Viaje al Vesubio

Part 2

Chapter 2706 wordsPublic domain (Wikisource)

El capataz. de los guías nos manifestó que, si queríamos gozar del espectáculo del sol naciente, debíamos apresurarnos a subir al más alto pico del borde del cráter, que cae a la parte oriental del Vesubio. Subimos a él sin tardanza, enterrándonos en ceniza caliente hasta las rodillas y tropezando con grandes peñascos de lavas, y al llegar a su cumbre se presentó a nuestros anhelantes ojos la más grande, la más magnífica escena del mundo. El fresco viento de la mañana había barrido el cielo de nubes y despejado completamente la atmósfera. En aquella altura nos encontrábamos como entre el cielo y la tierra y respirando un aire purísimo. Clavamos, en silencio, los ojos en el Oriente y vimos ceñido el remoto horizonte con una ráfaga de grana perfilada de oro, sobre la cual se dibujan los contornos recortados de los montes Apeninos, cuya masa ofrecía un tono de azul turquí oscuro. Un momento después empezó a aparecer el disco del sol, sin que le ofuscara el vapor más tenue, y alzándose lentamente, parecía una inmensa rueda de topacios. Destacado ya de las cumbres, y adquiriendo todo su rutilante esplendor, ofuscó nuestros ojos, que se inclinaron deslumbrados a la inmensa llanura que teníamos a los pies.

Velada estaba con una ligerísima niebla blanquecina, y al través de aquella transparente gasa, vimos, a vista de pájaro, sus frondosas arboledas, sus feraces campos, sus risueños caseríos, todo cruzado de caminos y sendas, por los que hormigueaban ya los hombres y los ganados. Después que nuestros ojos se templaron y repusieron en tan agradable reposo, los tornamos al Occidente, y otro encantador espectáculo se desarrolló delante de nosotros. El hermoso golfo de Nápoles parecía una laguna de plata, y ligeros cisnes los pequeños barcos latinos que en todas direcciones lo surcaban. Sombríos aún los montes de Castellamare, contrastaban con las brillantes tintas de púrpura y oro que esmaltaban las cumbres de Capri, de Ischia y de Posilipo. Y Nápoles, la deliciosa la opulenta, la encantada Nápoles, parecía una belleza desnuda durmiendo en medio de un jardín. No hay en la Tierra vista más admirable.

¡Cuántas emociones tan diferentes, pero tan grandes, sentimos aquella noche y aquella mañana!... Emociones que han dejado tan profunda huella en mi imaginación que no se borrarán jamás. Sí; habíamos visto las más admirables obras del Creador, habíamos contemplado lo terrible de su ira en la boca del infierno, en el cráter de un volcán, y lo grande de su beneficencia en la puerta del cielo, en el sol...

Ya era tiempo de descender del Vesubio; el calor empezaba con el día, y dispusimos volver a dar reposo a nuestras almas y a nuestros cuerpos, igualmente fatigados. Desde aquella alta punta en que nos encontrábamos desciende, hasta lo más profundo del valle, que separa la montaña de Somma del Vesubio, una lisa rampa de ceniza de unos cincuenta grados de inclinación. Por ella se deja uno ir con gran rapidez y sin poderse detener, dado una vez impulso al cuerpo. Así lo hicimos, y en diez minutos, o antes, ya estábamos en la tierra de los mortales. Divertidísima es esta bajada, en que muchas veces se cae de espaldas o se rueda, sin ningún daño; pero no sin burla y risa de los compañeros de viaje más diestros o más afortunados. Ni hay en ello más peligro que el de encontrar soterrado en la ceniza algún pedazo de lava, contra el que es fácil romperse una pierna, o el que algún grueso pedrusco ruede detrás del viajero, lo alcance, lo derribe y magulle.

Deshechas las botas, abrasados los pantalones, destrozadas las levitas y abollados los sombreros, nos encontramos en el valle, y por él anduvimos como unas dos millas para llegar al sitio en que la noche anterior dejamos nuestras caballerías. En ellas, y por el mismo camino que trajimos, y que a la luz del día nos pareció mucho más empinado, áspero y peligroso, llegamos a la ermita. Hicimos un breve alto y continuamos, molidos y soñolientos, a Resina. Allí tomamos nuestros carruajes, que con gran rapidez nos condujeron a Nápoles, adonde llegamos a las nueve y media de la mañana.

Nápoles, 1844.

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