Viaje a los Estados Unidos, Tomo II
Part 9
Era muy frecuente en mí, en mis paseos matutinos, dirigirme _pian pianino_ á la plaza del mercado frances, y no obstante tenerlo delante de los ojos, y á pesar de que lo veia y lo reveia con la atencion que jaque experimentado examina el cuaco que le proponen en venta, sospechado de lacras ó malas mañas, no acababa, ni puedo bien á bien calcar el tipo, por más que aliso el portapluma de tanto revolverlo entre mis dedos, y por más que he aumentado con diez caritas, carritos y rúbricas de pluma el intrincado laberinto de rayas que tiene mi carpeta.... y aumento con todos mis alumbramientos difíciles, que por fortuna son pocos, en obsequio de la verdad; y lo curioso es que nada me parecia más fácil.
Constituye el mercado, el tráfico establecido en las calles de Dios, y en un cuadrilongo irregular embutido entre esas calles y el rio Mississippí, que ondea y como que invade el terreno de la _Leveé_ para dar animacion al cuadro.
En el centro del gran recodo que hace la calle, ó mejor dicho, la continuidad de calles que á guisa de portillos, tiene avenidas por callejones y vericuetos para el barrio frances, se levantan tres inmensos jacalones que se apropian el nombre de mercado, y son de pilares de ladrillo, pavimento de losa y techos de pizarra.
Las aceras que forman fronteras al espacio en que están los jacalones, se hallan sombreadas por tendidos tejados, sobre banquetas no muy amplias, con puestos continuos de ropa hecha, mercería ordinaria, sombreros, zapatos, estampas, canastos, hilo, agujas y botones, platos y tazas, cristales, cubetas y escobas.
En el fondo, es decir, en las casas del edificio, hay tiendas, oscuros almacenes en que arde el gas, _bar-rooms_ y cafés que son una temeridad, con figuras de esas tremebundas, abigarradas, de esas que solo vemos en los grabados en madera de las novelas patibularias.
Pero donde la vida se concentra; lo que constituye dia á dia un espectáculo interesantísimo para el viajero; lo que cambia como caleidoscopio y no puede sorprender para fijar la pluma, es cada uno de aquellos jacalones, porque cada uno es una abreviatura del globo y una torre de Babel.
Dos de los jacalones son contiguos; el otro se aparta á un lado para arrimarse á la _Leveé_ ó rambla de madera que está junto del rio, y en que se hace la descarga de los buques.
Cada jacalon ó galera forma en su interior un cuadrilongo, y los pilares que lo sustentan hacen varias naves. En los lienzos, ó mejor dicho, los claros que dan á la parte exterior, los puestos corridos son cantinas, mostradores en que se sirven _thé_, café, _bifteks_ con diversas salsas, papas, y en una palabra, desayunos con sus licores _de ocultis_.
Las carnes se exponen con suma limpieza en una de las galeras, en mostradores forrados de zinc, que se lavan constantemente.
En otra de las galeras forman angostas calles, se hace un laberinto de entradas y salidas formado por los puestos de semillas, de legumbres, de verduras, de frutas y de cuanto se puede imaginar para regalo y contentamiento del estómago.
Allí, al frente de cada puesto, se marcan y ostentan las diferentes nacionalidades, en toda su pureza nativa.
La francesa con su justillo, su enagua rabona, su falla y su empaque á la Mad. Angot; la italiana con su chaqueton negro, su casquete de sarga y su enagua burda, grandes ojos, tez morena; la española con su ahogador y su peineta; la negrita con su cabeza rizada, su cuello esbelto, su cintura breve y su ancha cadera; la cuarterona voluptuosa, de ojos negros y rasgados, color apiñonado, y labios carnudos y sensuales; y en cuanto á la parte masculina, charlador y afectado el frances; desgobernao y diciendo desvergüenzas el español; caricato y zandunguero el negro; insolente el yankee; austero y taciturno el inglés, y todos unidos por la tremenda confraternidad del _whiskey_.
El otro de los jacalones á que llaman Bazar, contiene lienzos, objetos de mercería, trastos y una miscelánea inclasificable.
Pero berzas, lienzos, frutas, trastos y comestibles no fueran sino de las más ó ménos decoraciones de un teatro, si no las animara un gentío tal, que parece que la poblacion entera se desaloja de donde asiste, para darse cita, confundirse y alegrarse en el mercado.
Mujeres albeando con su _garzolé_ calado y sus grandes canastos al brazo, señoras acompañadas de sus cocineros y cocineras, haciendo sus provisiones, patronas de los _restaurants_, casas de huéspedes y hoteles, cocineros de alto rango, vistos como en una reunion literaria Víctor Hugo, ó Rostchild en una tertulia de banqueros, mensajeros, agentes, _corre-ve y diles_, cargadores, carretoneros, intrusos y mendigos.
La proclamacion de los efectos en todos los tonos y en todos los idiomas, risas, riñas, lágrimas, juramentos, invitaciones y requiebros, todo estalla á la vez, y serpea, y corre, y se subdivide en ramales, perdiéndose en calles y callejones, que hemos dicho forman las avenidas del mercado.
Y como el esmero de los buenos platos no se abandona al cuidado de la cocinera, y como la importancia de la cocina es signo infalible de los avances de la civilizacion, al mercado concurren señoras de alto coturno y ricos de buen diente, hacendosas madres de familia y gastrónomos reglistas que tienen en la uña cuáles son las mejores alcachofas, de qué hongos se debe desconfiar, de dónde son los mejores ostiones, y si el marisco no se pescó á su tiempo y no se ha traido con el debido cuidado.
En los afueras de los jacalones y hasta contra el envigado de la _Leveé_, se prolongan las callejuelas de los puestos, bajo toldos, lienzos y tejados, circulando en todos esos vericuetos el gentío, siempre con la misma agitacion.
Pero aunque el mercado es espléndido, aunque incalculable su riqueza y aunque curiosísimo su conjunto, está muy distante de merecer el primer lugar en los Estados-Unidos.
Sin quererlo, recordaba yo el mercado principal de San Francisco, con su piso de mármol, sus fuentes y sus percheros, en que estaban expuestos pollos y gallinas, guajolotes y patos, vendiéndose por libras y presentando un aspecto raro sus picos colgados hácia abajo, sus blancas y salientes pechugas, sus alones cortos de sisa y los haces de sus patas asidas á luengas alcayatas.
De todos modos, es muy justa y merecida la alta reputacion que tiene el mercado frances de Orleans....
Al salir del mercado, ví al rayo del sol, aisladas, sucias, como esperando su clasificacion, entre los intestinos de res y las tortugas, unas indias (Natches del lago Pontchartrain), enmarañadas, abyectas y harapudas, vendiendo un polvo verde y unas yerbas desconocidas.... Un amigo me dijo: "_Vea vd. el porvenir de nuestros indios en una invasion americana._" Esto me puso de pésimo humor.
El mercado antiguo se destruyó por un huracan en 1812, y el moderno se construyó el año de 1813, siendo el arquitecto D. J. Piernas, sobrestante entónces de la ciudad, y sacando de costo treinta mil pesos.
Desde un principio se marcó cada edificio ó galera, para el objeto determinado que hoy tiene: uno para verduras, otro para la carne y el del centro ó _bazar_, para la lencería, mercería y miscelánea que ya hemos indicado.
Además del mercado frances, hay nueve más en la poblacion, siendo los más notables el de _Poydrás_, el de la segunda calle de Santa María y el de Magazine.
* * * * *
Una tarde, cuando más nos agobiaba el fastidio, recibimos Alcalde, Lancaster y yo atenta invitacion para visitar el Asilo de ancianos, que está en uno de los extremos de la ciudad, al cuidado de unas religiosas cuyo nombre no recuerdo en este momento.
Con la familia afectuosa que nos convidaba iba J. A. Quintero, siempre fino y caballeroso cuando se trataba de nuestras personas.
Dirigímonos al Este de la ciudad: por donde la poblacion escasea, se tienden grandes trechos en que ha crecido la yerba y verdeguea el césped, y despues de recorrer una dilatada tapia, nos detuvimos en una puertecita pequeña con su zaguan y un segundo porton, desde donde por una ventanilla se descubrian los arbustos y las flores de un jardin interior.
Algunas religiosas salieron á recibirnos, siendo corteses en sus maneras, despejadas en su conversacion y atentas al extremo.
Penetramos al interior del edificio, que es un extenso jardin, en el centro de una especie de escuadra formada de las altísimas paredes del Asilo.
El edificio tiene cuatro corredores prolongados y estrechos, y por ellos se transita á secciones ó piezas en que se alojan los ancianos.
El edificio estaba en construccion: de ahí es que su color era el de la mezcla, y lo hacia un tanto austero y sombrío.
En el jardin, y siempre aislados, percibimos á algunos ancianos, que leian libros ó periódicos en silencio profundo.
Nos vieron pasar aquellos caballeros con indiferencia profunda.
Como es costumbre en esos establecimientos, se nos mostraron las oficinas de la casa en perfecto arreglo, la despensa y los almacenes, la lavandería y la cocina.
Siempre los que muestran tales establecimientos como adheridos á ellos, se apasionan, hacen su apología, como si llevaran la segunda mira de que nos quedásemos allí; lo que no siempre es muy divertido para los visitantes, tratándose, por ejemplo, de un panteon, de una casa de locos ó de establecimientos de este género.
Los pisos interiores del edificio están destinados á los hombres.
En ellos no habia bulla; pero se conversaba entre aquellos hombres llenos de canas, enfermos, medio ciegos: habia todas las auroras del aniquilamiento y de la nada; pero era lucha, era la pared cuarteada, pero en pié; el tronco sin ramas y sin hojas, con la corteza carcomida, pero conservando la figura del árbol.
Dimos un paso más y ya el cadáver estaba haciendo desaparecer al hombre; el pómulo saliente, el ojo hundido, el cabello.... agitándose por hebras.... las líneas del cráneo acentuándose, la voz de tiple, la boca desdentada....
Y en aquella exposicion de mómias, y en aquellas calvas, y en aquel harapo de gente, caia la dulzura de la caridad, como una reminiscencia para aquellas entidades náufragas, en que se borraba hasta el recuerdo de la especie humana.
Mis compañeros aprovechaban el tiempo, informándose del número de personas que sostenia el establecimiento, sus fondos y sus reglamentos.
De mí se apoderó invencible tristeza: me reconcilié con la muerte, la veia sonreir, la consideraba como una redencion; aquella agonía de vida me parecia un silencioso y terrible suplicio.
Ascendimos á la segunda seccion, al departamento de las ancianas. Allí encontramos mayor esmero en los cuartos, más resignacion en los semblantes.
Las mujeres más jóvenes tendrian setenta años: aún alguna arreglaba su pañuelon; alguna andaba recta y sin auxilio de baston; pero fuimos penetrando en las piezas interiores, hasta llegar á limpísimos lechos, en que habia mujeres de ciento diez, y una de ciento veinte años.
Aquel espectáculo me espantó verdaderamente: mujeres casi perdida la conciencia del sér, custodiando su cadáver, sin oido, con la vista anublada, la voz débil, el movimiento torpe.... sobre los blancos lienzos del lecho marcándose las líneas delgadas del esqueleto espantoso.
Y aquel pugnar por levantar el cuello, sostenido, adherido por una tira de pergamino llamada cuello, al cráneo; y aquella falla carnavalesca, ironía terrible sobre la mal disimulada calavera.... Yo no pude soportar.... no pude.... me salí al comedor, y pegué un frentazo á uno de aquellos aparadores, presa de una profunda emocion.
¿Qué es la hermosura? ¿qué irrision de vida es esta en que su prolongacion es el escarmiento y como la expiacion? El polvo, la disolucion, pero el remedo de una inmortalidad de idiotismo, de impotencia. Esta infancia del cadáver.... es espantosa, mucho más espantosa que la muerte.
Me sacaron de mi profunda meditacion ancianas que llegaban al comedor en tropel, á recibir su colacion vespertina.
¡Qué fisonomías náufragas en mares de arrugas y frunzones! ¡qué partículas de dientes amarillos! ¡qué brazos como descoyuntados de la muñeca, con ramales de dedos hácia abajo! ¡y aquellas bocas deshuesadas, bolsudas, soplando una risa helada....! Ni el sueño del reo de muerte de Víctor Hugo; ni las brujas de Macbet de Shakspeare, nada ha sido para mí como aquello: la danza de la muerte, la orgía del esqueleto, la fuga de la tumba, la renuncia al no ser, el fraude al gusano.... Horrible....! horrible....!
Y lo más horrible es que ya no eran viejos y viejas: era la vejez; el _yo_ mio, muriendo en efigie en el _yo_ de aquellos; era una alucinacion en que yo desterrado, yo viejo y sin arrimo, me veia y me sentia en aquella espantosa huelga de los habitantes de los sepulcros.... ¡Los muertos tenian los ojos abiertos y remedaban imperfectamente á los vivos!
Salíme al corredor. La disposicion de mi ánimo me hacia ver de un modo injusto aquella institucion y aquellos mismos cuidados filiales de las hermanas.
Aunque no es absoluta la reclusion de los asilados, yo siempre creo que en la edad de la decrepitud, sobre todo, los cuidados de familia, la concurrencia, la comunicacion de los recuerdos, podia ser y debia ser el gran lenitivo de la decadencia; pero esa tertulia de osamentas, esa contemplacion recíproca de destruccion, esa sociedad de cadáveres, esa espectativa de muerte, debe ser horrible....
En cuanto á los chiqueos de las casas monásticas, yo no sé por qué me parecen siempre de estampilla; siempre la misma risa mística y la misma alegría con reservas; siempre la misma solicitud de órden suprema; la ternura de reglamento. Digo que esto me parecia: las cosas deben pasar de otra manera.... Yo no tengo razon tal vez: á mí aquella atmósfera me ahogaba.
Lancaster, que bajo de cierta corteza de frialdad, es hombre de corazon muy entero y generoso, se habia aislado meditabundo. Alcalde estaba en el centro de aquellos infelices, con los ojos llenos de lágrimas, viendo á aquellos á quienes las hermanas llamaban muy dichosos.
Una de aquellas mómias nos seguia tenazmente; ella, como las demás, no pedia, no importunaba.... le preguntó Alcalde á la mujer que iba en su pos, si estaba contenta.--Respondió que sí.--Yo le pregunté: "¿De dónde es vd.?"--"De México," nos contestó con marcada satisfaccion.
--De qué parte de México?
--De la calle del Reloj, cerca de la de Arsinas y las Moras.
Yo me acerqué y le dije.... en voz imperceptible:
--Quisiera vd. volver á su tierra?
Y como galvanizada por mi pregunta, se erguió y me dijo:
--Con toda mi alma, señor, con toda mi alma......
En medio de aquella procesion de esqueletos, visitamos la capilla: la luz moria; las ventanas del templo remedaban ojos al cerrarse; el piano, oculto en los anchos pliegues de la sombra, suspiraba notas quejosas, como escapadas de una region misteriosa y desconocida.... las religiosas, de rodillas, frescas y juveniles, parecian encargadas de vigorizar la súplica de la humanidad aquella, que esperaba un soplo para volverse polvo.... mi mente ardia en Dios y en la contemplacion del infinito, desertando á la constitucion perecedera del mortal.
Al pasear la vista á mi alrededor, me parecia que yo mismo vacilaba entre si aquellas gentes acababan de resucitar ó hacian su plegaria última para dormirse en la muerte....
¡Oh, qué tarde la del Asilo de ancianos! ¡qué aparicion tan tremenda de mi vejez! tenia necesidad de aire.... de palpar la vida.... aquel no era un asilo, era un panteon de vivos......
Las personas que me acompañaban hicieron sábias reflexiones sobre aquel establecimiento benéfico, sobre la delicada prevencion, los sagaces cuidados y la piedad cristiana con que se habia atendido á todas las dolencias, á todos los achaques y debilidades de la edad decrépita....
Se dijeron cosas bellísimas.... pero yo me embrutecí, me cerré de mollera.... y me animalicé al extremo al tratar del Asilo de ancianos......
IX
Paseos.--El Hipódromo.--Escenas nocturnas.--Alcalde.--Chascos.--Noches.--Clay.--Un casamiento.--Leyenda de amores.
¡Fuera la murria, caballero! Alístese vd., vamos á pasear el boa por esos mundos! Tales eran las exclamaciones de Joaquin cuando me veia con _el tonto encima_, porque existe la piedad de la palabra y es frescor y alivio para el alma la manifestacion de interes por nuestras penas.... Gomez del Palacio y Lancaster aplaudian.... tomaba mi sombrero, me iba á acabar de vestir en la calle, y á paseo.... tomábamos un carrito, y á _wagonear_, verbo de mi uso privado para designar los viajes ó el ejercicio en wagon.
Así recorrimos los jardines, así paseamos bajo las frescas arboledas de Carrondelet.
Allí donde habia una diversion, nos deteniamos.
En una de esas excursiones, concurrimos al Hipódromo, lugar desmantelado al que se penetra por un _bar-room_ donde todo es algazara: el incompetente tablado tendrá cabida para quinientas personas; hombres y señoras estaban en las gradas, adonde tenia aucion de sentarse el que pagaba dos pesos á la entrada, y lo demás del concurso disfrutaba de las caricias de Febo, capaces de achicharrar una losa de mármol.... Vimos carreras como en San Francisco, pero de mucha ménos importancia.
En las tardes prolongábamos nuestra sobremesa, disfrutando yo realmente con la interesante conversacion de mis compañeros.
Alcalde narra de un modo admirable, gesticula, se apasiona, y en medio de su tempestuosa exaltacion, es no solo modesto sino humilde, posee la preciosa facultad de admirar el ajeno mérito, y confiesa sus errores con lisura y sin reticencias.
Lancaster es sólido en sus raciocinios, sostiene sus ideas con firmeza, muestra su saber sin pedantería y sabe escuchar, lo que es cualidad más estimable de lo que á primera vista parece; ántes que todo, cuida de no herir en lo más leve á su adversario; jamás llega en sus discusiones á la porfía, y sus tendencias conciliadoras y su mesura le hacen parecer poco franco; pero es en realidad porque desea que se tenga con él el respeto que él dispensa á los demás.
Francisco Gomez del Palacio es seco y concentrado: habla poco, no disputa jamás; pero cuando es incontenible para él una opinion, estalla, se apasiona y se desborda en arranques de espontánea y poderosa elocuencia: de selecta instruccion, de versacion constante en griegos y latinos, de grande imaginacion y palabra fácil y brillante, Gomez en el trato es dulce, condescendiente y servicial.
De Iglesias no hablo, porque podrian parecer muy parciales mis consideraciones.
La diversidad de nuestros caractéres convertia en interesantes nuestras pláticas, de que yo me aprovechaba sacando lecciones y teniendo motivo de admirar á los que me honraban con su amistad.
A prima noche, dos ó tres de nosotros nos dirigiamos al correo, donde con puntualidad extraordinaria se avisa dia por dia las entradas y salidas de buques, los pasajeros que arriban al puerto y donde se adquieren las noticias importantes de todo el globo.
Muy frecuentemente mis excursiones eran con Alcalde, quien se endiosaba, se desmorecia con los charlatanes que con grande aparato proclamaban sus mercancías.
En la calle del Canal, y al pié de la estatua de Clay, se fijaba uno con su mesilla al frente, sus grandes hachones á los lados y á cierta distancia un pizarron enorme.
Encarecia el vendedor un librito de aritmética de su invencion y aplicable á las más complicadas operaciones mercantiles.
Planteaba su operacion pintando grandes números, despues exponia su método comparándolo con otros: aquello era una maravilla. Se entablaban diálogos, habia aplausos, se codeaba la gente, se decian chistes y se desenlazaba el _spich_ con la realizacion de los cuadernos.
Alcalde se escurria entre la gente, aparecia sobre los hombros de los espectadores, me llevaba á remolque.... declaramos el método admirable y nunca pudimos sumar tres cantidades por el método americano.
El otro embaucador era más diestro: de un banco y un barril vacío habia hecho su tribuna; cuando llegamos á verlo, se engullia copos de algodon como si fueran anises; pero en número tal, de haber relleno para un colchon camero. Hablaba de todo aquel hombre: decia que las medallas que llevaba al pecho eran de todos los soberanos del mundo; Alcalde, que se habia escurrido casi debajo del barril, descubrió que una de esas supuestas medallas, era un peso falso de México.
Despues de citas de Griegos y Romanos, de despabilar sistemas filosóficos y de hablar contra los gobernantes en sátiras tremendas y algunas llenas de chiste, pasaba á tratar de su invento.
Este consistia en la aplicacion de una agua, imitacion de la de las vertientes superiores del Eufrates, que extendida con una esponja recogida en Ceylan, en el lago de los cocodrilos de fisonomía humana, en cualquier objeto de lana, algodon, lino, seda, pelo, etc., etc., se le restituia toda su pureza.... diciendo esto se aparecia sobre las mil cabezas que rodeaban al orador, un vaso de agua cristalina y una bandeja de porcelana.... Salia entónces de su bolsillo, en una botellita, el agua del Eufrates y con ella la esponja de Ceylan.
La gente aplaudia entusiasmada, Alcalde no perdia un solo movimiento de aquel Robert Macaire americano, que soltaba chistes á diestra y siniestra y tenia encadenado de sus labios á su auditorio.
Chaparro, rubicundo, chato, de ojos muy grandes y retozones, la blanca corbata desanudada, el chaleco abierto de par en par, un tropel de cabellos invadiendo su angosta frente.... su pañuelo blanco metido á medias en la pretina del pantalon.... Ese era el hombre de la agua del Eufrates.
Dispuesto el aparato, pidió á uno de los circunstantes un sombrero, que se habria repudiado en cualquier figon como trapo de cocina; mostraba el sombrero, con el blanco perdido entre la suciedad, vetas y bordes de inmundicia....
--Aquí tienen vdes. el sombrero consagrado con el sudor del obrero......
--Hurra! hip! hurra! bramaba la multitud.
--¿Quitarás á tu familia su pan para un nuevo sombrero?
--_Not at oll_ (de ninguna manera).
--¿Qué hacer?
--La misma agua que quita todos los pecados del mundo (¿?) va á quitar estas manchas. Llora el aseo sus lágrimas sobre la impureza....
Y cayeron unas gotas en la ala del sombrero; despues se vertió agua natural, despues más lágrimas.... la esponja que se pasaba por el sombrero lloraba á los apretones del yankee.... raudales de fango.... una aurora de limpieza apuntó en el sombrero.... despues aquel sombrero estaba como acabado de sacar de la sombrerería.... aquello produjo el frenesí.... Alcalde y yo compramos una docena de pomos del Eufrates con sus respectivas esponjas....
Al siguiente dia, y sin que nadie lo advirtiese, hicimos colecta con todos los sombreros de los negros de la casa, y procedimos Alcalde y yo á poner en planta nuestra sublime adquisicion.... Aquello fué espantoso: unos sombreros se fruncieron como hongos y jamás volvieron á su forma; otros, como que se quemaron, despidiendo un hedor intolerable, y otros, quedaron con unas vetas representando todos los colores del íris.... Estábamos espantados de los efectos del agua del Eufrates.... y algo nos costó aquietar á los negros.... que decian riendo á carcajadas: _very well fine wotter_ (muy buena, el agua fina....)
* * * * *
Interrumpiendo la monotonía de nuestras noches, fuimos invitados á la iglesia parroquial, al casamiento de una linda cubana con un jóven frances de una familia trabajadora y honrada.
La ceremonia se verificó á las siete de la noche, abiertas de par en par las puertas, y cuidando un personaje jocosério de casacon militar, sombrero de tres picos y desmesurado baston de grueso puño, á usanza de nuestros tambores mayores, á quien llamaban el Suizo.
La ceremonia se verificó conforme al rito católico: la novia vestia de encajes, con su velo blanco y su corona de azahares: desde la sacristía hasta la puerta de la iglesia formaron valla compacta amigos y curiosos, diciendo palabras lisonjeras á los novios á su tránsito, y haciendo votos por su felicidad.