Viaje a los Estados Unidos, Tomo II

Part 26

Chapter 263,932 wordsPublic domain

Fuimos, pues, á un _restaurant_ frances y quedamos contentos, tomando _dessert_, esto es, postres y golosinas, que segun la expresion de otro compañero, en el plan americana están encomendados á las _tlapalerías_ y _boticas_. El pastel americano es delicioso: el relleno es ruibarbo, calabaza, duraznos podridos, y el dia ménos pensado meten en el pastel una cachucha ó un zapato.

XXI

Excursion temeraria á la Iglesia de la Trinidad.--Campanas armónicas.--Panoramas.--Bowling Green.--Green Castel.--Jersey City.--Movimiento industrial.--Telégrafo.--Vapor.--Descenso.

Estoy rendido: ayer emprendí una excursion realmente temeraria para mis años. Me resolví á ascender, y ascendí, á las alturas de la magnífica Iglesia de la Trinidad.

Hemos dicho que la iglesia está ubicada en la calle de Broadway, sin interrumpirla, ni aislarse de un modo notable: se encierra dentro de un magnífico barandal de fierro, se rodea de sepulcros, y el lugar es tan venerando, porque le consagran preciosos restos y grandes recuerdos, que pudiéndolo vender el municipio en cientos de miles, se conserva como un lugar sagrado.

La iglesia es de órden gótico; sobre su grande arco, y á los lados de su clave, se ven dos colosales ventanas coronadas por una tendida cornisa; en los extremos del muro, y sobre el primero, en cuadrado robusto y despues en labrada pirámide, se destacan cuatro delgadas torrecillas y una elevadísima torre en su centro.

El edificio, en su mayor altura, tiene doscientos ochenta y cuatro piés de elevacion.

La iglesia estaba en obra: uno de estos rasposos tipos de portero me salió al encuentro; díjele que queria subir á la torre, pidióme diez centavos, se los puse en la mano, me tomó de los hombros, me empujó á la entrada de un callejon oscuro, y cerró la puerta tras de mí.

Mi primer movimiento fué quedarme inmóvil como Pipelet, raspé un fósforo, descubrí un caracol, y subí, subí extraordinariamente.

Algo interrumpia mi paso: tendí adelante las manos, y palpé tablas; acudí al fósforo: era una escalera perpendicular casi, que tenia por pasamano un cable con ayuda del cual se escalaba la altura. Emprendí la ascension, campaneándome y titubeando á cada esfuerzo; tornó el caracol á salirme al encuentro y la escalera á empinarme á los cielos.

La oscuridad era completa y el silencio absoluto.

Creí percibir alguna claridad; tenia sobre mi cabeza un bosque de vigones robustísimos, que se cruzaban, se extendian y se agarraban á las paredes, colgándose sobre el abismo como para sacar de él campanas monstruosas.

Dí un paso para ver aquello, y me pareció que se venia abajo la torre, tan estupendo así fué el ruido: todas las campanas sonaban á la vez, aturdiéndome, anonadándome. Aquello era espantoso.

Han de saber mis lectores que las campanas de la Trinidad están templadas con ciencia musical, como hay otras campanas aquí, en Nueva-York, y en otras ciudades de los Estados-Unidos.

Los campaneros, en los dias festivos, tocan sonatas y cantos patrióticos, y el de la Trinidad suele repartir programas de los trozos de ópera que se propone ejecutar con sus campanas. Todo esto es muy gracioso: yo creí que el registro músico era el derrumbamiento de la torre.

Llegué al fin al término del muro, de cuya plataforma arranca, para imperar sobre otras cuatro torres, la torre central.

La base es un sexágono imperfecto, presentando anchas fases á los puntos cardinales, pero sin dejar percibir conjuntos.

Antes de alzar la cortina de mi panorama, traté de recoger mis ideas y recuerdos, teniendo presente, para mis rectificaciones, la preciosa Guía de mi querido amigo Antonio Bachiller y Morales, que es, como todo lo que sale de su pluma, rica de erudicion y de talento.

La isla de Manhatlan (hoy Nueva-York); en indio, lugar de embriaguez, aunque vista en 1814 por Verrazani, navegante florentino, fué descubierta ó se atribuye su descubrimiento á Hudson, que dejó su nombre al rio que corteja y engalana la Ciudad-Imperio.

En 1614, una expedicion holandesa edificó sus primeras casas en Bowling Green, con el nombre de Nueva Amsterdan, y entre ingleses y holandeses hubo campañas atroces, hasta que el duque de York fué agraciado por Cárlos II con esta posesion y marcharon las cosas más en órden. Protestantes y católicos convirtieron varias veces la isla en campo de Agramante.

Llamóse al principio la ciudad _City of hills_ (ciudad de lomas), y las aguas invadian hasta donde es ahora Pearl Street y Chatham.

Nueva-York antiguo fué teatro de grandes hechos históricos, hasta 1783 que se evacuó por los ingleses y quedó triunfante la patria de Washington.

La Guía á que me refiero recuerda la casa de Kenedy, habitada en una época por Tayllerand y despues por Washington.

El lugar en que estuvo la estatua de Jorge III convertida en balas para atacar á los ingleses.

El sitio en que estaba la picota, hoy jardin espléndido, frente á la Casa Municipal.

En Wal Street se nos muestra la casa en que en 1789 fué proclamado Washington primer presidente de los Estados-Unidos.

Los nombres de Canal y Cliff derivan de que eran canales que cruzaban lanchas y botes.

Donde ahora está edificado el Correo estuvo la Iglesia Holandesa en que Franklin hizo sus primeros ensayos para dominar el rayo.

La isla en que está edificada Nueva-York se encuentra limitada al Norte por el rio Harlem; al Este por el rio de ese nombre, y une á la bahía con la Sonda de Long Island, separando Nueva-York de Broklyn, que le pertenece como un distrito.

La isla tiene trece y media millas de longitud, con anchura de cerca de tres millas.

La ciudad, propiamente tal, está edificada en una faja que corre desde el Sur (_Battery_) al Norte, Central Park, en una extension de cinco millas, corriendo hasta tocar el Harlem, cuatro millas más.

Divídese el terreno mencionado en 141,486 lotes para casas, de las que están edificadas una mitad.

La poblacion se puede calcular en 1.200,000 habitantes.

Levantemos ya la cortina de nuestro panorama que nos cubre el Oriente.

A mis piés estoy percibiendo, como unas veces en _zic-zac_, otras en remolino confuso, altos techos, chimeneas y agujas, triángulos de pórticos y columnas, y más adelante casucas decadentes, con la triste vejez de las casas de madera, hasta tocar, culebreando, la orilla del _Rio Este_, que va extendiéndose como un aligador, por todo el Oriente de la ciudad.

Guía mis ojos como de debajo de mis plantas, una estrecha calle que ondea un poco, llevando caudalosa concurrencia. Esa calle es _Woll Street_, calle de la muralla donde están situados los bancos, como quien dice, los pulmones que comunican vida al gigante. Distínguese entre muros, chimeneas y veletas, la Tesorería, que encierra caudales cuantiosos.

En la onda con que termina esta parte de la tierra, se ven salir como los dientes de una sierra, como calzadas ó corredores que parecen flotar en las aguas: esos son los innumerables muelles salientes de la extremidad de esa lengua imperfectísima con que hemos comparado á Nueva-York, que acaso podria decirse que tiene la figura de una bigornia de herrero.

Alzándose la vista, reverbera en toda su amplitud el rio; vense cruzando sus aguas, en agitacion febril, lanchas y barcas alzando á flor de agua y sumergiendo sus remos; barquichuelos con su vela, como un caballero andante con su pluma blanca, y navíos con sus lonas hinchadas como las plumas de un cisne, y atravesando rápidas como el sorbete de un corredor yankee, las chimeneas de los vapores, que gritando y lanzando al aire plumeros de humo blanco que brota y se tiende en rastros de nube, recorren en tropel las aguas, cruzándose y apartándose á grandes distancias.

Limitan ese horizonte al Sur Este, fuertes militares é islotes risueños, artificiales y naturales, y entre árboles, blanqueando, y sobre sus copas sobresaliendo los edificios de Broklyn, que parece haber aprovechado una altura para ver lo que ocurre á la orilla de sus aguas, ó más bien, ninfa saliendo de los bosques, á la que hicieran honores, y cuya presencia celebraran regocijados los génios acuáticos.

Volví mi vista á la parte Sur.

El fondo de este cuadro divino es la inmensidad del mar; su horizonte, remedo del infinito; su vaguedad, imágen de lo desconocido.

Varios fuertes cuyos nombres no tengo presente, armados de punta en blanco y severos, guardan la entrada del inmenso puerto, uno de los primeros del mundo.

Allí como que flota circular una fortaleza que nos mira con sus cien ojos, estupefactos de la grandeza que le ha rodeado en pocos años; la bahía, como una bacante, danza entre esos guerreros, vestida de luz.

La Battery está lela, como un amante viejo, mirando la juventud ardiente de la bahía.

En esa parte de las aguas el bullicio se trasforma en estrépito, se semeja al trasporte de la ciudad que se incendiara y se fuese á pique, las aguas pierden su extension, y se hacen canales, veredas, plazas, encrucijadas y grupos que en tumulto revolean sus velas, extienden sus banderas, agitan sus brazos y sus piés, y lanzan agua y humo, y en la noche explosiones de chispas y relámpagos.

Los muelles se multiplican como fingiendo á la tierra mil patas que están agarrándose á la orilla de las aguas.

El horizonte, primero como que se parte en tramos; esas son las islas y los fuertes: despues se va tendiendo, en imperfecto y tendido semicírculo, una faja entre árboles y flores, de chozas, de miradores y palacios; otra de las aguas; otra de la orilla de la ciudad.

Allí están los fuertes. Aquel hervir de árboles y casitas blancas, es Bowling Green; aquel gran edificio como engastado en una esmeralda, es Garden Castle; este conjunto de árboles con sus fuentes, sus sombras, sus calles amplias, sus niños y su aspecto de fiesta, es el Parque.

De debajo de las copas de esos árboles parece emprender la marcha la procesion de gigantescos edificios de Broadway, que parece van saliendo del mar.

Aquel semicírculo inmenso que al principio me llamó la atencion, es Jersey City, aldeana encantadora que espía entre los árboles al atleta que viene á reposar su frente y á dormirse en el seno de la bahía, teniendo bajo sus ojos como á un leon, al rio Hudson, que llega triunfal al mar, arrastrando sus inmensas aguas como una cauda.

Al Poniente, es el consorcio de las habitaciones y de las aguas, la tierra ha saltado á las aguas, casucas como barcos, miradores, corredores, muelles y veletas, todo como flotando. Allí se distingue el Hudson en toda su magnificencia; y como nadando en sus cristales, Staten, Island, Longbranch, y praderas y campiñas como pudiera soñar el deseo para embeleso de los sentidos. Al Norte, el hirviente mar humano de Broadway.

Pero ¡ay! todas estas descripciones son como la máscara de yeso en que se calcan las facciones del cadáver, y más aún, de la hermosura que hechiza con su mirar, alegra con su risa, embriaga con su voz.

¿Cómo pintar el soplo de la industria, el espíritu de vida volando de las aguas á la tierra? ¿cómo dar idea de esas bodas suntuosas de la luz y las aguas, de la pompa del suelo y de los encantos poéticos del mar?

¿Cómo traer la admiracion á que encarezca este jubileo sublime de la toma de posesion del hombre de todo lo creado?

Hércules dominando los monstruos; Prometeo robando el fuego al cielo; los argonautas lanzándose á la conquista del vellocino de oro, no valen lo que el alambre de Morse, lo que el vaho de Fulton infundiendo la vida en el pecho de la caldera que palpita en el cuello de la locomotora y en las entrañas del navío.

Las pirámides para los grandes, los monumentos para los héroes, cuando se encomienda la inmortalidad al espacio, al rayo y á los mares. Entónces se dice: "Franklin, Morse, Fulton."

A propósito de Fulton, ¿quién habria de decir que el pintor de retratos de Filadelfia, el loco que queria despues navegar bajo las aguas, fuera el autor de la tremenda revolucion del vapor?

En el rio Este, en 1807, hizo Fulton sus primeras tentativas: este Hudson presenció regocijado la primera excursion del "Clermont" á Albany. Antes la navegacion se hacia en diez y seis dias: Fulton la redujo á treinta y seis horas.

Completemos el paseo: estamos al frente de este mar inmenso de edificios gigantescos que componen la ciudad; que siguen las arboledas, cortejan los parques y hace desaparecer su corriente tras el inmenso cortinaje del Parque Central, que se ve en la bruma dando fondo á una poblacion de torres, pirámides, pórticos, templos y no sé qué de tumulto fantástico, en que hay reverberaciones de cristal, copas de árboles, y como cuerpos y cabezas de gigantes, titanes de extendidos brazos sustentando el telégrafo, fauces de ventiladores y fantásticas formas de molinos.

Descendí de la torre con mil trabajos, y quedé inmóvil para todo el dia.

XXII

El Correo.--Los muelles.--South Street.--Varias calles.--Viajes aéreos.

Uno de los monumentos que disputan ventajosamente la atencion del viajero, es el Correo (_Post Office_).--El edificio ocupa una manzana entera, acomodándonos á la manera mexicana de hablar, formando un ángulo imperfecto de 130 piés de altura, 200 la base y de 320-340 los lados.

En los frentes hay portadas caprichosas, cornisas, ventanas y columnas, rematando en bóvedas de cristales y en rotondas como colinas. Especial arquitectura americana.

Es una mole inmensa como una espaciosa catedral, cuyo costo puede calcularse, segun los datos que personalmente solicité, sobre seis millones de pesos.

Entrase al Correo por multitud de arcos formados como caprichosa portalería en el primer piso del edificio colosal, convirtiendo en corridos salones el interior, con pavimento de cuadros de mármol blancos y azules.

La pared que cierra esos salones ó calles interiores, es como una hoja de laton labrado y como subdividido en pequeños cuadros, que todos tienen su número hasta el siete mil. Cada uno de esos pequeños cuadros es un cajon que tiene su chapa especial, pertenece á un apartado hasta el número dicho, aproximadamente.

Interrumpen la monotonía de la pared de metal, cuadros ó frentes de nicho embutidos en caoba, con letreros que indican--_venta de estampas_, despachos para el _interior y el exterior_ de los Estados-Unidos, para el _interior de la ciudad_, _reclamos_, _advertencias_, entrada y salida de balijas y todo lo conducente al despacho.

En el mismo órden hay buzones incrustados en aquella pared de laton, que cierran por sí mismos su tapa fija, con sus rubros para que el propio interesado dé á sus cartas direccion.

El conjunto del despacho forma un muro por donde no se percibe nada absolutamente del interior de la oficina, ni un dependiente, ni nada.

Los que han alquilado un _Box_ ó cajita de apartado reciben una llave, y á la hora que les parece abren ó cierran su caja y recogen su correspondencia. El apartado vale para una ó muchas personas, de seis á doce pesos anuales.

Por supuesto cada llave es distinta, y el herrero que las forja tiene contrata especial, para no hacerlas sino por órden expresa del administrador.

El dia de mi visita al Correo, ascendí al primer piso en busca del administrador, que tiene dos lugares de residencia: el despacho y el gabinete de trabajo.

Mr. Jaques me recibió afablemente, tocó un resorte y vino un dependiente que conoce perfectamente el español, para que me paseara por los departamentos de aquella escondida poblacion.

El Correo, en la seccion primera que ví, funge como banco, recibiendo y situando dinero en todas las ciudades del mundo: la actividad de esa seccion es grande, tanto que para obvio de mandaderos y trámites, hay una maquinita movida por vapor, de la que corre una banda, á los distintos departamentos y mesas que tienen que ver con la seccion, que conduce los papeles, para que se hagan las anotaciones respectivas.

Contigua á ese departamento está la caja ó expendio por mayor de sellos.

Los sellos se imprimen por contrata especial en Masachutes y se reciben de la administracion general situada en Washington.

Las séries de sellos son de uno á noventa centavos, y en cada una de las divisiones de uno, de cinco, seis, diez centavos, etc., etc., hay una estampa distinta de un hombre ilustre: Washington, Clay, Webster, Lincoln, Jefferson, etc., etc.

Hay cubiertas y fajas para circulares y periódicos, que pagan dos centavos por cada cuatro onzas, para cualquier punto del país. Las cartas comunes cuestan tres centavos para el interior de los Estados-Unidos.

La contabilidad es perfecta, y este departamento, como los otros, tiene poca diferencia en sus reglas de lo que tuve la honra de establecer en México cuando plantée el franqueo prévio.

Hay un departamento especial para certificados; con los asientos y constancia al interesado como en México, con la diferencia de que cada carta ó paquete certificado va en una cubierta especial de pergamino, sobre cuya cubierta se anotan los accidentes del tránsito para que quede viva la responsabilidad del que falte. En la bolsa se devuelve el recibo ó vuelve la propia carta, caso de que no pueda llegar á su título.

Tambien en las cubiertas que se expenden para cartas no certificadas, hay impresa una advertencia para que si dentro de diez dias no se ocurre por ellas, se devuelvan al punto de partida: medida de fácil ejecucion muy útil para el público.

En general, las cartas sobrantes vuelven de tiempo en tiempo á las oficinas centrales, donde se inutilizan con las formalidades que en México. En esa operacion lucra mucho el Correo, porque siendo la moneda papel, se incluyen en las cartas valores que quedan á beneficio del Correo.

Las diversas secciones que manejan caudales llevan su contabilidad separada; pero esa contabilidad se concentra y recibe una especie de glosa, mes por mes, en una oficina que preside un _auditor_ ó sobrevigilante de la legalidad de todos los actos de la oficina.

Descendimos del primer piso y nos hallamos bajo una inmensa techumbre de fierro y cristales, que comunica luz al edificio y le da una extraordinaria grandiosidad.

Desde los corredores intermedios se ve aquella ciudad en miniatura, formada de mesas larguísimas coronadas de elevados estantes, todos con sus divisiones alfabéticas.

Colocados en un buen punto de vista, me dijo mi _cicerone_:

--Vea vd. aquel timbre colosal y bajo de él un cuadro de cristales.

Luego que llega una balija, sea de dia ó de noche, suena ese timbre y aparece un número en el tablero. El timbre es la voz de alerta, el tablero indica la procedencia del correo que llega.

Se recibe la correspondencia y se distribuye en aquellas grandes mesas y aquellos estantes destinados con separacion al público, á las cajas del apartado, á los carteros y á las carreras foráneas.

Ya está vd. viendo desde aquí, de trecho en trecho, unos estantes hechos de cajoncitos que giran como una gran devanadera: ahí se colocan las cartas del público. Las cartas del apartado se conducen á sus cajas desde aquellas mesas.

En cuanto á esas otras grandes mesas con estantes, son de los carteros que por sí hacen su distribucion, y entran y salen á su departamento dos y tres veces al dia.

Las cartas foráneas tienen aquel departamento separado.

La correspondencia que sale está sujeta á las siguientes operaciones.

Detrás de cada uno de los buzones marcados en el exterior, hay una cajita portátil en que se reciben las cartas distribuidas por los interesados.

Al recogerse para inutilizar la estampa con el sello negro, se revisan y vacían sus balijas, recogiéndolas el que les da direccion.

Las balijas están suspendidas con ganchos á las paredes de alambre que rodean cada seccion.

Bajamos de nuestro corredor, anduvimos por aquellas calles formadas de mesas y estantes, en que no se ve una carta que no esté encarrilada á su destino, y nos detuvimos frente á un pozo que da á un departamento subterráneo.

Ese departamento tiene grandes paredes en semicírculo, con cajones con grandes letras.

Por delante, el cajon tiene su marca; por la espalda, es un chiflon que da á una balija.

Ese es el departamento de los periódicos. Se reciben en la parte superior, se desbarrancan por el pozo y allí se apoderan de ellos los distribuidores, con tal tino, con tal destreza, que lanzándolos á grande altura y en todas direcciones hasta anublar el espacio y perturbar la vista, no hay una equivocacion ni falta en correr á la balija el paquete.

Sentí que se me hundia el suelo: es, me dijo mi _cicerone_, que vamos á ver las máquinas.

Hicimos en este último piso una excursion entre grandes pilares y paredes de cinco y seis varas, en medio de las sombras y oyendo la respiracion de las máquinas, como si estuviéramos en un antro de fieras.

Aquellas grandes máquinas son los esclavos del servicio, y tienen por principal tarea estar unidas á esos ómnibus aéreos que se llaman elevadores.

Ese tránsito de arriba abajo y de abajo arriba, esas calles verticales en el espacio, solo á un yankee ocurren.

--Oiga vd., por más que veo esos robustos cables, decia yo á mi amigo, á mí siempre se me escarapela el cuerpo. Un sopapo desde las inmensas alturas que recorre el ómnibus, es tremendo.

--Por supuesto, me decia mi amigo; hace años cayeron tres criados de un hotel, con todo y elevador, y se hicieron añicos; pero no volverá á suceder.

--¿Cómo?

--Porque ahora los cordeles están adheridos á unos resortes; caso que los cables se rompieran, los resortes se abren y dejan suspendido el elevador; de suerte que el mayor mal que le puede suceder, es repetir el milagro del albañil de San Vicente Ferrer, es decir, quedarse en el aire; y ni eso, porque se queda vd. en un buen asiento de terciopelo, con su alfombra, y si gusta, viéndose al espejo.

El hombre que acompaña á vd. en el elevador, lleva la mano en el cordel que gobierna la válvula, y detiene ó acelera el paso segun conviene.

Con esas seguridades, volvimos al mundo despues del paseo subterráneo.

La oficina de correos tiene en todo 1,600 empleados, inclusives 300 carteros.

Se reparten al dia, por término medio, 300,000 cartas del país y 30,000 del extranjero; solo de la ciudad se reparten 120,000 cartas.

El despacho de correos está abierto desde las seis de la mañana hasta las nueve de la noche.

En todas las calles, y de trecho en trecho, hay cajitas de fierro adheridas á las columnas de los faroles, en que se puede echar la correspondencia y de donde la recogen tres veces al dia los carteros.

Los empleados de correspondencia y contabilidad no tienen que ver ni rolan con los empleados del despacho. Estos se dividen en tandas para el trabajo, fungiendo las tandas de seis de la mañana á cuatro de la tarde; de esa hora á las doce de la noche, y de ella á las seis de la mañana.

El precio comun de la correspondencia, como ya dijimos, es tres centavos por carta sencilla de media onza, para cualquier punto de los Estados-Unidos, diez centavos para el exterior, ménos los que entraron en la convencion postal internacional, como Alemania, y al fin Francia y España, para cuyos países se cobran cinco centavos y dos centavos para el interior de la ciudad. Los periódicos sueltos pagan un centavo.

Un centavo vale tambien una tarjeta portátil, que es un cuadro de papel vitela en que se escribe lo que se quiere, con pluma ó lápiz, sin poner cubierta; el porte de un centavo es el precio de la estampa allí grabada. Esta carta abierta puede ir así á todos los pueblos de los Estados-Unidos.

El gran fomento á las relaciones y á las ideas, está dignamente comprendido en este servicio.

Además del Correo hay comisionados y _Express_, de que hablaré en otra ocasion.

Por ahora, terminaré mis apuntaciones haciendo público mi reconocimiento al Sr. Jaques por su finura, y al Sr. Jardines, que tan bondadosamente me acompañó, habiendo recibido de los dos los datos de que he hecho mérito.

* * * * *

Desde mi ascension á la Iglesia de la Trinidad me propuse hacer una visita especial á los muelles, esto es, á esos mil brazos que reciben de los buques todos los productos del globo y devuelven productos de la gigantesca ciudad.