Viaje a los Estados Unidos, Tomo II
Part 25
--¿Pero no te cayó en gracia aquel que iba tendido boca arriba, recibiendo en la cara todo el sol?
--¡Qué cascos! ¡qué América! ¡qué figurones! esto es de revolver la bílis; esto es que buscan la utilidad en todo estos hombres.... Esta es una coleccion de avisos animados, casi una exposicion: nosotros somos frívolos, queremos divertirnos.
--Al ver esto, nos contó un españolito chiquitin y despabilado que se atraganta con los usos yankees, que en sus paseos por Europa regaló un indiano á un irlandés, su amigo, un perico primoroso, con todas las recomendaciones de un gran obsequio; el irlandés, luego que estuvo á solas con el pájaro, lo vió, revió por todos sus costados, y sin más ni más, procedió á torcerle el pescuezo y á que se guisase del modo más apetitoso.
A los dos ó tres dias volvió el indiano y preguntó: ¿qué tal ha parecido á vd. el periquito?....
--Perfectamente, amigo; pero haré á vd. observar que esas carnes siempre salen un poco duras.
--Hombre! si yo lo dí á vd. porque el perico hablaba.
--Ponga vd.; pero obras son amores: las palabras se las lleva el viento.
Estos chicos han hecho del Carnaval un guiso para comer.
La procesion de la noche, en medio del inmenso gentío y entre músicas y antorchas, dicen que tuvo mayor belleza y animacion.
A mí me tenia rendido el calor; trátase de un calor de ochenta y dos grados, que fatiga, que agobia, que descoyunta y embrutece.
--Esto no es nada; es el simple anuncio de lo que se tiene que pasar, me decia Francisco: hace algunos años, que en el mes de Julio perecieron ciento cincuenta y seis personas de insolacion en un dia. Hubo dia que subiese el termómetro á ciento seis grados, que ya ve vd. que hay para freirle los sesos á cualquiera.
En la temporada de los grandes calores, la ciudad disminuye un ciento por ciento en tráfico y animacion; muchos capitalistas hacen sus viajes por Europa; por poco acomodada que sea una familia, aspira á pasar dos ó tres meses en el campo, y entónces cobran vida las risueñas aldeas, las montañas, y sobre todo los baños; entónces son las aventuras de amor, los animados bailes y los paseos deliciosos.
Hasta en la última estancia campestre se instalan _restaurants_ y se aderezan hoteles. En las noches, en las primeras horas, hay músicas para los niños, y más tarde se formalizan bailes encantadores.
Pero en la ciudad, se arde el mundo; los caballos perecen, no obstante que se les busca sombra; se les pone en la cabeza ramos de árbol y esponjas con agua helada: esto es verdaderamente espantoso; quisiera uno sembrarse en el hielo para tener alivio.
Francisco me describió al siguiente dia la procesion de la noche, y el baile.
Verificóse la procesion con mayor pompa y tendencias de fiesta, que en la mañana.
Caricaturas poco felices en la gran comitiva y servidumbre real, nobles y duques convertidos en farsa realmente, sacados á la vergüenza en este pueblo de ilustres carreteros, menestrales y labradores, y luego una série de representaciones históricas en cuadros animados, como hemos visto en los teatros.
De esos cuadros, algunos fueron perfectos y todos elegidos con tino y buen gusto.
Colon dando cima á sus trabajos inmortales, plantando la bandera de la civilizacion y la gloria en el mundo que descubria.
El recuerdo animado de la naturaleza primitiva y la canoa exígua del indio en el país en que se convirtió en verdad trascendental la locura de Fulton.
La tierna escena de la india Pocahonta, bella, gentil, salvaje, que salva al capitan Smith lanzándose entre la víctima y el verdugo, cuando el vencido inglés fué sorprendido en un pantano.
Washington, sublime como nunca en sus dias de prueba, cruzando el Delaware para formar con sus nieves una muralla á la libertad.
La lucha del Sur, pero en su desenlace de reconciliacion y de paz.
Escenas y cuadros son estos, no de Carnaval ni para exponerse en medio de la farsa; pero bellos, grandiosos, fecundos en patrióticas lecciones y dignos de servir de pábulo al más puro entusiasmo.
En la noche, el Gilmores-Garden estuvo poco concurrido: en suma, al conjunto de la funcion se le dió el carácter de un verdadero fiasco.
"Este ha sido un fiasco," repiten: así será; pero me parece que ni como negocio frustrado lo han visto todos sus autores. Para la diversion habrá dejado que desear: no sabemos si en el terreno de los negocios será lo mismo.
Importaba que hubiese más gente que la que compra y vende por lo regular, y esto acaso se ha logrado. El nombre era de poca importancia.
Pero formalmente hablando y suponiendo la tentativa de una planteacion de Carnaval.
Las costumbres no se improvisan; los hábitos se trasportan con los hombres, no se trasplantan. La máscara es fruta que se sazona en los pueblos oprimidos: era un pretexto de libertad; se disfrazaba de liberal el pueblo esclavo; los hombres de iglesia, los cortesanos hipócritas, las mujeres esclavizadas, los siervos abyectos, cobraban bajo el disfraz los atributos que las leyes les negaban; y en ese fondo de verdad era un romance cada palabra, una série de dramas cada incidente, una pasion, una fiebre cada disfraz.
¿Pero á qué el disfraz en un pueblo en donde todo el mundo hace lo que quiere, en que la verdad misma quisiera tener sombras para comunicar interes, en que por más que se esfuerzan los prestidigitadores políticos, no alcanzan mayor rango que el de los suertistas y funámbulos?
Nada más triste y desairado que un yankee bajo su careta, paseándose taciturno y ardiendo su alma, por no poder fumar ni echar á su sabor sendos tragos.
Se concibe una tortuga en velocípedo, un gordo bailando como sílfide en un alambre, un elefante haciendo circo ó parándose en dos piés como un falderillo; pero un yankee máscara es más que el contrasentido, es el imposible.
* * * * *
Ayer he llenado mi cartera de apuntaciones, es decir, cuentas sueltas para hacer soguillas, y ahora que las quiero ensartar en el hilo de una narracion seguida, me estoy encontrando con dificultades insuperables.
Tal vez influya el calor en lo que me pasa: las calles, aunque amplísimas; las plazas, aunque pobladas de árboles; mi habitacion, aunque ménos estrecha que otras, no templan los ardores de este horno de carne humana. El calor es intenso, es abrumador é insoportable; toda la pompa del Paris de América se reduce á nada cuando se ve el lujo bajo el aspecto de adornos de un suplicio. Ni un instante la brisa se insinúa, ni un momento dulcifica el nublado el tueste sistemático de los hijos de Adam.
Suele cambiar el tiempo; pero entónces es una invasion de invierno, que produce cada pulmonía, y cada reumatismo, y cada catarro, y cada croup, que en los vivos aires alzan la estadística de la mortalidad.
* * * * *
Uno de los retraentes que van teniendo mis salidas, es la falta total, permanente y tiránica de lugares de desahogo transitorio, y cuenta con que se trata de una gran necesidad social.
El hecho es espantoso; ¿pero qué se hace con respecto al excedente de los líquidos en un país en que marcha dia á dia como embodegado y en secciones un océano de _lager beer_, y otro de soda? Se aguanta: ¿y si no se puede? Habrá acueductos subterráneos, habrá lo que se quiera; pero no se da á luz el remedio de la necesidad. Sobre que ni hay zaguanes, ni recodos, ni parapetos, ni abrigos en el interior de la ciudad, si no es en una que otra plaza.
En el _restaurant_ en el _bar-room_, en el hotel, hay sus oficinas tributarias (_water closer_); pero el recurso no está á la vista de todos; por otra parte, se necesita cierto desplante para irse un hombre introduciendo hasta los últimos interiores de la casa á instalar un desagüe; ¿y cómo se hace esto sin saberse el idioma? ¿los extranjeros no tienen derecho á salir de su cuidado? ¿y los pobres que pudieran hacerse sospechosos? Los pobres deben vivir en seco. Esto es espantoso.
Si la ausencia de consuelos nace de pulcritud, poco se logra; porque si es cierto que en las calles centrales no se advierten desmanes, en las calles apartadas es el asco y la inmundicia; no hay callejon, ni cerca, ni despoblado, que no tenga lagos, que no rastros, del contrabando espantoso de los líquidos.
Como el _bar-room_ es el recurso más obvio, he tenido que adicionar mi presupuesto.
Entro al _bar-room_, pido cerveza porque llego acongojado, dejo en el mostrador la copa y me lanzo á lo desconocido, regreso y dejo intacta la copa, y el _yankee_, á su frente, con tantos ojos, sin darse cuenta de lo que me pasa; así, como en otras cosas, me haré una reputacion de borracho, y no precisamente por lo que bebo, sino todo lo contrario.... Dicen que los dueños de _bar-room_ son los que se oponen al establecimiento de oficinas mingitorias, porque así venden más. De todos modos, se trata de un grosero ataque á las garantías individuales.
XX
Seguridad.--Limpieza.--Calles no centrales.--Suciedad y abandono.--Rectificaciones.--Omnibus y wagones.--Las damas.--La lady "pur sang."--Voceadores de las calles.--Ahorro de trabajo.--Elevadores.--Albañiles.--Botones de tornillo y carretilla.--Las comidas.--Nuestras comidas traducidas al inglés.--Listas de manjares.--El español pinta al yankee.
Levanteme muy temprano, al siguiente dia del Carnaval, es decir, á las cuatro, que allí comienza á amanecer.--Los establecimientos estaban sin gente, pero alumbrados con gas en el interior, porque la luz es el recurso de seguridad; y no me he atrevido á llamar cerrados á los almacenes, tiendas y oficinas, porque los aparadores, tiendas y almacenes quedan á la vista, teniendo por resguardo sus cristales: el cerrojo no se conoce, las llaves colosales no se fabrican, las chapas complicadas serian objetos de curiosidad.
De todos modos, esa fé en la autoridad, esa ostentacion de confianza cuando se trata de millones, es imponente y habla muy alto en favor de la moralidad de un pueblo.
Las casas se cierran con cristales.
La limpia y aseo de las calles comienza por parte del municipio á las tres de la mañana, de suerte que el centro de la ciudad está en buen órden al salir la luz.
Unos carros que mueven grandes cilindros de cepillos, y barren perfectamente, carros regadores que desprenden en plumeros sus aguas, y criados con escobas, sacudidores y cepillos, dejan albeando pisos y paredes.
En las esquinas de las calles, y de trecho en trecho en las aceras, hay postes que contienen los tubos de las cañerías: al tubo se aplica una manga de _gutta perca_, y techos, paredes y aceras, se lavan la cara en dos por tres.
He dicho paredes, y se deja entender que no todas; pero hay muchas casas cuya pintura es de aceite, otras casas son de cantería, y éstas y las otras permiten esos chorros descomunales que en las banquetas forman rios.
No así en las orillas de la ciudad y la parte del N.O. que yo recorrí; allí la banqueta es el patio, el corral, el lavadero y el depósito de basura.
Casucas grandes y chicas, costras de suciedad empedernida y lustrosa, como de betun, mujeres como en camisa, muchachos medio desnudos, hombres en mangas de camisa, con los cabellos lacios alborotados y sus sendas pipas en la boca, y calzados que tienen del trapo y de la cáscara, de la escama y de la concha de tortuga.
Tendederos, canastos de basura, aros, recortes y trapos en la banqueta, donde se ha estacionado un caballo ó reposa un carro, arma sus sillas un carpintero y un pintor escribe sus rótulos, miéntras descargan á su espalda harina, ó vacía su carreta de carbon el carbonero.
Y aquellos muladares los atraviesan, sin embargo, señoritas ó mujeres de apariencia elegante, con gorrillos y guantes, sombrillas y abanicos.
Yo me ví tentado en cuanto á tráfico, á rectificar mi juicio respecto del movimiento: hay varias calles y avenidas que lo tienen poderoso, á más de Broadway.
La Tercera, la Sexta, la Octava Avenidas, las plazas de la Union, de Washington y otras, hormiguean de gente, y el rio de la Quinta Avenida, como raudal que corre entre lomas, se engrosa, se expanse y se dilata en innumerables calles y callejuelas.
Los carros y wagones, que pueden contarse por docenas, recorren la ciudad en todas direcciones, por una ó más leguas, siempre recogiendo y soltando gentes, y siempre ocupados, al extremo de ir rebosando por las plataformas los viandantes.
La colecta no se deposita, como en San Francisco y Orleans, sino en los ómnibus, que cuestan diez centavos. Cinco se pagan en los _wagones_, el colector lleva colgando al pecho unos cartones en que marca el número de los transeuntes, y el modo de marcar es una tijera que contiene una campana, con la cual se saca un bocado al carton, que es el justificante de la cuenta.
Llamóme la atencion en mi paseo matutino, la generalidad con que damas bien vestidas llevan envoltorios de papel en las manos. Trastos y canastos están relegados á la baja clase, aun cuando esa baja clase use sombrilla y gorro muchas veces.
Es que en la tienda mestiza ó _groceries_, en las fruterías y dulcerías ambulantes, en el cajon de ropa, en todas partes, no hay artículo que no se envuelva en papel á propósito: los frijoles, lo mismo que los pañuelos; los pañuelos con la propia diligencia que los zapatos, las naranjas ó los gorritos, y así se conducen: hay papel _ad hoc_ para bolsas, carpetas y tubos, y lleva su adminículo de papel amarillo la dama, alternando con el portamoneda de badana, el pañuelo, el abanico y la sombrilla, sin que esto sirva de estorbo á la pequeña balija ó ridículo que pende de su brazo.
Por lo demás, la mujer es un sér realmente masculino é imponente: se ve venir á la _lady_ con la falda del vestido remangada en su derecha: anda á trancos largos, con la cabeza levantada, en cuerpo gentil ó con burdo sobretodo de toscos botones, con un airoso albornoz que desciende en ondas, con flecos de bellotas, ó con sendos mantos como capisayos (_watter proof_).
La de tápalo y _schal_, y aun la de mantilla, no es la _lady_.
En las tiendas, en los hoteles, en las calles desiertas, en los paseos, en los barrios, en las bibliotecas, en todas partes está la _lady_; y brota sencilla, imponiéndose sin contradiccion; la niña con sus libros debajo, su pierna con restirada media al descubierto, su bote de hoja de lata ó canastillo en que va su _lunch_.
La _lady_ no es el intruso, ni el advenedizo; constituye una poblacion que se ingiere en la otra como en su funda una escopeta. El hombre se siente forro de otro hombre más gracioso é insinuante, que es la _lady_.
El hermano mayor, el marido de la _lady_, por el hecho mismo de estar en su compañía, tiene cara de sordo.
Las calles de la parte Sur de la ciudad, que yo creia con escaso movimiento, me iban aturdiendo, con ménos lujo, con ménos joyerías y aparadores ricos, con la presencia de las _groceries_, zapatos en sartas, carne de tocino, jabon y semillas, lado á lado de las tiendas de modas, _restaurants_ y salones de todas clases.
Notaba que los vendedores vocean sus artículos con voz monótona y tenaz; los distribuidores de periódicos, como en México, dicen las noticias y calumnian los rubros; los naranjeros, las lavanderas, todos pregonan sus oficios y mercancías; pero esto es siempre que no está á su alcance una campana, una trompeta, un órgano ó una música de viento; entónces el voceo se vuelve escándalo y se produce al placer: porque por lo visto, el ruido es para estas gentes un placer.
Los escalones de los hoteles están forrados de láminas de laton, que retumban con las patadas de los transeuntes.
Los criados no alzan, sino empujan, en los entarimados, las sillas, que van deslizándose y haciendo piruetas, hasta colocarlas en su lugar; vuelven ferrocarril el mármol de los mostradores, y lanzan vasos y charolas, y en el descargue de un carro ó de un buque, llueven tercios, se desgobiernan baúles y se despedazan muebles, que es una condenacion. A los hombres de los _Express_ los llaman humorísticamente _baggege mackers_ (machucadores de equipajes).
A la entrada de los hondos sótanos se suspenden varillas que forman carril ó rambla, haciendo ondas para disminuir la pendiente, y por allí se lanza, para que camine, todo lo que se tiene á la mano.
Esta propension al ahorro de trabajo, de costo y de tiempo, es casi una faccion de la fisonomía de estas gentes.
En el trasporte de grandes piedras, en la suspension de pesos enormes, en el ferrocarril, en la marina y en la finca, se hace sensible aquel que podriamos llamar principio.
Dentro del mar, detenidos por estacas de madera, reciben durmientes y rieles por donde pasan inmensos trenes.
El elevador tiene todas las formas; desde la repisa hasta el salon: en los grandes almacenes, en un cuadro de hierro afianzado á un cable por una argolla y en una tabla, suben y bajan efectos y hombres como volando; los elevadores, que no son sino una preciosa estancia alfombrada, con asientos de terciopelo, espejos y quinqués, suspendida á tres ó cuatro garruchas, hacen insensibles los viajes aéreos.
En el Correo estaba un elevador sin garruchas ni cables; el cuarto de madera descansa en un pilar de fierro que sube y baja por medio de un mecanismo que maneja un niño; sobre la tapa de un sótano se colocan cestos, tercios y cajas, y el cuadrado, que parece puerta, se hunde haciendo la conduccion subterránea del modo más seguro.
Los albañiles se valen frecuentemente de macizos tablones suspendidos en garruchas afianzadas á gruesas vigas horizontales recargadas en los techos. Los andamios á nuestra manera, son casi desconocidos.
Y para decirlo todo, si se trata de abrochar un guante una americana y no tiene su gancho _ad hoc_, no forcejea ni porfía, sino que se quita una horquilla del peinado, y con ella improvisa un gancho que la saca de apuros.
Esta es la causa, en mi juicio, de la boga que tienen los botones de carretilla que se usan en camisas, pantalones y calzoncillos. El boton se traba y es obra de un instante; no se desprende, emancipa al hombre de la aguja, es toda una revolucion en la costura. No contentos con ese boton, hay unos ganchos aun más cómodos, y de ellos usan los bomberos para vestirse con celeridad prodigiosa.
Al regresar á mi cuarto, unos amigos que acababan de llegar de México me esperaban para que comiésemos juntos.
Entre ellos venia un español franco, abierto, apegado cerradamente á nuestras costumbres, intransigente, y con todos los defectos y virtudes de su raza, en pronunciado relieve.
Yo haré notar á mis lectores que el tipo realmente antagónico del yankee es el español; pero por ahora sigo mi cuento.
--Comeremos, decia D. Santiago, donde no haya _plan_ americano, porque _el plan_ me parece del fondista, de dejar á un cristiano sin comer.
--El sistema americano consiste, observaba otro, en que caiga ante una víctima, de un golpe, una lluvia con todos los platos guisables, y que el cliente, armado á veces de solo el tenedor y de un plato único, entre en campaña con todos los potajes, hacinando los restos y haciendo combinaciones en el plato único, lo cual es repugnante al último extremo: cáscaras, aceite, vinagre, melaza, todo se reune en el improvisado muladar, y á eso se llama comer.
--Yo llamo plan americano, observó Francisco, á las comidas frecuentes, y sobre todo, á los potajes que en ellos se sirven.
El cerdo, miéntras más grasoso y más al natural, mejor; los frijoles blancos, secarrones, los maíces en leche, los tomates servidos en crudo como frutas delicadas, la melaza mezclada á las grasas, el exceso en los condimentos, de pimienta, sal, _pikles_ y todos los accesorios con que el americano se guisa su comida, porque el manjar suele ser un protesto, y el pan de maíz, que servido con esmero suele ser un bizcocho agradable, pero no como acompañante de todas las comidas.
--En eso de pan, nota otro, los hay enormes: son como bancos de madera con miga, como lana de almohada, y cortezas como de tabla.
--Y hay panes que son realmente trancas, decia D. Santiago, con los que se podia arrimar á cualquier tunante una paliza, con que no le quedase hueso sano.
--Comeremos donde vdes. quieran, decia yo; pero que no nos obsequien á la mexicana. De nadie quiero ocultar mi nacionalidad, que llevo con orgullo; de un cocinero sí.
Han dado en que nuestra comida cotidiana es mole picoso y desabrido; nos presentan como albóndigas unas balas enormes hechas de una especie de _hash_, que es el plato americano; esto es, carne deshebrada, el pasado de las fondas, la resurreccion de los resíduos de los que fueron potajes, y frijoles, unos frijoles en agua sucia, cocidos nada más, frijoles que en nuestra tierra desdeñarian los perros.
--Busquemos, decia Francisco, una fonda netamente francesa, aunque tenga las pretensiones de poca lisonja á los americanos, como es natural.
--Comeremos á la _carte_, es decir, pidiendo lo que sea de nuestro agrado y bebiendo vino, cosa que no entra en el plan americano.
Nos presentarán en una especie de cuaderno una lista tremenda, en que parecerá agotada la nomenclatura culinaria.
[Ilustración: VIAJE DE FIDEL.
Nuevo Capitolio de Albany.]
Pero no hay que estremecerse; en eso, como en todo, entra el _humbug_.
Ve vd. una fila enorme de nombres: es á veces pan de distintas hechuras.
Otra seccion: es la lista de todas las verduras.
Otra: de nombres tremebundos. Son papas.
Y toda esta inmensidad de nombres está sujeta á que se acaba todo lo que vd. desea y á que come una comida corriente, pero costosa.
--Ni más ni ménos, dijo D. Santiago, sucedió á mi sobrino Paco: la primera vez que pasó por estas tierras (él es de buen diente, ¡canasto!) y apénas puso el pié en tierra, aunque sin saber ni sílaba de inglés, se metió en una de esas fondas, y le pusieron el infolio en las manos.
El, que es testarudo y se moria de hambre, recorrió la lista aquella y se prometió el oro y el moro.
Para complacer el apetito, dijo para sus adentros, veamos lo que tiene más letras, porque allí debe estar la sustancia; y diciendo y haciendo, puso el dedo en uno de aquellos letreros.... á poco, caten vdes. que le van trayendo unos rabanitos muy monos; pero aquello era una temeridad.
Puso el dedo en otro renglon: entónces fueron unas hojas de lechuga y los útiles para la ensalada.
Renegando su alma, y queriendo irse al extremo opuesto, puso el dedo donde vió ménos letras, y dijo: "Esta, de fijo, es carne...." y el criado fué llegando con un gran trozo de hielo.... Entónces tomó una seccion de aquellas por su cuenta, y comenzaron á llover sopas que fué una gloria, hasta salir amostazado, en medio de las risas de los sirvientes, despues de desembolsar diez ó doce pesos.
--En las estaciones tambien, dijo D. Santiago, mucho _cofi_ y mucha hoja de lata, y nos morimos de hambre.
--¿Qué es eso de mucha hoja de lata? replicó alguno.
--Es una inmensa rueda de hoja de lata,[1] continuó D. Santiago, pegada á ciertas horas á la mano de un negrazo desalmado, que con un bolillo le sacude el polvo, formando una ruidera de cien mil diablos, y esto es para avisar que va la gente á comer, como si dijéramos, para abrir el apetito.
[1] Congo.
--De todo ha de haber, compadre, ya vd. ve que la escala es inmensa; aquí hay desde lugares en que se come grátis.
--Las casas de _lunch_, es cierto: cuando no es hora, se ven unos palos arrumbados, unos platos y algunos adminículos de mesa.
Llega la hora, y se arma la mesa, como aquí se arma todo, hasta las estatuas: hay estatuas en fracciones, que se atornillan.... y dicen que el arte no adelanta!
Se arma la mesa, se tiende el mantel, se colocan en platones trozos de carnes frias, _beefteck_, galletas, queso y pan: se esparcen á granel el pan y los tenedores, dominando el _convoy_ y los botes de _pikles_.
La mesa está á la altura del pecho de los clientes: es casi el pesebre.
No se paga lo que se come, sino solo lo que se bebe.
Llega desaforado un marchante, suelta una dentellada al toro, se llena la boca de galletas, coge un trozo de queso en la mano y se marcha al mostrador, á habérselas, de paga, con la cerveza y el _whiskey_.