Viaje a los Estados Unidos, Tomo II

Part 5

Chapter 53,630 wordsPublic domain

_Lovedale._--¡Qué candor! ¿qué demonios tiene que ver el pueblo en estas cosas? El pueblo solo se ocupa en estas materias para aprobar lo que nosotros sus conductores decidimos; gracias á nuestra organizacion de partido, hacemos la cosa de modo que nadie resista nuestros mandatos soberanos: el pueblo, ¿qué más quiere? solo tiene que aprobar los candidatos que nosotros elegimos. Se le sirve el plato caliente y humeando: no hay más remedio que tragarlo como está.

_Randolfo._--¡Vd. me asombra!

_Lovedale._--En dos palabras, hé aquí todo lo que vd. tiene que hacer: en primer lugar, comprar lo más barato posible algunos periódicos de los más influentes en todo el país, asegurándose ántes, como es debido, de la prensa de Nueva-Orleans. Ya se entiende que uno de estos periódicos, con toda _independencia_, comenzará por seros hostil y que sostendrá los títulos de cualquiera de vuestros rivales; pero lo defenderá de manera que lo pierda: con esto, y con que se mantenga cualquier otro periódico independiente, la cosa es hecha.

_Randolfo._--¡Prostituir la prensa, el gran paladium de nuestras libertades!

_Lovedale._--¡El gran _paladium_! eso es decir una inocencia.... infantil.

_Randolfo._--Pero debe ser muy cara esa compra de la prensa.

_Gammon._--Con seis mil pesos hay lo suficiente, y ese pico lo puede vd. gastar.

_Lovedale._--M. Gammon tiene justicia. Mediante esa ligera remuneracion, todos los periódicos dirán que sois la perfeccion misma y dirán que el pueblo os aclama en calles y plazas por su gobernador. Despues de esto, será necesario trabajar en las asambleas preparatorias. En todos los pueblos cortos hay dos ó tres hombres que llevan á los demás por donde quieren. Teniendo de nuestro lado á estos hombres, podemos decir que tenemos en nuestra mano al país entero, y estad seguro, nosotros, habiendo maña, los tendremos á nuestras órdenes. En cuanto á Nueva-Orleans, ya se sabe, es lo más fácil. Con unos cuantos pesos, todo se arregla.

_Randolfo._--¿Pero en que país estamos? ¿Se compran los hombres libres como si fueran cabezas de ganado? ¿Y eso qué tanto costará?

_Trimsail._--Entre arreglos preliminares, convites.... delegados, etc., bien podrán invertirse sus cinco mil pesos.

_Lovedale._--Una vez que se admita á vd. en el primer colegio, lo demás se va como agua. Hablemos claro: con que ponga vd. diez mil pesos á disposicion del Comité Central, él fabricará congreso y sacará de debajo de la tierra cuatro mil votos, con lo que el triunfo es tan cierto como espléndido.

_Randolfo._--¿Y eso es todo?

_Turncoat._--No precisamente todo: se tienen que despolvorear otros tres ó cuatro mil pesillos para votos aislados y campestres.

_El Gobernador._--Para no andarse con dibujos, es forzoso gastar en todo el juego unos veinticinco mil pesos.

_Randolfo._--Pues entiendan vdes. que los pobres no deben ser políticos.

_Lovedale._--Vd. perdone; podrán serlo, pero de otra manera. Si fuéseis pobre, yo os habria dicho: Mostrad vuestros talentos, endrogaos, aparentad algun vicio. En este caso, la envidia perdonará vuestra inteligencia. Cada uno de los méritos que podais tener, debe ser contrabalanceado por algun saltante defecto. Si el pueblo pudiese decir únicamente ¡cuánto talento tiene este pícaro! ¡qué desdicha que este hombre sea un perdulario! entónces tendreis asegurados muchos votos; pero si sois un candidato honrado, estais perdido. Dad apretones de mano á cuantos encontreis; miéntras más despilfarrado os vean, será mejor. Vestíos con descuido, afectad ordinariez, soltad cada palabrota que estremezca, tocad con afecto la espalda de todo el mundo, embriagaos por lo bajo una vez por semana, y en cantina bien concurrida y acreditada, haceos miembro de cualquiera de estas asociaciones disparatadas que surgen diariamente en Nueva-Orleans, declamad contra los tiranos, los aristócratas y los ricos; pero sobre todo, hablad eternamente del infeliz pueblo oprimido y de sus derechos, y teneis todas las probabilidades de una eleccion triunfal.... sobre todo si....

_Randolfo._--Parece que vacilais..... creia que ibais á decir: sobre todo, si ofrezco ser instrumento ciego de los jefes.

_Gammon._--Dísteis en el clavo.

_Trimsail._--Juguemos limpio; la ciencia de la política consiste en esto: comprar ó ser comprado, servirse de los otros como instrumentos, ó ser á su vez su propio instrumento.

_Randolfo._--¿No teneis otras instrucciones que darme?

_Lovedale._--Sí; cuando hayais sido elegido por la convencion y puesto vuestros medios en las manos del comité, viajareis tranquilamente por todo el Estado, y de cuando en cuando lanzareis un pequeño discurso para que produzca efectos teatrales. El verdadero trabajo se hará entre bastidores.

_Randolfo._--Pero, señores, yo preveo más dificultades que las que me anuncias. Se habla de Cramfort para el gobierno del Estado, y nadie tiene la mitad de sus méritos. En mi juicio, él tiene más talento que ningun otro hombre de Estado en esta nacion; de suerte que tengo por cierto que él será el elegido.

_El Gobernador._--Nada vale Cramfort, le falta juicio; se necesita mucho buen sentido.

_Lovedale._--Además, no nos importa, no es nuestro amigo, nos descartaremos de él; con algunos agentes hábiles en la ciudad y otros tantos en el campo, lo haremos todo. Cada vez que se pronuncie el nombre de Cramfort aparentarán nuestros agentes que son sus mejores amigos y dirán que es la misma perfeccion; pero con un gesto de desaliento profundo exclamarán: ¡Qué desgracia que sea tan impopular! ¡El pueblo no lo acepta! ¡_La opinion lo rechaza_, y á ésta no se puede resistir!

_Randolfo._--Bien; pero yo he viajado últimamente por el Estado, y sé perfectamente que está en su favor.

_Turncoat._--Precisamente para eso estamos nosotros, para probar que el país le es hostil. Muchos mostrarán pesar y retraimiento, y con esta maniobra abandonarán sus trabajos.

_El Gobernador._--Además, querido Randolfo, las persuasiones por localidades cortas son fáciles: á cada una de ellas, ¿por quién estais? preguntan nuestros agentes. Se les responde: "Por Randolfo." "Nosotros tambien," replican los nuestros, y á todo Nueva-Orleans tenemos de nuestra parte; pero eso no vale nada, porque el hombre, aunque nos duela, es muy impopular. ¡Qué desengaño! era nuestro candidato; pero le hemos abandonado para conservar la unidad del partido.... Esto desespera, dicen nuestros agentes con las lágrimas en los ojos, y ¿á quién pondremos en su lugar? ¿á quién? al hombre más popular: él no tiene nuestras simpatías personales; pero es hombre muy querido.... es el que tiene verdaderas probabilidades de éxito.

_Lovedale._--Este juego, por supuesto, se repite pueblo por pueblo.

_Randolfo._--Pero si se nos pregunta por qué es tan impopular, ¿qué respondemos?

_Gammon._--Querido amigo, un _politiquero_ jamás razona con el pueblo. Cramfort es impopular, y la razon es que es muy impopular.... eso es inexplicable, pero es muy impopular.... Acaso le perjudique su orgullo.... dice uno con hipocresía: hay quien le acuse de aristócrata.... el hombre está perdido para siempre.

_El Gobernador._--Randolfo: ahora, ¿qué teneis que decir?

_Randolfo._--Señores, si yo no he comprendido mal, aunque nuestro gobierno sea constitucional en apariencia y democrático en el papel.... en resumidas cuentas, no es más que una oligarquía.

_El Gobernador._--Nosotros no tenemos la culpa.

_Randolfo._--No importa saber de quién es la culpa: si yo soy deudor á esta oligarquía y no al pueblo de mi eleccion, que esperará de mí?

_Lovedale._--La oligarquía esperará proteccion. La ayudaremos, y nos ayudará....

_Randolfo._--Pero se me pueden exigir cosas contrarias á mi juramento y al pueblo....

_Lovedale._--Noramala el tal pueblo: ¿quién se ocupa sériamente del pueblo? Hablemos aquí como amigos, sin careta, como hombres prácticos, como verdaderos políticos... Comienzo á creer que nuestro amigo no quiere comprendernos...."

Esa es una muestra del sentir de los que se ocupan del negocio de los Estados-Unidos, y M. Gayarré ha conquistado lauros como buen patriota y como hombre probo con esta comedia, que recuerda en muchos de sus pasajes las "Nubes" del primero de los poetas cómicos griegos.

Sin embargo, segun la opinion universal de los conocedores de los Estados-Unidos, el cuadro trazado por M. Gayarré, respecto de los _politiqueros_, es exacto; pero no está en suficiente relieve la opinion del pueblo cuando se hieren _intereses_, no opiniones. Sondeando este punto, se veria que el pueblo existe y que su opinion predomina sobre las intrigas de los mercaderes políticos.

Al regresar á mi posada el dia que encontré á M. Gayarré, tuve el gusto de abrazar al general Sóstenes Rocha y á Jorge Hameken y Mejía, personas ambas de mi particular estimacion.

V

Segundo romance á Xarifa.--Paseos nocturnos.--Pick-nick.--Los templos.--Calle de Dumain.--Poesía.

Hacia en mi cuarto una mañana mi ejercicio de fiera, como apellida con gracia Martinez de Castro á los paseos entre cuatro paredes, cuando me llamaron de parte de Gomez del Palacio.

Este habia recibido la visita de M. Townsed, esposo de Xarifa y padre de una familia finísima que á Gomez y á mí nos colmó despues de atenciones.

Cora, la señorita mayor de la familia, habia estado en México, juntos habiamos admirado á la Ristori y habiamos visitado algunos lugares de los alrededores de México, de que hacia recuerdos deliciosos.

M. Townsed es un hombre muy perito en materias mercantiles, franco, generoso, finísimo yankee y de una conversacion de hombre de mundo, que entretiene é instruye.

Quedaron establecidas y ratificadas las bases de visitas y paseos, y yo envié á Xarifa la siguiente misiva, contestacion á una perfumada cartita que recibí de la lindísima Cora, en que me decia que con cualquiera de las aves que pasaban por la alta region en que yo habitaba, le enviara mis mensajes....

Y para que conste.... ahí suelto la copla, tal y como brotó de mi pluma:

SEGUNDO ROMANCE A XARIFA.

Avecilla pasajera, Deten tu vuelo fugaz, Que voy á darte un mensaje, Para una dulce beldad, Más hermosa que los campos, Por donde contenta vas, Y más blanca que la espuma De las olas de la mar. Sus cabellos, rayos de oro, De gacela su mirar: Y manando sus sonrisas De las perlas y el coral. Y el pajarito detiene Su vuelo.... y oyendo está: "Dile que un bardo que llora Penas del hado fatal, Pidió á su lira concentos, Y la lira muda está; Que se lacsaron sus cuerdas Con su contínuo llorar: Pidió una flor á los campos De la juvenil edad, Y de su vejez los hielos, Malezas y espinas dan. Entónces confió á tus gracias Los ecos de su cantar, Como el que quiere, aunque en sueño, Llevar al cielo su afan; Como quien busca un arrimo, Como quien pide un disfraz, Para besar una mano Con respetuosa amistad, Ya que hacerlo no le es dado Al tímido original."

* * * * *

Esto dije al pajarito Que tú conoces, señora, Para tu preciosa Cora, Y le dí el mensaje escrito.

* * * * *

Es muy cierto, verdad es Que el mensaje cortesano, Como no _pico_ el inglés, Se lo dije en castellano Y él calló sin decir _yes_....

* * * * *

Entónces con desconsuelo Mi voz atraerlo pretende.... Pero él exclamó: _no entende_, Y alzando rápido vuelo, El giro al espacio emprende.

* * * * *

Quedo yo expiando el delito De mi ignorancia traidora: Haz tú, Xarifa, con Cora Las veces del pajarito.

Nueva-Orleans, Abril 9 de 1877.

GUILLERMO PRIETO.

A este y otros versitos juguetones contestaban Xarifa y Cora con chistes y con gracias de tan buen tono y tan llenas de delicadeza, que extendian mi cariño, criaban mi gratitud y convertian cada dia en más profundo mi respeto á la familia entera.

La vida del hotel nos aburria, la comida nos tenia con la bílis en los labios: en una palabra, caia en nuestras almas la sombra de la nostalgia, encerrándose cada cual con sus penas íntimas temiendo molestar á los demás.

Entónces emprendió mi naturaleza descomunal batalla para no dejarse dominar y rendir por mi situacion dolorosa.

Para los hombres concentrados; para esos para quienes el dolor encuentra en sus almas el silencio de la meditacion, las ruinas del desengaño entre el hielo del pasado y la indiferencia por el porvenir, esa visita del _splin_ se pasea como una tempestad sobre un arenal, como cae un rayo en el abismo de las aguas; pero cuando el dolor sorprende nuestro sér; cuando aun viven algunas ilusiones; cuando aun florecen algunos afectos; cuando aspiramos recuerdos en las flores de la tumba y cintilan estrellas en nuestro ocaso, esas invasiones del dolor nos quebrantan; esos relámpagos de desengaño nos deslumbran; ese desamparo estremece nuestros miembros, como las húmedas paredes de un sepulcro en que se nos enterrase vivos.

Yo me amaba con el amor de los que mi gratitud ó mi vanidad me hacian creer que lloraban por mí, los ecos que á mí llegaban hacian vacío en mi espíritu por su extrañeza, el hospedaje de la tierra era como limosna, el aire que llevaba los cantos del ajeno contento, hacia como sombra á mi espíritu para que volasen furtivos mis suspiros.

¡Cómo me sentia doliente y solo, en el desierto de mi alma!

Mis amigos Lancaster y Alcalde, con bondad infinita, me llenaban de noticias, inventaban visitas y excursiones para alentarme, como quien chiquea á un niño, como quien contempla á un padre.

Un domingo, Alcalde me dijo que le acompañase á un negocio al extremo de la ciudad.

No esperó mi respuesta, sino que me encasquetó el sombrero, y cátenme vdes. en vía de diversion.

Hicimos parada á la orilla del lago Ponchartrain.

¡Qué limpias y tendidas aguas! ¡qué risueñas orillas bordadas con los cortinajes que forman los bosques y los caprichosos accidentes de las lejanas colinas!

¡Qué pintorescas barcas de pescadores! ¡y cuántos vaporcillos, faluchos y buquecillos de vapor atravesando con pintorescas poblaciones en sus cubiertas, sus músicas y su aire de contento.

A la orilla del lago hay _restaurants_ y salones espaciosos, tiros de pistola, juegos de bolos y lugares en que se expenden helados, bebidas refrigerantes, bizcochos y dulces.

Y todo esto animado por un gentío inmenso, porque el rasgo más característico de la mujer americana, sea la que fuere su clase, es ser eminentemente portátil.

A pocos pasos del paradero del ferrocarril está el puente de madera: á la entrada del puente un ciego pedia limosna, en tres idiomas alternativamente.

En medio del puente nos detuvimos á contemplar el lago, que es ciertamente magnífico.

La corriente de gente nos empujó á una puertecita de un jardin, á donde llegaban, ó por mejor decir, se descargaban los wagones y se declaraba el imperio de la gresca.

Unos caballeros vestidos con sus fracs negros, corbatas y guantes blancos y en los ojales del frac anchas tiras de liston con sus flecos de plata y oro colgando, nos expidieron los boletos, por cuanto vos se entiende, proclamándose en grandes rótulos que aquel era un _Pick-nick_, cuyos productos se dedicaban á un establecimiento de caridad.

Entramos y nos encontramos en el centro del jardin más bello que se puede imaginar: altísimos árboles, macizos de flores, toldos de enredaderas, fuentes bullidoras.

En toda la extension del jardin habia mesillas ó puestos de vendimias, y aparadores con frutas, dulces, objetos de modas, joyas, etc., como quien dice, tiendas provisionales, cuyo despacho estaba encargado á jóvenes de deslumbradora hermosura, pero como en competencia las razas.

La americana, alta, estrictamente ceñida, con grandes bucles, peinado colosal, ojos de cielo y cútis cristalino, un tanto de anguloso en las formas, algo de varonil en la conformacion de las manos; y la criolla de color apiñonado, de ojos negros como abismos de pasion y de ternura, labios manando besos y sonrisas, cabello encrespado sobre la tersa frente, y un conjunto muy semejante al tipo mexicano en su adorable perfeccion.

En el centro del jardin, en círculo extenso formado de un solo mostrador corrido, imperaba una especie de _bar-room_ mixto, porque habia sangrías, rompopes helados y compuestos de aguas de Seltz y Vichy, _sandwichs_ y _candís_, ó sea dulces de todas clases, con petardos, y con preguntas y respuestas, con declaraciones amorosas, y con dulces disfrazados primorosamente de divertidos juguetes.

La servidumbre del establecimiento era espléndida, deliciosa; eran señoritas de privilegiada hermosura, tan listas, tan alegres, con sus largos delantales de lienzo como de nieve sobre la seda, cuajado el pecho de cadenas y joyas, corriendo, saltando y sirviendo á los marchantes en el mostrador mismo, ó en las mesitas colocadas bajo los árboles, ó entre los camellones de alta yerba y deliciosas flores.

A los extremos del jardin se veia en uno _un jacalito_ ó casita campestre con este rubro: _Post-ofice_: era una oficina de correos en forma, con su despacho, sus sellos y su cuerpo de carteros. Allí se escribia para cualquiera de los concurrentes y la carta se encaminaba á la direccion, acudiendo los interesados por la respuesta ó esperándola de los carteros.

En el opuesto extremo se extendia amplísimo el salon de baile con sus ventanas rasgadas dando al jardin, y su sobresaliente música de viento.

Pero lo constitutivo de estos espectáculos, ó mejor dicho, lo que es el espectáculo en sí, es la concurrencia, tan bien vestida, tan alegre, tan persuadida de que el órden es una condicion de placer para la gente civilizada.

Los niños en estas reuniones son lo que las aguas á los campos, lo que las aves cantoras á los aires, lo que al rostro humano la sonrisa, lo que al jarron de alabastro los ramos de flores.

¡Qué gusto en el vestir, qué alegría, qué soltura y libertad, qué correr custodiados por su inocencia y por el respeto y consideracion universales; todas las manos se tienden para acariciarlos, todas las rodillas son su apoyo, en todos los regazos encuentran halagos!

--Esto es lindísimo, me decia Alcalde, satisfecho de haber ahuyentado mi mal humor: haga vd. sus apuntaciones; aquí traje papel; ¿y el lápiz de vd.? porque hay dias que pierde vd. tres y cuatro.

--Estas son nuestras _jamaicas_ en tafilete, le dije á Joaquin: ¿vd. no recuerda de nuestra tierra?

--Las que he visto, me contestó mi amigo, han sido reminiscencias, en las plazas de toros, en los paseos como la Pradera.

--Pues cuando yo era niño, ví una de esas _jamaicas_ en el bosque de Chapultepec, contiguo á la casa de mis padres, como vd. sabe, que dejó en mí recuerdos imperecederos.

Ya vd. recuerda aquella glorieta del fondo del bosque formada de ahuehuetes gigantescos: ¿la recuerda vd. bien? recuerda su bóveda de ramas, de la que cuelga en chorros el heno y que se abre el centro descubriendo la bóveda del cielo? ¿Recuerda vd. las avenidas de esa glorieta con árboles magníficos, como naves de catedrales de indescribible majestad?

Yo todo lo estoy viendo: por entre los claros que dejan esos árboles, se descubre, ya la fábrica pintoresca del molino, ya la arquería de Anzures con los ojos de sus arcos, ya el castillo con su balconería, su jardin, y su conjunto como el castillo que describe el Ariosto, accesible al caballo pálido engendrado por el aire y la llama; ya en un claro al Sur-Este, los volcanes, las serranías de Cuernavaca y de Toluca, y el tropel de palacios derramados entre los árboles en las pintorescas lomas de Tacubaya.

En esa lindísima glorieta se dió la _jamaica_ dirigida por los hombres de buen gusto de la época, como Gonzalez Angulo, Gamboa, Olaguibel, el mayorazgo Guerrero, Tornel, Molinos del Campo y otros cumplidos caballeros.

La variedad de trages y lo selecto de la reunion, se prestaban á combinaciones y matices que no son posibles aquí.

Allí habia fruteras, por supuesto señoritas de la más alta sociedad, con sus armadores de seda, sus enaguas de raso y de blonda; pero remedando á nuestras vendedoras.

Ya un grupo de inditas deliciosas vendian flores, procurando remedar los _cuatros_ y el encogimiento de las Xochiles de Santanita y de Ixtacalco.

Ya bajo un puesto con su desplante aquel, y con su retobeo y su tragin, estaba instalada una fonda para merienda, y las fonderas, cuajadas de perlas y diamantes, servian y regateaban, y hacian su papel como los demás.

Los hombres distinguidos, los pollos, lujo y decoro de los salones, eran allí dulceros, pasteleros, neveros, vendedores de licores.

En cada fonda rumbosa, en cada puesto, habia sus arpas, sus bandolones, sus dulzainas y sus flautas.

Se compraba con escuditos de oro, y la gracia se hacia estribar, en los chistes del comprador, en los fingidos dengues de las vendedoras. Veintimilla, Villaseñor, Mendivil y otros poetas improvisadores, hacian sus compras dirigiéndose en verso á las vendedoras, que eran condesas y marquesas, con los trages de la florista y de la vendedora de tamales cernidos.

Así, platicando, entramos al salon de baile, que era una verdadera torre de Babel.

Americanos, franceses, ingleses, mexicanos, españoles, de todo habia, y el bello sexo, representante de todas estas nacionalidades, entablaba espontánea, no solo una competencia de lujo y de belleza, sino, lo que es más, de gracias, de amabilidad y de buen humor, verdaderamente hechiceros.

La humanidad reia, amaba, danzaba y daba al diablo lo del Valle de lágrimas, convirtiendo la copa del dolor en rebosantes copas de Champaña.

La tiesura de la inglesa, la voluptuosa indolencia de la criolla, la Sal de Jesus de la habanera, todo se ostentaba espléndido, incendiando al criollo, galvanizando al inglés, distrayendo al yankee y enloqueciendo al mexicano y al habanero.

Yo me habia sentado en una de las bancas del salon de baile, á corta distancia de una señora, dije mal, de una verdadera matrona, que por condescendencia con sus niñas estaba en aquel lugar, sin atender ni ocuparse más que de sus hijos.

Morena, de correcto perfil su nariz, boca reducida y discreta, y los ojos más llenos de dulzura y bondad que pueden constituir el ideal del pintor.

Una preciosa niña corria del asiento de la señora, á donde yo estaba, cerca de la música, y como la mamá la llamaba y procuraba sosegarla, hablando en español.... yo encontré el hilo de una relacion que me sugeria mi viva simpatía por aquella modesta familia.

Pero la señora, aunque de muy finas maneras, tenia un aspecto de melancolía y de gravedad, y no obstante mi valor civil, no me permitia contestaciones como con Clarita la de San Francisco California.

En una de las escapadas que se dió la niña del regazo materno, pasó tan cerca de mí, que la retuve para hacerle un cariño.

--¿Cuál es tu nombre, mi vida?

--Julita.... para servir á vd.....

--¿Y tu mamá?

--Julia tambien, y papá chico, Federico Miranda.

La señora llamó á la niña, y yo me quedé á oscuras, aunque resuelto á contraer amistad. Ocurrióme, como si fuera lo más natural, valerme de la estafeta _ad hoc_ de la entrada; dirigíme allá, pedí papel, esgrimí el lápiz y sobre la rodilla escribí:

A JULIA.