Viaje a los Estados Unidos, Tomo II

Part 21

Chapter 213,900 wordsPublic domain

El aspecto de la calle de Brodway (calle ancha), en que me encontraba, era deslumbrador: veíanse en alto bombillas de cristal, reverberando con la luz del gas y formando esplendorosa faja sobre las banquetas amplísimas, trazando en la sombra un carril que se prolongaba por más de dos leguas: sobre aquella faja estallaban los globos de cristal apagado, de gigantescos candelabros, arcos con globos tambien suspendidos á la entrada de cantinas y fondas, y surgian en promontorios y cascadas, grandes luces escarlatas, azules y rojas, reverberos de ráfajas de fuego, con todos los matices y todos los tintes de la luz, en aquel inmenso festin de perspectivas y primores.

Son como dos raudales de rayos de sol que chocan y se desbaratan en estrellas, en rieles de oro, en cascadas de esmeraldas, en rocas de ópalo y rubí.

La parte inferior de los edificios puede llamarse diáfana, tan gigantescos y limpios son los cristales que las constituyen, y de los que están hechos aparadores riquísimos iluminados en la parte interior; en los aparadores están agotando las mercancías la persuasion, las seducciones, la súplica, la sorpresa y el mandato.

Ya son sombreros de todas las formas, de todas las fisonomías imaginables, expuestos en gradas ó suspendidos en alambres: inmediatamente despues se divierte la vista con naranjas envueltas en sus papeles, plátanos á medio pelar y manzanas lustrosas con sus mejillas de escarlata: se separan los ojos de la fruta, y se despeña en cascadas que forman las alfombras, ó en montones de petacas, carteras y útiles de viaje, de vaqueta y cuero de Rusia: apénas vuela la mirada sobre esos útiles, cuando examina sobre negro terciopelo, collares de diamantes y de perlas, sortijas como chispas de fuego, mancuernas amorosas, prendedores lascivos, aretes acariciadores y adornos de peinado provocativos: un paso más y es un piélago de encajes y listones, entre cuyas ondas sobrenadan fallitas de niños, golas, baberos y mantillas: otro paso, y es un caos de zapatos, desde el botin de raso y oro de la _lady_, hasta la falúa inverosímil que calza la pata inconmensurable del hombre del Kentuky....

El cuadro, de dia especialmente, lo animan multitud de paseantes; los vendedores de bizcochos, dulces y frutas que se instalan á los lados de las banquetas; los pegadores de loza y vidrio; los carrillos con cacahuates, que aquí tienen rara preponderancia; los aparadorcillos de navajas, collares y anillos de _dublé_, y los canastos de preciosos ramilletes de las floristas.

En el centro de la calle son las encontradas corrientes de carruajes, con sus caballos arrogantísimos y sus cocheros, que á lo léjos muestran en la poblacion aérea, los diferentes grados de la fortuna.

El cochero del banquero, con sus guantes blancos, su frac de paño y su continente aristocrático, como desertado de una recepcion diplomática; el del ómnibus, con su gestudo sombrero como un retruécano, la tez aguardientosa y las manos como de corteza de árbol; el conductor del carro, con su cachucha y en mangas de camisa; y el negro carretero, con su sorbete estupendo, sus colosales botas y su leviton abierto como las dos alas de un ropero, cimbrándose y dando cada grito que tiembla el mundo.

Desde el rio de luz de la calle de Brodway se van viendo, al tocar en las bocacalles, travesías de ménos luz, ó sombras cruzadas por hileras silenciosas de farolas, en cuyas aceras se anuncia con mayor luz alguna diversion.

Llegamos al teatro llamado "Columbia Opera House," que se encuentra en la esquina de la calle 12.

El teatrito es reducido, más reducido aún que nuestro teatro de Corchero, con toscas bancas en el patio y una sola hilera de palcos, coronada por una desmantelada galería.

Como ya sabemos, no hay telones que desciendan; son tablones corredizos divididos en dos secciones, los que forman la decoracion.

El palco escénico es muy pequeño, cubierto por las dos alas de una cortina encarnada.

Nos posesionamos de un palco: á nuestra entrada, la orquesta, en que los palillos, el tambor, y sobre todo las trompetas, hacen gran papel, tocaba algo de sentimental y quejoso.

Eran los cuadros plásticos, es decir, personas que con camisetas y calzones de punto que remedan la carne humana, figuran grupos históricos con perfeccion. Es la enseñanza objetiva de la historia; para el libertino, funge de incentivo; para el artista, de estudio.

Representábase el Juicio de Paris; el teatro estaba medio oscuro; en el escenario se destacaba, entre un raudal de luz eléctrica que atravesaba sobre el cuadro, el grupo.

Hermoso el pastor mitológico, las deidades olímpicas en actitudes deliciosas.... cayó el velo, la música incitó el clamoreo del aplauso.

Abrióse la cortina, y se recreó la vista con un grupo de amazonas.

El grupo en que Frinea revela su hermosura con arrogancia triunfal, desarmando al areópago, me encantó, y me encantó porque cuando en esos grupos se observa el arte, se hace el culto de la estética, se glorifica la forma, como que revive y palpita la epopeya, como que se escucha suspirando la lira de Homero, en torno de esas hermosuras que han atravesado luminosas los siglos.

Y sin embargo, el pérfido albayalde de la diosa, la justipreciacion de sus formas, el nombre real de la chica de corta fortuna, escupido entre negra saliva de tabaco, aniquilan el ideal y nos sepultan en repugnantes realidades.

Apénas se indicó el entreacto, cuando pollos alentados, viajeros curiosos, zorros de entre bastidores y _cazadores de gangas_, dejaron sus asientos, atravesaron excusadas escaleras é invadieron un pequeño salon con sus mesas, su mostrador y su expendio de licores, cerveza, refrescos y tabacos.

Entre el humo en que se veian sorbetes y fieltros, rostros encendidos de bebedores, fisonomías de muchachos despiertos y canas de vejetes despabilados, fueron penetrando bulliciosas, saltadoras y con descoco inaudito, las deidades olímpicas, con sus lanzas de palo, sus cascos groseros de carton, sus collares y pulseras de cuentas de papelillo y vidrio, sus ropas de telas ordinarias, escudos, cetros y todo el descolorido atavío del teatro de la legua.

La jóven se sienta marcial, es invitada ó invita, se hace de confianza, toma el peso á la cadena del reloj, se extasía con los anillos, diciendo que son lindos, espléndidos, y que le vendrian bien.

Paletós y senos palpitantes, morriones y sorbetes, paraguas y escudos, mantos de púrpura y sacos rabones. Minerva con su cigarrillo, inclinando la frente bajo las alas del sombrero tendido de un labriego, Frinea componiéndose un zapato, otra divinidad con tantos bigotes de cerveza.... y no más, y nada más: por más que la malicia quiera protestar en contrario, toda aquella alegría artificial, todas aquellas miradas de pacotilla, toda esa mercería de _dublé_, compuesta de sonrisas, suspiros, celos y lágrimas, no es la lujuria, no la desenvoltura, no la orgía; es simple y friamente la especulacion del _bar-room_. Habrá sus ajustes exteriores, habrá la que se quiera; pero allí solo se trata de la venta de licores, entre el humo, los gritos y el aparato calculado del placer.

De repente suena una campana, y como bandada de gorriones que entre los surcos pepenaban el grano cuando oyen el tiro, vuelan ninfas y pastoras, nos codean y rozan, descendiendo por los angostos pasillos, sílfides, náyades y bayaderas, y el cortejo de bebedores sale como un convoy fúnebre del salon, que queda desierto.

Mis amigos estaban contentos, se aumentaba su gusto con la presencia de mis primeras impresiones: ellos eran soldados aguerridos.

Eran más de las doce de la noche: en el centro de la ciudad no cesaba el movimiento; las calles apartadas dormian profundamente, como los lacayos en las escaleras que conducen á un salon de baile.

XVI

Un Shadow.--El baile.--Elegancia de las damas.--El Tívoli.--Funámbulos.--Evoluciones militares.--Cuadros animados.--La rendicion de Lee á Grant.--El Dr. Navarro.--El Sr. Lic. Ignacio Mariscal.--Brodway.--Descripcion de la ciudad.--Numeracion de las calles.--Diferencia entre calles y avenidas.--Casas y grandes edificios.--Rótulos y avisos.--Iglesia de la Trinidad.--Correos.--Casas consistoriales.--Los niños y los pájaros.--Caractéres de Brodway.--Perfiles del yankee.--Limpiabotas.--Vendedores de periódicos.

Va vd. á ver un _Shadow_, me dijo uno de los amigos; todavía no es hora de los eclipses, y diciendo y haciendo: atravesó un wagon, lo detuvimos, y á los quince minutos estábamos á media legua de distancia (calle 31).

Era un salon ovalado ceñido por un corredor estrecho en su medio, en que estaban colocadas sillas con damas y galanes. Bajo el corredor, y siguiendo su forma, habia tambien una hilera de sillas.

El tapiz del salon es de madera barnizada de amarillo jaldre, pero tan bruñida, que mas bien se patina que se baila.

En el corredor estaba la orquesta: á su pié, en grande tarja, decia: "Lanceros:" sonó un pito del todo igual á los pitos con que se anuncia en las esquinas la partida de un tren, y de todas partes acudieron parejas ya convenidas, que instalaron su baile, anunciando los cambios de figuras una especie de jefe de maniobra, con gritos desaforados, pero con la exactitud y formalidad con que se pueden dar las voces de mando en un escuadron de caballería.

La mujer se entregaba al baile con gorrillo y capota, con su portamonedas ó su ramo de flores en la mano, y si hubiera sido la hora, creo que con su canasto con verdura debajo del brazo. Pero el trage es esmeradamente elegante, los guantes irreprochables, fino el pañuelo; el abanico que cuelga á su cintura, pendiente de una cadenilla, casi lujoso; solo al levantar airosa de un lado la falda de su túnico, y no siempre, se suele ver la pata ilícita del grumete, del soldado omiso, del barrendero de calles: aquella pata es toda una inconsecuencia, una salida, no de pié de banco, sino de pié de yankee.

Las parejas no conversan durante el baile, ni en los intervalos: se entregan á su tarea preocupados de su negocio.

El hombre, pelon, de cuello tirante, de hundidos hombros y saliente pecho, guarda compostura, y está en general vestido de negro, salvo una que otra excepcion, que no es repugnante para ellos. Ese es el escéntrico, un original de chaleco y corbata blancos y descomunal zapato bajo, con pliegues en la pala, enormes moños de liston y hebillas de acero.

En el corredor hay cuchicheos y risotadas, viajes al salon en que está la cantina, confianzas, pero no altercados; y cuando el baile termina, se extiende el ruido, y la sed se despierta con furia, apagándose con limonadas, _coptails_, cerveza y Champaña.

Cuando el wals deja oir sus acentos vertiginosos, entónces la excitacion es estupenda: en el tablon bruñido, las parejas se arrastran como hojas secas que arrebata el torbellino, y hay caidas tremendas, entrando en la diversion el descoyuntamiento de uno de aquellos atletas de la danza.

Entre doce y una de la noche se anuncian las sombras (_Shadow_).

Apáganse las luces de gas aunque no totalmente: frente dos potentes reverberos colocados en lo alto del corredor, se ponen vidrios verdes, azules, colorados, amarillos y de color de violeta, y así se hace la _sombra_ en el salon.

Pero la sombra no es, como se cree, una cerrada de párpados de la policía; podrá autorizar alguna licencia, le pondrá una máscara á la etiqueta; pero no es el dominó que cubra la decencia. Sin embargo, la extrañeza irrita el contento y se espera con ansia la hora de las sombras.

Los extranjeros pasan entre los concurrentes al _Shadow_ inapercibidos, contraen relaciones fáciles sin más que algun empellon al paso, que se disculpa con un _excúseme_ (dispense vd.), que es paliativo de un pisoton que hace ver las estrellas y lo seria de la sacada de un ojo. Pasa el extranjero, busca á sus paisanos, bebe y bromea pugnando por aprovechar el caudal de voces que les tiene suministrado el Diccionario, alguna Guía de la conversacion ó el Ollendorf.

A otro teatro _bar-room_ he asistido, que me pareció más aristocrático, y sobre todo sin sombras: El Tívoli.

El Tívoli es un salon con simétricas y apartadas bancas de madera. Entre sus filas están colocadas de trecho en trecho pequeñas mesitas, consistentes en un pié derecho de fierro y un círculo de palo de nogal.

Descansan en las mesitas copas y vasos con cerveza, _coptails_, ponches y limonadas.

A la espalda del espectador hay una especie de galería que cobija gente _más comunicativa_, pero que no caracteriza la concurrencia.

Habia aquella noche prodigios de sonambulismo, saltos desesperados de acróbatas y no sé cuántas cosas más.

Cantó y representó una niña que más bien inspiraba compasion.

Llegué cuando hacia hervir desenfrenada la alegría una escena de negros, que son favoritas de este público.

Es la tal escena una tempestad de gritazos, de patadazas, de caidas, de rodadas, puñetazos, bofetadas, empujones y gritos, que tiemblan las carnes.

El negro llega atarantado, la mujer riñe, los dos se golpean. El público se muestra en el éxtasis del contento.

Hay teatros de mala muerte, por supuesto destinados á estas diversiones, de que ya dimos idea hablando de California.

Formaron parte de la diversion lo que se llama evoluciones del 7.º regimiento.

Estos son actores iguales, bien conformados, en mangas de camisa y con calzones _ad hoc_ de tela de plata, que hace visos deslumbradores.

Van marcando el paso los soldados con el zapateo característico de la punta del pié y el talon, llevando los sones y redoblando con agilidad extrema.

Las evoluciones son de exactitud perfecta: despues de los ejercicios militares, y siempre al són de la música, siguen los cuadros; ya es la guardia contra la caballería, ya el soldado herido, ya alusiones á hechos heróicos de la última guerra, es decir, de la guerra que cuenta aún recientes víctimas, que derramó sangre que humea, por decirlo así, al rededor de los circunstantes.

En el penúltimo cuadro, en primer término, aparece Lee entregando su espada á Grant; el primero flaco, majestuoso, vestido de gris, con su luenga barba cana y sus cabellos blancos; el segundo, chaparro, regordete, de barba negra y espesa, de vulgar fisonomía, con su inmenso puro en la boca, arrojando nubes de humo.

El pueblo aplaude con frenesí, y no se ofende por los testimonios de simpatía y los hurras! á Lee.

En el último cuadro, en medio de las armas y banderas, vencedor y vencido aparecen dándose la mano, coronando sus cabezas la aureola de la paz.

El entusiasmo no tiene límites; se golpean las bancas y se silba, que es el modo especial de aplaudir de la gente de trueno; suenan desaforados los clarines, el tambor parece hundir el techo, y al ondear el pabellon de las estrellas, se siente caliente el aire con el orgullo que se apodera de los hijos de Washington.

Miéntras se verifican las escenas descritas, ni un instante dejan de circular los criados de las cantinas con sus uniformes encarnados y sus placas al pecho, distribuyendo licores y refrescos: atraviesan tambien las filas niñas vendedoras de bizcochos y dulces en sendas canastas, y vendedores de flores de exquisito gusto, que matizan sus ramos con rara habilidad.

* * * * *

Uno de mis primeros cuidados al llegar á Nueva-York, fué visitar al Dr. Navarro, amigo de mis primeros años, y bajo todos conceptos persona distinguida.

Es Navarro de tipo indígena, macizo y ancho; su frente larga y angosta deja percibir una cabeza realmente achiflonada y obtusa, largos y lacios cabellos blancos se fugan de su frente como para parapetarse en su cerebro: los ojos son grandes y revelan su alta inteligencia; su nariz afilada, su boca de par en par, ancha y bien poblada de blancos dientes.

Navarro en la ciencia es considerado como un ornamento; en su juventud, coronó la admiracion sus lindos versos y su sano criterio como literato; y un fondo de audaz filosofía y de honradez sin mancha, hacen de Navarro un hombre querido y respetable.

En su trato familiar es llano y chancero; como patriota cumplió con su deber ejerciendo su profesion en los campos de batalla, y á todas sus prendas da realce una firmeza grande de principios y una modestia que rayaria en desprecio de sí mismo, si no se tuviera la persuasion de su valía.

Con Juan Navarro me informé detenidamente, cuando le ví, de la salud y del punto en que habitaba mi querido amigo Ignacio Mariscal, nuestro ministro en los Estados-Unidos.

Navarro me dijo que Mariscal estaba bueno, y que habia salido de la ciudad á pasar en el campo la mala estacion.

Aunque la posicion oficial de mi amigo y mi situacion peculiar, hubieran podido ser para mí un retraente, al Sr. Mariscal lo he visto como persona de mi familia, y siempre me he honrado con su amistad.

Amigo muy íntimo de su excelente padre, tuve conocimiento con el jóven cuando salia del colegio y se recibia de abogado.

Su vasta instruccion y sus claros talentos, me hicieron solicitarlo para emplearlo en el Ministerio de Hacienda, donde confirmó la idea que tenia de su aptitud, y me lo hizo doblemente recomendable su probidad.

En el Congreso Constituyente se distinguió por la firmeza de sus principios, por su palabra fácil y elocuente, y por el tino con que tomaba parte en los debates.

Buen ciudadano, excelente amigo y ejemplar hijo, es fuerza querer á este Nacho, importándome una higa su posicion oficial. Por otra parte, en México otra posicion oficial le sirvió para colmarme de atenciones y dispensarme favores á mí y á mi familia, por lo que le profeso sincera gratitud.

Mariscal es de mediana estatura, fisonomía franca y alegre, ojos negros, con algo de inquietud en sus movimientos, y mímica expresiva en su conversacion.

Habla el inglés con propiedad y elocuencia, así calificado por los americanos entendidos.

Conoce Mariscal, como muy pocos, las costumbres americanas, y en cuanto á la cuestion política, puede jactarse de haber atendido con sagacidad y zelo los intereses de México, siendo sus notas modelos de dignidad y de sabiduría.

Por último, Mariscal es universalmente querido y estimado de la gente encopetada de la _Casa Blanca_.

Yo queria que Nacho me instruyese sobre varios puntos, esencialmente sobre los literarios, porque Mariscal conoce bien la literatura americana, y además de hacer él por su cuenta y riesgo lindos versos, traduce, como ya verán mis lectores, con admirable propiedad. Aquella su mansion campestre me puso de mal humor.

Pero para llegar á Navarro era forzoso andar media ciudad, es decir, una gran parte de la calle de Brodway, ó como diria uno más pedante que yo, el gran simpático del gigante.

Yo, que como vdes. saben, extravío rumbo en mi misma cama, no me consideré capaz de atravesar el inmenso mar cuyo ruido estaba y estoy escuchando desde mi cuarto, como oia yo desde el Hotel Spencer la voz de la catarata del Niágara.

Pedí amparo á un tierno y generoso amigo, entendido en estas excursiones, á quien llamaré Francisco, para complacerme con el recuerdo del nombre de uno de mis hijos.

Francisco tiene una inteligencia como luz, y una paciencia para conmigo como alma de Job.

La puerta del Hotel Saint Julien está á pocos pasos de la calle de Brodway: llegamos á su esquina, y me quedé realmente estupefacto y aturdido de tanta grandeza y tanto y tan increible movimiento.

--Despierta, _Fidel_, no te aleles, que te veo como dormido; oriéntate desde ahora, porque te vas á perder aun yendo de mi brazo.

Figúrate la ciudad, permitiendo que te hable con la mayor vulgaridad, como una inmensa lengua en la que estuviese trazado imperfectamente un tablero; las casillas de ese tablero corren de Norte á Sur y de Oriente á Poniente. Ahora, figúrate tendida en diagonal imperfecta de N. O. á S. E., una línea que culebrea y corta irregular las casillas en toda la extension de la lengua: esa línea es la calle de Brodway.

Figúrate ahora atravesada la lengua por otra línea central; esa es lo que se llama _Quinta avenida_.

De este centro parte la numeracion, desde el uno al Este, y desde el uno tambien al Oeste, de suerte que hay dos unos, dos doses, etc., pero correspondiendo cada uno á su viento, con total independencia; así, pues, la distincion de Este y Oeste es indispensable para no encontrarse sin saber realmente cuál es tu mano derecha.

Tambien ha sido necesario distinguir la diferencia entre avenida y calle. Avenida es la calle que corta la ciudad en toda su longitud de Norte á Sur, y calle la que atraviesa á lo ancho la ciudad de Oriente á Poniente.

De la antigua ciudad holandesa, llamada Wite-hall, te hablaré despues.

Por lo que te acabo de decir comprenderás, ante todo, la inmensa importancia de Brodway.

Brodway, abriendo sus fauces en el mar y corriendo fuera de la ciudad, forma el intestino inmenso del coloso, distribuye, en su _zig-zag_ opulento, la vida á todas las extremidades del gran cuerpo, recibe los jugos nutritivos de la existencia de la sociedad de Nueva-York y la concentracion de su accion es de tal manera pujante, que á las dos ó tres calles de su contacto en todas direcciones, con excepcion de las avenidas, parece que uno habita en una ciudad abandonada, con una poblacion de puritanos; reina el silencio y por las desiertas banquetas atraviesan las gentes, como los delgados hilos que se han separado del cauce de un rio caudaloso.

No sé cuántas más reflexiones continuó haciendo Francisco, porque yo, realmente, como despertando de mi aturdimiento, me daba cuenta confusamente de lo que tenia delante de los ojos.

Hasta donde alcanzaba mi vista, por uno y otro extremo y á mi espalda, se extendian y levantaban inmensos edificios cuya altura me era desconocida en esa tenaz continuidad, es decir, del doble ó triple alto de nuestras casas comunes, más altos que el Hotel de Iturbide ó la casa que llamamos de los Azulejos.

Vária es la conformacion de las casas: á veces un edificio compone una manzana entera. Elevadas, angostas en lo general, como superpuestos trozos que forman cuatro, cinco, seis y siete hileras de ventanas con sus vidrieras, que no se abren sino que alzan ó bajan sus cristales; es algo de la ventana del claustro, con sus persianas verdes hácia fuera, como una ave clavada en la pared con las alas extendidas.

Esta conformacion de ropero y de estuche, esta arquitectura de portavianda, da aspecto triste y solitario á la parte superior de la ciudad, que no tiene balcones, terrados ni azoteas, sino casquetes y tejavanas.

Pero en la calle de Brodway, las casas que describo hacen paso constantemente á edificios inmensos de cantería y ladrillo, de fierro y mármol.

La hilera simétrica la interrumpen en las calles frecuentes escaleras con sus barandales de piedra; amplias fachadas con las secciones del piso divididas por airosas columnas, pórticos magníficos de bolsas, bancos, templos, balaustradas, estatuas, bastiones, cúpulas y torres.

Las torres son cónicas, acabando en delgadas puntas, y hay como tropeles en los aires, de agujas, veletas, columnas y banderas.

Hemos indicado que el primer piso es el característico de la calle de Brodway, cuyo centro está empedrado de adoquines de granito.

La calle es amplísima, y sus banquetas de grandes losas, de cuatro y seis varas, hacen carriles de uno y otro lado, de ocho ó diez varas de anchura.

La acera tiene un escalon pegado al edificio, escalon de cantería, pero lleno de bastidores de fierro, en los que hay incrustadas pequeñas ruedas de cristal de roca, porque sirven de respiradero y tragaluz á la ciudad subterránea que bulle bajo nuestros piés y asoma sus aparadores, sus muestras, y sus faroles y reverberos al ras de la banqueta. Ese corrido escalon es como un aparador de cinco millas, con barriles, alfombras, carritos para los niños, estatuas de indios, moros y guajiros de las tabaquerías, y hasta una mula enjaezada saliendo de un almacen, para anunciar una talabartería.