Viaje a los Estados Unidos, Tomo II
Part 17
La estacion tiene un aspecto comun: una de sus puertas laterales da á un alegre hotel que se llama _Spencer_. Los criados del hotel se apoderaron de nuestras maletas, nosotros les seguimos: yo, con el rabo del ojo, ví una larga calle que me dijeron que conducia á la catarata.
El hotel tiene únicamente dos pisos: es cuadrado, con un aspecto de decencia y alegría que mucho simpatizan.
A la derecha de la entrada se encuentra el despacho, con su amplio mostrador y su gran libro para que se inscriban los viajeros.
Las paredes están tapizadas con vistas del Niágara de todos tamaños, y hay una mesita en que se expenden guías, descripciones, medidas, consejos y todo lo que se quiera para conocer la catarata.
A la izquierda de la entrada está el _parlor_ ó salon de tertulia, con su gran chimenea, que ardia en esos momentos, alfombras, piano, candil y todo el aspecto de exquisita elegancia.
A dos pasos del _parlor_ se ve el comedor, de techo bajo, pero con luz bastante, un laberinto de columnillas blancas y esbeltas, y multitud de mesas con servicio blanco y cristal finísimo: en cada mesa habia, moviéndose con cuerda, un aparato muy curioso para espantar las moscas.
En la parte alta del hotel admiré el saloncito de recepcion, con una gran ventana cuyo marco está revestido de preciosas enredaderas llenas de flores.
Los compañeros y yo nos acomodamos perfectamente, dejándome todos por deferencia un cuarto desde donde se ven los pinos que se avecinan á la catarata y se escucha su rumor imponente.
Gomez del Palacio me compraba guías y me tenia listo lápiz, porque yo tengo por costumbre inveterada perder uno cada cinco minutos.
Cuando estaba almorzando, contraje conocimiento con unos italianos, entre los cuales habia uno afectísimo á México, que me agobió á preguntas.
Llamábase Toretti, y es de tan pristina inocencia, de candor tan columbino, que realmente fué para mí su encuentro una novedad.
Toretti es pintor, y pintor en mi juicio de sobresalientes dotes; hizo su primera educacion en un colegio de Jesuitas en su país, y fué á los Estados-Unidos con la leche en los labios.
Gallardo de presencia y culto de maneras, pero lleno de encogimiento; apasionado, pero tímido; entusiasta, pero susceptible y retraido; enamorado, pero cobarde delante de una mujer, cada paso suyo era una aventura y cada uno de sus arranques de ternura le habia costado un viaje peligroso, un naufragio, y andar á cuchilladas con los hijos de Guillermo Penn.
Miéntras en pláticas sabrosas habia pasado el tiempo con mi amiguito Toretti, mis compañeros se proveyeron de coches para ir á la catarata, y nos pusimos en marcha.
La ancha calle que recorriamos es de amplísimas banquetas, en las que estaban expuestos, géneros, comestibles, juguetes y artículos de comercio de todas clases.
Muy frecuentemente íbamos percibiendo en los aparadores de cristales gigantescos, objetos característicos de la localidad, como sombreros, bastones, aderezos de cuentas relucientes, mancuernas, pulseras y chucherías, de las que hay grandes almacenes y de las que hacen cuantioso consumo los viajeros.
A medida que avanzábamos, y á pesar del ruido de los coches, sentiamos estremecido el viento por el rumor sordo y estupendo de la caida de las aguas, en aquella espectativa silenciosa y grave de cuando nos creemos en la proximidad de algo maravilloso.
Detuviéronse los carruajes á poca distancia de una grande abra de la tierra, desde donde se percibian del opuesto lado hoteles y quintas entre arboledas, señalando el lado del Canadá, como se sabe, perteneciente á los ingleses.
"Todas esas márgenes del Niágara hasta el Lago Ontario, dice Zavala, han sido el teatro de una guerra mortal en los años de 1812, 1813 y 1814, entre los americanos y los ingleses. En el lado izquierdo del rio, diez millas de la catarata abajo, hay una columna de granito de más de cien piés, elevada sobre una colina, en memoria del general inglés Brok, muerto en una accion contra las milicias americanas, en Octubre de 1812. Es de notar que las tropas inglesas eran todas de línea, mandadas por generales aguerridos, educados en las campañas de Europa: tales eran los generales Treeddale, herido mortalmente en la batalla de Chippewa; Drumond, herido igualmente, y Riall, hecho prisionero. Los generales americanos Brown, Scott y Ripley se manifestaron dignos de tales enemigos, aunque nunca habian estado en accion alguna de guerra. El general Scott, que dió bastantes pruebas de valor é inteligencia en las acciones de Chippewa y Bridgewater, era poco ántes un abogado de fama en el Estado de Virginia. La primera accion en que se vió fué en la de Queentown, en que murió el general Brok."
Me sacaron de mis reflexiones los amigos que me excitaron á asomarme á una especie de pretil semicircular, desde donde se ve la barranca profundísima abierta en una extension como de trescientas varas, con sus paredes tortuosas, abigarradas, con rocas inmensas como al desprenderse de los muros arcillosos, con sus aguas verdiosas en el fondo, llevando en su superficie ampollas blancas de los hervores de la corriente.
A mi frente se veian las risueñas casitas, los hoteles y edificios del lado del Canadá, con sus paredes blancas, sus persianas verdes y sus corredores y jardines alegres.
A mi derecha se distinguian dos altísimas torres en la extremidad del puente, que parecia suspendido como para una excursion en el espacio, corriendo como en vecindad de los cielos los carruajes y la locomotora, arrastrando su cauda de edificios de madera, como si fuesen á colonizar sobre las nubes.
A la izquierda, se hundia en recodo una de las cataratas, que se adivina, que se escucha y que la cria fantástica la mente, como cuando por la voz queremos adivinar la fisonomía de una persona: alzando la vista se perciben las puntas de los pinos, y ese ramaje que semeja al candelabro, que remeda el brazo y que tiene algo de severo y humano visto de léjos.
Se angosta el terreno como que se cierra en un punto, y allí clarea, se reviste de oro una imponderable masa como de plata fundida, que parece que no corre sino que está suspendida como la seccion despedazada de un arco. Esto se percibe entre un remolino de polvo de agua, que brilla y reverbera, se une en combinaciones luminosas, se desparce en ráfagas de cristal, de perlas y diamantes de maravillosa belleza.... Pero como todo es incompleto, todo por indicaciones, la sensacion se semeja á la duda de la realizacion del presentimiento, embriaga el anhelo, se teme que la mente supere á la realidad del espectáculo, que nos hemos prometido y que nos han prometido nuestros recuerdos.
Quitéme de aquel lugar, porque por una angosta puertecilla habian entrado mis compañeros á un cañon oscuro, y estaban como en la amplia cornisa de un declive rapidísimo, formando tubo y dejando percibir á lo léjos una claraboya desde donde se veian aquellas aguas verdes y espumosas.
Acostumbrados mis ojos á la oscuridad, distinguí dos ferrocarriles que descendian paralelos. En éstos hay unas como cajas de carretela abierta en que se acomodan los viajeros, haciendo una compensacion mecánica de movimientos, que miéntras los unos bajen, los otros asciendan con la mayor comodidad.
No obstante; lo desconocido del modo de viajar, la oscuridad, la presencia del rio hirviente como fin del viaje y la rapidez con que se desciende, algo afectan; tiene un no sé qué de descenso á los infiernos, que de fijo habria aprovechado Orfeo, cuando tuvo la estúpida ocurrencia de buscar tan léjos á su mujer.
Los muchachos de la comitiva bajaron cantando, y unas señoritas viajeras poetizaron el viaje con sus cuchicheos y su alegría. Llegamos á Table Rocke.
Aún permanecia el hielo en los grandes trozos de roca saliente, que en atrevido semicírculo se avanzan sobre el rio en derrumbamiento espantoso, y dejando dispersos peñascos de inmensa grandeza, que forman, medio sepultados en las aguas, un espectáculo magnífico y salvaje.
No obstante que el hielo medio se desmoronaba; aprovechando las sinuosidades de la piedra; embarrándonos en el muro, ascendiamos á buscar el punto de vista más adecuado.
Susto, asombro, curiosidad invencible me arrastraban: el estruendo de las aguas, las corrientes, los árboles como suspendidos en las alturas, algunas flores meciéndose en las crestas de las rocas.
Mis piernas flaqueaban, mis amigos acudieron á mí y me llevaban como en peso; estábamos en las ruinas de madera de un elegante _kiosko_, en un recodo desde donde se percibe el aplastamiento de tersa roca, desde donde verifican su salto inmenso las aguas.
Enganché mi brazo á un pilar de fierro que estaba en pié; casi suspendí mi cuerpo en el aire, y ví....
Era un piélago inmenso que se tendia y colgaba en una extension que me pareció inconmensurable; sus gruesos pliegues como columnas de alabastro; sus derramados lienzos como cristal; sus encrespados tumbos como plata fundida; el polvo de las aguas como llama disuelta, como ráfagas de rubí, como partículas de oro; y la luz errante, enamorada, enloquecida, saltando, perdiéndose, rielando, riendo, cantando, sobre la insurreccion tremebunda del ruido, de los colores, de los vientos y de los cielos, y á los piés el abismo como apoyándose en las rocas y alzándose para devorar tanta grandeza.
Dios, patria, humanidad, todo querian invocar ó ensayaban maquinalmente mis labios; pero me llenaba el infinito.... Dios hablaba.... ¿á qué el átomo?.... ¿qué tiene que ver con esa sublimidad la voz de la materia?.... ¡Mortal, mortal!.... siente á Dios.... y adóralo!......
No sé por qué mi cuerpo se sentia estremecido en todas sus fibras.... me estaba ahogando el llanto.... ¿qué sucedió de mí? ¿qué sentí? ¿cuánto tiempo duró mi entrevista con Dios?.... yo no lo sé....
Condujéronme mis compañeros á otro punto, desde donde se percibe la gran catarata llamada "Herradura de caballo."
El muro de roca se retira y se hunde, formando una imperfecta herradura en lo alto, como de un banco enorme de toda la anchura del rio; la masa imponente de las aguas se derriba majestuosa y cae compacta, dejando surcos y canales que reverberan como si se derritiera el alabastro; pero la mole es tan estupenda, tan _sólida_, por usar algo de análogo á mi sensacion, que no es el torrente que salta, se precipita y se estrella en el abismo; es un mar que sucumbe, que desfallece y muere.
La caida se percibe en extension corta, relativamente hablando, porque hay sembrados en aquel abismo peñascos gigantescos, secciones de montañas, ruinas estupendas del cauce, y en esos laberintos de rocas, y en esos despojos de granito, la caida poderosa se despedaza, ruge, como que quiere levantarse de nuevo, desgarrándose, desmenuzándose y envolviendo el conjunto en una inmensa polvareda de agua, que se plega y se desplega como gasa leve, y sobre la cual brillan despedazados y como en girones, los fragmentos del íris.
Y no es el trueno, no es la voz de Dios de que habla Heredia: es un estertor de muerte; es el suplicio de la grandeza terrena, proclamando á Dios al perderse en el caos; es una grandeza que se desvanece en la nada ó el misterio, como las grandezas humanas.
La catarata de Table Rocke es el himno; ésta grave y sombría; es canto solemne que tiene vibraciones de muerte.
En medio aquel espectáculo de aniquilamiento, cuando el horizonte lo cierran las aguas que perecen; en un rincon apartado bajo el azul del cielo, los pinos, los castaños y la pompa de una vegetacion fantástica, como que se asoma al abismo á contemplar la catástrofe de las aguas, prometiendo al espectador la resurreccion de la naturaleza apacible y risueña....
Esos árboles pertenecen á la Isla de Goat, que bifurca la corriente del gran rio que veremos despues.
Los compañeros y yo, costeando los bordes del abismo y atravesando por entre hermosas casitas blancas con sus jardines esmeradamente cultivados, llegamos al gran puente colgante, citado con justicia como una de las maravillas del Niágara.
El _puente nuevo_ estriba en cuatro gigantescos pilares ó torres cuadradas: dos están en la tierra firme de un lado del barranco, y dos del extremo opuesto.
El ancho de pilar á pilar en uno y otro extremo, es de más de diez varas. El largo del puente, ó sea la distancia de borde á borde del abismo sobre que el puente se suspende, es de cerca de trescientas varas, es decir, más largo que la calle de Tacuba ó la de Zuleta.
De lo alto de los pilares se entretejen cables de alambre de fierro, formando de aumento á disminucion, tupidas redes ó hamacas en que cuelga y descansa con robustísimos afiances, la tremenda canoa ó jaula que forma el puente.
Esta canoa tiene dos pisos, con sus enverjados de fierro y madera y la forma de una dilatada galera; por ella, con la mayor seguridad, atraviesa la gente de á pié.
La parte superior ó azotea del edificio, está defendida en sus lados por robustos y bien labrados barandales, como en amplísimo corredor. El centro es la vía férrea, y por allí, estremeciendo el puente, repicando su campana triunfal, con su cimera de humo y de llama suspendida sobre el abismo, en cuyo fondo muge el torrente, cruza la locomotora llevando como cauda los pueblos y los gérmenes de la confraternidad universal. ¡Vaya vd. ahora á copiar numeritos de alturas y dimensiones! ¡pues no faltaba más!
Desde el centro de ese puente se perciben las dos cataratas, las islas de Goat y las Hermanas, con sus hileras de árboles gigantes, las poblaciones americana é inglesa, y el rio que turbulento, encrespado y terrible, corre, despedazando sus entrañas, al cataclismo, como arrebatado por la fatalidad.
En aquel conjunto, entre aquella imponderable grandeza, el Niágara mismo es un episodio desnudo de la imponente majestad de cuando se le contempla en su tremebundo aislamiento.
A la entrada y la salida del puente, los buitres aduanales hacen de las suyas, porque siempre el contraste es más saliente cuanto mayor es el teatro en que se establece.
El lado del Canadá es alegre y florido: la poblacion está como en el descenso ó arruga de una loma.
En la parte que da al camino, están situados los grandes hoteles, casas de comercio y oficinas de fotografía.
A la llegada cercan al viajero, le instan é importunan los repartidores de anuncios, vendedores de fotografías, mozos de fondas y _restaurants_, y todos esos enjambres escandalosos que imponen un contingente de paciencia á todo el que arriba á una poblacion de por aquellos mundos.
A la izquierda nos acompañaba el torrente; á la derecha los blancos edificios, entre árboles y flores.
Llegamos por el borde del rio á una especie de garita, que nos dijeron llamarse la _Cueva de los vientos_, aunque de estas cuevas hay varias del lado americano.
En la garita nos instruyeron que en aquel punto se descendia por una escalera de palo, se atravesaba una plataforma saliente muy resbaladiza y peligrosa, aunque defendida por barras y barandales de fierro, y se disfrutaba, bajo la caida de la "Herradura," de un espectáculo terrífico y sublime.
En aquel lugar se provee á los viajeros del descenso arriesgado, de calzado y vestido de hule con su capucha, quedando cada prójimo como un dominó.
Iglesias, Gomez del Palacio, Lancaster y otros compañeros, adoptaron el disfraz; lo mismo hicieron dos señoritas mexicanas, en medio de los generales aplausos.
Yo renuncié al descenso, y miéntras la comitiva desapareció debajo de la tierra, seguí el borde del rio, y hallé, ántes de un magnífico hotel que se llama "Prospects," y del que todas las ventanas dan á la catarata, una empinada escalerita escurriéndose al pié de la gran caida.
El piso superior de la escalera se vuela sobre lo que se llama la "Herradura."
Vese allí en toda su extension el rio sembrado de rocas enormes, entre las que llega chocándose y despedazándose la corriente, alzando plumeros de espuma y polvo: es como media legua la extension. Entre las olas hirvientes crecen el encino, los robles y los pinos de las islas, y la soledad llena de estrépito, remeda una poblacion de espíritus que nos aturden y subyugan.
Llegan las olas hervidoras, como que se enfrenan y comprimen en un semicírculo inmenso de peñascos gigantes, y allí se ahogan y espiran cayendo verdiosas como vidrio fundido, y rindiéndose al precipitarse en aquel derrumbamiento sublime.
El mar espirante se doblega, se aterra, cae á plomo, no se abalanza rugiente al espacio, no se arroja impetuoso, sucumbe exánime como un gladiador hercúleo que inclina la cabeza sobre su pecho para espirar; y así como el humo es el esqueleto de la llama, el polvo de agua es el espectro de la catarata que se eleva ceñido del íris, como un fantasma de la inmortalidad.
En aquel punto no percibí, como todos dicen, circular la caida: á mí me pareció como una escuadra formada por las rocas.... A pocos pasos de mí, un niño, sonriendo, tiraba piedrecillas y se divertia viéndolas desparecer en el raudal caudaloso de las aguas que caian....
Los chorros blancos parecian colgar de lo alto del abismo, la boca del abismo derramaba luz sobre la espuma, las puntas de las rocas eran como cabezas humanas que salian del abismo.
Con miles de trabajos, arrastrándome, sintiéndome inseguro, y en posturas que no eran para exhibidas, razon por la cual no me uní á mis compañeros, descendí hasta un punto en que la escalera se estremecia, y estaba como colgando sobre el abismo, bañándome las chispas de agua que se desprendian de la catarata......
Alcé los ojos, y los volví á cerrar con terror: aquel derrumbamiento, aquella caida, es superior á lo que el delirio mismo puede fingir ni la mente humana alcanzar; era como el desbaratamiento del universo, como si se asistiera al quebrantamiento de la tierra, al desplome de los astros. El trueno, el huracan, la tiniebla, la luz moribunda, la vida en su desquiciamiento estupendo.
¡Sublime Dios! aquellos mares no alzan con su revolucion tremenda una burbuja en el océano de tu eternidad! El espíritu planea sobre estos prodigios, como el águila en los vientos, y en la aspiracion á lo eterno, desparece, como la película de la hoja, este conjunto de maravillas!.... ¡Sublime Dios! alza á tí mi sér; suspéndelo contigo en el infinito, revélame los horizontes de tu grandeza; y esta emocion que se derrama de mi alma como ese inmenso raudal, me identifique contigo, mi fuente, mi raíz, mi padre!....
¿Qué templos, ni qué fórmulas, ni qué palabras pueden contener lo que tú proclamas con esa majestad sagrada?....
Regresé de mi excursion, y mis compañeros duraban en la suya. Entréme entónces en un establecimiento cuyo primer piso lo forman un Museo y un almacen.
Se asciende por una escalera pequeña y se encuentra uno en un precioso mirador de cristales, circular y rodeado exteriormente por un corredor ó faja estrecha, con su balaustrada de cantería.
La vista que se disfruta desde allí, es magnífica: por una parte, el rio y las cascadas; al opuesto, edificios, tendidas sementeras con arboledas en sus confines; por aquel extremo, la poblacion americana; por el otro, el primero y segundo puentes, columpiándose sobre el abismo y dejando ver como en las nubes la locomotora y los elegantes carruajes abiertos que conducen á los sitios de placer.
Paredes, columnas, marcos y vidrios, están materialmente cuajados de millones de nombres, de inscripciones, firmas y recuerdos de los viajeros: el mirador es como un álbum inmenso en que parecen registrados los nombres de todos los mortales. ¡Impotente esfuerzo del renombre! delirio infantil de la vanidad! protesta contra lo efímero y perecedero de la existencia humana!
Me entretenía en recorrer el álbum singular de que acabo de dar idea, cuando fueron brotando de la cueva los viajeros del otro mundo, que me refirieron, cuando subieron á la torrecilla, sus impresiones.
Al descender de la torrecilla, vimos á los dos lados del pasadizo que da á la calle, dos departamentos: el de la izquierda, que es una especie de Museo, con curiosidades geológicas; y el otro, un almacen en que se expenden esas mil chucherías que son la ambicion de los viajeros y el encanto de las ciudades.
Aderezos deliciosos de piedras blancas y trasparentes, pulseras, cruces, aretes, estrellas, bastones de las ramas de los árboles que circundan la catarata, y todo un repertorio de objetos de gamuza bordados de piedrecillas y cuentas nácares, azules, blancas y verdes.
Gorrillas caprichosas, _theuas_, pecheras y yo no sé cuántas fruslerías dispuestas con admirable coquetería.
Pero la parte sustancial del riquísimo almacen son las vendedoras, porque de luego á luego se ve que su sin par hermosura y sus gracias, entran como parte muy principal en la especulacion.
Cada una de aquellas sirenas del Niágara, lujosamente vestida, con voz angélica y mirada amorosa, se apodera de un viajero, y le sonríe, le conduce, le mima, mostrándole primores.
Aunque el comprador tenga de granito las entrañas, aquellas sonrisas le conmueven, afloja los cordones de su bolsillo, y se hunde; por supuesto que el dengue, y la sonrisa, y la mirada, se incluyen en las facturas, y son fabulosas las exhibiciones.
Mis lectores, que poco más ó ménos conocen la calidad de sus compatriotas, se harán cargo, por esta indicacion, de lo que serian en aquella estancia, al medirse las proponentes las sogas, dejando al descubierto el seno de alabastro; al pugnar por ajustar una pulsera al hijo de Moctezuma; en una palabra, al entretenerse en trato íntimo con aquellas _mercadelas_ tan provocativas y seductoras.
Los jóvenes que hicieron allí sus compras, se desmorecieron, se despilfarraron y salieron con cargamentos de soguillas, cuentas y abalorios.
A poca distancia del Museo, un saltimbanqui nos invitó, _por cuanto vos_, á que pasásemos á un cuartito circular completamente á cubierto de la luz.
El cuartito es una muy curiosa cámara oscura, en que sobre una mesa cubierta con un lienzo blanco, se disfrutan en miniatura y en movimiento, los paisajes ya descritos.
La oscuridad completa, las exclamaciones de viajeros y viajeras, y la novedad de aquel cuartito contingente, no dejan de tener su atractivo.
Tomamos unos carruajes y dijimos á los aurigas nos llevasen al puente colgante antiguo, que está como á dos millas de la catarata: fué construido bajo la superintendencia de M. Roebling, y tuvo de costo quinientos mil pesos.
Los wagones del ferrocarril Great Western, pasan por el puente á unirse con el ferrocarril central de Nueva-York.
Ahora sí que no se escapan mis lectores de que les copie las dimensiones de este gigantesco puente:
Extension de los palmos de centro á centro de las torres 822 piés. Altura de las torres del lado americano 88 Idem en la parte del Canadá 78 Idem de los rastrillos sobre el agua 258 Número de cables de alambre 4 Diámetro de cada uno 10-1/4 pulg. Número de alambres en cada cable 3,659 Fuerza agregada á los cables 12,400 ton. Peso de la superestructura 800 Cargas máximas 1,250 Peso máximo que pueden soportar cables y extendederas 7,309
NOTA.--Los primeros alambres fueron echados al través del rio por medio de un papelote. (_Cop._)
Poco más abajo del puente, del lado americano, nos apeamos para ver, como á media milla, lo que se llama Whiripol, el Vórtice ó la Olla.
El rio se inclina á la derecha entre derrumbamientos de roca y forma como un arco; las aguas, al estrellarse en la inmensa curva y retachar en el muro frontero, forman un tremendo remolino, desgarrándose y levantando altísimos plumeros de agua en proceloso tumulto.