, así como de la popularidad de las empresas mas notables. Inmenso santuario del crédito, la Bolsa es al mismo tiempo la necrópolis de mil fortunas derrumbadas y consumidas allí, y la cuna de mil otras que se levantan de improviso sobre las ruinas de los imprudentes, los engañados ó los que cuentan demasiado con los caprichos de la suerte. Vorágine para unos,--onda benéfica para otros, la Bolsa--océano del crédito y la especulación--tiene la pérfida movilidad del mar, guardando en su seno inescrutable la vida como la muerte. Dios libre á los pueblos colombianos de esa institución, á pesar de los grandes servicios que puede prestar! Los pueblos republicanos no necesitan para medir su prosperidad y su crédito de otro termómetro que el de la libertad y la opinión.

Los _vapores_, la _Aduana_, la _Casa de correos_, las _estaciones_ de ferrocarriles y telégrafos, los institutos voluntarios y populares de _beneficencia_, las sesiones del _Parlamento_, y muchos otros objetos de carácter público, exigen en Londres un estudio detenido y muy concienzudo;--así como sus grandes _fábricas_, que son el verdadero símbolo de la prosperidad de Inglaterra como país productor y comerciante. Pero ¿cómo investigar todo eso?--Estudiar tales objetos es conocer la Gran Bretaña, y para alcanzar semejante resultado se necesita de años de minuciosa observacion, recorriendo el país en todas direcciones. En tanto que no haya tenido esa fortuna debo confesar mi ignorancia, puesto que apenas he mirado, al pasar, una parte de la fisonomía exterior complicadísima de aquella gran sociedad.

Esto mismo me dispensa de hacer reflexiones generales que resuman el resultado de mis impresiones. No solo pasaría con justicia por un pedante insigne, sino que me expondría á ver contradichas todas mis apreciaciones, que tendrían mucho riesgo de ser equivocadas, faltándome el conocimiento del conjunto como de los pormenores. He dicho hasta ahora cómo he sido _impresionado_ por lo poquísimo que he visto _personalmente_ en Inglaterra. La observacion me dará mas tarde algún derecho para juzgar á esa sociedad que me ha parecido tan grandiosamente contradictoria en el primer momento.

Londres tiene también, como curiosidades artísticas, algunas plazas públicas muy notables, no por lo que son en sí mismas, sino por los bellos monumentos que contienen en su centro. De este género son: la espléndida plaza de _Trafalgar_, que contiene la estatua monumental de Nelson, cuya elevacion es de 276 piés, las de Jorge IV, sir Charles James Napier, etc.; la plaza de la Bolsa, donde se levanta la magnífica estatua ecuestre de Wellington; la de _Cheapside_, en cuyo centro está la figura severa y varonil de Robert Peel, el gran reformador inglés; _Hyde-Park_, donde se ven la estatua de Aquiles y otra de Wellington;--y otros cuantos _squares_ que ostentan estatuas consagradas á hombres mas ó menos históricos.

En general esos monumentos son muy severos y sencillos, pero las estatuas ecuestres ó pedestres son de mal gusto y ejecucion artística imperfecta. La contemplacion de esos monumentos de la gloria de los grandes ciudadanos y de la gratitud ó admiracion del pueblo, me causaba profundo placer, porque en Inglaterra esas demostraciones no son obra de los gobernantes, sino de la espontaneidad de la opinion pública, que discierne el premio con independencia.

Un pueblo que sabe honrar la memoria de sus grandes ciudadanos, eternizándola en el bronce ó el mármol, en las plazas publicas, á la vista de todo el mundo, no puede ser jamas esclavo. Su culto consagrado á la figura inmóvil del patricio, mantiene el fuego del patriotismo, el orgullo nacional legítimo, y el estímulo que impele á buscar la grandeza y la gloria en los actos sublimes de abnegacion, desinteres ó heroismo. Y el día de un conflicto popular, la multitud sabe que su punto de reunion es al pié de la estatua venerada, porque ella le recuerda al ciudadano lo que valen el derecho, la libertad y el honor del individuo y de la patria.

Sin embargo del grandísimo interes que encierra Lóndres, esa capital-nacion, millonaria en todos sentidos, no se siente una impresion penosa al dejarla, Cuando uno llega á los últimos suburbios de la inmensa metrópoli (viniendo de Colombia), experimenta una sensacion inexplicable, en la cual hay como una mezcla de miedo y curiosidad, de ilusion fantástica ó fascinadora y duda, Uno se prepara á no encontrar donde quiera sino grandeza y maravillas.

Al salir de Lóndres con direccion á Paris (de cuyas condiciones se tiene por prevencion una idea muy simpática) el viajero no siente ni alegría ni tristeza, sino laxitud, cansancio ó cierta indiferencia. Lleno de desengaños, lleva la impresion del contraste social que se revela en la suprema opulencia y los mas admirables progresos de la civilizacion, al lado de supremos infortunios, horribles desigualdades, y espectáculos de miseria y degradacion increibles y jamas conocidas en el Nuevo Mundo. Así, al dejar á Lóndres se siente no sé qué alivio, porque se ha librado uno de aquel hormigueo de gentes que desvanece, de aquel inmenso ruido que aturde, y de la fascinacion opresora de tanta grandeza (en lo bueno como en lo malo), que le arrebata al espíritu su libertad de acción y su personalidad.

--El 23 de marzo, á las ocho de la noche, esperaba yo en la vastísima estacion de _London-Bridge_ el momento en que debía partir el tren expreso por el ferrocarril de Dover. Las gentes de la Aduana hacían su oficio, pesando los equipajes, sellándolos, etc., de manera que, desentendiéndome de mi equipaje, pude ir hasta París libre de registros é incomodidades fiscales. Al cabo se oyó el silbido prolongado de la locomotiva;--tomamos nuestros asientos en los mullidos vagones, y partimos como el huracán bajo las sombras interrumpidas de las bóvedas del embarcadero y de los _túneles_ del camino ya léjos de la ciudad, la cual parecía un colosal fantasma, de formas extravagantes é indefinibles.

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CAPITULO VI.

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DE LONDRES A PARÍS.

En el wagon.--Dover.--El paso de Calais.--La entrada á Francia.--Calais.--Amiens.--Las ceroanias de Paris.

Toda descripcion me seria imposible si pretendiese dar una idea muy somera al menos del paisaje interesante que se extiende a los dos lados del ferrocarril, desde Lóndres hasta Dover. La rapidez de la marcha y la noche me impedian mirar siquiera los objetos exteriores. La luna brillaba con esa triste palidez que le dan á su lumbre las nieblas heladas del mes de marzo; y si de trecho en trecho reverberaba un parque, un pequeño canal, ó los muros blanquecinos de un puente;--ó se destacaban á uno y otro lado las sombras majestuosas de las arboledas, los castillos rurales ó los edificios de algunas poblaciones ó pequeñas ciudades,--la variable escena tenia un aspecto fantástico, mas propio para impresionar al poeta que para ofrecerle nociones provechosas al viajero.

En el interior del coche (wagon) en que iba yo con mi familia, habia un interes de otro género, curioso en realidad, como lo es todo cuadro de costumbres. Los ocho asientos del mullido coche se completaban con un Inglés y una pareja francesa. El Inglés, especie de tonel de dimensiones colosales, roncaba y silbaba como la locomotiva, entregado al mas profundo sueño. Parecia que el movimiento del tren, lejos de incomodarle para dormir, le diese con su andar rápido y vibrante una especie de dulce vaiven. Con todo, de cuando en cuando se despertaba sobresaltado, como si algún resorte le hiciese saltar; y dos veces le oimos pronunciar dormido, las palabras _a thousand pounds!_ (mil libras) con un tono de alegría muy notable. Acaso el buen _John Bull_ soñaba con alguna especulacion ventajosa. Un Inglés hace negocios hasta dormido.

La pareja francesa era uno de esos matrimonios _bourgeois_ que son el término medio entre la vulgaridad y el buen sentido. Como yo hablaba en español con mi familia, ó algunas veces en mal inglés, los dos Franceses creian poder charlar francamente en su propia lengua sin temor de ser comprendidos. La señora, Francesa bastante bella (cosa rara en una Francesa), mostraba los mas vivos deseos de volver á Paris por gozar de los placeres de la moda, que parecían su sola preocupación; en tanto que el marido solo pensaba en futuras especulaciones, profundamente penetrado del espíritu yankee. Por sus disputas extravagantes y grotescas comprendí que venían del interior de los Estados Unidos, donde habían pasado algunos años y hecho fortuna.

El contraste que hacían los dos tipos me interesaba, porque en cierto modo me daba la clave del carácter francés en ambos sexos. El Francés, sumamente elástico por temperamento, aunque conserva en todas parles su espíritu burlón y mucho de su jovialidad superficial y sus rasgos distintivos, se acomoda fácilmente á todas las situaciones. Saliendo de su patria con instintos generosos, se metaliza en los Estados Unidos, si la fortuna le protege, y vuelve Yankee por todos cuatro costados. Un Francés se hace Turco ó Chino, si es necesario, adquiriendo todas las condiciones de la raza ó la sociedad adoptiva, con rara facilidad.

La Francesa, muy al contrario, conserva su personalidad en todas partes. Ella es siempre coqueta (en la acepción inofensiva de la palabra), y lejos de adquirir la altivez de la Inglesa, la austeridad algo gazmoña de la Española, la modestia apacible de la Alemana, ó la petulancia pretensiosa de la mujer de Norte-América,--se mantiene fiel á ese conjunto de ligereza y galantería, de independencia y seducción, de indiferencia aparente y futilidad constante, que constituye el tipo un tanto contradictorio de la Francesa. Por eso, no olvida jamas su preocupación dominante de buscar el placer, tributar culto á la moda, seducir por la gracia, y brillar donde quiera por los atractivos de un espiritualismo _de forma_ (si se me permite la paradoxa) aliado á ese materialismo de las futilezas que tanto provoca á las mujeres en general.

El digno Inglés roncaba aún con toda la energía de un opulento abdómen, y nuestros dos Franceses disputaban todavía con calor sobre sus proyectos de vida parisiense, cuando el tren se detuvo en el embarcadero de _Dover_. Todo el mundo corrió hacia el puerto, en solicitud del vapor-correo que debia conducirnos á Calais, al través del canal de la Mancha. Eran las once y media, y la luna iluminaba melancólicamente la magnífica escena del pequeño puerto de Dover, en cuyo fondo se destaca, como un inmenso puente de mampostería y madera lanzado hacia las ondas, el muelle que facilita el embarque sobre los vapores. Dover (el puerto _Dubris_ de los Romanos) es una ciudad relativamente nueva, pequeña pero muy bonita, perteneciente al condado de Kent; tiene una población de unos 16,500 habitantes, cuya vida es casi exclusivamente marítima, por sus ocupaciones, y está situada á 43 kilómetros de Calais, y 113 de Londres, siendo su costa la que mas se aproxima á la de Francia. Ademas es una plaza militar, con una extensa ciudadela que data del principio de este siglo; allí mismo tuvieron los Romanos una estación, y mucho mas tarde los Normandos una fortaleza, que fue sorprendida por los republicanos en la época de Cárlos I.

Aparte de la Aduana, que es un buen edificio, y de sus cómodos docks ó canteras para construcciones navales, Dover es interesante por la belleza de sus calles rectas y anchas, sus casas elegantes y su gran establecimiento de trabajo para los pobres, donde se fabrican en gran cantidad velas y cables y otros objetos análogos para la marina mercante. Como el paso de Calais es tan estrecho, y su servicio de vapores y correos tan bien mantenido, el puerto de Dover es quizas el mas frecuentado para las comunicaciones anglo-francesas. Dover es muy notable también por su telégrafo submarino, que lo comunica con Calais, y que fue el primer cable telegráfico establecido en Europa.

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Al separarse del muelle el vapor-paquete que me conducía á Francia, sentí una triple sensación profunda, que me mantuvo por mas de una hora sobre el puente, preocupado y en silenciosa contemplacion. Por una singular fortuna, el canal de la Mancha estaba tranquilo y luminoso como un lago terrestre, reposando bajo la luz apacible de la luna. La escena tenia un aspecto de dulce majestad que provocaba á soñar y entregarse á las memorias queridas.

Detrás, al norte, en el fondo del pequeño puerto, se destacaban las sombras gigantescas, abultadas por la optica del mar, de la aduana, los muelles, la estación del ferrocarril y otros edificios del puerto, quedando mas lejos, medio confusas entre los vapores de la noche, las moles de la parte interior de la ciudad. Y á uno y otro lado se extendía la costa británica, como una cinta mortuoria vastísima, de crespón blanco sobre fondo negro, tendida sobre el regazo del mar, cuyas ondas sollozaban de un modo casi imperceptible. La limpia estela del vapor brillaba con un resplandor mate y fosfórico; el cielo tenia una serenidad admirable, cuya hermosura hacia olvidar el frío glacial de la brisa,--y á lo lejos, en todas direcciones, se veian efectos de luz y sombra deliciosos, producidos por la suave ondulacion del mar.

Pero si ese espectáculo impresionaba mi corazón soñador y atraía mi curiosidad de viajero, encontraste de los paises entre cuyas costas navegaba, me produjo, como observador, una profunda preocupacion.

Al norte quedaba Inglaterra; al sur iba á descubrir en breve, la costa de Francia. De un lado tenia un pueblo libre, una tierra de independencia y de individualidad, país clásico de los viajes cosmopolitas, de las empresas universales, de la publicidad, del comercio, de la maquinaria y la marina. Del otro Francia, tierra de gloriosos recuerdos, pero algo versátil; infinitamente simpática, apesar de sus graves defectos;--país clásico de la ciencia y el arte, de la literatura y las heroicas hazañas,--de la omnipotencia _social_ que suprime al individuo. En Inglaterra dejaba la libertad sin la igualdad. En Francia iba á encontrar la igualdad sin la libertad....

Me apartaba de la costa británica sin pesar pero con respeto. La Inglaterra es un país que no inspira simpatías, por muchos motivos, pero que conquista siempre la estimación, ó por lo menos el respeto.

El viajero siente muy bien, al alejarse, que aquella noble isla es el santuario y la esperanza de la libertad del antiguo mundo, y el puesto avanzado de la humanidad en la via del progreso.

Al acercarse uno á la Francia, cuando es republicano de Colombia, fácilmente comprende que, si su espíritu va á encontrar su verdadera patria (porque Francia es el país del pensamiento iniciador y de la actividad literaria), su corazón va á vivir, en cierto modo, en el silencio,--porque la Francia de hoy, modificada en lo moral y político, es un país donde el espíritu subyuga al sentimiento, donde no existe el ciudadano, y el _individuo_ ha abdicado su personalidad en las aras de la _comunidad social_.

Cien minutos después de salir de la bahía de Dover, entraba el vapor en la estrecha y difícil rada de Calais, inabordable para los grandes buques. El puerto es tan malo y embarazoso, que solo al favor de un inmenso muelle, prolongado muy al exterior de los diques, pueden atracar los vapores para descargar. Después de una larga travesía sobre el muelle, que se hace á pié ó en coche, el viajero penetra á los estrechos salones de la Aduana, pasando sucesivamente, de antesala en antesala, bajo la inspección minuciosa de los guardas, empleados de aduana y agentes de policía.

Un momento distraído por la curiosidad de observar la estructura del edificio (en que la aduana está en combinacion con la estacion del ferrocarril), habia olvidado a la policía francesa, con esa tranquilidad del que nada tiene que temer y está habituado á viajar libremente en Colombia. De repente, una voz imperiosa me dijo:--«Vuestro pasaporte!» Desperté, y disimulando mi indignacion me dije por primera vez: «Ah! estamos en Francia; comencemos á ser sumisos.»--Presentamos los pasaportes, dimos nuestros nombres y pronombres, firmando para que comparasen los caracteres; y despues de sufrir durante cinco minutos las miradas escrutadoras de los cancerberos, la misma voz imperiosa nos dijo:--«Pasad!»

Pasamos bajo el umbral de la _puerta crítica_, y entramos al imperio frances. Para entrar á Francia no era bastante pisar el territorio frances: se necesitaba ser timbrado, registrado y filiado, ó pasar bajo las horcas caudinas de la aduana y la policía. La Francia, como nacion, no es un _pueblo_: es una aduana y un puesto de guardia. Al dar el primer paso, por entre filas de guardas y soldados, se comprende que se ha penetrado en una region donde reinan la _burocracia_ y la policía. Y sin embargo, sería injusto (relativamente) si me quejara. Si el extranjero que llegaba solo era sometido á rigurosa inquisicion (sobre todo si tenia nombre italiano), el padre de familia, que no inspiraba desconfianzas iguales, era (en 1858) mucho mejor tratado por los _dragones_ del fisco y de la policía.

Con todo, sería mucha candidez la del viajero que se fiase de esas apariencias. Las cosas están arregladas de tal manera en Francia, que ningun acto del individuo, aún el mas inocente, escapa á la vigilancia de la policía. En 1858 el cónsul en Lóndres, por ejemplo, no extendía el _visa_, sino despues de un examen minucioso que se le hacia al viajero, sin saberlo este, por un empleado de la policía secreta que lo observaba en silencio, y tomaba nota de la filiacion del individuo. Esa filiacion iba á Francia inmediatamente, y servia en la aduana para verificarla identidad; sin que uno se apercibiese de nada. Despues, al llegar á París, era preciso sufrir un huevo examen escrutador, tomar un coche que la policía conocia, hacer registrar el pasaporte, etc., etc.; y si se cambia de hotel ó habitacion, la policía tiene el informe al instante por medio de los porteros y los criados que son sus agentes secretos, por interes ó por miedo.