Viaje a los Estados Unidos, Tomo III
Part 9
A pesar de la confusion descrita, por regla general, las mujeres y señoras europeas son las que reniegan más desvergonzadamente á su nacionalidad.
El trage largo y escurrido con profusa cola, el zapatazo con tacon agudo, el corsé tiránico, el gorrito retrechero, el portamoneda, el pañuelo abajo del cuadril en la bolsa especial del túnico, la sombrilla, todos los adminículos son objeto de su eleccion, y á los ocho dias ya le dice una europea, no inglesa, _kandeschifer_ al pañuelo, _guater_ al agua; pero en esta apostasía de la patria, la vieja se señala con una desfachatez que enferma los nervios, y más la vieja de raza española.
Es para ella tan inesperado el agasajo, le es tan extraña la compostura, el aprovechamiento de los despojos de su olvidada juventud le es tan simpático, que realmente se vuelve loca, se hace la mocozuela, se habilita de dientes en un decir "Jesus," se tiñe las canas en ménos que canta un gallo, se afila las uñas, se da colorete, se planta un gorro como un morrion, y se alista á correr la tuna como una polluela de quince años, diciendo á todo: _yes_, entre toses y sonrisas.
El hombre se obstina en sus hábitos, y si es español anda en el Parque ó en Broadway, lo propio que en cualquiera calle de Madrid ó de Sevilla, diciendo cada picardía que eriza los cabellos y sintiendo que todas aquellas _ladies_ se condenen porque no conocen la gracia de Dios.
El italiano que tiene el monopolio de las frutas, conserva su tipo miéntras está en la miseria, vaga con su organito, sus arpas y violines, exhala sus cantos y riega á veces por estos mundos los suspiros de su lengua dulcísima.
El chino suele atravesar tambien, deleitándose. Y el aleman perseverante, _que es la araña de la mosca del yankee_, fuma su pipa y se ríe con sorna cuando ve que el yankee, muy de buena fé, lo cree sustituyendo al negro.
La irlandesa sirvienta conserva tambien su tipo miéntras no tiene un chico, señal infalible de que ya posee un marido, un capital y toda la gracia de San Patricio.
La constante concurrencia de extranjeros, hace en Nueva-York no solo muy difícil; sino casi imposible, el estudio de las costumbres americanas, entre otras cosas, porque no existen tales costumbres: los mismos americanos que han viajado por Europa, y de éstos hay muchos, han modificado sus costumbres.
Lo más característico en lo ostensible es la comida americana; el escaso mantel ó mantel de hule, el ejército de platos, que de un tiron nos invaden con maíces, papas sin pelar, trozos de toro, cebollas, perejiles y rábanos, el pichel de la melaza, negreando de moscas, el jarron con agua, del aspecto de un párvulo de cuatro años en camisa, y el movimiento perpétuo del _convoy_ que riega el vinagre, despolvorea pimienta como lumbre y tiene por escolta todo un botiquin de mostazas, _pikles_ y salsas negras, confeccionadas con cardenillo y aguarrás.
Ese es el _plan americano_; pero en semejantes planes entran los obreros y hombres de negocios. Acaso se observan en el interior de las familias; pero en la buena sociedad de viajeros, la Francia domina y la _carte_ del _restaurant_ es la biblia del estómago.
Hé aquí hasta dónde hemos llegado partiendo desde la orilla del mar, ó como quien dice, desde _Castle Garden_ hasta _Bigot_, que está bajo el suelo, sacando un ojo para ver _Union Square_.
En este recinto agradable; al ruido de esa fuentecilla con pescados de colores; viendo reproducida esta concurrencia con sus árboles y fuentes en el fondo, porque las paredes son como un solo espejo, sin accidente ni juntura visible; en este recinto descansaremos, para volver á la tarea con el nuevo dia.
* * * * *
--Bonita divagacion has tenido, me decia Francisco esta mañana cuando le leí, como de costumbre, lo escrito el dia anterior: ¿en qué quedó lo de la colonizacion?
--Te diré la verdad: como no estoy muy fuerte en la manera con que el Gobierno tiene reglamentado el negocio......
--Muy buen economista, que para todo busca al Gobierno y el reglamento.
--Pero, bueno, de alguna manera dirige el Gobierno la colonizacion.
--Y vuelta con la manía de la educacion española. Así te luces si juzgas á los Estados-Unidos.
--Hombre de Dios, algo ha de haber.
--Sí, señor, hay reglas para la venta de tierras públicas, hay oficina de esa venta y hay agentes; pero nada sobre colonizacion á nuestra manera.
--Me estás atarantando. ¿Pues entónces, qué sucede?...
--Sucede que en medio de las muchas inconsecuencias y contradicciones que tienen estos hombres en su gobierno, y no obstante ser los más suspicaces en la defensa de su nacionalidad, al extranjero le llenan de consideraciones, le abren las puertas de los destinos públicos con poquísimas trabas, le garantizan en el interior plena libertad y seguridad completa para su persona y bienes, y esto es lo que da el Gobierno.... y no mas, ¿entiendes? libertad, seguridad y tierras baratas.
--Hombre, pero yo he visto una que llaman aquí _Homestead-Law_, que trata de colonizacion.
--No es cierto, mírala bien; esa ley determina las condiciones que hay que llenar para adquirir tierras, y ni siquiera se refiere á los inmigrantes en particular.
El Gobierno, es cierto, posee sobre cuatrocientos millones de acres en quince Estados de la Federacion; en los territorios tendrá otro millon.
De 1874 á 1875 se vendieron nueve millones de acres.
El precio de las tierras es en lo general un peso veinticinco centavos por acre, y en las inmediaciones de los caminos de fierro dos pesos cincuenta centavos por acre.
Pero, continuó Francisco, con la elocuencia natural que tiene cuando se exalta, no pierdas de vista que estos no usan jamás la palabra _colonizacion_; nada indica sumision ni dependencia: el ingreso del extranjero es insensible y asegurado por hechos positivos.
Si emigra el extranjero á su país despues de naturalizado y allí se le molesta, se le ampara como americano con toda la energía del poder nacional. Así sucedia cuando los alemanes, huyendo de la conscripcion de la guerra, vinieron y se naturalizaron: al regresar á su país se les quiso perseguir, y allí los amparó el poder americano.
¿Qué más? Shurtz, el sabio ilustre, el orador eminente, el ministro del Interior hoy, ha llegado aquí como un fugitivo escapando como liberal á una cruel persecucion.
El menestral europeo que nació en una condicion humilde; el agricultor que hizo brotar de la tierra regada con su sudor, los títulos que merecen la honradez y el trabajo, no puede alternar con la gente decente: se le despide de los salones aristocráticos, se le humilla, y solo por contadas excepciones se le admite en el ejercicio del poder.
Aquí, al llegar, se siente soberano; á los seis meses se le llama á la eleccion: con la excepcion única de la presidencia, puede figurar en todos los rangos de la administracion; y cuando despues de seis meses en su pueblo, nota algo que le repugne, el municipio le abre las puertas, y puesto que paga su agua, y su luz, y su empedrado, y su policía, están á su alcance los goces sociales, de una manera fácil y segura.
Uno de los más poderosos elementos de verdadera grandeza están en estas leyes, que para un americano son prácticas y convierten en la gran nacionalidad del mundo la nacionalidad americana....
--Francisco, déjame por vida tuya enviar en deseo y aplicarme algunas docenas de azotes por estas leyes de colonizacion, agencias, direcciones, folletos, colonias y toda esa multitud de supercherías de que todavía tenemos lleno el chirúmen....
--Yo te he dicho ideas muy generales: si quieres estudiar la materia, lee á Chevalier (_Cartas sobre los Estados-Unidos_); lee _Un Reporter_, publicado en 1872, escrito por Young, ó por lo ménos el _Atlantic Montly_ de Abril de 1872, en donde hallarás verdadera instruccion.
--Ya leeré todo eso; pero aquí he indicado lo bastante para llamar la atencion sobre la materia y para que no se duerman mis lectores.
* * * * *
Y ya era tiempo que dejara la pluma, pues por segunda vez tocaba la puerta Andrés Aznar, para llevarme á la parte baja de la ciudad, del lado del Este.
Desde que se llega á City Hall se conoce que se ha tocado, sin dejar Broadway, en una region de actividad suma: por millares acude la gente, rebosa en las banquetas, hormiguea en las plazas y hierve entre carros, ómnibus, tilburys, carrillos de mano y cuanto mueble rodante se ha inventado en esta bendita tierra.
Gigantes edificios, ó mejor dicho, alcázares en que el crédito ejerce su poder mágico en Bancos, Sociedades y Compañías; palacios en que se asienta dominante el cálculo para combatir la tempestad, contrariar el fuego y desarmar á la muerte de su saña destructora; y para hablar en plata, Bancos, Sociedades de seguros, Compañías de telégrafos, de ferrocarriles, de gas. Es decir, la especulacion con la vida, con el viento, con la llama, con las ilusiones y con las esperanzas, y todo en accion; de suerte que cruzan los aires viajeros por los elevadores, suben, bajan y se derraman de las escaleras y brotan de los _bassements_ á incorporarse con los raudales que cruzan y se escurren por las bocacalles.
Estas bocacalles, en la parte que recorriamos, llevan á calles tortuosas, desordenadas, de angostas banquetas y piso desigual, llenas de lodo y estorbos, interceptadas por carros y caballos, presentando fachadas, y torres, y aceras curvas y sesgas que forman verdaderos laberintos: allí se apiña aún más el gentío, y es una de empellones y codazos, que magulla el cuerpo.
En aquellos callejones, no obstante, continúan las tiendas deslumbradoras de riqueza: muebles, relojes, carros, joyerías, ropa hecha, frutas y grandes almacenes de todas clases, haciendo sus enfardelamientos, sus cargas y descargas, en medio de la banqueta, sin cuidarse maldita la cosa de los transeuntes.
--Esta es la calle de Woll: se compone casi en su totalidad de Bancos, me decia D. Andrés; antiguamente, como vd. sabe, se proclamaba la libertad de los Bancos; es decir, que Perico el de los Palotes podia, si queria, sin satisfacciones ni escrúpulos, poner su Banco y emitir sus billetes, ó sea papel moneda circulante, segun el crédito ó la voluntad de la Compañía.
Muchas veces una caja de fierro, un mostrador y unos cuantos libros, fué el capital del Banco, porque el resto del aparato lo daba la casa. Las quiebras se repitieron y el contagio de los desfalcos producia el pánico, ó como quien dice, el terror á las pérdidas, motivo de grandes trastornos.
Ahora cada propietario ó Compañía deposita en el Gobierno una suma en papel que sirve de garantía á las operaciones del Banco, y tienen otras seguridades las transacciones. En cambio, los banqueros tienen mayor preponderancia, como que la concurrencia es menor.
No obstante, puede calcularse en 300 millones de pesos el giro activo de los Bancos, lo que no es un grano de anís.
Las mil transacciones se purifican y rectifican diariamente en la Casa de liquidacion, que es exactamente como el _Clearing-House_ de Lóndres. Es decir, casa en que á una hora dada, asisten los dependientes y cambian sus bonos, liquidando y pasando las sumas que uno da á la cuenta del que recibe, y vice versa, resultando cambios de muchos millones diarios, lo que es poderosísimo aliciente para la circulacion.
Hoy existen en la ciudad 72 Bancos de depósito y descuento, y 42 Cajas de ahorros.
El interes del dinero ha oscilado entre el 5 y el 7%, de algunos años á esta parte.
El Banco de Nueva-York, el de América, el del Comercio, son magníficos; son verdaderos templos, y el lujo ha agotado sus recursos en esos establecimientos.
--Ese grande edificio que está vd. queriendo reconocer, me decia D. Andrés, es la Aduana: tiene 200 piés de largo, 171 de ancho, 77 de altura. En el salon en que vió vd. tanta gente, caben tres mil personas, el costo del edificio fué un millon ochocientos mil pesos.
Vd., continuó D. Andrés, que siempre se está fijando en las irregularidades de la arquitectura, vea con cuidado ese edificio: es la Tesorería. ¡Qué correccion de pórtico! ¡cómo no desmiente una línea el órden dórico de las columnas de ocho varas de altura y más de cinco piés de diámetro! Se sube al pórtico por 18 escalones de granito.
El arquitecto, Juan Frases, hizo una copia feliz del Partenon de Aténas: no tiene vd. un trozo de madera de una pulgada en todo el edificio. Hay quien asegure que se depositan en él, dia á dia, las dos terceras partes de las rentas de los Estados-Unidos.
--Advierto á vd., le dije á D. Andrés, que voy sudando la gota tan gorda y que estoy rendido.
--He querido, me dijo, torciendo una esquina, traer á vd. á la gran Casa de Hallen (y como esta hay muchas), á que vea la multitud de máquinas para la agricultura. En México, continuó, ¿conocen vdes. esas máquinas?
--Sí, señor, se conocen muchas; pero, como secretos, no están al alcance de todas las fortunas; los dueños de las fincas suelen comunicarse sus ensayos, y si resultan felices, se los guardan para obtener ventajas en su explotacion: despues de mucho indagar, sabe un curioso que en tal calle ó en tal almacen hay unas máquinas.
X
Casa de Hallen.--Zapatos para caballos.--Máquina pulverizadora.--Molino de viento aplicado al riego.--Recuerdos.--Los cepillos de dientes.--Los wagones.--Reloj inspector.--Mi tertulia.--Los criados.
Entramos á la Casa de Hallen, que se compone de grandes galeras con toda clase de instrumentos y máquinas para la agricultura.--Ví en las paredes podaderas y tijeras adheridas á palos que prolongan sus piernas, y con las que se alcanzan grandes alturas.
Zapatos para el resguardo de los piés de los caballos, que hacen fáciles sus curaciones. Esqueletos de alambre para enredaderas y adorno de jardines.
--Ahí tiene vd. todo un trapiche, me dijo, al alcance de las fortunas más módicas. Esos alambiques duplican el rendimiento de las mieles.
Ese rastrillo para desenyerbar, apénas vale nueve pesos.
Este curioso aparato es para hacer mantequilla; lo mueve un perro, que al querer ó no, da vuelta á ese cilindro.
Esa parrilla con picos de fierro es una rastra: tiene diez piés de ancho, se mueve expedita con un solo caballo: cuesta solo veinte pesos.
La máquina que está á su espalda de vd., es lo que se llama _grada pulverizadora_. Pulveriza perfectamente la tierra, funciona muy bien en terrenos húmedos. No obstruyen su marcha las raíces: vale treinta pesos.
Cardadores, sembradores, todo lo que quiere decir ahorro de trabajo, produccion mayor, baratura, está previsto y conciliado en aquellos esclavos bienhechores del hombre.
Me puso frente á un molino de viento para examinarlo á mi sabor. En mis tránsitos por este país, en medio de risueñas sementeras, como complemento de paisajes encantadores, sobresaliendo de las casas, en vecindad con los palomares y las torres, le habia visto en movimiento, dando singular animacion á la finca rústica.
Sobre dos piés que unidos á una escalera de mano forman una pirámide que con robustos travesaños se convierte en sólida torre, se eleva un gran disco hecho como de los simétricos radios de una rueda: los ejes en que encaja el radio sostienen una gran pala como la cola de un cometa; de esa cola depende un fierro vertical que engancha con el émbolo de una bomba.
El molino se mueve con el viento más suave; cuando el viento es fuerte, gira expedito, y si es impetuoso, sigue la corriente del aire ó se plega sin sufrir deterioro alguno.
Este precioso molino, que he visto funcionar admirablemente y que está vulgarizado en todas partes, seria en México de infinita utilidad.
En esas poblaciones y llanuras sin agua, en donde son tan profundos los pozos, en donde la noria y el acarreo de mano hacen tan exiguos los depósitos de agua; en donde hombres y animales se rinden de fatiga, teniendo que trabajar mucho para arrancar un cántaro del fondo de un abismo, y donde la esterilidad precursora de la hambre, convierten en raquíticos, enfermos y sucios, pueblos enteros; se veria en cada molino un Moisés que refrigerara los hombres y cubriera de fertilidad la tierra, ó por lo ménos, que aliviara á los viajeros y evitara la muerte de los ganados.
Muchas veces en un llano árido y quemándome el sol, he esperado á que se dé agua á los animales que me conducian, presenciando la tarea de los sirvientes.
Otras veces me he detenido á ver á un muchacho tirando de una cuerda, desde el brocal de un pozo, y andando con el cordel que pasaba por la ruidosa carretilla, haciendo empuje con el hombro y el cuerpo, echado hácia adelante para sacar una bota que no bastaba para apagar la sed de un caballo, y cuántas ahora, aquí, me he puesto al frente de un raudal perenne, pensando en México, á ver trabajar este inanimado obrero, al que se le contempla casi con reconocimiento, porque es el dispensador del bien.
D. Quijote en las aspas de los molinos veia brazos amenazadores de gigantes: el brazo del molino americano, nos llama para refrigerarnos, y agita su pandereta en los aires como una gitana enamorada, para regocijarnos.
Los precios de los molinos, desde la fuerza de medio á cinco caballos, es desde noventa hasta quinientos cincuenta pesos; pero estos últimos se aplican á toda especie de maquinaria.
--Y no obstante la abundancia de máquinas, me decia D. Andrés, ya sabrá vd. que aquí es donde más alta remuneracion tiene el trabajo; y si no, vea vd. la lista de salarios que casualmente traigo en el bolsillo.
Sacó su enorme cartera del bolsillo D. Andrés, cartera que balija parecia, y me leyó:
POR DIA.
Albañiles, carpinteros, torneros, herreros, toneleros, ebanistas, pintores de brocha gorda, canteros, hojalateros, sastres y zapateros $2 50 á $3
En las fábricas el salario es á doce pesos por semana, y para las artes mecánicas se calcula en veinte pesos.
No quise abusar más tiempo de la bondad de los señores de la Casa de Hallen. D. Andrés me impuso de la facilidad con que habia logrado situar muchas de aquellas máquinas en Campeche y Yucatan.
Tengo entendido que sin esfuerzo alguno podria formarse en nuestra Biblioteca una seccion con todos los avisos que aquí se riegan en los suelos y que se dan á los que pasan. Eso, solo por el atractivo de las figuras, seria una instruccion, haria llegar á conocimiento de todos, mejoras y progresos de todo punto desconocidos.
Al regresar por entre el tejido de callejones y vericuetos, fuí testigo de una escena que me hizo olvidar un tanto mi fatiga.
En la esquina de una de esas calles angostas y pendientes, al rayo del sol quemante, sobre un cajon de vino, con una mesita de tijera al frente, un yankee en toda la gloria del _humbug_ proclamaba las excelencias de unos polvos maravillosos para poner los dientes como el marfil; suavizar los labios como pétalos de rosa y perfumar el aliento.
El hombre hablaba como un energúmeno y sudaba á mares.
En mangas de camisa y sombrero alto, pelo rubio, nariz aguzada, un cuello como barnizado con tierra roja, escaso bigote rubio.
Usa chaleco negro, y de sus ojales penden toda especie de colgajos que remedan medallas, entre ellas una de la Vírgen de Guadalupe, y un peso español, son sus distinciones de honor, al decir de las gentes; se pasaba el cepillo por los dientes y salia un liston, ó unas letras de oro, ó una pluma: la gente estaba lela.... endiosada.... habia aplausos y silbidos, que aquí es otra variante del aplauso.
Hablando, hablando, se apoderó de un muchacho que estaba cerca, se lo sentó encima, lo sujetó, y ántes que pudiera volver en sí el chico, ya le habia metido el cepillo con polvos en la boca y le habia dado algunos restregones; el muchacho, entre llorando y riendo, mostraba una dentadura deliciosa.... la gente aplaudia.... y yo me retiré, porque aquel caribe, una vez enfurecido, podia seguir barriendo las dentaduras de todos los circunstantes.
Cuando doblé la esquina, ya habia tres muchachos pelando los dientes, como avisos animados de la mercancía del embaucador.
En la noche tomé uno de los carritos, con mil trabajos, y me dirigí á mi tertulia de los viérnes.
He dicho que cogí el carrito con mil trabajos, porque no obstante haber carros en todas las Avenidas, ménos en la Quinta y en varias calles, y no obstante que en la doble vía se suceden sin interrupcion esos carros, formando líneas en contínuo movimiento, los carros están constantemente llenos, y á ciertas horas son asaltos, aprensamientos y luchas formales las que se tienen que emprender para trasladarse de un lugar á otro, por el módico precio de cinco centavos, en trayectos que pasan de dos leguas algunos de ellos.
El conductor del wagon jamás rehusa viajeros, aunque el vehículo rebose en gente y vayan en racimos en las plataformas y escaleras.
Lleno el número de asientos de cada carro, la gente se coloca de pié dominando á los que van sentados, y se afianza á unos palos que hay en la parte superior del wagon con unas argollas de cuero. Así, la parte excedente, ó va como racimos colgada en un perchero, ó se abre de brazos, y es una preciosa procesion de Cristos la que se presenta á la vista; en el invierno suele la alta temperatura, que en todos sentidos produce la aglomeracion de gente, tener sus atractivos; pero en verano, el _rosbeef_ humano es, bajo todos sus aspectos, desagradable.
La _controle_ de los entrantes y salientes la marcan una especie de horario y minutero en una como carátula de reloj: á cada pasajero que entra, tira el conductor de un cordel, suena una campana y marca el minutero una línea; el horario señala con números los centenares de viajeros.
En uno de los dias de la semana anterior, un solo carro de diez asientos de la Cuarta Avenida, habia conducido mil quinientos pasajeros.
Adviértase que la Cuarta Avenida no tiene en toda su extension el tráfico que la Quinta, la Sétima y Octava; en la Sexta están en movimiento carros de dos pisos; el superior con sus asientos al aire libre y su toldo. Se asciende á ese primer piso por escaleras exteriores á que trepan, las _ladies_ esencialmente, con el mayor desembarazo.
* * * * *
En mi tertulia me esperaban las excelentes personas con quienes ya tienen conocimiento mis lectores, y que me han procurado los únicos goces parecidos á los goces de familia que haya en Nueva-York.
D. Ramon, D. Pedro, Doña Ambrosia, Adela, Pepita, me recibieron con su amabilidad de costumbre. Hablábase de modas, de guisos, de teatros y no sé cuántas cosas más; pero en lo que se fijaban muy esencialmente, era en las criadas.
--Tener uno servidumbre irlandesa ó americana es mucho cuento, es buscar á quien servir. La criada se ajusta de diez á catorce pesos, pide su programa como un ministro de Estado, y no la saca vd. de ahí ni para poner á un niño un babero.
--Por supuesto que en ese programa no entra, continuó D. Ramon, estar en la casa por la noche, y esto es lo que más escuece á mi Sra. Doña Ambrosia.
--A la oracion de la noche, recamareras y fregonas se lavan, se asean, se plantan su gorrillo y recorren las calles como la señora más encopetada.
--Yo no soy para esas cosas, porque hasta en el cielo hay jerarquías: habla vd. con una criada, y se alista á tomar asiento; cuando vd. va á buscar á otra, está con el periódico ó con la pluma en la mano: ¡igualadas! y cada una se sueña mujer del Presidente de la República.
--En California, dije yo, habia una señora mexicana muy distinguida, que daba lecciones de español y de música, sosteniendo con este recurso, muy decentemente, su familia: faltóle una criada, y se presentó, como todas, de sombrilla, guantes y muy desembarazada, una hija del país.--¿Cuánto quiere vd. de salario? le dijo la señora.--Me he propuesto servir á vd. por solo la comida.--¿Cómo así?--Lo que vd. oye, señora; pero luego que acabe yo mi trabajo, y despues de vestirme, me dará vd. lecciones de español y de música, con toda dedicacion.
--No siga vd., _Fidel_, no siga, me dijo Doña Ambrosia, porque se me alborota la bílis; yo hubiera echado á rodar las escaleras á esa insolente.