Viaje a los Estados Unidos, Tomo II

Part 20

Chapter 203,904 wordsPublic domain

La librería del Estado contenida en un edificio cuadrado, á prueba de fuego, tiene 86,000 volúmenes y varios objetos curiosos, entre ellos una espada y una pistola de Washington.

La casa de gobierno, edificada en 1843, es de mármol blanco, y tuvo de costo 350,000 pesos: en ella están las principales oficinas.

Siempre con mi guía en la mano, ví la parte exterior, porque todo estaba cerrado, de la casa del Ayuntamiento, que costó doscientos mil pesos.

Un viejecillo italiano que me encontré dormitando en un café, y que como yo, parecia rebelde á las sociedades de temperancia, me dijo que haria bien en procurar ver los varios bancos de la ciudad, que tienen en giro sobre dos millones de pesos: me elogió el Observatorio, fundado por Mr. Blandina, que tiene una buena librería y magníficos instrumentos.

Del Colegio de Medicina y de su valioso Museo, me habló tambien con mucho encarecimiento. La Escuela de Jurisprudencia de Albany, es de las mejores del país.

El viejecito italiano, de ojos pequeñísimos, cara joco-séria, nariz de alcatraz, boca desdentada, y gran tomador de rapé, es hombre á mi juicio entendido, y como me dijo, tenia hambre de hablar en su idioma.

--Lo que yo quisiera que vd. viese y examinase, me decia, era la Escuela normal de Profesores: aquí la educacion es una ciencia, el arte de enseñar está elevado á la categoría de los primeros conocimientos humanos.

Por otra parte, las asociaciones hacen prodigios.

La asociacion de los jóvenes tiene una biblioteca de doce mil volúmenes.

La de los aprendices, cinco mil.

La del instituto, nueve mil.

Vea vd., me dijo por último, el edificio en que están depositadas las colecciones públicas de historia natural, geología y agricultura. Es de los más interesantes edificios, y en ellos tiene entrada todo el mundo.

Despedíme del viejecito, despues de pedirle instrucciones para ir á la Catedral y á la iglesia de San José, los más famosos templos de que tenia yo noticia.

La Catedral es un vasto edificio con sus torres puntiagudas, bastiones, ojivas y una mezcla de estilos que la afean y complican, á fuerza de querer imitar las iglesias europeas de la edad media. El interior es espacioso y tiene capacidad para cuatro mil asientos.

Más que la iglesia de San José me agradó la de San Pedro, hermosísimo edificio de correcto estilo gótico. Dícese que posee un magnífico juego de plata para el servicio de la Comunion, regalo de la reina Ana para los indios Conondagas.

No me fué posible visitar la parte norte de la ciudad, que se dice es la que contiene más suntuosas habitaciones, en edificios que, como la Penitenciaría, gozan de renombre en todos los Estados-Unidos.

Literalmente producia pavor andar en las calles desiertas; el ruido de los pasos se oia á distancia, y el encuentro con otra persona producia extrañeza.

Las calles de la Perla, la llamada Hig-Street, la de Jay, ostentan grandes edificios, muros cubiertos de muestras y letreros: animadas, deben producir sorpresa y contento al viajero; pero en aquel momento de catalepsia dominical, me produjeron tristísima impresion.

Al volver al hotel, en su despacho, me presentaron á la familia de una niña Zárate, que con el carácter de liliputiense, se estuvo exponiendo en México en compañía de otro parvulillo en diminutivo.

Confieso que yo no soy afecto á esos espectáculos en que aparece envilecida y como descarriada la naturaleza; esos personajes de un cuerno en la frente, de tres ojos, de rabo, desmesuradamente grandes, ó exageradamente pequeños, me parecen ejemplares echados á perder, que léjos de darse á luz, deberian guardarse cuidadosamente.

La vista de la niña me hizo mal.

Tendrá poco más de tres cuartas; es morena, delgada, de voz chillona y su conjunto trae irresistiblemente la idea del monito, por sus saltitos, por la movilidad de sus ojos, por sus movimientos caprichosos.

Por otra parte, yo bien conocia que los padres de la niña, que son personas excelentes, hacian bien de sacar partido de aquella extraña produccion, en beneficio de la misma niña; pero me contrariaba que conocieran á las mexicanas en aquella abreviatura raquítica y enfermiza. Por fortuna, el angelito hacia su gimnasio y mostraba todas sus simpatías á Gomez del Palacio, quien muy grave, pero comedido y amable, celebró aquella monería de la naturaleza.

Yo descendí al despacho, donde nos reunimos para comer.

La comida fué tan mal servida, tan ceremoniosa y molesta para mí, como el almuerzo, no obstante las atenciones de Emma, único rayo de luz social en medio de aquella temperancia, de aquella tiesura y de aquella repelente gazmoñería.

Al concluir nuestra desabrida colacion, porque no puedo darle el nombre de cena, el Sr. Cupia me dió algunas cartas de recomendacion para Nueva-York.

La casa de Cupia en Nueva-York es casa de huéspedes, y como conocen sus directores nuestras costumbres, el servicio es el mejor y más cómodo que se puede apetecer en aquella gran ciudad.

En aquella casa vivió mucho tiempo la familia del Sr. Juarez; allí residió Berriozabal; allí se prodigaron cariñosos cuidados al Sr. Doblado, quien murió rodeado de aquella familia generosa; allí vive Felipe Mantilla, amigo nobilísimo de los mexicanos, honra de las letras por su saber, y de la humanidad por su levantado corazon.

Nuestra conversacion se animaba: Emma, que tenia cierto rango en la casa, se acercó y me hizo algunas preguntas sobre México, y yo, hambriento de charla, con unos ojos seductores al frente, comencé á hablar de mi tierra, sin exageraciones, sin una sola cosa fingida por mi mente, pero con la pasion que es de suponerse.

Llamaron á M. Cupia unos amigos, y yo quedé en el extenso despacho, sin cuidarme de entrantes ni salientes, describiendo á Emma un México tan risueño, tan encantador, que me saborea ahora mismo que estoy escribiendo en mi estancia sombría, con un velon al frente, mis cigarros á granel sobre la mesa y rodeado de la fria atmósfera de la soltería.

Brillaban los ojos verdes de la linda irlandesa, con la pintura de nuestros volcanes y nuestros lagos, nuestro paseo de la Viga y nuestro Chapultepec romancesco.

Por supuesto, que puse en relieve la libertad, las consideraciones de que gozan y el bienestar de muchos extranjeros.

A la media hora de conversacion, Emma estaba casi decidida á marchar á México: yo, al principio, le ofrecia toda clase de facilidades; pero confieso que su resolucion me alarmó, y hablé algo de vómito y de lo riesgoso de la navegacion.

Pero Emma era una amiga que no queria abandonarme y que á su vez me procuraba todo género de facilidades.

Confieso que no me divertia mucho eso de volver á México con la adquisicion americana. ¡Oh, qué holgorio para mis buenos amigos! ¡Oh, qué cosecha para la caricatura! ¡Oh, y qué despabilado viejecillo con la _lady_ viajera llenando las calles!

¡Por vida del demonio! El flujo de lengua me tenia en un apuro. En los ademanes, en los arranques, en aquella expedicion de Emma, conocia, sin que me quedase ninguna duda, que aquella criatura me iba á manejar como un chiquillo.

¿Pero hay cosa más natural que hablar con cariño de nuestra tierra?

Nada de gazmoñerías, Sr. _Fidel_. Vd. habló de cierta manera, y ha llevado vd. su merecida.

¿Y los sesenta inviernos? y las arrugas? y esa exigüidad de fondos que lo tienen en un _¡ay!_....?

--¡Oh! lindo México!.... yo va, y tiene mucho _dollar_ y está listo.... Vd. siñor rica y de guberne, dice á M. Cupia....

--¡Jesus me ampare!.... Vea vd., señora, yo tengo que ir primero á Rusia, á ver en lo que quedan las cosas de la guerra.

--_Ecsatly_: primero vamos Rusia, y despues te vas por mí Chapoltepeca.

Yo me estaba ahogando materialmente, y comencé una especie de retractacion, diciendo que los lagos producen fiebres, que hay víboras de cascabel en Chapultepec y que los bandoleros hacen horrores.... esencialmente con las irlandesas.

Yo no sé qué trastorno produjo en mi cerebro aquella resolucion de la irlandesa, que me dormí despues de mucho tiempo de dar vueltas en la cama, con extraña inquietud.

Soñé, por esas incomprensibles extravagancias de los sueños, que me encontraba en una de las llamadas _Rejas_ en los conventos de monjas. Es decir, una gran sala dividida por una gruesa pared, en cuyo centro habia un cuadrado con una gran reja de palo que daba á la parte interior del convento, y una gran reja de fierro para la parte exterior de la pieza que daba á la calle.

Por el lado del convento se ponian las monjas, por fuera las visitas, y los medios de comunicacion eran: un torno incrustado en la pared y una cuchara con luengo mango, donde se ponian cigarros, dulces, etc., para los recíprocos obsequios.

Yo estaba con mis padres y algunos amigos, muy entretenido en ver por entre las rejas el patio del convento, sus flores y arbustos, su limpia fuente de azulejos y sus altos arcos con cortinaje de yedra, bañados con la luz del sol.

De repente se oyó un estrépito en la calle, volví los ojos y me encontraba absolutamente solo; mis padres, las visitas, las monjas, todo habia desaparecido: en la puerta de la calle habia un toro lanzando mugidos feroces, y me heló el espanto hasta la médula de los huesos, pero no vacilé; me lancé á la reja y comencé á escalarla con ardor febril: por mi fortuna, la reja se estiraba hácia arriba y me ponia muy distante del terreno invadido por la fiera.... aquello me alivió como de un gran peso; pero en mi rapidísimo ascenso, creí oir algun ruido tras de mí sobre los hierros de la reja: volví los ojos.... y ví que el toro, como si corriese por una superficie plana, ó como si estuviera dotado de piés y manos como yo, escalaba la reja en mi seguimiento. Creí entónces morirme de terror, las fuerzas me faltaban, mi angustia era indecible sobre toda ponderacion. Pero la extrañeza del caso me hizo volver el rostro de nuevo, no obstante estar á una inmensa altura, y entónces, ¡oh espanto! ¡oh asombro! ví que la fiera, pero no sé cómo, circuida de extrañeza y expresion diabólica, tenia una fisonomía humana; era.... el rostro de la irlandesa del hotel, con aspecto de toro feroz.... y me perseguia encarnizado y espantable.... entónces me entró una convulsion horrible, crispáronse mis manos, me solté sobre el abismo y.... desperté!......

Desperté lleno de angustia, sudaba á mares.... la luz se insinuaba por las rendijas de la puerta: aquello me sirvió de infinito consuelo.

Sin ser visto, como un prófugo, como un ladron, abandoné el hotel, seguro de que Francisco arreglaria todo, y me refugié en la estacion, desde el alba hasta la hora de la salida de los trenes para Nueva-York, siempre temiendo á la irlandesa convertida en toro.

NUEVA-YORK

XV

El Parlor-Car.--El rio Hudson.--Los suburbios de Nueva-York.--La gran estacion del ferrocarril.--Entrada á Nueva-York.--Primeras impresiones.--Quinta avenida.--Plaza de Washington.--El hotel.--Primera excursion.--Brodway á prima noche.--De dia.--El cochero y los carreteros.--"Columbia Opera House."--Un entreacto.--La cantina.--A dormir.

Frustrado el viaje por agua por falta de vapores, salimos de Albany en un _Parlor-Car_, con la mayor comodidad.--El _Parlor-Car_, ó Carro-salon, como suele llamarse, lo forman tres saloncitos que se unen ó separan por medio de sus elegantes puertas. En cada uno de los saloncitos hay ocho poltronas giratorias de terciopelo ó tafilete, y durante el viaje, puede caminarse en aislamiento completo, en íntima comunicacion con las personas de su familia, con total desahogo.

A poco de partir el tren, ó mejor dicho, ántes de partir, ya admirábamos el extenso rio Hudson, con sus aguas azuladas y relucientes, rizando la superficie un viento apacible que levantaba vellones de blanca espuma.

Alegres vapores atravesaban el rio, sonando sus agudos pitos y haciendo temblar los aires con sus alaridos de marcha; botes y barquichuelos, grandes y pequeños, se deslizaban en todas direcciones, activando el trabajo; y pomposa la embarcacion antigua, llevaba con majestad hinchadas sus velas, y se cantoneaba como una ave acuática, alzando sus palos entre el humo de las chimeneas de los vapores.

A lo léjos, parecian espiarnos entre los árboles las mil casitas blancas con sus cercados y sus flores, sus animales domésticos y sus chimeneas y palomares invadiendo el espacio.

Extiéndese el terreno en uno y otro lado del rio, en séries de empinadas y deprimidas lomas que forman pequeñas colinas, hondos valles, laderas caprichosas cubiertas de verde aterciopelado, que con los claros que dejan los árboles al separarse, ó con las sombras que forman cuando se apiñan, hacen el lujo de los hermosos caprichos de la luz.

El suelo y el rio entran en lucha abierta con el ferrocarril, y entónces nos absorben las mil peripecias de la carrera del monstruo titánico que nos conduce. Invade por una y más veces el camino el rio, y el reptil gigante lo salva sobre pequeños ó levantados puentes; obstínase el rio, parece detenernos en su carrera: entónces, como una ancha faja, desenvuelve la madera sus durmientes, lecho de los rieles, y cruza la poblacion errante sobre las aguas, equilibrándose trémula y viéndose azotar las olas bajo el puente inseguro. Esos muelles y puentes parecen á lo léjos una fila de arañas acuáticas que sumergen sus patas en el agua: es el cientopiés que pone el lomo para que corra sobre él el vapor.

Empéñase el camino, y cierran las montañas y las lomas el paso á los viajeros; entónces se verifica la horadacion de la montaña, ya ligera, ya dilatada y laboriosa. En el primer caso, es un rápido eclipse que todo lo borra, que hace desaparecer instantáneo el paisaje, al ruido agudo de la máquina que pasa como sobre un teclado; en el segundo, es la noche, es la tiniebla asaltándonos y obligándonos á una excursion en lo desconocido y terrible: una hundicion por el estremecimiento, el choque por algun derrumbamiento no podido observar, una desviacion del riel, un clavo flojo, todo nos puede sepultar en la nada. Oyense como estertor las voces humanas; la luz de los cerillos alumbra cavernosa.... blanquean al fin las paredes desiguales del túnel, y relinchando triunfal con su penacho de llamas, al ruido de sus pasos, al clamoreo de su campana, se baña el tren de luz y jadea satisfecho, como un gladiador que quedó vencedor en la lucha.

Y la lucha del rio es tenaz, sesga, abierta, toma la curva ó se precipita recta, se alza ó se deprime, y al combatirlo ó evitarlo el tren, lo observa desde la opuesta orilla el bosquecillo de sombras apacibles, el caserío opulento y la tupida arboleda, por donde chimeneas y almenas, minaretes, cúpulas y miradores caprichosos, lo van siguiendo, ya dispersos en la falda de la loma, ya apiñados en las alturas.

El rio cobra las proporciones de un mar; se convierten las lomas en altas montañas; barcos soberbios y botes humildes cruzan las aguas; las chimeneas de las fábricas levantan plumeros de humo; tiemblan en los aires los tendones del telégrafo, proclamando la superioridad sublime de la mente; un escándalo, una explosion de formas y matices nos embargan y producen emociones de delicias.

Apénas han contemplado los ojos el castillo feudal rodeado de árboles, cuando nos arrebata la atencion el sembrado curioso; vamos á detenernos en observarlo, y los pescadores nos distraen con sus tareas afanosas; queremos fijar el cuadro en nuestra imaginacion, y nos arroba el sepulcro solitario al pié de la loma, á las orillas de las aguas que parecen cantar una balada eterna al eterno sueño del polvo humano.

El camino más y más poblado, los paisajes más y más hermosos, no nos hicieron reflexionar que estábamos en Pickiskill, frente á su magnífico _restaurant_ y junto á una opulenta fábrica de chimeneas.

Andando, andando, pareció como que el rio se habia perdido, y establos, maquinaria, madera amontonada y chozas humildes, nos cercaron.

Pero á poco, por entre las colinas, columbramos la reverberacion de las aguas que corrian caracoleando en la orilla, entre isletas cubiertas de árboles que se ven en su espejo, produciendo esas vistas inversas en que las copas de los árboles como que cuelgan y están mirando de cabeza la profundidad del vacío.

Pasó el tren bajo los arcos gigantescos de un puente cruzado por multitud de coches y carros, que parecian atravesar los aires, y al fin como vencedor, á su vez, empujando en semicírculo inmenso montañas gigantescas, apareció el rio, anunciando la inmensidad del mar.

El tren, como evitando la continuacion de la terrible lucha, se refugió en los brazos de la ciudad, que le esperaba amorosa como para compensar con caricias y agasajos sus fatigas.

En el curso rápido que seguiamos, por las ventanillas del carruaje, como por los vidrios de un estereoscopio, íbamos distinguiendo cercas y hortalizas, casas de campo con su pórtico, sus amplios corredores de madera, sus canastillos de flores suspendidos en alambres sobre las puertas, y sus cortinajes en el interior de las habitaciones; y estos augurios de lujo y de cultura, son entre las peñas, sobre las rocas, aprovechando los más leves recursos del terreno, casas opulentas que dan al viento veletas y banderas, y casucas sucias y oscuras, ostentando en tendidos cordeles calzoncillos abiertos de piernas, camisas boca abajo y enaguas humildes, columpiándose con insolente desfachatez, como secciones del cuerpo humano en vacaciones.

Y en los claros que deja la roca, y en las latas que forman las cercas, y en los tablones, que no paredes de la casa, y en el suelo y en todas partes se ve, abriendo tanta boca, el aviso, que es en este país la langosta, el mosquito, el acreedor, el pariente pobre del infeliz viandante, tras una mata _Sozodout_: en un palo _Vinegar_, en una lata _Bitters_, una camisa pintada, un chino, una fila de galgos interminable, una tempestad de motes de negros que fuman, de turcos que gruñen, de suertistas, adivinos, funámbulos, sonámbulos y.... la mar....

A poco de entrar en la ciudad, y cuando desaparece su iniciativa de aldea, la calle se hunde como haciendo una plancha gimnástica, entre dos barandales que la sostienen.

Corre el tren, y hay una sucesion rapidísima de fajas de luz y de sombra, que producen la alucinacion. Pide uno la explicacion del fenómeno, y es producido porque una calle se hundió en medio de las aceras de la que estaba construida, y quedaron las casas como filas de tropa á los lados de un canal. Entónces se avanzaron los tránsitos de las calles trasversales y se convirtieron en puentes, que suspendidos sobre la hundicion, producen aquellos efectos de luz.

Pero la locomotora se envuelve en perfecta tiniebla, y es porque el túnel la lleva dentro de su pecho; de vez en cuando la luz como que respira, saliendo á flor de tierra, y deja ver círculos luminosos.

Es que la calle, sobre el cielo de la bóveda del túnel, ha cobrado su continuidad, y en ella florece, entre los enverjados de fierro, un jardin pintoresco, figurando los respiraderos cestos de flores, en que se entretejen las enredaderas y cuelgan sus campánulas con simétrica compostura.

Y cuando todo esto se explica; cuando la poblacion subterránea siente el estremecimiento de la poblacion que corre en la superficie, se busca involuntariamente en el suelo otra superposicion de séres que tambien vayan de viaje por regiones desconocidas.

Al dejar la locomotora su manto de sombras y aparecer en el tumulto de la estacion, se nos figura que un mundo de séres invisibles nos ha venido acompañando y han cobrado con la luz, en insurreccion de vida, las formas humanas.

Estábamos en la inmensa estacion: los trenes quedaban como un caballo jadeando, que se para al finalizar su carrera; otros trenes estaban descargando bajo la bóveda inmensa de fierro y cristales de la estacion.

De las escaleras de los trenes descendian raudales de viajeros, extendiéndose y corriendo en varias direcciones, como las olas de detenidas aguas cuando el dique se rompe en partes diferentes.

El viajero expedito, con su saco en la mano, cayendo y perdiéndose en la multitud; la familia formando plaza con maletas y gorros, paraguas y bastones, el botiquin de los señores grandes, la maceta y la jaula del canario.

Centenares de agentes de hoteles, carreros y cocheros, esperan en la puerta á las familias.

La familia española es la característica: las libertades de los nenes, el orgulloso continente de las damas, lo ladino de las criadas y la suficiencia del señor que tiene muchos pesos, todo cae por tierra; ellos imponen su idioma, recurren á las señas, buscan entre aquel tumulto un intérprete. Si hay un hábil en el círculo, ese es la víctima.--¿Qué es lo que dice?--Recomiéndele vd. mi perico.--Dígale que ese es mucho dinero ganado por mi marido con su sudor y su trabajo.--El yankee urge, el intérprete dice lo que se le antoja.--Las viejas claman: "Ordinariote, salvaje," y los señoritos infatuados traducen á su modo el _all right_, el _go ahead_ y las palabras no muy cultas de la gente de látigo.

Teniamos decidido parar en el _Hotel de San Julian_ (Sn. Julien Hotel): entramos en un ómnibus, dimos las señas, y adelante.

Ibamos viendo altísimas casas de opulencia suma, anchas banquetas como para contener diez personas en fila marchando con desahogo, diáfanas paredes de cristales, porque así puede llamarse á la sucesion no interrumpida de aparadores, y el tumulto de sombreros y sombrillas, castañas y gorros en las banquetas, y de ómnibus, coches, _buggies_, diligencias y wagones en el medio de la calle.

La gente me parecia que iba como á una gran festividad, tanto así me deslumbró el lujo. Uno de los amigos que nos acompañaba nos decia:

"Esta es la famosa quinta avenida: la piedra de que están fabricadas esas casas es la de moda, _Brown Stone_ (piedra morena).

"Las ventanas que sacan el ojo al ras de la banqueta son de los comedores; esos que remedan balcones son de las grandes salas de alfombras turcas, de candelabros gigantes, de ensueños de porcelana y cristal, de oro y de sedas.

"¡Qué escaleras! qué pórticos y qué profusion de magnificencia! Ese es el Hotel Everett, uno de los más opulentos: se puede calcular el precio por persona en diez pesos; pero es soberbio, y aun los hay mejores.... Fíjese vd. en esa estatua ecuestre: es la célebre estatua de Washington, con su sombrero en la mano; parece derramada el alma del héroe en la felicidad de su pueblo."

¡Hermosa plaza! los niños corren con sus aros y las nodrizas empujan las carretelitas de los bebes.--Ya sabrán vdes. la historia de aquella mano.--Parece brotar de aquella fuente polvo de cristal....

Instalados en el hotel, y descansando con los ojos cerrados en mi cuarto, me parecia el recuerdo de un delirio la memoria de mis primeras impresiones.

Dormia, en la más prosaica acepcion de la palabra, cuando de tropel entraron á mi cuarto unos chicos de buen humor y me arrebataron en medio del ruido tumultuoso, entre miles de carruajes que hacen peligroso el tránsito, á que viese un teatrito de segundo órden, frecuentado por gente alegre.

Sabian mi propósito de verlo todo para todo contarlo, de escabullirme en encrucijadas y vericuetos, en régios salones y en _meetings_ tempestuosos, de llevar mi daguerreotipo frente á la Aspacia y á la Lucrecia, lo mismo reproduciendo el palacio espléndido, mansion del opulento, que la oscura buhardilla, antro de la miseria.

Era de noche: la parte alta de la ciudad, con pocas excepciones, se percibia oscura y desierta; era una masa negra y maciza, como un muro inmenso; pero ese muro se rompia de trecho en trecho, en claros de luz deslumbradora, como una compuerta que por sus grietas dejase salir las aguas.

Sobre el muro se iba alargando el horizonte sembrado de estrellas, ó se rompia expansiéndose en bocacalles y plazas.