Viaje a los Estados Unidos, Tomo III
Part 27
México, en vez de una declaracion de guerra, protestó contra la agresion de Texas á los Estados-Unidos.
El 1.º de Marzo de 1845 declaró la Cámara de diputados de Washington incorporado Texas á los Estados de la Union Americana y consumada la usurpacion inícua.
Santa-Anna habia sido derribado del poder por la revolucion del 6 de Diciembre de 1844.
El gabinete del Sr. D. J. Joaquin de Herrera defendió, como base de su política, el pensamiento de conformarse ántes con la independencia de Texas, que con su incorporacion á los Estados-Unidos. La oposicion se desencadenó frenética contra ese pensamiento.
El Gobierno persistió en su política, tomó en consideracion, autorizado competentemente, las proposiciones hechas por Texas, en que se comprometia á no agregarse á ningun otro país.
Ingiriéronse en estos negociados los Estados-Unidos. México rehusó recibir al Ministro Slidell y se sostuvo en su resolucion.
En tan graves circunstancias, se pronunció (1846) Paredes contra Herrera, derrocando la administracion de Diciembre.
Hiciéronse entónces sensibles agresiones de americanos en varios de nuestros Estados, recibió el Gobierno autorizacion de repeler la fuerza con la fuerza, y entre tanto, siguiendo los Estados-Unidos con su conducta pérfida, protestaban el deseo de evitar todo rompimiento, á la vez que sus buques ocupaban nuestras costas y sus tropas avanzaban en nuestro suelo.
Por fin, la invasion se presenta en toda su brutal desnudez: el General Taylor atropella nuestro suelo, con el pretexto de defender los límites de la Luisiana, y despues de combates sangrientos, en que se salvó la honra de México, se terminó la lucha, borrando el tratado de Guadalupe de nuestro mapa, uno de los territorios más privilegiados por Dios, y haciendo aparecer, la usurpacion y la violencia, enriquecido el pabellon de las estrellas con la estrella de Texas.
En 1847, se calculaba la poblacion de Texas en 20,000 almas.
* * * * *
Con los anteriores recuerdos y otros que me callo, porque estoy hasta aquí (señalándome el copete) de sério y prudente, dí mis primeras ojeadas al Estado de Texas.
Tendidas llanuras, cercas, limitaciones pintorescas y sementeras deliciosas.
De trecho en trecho descubriamos un gran jacalon: era una estacion de ferrocarril, ó como quien dice, el venero de pobladores que convertirán en pueblos florecientes aquellas comarcas.
Montado á caballo un gran jacalon sobre unos morillos, se distingue á distancia la estacion.
Su parte interior se divide por un tabique de tablas; en una seccion hay un cuarto en que se toman y se dejan los equipajes portátiles y que sirve para los viajeros. Del otro lado, es decir, en la otra seccion, hay un pequeño mostrador coronado por su reloj de palo, y aquella es la oficina ferrocarrilera; en uno de los rincones de la pieza funciona el telégrafo que es un contento, y de partes afuera del jacalon, coquetea el _bar-room_ en amigable ayuntamiento con latas, comestibles, zapatos, sombreros y lo que podriamos llamar una tienda mestiza.
Generalmente cercan la estacion dos barandales de latas, por cuyo centro entran y salen los wagones y se hace su carga y su descarga.
A corta distancia de la estacion se perciben los grandes almacenes.
Y en la llanura descombrada, como sobrepuestas y al trasladarse, se ven filas de carretas, barriles, tercios é instrumentos de labranza.
Las carretas tienen cierta ordenacion como para una feria; arriba, bajo el toldo y en el suelo, entre las ruedas, está alojada una familia, y otra, y otra más, que entran y salen como abejas en sus colmenas.
A poca distancia se ven construyendo armazones de casas, y hay casitas á medio construir y construidas, con sus amplios corredores, sus columnas, su pórtico, sus vidrieras y persianas, y los anuncios de la comodidad y el bienestar.
Y así como de las habitaciones rodantes ó sean carretas, salian figuras carnavalescas y estrambóticas de hombres y mujeres, viejos como sacos destripados, muchachas con su _gardesoleil_ como unas escobas, y muchachos enjutos y cabelludos como limpia-chimeneas, en los corredores habia sus preciosos niños con sus aros y sus carretelitas, sus _ladies_ airosas y sus campesinos de sorbete, pipa en boca, calzon remangado y botazas hasta las rodillas.
Lo singular era que en las casas por hacer, en las carretas y en los palos clavados en el suelo, habia sus rubros que decian: _Grande hotel continental_--_Academia de música_--_Galería de pinturas_--_Correo_--_Empresa de gas_--_Avenida Fulton_--_Sucursal del Banco H***_, etc., etc.
El pueblo nace de en medio de sus elementos de vida y desarrollo; es un canevá el terreno, en que borda la poblacion, que lleva en cada uno de sus gérmenes la dote de condiciones políticas y sociales, para desenvolverse independientemente cada familia y robustecerse instantáneamente por el conjunto.
Así son multitud de pueblecitos como la _Troupe_, _Palestine_ y no sé cuántos más.
Grandes estancias de ganado, espaciosos campos sembrados de algodon, milpas de maíz como en nuestra patria; de entre esas milpas ví salir dos rancheros sobre sus sillas de montar, á la mexicana, sus sombreros anchos como nuestros rancheros y su fisonomía y aspecto como de gente del Bajío; quise gritarles un _adios, amo_ que los dejara boquiabiertos; pero me contuvo Francisco, para que fijase la atencion en unas manzanas y duraznos lindísimos que llevaban en sus cestos unas preciosas muchachitas que venian de un mercado cercano....
A las oraciones de la noche tocábamos en la grande estacion de San Antonio, y de ella fuimos trasladados al _Minger-Hotel_, donde habia concurrencia inmensa y estupendo movimiento de viajeros.
_Minger-Hotel_ está situado en una altura, al frente de una extensa plazuela que lleva su corriente á la calle principal de San Antonio.
La fachada del hotel está hermoseada por corpulentos árboles; el despacho, que está en el tránsito de la calle al patio, es amplio, le limita largo mostrador y da al patio por uno de sus extremos, teniendo á su frente salones para los viajeros.
El patio del hotel es cuadrado; tiene su barandal de fierro, corrido en todo el cuadrado, y sus cuartitos pequeños, pero aseados.
En la parte inferior, contiguo al patio, está el gran comedor con sus rasgadas ventanas, sus mesas albeando y su competente servidumbre.
A nuestra llegada, el hotel se hundia á gritos; poco ántes de nosotros habia caido como una manga de agua una de esas falanges de viajeros que hacen por aquel tiempo alegres excursiones, y que son la cosecha y el regocijo de los grandes hoteles.
Cantos, disputas, carreras del despacho á los corredores, de los corredores al comedor....
En el hotel no habia desocupado un hueco en que cupiese un grano de trigo; pero los dueños se habian procurado unas piezas vacías á donde confinaban á los huéspedes sobrantes, con dependencia del hotel. Allí fuimos consignados; Francisco fué renegando.
Ocupamos un cuartito pequeño con catres por todas partes, arrimamos á las paredes nuestros equipajes y nos propusimos descansar.
La pieza en que estábamos era baja, las puertas que daban á la calle quedaron completamente abiertas, porque el cuarto era un horno.
Mucho mejoraron en aquellas circunstancias nuestra situacion, las atenciones del Sr. General Benavides, quien con finura extrema hizo que se nos atendiese y que al dia siguiente se nos alojase convenientemente.
El calor nos empujaba del cuarto; Francisco se sepultó en su catre, como quien se suicida. El General Benavides y yo quedamos en plática en unas sillas que sacamos á la calle; yo, al último, me mantuve en vela, dando rienda suelta á mis recuerdos.
XXII
Recuerdos.--Instalacion.--Paseo matutino.--Antiguos conocidos.--Suvervielle.--M. Poinsart.--El Dr. Cupples.--Comida en su casa.--María.
El año de gracia, que maldita la que me hizo á mí, de 1866, me dió conocimiento mi asendereada fortuna con San Antonio de Béjar, con tan villano tino y con espíritu tan decidido de quemarme la sangre, que era precisamente cuando despejándose nuestro cielo de las negras nubes de la intervencion francesa, el regocijo nacional regaba de flores el regreso triunfal de Juarez al palacio de los Moctezumas.
El ilustre general Patoni y yo, con nuestras familias, abandonamos el Paso del Norte en Diciembre de 1865, atravesamos con inauditas penalidades el desierto, en una travesía que duró más de un mes, y nos reconciliamos con el mundo habitado hasta el 5 de Febrero de 1866, dia del protomártir aquel á quien reverdeció la higuera.
Caimos mi compañero de viaje y yo en San Antonio de Béjar en un hotelito de mediana fortuna, dirigido por una matrona francesa entendida y amable, con su servidumbre de negros, su comida á la francesa y sus huéspedes, en su mayoría mexicanos, con excepcion de Mr. Cupples, eminente médico inglés, severo y taciturno, que tenia por su cuenta un departamento del hotel.
Los huéspedes mexicanos que alegraron nuestra llegada, eran el General Gonzalez Ortega, D. Benito Zenea, oficial del Ejército, los Generales Poucel D. Fernando, Carbajal Antonio y no recuerdo quiénes más.
Como es nuestra pícara costumbre, á los pocos dias se relajaban las prescripciones de la casa, se introducian en la mesa nuestros platos favoritos, se cantaban al piano nuestras canciones, y el sabio médico inglés jugaba juegos de prendas con los emigrados de México, guisando en inglés los chistes mexicanos.
Hondas eran las penas que á varios de nosotros aquejaban, pero valerosa la lucha, en que al fin se sobreponia la juventud, y sobre todo, el orgullo de que ninguna de nuestras frentes se habia doblado al yugo ignominioso del invasor extranjero.
San Antonio constaba entónces de una sola calle amplia y regular, en que se caracterizaba la fisonomía americana. Calle con sus edificios altísimos, sus ventanas de persianas verdes, sus amplias banquetas ó aceras y sus tiendas de _grozeries_, _bar-rooms_ y almacenes.
Fuera de la calle y á la vista, con irregularidad completa, veíanse estancias aisladas, iniciativas de calles, dilatadas cercas, sembrados, y casas de comercio, ya como en llanos y plazuelas, ya entre arboledas y jardines.
En las dos extensas plazas del centro de la poblacion se distinguian, como mal avenidas con su ayuntamiento, casitas bajas y accesorias como las de nuestros pueblos, y edificios opulentos llenos de letreros, muestras y muebles americanos.
La iglesia cristiana de la antigua mision aparecia como fuera de quicio, como un sordo en un concierto, con su chaparra y sólida arquitectura, sus dos torres con sus campanas y su aspecto como de la parroquia de Mixcoac, sin barda y sin accesorios.
Análoga á la heterogeneidad de las casas era la de los habitantes: estaban como en lucha el sombrero ancho y el fieltro, la blusa y la chaqueta, la calzonera y el pantalon ajustado, la bota grosera y el zapaton desgobernado, el albardon y nuestra silla de montar.
En el mercado, en los campos, en todas partes, se notaba la propia lucha; pero con dolor se palpaba la desventaja de la competencia, la decadencia y el naufragio de nuestra raza.
De las alturas de la ciudad parecia descender, como torrente, la invasion americana, que iba arrollándolo todo, quedando en pié vacilantes algunas propiedades mexicanas de gente de algun viso; pero los infelices, despreciados, perseguidos, sin el auxilio del idioma, sin leyes y sin jueces, se refugiaban en los afueras de la ciudad, donde el barrio mexicano presentaba tristísimo aspecto.
A las orillas del cenagoso arroyo de San Pedro, entre las quiebras de un desigual lomerío, bajo enramadas, toldos de lona y de cueros, en tertulia perpétua con perros, caballos y mulas, se albergaba la poblacion mexicana, sucia y desnuda, llena de miseria y desprecio.
Muchos, para sustraerse de la situacion descrita, imitaban el trage y los modales de la peor canalla, bebian con temeridad, usaban navaja, calzaban botas groseras, se ponian en cuclillas (postura muy yankee), á las puertas de las tabernas, y se convertian en espías y enemigos de los mexicanos.
Suelen las grandes corrientes arrastrar troncos y amontonar las basuras que barre, en sus orillas; así quedaba la poblacion, como testimonio palpitante de lo que se espera á nuestra raza.
Llegaba á tal punto el desprecio y la humillacion de los mexicanos, que habiendo invadido en aquellos dias el cólera la ciudad, se cebó en ellos la epidemia; la misma caridad les mostraba desdenes.
El Dr. Cupples se hizo notable y cobró títulos á mi gratitud eterna, porque abandonando sus visitas lucrativas y costeando de su peculio abrigos y medicinas, se dedicó á ser la salvacion y el amparo de los mexicanos, como lo fueron Suvervielle, el gran Víctor Considerant, de quien tengo la honra de ser amigo, y mexicanos como Douai, Elliot, Leal y los Sres. Miguel y Juan Manuel Gonzalez, modelos de generosidad y nobleza.
Cuando la epidemia se mitigó; cuando parecia haberse aplacado la horrorosa plaga, se anunciaba en los periódicos:
"El cólera se va: demos gracias á la Providencia divina. Ya solo mueren algunos negros, y _siguen muriendo los mexicanos_."
Acababan de pasar la guerra del Sur y la bonanza del algodon: la primera destruyendo grandes fortunas y dejando en la orfandad muchas familias; le segunda derramando por todas partes cuantiosas riquezas é improvisando caudales en toda nuestra frontera y hasta Monterey y el Saltillo.
Al revés de California, en Texas, los hijos de mexicanos en general, borraban y como que escondian los recuerdos de sus padres, y éstos hacian más hondo é implacable su odio á los yankees.
La razon de esta diferencia es muy obvia. Los mexicanos enriquecidos de California se elevaron á una decente posicion social, en medio de personas de todas las naciones: en Texas se abatieron bajo el yugo yankee, porque hasta hoy es cuando se está desarrollando el elemento aleman.
Era objeto de nuestro especial cariño, en el hotel que he descrito, una niña, nietecita de M. Jecks, que entónces tendria de seis á siete años.
Blanca, de azules ojos, rubia y tan espigada, ligera y gallarda, que la comparacion con su conjunto seria grosera, si no apelara al recuerdo del celaje leve, dorado por los primeros rayos del sol, ó de la espuma flotante cuando se desliza, dejando apénas huella sobre las olas.
¡Qué alegre la contemplábamos! ¡cómo el doctor y yo, suspendiéndola de los bracitos, le fingiamos vuelo y reiamos de su reir estrepitoso y sincero!
Algun tiempo vivimos en el hotel; despues nos establecimos en una casa sola con su cercado de verjas de hierro, sus amplios departamentos y su jardin espacioso.
En esa casa pasamos cerca de ocho meses Patoni y yo con nuestras familias, el pundonoroso y patriota general Poucel y Benito Zenea, veracruzano entusiasta y á quien todos queriamos mucho.
Estos eran en confuso los recuerdos que evocaba yo en _Minger-Hotel_, miéntras los criados acarreaban nuestros baúles y maletas y nos estableciamos en nuestros respectivos cuartos en toda forma.
Apénas cumplí con las reglas de mi poco fervoroso culto á la diosa del tocador, cuando salí á la calle en pos de mis recuerdos y de mis amigos y conocidos.
¡Cuán otro estaba San Antonio y qué sorprendente habia sido su desarrollo en ménos de doce años!
A los lados de la calle principal de uno y otro viento hay risueñas estancias, frondosas arboledas y calles como en Orleans y otras ciudades americanas.
Las toscas cercas y corrales se habian trasformado en barandales y jardines, atravesaban vistosos carruajes la ciudad y me parecia más que duplicada la poblacion.
Dirigíme á la casa de M. Suvervielle: su misma escogida librería, su botella de rapé en el escritorio, su ancha poltrona, sus golosinas en la pieza interior.
--Ah de casa!
--Allá van.
Fresco, regordete, alegre, con sus pantuflas y su sombrero de jipijapa.
--Oh, mi D. Guillermo!
Otros cincuenta abrazos.
--Siéntese vd., mande vd.: aquí, como siempre, es de vd. toda la casa.
--No me detengo, voy en pos de Poinsart y de Cupples.
A cincuenta pasos, tomando por la calle real, medio hundida, descubrí la casita de madera de Poinsart, mecánico excelente.
Es M. Poinsart chiquitin, colorado, alegre, de nariz roma y movimientos listos, recalca la r para hablar, sus pequeñitos ojos son el asiento de la malicia y el buen humor.
Entre exquisitas pinturas, relojes, formones, máquinas para destilar agua, telescopios y serruchos, tiene M. Poinsart sus poetas favoritos, ostenta su intimidad con Beranger, tutea á Voltaire y se da sus ratos de solaz con Alfonso Karr, con Dumas y con Alfredo de Musset.
Al descubrirme, me saltó al cuello este viejo querido, me tomó del brazo y no lanzamos nuestra primera palabra sino frente á dos vasos de cerveza, riendo sin saber de qué, pasando alegre revista de nuestros amigos y extraviando la charla por los más escondidos vericuetos de la íntima confianza....
--¡Eh! amigo Elliot, aquí, aquí, venga vd., aquí está D. Guillermo.
Y Elliot, que es un gordiflon muy campechano, se entró en mangas de camisa, como andaba en la calle, en el _bar-room_, y quedamos aplazados para cuando volviese de la casa de mi Dr. Cupples.
La botica en que refrescaba en los dias de grandes calores habia desaparecido; la opulenta casa de los Sres. Gonzalez estaba trasformada en oficinas militares y despacho del General Ord, la reducida piececita del Correo era una casa de comercio y el Correo tenia su edificio separado, elegante, y con todas las dependencias que exigia el acrecimiento de la poblacion.
Llegué por fin solitario, apoyado en mi baston, silencioso y meditabundo, al que fué nuestro hotel y hoy es habitacion del Dr. Cupples.
La casita desaparece casi en raudales y cortinas de follaje que cuelgan y se balancean sobre el jardin más lleno de vistosas flores y más esmeradamente cultivado que se puede imaginar.
Lo que ántes era patio posterior, era jardin tambien, pero lleno de corpulentos árboles con sus calzadas de menuda arena, sus _kioskos_ y sus enredaderas en los pilares del corredor inferior.
La aparicion en tropel de mis recuerdos; la ausencia eterna de mi adorada compañera de infortunios; la separacion de mis hijos; el fin trágico de Patoni; la situacion de Ortega, todo me preocupó y llenaba mi alma de tal modo, que no percibí que Katty, que es ya una lindísima señorita, desde el corredor superior de la habitacion apartaba las yerbas y veia y seguia los movimientos del viejo, que con los ojos clavados en el suelo permanecia mucho tiempo entregado á profunda contemplacion.
Sin duda para saber quién era el visitante inmóvil, hizo algun ruido; levanté mis ojos, oí mi nombre, y la linda muchacha vino gritando regocijada los nombres de María y de mis hijos: como si hubiera sido mi hija, queria darme el brazo, quitarme el sombrero, llevar mi baston, que me rodearan las criadas y criados, y que Lora, su mamá, que fué de nuestra familia, hiciese festin y mandase llamar al doctor.
¡Qué lindo se platica cuando las palabras solo son pretextos de lo que se dice y siente el corazon! ¡qué de palabras cortadas! ¡qué de risas intempestivas! ¡qué quererlo saber todo y que todos escuchen lo que á nosotros nos halaga y saboreamos como empapado en almíbar!
Venia en la calle el doctor, y Katty ya me anunciaba como una feliz nueva, viniendo á mis brazos el noble y generoso amigo, á enorgullecerse de tener lugar distinguido en mi corazon.
El Dr. Cupples es inglés de sangre pura y aristocrática: su cútis es suavísima como la de la más cuidada señorita; sus cabellos, en hilos de oro y plata, embellecen su frente luminosa, y en su mirada se abre paso la sabiduría, entre los reflejos de la bondad.
La voz de mi doctor es apagada y quejosa, pero llena de dulzura; todo lo grande del sentimiento; todo lo más elevado de la ciencia, tienen su culto en aquel noble corazon y en aquella clara inteligencia.
--¡Oh, D. Guillermo! ¡mi D. Guillermo!
--No quiere tomar nada, dijo Katty.
--Vea vd., D. Guillermo, su cuarto, su mesa y las plumas con que escribia.
--Lora, ve á traer esa buena cerveza que es la del Sr. D. Guillermo: ¿dónde está su equipaje? ¿ya avisaron lo que come D. Guillermo?
Y todo eran finezas y todo cariño. Anuncié la visita del Sr. Gomez del Palacio; se recibió con júbilo la noticia y quedamos aplazados para comer en familia, frente al jardin, pasándose invitacion especial á Gomez del Palacio y á Mr. Suvervielle, que es conocedor de nuestras costumbres, de nuestras leyes y de los negocios de la frontera, como muy pocos mexicanos.
A mi regreso al hotel, iba entrando, ya en el Correo para hacer conocimiento con el nuevo edificio, ya á una fondita en la que me llamaron la atencion las banderas mexicanas, y tiene el nombre de "San Luis Potosí," ya á la casa de Elliot, ya á una tienda en que abracé á Pascual Hernandez y departimos contentos, recibiéndole ofrecimientos generosos.
En el hotel me entregaron una tarjeta del Sr. General Ord, que habia estado dos veces á buscarme.
Con motivo del paso de las fuerzas americanas á nuestras fronteras, habia yo escrito en _El Sun_ de Nueva-York, tres ó cuatro artículos vehementes en contra del atentado, y habia rechazado aseveraciones deshonrosas del Senador Sleicher, al parecer enemigo irreconciliable de México.
Yo no tenia deseo de ver al General Ord; pero aquella demostracion de finura, me hizo concertar con Gomez del Palacio nuestra visita para el siguiente dia.
Otra de las tarjetas era del Sr. Leal, mexicano y padre de una familia adorable, en que forman atmósfera deliciosa la bondad y la alegría.
Por el momento, la gran cuestion era comer con el doctor y su familia; expuse á Francisco mi compromiso, suplicándole á nombre de mis amigos que nos acompañase.
Limpieza suma, manjares excelentes, amigos alegres, señoras como ángeles.
A las pocas palabras, el doctor y Francisco eran como viejos amigos. Suvervielle dió suelta á su verba francesa, Katty hacia sus monerías y se volvia niña de seis años, como cuando le enseñaba yo las primeras palabras que supo en español.
En la tarde y la noche de ese dia me ocupé en buscar á un amigo á quien me recomendó Cárlos Mejía, quien lo es mio muy querido y una de las personas que mejor conocen los Estados-Unidos, y á quien no da la valía que merece su excesiva modestia.
A ese caballero y á mi hermano Francisco Urquidi, debo las siguientes noticias de Texas, extractadas del discurso del Gobernador Kubber para la exposicion de Filadelfia, en Setiembre de 1876. Atencion al extracto:
"HISTORIA.--Al anexarse Texas á la Union se reservó la propiedad de todos sus terrenos públicos, que ascendian entónces á cerca de 200.000,000 de acres, y el derecho de dividir su territorio cuando fuese su voluntad hacerlo entre los demás Estados, lo cual no tendrá efecto, dice el discurso, hasta que se olvide San Jacinto y el martilogio del álamo, porque la anexacion nada costó á este Gobierno, y Texas pagó su propia deuda, que importaba algunos millones.
"AREA DEL TERRITORIO Y TOPOGRAFIA.--Texas es el más grande de los Estados americanos, mayor en extension que Nueva-York, Pensylvania, Ohio, Virginia, Maryland, Delaware y los seis Estados de Nueva-Inglaterra juntos--más de 175.000,000 de acres de tierra--274,360 millas cuadradas de territorio.