Viaje a los Estados Unidos, Tomo II

Part 22

Chapter 223,923 wordsPublic domain

Hemos dicho que las paredes pueden llamarse diáfanas por la ostentacion de cristales de sus aparadores; la publicidad es el gran recurso de vida, y en ese anuncio material se ha agotado el escándalo, si fuera lícito que nos expresáramos así. ¿Qué esfuerzo no hará cada uno para acentuar su personalidad en aquel tumulto?

Las mercancías gritan al marchante, las sastrerías exponen en fila sus manequíes vestidos de todo á todo, con sus ojos de esmalte inmóviles, con sus cabezas descubiertas; las modistas trasladan á sus aparadores _ladies_ en efigie, que sonríen y tienen ataques de nervios, vestidas de encajes, y terciopelo y seda; los peluqueros exponen cabezas rizadas perfectamente; los vendedores de pieles tienen osos y tigres tras de sus vidrios; los disecadores de pájaros, tucanes y pavos reales; los vendedores de ídolos y mandarines chinos, ostentan piedras, turbantes y huesos; y el aparador del _restaurant_ contiene pavos y pollos pelados, trozos de carne suculenta, encendidas fresas, robustos espárragos entre flores, caprichos de jaleas y bizcochos, fuentes artificiales, salsas, _pickles_ y latas.

Y á pesar de tanta charla de joyas, de lienzos, de granos, vestidos y muñecos, los anuncios sobresalen y dominan, no obstante que no hay casa, ni ventana, ni quicio, que no tenga letrero.

La pared es como el periódico, es una pared parlante; están no solo los nombres de los comerciantes, sino listas de sus efectos, y esto, en un objeto cualquiera sobre la azotea, en diez banderas que cuelgan, en estandartes clavados en el suelo, en la cornisa, en la columna, en el árbol, flotando ó incrustado en relieve, ó pintado, de madera ó de piedra, de lienzo ó de espejo.

Ya son los anteojos colosales, ya la caja del daguerreotipo, ya un brutal sombrero, ya un zapato monstruoso, una bomba, un almirez, un oso subiendo por un árbol; y el aviso se hace campana, bandera, acento humano, proclama, verso, pintura, capricho y ensueño.

Y como si nada de esto bastase, va un hombre en la calle con dos cajas colgadas al cuello, y camisas en el interior del aparador ambulante, otro enarbola una farola, y un carro que atraviesa está compuesto de puros avisos, y todo esto póngase en accion, anímese con un avalanche de carruajes y con doscientas ó trescientas mil personas constantemente en circulacion, en el extenso y serpeante trayecto, en su mayor parte vestidas con decencia, si no es que con lujo, y apénas se podrá formar ligera idea de la calle de Brodway.

En su conjunto, las impresiones se atropellan y confunden con los objetos que las despiertan.

La sola hilera de ocho millas, es decir, cerca de tres leguas, á los lados de las aceras, de astas con travesaños en que descansan los alambres telegráficos, son un espectáculo magnífico; y cuando se reflexiona en que esos delgados hilos que forman redes, y á veces como tela aérea que hace sombra en el suelo, llevan como en canales misteriosos las ideas y el progreso y la confraternidad al mundo, entónces se glorifica el hombre y siente en sí su grandeza inmortal.

--Estás engentado, me decia Francisco, no quieras apurar de un sorbo todas las emociones. Esa iglesia, ¿te gusta? mírala bien. Es la Trinidad.

--La veo: sus proporciones son de arquitectura gótica; pero es hermosa y descuella con cierta majestad dentro de su barandal de fierro.

--Tienen 50 piés de altura sus paredes, y desde esa elevada torre de más de doscientos piés, se percibe perfectamente la ciudad.

Este edificio tiene su historia: data su orígen de los tiempos de Guillermo III y de María.

La devoró un incendio; se reedificó en 1778; el año de 1839 sufrió una trasformacion, y la construccion que ves es de 1846.

--Hermoso balaustrado le rodea; ¿y qué papel hace ese cajon pegado al barandal?

--Ese cajon pide limosna; pero no creas que de dinero: pide que los que desechen los periódicos que hayan leido, los dejen en ese cajon para beneficio de los hospitales.

--Así, los enfermos que pueden, leen grátis, dije yo.

--No es precisamente eso, sino que ese papel se vende y produce gruesas sumas.

--Son estos hombres originales. ¿No es este un cementerio?

--Sí lo es, me replicó Francisco; el monumento que estás mirando es de los que murieron aquí, en Nueva-York, prisioneros por la causa de la independencia.

--Allí está el sepulcro de Alejandro Hamilton, uno de los padres de la Constitucion Americana, y grande amigo de Washington.

--Tienes razon, me dijo Francisco. Hamilton sobresale entre los más elevados titanes que hicieron la independencia y constituyeron este pueblo.

Nació en las Indias en 1787: perteneció desde muy jóven al ejército americano, y estuvo al lado de Washington hasta la conclusion de la guerra.

Elegido diputado, se hizo muy notable en la tribuna; en union de Jay y Madison, redactó _El Federalista_, que es un cuerpo de doctrina admirable. Nombrado tesorero, desplegó raros talentos administrativos.

Al fin murió en un duelo á que fué provocado por Aaron Burr, cuando tenia cuarenta y siete años de edad. Allí está su sepulcro.

--Es lástima, seguí diciendo á mi paciente guía, que no me haya atrevido á pasar del lado opuesto de la calle, porque queria ver á mi sabor la Casa de Correos, que me pareció una inmensa catedral; pero era forzoso pasar á escape por aquel laberinto de caballos y ruedas.... es imposible, no sé como no hay á cada momento mil desgracias.

Hemos de venir por la otra calle para ver ese edificio que impera en esa linda plaza, con su musgo verde, sus arboledas, sus fuentes y sus cómodos asientos.

--Esa es la casa del Ayuntamiento: á sus lados se ven dos bastiones, y el ancho edificio se extiende entre ellos con su amplia y tendida escalera, sus arcos y su extensa balconería.

Fíjate bien en el edificio; tiene 250 piés de largo por 150 de ancho, y 97 piés desde la base al vértice superior del frontispicio.

La cúpula que corona el edificio tiene 250 piés de elevacion.

--Así dicen que es el Capitolio de Washington.

--Yo no le encuentro mucha semejanza. De todos modos, el pórtico es soberbio y la escalinata justamente celebrada.

--¡Qué alegría! Nueva-York es la metrópoli de los niños y de las mujeres.

--_Fidel, Fidel_, no me quieras hacer impresiones de viaje á la francesa; no quieras juzgar del hombre por la blanca pechera de su camisa que tiene diamantes.

--Francisco, yo no saco consecuencias; digo lo que veo y nada más: por ejemplo, ¿qué quieres? á mí me llaman la atencion hasta los pajaritos que andan descuidados entre la gente, como Pedro por su casa.

--Pues más te admirarias cuando supieras las severas prohibiciones para que se hostilice á esos músicos de la ciudad. ¿Ves esas jaulitas pegadas á los troncos de los árboles? pues son hoteles para que los pájaros se guarezcan del frio y aniden, y eso lo costea el Ayuntamiento ó los particulares.

Sabe más: hace años destruian esos hermosos árboles unos gusanos repugnantes á la vista. Entónces se importaron de Inglaterra más de tres mil pájaros que ingresaron á la ciudad con todos los honores de la policía, y naturalmente crecieron y se propagaron extraordinariamente.

En las calles, en los parques, al rededor de las fuentes y en las banquetas, los gorriones caminan y dan sus saltitos, sin que haya una sola vez que se les hiera, que se les persiga ni moleste.

Muchas veces interrumpen el paso y se les tiene que separar del tránsito agitando el sombrero; la templanza de costumbres que esto revela, el hábito de conservacion, parece ser característico en este pueblo, y acaso sea uno de sus elementos de poderoso desarrollo.

El yankee es altamente subordinado; un renglon en una pared, renglon que supone cierto derecho, es bastante para la conservacion del órden. _No se fuma_,--_Aquí no se pegan papeles_,--_Guardad silencio_, etc., son preceptos que no se quebrantan, que tienen como vigilantes de su observancia á los ciudadanos todos; este hábito del pueblo, como tal, garantiza el respeto á la mujer, la bondad y dulzura con los niños, la veneracion con los viejos y el buen trato á los animales. Repito que el espectáculo de los pajaritos me habló muy alto en favor de la poblacion de Nueva-York.

--Me llama la atencion tambien que no atraviesen por aquí cocineros ni gente de escaleras abajo, carnes y vituallas.

--Eso es porque aunque todo lo que puedes vas considerando, observó Francisco, no te has detenido competentemente en calcar en tu magin la parte más característica de Broadway; es que ese pueblo encallejonado, esa arteria inmensa, ese canal por donde parece que corre el mundo, no tiene casas de habitacion.

Son tiendas, son almacenes, son muebles animados que completan el negocio: en Broadway no existe el hogar.

El letrado, el mercader, el banquero, viven fuera de esa calle en que se vende y se compra, se suma y se resta. El hombre se entrega allí á sus negocios, y cuando se retira á su casa, no gusta que nadie le interrumpa con lo perteneciente á sus ocupaciones.

Así es que, personas que tienen su oficina en Broadway, viven á ocho y diez leguas de distancia, que recorren en el ferrocarril diariamente; por esto no se percibe el tráfico del hogar.

En los claros de los escalones verás nombres, como anuncios, de personas que tienen en los pisos altos sus despachos, en oficinas varias contenidas en un mismo edificio.

Un abogado, un banquero, un comisionista, un impresor, un librero, despachan en esas oficinas que quedan desiertas á cierta hora.

La manera de dividir las tareas y los goces domésticos, (que es entre paréntesis tradicion inglesa), hace decir muy generalmente que el americano no tiene familia, ó por lo ménos, que se relajan mucho esos vínculos; pero esa no es la verdad, si se toma la observacion en toda la extension que quieren darle. Por el contrario, el americano suele concentrarse en esos goces íntimos, respeta la independencia de la mujer, y es tierno á su modo y considerado con los niños.

Aun hay más: en lo general es receloso y poco comunicativo; no abre, como nosotros, las puertas de su casa y su confianza al advenedizo que captó en la primera entrevista sus simpatías; estudia y espera, y solo despues de algun tiempo, dispensa su amistad, que es de buena ley entre la gente decente.

Quedéme pensativo, no sabiendo si aprobar ó replicar á la plática de Francisco; pero algo que hablaba en el suelo y se habia apoderado de uno de mis piés, me hizo abandonar toda reflexion.

El chico que me hablaba de rodillas, con su cachucha y su paletó y sus calzones remangados, dejando ver sus blancas pantorrillas y sus desnudos piés, era simplemente un _limpiabotas_ que se ofrecia á comunicar lustre á mis zapatos, por cinco centavos. En toda la calle de Broadway cruzan estos chicos y hombres más cumplidamente vestidos, que ejercen igual oficio.

Llevan en la mano un pedazo pequeño de alfombra, una cajita que guarda la bola y los cepillos, y en la tapa de madera, saliente, como la suela inversa de un zapato. En la calle, sin ceremonia alguna, cuando más, arrimado á cualquier poste, tiende su pié el transeunte, se apoya en el otro y se procede á la restauracion del lustre.

Yo dejé que el muchacho hiciera lo que le pareciera. Se apoderó de mi pié, escupió sus cepillos, tomó uno en cada mano, fijé el pié víctima, en la inversa planta de madera, y aquel fué restregar.... Yo, que tengo los piés de vidrio, sudaba, soplaba, y al fin me desprendí de las manos de aquel caribe, en un pié, y ardiendo mi alma.

Pero en materia de profesiones de muchachos, nada me llamó más la atencion que el vendedor de periódicos.

En la organizacion de todo periódico hay marcadísima distincion entre la parte intelectual, y la de negocio ó administrativa.

Respecto del reparto en las ciudades como Orleans, hay los dependientes que sirven á los suscritores, y ejemplares que se expenden á esos vendedores ambulantes, con un tanto por ciento de ganancia. En Nueva-York no hay suscritores.

Antes de la salida del periódico, hormiguea el despacho ó puesto comisionista, con cientos de muchachos, que son como los tubos del gas intelectual.

Sale el periódico, lo recoge la turba y se dispersa corriendo y proclamando su papel, encareciendo las noticias y hasta atisbando y conociendo á los que le pueden interesar.

Se introducen en cafés y hoteles, trepan en los wagones, asaltan la testera del ómnibus, se escurren en los teatros, y saltan de una citarilla y de una rendija. En general son de buenas costumbres los tales chicos: socorren á sus padres, y se cuenta de hombres opulentos, que vendiendo periódicos, empezaron á edificar cuantiosas fortunas.

XVII

Repugnante escena de boxeadores.--Otra vez la calle de Broadway.--Los mendigos trapientos.--La mujer.--La "lady."--Lujo en el vestir.--Union Square.--Fábricas de pianos.--Hotel Delmónico.--Joyería de Tifany.--Observaciones arquitectónicas.--Estatuas.--Washington.

Serian las tres de la tarde cuando me tomó de la mano la curiosidad para presenciar una escena, mejor dicho, varias escenas, ó sea una corrida de boxeadores.

Era uno de los _bar-room-theatres_, á que ya habia asistido: las bancas del teatro estaban ahora á guisa de salon, y en la galería circulaban, como en la noche, entre damas y galanes, las provocativas sirvientes de licores, refrescos, ostras, piés de puerco y jamon.

Era aún la hora del canto y las representaciones; el público veia y escuchaba impaciente, porque lo llevaba el interes del _pugilato_.

En efecto, decian algunos sesudos personajes de gruesos bastones y luengas cabelleras canas, que se trataba del beneficio de un _boxeador_ célebre, ornamento de la sociedad de ese nombre, cuyos principales miembros estaban retratados en un cuadro, precisamente en el salon inferior, en un departamento distinguido.

Continuaban las representaciones teatrales: en los intervalos, á los compases de la música, saltaban de sus asientos, intempestivamente, hombres y mujeres, convirtiendo en salon de baile el saloncito del espectáculo.

Llegó al fin el momento deseado: levantóse el telon, se retiraron los bastidores, colocáronse, circundando el escenario, robustos postes de madera que sustentaban los gruesos cables de que se improvisó el circo para las escenas salvajes.

Reinó profundo silencio, y apareció la primera pareja.

Eran dos hombres ya formados y de aspecto vulgar.

Cubierta la parte superior del cuerpo con sus ajustadas camisetas, sujetos sus pantalones negros de paño á su cintura por sus caidos tirantes, cuyo uso es aquí muy comun.

Entre los dos hombres habia un anciano de largo leviton, cariacontecido, con su sorbete hácia atrás y sus canos cabellos cayéndole á la espalda: abajo del tablado se veia otro personaje en pié, que segun dijeron, era el dueño del negocio, jefe de los boxeadores y como juez del palenque.

Hombres y mujeres mostraban atencion extrema.

Pusiéronse frente á frente los atletas: sus manos habian desaparecido bajo amplios y abultados guantes de gamuza amarilla, rellenos de lana y terminando en punta, de suerte que, al ménos, el guante no se contraia.

A un grito de mando, se dieron la mano cordialmente los combatientes, y comenzó la pelea.

Seguíase uno á otro como en la esgrima, espiando un instante en que disparar sus puños, perdian y ganaban terreno, braceando como dos nadadores: de repente uno embestia al otro, ó recíprocamente se acometian, descargando en ojos, en boca, en narices, sendos golpes que resonaban; repetíanse los encuentros, y en las vacilaciones y caidas, el público reia y aplaudia, como en un palenque de gallos.

Al ver á los boxeadores fatigados, se oia un grito; era del jefe: entónces se retiraban á los lados del teatro, jadeando; les suministraban traguitos de agua, los dejaban reposar y seguia el combate.

Pero aquellos golpes azotaban el rostro, se veia enrojecida la piel, se percibia pestañeando el ojo lastimado, y el público queria catástrofe, con descontento brutal.

Así se sucedieron las parejas, hasta la última, que era de los más afamados.

Eranse un jóven delgado, chato, de mediana estatura, cabello y ojos negros, y un hombre amarillo de carnes, de pelo lacio, anchas espaldas, y mirada indolente. Ambos combatientes vestian carnes. Restregaron con sus piés una poca de brea en polvo derramada sobre las tablas, y se lanzaron á los porrazos.

Llovian y retumbaban sobre los cuellos y los rostros las guantadas, se evitaban los golpes escabullendo los cuerpos, y enderezándose para caer furiosos uno contra otro, menudeaban cachetadas y reaparecian como devorando el hombre al hombre, en el espectáculo más repugnante y salvaje.

Se retiraron los boxeadores á tomar aliento: el viejo del leviton, que sobre el palenque habia seguido las peripecias, acudió con limones partidos, los exprimió en los labios de los embestidores, y les dió tragos de agua: despues, con una toalla, les hacia aire en los rostros, que despedian llamas.

Renováronse los encuentros feroces, con más brutales peripecias; entónces las mujeres y los niños aplaudian, oíanse furibundas carcajadas, estallaban estrepitosos palmoteos; y lo que á mí me tenia estupefacto, era que aquellos hombres que se embestian, que se azotaban los rostros y que mostraban los ojos amoratados, tenian la mirada impasible, solian sonreir despues de recibir un manazo que al espectador horripilaba; en los descansos se les veia como pensando en sus negocios, sin cuidarse ni del público, ni de la suerte que corrian su cuerpo y sus narices.

La descripcion es descolorida y fria: el espectáculo en sí no tiene comparacion.

Uno de los _amateurs_ de la lucha, que los hay como los soltadores de gallos y los chalanes corredores de béstias, decia que aquello no era sino el gimnasio con interes dramático; pero el interes es demasiado vivo.

¿Qué espectáculo es ese en que el triunfo es humillar á un semejante con remedos de injurias y de muerte? ¿qué diversion puede presentar esa pantomima de la ira y llevar la explotacion hasta desnaturalizar á la mujer y al niño?

La lucha es la ostentacion de la fuerza, que al fin es como una distincion de la naturaleza: la carrera es como el triunfo de la organizacion sana y entera: la lucha con la fiera puede ensalzar el arrojo temerario; pero esto es el asco del alma, el cinismo de la degradacion, el escupitajo á la frente de la fraternidad y la civilizacion.

Acaso son exageradas estas consideraciones; acaso la sublevacion de mi razon y de mis nervios me hace injusto; pero yo, en mi vida, me habia sentido más sucio de alma y más despreciable, que en el espectáculo de boxeadores.

Acabó la funcion y los cables del circo se convirtieron en barandilla de tribuna en que se anunció la más cumplida diversion para la semana próxima, premios y recompensas á los vencedores, sin permitirse guante acolchado.

--¿Cómo tienen cara estos hombres de censurar las corridas de toros? decia uno de nuestros compañeros al salir de la diversion.

La preocupacion de los animales de figura humana á quienes ví combatiendo, me tenia taciturno, no obstante que el estrépito que habia en mi alrededor en la calle de Broadway era desusado, y más que nunca se ostentaba caudalosa la concurrencia.

Ya he dicho que la parte de banqueta pegada á los edificios en Broadway, es un escalon en que están expuestas las mercancías á granel, y expuestas en tripiés, en bastidores, en nichos, ya levantándose columnas de casimires de cuatro y cinco varas, ya descendiendo de los dinteles de las puertas, como chorros y cortinas de agua musolinas y percales.

Yo ví como anuncios dos colosales espejos formando caballete, y á un americano muy sério componiéndose el cabello y arreglándose la corbata, como en su casa.

Parte de la calle estaba como nunca: habia máquinas de coser moviéndose solas; aros con cadenas y medallones girando sin cesar, cabezas en las peluquerías, que daban vueltas, fuentes pequeñas que corrian tras los cristales de las fondas, y cilindros y cajas de música enviando á los transeuntes las notas de Offembach y de Lecoq, como desesperadas de que nadie les hiciese caso: la concurrencia corria como para verse enamorada de sí misma.

Yo no sé propiamente por qué ni con qué fundamento me habia figurado en los Estados-Unidos un tipo único: el tipo del yankee; es decir, rubio, delgado, fornido, de largas piernas y colgantes brazos, con sus mejillas escarlatas, su sombrero como de trapo, y sus piés anunciando su personalidad, con cinco minutos de anticipacion, al cuerpo del individuo.

Ese tipo arbitrario que nos hemos formado con la vista de los carreteros y gente ordinaria que viaja por nuestro país, casi no existe en la parte central de la ciudad.

Por el contrario, muchos hombres de tez morena, de cuerpo mediano, de pobladas barbas negras y de tipo latino, destruyen aquella caprichosa creacion.

Pero el dominio del trage negro, su elegancia, el cuidado en el lustre de las botas y en el acicalamiento del sombrero, y el andar precipitado de todo el mundo, son caractéres con que no se contaba, y da cierto aire dominguero y de festin al concurso, muy agradable, pero no extraordinario en cuanto á su fisonomía personal.

Parece por lo dicho, y de un modo tan superficial como lo hago, que no existen los pobres. Los mendigos no ejercen su profesion mostrando llagas ni deformidades; tocan un órgano en el quicio de una puerta, rascan el violin en una plaza, llevan al pecho una tarja escrita, contando la vida de San Alejo, y ponen á su frente un cuartillo de hoja de lata para que allí deje sus centavos el que quiera.

Los tipos de la gente abandonada y viciosa, mas bien que pobre, resaltan por el mismo contraste que forman. Son rostros tostados y rajados por el _whiskey_, trapos que fueron paletós, sacos y chalecos musgos, llovidos, y de una mugre grasosa sobre la piel, fragmentos de calzado como costras de los piés, sombreros con vahidos, cuellos como de llama, con un aro de lienzo, que es cuello, segun el testimonio único del propietario: esos se suelen acercar pidiendo, pero disimulando, porque la policía tiene ojos de lince.

Donde se puede decir que reside lo característico de la concurrencia de esta ciudad, es en la mujer, que descuella libre y grandiosa, floreciendo como yo no habia visto jamás.

No se trata de prendas morales ni de comparaciones de belleza física; se trata de la elegancia del vestir y la hermosura considerada bajo el punto de vista artístico.

La mujer es alta, sus formas tan correctas y bien repartidas, que se adivina, al través del trage, la perfeccion de líneas y contornos.

El búcaro de alabastro interceptando la luz de la llama, apénas podria dar idea de su blancura, bajo cuya nieve, al deshacerse, sonríen los pétalos de la rosa. El óvalo perfecto del rostro, sobre cuya frente, en cascadas de oro, tiemblan espumas de delicados rizos, tiene cierta elevada fiereza, que subyuga; cae sombreada su mirada por pestañas como aureola de luz, y de sus frescos labios se desprende el reflejo de su dentadura de marfil, como iluminando sus sonrisas. Son grandes las manos, pero artísticas.... No hablo de los piés, porque esos piés no pertenecen al bello sexo.

El trage vulgar de la _lady_ en el paseo que vamos dando, es negro ó de color, pero de seda. El talle es perfectísimo, se pinta casi al frente el vestido, se recoge hácia atrás, cae en burbujas de lienzo y como chorro, extendiéndose en amplia cauda que arrastra en el suelo.

El cuello, envidia del cisne, surge como un tallo de marfil por sobre borbotones de blondas leves como espuma; aretes y cadenillas bajan entre los rizos á esconderse en el seno, y remata el adorno en un milagro de peinado, con sombrerillo ó gorro con encajes, plumas y flores deliciosas.

Los guantes, la sombrilla, el abanico, el portamonedas, son inseparables de la _lady_, y se necesita que sea muy infeliz la fortuna, para suprimir esos adminículos que son como partes componentes de su fisonomía.

La recamarera gasta sombrilla, la cuidadora de los niños lleva guantes, canasta con verdura, y sombrilla, y gorro, la cocinera.