Viaje a los Estados Unidos, Tomo II
Part 24
Porque es de advertir que, generalmente hablando, entre las mil señoras, mujeres y niñas con quienes he hablado, la mujer en lo general tiene una educacion más esmerada que el hombre. Escribe con soltura y hace uso admirable de su lápiz para todo lo que se le ofrece: las citaciones históricas, las curiosidades geográficas, las críticas sobre autores notables, les son familiares, son acertadas, y hacen amena su conversacion.
En los retratos á la pluma se mencionaba la color, la tez y la mirada, el carácter y las propensiones, y carta habia con detalles de peso y medida, capaz de dejar satisfecho al más curioso. Una carta decia que tenia la interesada 165 libras. ¡Esa era una ballena!
Una señorita adjuntaba á su carta la fotografía de una manecita preciosa, con señales evidentes de querer asir una buena presa.
Como debe suponerse, la jácara, las alusiones, las exclamaciones y los comentarios sobre las costumbres, llovian, y solia recordarse lo hecho con Othon, disminuyendo mucho la importancia de la aventura.
* * * * *
Mi compañero vespertino cuando recorria la Quinta Avenida, era Manuel, nombre del otro de mis hijos.
Es Manuel nativo de Guadalajara, con lo que podria decirse, sin exagerar, que está hecha la apología de su entendimiento y su corazon.
Delgado y pequeño de cuerpo, de ojos negros y rasgados, ensortijado cabello, nariz roma. Su razon porfía por llevarlo á los buenos estudios y á las cosas de provecho; pero su sangre hierve, y por ahora la sed de los goces le subyuga, quedando en buen estado el áncora de la moralidad y la excelente educacion.
Manuel es muy apasionado patriota, y léjos de admirar exageradamente, suele ser injusto deprimiendo la patria de Washington.
Manuel habla con fuego, y como es chiquitin, en sus arrebatos casi me intercepta el paso, poniéndose á mi frente.
--Antes de que entremos en la Quinta Avenida, como si dijéramos, el barrio de la opulencia, vea vd. tenderse la ciudad de uno y otro lado, á su frente y su espalda, en amplísimas y regulares calles; vea vd. que las esquinas con picos y semicírculos, esto es, irregulares, forman plazas ó corrientes de seis y más calles, cruzadas en su mayor parte por ferrocarriles y transitadas por hileras de wagones; fíjese vd. en la profusion de árboles que formando calzadas hasta perderse de vista, bordan, sombrean y dan hermosura á las calles. Observe vd., por último, los muchos parques con frondosas arboledas, asientos y fuentes, lugares perpétuos de recreo que alegran la opulentísima ciudad.
Estamos al fin en la Quinta Avenida: al Sur la limitan una plaza que es la de Washington y corre hácia el Norte al lado del Parque Central, más allá de la calle 59.
--No quiera vd. detenerse, me decia Manuel, en contemplar cada uno de esos gigantescos edificios que nos salen al encuentro en tropel, porque eso seria cuento de nunca acabar. Aquel es el Hotel Delmónico, ese otro edificio el Manatan-Club.... más allá está vd. viendo Union-Club.
--No quieras llevarme por ese lado, Manuel, yo no quiero ir por ese lado ni ver ese gran monumento frente á Hoffman-House, ni nada; me han dicho que ese monumento es levantado contra mi patria; y mira, quisiera morirme ántes que pisar esta tierra; me quema las plantas, me parece que esas barras que tiene la bandera americana están hechas con nuestra sangre, y que sus estrellas son la impresion de sus heridas abiertas, y entónces....
--Es un gran monumento al general Worth.
--¿Cómo en la patria de Washington se levantan monumentos al robo y á la brutal ostentacion de la fuerza? ¿Cómo se enseña la inviolabilidad del derecho y se construyen columnas de honor á la más villana de todas las violaciones?
--Pero, señor, el monumento no es á la conquista de México ni á su mutilacion, es á un general que cumplió con su deber.
--Pues mira, quédate en tu plaza y resígnate, y déjame á mí con mis pelados maldecir hasta la quinta generacion á todos los piratas y á todos los conquistadores....
Yo no sé cuántas cosas seguí diciendo, hasta tocar casi en la Academia de música.
La Quinta Avenida se extendia entónces á mis ojos en toda su hermosura.
La calle de ese nombre corta la ciudad en su más amplia extension. El pavimento corvo es de adoquines, y las banquetas de seis á siete varas de ancho, de losas tersas de color de pizarra, que parecen bruñidas, y algunas tienen de largo el ancho de la banqueta.
La banqueta no pega en la pared sino que deja trecho en ella al piso que corre debajo de la calle, con intersticios que guarnecen á veces pulidos barandales de hierro: vense al través de ellas las ventanas del _bassement_ ó último piso, con sus cortinas blancas, sus macetas y muebles lujosos.
Las casas todas, uniformemente, sin una excepcion, por donde yo estaba, son de esa piedra morena, entre morado oscuro y carmesí, tersa como el fierro que llaman _brown-stone_ (piedra morena).
La parte superior de la fachada la componen ventanas con cornisas y grandes cristales, ó arcos y columnas; pero el primero y segundo piso tienen balconería corrida, más bien citarilla ó cenefa de hierro ó de piedra con sus columnas, y en ellas macetones con flores.
De la banqueta asciende entre pasamanos calados de piedra, la escalera que da á la entrada, donde la recibe elegante pórtico de dos ó cuatro columnas estriadas, remedos del órden gótico ó corintio, y sobre el pórtico se alza un balcon de la propia figura.
Y esas escaleras son tan iguales, y tan uniformes ventanas y pórticos, que parece que un propio molde los hizo á todos, ó que todos se calcaron y tornearon en máquina especial.
Ese pavimento, esas casas, esos cristales, corren por una legua, sin más interrupcion que la de las iglesias de la misma piedra, cantería ó mármol, con sus grandes ventanas ojivas, sus arcos góticos y sus torres piramidales, rematando en delgadas agujas que penetran el horizonte, coronadas con veletas, cruces ó pararrayos.
Es una calle opulenta y aristocrática; pero calle de frac negro y silenciosa, como para asistir á los honores fúnebres de la opulencia. A mí me pareció la gran penitenciaría de los millonarios. Es el banquero taciturno, bebiendo en copa de oro y al lado de una mujer indiferente, su Jerez delicioso.
Tiene de particular esta calle que no ha podido llevarse por ella ninguno de los ferrocarriles urbanos, porque el empeño de los especuladores no ha podido vencer la resistencia tenaz de los propietarios de fincas.
Ya hemos dicho que la Quinta Avenida está interrumpida por opulentos edificios, que son como excepciones de su monotonía. Salimos de la Quinta Avenida por Madisson, y vagamos al acaso. Me iba diciendo Manuel:
--Vea vd. la Academia de Dibujo, que costó 175,000 pesos, obra del arquitecto White: es un mal remedo de uno de los palacios venecianos de la plaza de San Márcos; tiene el edificio 175 piés de frente; contiene 25 salones espaciosos de piedra y ornamento de mármol amarillento del Ohio sobre la fachada.
--La arquitectura de ese teatro de Booth, me dijo mi compañero, entrando en la Sexta Avenida, es como conato de renacimiento; su altura se calcula en 70 piés: tres puertas al frente y varias á los costados, dan entrada al público y se utilizan en servicio del teatro. En los intercolumnios de la fachada se ven colosales estatuas representando las notabilidades del arte dramático.
Dejamos á un lado el Teatro de la Opera, en la Octava Avenida y calle 23, para fijarnos en la Iglesia de la Transfiguracion, que con sus accesorios presenta detrás de su enverjado de hierro, el aspecto de una aldea tapizada de verde césped bajo las altas copas de los árboles.
--Ya vd. lo ve, decia Manuel, aquí puede aplicarse lo que vd. decia sobre la total falta de idea, sobre la regularidad y la forma: esa iglesia está hecha á pedazos, por secciones; ya adicionando la iglesia, ya sembrando capillas á diestro y á siniestro, y sin embargo, es de construccion moderna.
--He leido, dije, que tendrá unos catorce años, que se construyó siendo rector el Reverendo Houghton, que dejó veneranda memoria.
--Unas veces parece en las calles, como decia Lancaster del Hotel de San Cárlos de Orleans, que las obras comienzan de arriba para abajo; otras, que ya se traen piezas hechas como cajones, y que amontonándose unas sobre otras, se sale del paso; y otras, que se empieza la obra con espacio y formalidad, bajo un órden severo de arquitectura, y despues se acaba como se puede, como esos elegantes que vemos pasar correctamente vestidos, y en materia de peinado y sombrero, son de lo más descuidado del mundo. Vea vd. si no, me hizo observar, volviendo por la Quinta Avenida, esa casa larga y angosta que tenemos al frente. Es de mármol blanco; el primer cuerpo conserva las mejores reglas arquitectónicas; esas columnas estriadas son de purísimo órden corintio; los chapiteles están primorosamente cincelados. Esa es la casa de T. Steward, el comerciante millonario: se llama la habitacion-palacio, tanto así eclipsa á las demás su lujo; el edificio costó, segun dice el vulgo, más de dos millones de pesos.
Cuenta la tradicion que despues de concluida la casa de régios salones, de corredores espléndidos, de alcobas voluptuosas y de todo lo que la lisonja ó la riqueza puede imaginar, quedó la casa inhabitada porque una hechicera le habia dicho al dueño que moriria luego que se mudase á ella. Nadie creyó en la brujería, excepto el amor, que es supersticioso, y la casa estuvo sin habitarse. Al fin, mudáronse los dueños: murió Steward á poco tiempo, y tomó proporciones de profecía el cuento de la vieja, que en último resultado es una verdad de Pero Grullo.
--Manuel, Manuel! esas son invenciones de vd.
--Será mentira, yo no lo niego, pero invencion no; porque como me lo contaron os lo cuento.
No hubo forma de detener á Manuel en el Parque; no en la Catedral Católica Romana, á medio hacer, que es un ensueño europeo como la Catedral de Colonia, despertando los más poéticos romances de los siglos XIII y XIV; no me atendió cuando al frente de la Sinagoga y á su vista morisca, recitaba con entusiasmo trozos del _Moro Expósito_; no me dió aliento frente al Instituto de Señoritas (Rutger Female Colege), tan digno de estudio: quiso que nos detuviésemos frente al soberbio y levantado muro que forma el depósito de aguas que surte la ciudad, llamado _Depósito de Crottom_, porque en él desembocan los acueductos que parten desde el Parque Central, distante seis millas.
XIX
Depósito de Crottom.--El carruaje.--El carreton y el carrito de mano.--Su influencia.--Nuestros nombres de á caballo.--Un Carnaval intempestivo.--La gran Procesion.--Los grandes calores.--Emigraciones.--Fiasco del Carnaval.--Más calor.--Un ataque á las garantías individuales.
El inmenso estanque capaz de contener 150 millones de galones de agua, es de mampostería, con robustísimos estribos de granito: sobre esas murallas, ó mejor dicho, de ellas se ha formado un paseo alzado sobre la ciudad, con sus árboles, jardines y calzadas: segun el cálculo de los peritos, lo que se llama el Lago de Crottom puede cubrir 400 acres de tierra, recibir quinientos millones de galones imperiales de agua, y descargar treinta y cinco millones.
--¡Esto es magnífico! Esto es estupendo, esto es digno de los mejores tiempos de Babilonia y Roma, decia yo á Manuel, quien reia, y quien me decia con cierta zonga que no dejaba de arderme:
--Cuidado, señor, cuidado, que tal me parece que se va vd. ayankando.
El depósito de Crottom costó 15.000,000 de pesos.
Quisiera no escribir esto, porque envilece y humilla cómo se trata la cuestion de aguas en México!
* * * * *
Si yo fuera capaz, escribia una obra que se titulara: "Del carruaje y de su influencia en la sociedad americana."
La sustitucion de la máquina al hombre, es decir, el ahorro del esfuerzo material sustituyéndolo con la máquina, es instintivo aquí, al parecer, desde las clases más embrutecidas. Al presentarse un obstáculo cualquiera, no se lucha directamente, se recurre á la palanca, á la garrucha, á la tenaza, al cordel, muy al contrario de lo que hacemos nosotros, y no por pereza, no por debilidad, sino por amor al éxito; y así como á la navaja le llamo yo el sexto dedo del yankee, al carrito de mano le doy el nombre de su tercer brazo.
Corre con el carrito, palanquea y conduce bultos enormes, penetra al almacen, le arrima al buque, se hace camarada del taller, es como el animal doméstico en el hogar. Doblarse en competencia con la mula para caminar, agobiado bajo un tercio, no lo concibe el yankee, que jamás puede ver ni puede dejar que vea nadie las cosas bajo el punto de vista de la mula de carga.
Esta asociacion de la máquina al trabajo, y no solo al trabajo sino al placer y al lujo, comunica al carruaje importancia vital y le da infinita variedad; es á la vez piés, manos y vehículo, en una sociedad en que la primera aspiracion es el movimiento.
Hay carros pequeños y grandes: constituyen la cuna del niño hecho carretelita, el caballo del muchacho como velocípedo, el esclavo del hombre para sus faenas, su mansion ambulante en el desierto, su palacio en las ciudades, su alcoba y su ataud.
El carro tiene todas las formas y las figuras más caprichosas, segun el objeto á que se destina.
Los hay como inmensos cascos de buques, con sus toldos abovedados cubiertos de lona, y son almacenes de semillas y géneros formidables, descansando en sus dos ruedas; los hay que apénas tienen figura, porque son vigas mal encuendadas, que con una ligera inclinacion tocan el suelo y reciben la carga; los hay como cajas descubiertas, para vituallas y carnes; como pipas para la conduccion de agua y cerveza; como carretelas para pan y leche, con toldo y sin él, con secciones para transeuntes y efectos.
En el campo y en el hogar, el primer signo de independencia y el primer elemento de accion, es un carro, y por consecuencia, un caballo.
El panadero, la lechera, el cervecero, la verdulera, el jardinero, hacen acopio y distribucion de sus frutos en el carro. En él se hace mostrador, se acoge al niño, y se vuelve ambulante la familia.
El modo de descargar un carro es curioso: si se trata del almacen que da á la calle, el carro se vacía inclinándolo; los tercios ruedan y los carritos de mano completan la obra. Si se trata de elevar grandes pesos, entónces, por la azotea ó por una ventana, asoma el potente brazo de la garrucha, y ascienden, escalando los aires, baúles, espejos, tercios, muebles costosos y cajas de fierro.
Hay fisonomías de carros como figuras humanas; grandes como edificios, cuadrilongos, de figura de cabaña, y de barril, y de sombrero, que sirve á la vez de anuncio de una sombrerería. Así lo ví en Orleans, propiedad del sombrero Lee.
El carruaje se emancipa y se pone al servicio de la sociedad; entónces es la diligencia, el ómnibus, el _bugey_, el faeton, el cupé, la berlina, la calesa y el landó del millonario.
En su estado de diligencia, de ómnibus y aun de coche de servicio, se adiciona su parte superior con bancas, abanicos y toldos, hace el imperial, se traslada el salon al carro, y se ven en las alturas sorbetes, gorritos, sombrillas y paraguas, dando á los cuadros particular animacion.
Si despues de considerar al carro como útil de trabajo, se le mira como asociado á la vida íntima, el carro arraiga al hombre en la familia, le facilita gozar en conjunto, se traslada con ella, niños y grandes recorren juntos la distancia, y van al mercado ó á la fiesta.
Sin exageracion, puede decirse que hay en movimiento en la ciudad más de 18,000 carruajes, sin contarse con los wagones de ferrocarriles urbanos, que la recorren en todas direcciones y se ven á lo léjos como cordon de casas que andan, con excepcion de la calle de Broadway y la Quinta Avenida, que no tienen rieles en toda su extension y forman siempre estrepitoso rio de coches, ómnibus y carros.
Me he preocupado yo con los carros, al punto que me parece que influyen en la seguridad y en la moral de la poblacion.
El transeunte, el vaquero, el hombre ambulante en nuestro país, andan á caballo; el caballo se escurre en la encrucijada y penetra en la sierra, desarrolla las naturalezas inquietas y las hace batalladoras, congrega á los amigos en la taberna en que se concierta el robo y se conspira.
No se puede concebir un asalto con carros. El carro es la fianza del trabajador; en cualquiera desman, empieza por arriesgar su capital.
El yankee tiene con el carro verdadera intimidad; se da como supuesto que el carrero es el hombre público más accesible y benéfico; andando el carro, se trepan los chicos á su grupa y siguen muy contentos su camino; varias veces se ven coronando el carro personas bien vestidas, que llevan negocio con el carrero, ó amigos que sin interrumpirlo le platican.
Omito decir que los carros que tienen paredes y toldos van cuajados de avisos, y que hay carros destinados á este solo objeto.
Ayer, 15 de Mayo, fué un dia de carros, y voy á contar á mis lectores con qué motivo, porque la cosa merece detenida descripcion, aunque digan que me divago, porque al fin estas notas no son sino un tejido de divagaciones.
Han de estar vdes. para bien saber, que estos señores del comercio, sin ton y sin són y porque voló la mosca, dispusieron Carnaval á su modo el dia de ayer, y dijeron "Carnaval," con el mismo desplante que pudieron haber dicho "Semana Santa" ó "Noche Buena."
Tratábase de la recepcion en Nueva-York del _Rey-Carnaval_; planteóse el proyecto, se invitaron á distintas sociedades, ramificóse, hiciéronse los aprestos y se fijó dia. El aparente Carnaval era el disfraz de una feria ó especulacion mercantil.
Omnibus y carros entraron en el negocio, abaratáronse los precios de conduccion y afluyó la gente, al punto que se calcula que más de trescientas mil almas engrosaron las ya muy nutridas arterias de la ciudad.
La procesion régia debia atravesar por la calle de Broadway, el centro de la ciudad; pero como la calle hace X en su marcha, como si hubiera tomado un trago de _whiskey_, la ciudad entera se interesó en la fiesta. Las calles estaban repletas de gente: en las alturas, en las puertas, en los coches y en las guarniciones de los caballos, flotaba la bandera americana, y en competencia las banderas de todas las naciones del globo, ya acomodadas á las azoteas y ventanas, ya en sartas caprichosas como en un buque, entre las muestras que representan botas, anteojos, zapatos, vasos con cerveza, cachuchas y almofrejes.
No solo la calle de Broadway formaba rios de gente, sino las contiguas, y todas tenian desusada animacion.
Esos conjuntos, esas avenidas caudalosas, esas corrientes de á miles de personas uniformemente vestidas de negro, salpicadas de velos, gorros, sombrillas y peinados de las damas, es por sí un espectáculo.
La multitud no es la gente, es un monstruo de miles de ojos, de brazos y de piernas, que impone, que infunde miedo con su más leve agitacion.
Caminábamos como en medio del estrépito de muchas aguas, y no podian fijarse en nada los ojos, porque se desvanecian.
Las mil ventanas de la parte alta de los edificios, blanqueaban de rostros humanos, en los que reverberaban ojos ávidos.
Gradas, cortinas, antepechos, árboles y faroles cubria el gentío con rumor confuso, y la comitiva marchaba con paso uniforme, con cierta seriedad y tiesura, que casi entristecia.
Entre tanto el tráfico cotidiano no cesaba, y las corrientes encontradas de carros no desmayaban en su actividad febril, que constituye un peligro eminentísimo al pasar de una acera á la otra, rozando las ruedas y en contacto con las lanzas de los carruajes y los hocicos de los caballos.
Despues de horas de mortal espera, cuando caia á plomo un sol que derretia las piedras y sin hacer los curiosos señal alguna de impaciencia, se anunció la procesion.
Como heraldos de la fiesta, confundiéndose en el vulgo de los carruajes ocupados, marchaban tres carros-anuncios de los teatritos de baja ralea, con los que tenemos contraido conocimiento; iban pareados y como en tertulia con otros carros, que improvisaron un concurso ambulante y á la altura de la situacion.
Los carros ociosos, no queriendo perder su tiempo, improvisaron, al rayo del sol, tablados y salones ambulantes, y los curiosos, de pié y sentados, con sombrillas y sorbetes, formaron sobre esos carros estrados varios, estrambóticos y raros, pero al nivel de las circunstancias.
Anúnciase al fin la procesion.
Rompia la marcha, á guisa de batidores, una extensa fila de policías con su uniforme azul, montados en soberbios caballos. El caballo en que iba el cabo que presidia, era finísimo, de raza inglesa, y elegantemente enjaezado.
A corta distancia se presentó el _Rey-Carnaval_ en su carretela abierta; dos mites de gregüescos ocupaban la delantera del carruaje; en la testera marchaba solitario el rey, con un vestido como de _podestá_, ó sea bata con vueltas de armiño, y un fieltro de figura de quesadilla en la cabeza, de lo más desairado.
Como escoltando al rey, le seguia numerosísima música, en que los tambores, redoblando desaforadamente, hacian el principal papel.
Comenzó entónces el desfile de más de doscientos carros, uno tras otro, de todos tamaños, interrumpidos por bandas de música y batidores de á caballo.
Eran los carros verdaderas secciones de tiendas, cantinas y talleres; era como si al piso bajo de una de las aceras de la ciudad se le hubiesen puesto ruedas.
Carro de cerveza, con la pipa colosal, manojos de lúpulo, un dios Baco aburrido del sol y dando cada bostezo que se tragaba media calle. Carro con remos y máquina de pescar, como mudando de lugar; artículos de botica, camas, catres y colchones.
--¿Qué es eso? decia Pablo, que es un muchacho fanático por México y que les espía á los americanos todos sus defectos, sin concederles maldita la gracia, ¿adónde está la procesion? Eso es que están mudando los almacenes de la Battery á la calle 42.
--Esta es exposicion de industria, propiamente hablando.
--¿Pero qué novedades hay? ¿qué perfecciones lucen?
--Es _bisnes_ (negocio), decia Francisco.
--Carro con aguas minerales.
--Carro con bizcochos y pan.
--Pipas con vinos húngaros.
--Veamos, Pablo, interrumpia yo, contempla una cosa notable: esa que parece torre, que viene ahí, no es sino una inmensa botella de Champaña, un anuncio colosal de ese vino.
--Eso es una sandez de cuatro varas de altura.
--En lo que no se han fijado vdes., y es verdaderamente hermoso, es en los caballos que tiran de los carros y en sus arneses.
Todos los caballos eran muy corpulentos, y algunos de nobles razas; carros han visto vdes. de cinco y seis troncos, y cuatro y cinco caballos, unos tras otros, con sus chilillos de plumas entre las orejas, y sus redecillas de seda y oro forrando las mismas orejas, para que no les molesten las moscas. El que no pueda ser de un yankee su botella ó su portamoneda, debe aspirar á ser su caballo, porque es lo que cuida más en la vida.
--El yankee es amigo del caballo, dijo Manuel; nosotros sus explotadores, si no sus verdugos. No seamos parciales.
Llegó un carro, ó mejor dicho, desfilaron varios carros de vendedores de _thé_.
--Ahora no tendrás que decir.
Reclamaban, en efecto, nuestra atencion tres carros de la Compañía del _thé_, con mandarines y comerciantes chinos, vestidos perfectamente, con sus trages talares de riquísima seda; por supuesto, los hijos del Celeste Imperio, de ojos azules y patillas rubias, no chistaban palabra y tenian la gravedad de los asistentes á un entierro.
Carro de lavanderas, con _whiskey_, con panadería, con imprenta, con herrería, con máquinas, bombas, sastres, telégrafos, toros y borregos vivos, sin interrumpirse la monótona severidad, sino porque de la panadería se arrojaban de vez en cuando bizcochos á las ventanas; iba imprimiendo una prensita y trabajaban unos herreros.... y se acabó la procesion á la hora ménos pensada, siguiendo el tráfico como ántes.
--Esto no ha sido procesion; es que se han mudado varios comerciantes de uno á otro extremo de la ciudad.