Viaje a los Estados Unidos, Tomo II

Part 3

Chapter 33,884 wordsPublic domain

La arquitectura de la Catedral es irregular; se semeja á la fachada de la Piedad ó Atzcapotzalco, pero más ancha y chaparra: tiene dos torres como dos orejas de liebre; en medio un retablo ó campanario, como varias de nuestras iglesias de pueblo; á los lados de la Catedral hay dos alas de edificios con cierto tipo conventual.

--Este edificio, me decia M. Trik, que tenia en las uñas la Guía de Orleans y la magnífica historia de la Luisiana de Mr. Gayllaré, este edificio es el tercero que se edifica en este lugar: el primero era de madera y adobe, tosco y primitivo puede decirse; se concluyó en 1728, y era tan feo, que cuando el huracan de 1733 lo destruyó, la gente se consolaba de muchas pérdidas con la desaparicion de aquel Cuasimodo de la arquitectura.

Armada de punta en blanco, apareció en el mismo lugar la segunda Catedral, más elegante, más coqueta, de madera y ladrillo, é hizo las reverencias de su estreno por los años de 1734 ó de 1735.

Luego que los señores obispos vieron el buen continente de esa Catedral, la ocuparon y cobró alto rango. Pero cate vd. que en 1788, Viérnes Santo por más señas, estalla en las inmediaciones de la Catedral el incendio, se levantan devoradoras olas de llama, la poblacion se llena de terror, como novecientas casas se hunden en aquel piélago de destruccion, y confunde sus restos la Catedral, y vuela en cenizas como las opulentas casas y las risueñas residencias víctimas del incendio.

El terreno en que estuvo la iglesia quedó abandonado; los cristianos que habian orado en aquel templo, se descubrian frente al manchon negro que formaba la tierra, con las cenizas de los altares y los huesos calcinados de los sepulcros.

Por aquellos tiempos era regidor perpétuo de Orleans el Sr. D. Andrés Almonaster, quien, escuchando las sugestiones de su corazon piadoso, emprendió, costeando de su peculio, la Catedral existente que se fundó en 1792 y se concluyó en 1794.

Las alas del edificio, que mucho tiempo ocuparon los Padres de San Luis, como se ve de su arquitectura, las rejas de sus puertas y la conformacion en general, sirven hoy para el despacho de los tribunales.

La arquitectura irregular de la iglesia desaparece luego que se entra al templo.

Se encuentra uno en un vestíbulo interior de altas y gruesas columnas, y desde él se percibe en su conjunto el templo, que se semeja un tanto á la Profesa de México, aunque le es inferior bajo muchos aspectos.

Tiene el templo tres amplias naves: la central, del todo descubierta, y en las laterales esos tapancos ó corredores con bancas y sillas comunes á los templos de los Estados-Unidos, y que le dan aspecto de teatro. Sobre la puerta de la entrada, en extenso cuadrado, en un barandal volado sobre la iglesia, están el órgano, que es magnífico, lugar para la orquesta y espacio competente para el coro y los cantores.

Dos grandes altares llamaron desde luego mi atencion: el mayor, dedicado á Nuestra Señora de Lourdes; el de San Francisco de Asis, cuya imágen me pareció hermosa y de correcto dibujo.

Cerca del altar de San Francisco se levanta severo y majestuoso el sepulcro del ilustre fundador de la Catedral, y se lee en una gran lápida la siguiente inscripcion medio borrada:

_Aquí reposa el cadáver del Sr. D. Andrés Almonaster de Rojas, natural de Mayrena, en Andalucía, que falleció en Nueva-Orleans el dia 26 de Abril de 1798, á los setenta y cuatro años de su edad. Fué caballero de la Orden de Cárlos III, Coronel de Milicias, fundador de los Hospitales de San Cárlos y San Lázaro, así como del Convento de Ursulinas. Fundó la escuela de niñas Girlls Shool y de la Presbiteriana, cuyos edificios se hicieron en esta ciudad á sus expensas.--R. I. P._

Las pinturas que ví en el templo, aunque me las elogiaron de sobresalientes, encareciéndome la de la Transfiguracion, la Sacra Familia y San Luis, no las pude examinar.

A la salida del templo ví de nuevo el jardin.

No es posible describir la impresion de disgusto que se apodera de mí con la vista, muy comun por cierto en los Estados-Unidos, de los árboles recortados, que á fuerza de artificios se les cambia de figuras, y ya son como macetones, ya como barriles, ya tienen aun tendencias á remedar la figura humana!

¿Habrá vd. visto adefecio?

A mí me parece la tortura del árbol; me parece como á esos niños de los saltimbanquis que quebrantan y descoyuntan para especular con ellos: es tan repugnante, como la gorda presumida que hace del corsé un cincho tiránico; se semeja á las que se sahuman para estar pálidas. Cuando un estúpido pinta su sombrero de verde y á su perro de azul ó colorado, simplemente viste de fantasía al perro y él se pone en ridículo; el que á fuerza de adherencias de carton y de pinturas diera á una mula el aspecto de una choza y á un caballo el de una carretela, podia reclamar la atencion por la originalidad de su capricho; pero desnaturalizar al árbol mutilándolo, no puede ser bello, como no es bello que atusen á un caballo sus hermosas crines para convertirlo en caballo de ajedrez. Y lleven mis lectores por partida doble mis diatribas sobre los árboles.

M. Trik no estaba muy de acuerdo con mis observaciones, y me citaba los muros de verde de algunas calles y jardines.

Para completar nuestro paseo, supliqué á mi complaciente amigo me condujese al grande edificio de la calle del Canal, que contiene á la vez, en sus bajos, la oficina de correos, y en los altos, el despacho de la aduana.

Cuando en 1858 visité la obra que estaba para concluirse, en compañía de M. La Serre y de M. Benjamin, eminente orador de los Estados-Unidos, confieso que me sorprendió la magnificencia del edificio.

Entónces parecian tres edificios: el que formaban de madera, andamios y tránsitos, el de granitos y un último que era como una incrustacion hermosísima de mármol con todas las galas de la arquitectura y los primores del bajo relieve.

Recordaba, aunque muy confusamente, una máquina colocada en el que deberia ser patio del edificio, como una asta robustísima de fierro; la máquina tenia sus coyunturas, como un brazo y una mano: cuando era conveniente, se inclinaba la mano desde una inmensa altura, agarraba la piedra enorme ó el objeto, por pesado que fuese, en que se colocaba, y lo subia á la azotea, girando y poniéndola á discrecion del operario.

Recuerdo tambien que no pude contener la manifestacion de mi asombro cuando ví funcionar un ferrocarril cuyos rieles estaban enclavados en la anchura del muro exterior, y que conducia al rededor de él los materiales de la obra. Los conductores corrian muy frescos al borde de aquel precipicio espantoso.

Me parecia que recordaba, del otro lado del rio, fertilísimos campos, alegres y vistosos jardines, y que me repugnó ver á las mujeres con la azada en la mano, espectáculo que al grande Juarez le fué insoportable.

Recuerdo que desde aquella inmensa altura seguí las sinuosidades del rio y me parecia como una C mayúscula colocada así, ∪ con dos cintas en sus extremos, como el ruedo de una gola sobre el pecho de una dama, con los broches sueltos; pero estos recuerdos eran tan confusos, tan mezclados á las fisonomías de Ocampo, de Juarez, de Leon Guzman, Manuel Ruiz y otros, que me parecia que todo lo estaba viendo en un sueño.

M. Trik me habia colocado á la entrada del edificio.

La parte que da al canal está obstruida por piedras y escombros; cuando volví la cara, M. Trik estaba con su "Guía de Nueva-Orleans" abierta, leyéndome:

"La aduana (Custom house).

"El año de 1845, la municipalidad de Nueva-Orleans ofreció á los Estados-Unidos diversos sitios para establecer una aduana digna del comercio floreciente de aquella ciudad.

"Los Estados-Unidos aceptaron la proposicion, y el secretario del Tesoro eligió el lugar en que hoy está la aduana como el más conveniente.

"En 22 de Noviembre de 1847, se adoptaron los planos de A. J. Wood, y comenzó la obra en 23 de Octubre de 1848.

"Los trabajos continuaron con más ó ménos actividad, segun lo permitian los recursos, suspendiéndose cuando estalló la guerra.

"Concluida la guerra, se emprendieron de nuevo bajo la direccion del coronel Morse.

"El edificio estaba materialmente lleno de escombros, y el primer trabajo fué limpiar el local que sirve actualmente como oficina de correos.

"En el edificio de que nos ocupamos está el _Business Room_.

"Es el despacho más elegante del mundo; tiene de superficie 125 piés de largo por 95 de ancho, y su altura es de 44 piés.

"Catorce elegantes y esbeltas columnas están colocadas con objeto de dar á la parte central destinada al público, un espacio de 65 piés de largo por 45 de ancho: en la parte que lo circunda están colocados empleados y dependientes.

"Las columnas son de órden corintio con bases áticas, pulida la parte baja de los capiteles, que en cada una de sus fases tiene distintas alegorías con bajos relieves, representando unas á Juno, otras á Mercurio, entre plantas de algodon y de tabaco.

"El pavimento es de mármol blanco y negro, con cenefas de negro entre columna y columna. Tiene diez y seis tragaluces para comunicar luz al piso inferior, y son planchas que remedan mármol verde incrustado en el mármol blanco, formando cada una el centro de una estrella.

"Las estufas son de mármol, de figura hexágona, y se calienta el despacho por vapor.

"El conjunto de este departamento es un triunfo maravilloso del arte y del génio del hombre, que es necesario ver para poder apreciar.

"El habilísimo superintendente, Mr. Jhon J. Hannan, merece los más entusiastas elogios por haber dirigido y concluido la oficina de correos y muy especialmente el departamento que se acaba de bosquejar."

--En esta Guía del Viajero que ve vd. aquí, dije interrumpiendo á Mr. Trik, hay otros detalles curiosos sobre la aduana. Es evidentemente una exageracion, añadí, ponerla en segundo lugar del Capitolio de Washington. Lo que sigue sí me parece exacto:

"El edificio de la aduana es de granito de Quincy, traido aquí de Massachussets. Su frente principal es de ciento once varas por la calle del Canal; por la calle que se llama de la Aduana, poco más de ochenta varas; el del nuevo dique, de ciento tres varas, y el del antiguo, cerca de cien.

"La altura es de treinta varas."

El conjunto del edificio es imponente y severo, sirviendo con toda holgura para sus objetos.

Como se ha dicho, la parte baja del edificio está destinada al correo: por amplias y altas puertas se penetra á un corredor interior con pavimento de mármol azul y blanco.

Limita el corredor un alto cancel con sus ventanillas de trecho en trecho, para venta de sellos, franqueo de la correspondencia y direccion por buzones separados, siendo el público mismo el distribuidor de su correspondencia y teniendo al recogerse, por la parte interior, una nueva y eficaz revision.

Las paredes del edificio ó cancel interior están formadas por cajitas pequeñas de los apartados, con sus puertecitas que se abren hácia afuera y de las que cada abonado ó alquilador tiene su llave, con la que abre cuando le parece, sin necesidad de importunar á los dependientes del despacho.

Aunque la correspondencia la distribuyen los carteros, porque nunca el americano falta á la costumbre de poner el nombre de la calle y número de la carta que dirige, hay extranjeros que faltan á la costumbre y personas que anotan que quedan en la oficina las cartas; para éstas y para las cartas rezagadas se ponen listas, tomadas de los periódicos, que se fijan por determinado tiempo en las paredes.

En un lugar adecuado están en carteles expuestos al público, los dias de entrada y salida de vapores, así como de los buques que arriban al puerto y todas las noticias conducentes á las comunicaciones.

Al regresar á mi alojamiento con Mr. Trik, de mi primera estacion, me fijé en los ferrocarriles urbanos que tienen su punto de partida y de regreso al pié de la estatua de Clay. Son muchas las vías férreas, los wagones están tirados por caballos y mulas, á las que les atusan las colas, que se ven como chicotes de carrero.

Entre las líneas de trenes urbanos se distingue una conducida por vapor; la máquina va dentro un wagon y camina muy aceleradamente y con toda seguridad. El precio comun son cinco centavos.

Circulan además numerosos ómnibus, que esperan á los pasajeros á la llegada de los trenes: hay carruajes elegantes tirados por caballos, que se alquilan á dos pesos por hora: varias líneas férreas unen la ciudad con Algiers, Magdonal y Gritroi, y otros preciosos pueblecitos situados del otro lado del rio.

Mr. Trik no quiso que nos despidiésemos sin visitar un elegante _bar-room_ en que se bebe deliciosa cerveza y se escucha uno de esos órganos estupendos como el de _Clif-House_ de San Francisco.

Al separarnos me encareció Mr. Trik las ventajas de la vida en una casa de huéspedes, ó con alguna de las muchas familias que viven fuera del centro de la poblacion, en esas casitas pintorescas y poéticas de la Explanada, Rampart ó Carrondelet.

--Verá vd., me decia con su carácter movedizo y alegre, verá vd., lo presento á vd. en muchas casas.... y vd. estudia y elige.

Aquella era una espectativa de excursiones, que bien necesitaba yo para conocer en lo posible una poblacion, que aunque con el prestigio de mil recuerdos, la veia bajo auspicios de profunda tristeza.

III

Quintero.--"El Picayune."--Hotel de San Cárlos.--Hoteles.--Calle de Dumain.--J. Alcalde.

En el primer piso de nuestro hotel estaban los cuartos de Iglesias y Gomez del Palacio; en una enmarañada contradiccion de puertas y esquinas en más alto piso, yacia Lancaster al frente de su historia de los Estados-Unidos, que consultaba frecuentemente.

Joaquin Alcalde, más elevado todavía, se escurria, se deslizaba y se engatusaba en angostos corredores y oscuros tránsitos, saltando como un aparecido, entre vericuetos y escaleras excusadas, y yo, vecino á las nubes con horizontes de chimeneas, palizadas y tendederos de indignos trapos, me fastidiaba de lo lindo, declarado protector y como rey de las irlandesas, de los negros y de los gatos, que por aquellas tierras son tan enamorados, perjudiciales y nerviosos como por las nuestras, sin más diferencia que cierto miramiento con las ratas, porque cuando se toman con ellas alguna libertad, sufren ejemplares escarmientos.

Antes y despues de la comida nos reuniamos con Iglesias; se hablaba de historia, de literatura, de bellas artes.... y yo, que salí rudito y desaprovechado desde mis más tiernos años, desertaba pian pianino, y resultaba en las cuatro esquinas, poniéndome á discrecion del primer capricho que se me viniera á las mientes.

No encontrar á José Agustin Quintero, me tenia sin vida.

Tomé mis medidas de modo que no se me pudiera escabullir, porque se trata de un hombre extraordinariamente ocupado.

A la oracion, calle de Camp, redaccion del _Picayune_.... Era la hora.... _Fidelillo_.... vamos allá....

Crucé la calle, anduve algunos pasos; un hervidero de muchachos que salian saltando con sus _Picayunes_ escurriendo agua, fueron mi mejor aviso.... Atravesé por entre la turba de desastrados muchachos, pregunté en el mostrador.... un gestudo, sin distraerse de su quehacer, me dijo: _up star_, es decir, _arriba_, y me embebí en una escalerilla lateral, volada como franja de pantalon, y tan angosta que podria guardarse en el cañon de una escopeta.

Como de costumbre, me perdi: subí al quinto cielo, me hallé con un mundo de prensas, descendí más, y eran peines y componedores: abrí una portezuela que bien habria podido fungir de tapon ó de válvula en cualquier país civilizado, y héme de rondon en medio de mesas como de billar, con papeles, tinteros, libros abiertos y todas las señales de una actividad febril.

[Ilustración:

VIAJE DE FIDEL

_LIT. H. IRIARTE, MEXICO_

Calle del Canal. N. ORLEANS.]

Cada quien estaba á su negocio, y las secciones de trabajo se hallan perfectamente caracterizadas.

Aquí, papeles en todos los idiomas; más allá disputas sobre mejoras materiales ó cuestiones científicas; aquel chico despabilado y elegante, con cómicos, danzantes y corredores de caballos; y acá los políticos, los comentarios de los actos del gobierno, las noticias de sensacion.

En una esquina de aquella mesa habia un anciano de cabello hirsuto; mejor dicho, de una explosion de blancos cabellos sobre su frente calzada y llena de surcos: ceja tendida, ojos pequeños, una máscara de cabello por barba, burdo paletó.... aspecto rudo.

Aquel anciano discutia con uno en español, con otro en frances, con varios en inglés, con el de más adelante en italiano, diestro, sarcástico, pero á todas luces un hombre eminente, que cautiva con su grandeza de carácter y su elocuencia.

Yo me enamoré incontinenti de aquel noble viejo, y hoy es de mis mejores amigos.

Estaba realmente como payo en zarzuela francesa, sin hablar, sin preguntar por nadie, deslumbrado con los numerosos picos de gas que ardian pendientes del techo, contra las paredes y sobre las mesas, cuando ví venir hácia mí un hombre que habia estado escribiendo en mangas de camisa, con un lápiz como tranca en la mano, y que á sus lados y sobre su cabeza, arrojaba de cuando en cuando, como erupciones, cuartillas de papel.

Aquel hombre era José Agustin.

Enorme cabeza, cuello corto, moreno concentrado, anchas espaldas, chaparro y de una mirada que es todo un desencadenamiento de pasiones, de afectos y de ternura generosa.

En aquel abrazo que confundia nuestras almas, sentia la patria, la familia y la sociedad de cuanto más ama mi corazon.

Como cuando se quiere bien todos los dictados nos parecen pocos para hacernos amar de los demás, José Agustin me presentó con sus compañeros, con títulos de honor que realmente me hubieran avergonzado; pero lo más gracioso del cuento es que aquel anciano los repetia con un entusiasmo juvenil, cuando no me conocia sino de nombre, y por haber leido y releido mis versitos.

Aquel caballero era M. Demitrith, uno de los hombres más eminentes de los Estados-Unidos, y de quien hablaré detenidamente.

A las dos palabras era yo dueño, como suena la palabra, de Agustin, de su casa, manifestando placer y orgullo en poner á mi disposicion sus fondos, que son los que adquiere con su asíduo trabajo, y trasluciéndosele el regocijo de que pudiera disponer de ellos.

Sagaz como una querida, previsor y bueno como un padre, abierto y sincero como un amigo, Quintero me formó una atmósfera de goces y consideraciones que jamás olvidaré.

En un _tris tras_ garabateó Agustin por toneladas cuartillas de papel, soltó el lápiz, nos despedimos de los amigos y corrimos al hotel de San Cárlos á saludarnos, ó mejor dicho, á bautizar aquella nueva era con la copa en la mano.

El hotel de San Cárlos es el mejor y más opulento de Nueva-Orleans.

En la parte baja, que es un espacioso salon circular, está la elegantísima cantina, dos expendios suntuosos de tabacos, entradas para baños y otras dependencias.

Fuera de ese salon, y en una especie de pórtico, están las escaleras que ascienden á un descanso volado ó galería que da á la calle, y de ese descanso conducen otras escaleras, entre columnas gigantescas, por pavimento de mármoles y alfombras, al salon del despacho y comunicaciones con las galerías del hotel.

En el segundo piso, siempre bajo bóvedas sostenidas por altas columnas de cantería, recibe al viajero un extensísimo salon alfombrado, lleno de espejos, con magníficos pianos, sofaes y sillones de régia mansion.

De cada uno de esos pisos parten dilatados corredores alfombrados y adornados con candiles de bombillas de gas. Los tránsitos dan á cuartos aislados, á viviendas y á cómodos departamentos, en que las familias tienen, por precios convencionales, cuantas comodidades pueden apetecer: el gasto en general por persona es de cuatro pesos cincuenta centavos: en nuestro hotel pagábamos veinte realillos, sin los _extras_, que son una _ganga_.

Los primeros tragos entre Pepe (porque así llamamos á Quintero en familia) y yo, desataron esa conversacion deliciosa, con una interrupcion á cada palabra, que gira al acaso, y sin trabazon ni ligadura, de los versos á los viajes, de éstos á las recetas de cocina, y salta á las muchachas, y se caracolea entre juicios literarios, paseos, crónica escandalosa y altas cuestiones sociales; conversaciones á pierna suelta, sin piés ni cabeza, sin ortografía conocida. Vamos! mi delicia, porque yo soy antípoda de los graves en todas materias, sin duda porque entre ellos me he encontrado siempre á los más serenados brutos y á los más redomados pícaros que he tratado en mi vida. Una naturaleza monótona y uniforme, sin sus granitos de locura, es perversa en el fondo, por regla general. Bienaventurados los que no encuentran en su camino hombres ó mujeres sin defectos.

Quintero me llevó á su casa, situada en el barrio frances, barrio achacoso, interminable, limitado el horizonte de sus calles por tejados extensos y de tan vária y abigarrada poblacion, que necesita describirse especialmente.

Las calles en general son oscuras, y en las noches, lóbregas y casi desiertas, sin más interrupcion en la oscuridad de las aceras, que los _bar-rooms_ y fondas, los expendios de ostiones, y pastelerías, uno que otro club y un deshilache de jacales, _tabucos_, cuchitriles y huroneras, que van entre lodazales hasta la orilla del rio, que parece que ha enturbiado sus aguas adrede para no ver tanta indignidad de mugre, tanta profanacion de la piel humana, tanta California de basura y de fango, tanta injuria de los cinco sentidos como se amontona en sus desventuradas orillas.

Quintero, desde la puerta de su casa, volvió á dejarme en mi posada, no sin cita para todas sus horas libres.

Subia meditabundo y mústio los callejones que conducen á mi reducida morada, cuando topé de manos á boca con Joaquin Alcalde, que habia hecho una excursion solitaria y llegaba henchido de fealdades y desengaños de la parte de la ciudad que habia recorrido.

No obstante el mal humor que se columpiaba de las fruncidas cejas de Joaquin, me dijo que subiésemos á mi cuarto á comunicarme, como lo hacian todos mis compañeros, las noticias que adquirian y podrian servirme para mi Viaje.

Me dijo respecto de hoteles, que el Metropolitano tiene una excelente fonda francesa en que se sirve con esmero y limpieza, así como en la fonda de Moses, calle del Canal; me habló de los hoteles de San James, y en cuanto á _restaurants_, me citó el de _Moreaud_, el de _Víctor_, el de _Jhon_, el de _Antoine_ y el de _Denechaud_.

En el hotel frances, continuó, hay cafés á la usanza nuestra y á la americana, en casi todas las cuadras.

Hay cerca de veinte clubs; pero los más prominentes son: Boston, Pickwick, Shakspeare y Jokey-Clubs.

Aquí dejo á vd. lo qué he traducido, siguió Joaquin, relativo al Hotel de San Luis, hoy casa de Estado, y que compitió en un tiempo con el Hotel de San Cárlos:

"El Hotel de San Luis se construyó en 1841, siendo por muchos años uno de los mejores hoteles del Sur.

"En este edificio, el pueblo de Nueva-Orleans, en el invierno de 1842, hizo espléndida recepcion á Mr. Henry Clay, con todo el refinamiento de lujo que le fué posible.

"En la sala de baile se reunieron, en 1843, para reformar la Constitucion del Estado, los hombres de mayor influencia, poder y talento de la Luisiana como Jhon R. Grimes, Pierre Soulé, Cristian Roschins, Roman, Dowis, Curtis, Brent, Marigny, Conrad, y otros distinguidos caballeros, literatos, hombres de Estado y patriotas.

"Su elegante rotunda sirvió de Cámara de Comercio y Lonja, para los _meetings_ de los _Wigs_ y demócratas, y reuniones con objetos de beneficencia.

"Años despues de servir para tan nobles objetos, se convirtió en casa de Estado."