Viaje a los Estados Unidos, Tomo II

Part 31

Chapter 314,018 wordsPublic domain

Al lecho del dolor, á la oscura prision en que llora á la puerta la esperanza, en el buque en que la muerte nos habla al través de una frágil tabla en las horas de silencio y duelo, allí llega el ingenio entre las fojas de un libro, se apodera de nuestros sentidos, nos trasporta debajo de las aguas, nos inicia en los grandes salones, en el conocimiento de altos personajes, nos interioriza en los amores tempestuosos de Claudio Frolo, en las aventuras de Artagnan, en las picarescas excursiones de mi Vecino Raymundo, y cuando volvemos los ojos, se han secado nuestras lágrimas, hemos cobrado fuerza para las penas, hemos alejado de nosotros la tentacion suicida. Este milagro lo veia yo patente entre los espectadores franceses. Cada gesto, cada movimiento, cada una de esas irradiaciones de malicia que la Aimée sabe hacer lucir hasta en los pliegues de su trage, eran como ráfagas que iban á iluminar hasta las frentes llenas de canas de las viejas modistas, desertoras de Maville y de los campos Elíseos.

Volvíme de Broklyn: era ya de noche.

En las noches, la parte alta de la ciudad se ve oscura y triste; los remates de los edificios, las agudas agujas de las torres, se destacan en la sombra como fantasmas. De trecho en trecho, en los muros se ven claros luminosos de fondas y billares, y fuera de las avenidas en que el comercio se agita, los promontorios que forman las lámparas, las luces de colores de boticas y de teatros se levantan; se ven, en las calles esencialmente, como huecos de oscuridad suma, lobreguez y silencio tristísimos.

Por ahora todo sucumbe al calor. Un calor que agobia y mata la facultad de pensar; se siente como arena ardiente en las entrañas, nos baña el sudor, los ojos arden y la palabra se arrastra con sonido extraño en los labios secos.

Toda la pompa, todas las grandezas, toda esa ostentacion de civilizacion y de lujo que con justicia se admira en Nueva-York, se cambiarian por un cuarto en el más pobre arrabal de México. Este es un horno, se masca el aire.

Atraviesan gentes con las mangas de las levitas remangadas y los sombreros de paja, ó sendos abanicos en las manos.

Las damas dejan sus salones y están en las puertas de las entradas de las casas: los hombres hacen sus visitas en las escaleras. El suelo quema las plantas, solo con zapatos con suela de un dedo de grueso, se anda cómodo. Yo quise andar con mi botin á la mexicana, y se me figuraba que iba sobre una parrilla ardiendo.

A las muchas fuentes se abalanza la gente á beber, y cuando el policía se descuida, zanbullen su cabeza en las aguas los más encopetados.

El consumo de hielo es fabuloso; se trasportan verdaderos peñascos en carros: en el vino, en la mantequilla, en los tomates, en el _thé_, en el café, en todo hay hielo. En los teatros hay regados abanicos sobre los asientos, y no es extraño ver graves espectadores en la galería de un teatro de segundo órden, que quedan en mangas de camisa para no abandonar la diversion.

La gente gira como vagando, aturdida y sin objeto, hasta muy entrada la noche; y fíjese bien la atencion en que se trata de la noche, es decir, las horas de solaz y de fresco.

En el dia es la mansion en las llamas, trasciende como achicharrándose la carne humana en el gentío de Broadway: á cada dos pasos se ven grandes soperas con aguas de naranja ó limones, á uno, dos y tres centavos el vaso. En las boticas se agolpa la gente pidiendo soda, _vichy_ y aguas heladas, y en cualquier momento se podria apagar un incendio, si pudiera deponer la gente la cerveza que toma de las dos á las cuatro de la tarde. El termómetro suele marcar de 100 á 104 grados de Farenheit.

A esas horas, el ruido de los mil carruajes que forman como piso que se mueve con sus techos, se oye como de procesion fúnebre; por poco elevada que sea una subida, se tiene que remudar caballos. A las orillas de las banquetas hay baldes con agua, donde paran los animales á beber, y con todo, caminan cuellicaidos, con las crines colgando y un resollar de angustia que molesta de ver...... Así caen muertos.

Los cocheros, á pesar de preservarse con grandes paraguas que dicen con gigantescas letras: "Guanaco," y así conocidos por su gran tamaño, van empapados en sudor, con los ojos al cerrarse.... algunos bambolean de repente y caen sin vida entre los piés de los caballos.

Los carros son el asilo y la hospitalidad generosa de la gente fatigada: andando andando, trepan á ellos caballeros y mensajeros que van de pié, y muchachos repartidores de periódicos que se acuestan sobre _El Herald_ y sobre _La Tribuna_, miéntras los devora encarnizada la llama del sol.

Por supuesto que la emigracion en este tiempo es espantosa. Por poco acomodada que sea una familia, se sitúa en los pueblos de los alrededores, en donde el campo engañosamente brinda fresco: otras familias van á los baños, donde el placer ofrece mil encantos á la juventud, y las familias opulentas viajan; siendo tan general la costumbre, que las que no viajan, dicen que viajan y quedan como ocultas en las casas, sin recibir á nadie.

En la mayor parte de las casas, con tal que no sean muy miserables, hay baños, y en los hoteles se sirven á los huéspedes sin aumento de pago.

Hay además multitud de baños públicos en que por muy corta retribucion se obtiene ese refrigerio: hay baños flotantes en las embarcaciones de los rios, asistidos con esmero, y que tienen anexas escuelas de natacion; pero todo eso es poco para templar los calores de esta sucursal de los infiernos. Acaso estos calores influyen en ciertas predilecciones en el vestido masculino, que á primera vista no sé explicar.

La generalidad del uso de puños y cuellos postizos en las camisas, se debe sin duda á la facilidad con que esos adminículos se destruyen, dando aspecto de suciedad á la camisa toda cuando protesta la pechera. Cambiar puños y cuellos equivale á mudar camisa; y aun así, como el lavado de puños y cuellos podria ser costoso, el cuello de papel hecho en máquina tuvo nacimiento, aunque no es tan popular como se cree.

La corbata blanca debe su favor tal vez á la altura del termómetro; una corbata negra se destiñe, lo mismo que de cualquier otro color; la blanca conserva la circunspeccion de la camisa.

La suela gruesa, muy gruesa, del zapato, es otra necesidad en todos los tiempos, así como en estos el zapato bajo.

En los primeros dias de los calores usaba yo mi calzado de suela á la mexicana; pero me tostaba los piés, caminaba como si fuera descalzo sobre ascuas; en el invierno se producen fenómenos análogos, y cuando llueve, se puede hacer una comparacion ventajosa para la suela gruesa, en competencia del zapato de hule.

* * * * *

Es costumbre de la sociedad americana, adoptada generalmente, recibir á los amigos fijando dia determinado de la semana; costumbre conveniente que concilia las distribuciones domésticas, con el solaz y la compostura para obsequiar á las visitas.

Nada más justificado, ¿no es cierto? pues es tal el apego á la costumbre, que en el momento que yo percibo esa especie de cortapisa, ni por Dios ni por sus Santos obedezco la órden, así pudiera perder la vista del lucero del alba.

XXVI

Familia predilecta.--Conversaciones íntimas.--El maíz y las molenderas.--Las tortillas.--El pan.--Bibliotecas.--Nuestro amigo Luis.--Biblioteca de Astor S. Aznar.--Instituto Cooper.--Otras Bibliotecas.

Tengo una seccion de mi familia, que así le llamo, de procedencia habanera, que forma el verdadero contento de mi espíritu.--Hombres distinguidos por sus talentos, mujeres llenas de gracia y virtudes, viejos platicadores y complacientes y niños como arcángeles de rostro, y como diablillos de vivos y traviesos: hé aquí la parentela, que con _aquel meneo_ y _con aquella sal de los ijleños_ comentan las costumbres, me hacen fijar en mil particularidades que se escapan teniéndolas á la vista, y me recuerdan mis tertulias de México, con solo la diferencia de que aquel _no sé qué_ de la patria, con nada se reemplaza.

--No deje vd. de escribir sobre las máquinas de costura, me decia una Pepita bulliciosa, de ojos negros, parlanchina y que conoce México. ¿Se acuerda vd. que valian hasta cien pesos? Pues ahora valen una bicoca.

--Eso depende, replicaba D. Ramon, viejo observativo y camandulero, de voz desparramada y movimientos desembarazados, de que miéntras dura el monopolio que temporalmente concede la "Patente de invencion," el precio es alto; acaba el monopolio, se produce la competencia, y ella trae la baratura.

Ahora pueden conseguirse las máquinas que hemos comprado en cien pesos, hasta por veinticinco.

--A no ser, dijo D. Pedro, vecino viejo de Nueva-York y entusiasta por las mejoras materiales, que se haga cualquiera modificacion á la máquina, en cuyo caso continúa el privilegio. Así sucedió con una de esas máquinas. No tenia buen remate la puntada: esto era la desesperacion de todos. Un dia uno de estos yankees aguzados presentó una aguja con un ojo cerca de la punta. El problema estaba resuelto, el privilegio continuó.

--Pobres costureras! dijo Doña Ambrosia, protesta viva contra el progreso: los _yankotes toscos_ y las brujerías de sus máquinas.

Juanito (jovencito entusiasta por todo lo americano).--Pues buenos pesos se pescan las costureras lo mismo que las lavanderas. Pobres costureras, ¡pero feliz el que puede tener una camisa flamante por seis reales!

--En mi tierra, observé yo, trabajan mucho las lavanderas.

--¿Cómo se lava la ropa en su tierra de vd?

--Restregándola en una losa.

--Se tiene la doble ventaja, observó con cierta sorna D. Ramon, de que la ropa se desgarre y de que se destrocen las manos de las lavanderas, sin contar con que lavan de rodillas y que ese ejercicio las enferma.

El instrumento en que aquí se lava, es un cuadro con fajillas de madera ó metal; se pone la ropa albeando con solo tantear bien la potasa que se le pone al agua. El tendedero es de carretilla, la plancha tiene la lumbre dentro; se fija la ropa en el tendedero con unas pequeñas mordacillas de madera, lo que evita que se rompa como cuando se enrosca en el lazo.

--Vea vd. D. Ramon, dijo otro, yo quisiera para México, que es mi segunda patria, la adopcion de muchas pequeñeces que nada dicen, y que importarian alivio para las clases infelices.

La escoba para barrer sin doblarse, deberia generalizarse para ahorro de tiempo, compostura y salud de las sirvientas. La pequeña escoba mexicana obliga á estar casi boca abajo á las que barren, enfermando á muchas.

--Yo no sé cómo no quieren vdes. que se haga el barrido con máquina como en las calles.

--Ya se ve que es muy bueno, dije yo: es un gran cepillo cilíndrico unido á un carro de dos ruedas con sus cortinas para que contenga el polvo, y la limpieza se hace al momento. Nosotros tendriamos que poner pequeñas escobas.

--No, yo no llevo mi patriotismo hasta desconocer lo bueno, dijo Adelaida, mujer de raro juicio y de completa hermosura.

--Mi tia, prosiguió, repugna que se pongan en la mesa calientes los platos para servirse el asado y otras viandas con salsa: á mí me parece bien no solo por el mejor sabor de la comida, sino porque se evita la mala vista de la grasa coagulada, que es repugnante.

--Bien parlao, dijo D. Pedro, no puede traer sino bienes la generalizacion de ciertos usos; es más eficaz contra las moscas la botella en alto agujerada del asiento ó papel del que se vende en las boticas, que las inmensas ramazones de que nos servimos: con muy poco, y de barro vidriado, se harian comunes mucho más limpios que los que usamos; unos pedazos de jabon ó preparacion desinfectante, quitaria el mal olor y los focos de enfermedad de lugares de desahogo, depósitos de palidez y de fiebre.

--Tiene mucha razon Adelaida, expuse yo con íntima conviccion. He visto unos grandes carros ó pipas de las que pende un cañon de gutta perca adherido á la maquinaria de una bomba. El tubo se aplica al lugar que se desea limpiar, cae la inmundicia en el cajon cerrado herméticamente que forma el carro, y se verifica dándole á la bomba la limpieza, sin esfuerzo, sin que se perciba mal olor alguno.

Ese aparato aplicado á nuestras atarjeas y letrinas, repito que ahorraria mil vidas.

La limpia como se hace en México condena á vivir en el fango á la poblacion entera, cada desahogo de albañal es inmundo, y miéntras la poblacion se degrada en la zahurda, las enfermedades eruptivas, el tifo y las perniciosas, diezman los barrios que habita la gente infeliz.

--Bueno, decia D. Ramon; pero la adopcion de esas máquinas no es compatible con los negocitos que pudieran hacerse á la sombra de la limpia.

--Eso no tiene, réplica, dije yo confundido.

Comentando mi conversacion con Francisco despues de esta visita, me dijo:

--En lo que yo quisiera que te fijaras muy sériamente, es en _las máquinas de moler maíz_.

La máquina de moler maíz seria en México la redencion de la mujer. La preparacion de la tortilla ó pan azteca absorbe todo su tiempo, sujetándola á verdadera esclavitud.

Para una familia de seis personas, se requieren lo ménos otras tantas horas de trabajo.

El metate es una tosca piedra cuadrilonga que descansa en tres piés. En uno de los extremos se coloca la india, junto á una lumbrada en que hay tres piedras, sobre las que descansa el _comalli_ ó disco de barro cocido en que se cuecen las tortillas.

La india está de rodillas, con el estómago pegado al metate y la mitad del cuerpo suspendido sobre la piedra; tiene en las manos el _metlapile_ ó bolillo de piedra delgado en sus extremos, con que quiebra y remuele el maíz hasta volverlo masa, ayudada del peso del cuerpo.

El vaiven de su cuerpo es la rueda motriz de ese molino; una, dos y tres horas en la mañana y otras tantas en la tarde dura la fatiga, que se aumenta con el humo de la leña encerrado en el jacal ó en el pequeño cuarto, el golpeo de la tortilla, que se forma de pequeñas pellas de maíz, que se redondean á palmadas, y el contacto del barro convertido en ascua.

La mujer reducida á esa condicion de máquina, ni se asea ni piensa en su sexo, sus formas se descomponen, la sed la devora y la precipita en la embriaguez; sucia, desgarrada, abyecta, apénas se levanta del metate para hacer otros trabajos y para corregir á sus hijos que vagan abandonados, desnudos y como animales en el hogar.

Tan dura es la tarea que hemos descrito, que muchos hombres condenados á moler en las prisiones, prefieren los trabajos de limpieza y otros más penosos.

La madre casi no existe para el indio; las caricias, los cuidados y la enseñanza, le son desconocidos. La india vive poco y enferma, destrozándola la tísis desde su edad temprana. Entre los indios son frecuentes las deformidades que provienen del trabajo que tiene la india estando grávida.

La coquetería seductora de la mujer, su propension al cultivo de lo bello, las gracias, que son las flores del hogar, nada de esto se conoce donde la madre es á la vez molendera y donde no siempre se resiente de ese defecto el que de una manera casi irónica se llama _bello sexo_.

Dentro de la capital misma las _tortillerías_ son antros de suciedad, con furias infernales que en cuatro piés, llenas de sucios harapos y envueltas en negro humo, cumplen con su ruda tarea.

¿Se comprende toda la trascendencia de libertar á la mujer de este trabajo?

Se dice que la harina que resulta de la máquina no se adapta á la confeccion de la tortilla, y eso no es exacto, porque en las pequeñas experiencias se ha visto lo contrario. Se pone de manifiesto la obstinacion de la costumbre, y eso quiere decir que la reforma se tendrá que hacer lentamente, poniendo de manifiesto tambien con obstinacion, los beneficios de la máquina. La frustracion de una, de dos y de cien tentativas, no debe desalentar.

Los municipios en las cárceles y hospitales, deben adoptar la máquina de moler maíz; ella hará avances, conquistará terreno, persuadirá con el ejemplo. Los dueños de las haciendas, sobre todo, deberian tomar por su cuenta revolucion tan benéfica.

Entónces la mujer emancipada, ocuparia sus horas en sus trabajos domésticos; entónces serviria de dócil instrumento á la instruccion, y regeneraria y dulcificaria las costumbres del hombre, dotando su hogar de encantos que hoy le son desconocidos.

Una generacion vigorosa vendria á celebrar el advenimiento de la mujer á la familia, y el instinto brutal cederia el puesto al amor, revestido de las seducciones de la inteligencia y de la gracia.

La costumbre es la sola razon poderosa que puede oponerse; pero las costumbres bárbaras están condenadas á morir bajo la planta de la civilizacion; resistencias análogas se vieron cuando se introdujo la vela para que sustituyese al ocote; el calzado á la _tehua_; el _tecomate_ ó _el cajete_, al vaso.

El indio que ha comido aunque sea _pambazo_, se habitúa á él y abandona fácilmente la tortilla. La máquina de moler maíz es toda una regeneracion para la clase indígena, y no se debe perdonar medio para adoptarla.

* * * * *

Los libros extranjeros son carísimos, merced al bárbaro arancel que rige. En cambio los nacionales, y que se refieren á la instruccion, son de una baratura extraordinaria.

Ya hablaremos de librerías y periódicos; por ahora, contaré á mis lectores mis visitas á la Biblioteca de Astor, y á la Biblioteca del Instituto Cooper.

A ambas visitas me ha acompañado un amigo á quien voy á presentar á mis lectores.

Es mi amigo D. Andrés, chiquitin y moreno, de barba negra y ojos de relámpago, dentadura como perlas y franco de fisonomía.

Desembarazao y alegre de movimientos, fácil de lengua y de piés incansables.

Adora en los adelantos materiales de los americanos, y tiene adoptadas sus modas con fanático ardor. Saco holgado, pantalon de rayadillo, zapato bajo con enorme hebilla y suela del grueso de dos dedos, sombrero de paja con su liston negro, su enorme navajon entre los dedos, su paraguas de á setenta y cinco centavos debajo del brazo, y su abanico listo en la bolsa del costado izquierdo del saco.

Apechuga con el maíz guisado y con la mostaza, como cualquier labriego del _Kentuky_; no le hace gesto al _whiskey_; los tomates, los limones y las hojas de yerbabuena, son sabores que sus labios codician.

Entra con el mayor desenfado á las tabaquerías á prender con un palillo su puro en la lámpara de gas que arde en ellos, se sopla _sans façon_ en cualquier _bar-room_ á sus desahogos corporales, sonríe con los muchachos papeleros y limpiabotas, estrecha la mano á los policías, y los cocheros le saludan con cierta inteligencia, como si conocieran sus secretos.

Tan pronto está Andrés en el muelle presenciando una descarga, como en una Sinagoga con su libro en hebreo en la mano; tan listo se le ve al rayo del sol en una carrera de caballos, como en el teatro más aristocrático, embebecido con las producciones de Shakespeare. Salta por aquí y por allí en el mercado, entre los pescados, las legumbres y los trastos, y deja el mercado para seguir al cementerio una comitiva de duelo.

Lo más curioso de D. Andrés es que no sabe una sola sílaba de inglés, y no solo ignora sino que tergiversa, de suerte que si le señalan la derecha toma la izquierda, y si le desvían corre á la espalda. Basta que le digan _hat_, que significa sombrero, para que él se presuma, como yo, que quieren agua.

De suerte que anda diez veces un camino, va donde no quiere, vuelve por donde no piensa.

¿Ya ven vdes. todo esto?.... Pues D. Andrés es adorable. Ama á México con delirio, porque allí está su raza, hasta la médula de los huesos, y ese afan de verlo todo y de instruirse, es porque quisiera trasportar á México todas las mejoras, y que su patria sobrepujara á ésta y á todas las naciones del globo.

Su cuarto está lleno de dibujos y modelos de máquinas, tiene á mano los reglamentos de todos los establecimientos de beneficencia y caridad.

Libros de lectura, pizarras, jises, esferas; y cuanto en la instruccion primaria se inventa ó mejora, está á su alcance.

Una escoba, una plancha, un aparato para ensartar agujas, todo lo tiene con sus propios recursos, sin ver á nadie, sin consultar á alma viviente sobre su mérito personal, y recompensado liberalmente con la idea de que su pueblo, como él llama con cariño á Y.... su suelo nativo, adelante y valga más cada dia. ¿No tengo dicho que D. Andrés es adorable?

D. Andrés fué mi compañero á la visita de las Bibliotecas, y empezamos por ver la de Astor.

La Biblioteca de Astor está situada en la calle de Lafayette (_Lafayette Place_), y se distingue por su severidad romana. Subimos una alta escalera de mármol blanco, y me hizo notar mi guía que toda la luz que recibe el edificio es vertical, producida por una elegante claraboya que tiene cincuenta y cuatro piés de largo por catorce de ancho.

La escalera desemboca en un espacioso salon, en el que se abren otros y otros, limitados por delgadas columnas y formando departamentos separados.

Los salones se dividen por angostos corredores que los circuyen á cinco varas de altura y pueden transitarse. Las paredes todas están tapizadas de libros, de suerte que es un edificio de libros con sus columnas y sus tránsitos en que se apagan las pisadas.

A la derecha de la escalera está el despacho de los bibliotecarios, y un mostrador saliente con varios libros abiertos, que son los índices con sus registros, en muy buen órden.

Al opuesto lado hay otro mostrador con cajones, que tienen divisiones paralelas llenas de tarjetas colocadas con cierta holgura, que forman índices tambien.

A proporcionadas distancias se ven mesas y sillones con lectores. La concurrencia era numerosa y no se oia el más ligero ruido; parecian los salones poblados por estatuas; las pocas palabras que se hablan son casi en voz imperceptible.

Quise tomar en las manos uno de los libros de índice del mostrador, y D. Andrés sonrió al ver mi sorpresa, porque aquellos libros abiertos tienen la pasta fija y pegada al mostrador, permitiendo que se hojeen, pero que no se manejen, lo que los mantiene en buen estado.

[Ilustración: BIBLIOTECA ASTOR.]

Los índices del opuesto lado son más curiosos. En las líneas paralelas de los cajones descritos, hay colocadas sueltas tarjetas en órden alfabético, con el nombre cada una de una obra y razon de sus particularidades.

El índice se aumenta ó disminuye, sin que las correcciones se hagan visibles; permite que varios lo registren á la vez, y se hagan anotaciones curiosas.

La Biblioteca contiene 152,000 volúmenes, fué fundada por Juan Astor, que dió cuatrocientos mil pesos para su instalacion; hoy cuenta con un capital de más de setecientos mil pesos. En el año de 1875 concurrieron á la Biblioteca 75,549 lectores, y de éstos solo cinco mil fueron lectores de novelas.

Al salir de la Biblioteca de Astor, me fijé en la casa de la Biblia, situada entre las Avenidas Tercera y Cuarta y las calles 8 y 9.

El edificio es tosco, pero imponente; ocupa una manzana entera, tiene seis pisos, descansando en el primero las cinco séries ó fajas de ventanas verdes; el primer piso es el de elegantísimos cristales de las grandes casas de comercio.

Las paredes están pintadas de encarnado.

Antonio Bachiller me hizo comprender toda la grandeza de esa asociacion de propaganda, que cuenta hoy productos de cinco millones de pesos.

Sobre diez y seis millones de Biblias se han repartido en aquel establecimiento, distribuyéndolas grátis, desde en los vapores que cruzan el Océano, hasta en el seno de las más oscuras familias.

Son infinitas las ediciones que se han hecho para todas las sectas cristianas. Hasta ahora, en más de veinticuatro lenguas y dialectos se imprimen allí Biblias, segun Bachiller. El me aseguraba, y lo ví despues en su Guía, que de 600 á 700 personas se ocupan en las dependencias de aquel espacioso edificio, que ha tenido de costo trescientos mil pesos.

Para la difusion de libros de propaganda religiosa, existen las siguientes sociedades:

_American and Foreign Bible Society_ (Sociedad Americana y extranjera de la Biblia).