Viaje a los Estados Unidos, Tomo III

Part 12

Chapter 123,941 wordsPublic domain

Entramos al hospital: por supuesto que carece de patio, y este me parece grave inconveniente, aunque le ví subsanado con otras muchas ventajas.

En el salon de recepcion estaba una señora escribiendo, y al solo verla, me prendó su compostura, la decencia de su porte, la amabilidad exquisita de su trato.

Es la señorita Jhonson, que así se llama la persona á quien nos dirigimos, una de las empleadas subalternas que dependen de la Junta Directiva del hospital, compuesta de señoras de distincion.

Alta, con el cabello cano cayendo en esmerados rizos sobre su frente de nieve, ojos negros, y los destellos últimos de una notable hermosura. Oyó nuestra pretension, quiso complacernos ella misma, se inclinó al suelo, alzó un extremo de su vestido con sumo garbo y se dispuso á conducirnos, con tal gracia y desembarazo, que, ¡vamos! me subyugó.

Antes de emprender nuestro viaje por elevador y escaleras, nos mostró grandes lápidas de mármol en que estaban inscritos muchos nombres.

--Esos nombres, le dijo á Enrique, son de los creadores y sostenedores del establecimiento, porque el Gobierno compra con una pequeña subvencion el derecho de asistencia hasta para veinte enfermas.

Los socios, porque allí no se decantan los bienhechores, que dan por una vez dos mil pesos, pueden mandar cinco enfermas, es decir, tienen cinco camas disponibles en este hospital.

Ahora verán vdes. poquísimas enfermas; en esta estacion se trasladan á lugar ménos caliente, y entre tanto, como vdes. ven, se hacen las reparaciones del edificio.

En cada uno de los cinco pisos á que ascendimos por un elegante elevador, hay celdas para las enfermas de más distincion, cuartos para las consultas de los médicos, salas con sus útiles para operaciones y comedores para las enfermas convalecientes; todo sin lujo, pero con extraordinario aseo, decencia y propiedad.

En los cuartos ó celdas se ven muebles en que se ha consultado la comodidad, el desahogo y hasta el solaz de las enfermas. La ventilacion de estos cuartos, lo mismo que la de todo el edificio, consiste en séries de combinaciones á cual mejor y más oportunas.

Unas veces la parte superior de la vidriera que forma semicírculo se abre hácia arriba, como un labio, y establece corrientes con ventiladores que se hallan al ras del suelo, sin que se sienta el menor aire en las camas de las enfermas.

En otras piezas, en sus rincones, están incrustados tubos con horadaciones que hacen que el viento circule en la direccion que se desea.

En el descanso de cada piso están situados los cuartos para las veladoras ó vigilantes, además de las que velan á las enfermas.

Inmediato á cada salon se ve en cada piso un grande almacen con ropa, colchones y lo necesario para mantener en estado perfecto de aseo todas y cada una de las camas.

La lavandería, la cocina y las dependencias todas de este hospital, son la realizacion del ideal, todo lo que pueden tener de más práctico la caridad y el bien.

Enrique me decia:

--Como este hospital hay muchos: el de Belevue es un modelo, y hay verdadero esplendor en cuanto á los aparatos é instrumentos médicos que se fabrican en los Estados-Unidos con toda perfeccion, aunque haya persona que prefiera los franceses.

En estas conversaciones descendimos las escaleras todas, siempre conducidos por nuestra amable guía.

Estábamos en un extenso salon dividido por hileras de columnas y dispuesto con extraordinaria decencia, con sillas, mesas y cierto aparato de bienestar.

--Este es el _bassement_, me dijo la señorita Jhonson, y el salon el que se destina á las consultas de los pobres.

Los médicos todos del establecimiento tienen obligacion de pasar aquí cierto tiempo atendiendo á las consultas de los infelices, suministrándoles la casa, las medicinas y los cuidados en operaciones ligeras.

--Además, añadió Enrique, hay multitud de boticas que tienen sus asignaciones para los pobres, sostenidas por las Juntas de caridad. Es increible el número de personas que disfrutan de este beneficio, que en obsequio de la verdad, desempeñan siempre con el mayor gusto y con provecho, porque aquí la gran dificultad es darse á conocer.

Nada es exagerado, continuó con calor Enrique, de cuanto hayan dicho á vd. respecto de beneficencia y caridad en Nueva-York.

Como vd. ha visto, la grande iniciativa parte del impulso privado: el Gobierno se adhiere á lo establecido, desprendiéndose de la administracion oficial.

Con razon ha dicho el sabio Sr. Bachiller, que no es posible, en su juicio, que en ninguna otra parte del mundo tenga representacion más completa la beneficencia.

Las religiones todas compiten con ahinco en hacer prosélitos en el terreno del amor y del bien; la ciencia y la caridad en emulacion perpétua, inquieren todos los dolores para aliviarlos, todas las penas para prodigarles consuelo. Los ancianos, los ciegos, los dementes, el huérfano, la mujer abandonada, todos, ántes de hundirse, encuentran una mano que los salve.

En las inmediaciones de los templos; en los lugares más risueños por su posicion; en islas como Blackwell's, en medio de los campos, se levantan verdaderos palacios en que el amor brinda refugio á todas las miserias humanas.

Ya vd. ha visto el Instituto de ciegos; el de sordo-mudos es igualmente hermoso; en el Asilo de huérfanos se da educacion, hasta los 14 años, á 900 hospicianos. En el edificio de niños vagabundos se alimentan más de 700, año por año.

El término medio de emigrantes socorridos en su hospital peculiar, es de 450 personas. En la casa de industria, seiscientos niños han hallado amparo y trabajo.

Y todo esto sin ostentacion, brillando en todas partes el órden y la moralidad más pura, sin que nadie haga objeto de su explotacion, ni relacione con su posicion oficial, esta dedicacion santa al amor de los que sufren.

Alta, muy alta idea se cobra de los Estados-Unidos, con especialidad en un hospital y en una escuela. La libertad hace allí el apoteósis sublime del bien: la religion misma, como que se desprende de la influencia del interes sacerdotal, para entrar en la sacrosanta comunion de amor en que Dios se complace.

Los Informes de beneficencia y de educacion, puede presentarlos este pueblo como sus verdaderos títulos para ocupar rango eminente entre los pueblos más civilizados del globo; y esto lo escribo cuando rebosa hiel mi corazon, por lo injusto y lo depravado de la política de los politicastros, y de algunos gobiernos americanos respecto de mi patria.

La señorita Jhonson respondia á mis preguntas, completadas con señas; me explicaba, me tenia encantado con su finura, me estaba muriendo por aquella viejecita tan pura y tan linda.

Por supuesto que al despedirme, le solté una arenga que me tiene hasta ahora dulces los labios.

XIII

Mi tertulia.--Charla benéfica.--Iglesias Bautistas.--Casamientos.--Entierro.--Pick-nick.--"Reception,"--La Policía.--Las Comisarías.--Penitenciaría.--Blakwell's.--Barbaridades.--Huelgas de obreros.--Matanzas y horrores.--Un "meeting."--Mi viaje.--Mi tertulia.--Otra vez los huelguistas.--Reflexiones sobre los obreros.

Quede rendido de mi visita al Hospital de Mujeres: en la noche, y por vía de descanso, fuí á la casa de D. Ramon, en donde estaba, como nunca, animada la tertulia.

El calor era sofocante: á la entrada de la casa, que no puede llamarse zaguan, estaban las señoras y señores formales; las señoras, en una especie de balconcillo contiguo, tenian sus sillones; el resto de la concurrencia estaba en tapetes, sentada en los peldaños de la escalera. Los chicos subian y bajaban entre la concurrencia, juguetones y risueños.

--Mucho se habrá vd. entretenido en el Hospital de Mujeres, me dijo D. Pedro: cada uno de esos establecimientos tiene mucho que estudiar.

--En efecto, repuse yo; pero quedé rendido: al menor esfuerzo, me sale lo viejo por todas las costuras.

--¿Hay muchas enfermas? preguntó D. Ramon.

--No las pude contar, repliqué, porque han ido al campo, como es costumbre.

--No vaya vd. á creer, interrumpió Doña Ambrosia: ¿ve vd. ese gimnasio, y esas espaldas, y esas fuerzas de gañanes que tienen las mujeres? pues realmente son muy enfermas. Vd. figúrese: á los ocho dias de recibir éstas un niño de Francia, andan saltando como unas cabras por esas lomas.

--Vea vd., á mí me dijeron, que aquí reinan las intermitentes, las perniciosas, las reumas, la dicteria....

--Señores, dijo Adela, nos vamos á enfermar si seguimos platicando así. Fué vd. con tanto gusto al hospital, y no quiso ir al bautizo del otro dia que le habria divertido mucho más.

--Figúrese vd., dijo Juanito, que le dieron una zabullida en un estanque á la interesada, que se quedó tiesa.

--¿Qué me está vd. diciendo?

--Lo que vd. oye. En esas iglesias, así se hace, que lo diga D. Pedro.

--Son las Iglesias Bautistas, que como vd. sabe, tienen por institucion el bautizo de los adultos.

--En el centro de la iglesia hay un estanque con agua.

--Muy fria por supuesto, dijo Doña Ambrosia.

--Sobre el estanque se ponen unas tablas y se hace el bautizo, añadió D. Pedro.

--Papá, cuéntele vd. bien á _Fidel_; porque ha de saber vd. que hay muchísima concurrencia y cantos de dulcísima armonía. Cuando yo asistí á esa ceremonia, el sacerdote y una lindísima jóven de diez y seis años, estaban en el tablado.

--Iba la jóven vestida de blanco, como una nube, repuso Doña Ambrosia.

--Sus largos cabellos caian sobre los encajes y la trasparente muselina, añadió Juanito.

--Cuando nadie lo esperaba, cogió el padre de la nuca á la muchacha, y ¡zas! de sopeton la sumió en el estanque, dándole un sustazo de muerte: al padre no le sucedió nada, porque iba forrado de hule, dijo D. Pedro.

--Pues la muchacha estuvo de fortuna: yo he visto esa ceremonia en Washington: la tabla en que está de pié la catecúmena y descansa en el estanque, se zafa repentinamente, ella se sumerge, y aquello sí es cajeta: la rociada que llevan los concurrentes es para resfriarlos.

--Pues yo he visto más, exclamó Juanito: yo he visto en medio del invierno conducir en carretadas los negros, á bautizarlos en el Potomac, donde rompian el hielo con las cabezas: aquello sí era de encoger al más pintado. En cambio, los bautizos de los católicos se hacen como en todas partes.

--¿Y los matrimonios? pregunté yo esperanzado en saber algo de costumbres.

--De los matrimonios puede decirse, me respondió D. Pedro, como del bautizo: la ceremonia es con arreglo á los ritos religiosos.

--Hablemos de protestantes, dijo Adela, deseosa de complacerme y con la viveza que le es genial. Se anuncia el matrimonio, poniéndose á la entrada de la casa una cortina é instalándose en la propia casa dos policías.

En la puerta de la iglesia se pone tambien cortina.

La novia va vestida de blanco, como el dia de la primera comunion....

--Pero en la iglesia, todo es muy desairado, observó Doña Ambrosia: figúrese vd. que no hay arras, ni hay velacion, ni nada; se cambian muy friones los anillos, y se acaba todo.

--Pero, dijo D. Ramon, al salir á la iglesia, se les echa á los novios flores á manojos, y se deslizan sus botellitas de Champaña entre las ruedas del coche.

--Eso no es nada, insistió Doña Ambrosia; tambien dirá vd. que entre las flores suelen arrojar un zapato.

--Eso quiere decir, exclamó Adela con malicia, que aunque sea en un pié, debe salir á la calle la mujer.

--Ese es el orígen del refran de la mujer casada: "los piés quebrados y en casa," que tiene su equivalente en español.

--Si se llevara á cabo ese refran aquí, las mujeres se morian.... para una mujer, encerrarla es como enterrarla viva.

--Y ahora que hablamos de entierros, seguí yo, ¿es cierto que luego que muere alguno se le sepulta en hielo?

--Es mucha verdad, contestó Doña Ambrosia: ¡figúrese vd. qué sorbete!.... ¡si tienen estos hombres cosas!....

--Eso tiene la ventaja de que á nadie se le entierre vivo.... del mal, el ménos.

--Ya se ve.... el más vivo espicharia con semejante refresco.

--Hay tambien su comitiva de duelo.

--Muy corta, cuando en la casa mortuoria hay proporciones; porque en la casa se alquilan los coches: cuando son pobres, cada cual lleva su coche.

--Pero ya habrá vd. visto; la gente va como de paseo tras el carro fúnebre: no se conoce el luto, las mujeres y los niños parece que se van á un dia de campo. No, esa sí es una falta de caridad y de respeto al muerto, dijo Doña Ambrosia: ya se ve, llevan á la iglesia el cadáver y allí le descubren, y cada quien lo está mirando y observando como si se tratara de una estatua.

--Pues á mí eso me agrada, dijo Juanito.

--Pues hay gustos que merecen palos, dijo Doña Ambrosia amostazada.

Yo, queriendo que no degenerara en tristeza la conversacion, pasé bruscamente de uno á otro punto, diciendo á D. Pedro:

--De lo que no tengo ni remota idea es de un baile en una casa particular, si no es en San Francisco, en casas mexicanas.

En Orleans asistí, como aquí, á Pick-nicks de carácter público, y no á los dias de campo de familias, que contribuyen con un manjar para sus comidas íntimas, como suele suceder entre nosotros.

El Pick-nick se verifica en un jardin; se canta, se baila, cuchichean los novios y los niños juegan alegres.

Hay diversiones de esas que tienen carácter de _jamaicas_, como hemos visto en Orleans; y por último, en el mar, como la de _Rockway Island_, de que he hablado; pero baile en forma, no lo conozco.

--Yo he asistido, me dijo Adela, á lo que se llama _Reception_, que es en realidad un gran baile en que se ostenta lujo y esplendor.

El _Reception_ es de dia, á las dos ó tres de la tarde. La señora de la casa, que es quien ha hecho la invitacion, recibe á los invitados á la puerta del salon, con ramos de flores que les distribuye.

Se baila sin cesar cuadrillas y wals: la danza es desconocida casi.

En una de las piezas interiores hay una gran mesa con exquisitos manjares y vinos, entre los que el Champaña hace el principal papel.

No hay asientos al rededor de la mesa: las personas que desean refrigerarse visitan el comedor, comen con la premura que devora un _lunche_ un hombre de negocios, y sigue bailando, no como quien ha comido, sino como á quien se ha dado cuerda.

--Pero esos bailes, que duran hasta las nueve de la noche, solo se verifican en invierno. En la presente estacion no se visita; se quitan las alfombras y se envían á que se renueven, se pintan las casas, se reparan los muebles y todo el mundo está en el campo y en los baños, en que como en Saratoga, se vive la vida del hotel y es un perpétuo festin la temporada.

Eran las doce de la noche: los cafés y parques tenian concurrencia y se oian á lo léjos las locomotoras, rugiendo como leones.

* * * * *

Una de las cosas que más elogia y que más complacen al viajero que visita Nueva-York, es la policía, comenzando por el personal que siempre es escogido, aun tratándose del físico de sus individuos.

Visten levita y pantalon azul con botones de plata, guantes blancos de algodon y un sombrero de fieltro con sus borlitas de oro. Por toda arma usan una especie de grueso bolillo de dos tercias de largo, suspendido á su mano con un cordon.

Estos hombres rondan dia y noche la ciudad, aun los policías de los parques y paseos, que se distinguen porque su uniforme es gris y usan cachucha.

El _Mayor_ ó Prefecto de la ciudad, elige los Jefes y la Junta de Comisarios.

Hay superintendente, un secretario y una fuerza de poco ménos de dos mil hombres, con 35 capitanes, 133 sargentos, 75 vigilantes y 80 ordenanzas. El total de los empleados en este ramo, son 4,000 hombres.

El Cuerpo de policía se compone de hombres en todo el vigor de la edad, y se buscan verdaderos atletas, que dan gusto de ver.

Nada más interesante que ver á los policías entre la maraña de coches y el indescriptible tragin de Broadway, que cruzan por entre carros y caballos, llevando del brazo á un ciego, cargando un niño, y amparando, siempre respetuosos, á una jóven.

La generalidad paga con afecto las atenciones de estos caballeros, porque tal nombre puede dárseles, y aun la gente viciosa les considera, con excepcion de los ébrios, que ponen á prueba su paciencia.

Por lo que á nosotros toca, jamás hemos visto á un policía maltratar á un preso; nunca esa familiaridad repugnante con la gente perdida; en ninguna circunstancia faltando á las leyes de la buena crianza y del deber, abusando de la autoridad.

A todas horas del dia y de la noche se les encuentra por todas partes y es de su deber guiar al viajero, lo que para los extranjeros aumenta más la simpatía.

Las _comisarías_, que tienen funciones como en México, están situadas convenientemente en la ciudad, en número de treinta y seis, y son oficinas en toda forma. La oficina que yo ví en la calle de Greenwich, tiene su amplio despacho, con las mesas cercadas de un barandal de madera, su reloj y su telégrafo para comunicarse con la oficina de City-Hall, dar avisos, pedir auxilios, acudir al llamado del superior, etc. Este telégrafo presta á la ciudad servicios importantísimos.

Contiguo al despacho hay un salon con asientos, y otra sala pequeña en que los heridos reciben los primeros auxilios.

Dividido por un pasadizo pequeño, pero embutido entre los muros del edificio, como un gran dado en su holgada caja, hay un edificio pequeño formado de celdillas en que se asegura á los reos hasta por una noche, miéntras se les conduce á su destino.

El piso del cuarto es como un ataúd, con una puerta de barras de hierro; no podrian caber dos personas de frente dentro de aquellos cuartos, que son oscuros y malsanos. En uno de ellos habia detenido un niño porque habia cortado unas flores.

A mí me pareció cruel aquel modo de detener, aun á personas declaradamente criminales: cualquiera de las jaulas de fieras del Parque Central, me pareció en mejores condiciones de vida.

Habia visitado ántes en Blakwell's la Penitenciaría. Blakwell's es una isla en que hay hospital y edificios destinados á la beneficencia y al trabajo.

Allí se encuentra la casa de dementes, la de trabajo, el hospital y la penitenciaría, en que se tiene una detencion temporal.

La isla está al Este, y entre arboledas y risueños prados casi desiertos, se descubren los grandes edificios de piedra de cantería oscura, que negrea tristemente, como que va á morir en ellas la luz, y donde parecen condenadas á la expiacion las cortinas de enredaderas que trepan las paredes, dejando los claros de las ventanas, como hay muchas casas en la ciudad.

Desgraciadamente, la persona con quien hablé en la penitenciaría de Blakwell's, es de las muy pocas que he encontrado en los establecimientos públicos, ásperas y poco atentas con las órdenes y recomendaciones que yo llevaba; así es que ví mal el edificio y no puedo entrar en pormenores como quisiera. Diré, no obstante, lo que ví.

Figurémonos una inmensa galera de robustas paredes, con sus hileras de ventanas y su techo altísimo.

Dentro de la galera está construido el edificio, que es un cuadrilátero de piedra, de celdas en ala, con sus escaleras y su corredor de hierro en la parte exterior.

Ese cuadrilátero queda como una gran caja dentro de la galera, sirviéndole en la parte exterior de salones y de tránsitos á la vez.

El interior de las celdillas tiene el ancho de poco más de vara; yo me puse en las sienes las palmas de las manos, y tocaba con los codos los muros. El largo será de dos varas. En uno de los rincones hay una ironía de cama.

Todo lo demás del sepulcro es desmantelado: la luz le viene de la pieza exterior.

La puerta la forman barras de hierro, cubiertas de modo que solo queda un boquete para la respiracion de la fiera. Una gruesa barra de hierro asegura la puerta.

Parece que la prision es accidental y que en ella residen por vía de pena correccional; pero yo ví en las puertas papeles que indicaban la permanencia en aquellos nichos de panteon, de cinco ó seis meses, aunque esto no es comun.

Aquella soledad, aquellos muros, aquella escasa luz, me parecieron peores que la misma muerte.

Dicen que la prision no es solitaria, y en efecto, ese sistema está del todo abolido; pero lo existente es brutal, es salvaje; convierte en afectacion hipócrita el cuidado del pájaro y del niño y la institucion caritativa para los animales.

Y por más que repugne y que parezca increible, se hace aquí la apología de los azotes de Delaware: hay Estados en que se sujeta al reo con un corbatin de hierro á la pared, y los ahorcados son comunes, habiendo en este acto sacrílego verdadero lujo de barbarie y de degradacion humana. ¡Qué vergüenza! !qué humillacion! !qué afrenta para el hombre el de ese columpio infame desde el que parece que la barbarie en triunfo hace el apoteósis de la pena de muerte y desafía á la civilizacion y á la humanidad!

Hay veces que se tiene á los sentenciados meses enteros en espectativa del suplicio, y ántes de morir se les toma medida para el cajon en que los entierran.

Hace pocos dias hubo once ahorcados, y diremos algo de esta historia por la trascendencia que está teniendo.

Es el caso, que con motivo ó pretexto de la parálisis de los negocios, se habia hecho en varias negociaciones el rebajo de diez por ciento en los salarios, rebajo muy sensible, porque aquí son poderosas las necesidades del obrero. En varias fundiciones y fábricas, al mismo tiempo de amenguarse el salario, se aumentó el trabajo y en alguna se hizo notable el mal trato á los obreros.

Es de advertir que en este país hay sus imitaciones europeas, en cuanto á colisiones (_Trait d'union_), semejantes á las ligas inglesa y francesa que produjeron la internacional, y que entre las importaciones han tenido la de comunistas alborotadores y feroces, aunque con ménos éxito, por las condiciones de felicidad en que se encuentran los pueblos.

Los obreros de las fundiciones de Macburg (Pensylvania), protestaron y se levantaron contra la disminucion de sueldo y el aumento de trabajo; los dueños se opusieron, hubo desórdenes y asesinatos, y de resultas de ellos fueron condenados á muerte once obreros de los de mayor inteligencia y prestigio, que representaban en las colisiones.

Las ejecuciones se hicieron con todo el lujo de barbarie que hemos descrito, y estuvo al estallar una insurreccion universal, porque operarios en el ferrocarril, fundidores, herreros, carboneros y toda esta especie de gremios, tienen poderosas ligas.

Al fin estalló la _huelga_ en los caminos de fierro y minas de carbon de Macburg, Pittsburgo y toda Pensylvania; y como si hubieran sido regueros de pólvora los rieles, se propagó el incendio de una tremenda insurreccion.

Destrozáronse trenes de mercancías, incendiáronse wagones y se lanzaron ardiendo á los grandes depósitos; millares de hombres se precipitaban contra la fuerza armada que simpatizaba en algo para con los insurrectos, y el incendio, la matanza y el desencadenamiento de todo lo que hay de más feroz en el tumulto, se vió en grandes focos, y tiene, con razon, en alarma y en espanto á la sociedad entera.

El telégrafo, instante por instante, trasmite relaciones de horrores que vocean los muchachos.

En las mañanas, en las tardes, á deshora de la noche, los papeleros infatigables, van como con teas encendidas difundiendo la alarma.

Ayer 25 publicó _El Herald_, como encabezamiento de su periódico, con letras colosales como aquí se acostumbra, lo siguiente:

=Un dia de alto en la historia del derramamiento de sangre.=

* * * * *

=Alborotos en Siracusa, Albany, Chicago y San Luis.=

* * * * *

=El Nueva-York central en huelga.=

* * * * *

=Delaware, Lackwana y el Oeste se unen.=

* * * * *

=Extiéndese el alboroto en el Oeste.=

* * * * *

=Un tren con milicia detenido.=

* * * * *

=Efectos de la detencion de los fletes.=

* * * * *

=Escasez de carbon y fierro, fábricas cerradas en Pittsburgo.=

* * * * *

=La harina subiendo, los duraznos pudriéndose.=