Viaje a los Estados Unidos, Tomo III
Part 25
¿Quién lo creerá? Me ha puesto de excelente humor la intempestiva presencia de unos girasoles, unas violetas y otras flores de mi antiguo conocimiento, cortejando y engalanando hermosísimas milpas. ¿Cómo andamos ahí, caballeros girasoles? ¿han tenido vdes. noticias de nuestra tierra? Supongo que vdes. están aquí de paso.... ¿y vdes., señoras mazorcas, qué tienen que hacer tan distantes
De la tierra del atole De la tortilla y del tamal? ¿Por qué vienen á estas tierras De _trinquis fortis_ y _tobac_?
En efecto, las sementeras, las aguas cristalinas corriendo entre los surcos de las milpas, el aire tibio y sensual, las hermosas lomas y los blancos caseríos, me hacian la ilusion de que un pedazo del cielo de mi patria me cobijaba.
Los pocos de cara despercudida que nos encontrábamos en el incómodo tren, fraternizamos en un decir "Jesus," y en español, en inglés, en frances y en italiano, soltamos la sinhueso, entendiéndonos á medias y sacando una que otra hebra de buena inteligencia entre aquellas marañas de palabras.
Por supuesto, el tema favorito de la conversacion fueron las rarezas de los yankees; tema rutinero, es cierto, pero que se desea explotar para formar repertorios de novedades; y así como hay viajeros que yendo á España ansían por encontrar quien los salude en són de bolero y al repique de las castañuelas, y viajeros que yendo á México se desencantan de no hallarnos con el carcax al hombro y el arco en la mano, así queremos á fuerza que el yankee sea todo extravagancias, y cuando nos lo encontramos hombre como todos, nos pelamos las barbas de coraje.
Cierto es que el _wagg_ ó gracioso, lo propio que el original ó _excéntrico_, tienen su boga y su prestigio; pero es cierto tambien que muchos payasean el papel y son impertinentes y groseros.
Yo contaba, refiriéndome á algunas singularidades que habia visto, que en mi primer viaje á Orleans, navegaba en el magnífico vapor "John Steefens," en que hacian su travesía multitud de viajeros, algunos de ellos de regreso de California, donde habian improvisado sus fortunas.
Entre esos viajeros habia uno grueso, cargado de espaldas, y de pelo rubio y entrecano, fumaba sin cesar, y donde quiera se abria de piernas, se tendia en banca ó silla, deteniéndose, mejor dicho, colgándose de la nuca con desvergonzado abandono.
No sé con qué motivo, álguien le preguntó de dónde venia y adónde se dirigia, con ese desplante que tienen para hacer preguntas los yankees mal educados.
--Vengo de California, donde fuí por un dinerito; voy á Durango á ver una muchacha que quiero mucho, y me caso con ella.....
No atino por qué, respuesta tan sencilla despertó la curiosidad, y á poco se le presentó otro viajero y le dijo:
--¿Vd. va á Durango?
--Sí, señor, vengo de California, donde fuí á recoger un dinero, y voy á Durango á ver una muchacha que quiero mucho, y me caso con ella....
No habia concluido su relacion el viajero, cuando llegó otro curioso y le interpeló:
--¿Va vd. á casarse á Durango?
--Sí, señor, contestó el yankee, vengo de California, donde fuí á recoger un dinerito, y voy....
Aquí llegó otro personaje.
--¿Vd. es el que viene de California?
Entónces el interrogado viajero les dijo:
--Esperen vdes. un momento.
Entró en su cuarto y volvió despues de un rato con un cuarto de papel blanco pegado en el sombrero. El papel decia: "Vengo de California, donde fuí á recoger un dinerito, etc., etc."
Fija su noticia en su sombrero como en un poste; se puso á leer su periódico, dejando que yentes y vinientes se fijaran en lo que decia el papel de su sombrero, sin dársele un ardite de lo que dijeran los lectores celebrando la ocurrencia.
--Pues ahora, dijo otro compañero de viaje, contaré á vdes. un rasgo de un yankee expedito, que merece figurar en esa coleccion.
Me encontraba en una barbería del Kentuky, cuando llenando la pieza, hundiendo el suelo y haciendo gemir el asiento que ocupó, se me puso al frente un personaje que era un cetáceo de carne humana, con un envoltorio estupendo bajo el brazo, envuelto en esas sábanas impresas que son sus periódicos.
El hombre del Kentuky depositó su carga en el suelo y pidió que le desmontasen cabello y barba.
Cumplió el barbero con su deber, dándole una tunda tremenda con navajas, cepillos, escarmenadores y uñas rajantes como las del tigre.....
Concluida la operacion _quirúrgica_ del aseo, se inclinó el atleta sobre un lavabo, y con un jabon arenisco como de piedra pómez, se dió una raspada, que equivalió para mí á la sensualidad de desollarse vivo.
Despues se introdujo como furtivamente tras la armazon de la barbería.
La facha del hombre aquel me pareció repugnante; pero su desbarajuste, sus harapos, su mugre, sus botas despedazadas, lo hacian insoportable.... Sin embargo, seguia sus movimientos con curiosidad.
De repente, de por el lugar donde el rinoceronte aquel habia desaparecido, salió un caballero perfectamente vestido, airoso, de fieltro flamante, de calzado lustroso.... me pareció un banquero.... Era el mismo personaje del Kentuky, que habia hecho su trasformacion de pié y como quien se baña, dejando su equipo, ó como quien dice, su piel antigua, para que la tiraran á la basura......
Reímos del desenfado del de Kentuky, y un españolito de la primera tijera con el pelo de la dehesa, nos dijo:
--Pues á mí, fresquecito me acaba de acontecer un percance que me dijeron que era de un chistoso, y que me tostó la sangre.
Era un dia de Norte; la gente tiritaba, yo no tenia maldito el frio.... y por otra parte, estaba desprevenido contra aquel malhumor del cielo.
Así es que no fué obstáculo para que saliese á la calle, mi pantalon de lienzo y todo mi equipo de verano.
El lance fué en Orleans, y el teatro representa una casa en que se venden ostras, frente á la Levé.
Me azotaba la cara el cierzo: para refocilarme, resolví echar un buen trago sobre una docena de ostiones. Dirigíme á la casa susodicha; tras de la puerta estaba un viejecillo en cuatro dobleces, con más envolturas que regalo de novia.
Pedí en el mostrador las ostras y el Jerez, sin cuidarme del avechucho aquel de detrás de la puerta; pero éste me llamó, y despues de dar dos ó tres fumadas á su pipa, me dijo con voz agridulce llena de malicia:
--Ese pantalona está perdido por hoy....
Un tanto molesto, pero no queriendo ser descortés, le repliqué:
--Es cierto; pero salí con precipitacion....
Me volví al mostrador, tomé un plato y dije al viejo:
--¿Vd. gusta?
--Gracias, gracias.... aunque diré á vd. que ese pantalona está perdido por hoy....
--Pues vea vd., á mí no me importa.
--Justamente.... dijo el viejo.
Tomé mis ostras, bebí mi trago.
El viejo se puso en pié y me dijo:
--Siempre me permito, señor, decir á vd. que ese pantalona está perdido por hoy....
--Pues yo usaré el pantalon que se me dé la gana, está vd., y á vd. no le va ni le viene meterse en mis negocios; y si no fuera vd. viejo, le corregiria por imprudente.
--Tal vez lo mereceria.... añadió el moscon aquel; pero diré á vd. en mi conciencia, que ese pantalona está perdido por hoy....
Yo estaba al saltarle al cuello al viejo ridículo.... los dependientes de la casa reian... uno de ellos me dijo "que aquel era un caballero excelente; que usaba aquellas bromitas precisamente con las personas que le simpatizaban; que era un excéntrico...." En efecto, me brindó con una copa, y me encontré con el hombre más amable, y á quien quise mucho.... pero me dió un tabardillo.
Los dichos agudos que se citan de los americanos, tienen un carácter peculiar.
--No irriten vdes. á la Francia, decia un compatriota de Víctor Hugo, porque cada frances vale por tres _yankees_.
--Bien, bien, decia con flema el hijo de Guillermo Pen, ya les pondremos cuatro yankees.
--¿Por qué usan muchos de vdes. una sola espuela cuando montan á caballo?
--Porque el otro medio caballo nunca se queda atrás, respondió el yankee.
--Pondré á la vista de vdes., interrumpí yo, el retrato de un yankee de mi particular estimacion. Es uno de mis conocimientos más cariñosos de Nueva-York:
UN YANKEE.
Tengo un amigo: no entiende Palabra de castellano, Y cuando me da la mano Parece que no comprende.
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Yo nada pesco de inglés; Pero si al paso le encuentro, Hállome como en mi centro Y á todo le digo: _yes_.
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En frecuente ir y venir, Con él placentero vago, Y es mi encuentro un solo trago De espumoso _Laguebir_.
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Ayer, despues de una espera, Lo percibí, y muy formal Se montó en el barandal Y así bajó la escalera,
* * * * *
Dizque por verme de prisa Porque iba en el quinto piso: Yo le contemplé indeciso Entre el espanto y la risa.
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Cruzábamos como hormigas De gente entre un peloton: El me alzó.... y á un carreton Me colocó entre unas vigas.
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Iba, lo juro, en un ¡ay! El, satisfecho y contento, Miraba mi aturdimiento Y exclamaba alegre: _¡juay!_
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Parece el yankee hombre fino, Cadena y anillos de oro, En sus modales decoro, No procaz, no libertino.
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Fuimos, tomamos cerveza; Pero ¡oh desgracia y oh chasco! El cielo soltó un chubasco De chupete, de grandeza.
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Era nuestra calle un rio; El sacó tres ocasiones El reloj, de ocupaciones Indicio: tambien vió el mio.
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Me hizo seña de salir, Me _atranqué_.... me dió la mano, Y muy fresco y muy ufano Se alistó solo á partir.
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Y sin el menor recelo, De levita, bien plantado, Se quitó media y calzado, Quedó con el pié en el suelo.
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Mirarlo me calosfrió, El me contempló riendo, Alegre al partir diciendo: _No difference_.... y corrió.
En estas pláticas llegamos á Menphis, capital del Mississippí, donde descansamos hasta las cinco y media de la tarde.
La estacion es un jacalon á la rústica; tiene adherido, como un lobanillo, un cuartito con las pretensiones de _restaurant_, y obsequia al viajero á su entrada, un tendajo con su aparador con botes de conservas y _pikles_, licores, _queques_ y carnes frias.
Calles en iniciativa por aquí, tablazones por allá, grandes edificios con cristales, aceras intermitentes, duda sobre si se trata de una poblacion que espicha entre tablones y escombros, ó una sociedad que nace de entre el lodo y la yerba. Por supuesto que negrea de habitantes la poblacion.
A la salida del tren admiramos campos hermosos, horizontes risueños, fincas rústicas y ganados.
Menphis toma creces momento á momento: el tráfico, que alimentan Galveston y Texas, lo desarrolla poderosa la comunicacion con el Palestine Longvieu Troup; y colonias, en que palpita enérgico el trabajo y se desarrolla el comercio, hacen que Menphis proceda como á saltos y por improvisaciones, á su engrandecimiento.
Sobre todo, la nueva y poderosa empresa del ferrocarril del Pacífico (Souten Pacifique), llevará al Oeste las comunicaciones, en tres dias ménos que el actual ferrocarril que hemos recorrido.
Las nieves no paralizarán la nueva vía, produciendo grandes ahorros y haciendo regular el tráfico; los intereses agrícolas cobrarán creces invencibles, y los Estados del Norte sufrirán una crísis de incalculables consecuencias. Triunfará entónces la libertad mercantil, tomará otras fases el contrabando.... y nosotros.... nosotros.... arrogantes con el proteccionismo, compraremos unas chalupas para poner murallas á nuestros mares, y salvar los intereses de nuestras industrias protegidas por el Gobierno.
Apénas saliamos de Menphis, cuando como que nos salió al paso de entre las chozas y las milpas, el Mississippí, con toda su magnificencia.
Como corcel impetuoso que sorprendido por la presencia del torrente, echa hácia atrás el cuerpo, estriba en las tirantes patas, resopla asustado y queda trémulo sin avanzar.... así, como dotado de instinto y de vida, quedó el tren.... La vía férrea se abrió y desarticuló en secciones.... un buque que se hallaba á la orilla, se acercó como gente á tender su mano.... y pasar en sus hombros el tren.
El buque tenia sus rieles, que ajustaron perfectamente, por una série de operaciones rapidísimas, á la vía de tierra: la locomotora enmudeció, despues de rezongar con extrañeza, á la vista de aquel embarque extraordinario.... Estábamos embarcados con todo y wagones, y navegamos cortando de lo lindo las aguas del rio....
El jefe de aquellas maniobras, aunque lleno de tizne, con sus manos callosas y su mandil, parecia un hombre educado, conocia el español y lo designaban como ingeniero y mecánico muy hábil....
No sé cómo tuvo conocimiento de mi insignificante persona, de mis coplas y de mi admiracion á Mr. Bryant. Yo habia seguido con admiracion sus movimientos, por su destreza y atrevimiento. ¿Quién habia de creer que aquel jóven era un literato con pasion por los autógrafos, como otros muchos? Cuando estábamos del otro lado del rio, y yo materialmente absorto de la temeridad de nuestra travesía, se acercó el jóven por uno de los postigos del coche y me dijo, sin más cincunloquios:
--¿Vd. quiere ponerme en esta cartera su firma, Sr. Prieto, mexicano....?
--Con mucho gusto, respondí.... y no solo mi firma, sino una cuartetilla que se me escurrió, sin sentirlo, de la punta del lápiz.
Me dijo no sé qué cumplimientos con tan tierna expresion, que yo le pedí escribiese en mi (_carnet_), librito de apuntaciones, su nombre, y él, con unas letrotas como nueces, puso:
Julio 30 de 1878. Querido de Prieto. H. B. NUTT.
En Litl Roch, conjuncion de los caminos del Norte y el Oeste, cambiamos carruaje para continuar á San Antonio.
El nuevo wagon contenia viajeros de todas partes del mundo, que iban en calidad de colonos á Texas.
Era como el resíduo, como los harapos humanos de todo el globo; eran los Cuasimodos de todas las naciones, como regados sobre el fondo negro de la raza africana.
La marcha del tren era lenta, el camino fangoso, la luz del interior del wagon amarilla y enferma, la atmósfera espesa y pestilente.
Para que no nos faltara ningun disgusto que sufrir, como ataques de estornudos intempestivos, como invasiones nerviosas, yo no sé con qué motivo acometieron accesos de risa y alegría, á negros, negras y negritos, circularon de boca á boca botellas, reventando de _wiskey_, desenvainaron de no sé dónde unas guitarras los hijos de la tiniebla, sonaron los palillos, que repican como castañuelas, y aquello fué fandango.
Francisco, de un salto, se puso fuera del wagon, y se colocó en la plataforma, echando chispas; otros tres viajeros lo seguimos, resueltos á pasar la noche á la intemperie, ántes que estar en aquel infierno.
Entre los viajeros que nos seguian habia un hombre vestido de cuero, bruscos movimientos, aunque se conocia que eran afectados, y callosas manos; pero su fisonomía formaba contraste.
Era un hombre de semblante apiñonado, un tanto pálido y de ojos negros; el cabello descuidado, pero finísimo; la boca con el labio superior algo levantado, y la barba y el cuello de persona de alta distincion: desde que entramos al wagon, Enrique, á quien discretamente llamaremos así, nos colmó de atenciones, hizo que sus criados nos sirviesen y se captó nuestra voluntad.
Preguntéle si era español; me dijo que era mexicano; y en efecto, le era conocida no solo nuestra historia, sino peculiaridades de colegio, que convirtieron casi en íntimas nuestras nacientes relaciones.
Por su parte, para Enrique el nuevo conocimiento se advertia que le era muy grato; pero cuando Francisco y yo hablábamos de nuestras familias, se le veia hondamente afectado, y aun me pareció ver alguna vez que con disimulo enjugaba una furtiva lágrima.
En el grupo que formábamos los cuatro prófugos de la orgía, no daba luz alguna; sospechábamos movimientos y fisonomías, la noche era oscurísima, el carruaje marchaba lentamente; era un paseo en la barca Caron, porque nos deslizábamos como sombras.
Alguno me dijo:
--Aunque sea un cuento, cuéntenos vd., _Fidel_; ya este es mucho fastidio.
--A tí te toca, Francisco, que eres el que ménos hablas: haz ahora el gasto.
--Enrique, Enrique que es el más jóven, tiene obligacion de entretener á los viejos, dijeron los otros.
--Allá voy, dijo Enrique. Voy á contar á vdes. la historia de Fernando Verjeles, historia que me trajo por estos mundos, como por incidencia, _por tabla_, como dicen los jugadores de billar de nuestra tierra.
Ya advertirán los lectores que aunque Enrique supuso el nombre de Fernando, él realmente era el héroe de la novelita que voy á referir, aunque sin la naturalidad y la gracia que lo hizo Enrique, y sin el atractivo que le comunicaron las circunstancias particulares en que me encontraba.
Enrique, despues de anunciar su cuento, quedó con la cabeza inclinada. Acaso dudaba hacernos su confidencia; pero, como supe despues, superó en él la idea de vindicarse de la nota de bandido ó de traidor. Tan absorbido estaba en su meditacion, que fué necesario que le dijéramos:
--Estamos esperando el cuento.
Volvió en sí como quien despierta, y habló como sigue:
--Era de por estas tierras Fernando, pobre como Aman y entusiasta y ambicioso de gloria como César ó como Goethe.
Una madre anciana, una camisa sin parentesco con otra alguna, y un firmamento de esperanzas en el cielo de su alma, hé ahí su patrimonio.
En medio de tan escasa fortuna, su alma estaba dotada de la alegría, luz intensa, flor de ricas esencias que perfuma todos los caminos y corona de encantos la frente misma de la adversidad.
No sé qué traza se dió Fernando que resultó en México, como llovido del cielo, con su tierna madre á quien idolatraba, y se estableció en una casuquita interior en la calle de las Gallas, sin otro amparo que el del mismo cielo.
Un banco de cama tartamudo de piés, una mesa de palo blanco con una espina dorsal en el centro, que le quitaba toda utilidad, cinco trastos para guisos y servicio de mesa, una silla desfondada, pero conservando gravedosa su figura, y otra que mantenia al ocupante en cuclillas, hé ahí el ajuar de la casita de Fernando.
No obstante, con el brío y la entereza de que estaba dotado, entróse de capense en Letran, captóse la voluntad de Lacunza, y á poco el Dr. Arrillaga, capellan de Santa Brígida, le abrió de par en par las puertas de su confianza, y caten vdes. á mi capense con seis reales diarios, por escribir sermones y polémicas teológicas.
Doña Pepita, santa y nobilísima mamá de Fernando, tuvo su criada, apareció deslumbrante un espejillo en la desnuda pared de la sala, hasta media docena de sillas de tule iniciaron el ajuar, sintióse en la cocina calor y en la hornilla la alegre algarabía de las frituras.
Fernando trabajaba sin cesar, estudiaba, escribia, pronunciaba discursos y hacia unas coplas tales, que era el Campoamor de todas las costureras de modista, y el Zorrilla de todos los amantes de tres al cuarto y escasa fortuna.
Patio no lo habia en la casa, las piezas se encerraban en dos; no quedaba más campo á la inspiracion que la azotea, y la azotea fué el templo del ingenio y el pedestal de las soñadas glorias de Fernando.
Su hablar recio, sus aspavientos frente al sol poniente, sus apóstrofes apasionados á los horizontes y á las montañas, dieron cierta celebridad al poeta, con recamareras, cocineras, y niñas entregadas á la costura, frente á exíguas ventanillas que les regatean hasta pedazos de cielo.
Capotin destrozado y lleno de chorreones, sombrero independiente de toda línea y conformacion regular, calzado en desavenencia eterna con el pié, corbata buscando una tangente sobre el hombro, escondiendo uno de sus extremos como víbora en la abierta camisa, alborotado sobre la frente el rubio cabello, cubriendo casi los vidrios de sus anteojos, pero alegre, ufano, decidor y atrevido, he ahí á Fernando en sus paseos sobre las alturas, como ave torpe que sube á la cima del árbol, ensaya sus alas y las recoge triste desconfiando de su fuerza.
Paseando la azotea y espiando hácia abajo, ya por aquí, ya por allá.... le llamó la atencion en el centro de una azotehuelita reducida, un jóven vestido con cierta compostura, aunque muy pobremente.
Era levantado sobre la frente su rubio cabello, lleno de carrillos y gruesa papada, boca grande, pero con dentadura blanquísima, y unos ojos que tenian el reflejo del topacio.
Nada le pareció más perfecto que sus manos de alabastro, tan bien hechas y aristocráticas, que parecian haber sido modeladas para las caricias.
Estaba el jóven sentado en una sillita baja, de las que llaman de costura las señoras de nuestra tierra, y tenia en sus rodillas una de esas tablas que hacen una curva en uno de sus lados, de las que se servian en aquella época los sastres infelices para sus cortes y arreglos.
Sobre la tabla habia un lienzo; parecia trazar con una uña de jabon unos pantalones.
A la derecha del incógnito jóven, en otra sillita pequeña, habia abiertos unos libros, y una tira de papel con un lápiz descansando sobre ella.
El jóven trazaba su pantalon, tarareando no recuerdo qué; pero de repente apartaba los toscos lienzos y se entregaba á profundas meditaciones sobre su libro, haciendo apuntaciones.
Yo (digo, Fernando), tras el pretil de la azotea, todo lo veia, y veia, como entrada á la casa, una pequeña pieza que era la cocina, donde no habia percibido gente....
De repente el sastre-literato gritó: "¡Leonor!" y formándole marco la entrada á la cocina, vió Fernando una mujer de rara hermosura, que tal vez por lo inesperada le deslumbró.
Era la jóven delgada, pálida, augusta en su porte y en su inocente majestad.
Bajo su cabello negro se veia su semblante de alabastro, como bajo una nube un horizonte luminoso; sus grandes ojos negros resplandecian coronados por sus largas pestañas, que sombreaban la parte inferior de sus ojos; su nariz, de delicadeza griega, llevaba la vista á sus labios, que se habrian podido cerrar con el pétalo de un clavel, y su barba y su torneado cuello, como que abandonaban la provocacion al encanto, para glorificar aquella hermosura angélica.
Vestia Leonor humildísima muselina azul; pero el trage, tan limpio y bien tallado, que parecia orgulloso de estar al servicio de semejante dueño.
Formaba contraste con el primer aspecto de la hermosura severa, el regocijo, la gracia realmente infantil con que se acercó juguetona al jóven rubio.... tomó de sus manos el proyecto de pantalon, se sentó á su lado y comenzaron su trabajo; la una cosia, el otro estudiaba, y se interrumpian y cantaban en el colmo de la felicidad.
Unas veces suspendia su trabajo la niña, para tomar la leccion al hermano; otras el hermano daba su voto acerca de los pantalones, siempre riendo y como el cuchichear de dos alegres golondrinas.
Fernando estaba endiosado, no queria abandonar aquel espectáculo; el sol recogia en Occidente sus últimos rayos, y en la pared de la azotehuela se dibujaba perfectamente el busto del intruso espectador....
El jóven literato lo advirtió y alzó la cara: vió á Fernando y le dió las buenas tardes, sin abandonar su alegría.
--¿Qué hace vd. por ahí, amigo?
--Este es mi salon de estudio.... un poquito más grande y mejor ventilado que el de vdes. Este es un taller al aire libre, con mejores vistas....
--Pero de muy difícil subida, dijo Leonor.
--Diré á vd., señorita, las subidas son relativas á la altura de las azoteas.
--De todos modos, á mí no me podria acompañar Leonor.... y me hace falta.... ya vd. lo ve.
--En cambio, yo puedo deshacer mis pantalones bajando, con ménos trabajo que los que vdes. hacen, segun veo....
--¿No gusta vd. de pasar? le dijo el jóven á Fernando.