Viaje a los Estados Unidos, Tomo II

Part 12

Chapter 123,906 wordsPublic domain

Bajo aquellos tejados, entre aquellos cajones, arpilleras y barrilaje amontonado, vimos un farolillo colgado, pero colgado como para poner en un suplicio la luz....

Por un movimiento indeliberado, penetré á donde estaba ahorcándose de un cordel la luz, como queriendo suicidarse, y á su luz, en aquel patio extraño, descubrí medio borradas las letras que en otro tiempo eran el aviso triunfal de _Baranda-house_.

Nos sucede frecuentemente á los viejos, que encontramos un bulto en la calle.... esa no es una mujer, es una calamidad, es un personaje de pesadilla.... es corcovada.... entre un desmoronamiento de facciones torcidas, arrugadas, distinguimos una boca diagonal, desdentada, náufraga; pero nos fijamos en los ojos; ¡cómo! ¿es ella....? es la mujer que nos embelesó de hermosura y ante quien nos embriagamos de admiracion y voluptuosidad.... y la dueña saca un brazo de esqueleto y nos tiende la mano carnosa, y nosotros queremos pedir socorro para que se aleje la vision.

Tal fué la impresion que me produjeron el patio inmundo, las tablas arrancadas, el conjunto de ruinas del hotel, que despertaba de una manera enérgica mis recuerdos.

Retrocedí á donde estaban mis amigos, y como habian dudado de la existencia del hotel, al ver frustradas mis diligencias por encontrarlo, "vengan vdes., les gritaba, vengan aquí.... allí tienen vdes. la habitacion de Juarez; más adelante estaba Ocampo.... Leon Guzman, Cendejas y yo por aquel corredor.... en esa extremidad pasaba sus horas Manuel Ruiz...." y estos recuerdos iluminaban mi alma y como que exigia mi voz cariño y homenaje á los hombres eminentes que en primera línea figuraron en la grande epopeya de la Reforma.

Juarez, con toda su elevacion, se imponia en mi memoria; su frente despejada y serena, sus ojos negros llenos de dulzura, su impasibilidad de semblante, su cuerpo mediano, pero desembarazado y airoso, su cabello lacio y como de azabache, cayendo en abiertos hilos sobre su frente.... todo queria se apareciese á los demás.

Remedaba yo á Ocampo con su largo cabello cayendo hácia atrás, su faz redonda, su nariz chata, su boca grande, pero expresiva, su palabra dulcísima y sus manos elocuentes, porque accionaba de un modo, que las manos eran el complemento y la acentuacion de la palabra.

Juarez en el trato familiar era dulcísimo, cultivaba los afectos íntimos, su placer era servir á los demás, cuidando de borrar el descontento hasta en el último sirviente; reia oportuno, estaba cuidadoso de que se atendiese á todo el mundo, promovia conversaciones joviales, y despues de encender, callaba, disfrutando de la conversacion de los demás y siendo el primero en admirar á los otros. Jamás le oí difamar á nadie, y en cuanto á modestia, no he conocido á nadie que le fuera superior.

Se me ocurren, entre otras, tres anécdotas que pintan el carácter de Juarez, y me van á perdonar mis lectores que se las refiera:

Llegamos á Veracruz de noche: el Sr. Zamora tenia dispuesta una casa con lujo para las personas del Gobierno: la seccion correspondiente al Sr. Juarez, como era natural, era la mejor; pero la primera noche que nos quedamos allí hizo el mismo Sr. Juarez un cambio, ordenando que el Sr. Ocampo y yo quedásemos en sus habitaciones, y él pasó á las nuestras, que tenian inmediato el baño; porque lo mismo en Veracruz que en el Paso del Norte, se bañaba diariamente el Sr. Juarez, que era sumamente aseado.

La jarochita que gobernaba la casa no supo de este cambio; así es que al siguiente dia de nuestra llegada, pidió agua el Sr. Juarez y algo que necesitaba: la salida del hombre que pedia á la azotehuela, su traza, ó lo que se quiera, produjo enojo en la gobernadora de palacio, y le dijo: "Habrá impertinente! Sírvase vd. si quiere." Juarez se sirvió con la mayor humildad.

A la hora del almuerzo llegó Juarez á ocupar su asiento: la negrita lo vió, reconoció al que en la mañana habia creido un criado.... y haciendo aspavientos y persignándose, salió corriendo, diciendo la barbaridad que habia cometido. El Sr. Juarez rió mucho, y Dolores fué conservada como excelente servidora.

Recien llegado el Sr. Alvarez á México, el Sr. Juarez, que era ministro de Justicia, concurria conmigo al Teatro Nacional: nuestros asientos estaban juntos.

Una noche dilató el Sr. Juarez, y uno de estos foráneos cerreros, de primera silla (así llamaremos á su levita), se apoderó del asiento de Juarez, se colocó su sombrero ancho entre las piernas, y se entregó, con su gran promontorio de cabellos, á ver la ópera.

Juarez llegó á la mitad del acto, se acercó al ranchero pidiéndole el asiento....

--Pus qué no he pagado?.... váyase el roto á buscar madre....

Juarez se retiró á otro asiento: en el entreacto fué el acomodador á explicar su falta al ranchero, diciéndole que era del señor ministro de Justicia la luneta....

--¡Ave María Purísima! dijo el ranchero, poniéndose las manos en la cara.... ¡Ave María! pus buena la hice.

Dirigióse el ranchero á satisfacer al Sr. Juarez, quien no permitió que se le molestara, y le suplicó que siguiese en su asiento: aquel ranchero, cuyo nombre no recuerdo, nos prestó años despues, muy importantes servicios entre Guadalajara y Colima.

En la correspondencia que mantenia el Sr. Juarez con personas notables de Madrid, se hizo notar la correccion y facilidad con que manejaba el idioma español, sus giros castizos, la gala de diccion; y fué tan notable esto, que le escribieron felicitándole por ello, y no recuerdo bien si ofreciéndole que seria socio correspondiente de la Academia Española.

El secretario del Sr. Juarez contestó generalidades con exquisita cortesía.

Cuando el secretario dejó de estar presente, escribió el Sr. Juarez al pié de su firma una posdata que decia, poco más ó ménos, que la correccion de sus cartas y su buen estilo, se debian al Sr. D. Pedro Santacilia, su secretario, quien era acreedor á las favorables calificaciones que se le hacian; que él no tenia parte en la redaccion de la elogiada correspondencia.

Pero no tratamos de la biografía del benemérito de América. Volvamos al hotel de Baranda Conti.

Mis compañeros, y los amigos que con nosotros paseaban, se agolparon bajo el farolillo, y oian al parecer con marcado interes la relacion de las aventuras de _la familia enferma_.

Uno de aquellos señores, para mí de mucho respeto, me instó para que contase lo sucedido en Guadalajara cuando la revolucion de Landa. Yo quise excusarme, porque figuré en aquella escena; jamás en veinte años habia desplegado sobre este particular mis labios, no obstante las mentiras que he visto estampadas en las biografías del Sr. Juarez.

--Ahora no se escapa vd.

--No, señores.... voy á darles gusto.... y como dice el poeta, á hacer que se escuche la voz de mis dolores.

"El año de 1858, fué para la historia de la Reforma el año novelesco por excelencia."

Comonfort, retrocediendo espantado de su obra, hundiendo su prestigio y su gloria en el lodo sangriento del golpe de Estado. Juarez, preso primero en el jardin de Palacio, en las mismas piezas en que el motin militar se desbordaba en corrientes de fanfarronería y de cinismo; despues organizando su fuga con Sabás Iturbide y Nicolás Pizarro Suarez; al último, frente á frente de Mejía, en San Juan del Rio, con Manuel Ruiz, debiendo su salvacion á su sangre fria inverosímil.

Ramirez, cayendo, en union de Morales Puente en Arroyozarco, en poder de Mejía, quien pretendió fusilarlo al momento, salvándose Joaquin Tellez, Bablot y Mateos milagrosamente de aquel trance, por el propio aturdimiento de los aprehensores.

Degollado, saliendo á caballo como demandero cuitado entre envoltorios, por la garita de San Cosme, mústio y despreciable, y apareciendo ante sus perseguidores al momento de aprehenderlo, temerario, arrollándolos y vitoreando á la Reforma á las puertas de México.

Y yo, favorecido primero por Martin Chavez, gobernador de Aguascalientes, despues precipitándome en un barranco en Omealca para escapar á la muerte, llegando á Querétaro por el Cimatario, arreando unos burros disfrazado de arriero, y cayendo en los brazos de Doblado, quien me recibia con el nombramiento de ministro del Sr. Juarez, con asombro y contentamiento de mis compañeros los burreros.

Y á pesar de todas estas peripecias, la revolucion de tres años era alegre, ardiente.... se llevaba á los pueblos la buena nueva de su regeneracion.... las almas despertaban á la luz del progreso, se producia espontáneo lo épico y lo grande, y nos creiamos grandes, porque no media _nuestras tallas_ el ministro tesorero, sino el verdugo.

Así, en medio de la conmocion universal, se instaló el Gobierno en Guanajuato, donde Doblado y D. Francisco de P. Rodriguez, fueron los colaboradores más eficaces de nuestros trabajos.

La proximidad de la batalla que terminó con la derrota de Salamanca, hizo precisa la salida del Gobierno General de Guanajuato, con direccion á Guadalajara.

La salida se verificó en la noche en los guayines que tenian por nombre _sillas de posta_, que yo establecí, é iban en esa vez con los lienzos negros echados, con criados que llevaban hachas encendidas á los lados del convoy, que tenia el aspecto de convoy fúnebre y que veian las gentes pasar en silencio, como si se tratara de las exequias á la libertad.

A mí me designó el Sr. Juarez para que quedase representando al Gobierno en Guanajuato, y para la conclusion de importantes arreglos que pude llevar á cabo en medio de una tremenda agitacion, con el auxilio de Ponciano Arriaga y de Francisco Cendejas, ambos patriotas eminentes y amigos muy queridos de mi corazon: de allí marché á Guadalajara.

La derrota de Salamanca aconteció el 10 de Marzo; el dia 12 se recibió la noticia en Guadalajara; al concluir de leerla Ocampo, el Sr. Juarez se volvió á mí chanceando, y me dijo: Guillermo, _ha perdido una pluma nuestro gallo_. Juarez era la personificacion de la fé en la Reforma, y por eso triunfó.

Citóse junta para las ocho de la mañana del 13.

Ahora está de todo punto cambiado el palacio de Guadalajara: procuraré reunir mis recuerdos para describir, aunque sea muy imperfectamente, cómo se encontraba entónces.

El edificio, como ahora está, es un gran cuadrilongo dividido en dos secciones ó patios, el exterior y el interior.

El exterior, que da en su frente con sus balconerías á la plaza y á las calles laterales de palacio, estaba ocupado en su mayor parte por el ministerio de Hacienda, que yo servia; la ala derecha, comenzada por un pequeño despacho del Sr. Juarez y piezas corridas habitadas por los Sres. Juarez y Ocampo: en esa ala se hallaba el comedor y un angosto pasadizo que comunicaba ambos patios: formaban el fondo de ese corredor dos departamentos. El uno, que es hoy el salon de la Legislatura, servia para el Tribunal de Justicia; el otro estaba destinado á capilla: el ala izquierda tenia un cuarto pequeño en que yo dormia, y adelante estaba el ministerio de Gobernacion, que desempeñaba Cendejas en calidad de oficial mayor, por ausencia del Sr. Degollado.

El salon del Tribunal de Justicia era bastante espacioso: tendria de veinte á veinticinco varas de largo, por diez ó doce de ancho. Lo dividian, como en tres naves, columnas robustas y elevadas.

Antes de llegar á su término el salon, se abria una plataforma con su balaustrada, gran dosel y vistosa sillería; á los lados de la plataforma habia dos cuartitos de cuatro varas de ancho por seis de largo, con ventanas que daban al segundo patio: en una de esas piezas despachaba y en la otra dormia el Sr. ministro D. Leon Guzman.

Poco despues de las ocho de la mañana estábamos en la junta, en el despachito del Sr. Juarez.

Al atravesar el corredor ví el patio, al que daba el sol en un lado; en el resto habia fresca sombra, barrian y regaban el patio unos soldados; dos caballos hermosos estaban atados á los pilares, sostén del corredor.

En la primera puerta que daba á la calle habia abocada una pieza de artillería, que relumbraba con el sol; sobre la cureña estaba sentado un soldado con la cabeza inclinada, y el escudo de su chaca tambien reverberaba con el sol. Yo no sé á qué vienen estos detalles; pero me caen de la pluma sin quererlo, y obedezco á ese impulso inmotivado.

Parece que veo á mis compañeros en el despacho del Sr. Juarez. Este se hallaba con su característico frac negro, atento y fino como siempre: junto de la mesa estaba Ocampo, Cendejas al frente, Leon junto al balcon y yo á la izquierda de Ocampo.

Acordáronse varias disposiciones para proveer á la seguridad de la plaza, pues se notaba alguna inquietud, y se consultó al general Núñez, valiente jefe, distinguido caballero, pulcro como nadie y de una fidelidad probada.

Era Núñez alto, delgado, moreno y ojos negros muy hermosos; su aliño era tal, que le valia sátiras de sus compañeros de armas: ántes que cuidar de su comida, cuidaba de que no le faltase en campaña su tina para bañarse y sus útiles de aseo; siempre estaba elegante como para asistir á un baile, jamás contradecia; sus objeciones eran tímidas, su voz dulcísima; nunca se permitia palabra alguna descompuesta con sus subordinados.

En el combate era Núñez temerario: parecia increible su trasformacion; pero con el último tiro se disipaban sus iras, y era bueno y humano con los vencidos.

Núñez habia sido llamado á la junta para la consulta de algunas providencias militares.

Al terminarse la junta, el Sr. Juarez propuso se dirigiese un manifiesto á la Nacion, diciéndole que nada importaba el revés sufrido, y que el Gobierno continuaba con más fé y con mayor brío combatiendo, hasta lograr la consumacion de la Reforma.

Como era muy frecuente en aquellos dias, yo fuí designado para redactar el documento de que se trataba; y me disponia á obedecer, cuando se abrió una puertecita excusada que tenia el despacho, y apareció el Sr. Camarena, gobernador del Estado, diciendo que le habian venido á avisar que el coronel Landa se habia pronunciado en el cuartel del 5.º y que la tropa se disponia á marchar para palacio.

El Sr. Juarez dió órden al Sr. Núñez de que fuese á ver lo que ocurria, y se volvió á nosotros continuando la discusion comenzada.

El Sr. Ocampo me dijo que no perdiera tiempo, y yo tomé unas plumas y papel para irme á escribir á la casa de mi querido amigo Jesus López Portillo, que veia como mia, donde me asistian y dispensaban mil atenciones, y donde me podia aislar para trabajar, como lo hacia con mucha frecuencia.

Es sabido que el general Núñez se dirigió al cuartel de Landa; que allí encontró la guardia sobre las armas y rebelada; que vitoreó al Gobierno; que le rechazaron; que intentó coger por el cuello al oficial, y que un soldado que estaba detrás del corneta, le disparó un tiro sobre el pecho, que le hizo bambolear, y no le produjo mal porque la bala quedó engastada en el reloj que tenia sobre el corazon, en el bolsillo del chaleco. Esta escena se ignoraba en palacio.

Mis compañeros quedaron en el despacho del Sr. Juarez, y yo salia con mis útiles de escribir en la mano.

Estaba remudándose la guardia, habia soldados de uno y otro lado de la puerta: por la parte de la calle, al entrar yo en el zaguan para salir, se revolvian en tropel los soldados; á mí me pareció, no sé por qué, que eran arrollados por una partida de mulas ó ganado que solia pasar por allí: me embebí materialmente en la pared y me coloqué tras de la puerta; pero volví los ojos hácia el patio, y ví ensangrentado y en ademan espantoso, al soldado que custodiaba la pieza: gritos, _mueras_, tropel y confusion horrible, envolvieron aquel espacio.

El lugar en que yo estaba parado era entrada á una de las oficinas del Estado; allí fuí arrebatado, á la vez que se cerraban todas las ventanas y la puerta, quedando como en el fondo de un sepulcro.

Por la calle, por las puertas, por el patio, por todas partes, los ruidos eran horribles; oíanse tiros en todas direcciones, se derribaban muebles, haciendo estrépito al despedazarse, y las tinieblas en que estaba hundido exageraban á mi mente lo que acontecia y me representaban escenas que felizmente no eran ciertas.

En la confusion horrible en que me hallaba, ví que algunos de los encerrados conmigo en aquel antro salian para la calle impunemente: yo no me atreví á hacerlo, pendiente de la suerte de mis amigos, á quienes creí inmolados al desenfreno de la soldadesca feroz.

Los gritos, los ruidos, los tiros, el rumor de la multitud, se oian en el interior del palacio. Como pude, y tentaleando, me acerqué á la puerta del salon en que me hallaba y daba al patio, apliqué el ojo á la cerradura de aquella puerta, y ví el tumulto, el caos más espantoso: los soldados y parte del populacho corrian en todas direcciones, disparando sus armas; de las azoteas de palacio á los corredores caian, ó mejor dicho, se descolgaban aislados, en racimos y grupos, los presos de la cárcel contigua, con los cabellos alborotados, los vestidos hechos pedazos, blandiendo sus puñales, revoleando como arma terrible sus mismos grillos.

En el centro del patio de palacio habia algunos que me parecieron jefes y un clérigo de aspecto feroz....

Algunos me instaron á huir; á mí me dió vergüenza abandonar á mis amigos. Luché por abrir la puerta.... la cerraba una aldaba que despues de algun esfuerzo cedió: la puerta se abrió y yo me dirigí al grupo en que estaban los jefes del motin.

A uno de ellos le dije que yo era Guillermo Prieto, ministro de Hacienda, y que queria seguir la suerte del Sr. Juarez.

Apénas pronuncié aquellas palabras, cuando me sentí atropellado, herido en la cabeza y en el rostro, empujado y convertido en objeto de la ira de aquellas furias....

Desgarrado el vestido, lastimado, en situacion la más deplorable, llegué á la presencia de los Sres. Juarez y Ocampo. Juarez se conmovió profundamente; Ocampo me reconvino por no haberme escapado, pero tambien hondamente impresionado, porque me honraba con tierno cariño.

Apénas recuerdo, despues de los muchos años que han trascurrido, las personas que me rodeaban.

Tengo muy presente el salon del Tribunal de Justicia, sus columnas, su dosel en el fondo. Estoy viendo en el cuartito de la izquierda del dosel, á Leon Guzman, á Ocampo; á Cendejas, junto á Fermin Gomez Farías; á Gregorio Medina y su hijo, frente á la puertecita del cuarto; á Suarez Pizarro, aislado y tranquilo; al general Refugio Gonzalez, siguiendo al Sr. Juarez.

Se habia anunciado que nos fusilarian dentro de una hora. Algunos, como Ocampo, escribian sus disposiciones. El Sr. Juarez se paseaba silencioso, con inverosímil tranquilidad: yo salia á la puerta á ver lo que ocurria.

En el patio la gritería era espantosa.

En las calles, el Sr. Degollado, el general Diaz, de Oaxaca, Cruz Ahedo y otras personas que no recuerdo, entre ellas un médico Molina, verdaderamente heróico, se organizaban en San Francisco, de donde se desprendió al fin una columna para recobrar palacio y libertarnos.

A ese amago, aullaban materialmente nuestros aprehensores: los gritos, las carreras, el cerrar las puertas, lo nutrido del fuego de fusilería y artillería, eran indescribibles.

El jefe del motin, al ver la columna en las puertas de palacio, dió órden para que fusilaran á los prisioneros. Eramos ochenta por todos.

Una compañía del 5.º se encargó de aquella órden bárbara.

Una voz tremenda salida de una cara que desapareció como una vision, dijo á la puerta del salon: "Vienen á fusilarlos."

Los presos se refugiaron al cuarto en que estaba el Sr. Juarez; unos se arrimaron á las paredes; los otros como que pretendian parapetarse con las puertas y con las mesas.

El Sr. Juarez se avanzó á la puerta: yo estaba á su espalda.

Los soldados entraron al salon.... arrollándolo todo: á su frente venia un jóven moreno, de ojos negros como relámpagos: era Peraza. Corria de uno á otro extremo, con pistola en mano, un jóven de cabellos rubios: era Moret.... Y formaba en aquella vanguardia D. Filomeno Bravo, gobernador de Colima despues.

Aquella terrible columna, con sus armas cargadas, hizo alto frente á la puerta del cuarto.... y sin más espera, y sin saber quién daba las voces de mando, oimos distintamente: "¡Al hombro! ¡Presenten! ¡Preparen! ¡Apunten!"....

Como tengo dicho, el Sr. Juarez estaba en la puerta del cuarto: á la voz de "apunten," se asió del pestillo de la puerta, hizo hácia atrás su cabeza y esperó....

Los rostros feroces de los soldados, su ademan, la conmocion misma, lo que yo amaba á Juarez.... yo no sé.... se apoderó de mí algo de vértigo ó de cosa de que no me puedo dar cuenta.... rápido como el pensamiento, tomé al Sr. Juarez de la ropa, lo puse á mi espalda, lo cubrí con mi cuerpo.... abrí mis brazos.... y ahogando la voz de "fuego" que tronaba en aquel instante, grité: "¡Levanten esas armas! ¡levanten esas armas! los valientes no asesinan....!" y hablé, hablé yo no sé qué: yo no sé qué hablaba en mí que me ponia alto y poderoso, y veia, entre una nube de sangre, pequeño todo lo que me rodeaba; sentia que lo subyugaba, que desbarataba el peligro, que lo tenia á mis piés.... Repito que yo hablaba, y no puedo darme cuenta de lo que dije.... á medida que mi voz sonaba, la actitud de los soldados cambiaba.... un viejo de barbas canas que tenia enfrente, y con quien me encaré diciéndole: "¿quieren sangre? ¡bébanse la mia....!" alzó el fusil.... los otros hicieron lo mismo.... Entónces vitorée á Jalisco!

Los soldados lloraban, protestando que no nos matarian, y así se retiraron como por encanto.... Bravo se puso de nuestro lado.

Juarez se abrazó de mí.... mis compañeros me rodeaban, llamándome su salvador y salvador de la Reforma.... mi corazon estalló en una tempestad de lágrimas......"

Ya supieron vdes., dije despues de unos momentos de silencio, la historia de Guadalajara.... poco tiempo despues, recordamos aquellos sucesos en este hotel, que vdes. creian encantado.

A mi regreso de la expedicion que he descrito, encontré en mi cuarto á Manuel María de Zamacona, quien lleno de finura y atenciones, recordaba nuestra amistad de veinte años.

XII

Visitas á la Sra. Townsed.--Situacion política descrita por Lancaster Jhones.--Dos incendios.--Viaje de Alcalde.--Despedidas.--Salida de Orleans.

Nuestra partida de Orleans se anunció al fin, á pesar de que, aunque avanzada la estacion, no se alteraba, como nos habian dicho, el estado sanitario.

Sobre salubridad quisiera tener presentes las conversaciones todas del Dr. Havá, quien conociendo México, hacia observaciones llenas de exactitud, y extraordinariamente benéficas.

--Orleans, me decia, está en condiciones mucho más desfavorables que México, y la prevision de las autoridades y su cuidado han disminuido en mucho los horrores del vómito y otras enfermedades.

Me hablaba, y me llevó á la fábrica de unos carros de los que pendia una trompa de _gutta perca_, la que aplicada á un depósito cualquiera de fango ó inmundicia, produce la absorcion muy violentamente, sin que se perciba mal olor ninguno.

Este sistema aplicado á nuestras atarjeas, produciria el ahorro anual de millares de vidas, que mueren envenenadas año por año por la limpia.

Mostróme unos cilindros con una grilla, que colocados en caños subterráneos y encendiéndose en ellos astillas ú otros combustibles, producen la purificacion de la atmósfera.

Las letrinas de codo, las rejillas colocadas en el interior de éstas y la aplicacion de desinfectantes, han sido objeto de su estudio especial, y cada una de esas mejoras la presenta, barata, practicable y adecuada á las necesidades de México. A mí me parece increible que no se hagan tentativas para plantear cualquiera de los sistemas del Dr. Havá.

En México hay personas que conocen esas máquinas y que encarecen sus excelencias, como Roa Bárcena, Mancera y otros: hay sabios dedicados á estudios higiénicos como el Dr. José María Reyes, Gumesindo Mendoza, Liceaga, Galan, Romero y otros muchos, porque en México los estudios médicos son concienzudos y brillantes, como en ningun otro punto de América.