Viaje a los Estados Unidos, Tomo II

Part 7

Chapter 73,782 wordsPublic domain

En los momentos de solaz, y cuando el tenaz estudio del inglés, que estropeaba poco ménos que yo, se lo permitia, su contento era conducirnos al café en que existe el órgano monstruoso que hemos descrito, y tomarlo por su cuenta, haciéndonos notar todas las bellezas filarmónicas que encierra aquella sorprendente mecánica.

Jorge Hameken es un literato distinguido; es un mexicano con ligadura yankee, que no hay más que pedir: el arte es su deidad; la religion de lo bello le esclaviza; enamorado de lo ideal, deserta del mundo positivo de su padre y del paraíso materno, para hacer sus excursiones en el Olimpo griego.

Hameken nos persuadió que su casa era la nuestra; nos presentó cariñoso á su familia, que es modelo de virtudes y finura; y una vez cumplidos los deberes que como caballero y amigo se imponia, se amortizaba horas enteras frente al ajedrez, con resolucion, con vocacion como de capuchino, y se absorbia al punto de no pertenecerse, de abdicar la conciencia de su existencia.

En la casa de Hameken se reunia excelente sociedad; nuestro amigo toca perfectamente el piano; y la música, la poesía y las ciencias hacian nuestras veladas encantadoras.

Rocha, bien estaba cerca del piano desesperado con mis desentonos, aunque siempre fungia de oscuro corista; bien contaba cuentos á los niños, para lo que tiene singular gracia, ó bien se entregaba con el incrédulo Lancaster á discusiones sobre el espiritismo, que lo hacian bramar.

Hameken nos encarecia las ventajas de que nos fuésemos á vivir cerca de su casa, para servirnos y atendernos con sus cuidados, y al fin triunfó su bondadosa elocuencia.

Hicimos nuestra escrupulosa liquidacion con el hotel, pasando por los accidentes todos que sugiere la desconfianza; accidentes nacidos de la alta idea que tienen los dueños de hotel de los viajeros en general, sean sus compatriotas ó pertenezcan á extrañas nacionalidades.

En algunos de estos establecimientos quedan baúles responsables de altas cantidades, conteniendo, si no piedras, harapos y desechos indignos.

Se nos contó que en varios hoteles de un Estado vecino se proveia á los huéspedes de largas reatas, no precisamente para que se ahorcaran si fallaban sus especulaciones, sino para que pudieran escapar en caso de incendio; pero abusaron los hijos de Washington de un modo tan desastrado del _salvavidas_, sirviéndose de él para escaparse sin pagar, que prefirieron, en caso de incendio, guardar á sus parroquianos hechos chicharron.

No me detendré en analizar aquellas cuentas en que proclamada la baratura, los _extras_ forzosos, como el lavado de la ropa, constituyen una tiránica especulacion; y esto me recuerda el sistema financiero de las monjas de cierto convento de Querétaro.

Despues de visitar los devotos á las imágenes milagrosas, acudian á la portería á proveerse de los famosos cajoncitos de dulce.

--¿Cuánto es su precio?

--Lo que su piedad le dicte.

El cajoncito valdria un peso.

--Señora, suplico á su reverencia fije precio.

--No, hermanito, lo que vd. guste dar de limosna.

--Aquí tiene vd. dos pesos.

--Ay, hermanito! vd. perdone, ha de ser lo que su voluntad le dicte, pero siendo lo ménos ocho pesos......

Por este estilo fué nuestra liquidacion en el hotel.

Fardos y trebejos salieron á buena hora en procesion para la calle de San Felipe, en pleno barrio frances, en una casa de huéspedes privada, perteneciente á Mad. Belloc, y donde no se reciben sino personas distinguidas y de muy especial recomendacion.

Ya hemos procurado dar idea del barrio frances, de sus _bar-rooms_ y cafés cantantes, sus almireces colosales anunciando las boticas, sus figurines incitando á la posesion de la ropa hecha, sus muebles, zapatos, baldes y canastos invadiendo las banquetas, y sobre todo, con sus caños pestilentes, como márgenes de las angostas, sucias y desastradas calles; porque si es verdad que no menciono alegres fachadas, ni enrejados que dejan percibir jardines deliciosos, tambien es cierto que no hago mérito de ciertas tabernas, ni de frentes de fondas, ignominia de los cinco sentidos, ni de ciertos tendederos de desmanchadores de ropa, lavanderas y gente particular, que es como si se entregara á la picota del ridículo el forro más interior del cuerpo humano.

La casa de la Sra. Belloc, aunque es un cuadrilongo, su parte habitable es como una alcayata.

En la cabeza de esta alcayata hay sus habitaciones que dan á un amplio corredor y á la calle, con sus persianas verdes y sus muebles. En la parte superior hay unas buhardillas en que la luz penetra por troneras y boquetes, y á la espalda de la alcayata una série de cuartitos que dan á uno de esos purgatorios de negros, en que la fritanga, el pleito, el harapo y las escenas del paraíso se suceden sin interrupcion.

En la parte baja del edificio están la cocina y las oficinas domésticas, el baño y el jardin, dando á la calle el comedor situado en un pasadizo, y el _parlor_, dividido en dos secciones ó salas, como aquellas de que dimos conocimiento en San Francisco á nuestros lectores.

La Sra. Belloc es una persona alta y robusta, de pelo cano levantado en furia sobre la frente, modales expeditos, imperiosa mirada y bozo pronunciado, con accesorios como conatos de barba; pero es persona de muy finas maneras y complaciente con sus parroquianos.

Entre nuestros compañeros de domicilio habia una jóven dulcísima y de angelical candor, hija de los campos, lirio escondido, trasladado á la ciudad por pocos dias; interpretaba á Shubert otra señorita llena de inteligencia y pasion, y amenizaba nuestra tertulia la esposa de un banquero, muy entendida en la música.

En las noches, que eran prolongadas y tristes, se encendia fuego en la chimenea: unos tocaban, conversaban los más, y yo me aburria santamente, haciendo el ermitaño de malísima gana.

Pero esto era de vez en cuando: lo comun era que Alcalde me hiciese compañía y fuésemos á sacudir la murria á las calles, á un café cantante, ó á la casa de Quintero, que era en realidad nuestro quitapesares.

Pero mi situacion privada era angustiadísima: las noticias de la mala salud de uno de mis hijos, me tenia en estado de inquietud constante; y no obedecia á mis llamamientos de buen humor, ni siquiera esa musa callejera obediente siempre, y siempre sumisa á mis más ligeras insinuaciones.

Como una prueba de esas tentativas, suelto, sin más preámbulo, ese romance á José Carrascosa, en que le pinto mi nueva situacion:

TERCER ROMANCE A JOSE CARRASCOSA.

Dejamos por fin, amigo, El palacio de tablones, Donde para recogerme Tenia que echar los bofes, Y era como una maraña De trapos y callejones, Con sirvientas irlandesas, Tan viejas y tan sin goznes, Que parecian roperos O destartalados coches; Con falúas por chancletas, Con biombos por peinetones, Con el empaque de brujas Y con sus bigotes de hombre. Y dejamos unos negros Tan broncos y tan feroces, Que eran mi terror y espanto, Cuando en medio de la noche Me soltaban un bufido O relinchaban atroces, O en silencio me clavaban Sus ojos relumbradores, Sacando los dientes blancos Y haciendo sus contorsiones. A un _bording_ nos trasladamos, Donde al fin se reconocen Las costumbres de un cristiano, Lo que bebe y lo que come; Mas ¡qué rumbo santo cielo! ¡Qué calle y qué alrededores! Los caños son como acequias, Las losas no se conocen, Las calles tienen _tiricia_, Cólico los corredores; Cada puerta es un pujido, Y un sabañon cada poste, Danzan menudos ladrillos En el fango, tan sin órden, Como en las mesas revueltas Confundidos borradores. La mugre aparece en costras, Grasa en tablas y escalones, Y hay basura desde el tiempo De hispanos conquistadores. No es basura, es la osamenta De veinte generaciones; Pedazos de gorros griegos, Trompetas de cazadores, Pretinas de calzon corto, Trenzas, picos, guantes, broches, Todo en menudos fragmentos, En putrefaccion, cual ponen Piltrafas en un caldero, O en paila de hacer jabones. Si espías por estas casas, Con excepcion se supone De dos ó tres, como presas En esta piel de jamones, Te espantas, porque es el antro, La caverna; abierto abdómen Que encierra unos intestinos Incomprensibles y atroces; Es la blasfemia del trapo, Es del cochambre el mitote, La epilepsía del mueble, La asma, y la lepra, y la podre. Si una silla tiene bizma, Un espejo forma noche, Los calderos tienen sueño, Los gatos retortijones, Los perros son cual cañutos, Tan flacos y tan deformes, Que á ranas y lagartijas Parecen servir de moldes. Y qué gentes, ¡Dios eterno! Ni el demonio las conoce: No son cabezas, de pelos Son montañas y morriones: Los cañones de las botas Los calzan cuando son hombres; Pero de que son mujeres, ¡Qué reversos! ¡qué facciones! ¡Y qué enredarse las piernas En fundas como en bolsones, En balijas del correo, En camisones de coche! ¡Hombre!.... tú eres de buen gusto, Y tú que al mundo conoces, ¿Dime si esto es de cristianos, Si tal cosa está en el órden? Puedo jurarte que hay seno En que se oculta un birloche, Y donde creí de léjos Distinguir dos bandolones; Y si á esto agregas los negros Que relumbran, que te exponen A unirte á todos los diablos Antes que llamarlos hombres. Y si son negras, ¡Dios mio! _Inducas intentaciones...._ Yo les tiemblo, me figuro Que descuidado me cogen Y que me plantan un beso Que el sentido me trastorne....! Hombre, si les tengo miedo; Hombre, si miras visiones Cuando de cerca las miras. Pero, Pepe, si es de noche, Quiero que llamen al guarda, Pretendo que á fuego toquen, Y empapo en agua bendita La levita y los calzones. Esta es la calle, mi amigo, Sin mencionar pormenores Como unas ratas gigantes Que en fuga á los gatos ponen, Y un hedor y unas tinieblas Que me saben á _jocoque_; Y no te pongo en el verso De mi triste calle el nombre, Porque como de esto hay mucho, Pretendo que se equivoquen.

FIDEL.

Nueva-Orleans.--1877.

Entre las personas á quienes debimos favor y delicadas atenciones, ocupa lugar señalado el Sr. Manuel Payró, comerciante establecido en Orleans y persona justamente considerada de cuantos le conocen.

El Sr. Payró tenia más estrecha relacion con el Sr. Alcalde que con los demás compañeros, y le hizo invitacion para que asistiésemos á un baile que daba la Sociedad de Talía en Grunewald Hall, calle de Camp, donde hay un depósito de pianos, y contiene el edificio magníficos salones.

En dos por tres hicimos Alcalde y yo, que fuimos los únicos que asistimos, nuestros preparativos, reparamos nuestros equipajes y nos lanzamos á hacer conocimiento con una parte selecta de la sociedad de Orleans.

Al fin de la amplia escalera del establecimiento, iluminada, como todo él, con gas, se levanta un pórtico con altísimas columnas y tendido cortinaje, que como si se levantara el telon de un teatro, descubre inesperadamente y en toda su grandeza, el salon.

De pronto nos pareció que la gente se disponia á salir, que estaba de viaje, porque todo el mundo se conservaba de pié: despues vimos con más detenimiento.

El salon tiene tres naves divididas con robustas columnas, y su extension será de treinta varas de largo por veinticinco de ancho.

Pegada á la pared, y á conveniente altura, corre en toda la extension del salon una angosta banca, poco frecuentada, y en el fondo del salon nos pareció distinguir la orquesta y unos cuantos asientos.... De suerte que cuando se dice á bailar.... á bailar.

Como es de rigor en esas funciones, las notabilidades de la asociacion y los ordenadores de la fiesta, vestidos de rigurosa etiqueta, llevaban al ojal del frac anchos listones que advertian la autoridad de que estaban revestidos.

Todos los concurrentes, sin excepcion ninguna, hasta nosotros, recibian á la entrada sus tarjetas, que decian:

PROGRAMA.

PRIMERA PARTE. SEGUNDA PARTE.

1.--Gran Marcha. 11.--Wals. 2.--Wals. 12.--Lanceros. 3.--Lanceros. 13.--Mazurka. 4.--Wals. 14.--Variedades. 5.--Lanceros. 15.--Polka. 6.--Polka. 16.--Lanceros. 7.--Variedades. 17.--Wals. 8.--Wals. 18.--Variedades. 9.--Lanceros. 19.--Shottisch. 10.--Mazurka. 20.--Galopa.

Por más que me devané los sesos, no pude comprender de qué baile se trataba con el nombre de "Variedades," ó si se trataba de un recurso para salir de compromisos, muy molesto á veces para las polluelas bailadoras.

El piso del salon es tan parejo y bien cepillado, que parece una plancha de bronce.

La concurrencia era realmente espléndida; dominaban las bellas francesas, cubanas y criollas; el vestido blanco de linon ó de seda con encajes y flores, era el favorecido por la eleccion de las hermosas, y la cortísima fraccion que representaba á México, satisfacia con largueza nuestro orgullo. En esa fraccion brillaban, por su hermosura y exquisita elegancia, las gentiles hijas del Sr. Payró.

Ofrecian espectáculos deliciosos las tres naves, ya presentando en inquietas ondas tocados, gasas y flores, ya desplegándose en alas en los Lanceros, que es el baile más favorito, ya formando torbellinos en esos walses alemanes, que son el vuelo, la embriaguez, el delirio y el éxtasis.

Paralelo al salon del baile habia otro salon _restaurant_, con sus mesas y su excelente servicio de fiambres, refrescos y licores, donde podian refrigerarse al paso, y _por cuanto vos_, danzantes y gente desocupada.

En los recesos de la orquesta, que era por cierto muy buena, paseaban señoras y caballeros, y los viejos tomaban parte en esas fatigas, muy conciliables con sus medios tranquilos de accion.

El Sr. Payró nos presentó á las personas más distinguidas de aquella culta sociedad, y no satisfecho de sus atenciones, nos llevó á un cuartito excusado muy bien abrigado, con muelles y cómodas poltronas, una gran mesa en el centro y tabacos riquísimos para regalo de los afortunados visitantes de aquel delicioso camarin de los viejos.

Por supuesto que tal retrete de la holganza y la charla realizó para mí mi ideal: siempre he procurado en las diversiones en cuya direccion he tenido parte, un algo para los viejos.... ¿Por qué no tributar un homenaje á los inválidos del placer? ¿por qué no consagrar un invernadero á los recuerdos, donde se abren de par en par los verjeles á las ilusiones?

Allí pude notar esa pulcritud, ese desembarazo de buen tono, ese sentimiento artístico, ese buen decir que con razon se ensalza cuando se habla de la gente bien educada de Orleans.

En el salon esencialmente, y en la mujer de nuestra raza, veia ese rayo furtivo de sentimiento que echaba ménos en las deidades olímpicas de San Francisco.

¿De qué búcaro se habian escapado aquellas flores de embriagadores perfumes? ¿Entre las ramas de qué manglares habian despedido sus sentidos arrullos aquellas palomas? Yo no sabré decir; pero á primera vista, no parece que Nueva-Orleans encierre tantos tesoros de belleza y de elegancia; y cómo se siente á nuestra manera, y cómo el cútis de piñon, y la tendida pestaña, y el ojo apasionado, y el negro y rizado cabello, nos despierta reminiscencias de ternura: aquella sociedad, á mí me pareció encantadora.

Volviendo al cuarto de los viejos, en él fuí presentado, y trabé conocimiento con el Sr. general Bauregard, persona de renombre histórico en la guerra del Sur, de claros talentos y de selecta y vasta erudicion.

El general es de cuerpo mediano, delgado, pero enhiesto y elegante, de encrespado cabello cano, frente abierta, y ojos, si no muy grandes, sí muy inteligentes y penetrantes.

La conversacion recayó sobre varios asuntos, y cuando nos separamos fué con el propósito de frecuentar nuestras entrevistas. A tan cumplido caballero no podia dejar de consignar un recuerdo de cariño en estas páginas.

Aunque el baile y la buena compañía en que nos encontrábamos tenia muchos atractivos, y aunque Joaquin charlaba como un desesperado, con cubanos entusiastas y con criollas lindas mozas, fué forzoso separarnos á instancias mias, por tener la peor idea, idea injusta si se quiere, de mi barrio y de mi calle de San Felipe.

Serian las doce y media de la noche cuando nos retiramos del baile, hallándonos á la entrada de nuestro barrio lóbrego, mal alumbrado, con tal cual transeunte de cachucha y calzado equívoco, haciéndose X en la angosta banqueta.

Regresamos por la calle de _Daufin_ que se distingue en la oscuridad por los farolillos encarnados que anuncian las tabernas, y las puertas cerradas, con un boquete con su cruz de fierro, característico del mercado de las _hijas de la noche_.

Estas casas son frecuentadas por la gente más soez; asesinos, ladrones, bandidos italianos, la hez, la basca social.

Pero me es forzoso confesar, para descargo de mi conciencia, que no obstante lo mucho y muy malo que he presenciado en ese género de literatura, nada deja más atrás la hipérbole misma, que las diabólicas apariciones de la calle de Daufin, por desgracia muy vecina de nuestra casa.

Y no se concentran, ni se encierran, ni se alejan de las miradas sus figuras de arpías, no; sino que las ostentan, las bailan, las cantan, y llevan á su última exageracion el escándalo.

Se abre de repente una celosía, y ya aparece un verdadero cadáver con moños y descotes sacrílegos.... ya tiende el brazo y os quiere atrapar una negra, espanto del infierno mismo. Allí está radicada la lepra hasta en los canes y los gatos.

Esa es la concurrencia femenina-nocturna, _de cierto género_, en la calle de Daufin.

Alcalde y yo atravesábamos la calle, haciendo agradabilísimos recuerdos del baile, cuando notamos extraordinariamente iluminada una de esas casas de indigno tráfico, de que hemos hablado.

La acera en que se encuentra la casa era como de macizas tinieblas, y de ella salia como en torrente, la luz vivísima en medio de un profundo silencio....

Cuando estábamos á cierta distancia, Joaquin me hizo reparar en la luz; yo creí que se trataba de una de esas repugnantes orgías, hijas de la desenvoltura y de la rabia de gozar; creí que el silencio era uno de esos paréntesis que abren el fastidio y el cansancio donde quiera que se forza el placer; pero al tocar en el frente de aquella puerta, ni me imaginaba siquiera lo que veian mis ojos.

Era una tarima de la altura de una silla; pero tan cubierta de flores, que propiamente podria llamarse un delicioso lecho de flores, porque tales eran su largo y su anchura. En medio del lecho estaba un cadáver.... Era el cadáver de una niña que contaria á lo más once años; pero de tan deslumbradora belleza, que en el rastro luminoso de las extinguidas gracias, como que flotaba indecisa la augusta severidad de la muerte.

Su cabeza se veia levantada y brillaba en el centro de una aureola de oro; vestia túnica blanca y se tendia á su espalda un manto de seda azul sembrado de estrellas.... como tenemos la costumbre de ver á la Reina de los Angeles en su ideal personificado de la pureza y la inocencia.

Bajo las tendidas pestañas de aquella niña, parecia abrigarse la luz de la vida; la sonrisa no se habia atrevido á abandonar aquellos labios; sus manos, descansando sobre su pecho, oprimian un ramo de azucenas, como representando sin pretensiones y como espontánea, la glorificacion de la inocencia.

La pompa, la majestad de aquel espectáculo era el silencio: él habia convertido en templo sagrado aquel lugar de vicio y de horrores....

Las mujeres que acompañaban aquel cadáver, tenian una expresion singular; la mujer y la madre se sobreponian, por una incomprensible inconsecuencia del destino, á la arpía y á la ramera....

¡Pobre niña! decia yo conmovido en el fondo de mi alma: ¿qué contrasentido, qué aberracion del destino te presenta este sitio como embelleciendo á la muerte? ¿Por qué capricho de la fatalidad apareces aquí donde "_no hay esperanza_" para la virtud, como intentona angélica de victoriosa purificacion?

¿Al atravesar esta atmósfera tu sér purísimo te asfixió la corrupcion del vicio y venció el ángel á la que llevaba sobre su frente la candidatura terrible de la disolucion?

¿Es para tí la muerte una redencion? ¿es el remanso puro en que caen las aguas de tus dias que debieron enturbiarse en el fango?

¿Abres aquí un paréntesis de santificacion, de inocencia, como un recuerdo de amor divino, como una promesa de misericordia que se filtra en esas cavernas de almas cerradas para siempre á la luz del cielo?

¿Quisiste dormirte al arrullo de los santos recuerdos de esas almas ensordecidas á todo sentimiento de ternura?

Aquí eres una aparicion, una sorpresa; acaso entre esos bultos, entre esas mujeres, está la madre que te veia resbalar en la perdicion y pedia al cielo que te salvase.... ó acaso de sus garras y de los cálculos de un tráfico sacrílego te arrebató el arcángel custodio de tu inocencia, y le dejó, estrechando á su seno con tu cadáver, el escarmiento de su depravacion......

De cuando en cuando, algunas de aquellas mujeres, extrañas á todo lo delicado, torpes para las acciones circunspectas y cultas, se acercaban á componer los cirios ó arreglar el vestido, á renovar el liquidambar que suspiraba sus perfumes á un lado del lecho de flores.... pero con tal cuidado, con tan leves pasos, con finura tanta, como si temiesen despertar con su ruido á aquella niña confiada á sus cuidados.

No sé el tiempo que duró nuestra visita al cadáver.... Alcalde y yo nos retiramos silenciosos.... y despues hemos recordado, siempre conmovidos, el inesperado cuadro de la calle de Daufin.

VII

Las madrugadas.--Vida íntima.--La raza latina.--El café cantante.

No obstante que ciertos jugadores de ajedrez me pegaban cada desvelada que era un contento, yo no abandonaba mi costumbre de levantarme ántes de salir la luz, y esa circunstancia, unida á mi manía de hablar y reir y armar jácara cuando entro en conversacion tirada con mi pluma, hacian mi vecindad realmente deliciosa.

Por otra parte, la servidumbre de la casa de Mad. Belloc era de negritas particulares, que con su ir y venir, y con sus risas y dengues, tenian en excitacion perpétua la bílis de Pancho, desesperaban á Alcalde, y á mí me llegaron á afectar los nervios.

Las negritas no penetraban, sino que asaltaban nuestros aposentos, pateando, golpeando y sacudiendo cuanto estaba á su alcance, lo mismo un perchero que la cabeza de un hombre formal.

Las más serviciales hijas del hollin, habian compaginado un idioma propio que nadie comprendia, lo que daba lugar á escenas divertidas.

Habia dos excepciones en la servidumbre: una la constituia una jovenzuela fresca y bien plantada, cuyo matrimonio aceleramos por vapor.... porque no tranquilo su novio con la simple presencia de nuestra buena compañía, la sustrajo al establecimiento, y en los vivos aires, y sin pararse en pelo ni tamaño, la condujo al pié de los altares.

La otra excepcion era un José que no sabia mas que el inglés que le hablaban aquellos de quienes recibia una ligera gratificacion. Mediante ese estímulo, hacia caravanas José y era como un dulce; cuando la pitanza no auxiliaba la palabra.... entónces, á cualquiera demanda contestaba con un _I do not_, de reventarlo.

A las primeras horas de la mañana yo escribia mis apuntaciones; despues del desayuno leiamos periódicos.

Gomez del Palacio, inagotable en bondades con sus compañeros, se dedicó con Alcalde y conmigo á darnos algunas lecciones de inglés; pero es el caso que nosotros habiamos resuelto aprender el escabroso idioma de Milton y de Shakspeare, sin estudiar palabra y sin fijar en nada la atencion.