Viaje a los Estados Unidos, Tomo II

Part 27

Chapter 273,836 wordsPublic domain

Desde la eminencia percibia yo la corriente del tráfico, que se resumia, que como que desparecia bajo aquellas inmensas tortugas de madera, para brotar de nuevo en un rio de carros que despedazaba su corriente como en un muro hecho criba, como entre peñascales, y se perdia con estrépito en las encrucijadas, vericuetos y profundidades de la ciudad.

Los muelles, por la parte que da al mar, son vías ó grandes bancos de madera que entran en las aguas, y á su frente y costados atracan los buques para hacer su descarga, estableciendo puentes, corredores y ramblas para verificar la desocupacion de los buques y carros.

Tienen los muelles techumbre de madera, ó de fierro y cristales, y á su pié baten las aguas, en que suelen estacionarse los buques como caballos en un inmenso establo, ó como enfermos en grandes salones, porque suele á veces verificarse allí la reparacion de los buques.

La parte exterior forma calle, con sus grandes portadas, atrevidos arcos, corredores y balcones, con sus entradas en las que se ven desde el quicio, interminables galeras que parecen flotar sobre el mar.

Los tramos que dividen un muelle de otro, los llena el agua, ocupada por los buques, maderos, escombros, palizada, fragmentos de barriles y basura; al frente de los muelles corre la acera de la calle South Street, mal empedrada, peor embanquetada á trechos y con ese mosaico de edificios en que parece se han querido poner en hilera grandes y chicos, gigantes y niños, damas y ganapanes, mendigos llenos de harapos y gente opulenta, bajo toldos y tendederos de trapos, rubros, faroles, sartas de zapatos, banderas, jamones y sombreros.

Gran parte de los bajos de esa acera los llenan almacenes, figones, tabernas ó sean _bar-rooms_; pero sobre todo, los almacenes en tremendo tráfico y tragaderos de verdaderos antros, que son bodegas subterráneas alumbradas con gas, y en donde desaparecen como por tramoya rios de tercios, barriles y cajones.

Esta circunstancia hace que la acera sea como el patio corrido de los almacenes, en que se carga, se descarga, se abren y cierran tercios, se riegan cajones, y á cuya orilla los carros se detienen para cargar y descargar, en medio de una zambra y de una gritería, que se hunde el mundo.

Todos los obstáculos que tiene la banqueta no son bastantes para detener el raudal de gente que va saltando por entre tercios y barriles, confundiéndose el carretero y los cargadores, sucios, aguardientosos, desmelenados y groseros, con _ladies_ con sus velos de gasa y sus sombrillas, y caballeros que acaban de dejar alfombrados salones.

El medio de la calle está cruzado por una doble vía de wagones que se suceden sin la interrupcion de un solo minuto, cargados de pasajeros.

Los wagones van cortando una opuesta corriente de carros de todos tamaños, que entretejen sus ruedas, se arremolinan y se chocan, formando laberinto los bultos que conducen, los cuellos de los caballos, y los pescantes de los cocheros. En medio de esto es rarísimo un accidente.

Todos los colores, todos los matices, todos los trages y todas las basuras y las mugres, se dan cita en ese cañon de la calle de South Street, que corrobora sin embargo la idea de la inmensa riqueza y del movimiento mercantil de la ciudad.

Sobre las portadas de los edificios de los muelles, están anunciadas las líneas de vapores y los puntos que ponen en contacto, como si fueran entradas de esos distintos pueblos que dejan á la puerta sus tarjetas en esta gran tertulia de la humanidad.

El Este, el Oeste, California, China, Australia, Alemania, Europa, el Perú, el Brasil, la Habana, México, la India y líneas pequeñas de Filadelfia, Albany, Boston y una gran parte de los Estados de la Union.

Los carros tienen acceso hasta los costados de los buques, y la descarga y la carga se hacen allí tambien, de suerte que es comun pasar entre cajones y barriles que se embarcan, y costales de lona, cajones y barriles que llegan á tierra. Todo los medios de trasporte, ménos el hombre haciéndose béstia de carga.

Para hacer la carga, se fija una garrucha á uno de los más robustos palos del buque, se engancha el tercio en uno de los extremos de un cable y el extremo opuesto se fija en el arnés de uno ó dos caballos uncidos, que verifican la ascension de moles pesadísimas, avanzando ó retrocediendo con suma destreza.

Debajo de aquellos bultos, pipas, fierros y planchas, corre el gentío á los muelles.

Luego que el buque arriba y suelta sus anclas, desahoga su vapor con estrépito espantoso, afianza su puente y saltan los pasajeros, perseguidos por aquellas partidas ó jaurías tumultuosas de comisionados de los hoteles, que tienen ómnibus, coches y carros, rodeando los muelles como aves de presa. Allí hay grupos de concurrencia selecta, en espera de amigos y deudos; allí los _reporters_ de los periódicos; allí los tiernos saludos y los trasportes de placer. Pero á la espalda se ve la concurrencia del buque que parte con la locomotora, que jadea impaciente; los amigos que se arrancan de los brazos de los que aman; los ojos con lágrimas, y el _adios_ que tiene siempre acento de muerte, y que cae siempre como sombra en las profundidades del alma.

Los vendedores de fruta, los voceadores de papeles, los carros que venden nieve y soda, acuden á esos lugares en que ingleses, franceses, chinos y españoles, parecen llegar al Valle de Josafat, en que todos tenemos de revolvernos.

El limeño con su sombrero de jipijapa; los criados del mexicano con sus jaranos tendidos, y sus gruesas toquillas; el inglés con su imperturbable sorbete; el chino con su solideo, ingresan al conjunto de mujeres desgobernadas, hombres al desnudarse, _ladies_ espléndidas y gente de levita _comme il faut_.

* * * * *

Separéme de South Street para escurrirme por otras calles y completar mi paseo.

¿Pero dónde están los cristales y los pórticos de Broadway? ¿dónde las hermosas arboledas y las claras fuentes? ¿Dónde esas boticas en que hay pomadas y cepillos, jabones y libros, agua de soda y toallas?

Era un mundo distinto; lodazal ó terrado el tránsito, caños mal cubiertos con tablones desquiciados, puertas irregulares, celosías desvencijadas en las paredes; como colgando de uno á otro piso, escaleras de fierro pegadas al exterior de las casas, como víboras, por donde ascienden y descienden séres humanos, y en las alturas y los intersticios ventanas y balcones; de trecho en trecho, tendederos de ropa, compuestos de dos lazos paralelos y sus carretillas, para que desde un punto fijo se pueda tender la ropa, recorriéndose todo el cordel.

Unas mujeres cosiendo, otras lavando, los herreros dando martillazos, el zapatero en su obra, todos ocupan las banquetas, que recorren carretelitas pequeñas conduciendo á niños de pecho dormidos apaciblemente, porque es de advertir que los niños no cabalgan en brazos, expuestos á un eterno peligro y sujetando á la situacion más servil á la _pilmeme_: no, señor; empujan la calesita de tres ruedas, que las hay para todas las fortunas, y ahí tienen vdes. á la mujer emancipada y al niño como un príncipe.

En las principales calles, en las plazas, en los paseos más concurridos, atraviesan niñeras y nodrizas perfectamente vestidas, conduciendo á los niños sentados ó dormidos, resguardados del sol con sus toldos, rodeados del respeto y la consideracion universal.

Todo el desórden, toda la irregularidad que hemos notado apénas al hablar del centro de la ciudad, se veian en aquellos vericuetos que recorria yo.

Los _bar-rooms_, que al través de alambrados ó como vergonzantes aparecen en el interior de la ciudad, en este barrio se presentan repugnantes, así como los talleres de los curanderos de la ropa ó reparadores de piezas inválidas de vestidos, casas de empeño que se anuncian con tres globos dorados, y bazares de objetos de segunda mano, como si dijéramos, panteones de vestidos disparatados, plumas ajadas, velos que han pasado á la categoría de redaños, levitas escuálidas y sombreros en actitudes cómicas: el desecho, la osamenta....

Unas calles acaban en punta, otras culebrean caprichosas, otras se interrumpen con una arboleda, otras comienzan en tumulto carnavalesco y acaban en casas uniformes y graves, como una procesion de frailes, y al frente de estas casas, hay hileras de carros en compostura, caballetes de pintor, y caldereteros que aturden repicando con sus martillos, sobre una sarten que chilla y arma un sanquintin de ruidos espantosos.

Hay calles sin salida que dan á una acera corrida de casas; á esas calles se les llama _Places_, y nosotros traducimos plazas, con la misma propiedad con que yo puedo llamar trompeta á la pluma con que estoy escribiendo.

Pero lo característico, lo estupendo, lo inconmensurable en estos lugares, que no me atrevo á llamar casas ni calles porque se supondria que trato de gentes, es la vieja, es la mujer en su metamórfosis de vejiga, de almofrej ó de bodrio de trapos, arrugas y canas.

No es la desnudez, es la apostasía del trage; es la defeccion del vestido; es la traicion al forro de la especie humana.

La vieja de esta region de la ciudad es un sér que crece á lo ancho en sentido masculino: exagera la blusa de lana al volverla tápalo, el túnico participa de la pipa, y el calzado es la rabia del botin, la tortura de la chinela, el infierno de la babucha, la degradacion de la bota del negro. Ese endriago no se contenta con beber _whiskey_, fuma puro; descontenta del puro, masca tabaco, y para apurar todas las iniquidades, huele á manteca rancia.

El aire que se respira entre esas basuras, esos trapos y esas viejas, se conviene fácilmente en que es un aire mortal.

Embebecido iba en mis reflexiones, cuando oí sobre mi cabeza un ruido como de estrepitosa corriente. Alcé los ojos, y me pareció ver como secciones de la calle que iban atravesando los aires.

XXIII

Ferrocarril elevado.--Gilmore's.--Las modas.--El domingo.--Templos y religiones.--El templo de San Estéban.--Sinagoga Emmanuel.--El Parque Central.--Jardines.--Estatuas.--Salones de refresco.--Los lagos.--Los niños.--Palacio de las aves.--Casa de fieras.--Regreso al hotel.

Lo que veia era el ferrocarril elevado en la calle de Greenwich, que corre desde la Batería hasta la calle 30, es decir, como la mitad de la gran ciudad.

La vía es una arquería de fierro que tiene el aspecto de una larguísima portada que corre cerca de una legua; sobre la arquería están tendidos los rieles, que forman una faja á la calle, á siete varas de altura; de trecho á trecho hay estaciones y escaleras para descender á varios puntos de la ciudad.

Los wagones llevando su poblacion transeunte, corren en la altura silbando y arrojando humo la locomotora, miéntras por debajo de los rieles, carros, caballos y viandantes, caminan como si tuvieran entendido que hay una vecindad en las nubes, ocupada de sus negocios particulares.

El carril en que corren los wagones, es tan estrictamente limitado á su objeto, que la cara exterior de la rueda va completamente en el aire, y cuando algo se desvía del camino, tiembla uno por un derrumbamiento espantoso.

Por lo demás, el aspecto de la calle, al través de los arcos y calados de la fachada de fierro, es encantador: tiendas, arboledas, bocacalles, plazas, cruzan como al través de un velo, y los que transitan en los wagones deberán ir como si taladraran las habitaciones, sorprendiendo la vida íntima donde no hay persianas, y asistiendo, ó mejor dicho, siendo actores en espectáculos de linterna mágica, tan variados como caprichosos, y como no esperados. El viaje es sorprendente y magnífico, por esa invasion atrevida, inesperada, en el viento.

* * * * *

Entre los jóvenes que me han distinguido en estos viajes, que han empeñado muy especialmente mi gratitud, cuento sobresaliendo á Alfonso, con quien no hemos hecho aún conocimiento; Manuel, á quien ya hemos escuchado, y Pablo, que es quien tocó anoche á mi puerta para llevarme á Gilmore's.

Es Pablo de mediana estatura; delgado, pero de constitucion nervuda y poderosa, negro cabello y barba espesa, ojos pequeños hundidos, y una dentadura, vergüenza de la nieve y el marfil bruñido.

Pablo exagera, si cabe en eso exageracion, el sentimiento de la patria hasta la intolerancia; del mundo americano, la _lady_ es la que lo descompone y alucina: es reservado y poco comunicativo; cortés, pero quisquilloso y resuelto, y saltan de la nube de su humor tétrico, rayos de caridad y de nobleza de sentimientos, que le hacen muy estimable. Conmigo es especialmente bondadoso.

A su primera indicacion estaba listo; tomamos un carruaje, y hétenos en Gilmore's Garden, que por fuera solo presenta el aspecto de una inmensa troje con ventanas circulares.

A la entrada del edificio nos volvimos para contemplar una colosal estatua de rostro humano, con barba de gastador y el cuerpo monstruoso de un animal desconocido: habria figurado con aplauso en cualquiera de nuestras coheterías.

La luz, las mujeres, las plantas y la música, como soplo de vida y como irradiacion del espíritu, forman los encantos de este lugar. El conjunto sorprende, los detalles desencantan.

No le podemos llamar hipódromo, porque de ello no queda sino la reminiscencia; no jardin, porque el césped, las flores, las estatuas, están como sobrepuestas, accidentales como la decoracion de un teatro; no salon, porque la gradería lo desnaturaliza y los departamentos aislados tienen del cenador y fungen de palco.

Gilmore's-Garden es una área que sigue la figura elíptica de cien varas de largo por setenta de ancho, y que ofrece á las miradas cuatro grandes divisiones.

La perspectiva desciende en una série de amplios escalones desde el techo hasta tocar una especie de alta valla. Cada uno de esos escalones tiene mesas y asientos que los convierten en salones corridos, separados por la gradacion, presentando ascendiente á la concurrencia inmensa y al tráfico, como aéreo, como si asistiera una poblacion, descendiendo de las nubes, al espectáculo, ó como si levantado un velo se apareciese un cuadro olímpico.

Es como una catarata de sorbetes, gorritos, rostros de arcángeles, velos y plumas, cortada por diligentes vehículos que van fomentando el placer.

De la valla á los primeros pilares, en una seccion como de ocho varas, corre otra galería cuyos asientos, mesas y canapés rústicos, se recargan en la valla misma, y está cortada de trecho en trecho por arcos gigantescos de vasos de colores, ó mejor dicho, globos de cristal en que se modifica la luz del gas.

La profusion y la intensidad de la luz, producen efecto indecible: son sartas de rubíes, de zafiros, de topacios y esmeraldas, interrumpidas por círculos de llama que reverberan en candiles suspendidos como un firmamento de soles realzándose en las regiones de la luz.

El centro lo forma un gran espacio como de cien varas, amplio salon, régia nave guarnecida de asientos, bancas rústicas, mesas y enrejados de alambre, y de trecho en trecho fuentes con preciosas estatuas y sus juegos hidráulicos, consistentes en delgados hilos de agua que ascienden al techo, se convierten en arcos y nubes como la gasa, como la niebla, como polvo de plata, á cuyo través se contempla el olimpo luminoso.

Entre los arcos, en las alturas y en esa insurreccion de burbujas colosales de cristal y piedras preciosas, caen ondas, se descuelgan bandillas, flotan lazos con la bandera americana en doseles y cintas, y se perciben los estandartes de todas las naciones del globo, en manojos banderas, que como que se apiñan y desplegan en el festin de las nacionalidades y en la confraternidad universal.

Los arcos de la galería central, vuelan en tendidas curvas de grande altura, y se cruzan, dejando colgar racimos de globos de luz intensa.

El pavimento es de blanca arena de lecho de rio, cortados senderos y camellones por verde césped, entre calados de alambre, césped que forma prados poblados de estatuas, de grandes macetones con plantas y flores, y arbustos, enredaderas y tesoros de vegetacion.

Colosales agaves, pinos, lirios, laurel-rosa, alcatraces y multitud de flores, caen y como que danzan y se columpian ó se inclinan desfallecidas.

En medio de esa sucesion central de glorietas está un tablado circular en que se coloca la numerosa orquesta, en que abundan los instrumentos metálicos.

Este es el teatro: toda aquella luz y aquella pompa, como que muere en el confin, es decir, en el fondo de aquel laberinto de salones. Es una gruta sombría, en que las peñas están como precipitándose, y forman catarata las aguas en tumbos majestuosos que caen sobre el mármol.

Comunica vida á este laberinto de mansiones, á estas galerías feéricas, á esos arcos, á esa llama y á esas flores, una concurrencia que es en sí un pueblo y un encanto por su fertilidad, una pompa por su número, un espectáculo por su variedad y elegancia.

La noche que asistí era escasa la concurrencia, y habria cuatro mil personas. Gilmore's puede y suele contener diez mil almas.

La multitud á que hemos aludido, se ve en cascadas que bajan de la gradería, se sigue en orlas en los asientos de la valla, se arremolina en las glorietas y circula en corrientes deslumbradoras, lujosa, alegre, enamorada, y hasta pudiéramos decir, feliz.

Y esta vida y este lujo de expansion y de belleza, como que hierve entre las plantas que descuellan, las estatuas que sobresalen, las banderas que flotan, la luz que irradia formando chorros y despedazándose en reflejos, y la música que gime y suspira, y ruega, y vibra, como congregando los espíritus á un invisible y sublime trasporte.

Ese es el conjunto, esa la impresion que domina y avasalla: en cuanto la primera ilusion nos abandona, palpamos una especie de _humbug_ que nos divierte tambien.

Los pilares en que descansan los arcos de luz son vigones de madera toscos y mal pintados.

Los pinos y ramajes de la entrada parecen dejados á guardar en la guardarropía de un teatro; sobre todo, la gruta, es un prodigio de mal gusto y fealdad.

Quiso ser la gruta de colosales rocas como suspendidas en los aires, mostrando las entrañas desgarradas de una montaña despedazada por un torrente subterráneo que precipitara en cascada sus aguas, salpicando las estalactitas y estalacmitas y cayendo á morir en un lago.

La ejecucion es divina: se palpa toda especie de bodoques, protuberancias y frunzones, cubiertos con un cotense color de cera de Campeche ó de condumio de cacahuate, formando bolsas, talegos, costales y monteras boca abajo; las gotas dispersas sobre la roca las figura polvo de plata derramado como sal sobre aquel capricho realmente salvaje.

Las caidas de la catarata tienen la figura de una armazon de tienda de abarrotes tirada en el suelo; los cajones de la armazon los recorren las aguas, espantadas de lo horrible de su camino.

Hay planchas de mármol en algunos lugares, por donde caen caudalosas aguas.

Las estalactitas y las estalacmitas son como mamelucos y gabanes llenos de pliegues, colgados de unos palos. Era una bodega el conjunto de la gruta, que olia á _melaza_ y sabia á lardo indigno.

De trecho en trecho, hay en el jardin-salon unas cabañas graciosas, á las que se asciende por puertas y corredores, y que son realmente palcos donde bebian Champaña jóvenes como arcángeles y caballeros elegantes.

Insistiendo en la concurrencia, asombra realmente la vulgarizacion del casimir, del paño, de la seda, de las plumas, los encajes y las joyas finas y falsas.

La señorita de mediana fortuna, esa viuda _de diez y ocho años_ que ya conocemos, que encanta, carga con inconcebible facilidad y soltura un cuantioso equipaje, capota, paraguas, portamonedas, cinco ó seis pulseras de plata con campanitas; al costado, en su bolsillo, el pañuelo; pendiente de una cadena, colgando sobre la falda, el abanico, y así marcha y baila, sube y desciende á los ómnibus.

Alfonso, que es persona que concentra y no aventura sus juicios y trata de imponerse la imparcialidad por criterio, me decia:

--La mujer es realmente elegante y airosa, no hay motivo para tachársele de desairada y sin vida; por el contrario, su porte altivo, su soltura, su mirada dominadora, revelan su alta posicion, la dignidad de que se siente investida, la conciencia del amparo del hombre, la emancipacion.

El porte del hombre es ménos elegante; aquel pretendido _dandy_ tiene un sombrero como un uñero; el que le sigue lleva de corbata una toalla; ese leviton que se cae, esos pantalones que hacen olas y esas actitudes, no pueden ser de buena sociedad; ni las disimula el guante, ni las encubren esas grandes cadenas y esas mancuernas como ruedas de molino.

Ese sentarse cogiéndose los piés.... ese morderse las uñas.... ese sonarse de algunos haciendo el cohete, aplicando el dedo á un costado de la nariz; esa salivacion de negro tabaco y esos alientos que se soportan cuando _el no smokin_ parece exigir la más escrupulosa pulcritud, todo eso que existe y que _no ví en Gilmore's_ hacen que el sexo feo suela tener mucho de feo, por más que nos queramos hacer imparciales.

--A mí me caen en gracia, me decia uno de los amigos, las trasformaciones del jardin. Allí donde acaba de cantar la Galimberti, se hacian hace poco exhibiciones ecuestres, y donde está la gruta se encontraban las jaulas de las fieras. Hace pocas noches, perfectamente entablonado este suelo, nos daba el triste espectáculo del Carnaval extemporáneo, y ahora le ve vd. con praditos, plantas, arbustos y macetas, convertido en jardin.

Esas cuadras que parecen subterráneos, convertidas en _bar-rooms_ ahora, las atravesaban los caballos, y la caballeriza es en este momento _restaurant_; mañana será club por la noche, y por la mañana, templo.

La orquesta, que al decir de los inteligentes es bastante buena, enmudeció á las once de la noche.

* * * * *

Ni un ruido en la calle, ni en las banquetas transeuntes, ni en los aires gritos. Es el famoso dia consagrado al silencio religioso. La prensa enmudece, el tráfico descansa, las ventanas duermen: se ve á lo léjos un _dandy_ rezagado, una _lady_ apresurada, como que se ha escapado de una prision. La autoridad del domingo puritano se impone, y se siente en el aire la resurreccion de los tiempos del Dios de Savahot.

El placer no es simplemente escándalo, sino escándalo sacrílego.

Y no obstante, esta es una ciudad en que brotan los alemanes como hongos, en que los franceses arman gresca, y en que españoles, hispano-americanos, rusos, húngaros, japoneses y chinos, ven con soberano desden la familia de Abraham y la escala de Jacob.

Anteriormente el domingo era como un ataque de catalepsia á la gran ciudad; todo comercio se paralizaba, los paseos permanecian desiertos, las oficinas públicas como abandonadas; en las bocacalles se echaban cadenas, se apagaba todo ruido y se solia llevar á la cárcel al que despues de las doce de la noche del sábado, se le encontraba á salto de mata.

Las cosas han cambiado: en algunas calles se nota movimiento; los templos católicos son asilo de buenos cristianos y de cristianas encantadoras; la Quinta Avenida se convierte en paseo, aunque con pretexto de ir á la iglesia, y en el Parque Central tiene desahogo la ciudad regocijada y sedienta de placer.

Los especuladores de los teatros suelen calarse la capucha de penitentes y dar conciertos religiosos, con tan raro disimulo, que figuran entre las plegarias el coro de los conspiradores de Lecoq y los cancanes desvergonzados de Offembach; pero, así como así, se necesita, por los esclavos de la fortuna, transitar el camino del cielo, sea que se afecte la rigidez protestante, que se encallejone el neófito en los laberintos católicos, ó que siga las tradiciones de la Sinagoga.