Viaje a los Estados Unidos, Tomo III

Part 3

Chapter 33,882 wordsPublic domain

Están en el ancho espacio Tan apiñadas las sombras, Que en vez de cielo se mira La ciudad bajo una losa, Y sus gigantes palacios Calles en la altura forman, Que detienen las miradas Y que el horizonte angostan, Como se ve desde el fondo De barranca pavorosa, Las quiebras y los senderos Que en la cima hacen las rocas. Sartas de luz los faroles Forman de una acera y otra, Y en el centro las tinieblas Van corriendo silenciosas; Pero la luz es tan viva Y á trechos tal se amontona En capelos de cristales, En urnas tan primorosas, Y en mil globos luminosos De llamas verdes y rojas Y de intenso azul de cielo, Que vaga la vista absorta Entre ese hervor de colores Que saltan entre las sombras, Y que como en festin de hadas La negra tiniebla tornan. Al descender los declives De las calles espaciosas, Se va entre dos firmamentos De llamas deslumbradoras; El uno de dosel funge, Y el otro sirve de alfombra. En relieve se sospecha Con alguna luz traidora Que dejó como perdidas Sus claridades dudosas, Ya la mezquita del moro, Ya la gentil sinagoga, Ya la catedral romana Ostentando pompas góticas. En medio de esos conjuntos De masas que se amontonan, Abren sus brazos las plazas En anchuras espaciosas, Y los árboles se miran De pié, sin verse sus hojas, Murmurando sus acentos En acompasadas notas. Entre los arbustos lucen Y bajo las ramas brotan Centellas que se derraman Y que tiemblan silenciosas, Dejando rastros de fuego En las fuentes bullidoras, Que polvareda de plata Vuelven las aguas que arrojan.

* * * * *

Iba solitario al Parque A esconder mis amarguras, Que cuando el alma padece En la sombra se refugia. Esa mansion de placeres Con sus fuentes de aguas puras, Sus salones voluptuosos Y sus enramadas rústicas; Esa estancia de delicias, Con sus lagos que deslumbran, Sus glorietas, sus estatuas, Sus calzadas y sus grutas; Donde la beldad ostenta, Sedas, encajes y plumas, Donde la infancia dichosa Trisca con alegre bulla... La contemplé desde fuera Triste como negra tumba Circundada de fantasmas, Que así en su torno se agrupan De los chopos, los ramajes Que en lo oscuro se dibujan. Al interior penetrando, Con la claridad confusa De insuficientes faroles Que entre las ramas se ocultan, Produciendo sus reflejos La indecision y la duda, Observé como corriente De gentío que iba en busca De la sombra del misterio Que se escurre, que se ofusca, Bien al borde de los lagos, Ya entre las ramas profusas De los sauces, ya en las rocas Que parece se derrumban En los extendidos prados Y al borde de las lagunas. ¡Cómo el murmullo del habla Con el susurrar se aduna! ¡Cómo las fuentes perdidas En las tinieblas oscuras, Miman con sus blandos cantos A las parejas que cruzan!.... Como sintiendo sin vista Del Parque la galanura, ¡Qué suspiros encendidos! ¡Cuántas risas de ventura De mil parejas que aisladas Están en medio á la turba, Como cruzando invisibles Celebrando su fortuna, Triunfantes de las pesquisas Y de la luz importuna! Era el Parque una belleza A quien negro velo anubla, Y al que ha visto sus encantos Con sospecharlos se abruma. Entre esas hondas tinieblas Que á la pasion no perturban, Que las risas estremecen Y que las flores perfuman, Aislado junto de un lago Que indeciso se columbra Entre macizos de ramas, La alma triste, la voz muda, Sin un eco que sonase Para mí como en la tumba, Dí rienda suelta á mis ansias, Dije: ¡"oh patria!" con angustia, Las manos llevé á mis ojos Con mis tormentos convulsas, Y sentí que al retirarlas Con mi llanto estaban húmedas.

GUILLERMO PRIETO.

Nueva-York.--Junio, 1877.

III

Adioses de mis amigos.--La bahía.--La estatua de la Libertad.--Jersey.--Adios.--Fábrica de pianos de Stenway.--La maquinaria.--Varias manipulaciones.--Reflexiones sobre el pueblo americano.--La parte baja de la ciudad.--La Tesorería.--La Aduana.--Observaciones sobre la tarifa americana.--Cifras de las exportaciones é importaciones.--Otra vez el inglés.--El castellano viejo.

Mis amigos Alfonso, Pablo y Manuel, partieron al fin para nuestra patria: la noche precursora de su partida, entre los baúles, algunos amigos que quedábamos en el destierro y los criados que en tragin afanoso cruzaban de un cuarto á otro, se oian los encargos á las personas amadas, las recomendaciones encarecidas y palabras que volaban á morir en la sombra de los tristes recuerdos.

De repente, las explosiones del buen humor se disipaban y caia sobre todos ese silencio que se acentúa tan hondamente en el prólogo de todas las separaciones.

Alguno mandó traer Champaña; la presencia en frio de aquellos estímulos del contento, no sé por qué convirtió en más sombrío el cuadro: chistes que en otras circunstancias habrian hecho una revolucion de risas y de bullicio; alusiones que se habrian propagado como llama, caian como á plomo, sin efecto alguno, para dejar imperando un dolor que, á solas, hubiera hecho derramar lágrimas á todos los circunstantes.

Alguno preludiaba una cancion, otro al empacar un retrato buscaba un tema de contento con recuerdos felices.... y el silencio, esta tiniebla del espíritu, avanzaba lento, envolviendo hasta los últimos destellos de alegría.

Muy temprano, en la mañana, todos estábamos listos.

Acudimos á los vaporcitos de Jersey.

La mañana estaba nublada; á nuestra izquierda, multitud de buques de todas las naciones hacian flotar al aire sus banderas; se veia la isla del Gobernador, puesto militar de la federacion, en que existe un destacamento de fuerzas permanentes, vestidas constantemente de lujo y haciendo el servicio siempre con la mayor severidad.

Del lado opuesto está el islote de Bell, donde debe, como formando pórtico en la bahía, colocarse la colosal estatua de la Libertad, regalada por la Francia, y cuyo brazo con su antorcha, figura hoy como un colosal monumento en la Plaza de Madisson.

La estatua, colocada sobre su pedestal, debe alcanzar una altura de doscientos veinticinco piés; se distinguirá desde el mar, en el confin del horizonte, como una aparicion humana entre las aguas y los cielos: será magnífica.

Al frente de nuestro barco, en amplio semicírculo y sobre una loma que domina la bahía, se ostenta la ciudad de Jersey como sobre una cortina de árboles, con sus chimeneas, sus torres y sus cúpulas fantásticas. Abajo del escalon del pedestal que forman árboles y verjeles á la ciudad, hay una faja de muelles, como otras tantas puertas de salida para todas las naciones del globo.

En el gran salon contiguo al paradero de los trenes del ferrocarril, que conduce más directamente á Orleans por Filadelfia y Washington, se hallaban el Sr. Iglesias, su hijo, Gomez del Palacio, Schleidem, mexicano lleno de nobles cualidades, y yo.

Repicó la campana fatal: una voz anunció la hora suprema, y entre el tropel que corria á tomar los carros como por asalto, se perdieron nuestros adioses. A poco el resoplar del vapor, la esquila de la máquina, el ruido de las ruedas y el humo, envolvieron el ruidoso tren, huyendo un conjunto del que quedaban desgarrados girones de humo, que disipó el viento....

Cuando recuerdo las atenciones que á esos generosos amigos (iba á decir hijos) debí, su solicitud cariñosa, su chiqueo, siento duelo horrible en mi alma.

Ellos calentaban con sus esperanzas y su contento mis viejos años; ellos fortalecian mi ánimo cuando casi me vencia la mano de dolores implacables; ellos me formaban una atmósfera de patria cuando la frente pálida de la nostalgia venia á presentar á mi lado el esqueleto de mis recuerdos, sobre la tumba de mis esperanzas.

Tan nobles, tan sufridos, adivinando mis deseos, convirtiendo en motivos de contento la satisfaccion de mis caprichos, ¿cómo no consagrarles en estas desordenadas memorias mi gratitud, aunque su ternura y relaciones tengan interes tan solo para mí? ¿cómo no perdonar quien esto leyere el extravío de mi corazon, mi complacencia con un sentimiento que me aprieta el alma y me domina....?

Que vayan felices; que los vientos les halaguen apacibles y el mar sea como persona amiga que les lleve á los brazos de la patria; que en el seno de sus familias, en su hogar, cuando rodeados de los que les aman, cuenten sus aventuras, vuelvan los ojos y en algun lugar vacío busquen el semblante del viejo amigo que vivió léjos de la patria, con ellos, la tierna vida de familia, y que les está recordando, sin ver lo que escribe, porque están hechos lágrimas en mis ojos sus recuerdos.... La Providencia los acompañe; ella los restituya sanos y contentos á sus hogares!......

* * * * *

Vagando al acaso en la parte alta de la ciudad, donde están aún en lucha hombres y rocas; lucha que como que brotan del suelo á presenciar estupendos edificios; donde desemboca el túnel que ha venido como una serpiente subterránea del seno de las calles populosas; donde empinados puentes de distancia en distancia ven inclinar el plumero de llamas de la locomotora, que parece un gigante fantástico que saca á flor de tierra la cabeza; como una ballena de fierro que fué dotada de vida para atravesar en alas del relámpago las entrañas de la tierra, vagaba, digo, por esos lugares, cuando mi amigo Buzeti, un jóven mexicano con quien haremos amplio conocimiento, me puso en la puerta de un establecimiento grandiosísimo, y me dijo:

--Va vd. á conocer la fábrica de pianos de Stenway.

Ya recordará vd. los pianos de Stenway; son en México los de más alta nombradía; sus vibraciones brillantísimas son pompa y vida de los más opulentos salones. En Paris merecieron el primer premio.

El edificio que vamos á visitar, visto por la espalda, hace los tres lados (tres cuadras) de un cuadrado perfecto.

En el centro hay varios edificios, y uno especialmente llama la atencion; él encierra la gran rueda motriz y la maquinaria anexa, que es como un edificio de acero con sus balaustradas y escaleras de fierro.

Era nuestro guía un jóven campechano, alegre, y tan simpático, que me parecia castellano su inglés peliagudo, y digo peliagudo, porque se trata de un aleman: el inglés completado con aleman, es como una copa de _whiskey_ completada con espinas de pescado.

La fábrica tiene cinco pisos visibles, en los que trabajan quinientos operarios como titanes, con su acompañamiento de escoplos, serruchos, cepillos, martillos y otros ruidos de imposible clasificacion.

Como ya se supone el lector, cada operacion de las que requiere la estructura de un piano, es una galera inmensa y un taller en que giran en los techos esas arañas de acero, esas víboras de cuero que se descuelgan y se enroscan, esas escuadras como duendes abiertos de piernas, y esa poblacion de endriagos y visiones animadas del mundo de las máquinas: brazos, dedos, codos, esófagos, cabellos, todo vive por su cuenta y riesgo, sin cuidarse de todos los demás, como si viésemos á nuestros brazos y á nuestras piernas proclamar su independencia, ó como sí en un panteon armaran gresca los fragmentos humanos, tomando cada cual su camino segun su capricho.

Asenté por primera partida en mis apuntaciones una máquina para desbastar la tabla en bruto.

Es una rueda clavada en un eje perpendicular, con dos fajas de acero; de la primera penden cuatro como ganchos, que desbastan la tabla; la segunda faja es el cepillo. Con aquella primera sacudida queda la tabla como seda, y entra como una hoja de papel á otra máquina como de imprimir, de donde sale tersa por ambos lados.

Las maderas que se usan para los pianos, despues de dos años de depósito y preparaciones, son: palo blanco, roble, pino, caoba, rosa y ébano.

Las sierras que se emplean son como sogas ó rosarios, que caen sobre una rueda y cuelgan haciendo destrozos.

Para que no quede ni resquicio de polvo de aserrín en la madera, usan una especie de fuelle de palo; pero no propiamente fuelle, más bien jeringa, que desempeña la funcion de la limpieza á las mil maravillas.

Desde esos primeros talleres comienza la obra laboriosísima de ensamblar las hojas de madera con los hilos de ella, en distintos sentidos, para evitar que se tuerza, poniendo en el centro de las ensambladuras maderas durísimas que las ligan.

La cola de que se sirven es la famosa de Pilles Cuple; viene en marquetas, y se amolda segun las necesidades de los talleres.

Los preciosos calados de las tablas que sirven de respaldo al teclado en la parte interior del piano, se delinean por hábiles dibujantes, y con sierras como hilos se ejecutan esas maravillas de madera que avergüenzan á la filigrana y al encaje.

Los martinetes se forran en una especie de fieltro sólido como piedra y del grueso de tres dedos; forrado el palo de donde se sacan los martinetes, entra en una prensa de presion tan poderosa, que sale el conjunto como una hoja de espada.

En este departamento hay una máquina curiosísima, invencion de un hijo del Sr. Stenway, así como otra delicadísima para las oquedades de los tornillos de la guitarra del piano.

Toda esta gran seccion de la fábrica está destinada á la construccion de esa multitud de articulaciones, músculos, nervios y tendones de esa mano prodigiosa que produce las armonías en el interior del instrumento.

En estos gabinetes anatómicos, verdaderamente científicos, hay compases, escuadras y todo lo concerniente á tan delicado trabajo.

Los cuartos en que se fabrican las cuerdas están aislados, y se emplean en ellos, como en todas estas secciones, hombres de talentos especiales, muy bien pagados.

En una ala entera de uno de los amplísimos pisos divididos por calles de extensos salones, se verifica la animacion del piano.

Todos los tendones, la osamenta, los nervios y los cartígalos, están amontonados: las teclas de marfil que se fabrican como quien hace mosaico; las de ébano, que se pulen como joyas; el martinete y el resorte, que podrian figurar como dijes en el tocador de una reina, todos estos objetos se compaginan, se organizan, se concatenan, adquieren forma, se estremecen y rompen en un canto cuando la mano del hombre pasa sobre ellas, como el soplo de Dios sobre el barro cuando crió al hombre.

El piano de que oimos los primeros vagidos, tenia el número 33,592.

--Vé, le dije, atraviesa los mares, lleva á otras regiones tus cantos voluptuosos y tus himnos; vé, poeta, á perecer derramando tus armonías y dando vida á las creaciones del talento. Sé la gala del salon, la orquesta del hogar, el confidente de los ensueños....

La operacion del barniz consta de dos partes: en una se barniza la caja dos veces y se raspa en seguida, para que los poros más invisibles desaparezcan; la tercera mano de barniz es la que queda, presentando la caoba ó la rosa como bajo de cristales.

Hay inteligentes que presentan como rivales de los pianos de Stenway los de Weber; pero en México no se cree así, y lo comprueba el más alto precio á que se venden los primeros y á la confesion universal de que sus voces son muy brillantes.

Los pianos de Stenway tienen cinco patentes de honor y son celebrados en todo el mundo musical.

El edificio en que se venden los pianos de Stenway está en la calle 14, es de mármol blanco, contiene los almacenes de pianos y además la gran sala música construida con todas las reglas de la acústica, y que se considera con justicia como una de las primeras del mundo en su género. En ella se han hecho las primeras exhibiciones del Teléfono.

Al salir de la fábrica tuve el gusto de ofrecer mis respetos á uno de los hijos del Sr. Stenway, y dar las gracias á mi inteligente _cicerone_, cuya finura me ha dejado los más agradables recuerdos.

* * * * *

Quiero darme cuenta á mí solo de las causas de la prosperidad de este pueblo; quiero estudiar afanoso el secreto de su desarrollo sorprendente, para formar conciencia, y despues de purificado mi criterio, llevar á mi país la buena nueva de su propia regeneracion. ¡Mis esfuerzos son inútiles!

Cada vez que estoy á mis solas, entro en mí, sondeo las partes componentes de este pueblo, se me figura á veces que una ciega admiracion me arrastra, otras que un sentimiento injusto de repulsion me domina, y termino por apartar el lienzo y arrojar de mi mano los pinceles, corrido de pretender llamar retrato la monstruosa figura que abortó mi mano.

Es cierto que los que tenemos la tradicion latina, es evidente que los que nos hemos instruido con la educacion romana, y los que hemos abierto los ojos de la razon bajo el influjo de la religion cristiana, no nos es dado ser imparciales en nuestras apreciaciones.

Hemos tenido ensueños de libertad, tentativas de igualdad, teorías de la intervencion del pueblo en sus negocios, y todos esos elementos han constituido y constituyen en el crítico una segunda naturaleza.

Teorías incompletas, doctrinas leidas, sistemas con inconstancia planteados, se ponen frente á frente de prácticas sostenidas, expeditas y que producen sus efectos en medio de aparentes contradicciones.

El protestantismo deja el campo abierto á las instituciones civiles, no se mezcla para nada con los gobiernos, buscando los vínculos de confraternidad en la moral universal; la religion protestante, por la naturaleza de su sér y sean las que fueren sus aberraciones, no permite esos conflictos entre los poderes temporal y eclesiástico, que tantas rémoras oponen á la paz y al progreso de las naciones.

La libertad pone al individuo en posesion de su sér, reconoce sus derechos como hombre y los proclama inviolables: íntegro el hombre, funciona vigoroso; y como para que sean expeditas estas funciones, tiene que respetar los fueros de otro hombre colocado en las propias condiciones, se produce la igualdad y con ella las sublimes armonías del progreso indefinido de los pueblos.

Las instituciones en ese conjunto están hechas, viven en observancia, la ley es el yeso que se coloca sobre la fisonomía de ese pueblo, y ese molde es tan propio, es tan suyo, que no le lastima ni importuna, ni le impide su accion cuando se sirve de él.

En los gérmenes primitivos de este pueblo estaban encerrados sus elementos todos de grandeza: la libertad religiosa; porque en pos de ella habian atravesado los mares los primeros pobladores, y llegó con ella á estas playas la libertad civil, porque al constituirse, ejercieron sus derechos en la ancha base de las funciones municipales, miniatura del gobierno y la igualdad; porque ni el sacerdocio reclamaba fueros, ni la casta distinciones, ni habia mas que un punto único y una mira única, que era el bien comun. No es, pues, la diferencia entre los Estados-Unidos y nosotros, que á ellos los uniese y á nosotros nos desuniese la federacion: la diferencia es, que ellos eran hombres y conocian y sabian ejercer sus derechos, y nosotros éramos poco ménos que esclavos, enervados por una tutela de trescientos años.

Cuando la aglomeracion de gente y la distancia hicieron necesarias más complicadas relaciones, no tuvo que hacer nada; lo que en las sociedades antiguas se llamó el poder público, ese poder existia en todos y cada uno de los americanos, y existia en ejercicio constante; la agregacion de pueblos fué, como la de las individualidades, desde el hombre al municipio, al Estado; eran entidades perfectas, una sola era hábil para fungir con la misma aptitud que el conjunto.

La grande obra de Washington y de los constituyentes americanos, estuvo en reconocer con lisura esa verdad y hacer del gobierno general el policía que cuidara del órden y el portero que diese aviso á las naciones extranjeras de la voluntad de sus señores, sin entrometerse en todo.

El señorío del individuo le dotó, es cierto, de preciosos derechos; pero tambien le sujetó á grandes necesidades; valía por sí; era forzoso que subsistiese por sí; el trabajo fué una de sus condiciones de vida, y no el trabajo fincado en la ajena explotacion, porque se encontraria con la misma repulsa, sino el trabajo como fondo comun de la sociedad.

El que labraba los campos, el que atravesaba los mares, el que pedia á la ciencia sus revelaciones, vivian en el seno de una familia, en que tenian todos la misma representacion, las mismas aspiraciones, el propio grado de responsabilidad. Existia el pueblo: era una verdad que los que lo componian lo sentian, y los que lo veian tuvieron que admirarlo.

Cada cosa que pertenecia al individuo, tuvo que mirarse con indiferencia casi, porque el individuo era responsable de sus acciones: lo que tenia que ver con la sociedad, era notado por todos. La opinion no fué solo un juicio, sino el anuncio de lo que se ejecutaria en un caso dado.

Así nacido, creado y funcionando el pueblo, formando la caudalosa corriente: sus aberraciones, sus enfermedades, no tienen influencia, como no influye en el curso de las aguas la hoja que se desprende del árbol, ni el fango que enturbia á veces su superficie.

La democracia se ha realizado, y esta realizacion la presenta con caractéres distintos de todo punto de los caractéres con que conocemos en la historia á los pueblos que no tienen de tales mas que el nombre.

Las clases, conforme á la tradicion en las sociedades antiguas, sobresalen, son el todo; ellas engendran eminencias que proyectan su sombra en las masas y las convierten en enfermizas y en viciosas.

La categoría del cielo consagrando la perversion del espíritu en el secuestro de la conciencia; la categoría militar haciendo del asesinato una profesion y un taller de violencias el cuartel, haciendo la disciplina un instrumento de asfixia; la categoría de la sangre, llevando á los destinos públicos la pereza, la ignorancia, la lujuria y el robo; la categoría del saber haciendo de las aulas estancos de la luz, cuando no oficinas de falsificadores de la verdad.

Y para sostener á estos enjambres de farsantes y verdugos, el pueblo, á su vez ignorante, rencoroso, paga, pero se hace incompatible con las otras fracciones sociales, con intereses opuestos al suyo.

En esta democracia militante, las religiones en su concurrencia, compiten por beneficios reales; la escuela, el hospital, el taller, son objeto de su cuidado; y cuando pretende entrar, como el cristianismo, en terreno vedado, entónces la opinion lo contiene y la indiferencia lo restituye á sus rieles pacíficamente.

El elemento militar perturba y amenaza, pero tambien sin consecuencia: todo se reduce á pérdidas del tesoro, á disimulos en el presupuesto; pero el país es tan rico, que el propio despilfarro no importa un menoscabo.

¿Y las clases? ¿y la nobleza? ¿y toda la nomenclatura de saltimbanquis que son el azote de los pueblos? Esos no existen; y los vagos y los arbitristas pasan cayendo, fatigados en su camino, en medio de la rechifla universal.

Pero adviértase que esos caballeros de industria de las compañías fantásticas, de las empresas temerarias, esos alquiladores del viento, esos consocios del sol y del mar, son individuales, es decir, la espina, el grano, la verruga, no la sociedad americana.

Esas individualidades efímeras son las que extravían á los viajeros, con mucha especialidad á los de la raza latina, y es porque existe lo que se ve y lo que no se ve, como en uno de los preciosos sofismas de Bastial: se ve á la mujer pública en toda su desvergüenza, invadiendo las calles, asaltando los paseos, reclamando fueros y consideraciones; no se ven cientos de maestras en las escuelas públicas, modelos de saber, de recogimiento y de virtud; no se fija la atencion en las obreras de Haster; no se ven salir en las noches de la casa de Stuart, por cientos, las que fungen de dependientes y se concilian el respeto universal por su dignidad y compostura.