Viaje a los Estados Unidos, Tomo I

Part 9

Chapter 93,972 wordsPublic domain

Extraordinario es el gentío elegante y el movimiento que se nota en _Cliff House_; lo que tiene de más espléndido la moda, de más seductor la hermosura, de más lujoso los grandes trenes de la riqueza, todo se da cita para concurrir determinados dias á aquel sitio encantador.

Una de las particularidades que distinguen á _Cliff House_, es que al frente del tendido balcon, que ve al mar, se levanta entre el choque de las aguas un promontorio de rocas, nido, estancia y palacio de los leones marinos.

Estos animales monstruosos, con su piel lisa y reluciente como de tafilete pardo, sus cabezas como cabezas humanas, sin pelo, sus ojos redondos, y sus labios partidos, cayendo en arco á los lados de la enorme boca, se arrastran sobre las rocas, descienden y como que ladran, aullando de un modo espantoso. Esta es la diversion. La ciudad ha tomado bajo su proteccion á los monstruos, y ha dictado penas severas á los que los molesten ó persigan.

El edificio lo construyó en 1863 el capitan Foster.

El paisaje que se admira desde la balaustrada saliente de _Cliff House_, haria la reputacion del pintor ó del poeta que lograran trasladarlo al lienzo ó al papel. Por una parte la bahía con su animacion sorprendente; por el otro, el mar con su majestad augusta; al frente las islas, las alegres sementeras, los ganados y las montañas.

En los barandales que rodean el edificio, en los corredores, en los salones, sombrillas, gorros, paraguas, mujeres como arcángeles, caballeros y niños, dan al conjunto un aire de fiesta indescribible....

* * * * *

Yo todo lo queria ver, queria fijarme en todo y sacar las consecuencias más absurdas de mis primeras impresiones.

Mis amigos, que sabian que acumulaba datos y hacia apuntaciones, me procuraban medios para que hiciese á cada instante nuevos conocimientos.

—No deje vd. de apuntar en su cartera que en esta tierra se come sin cesar un instante, y que se podria navegar en la cerveza que se consume aquí diariamente.

—Hombre, ponga vd. que estas judías con su tez apiñonada, sus ojos negros, su nariz aguileña, fueron las que realmente crucificaron á Nuestro Señor, que los usureros de los judíos estaban demasiado ocupados en sus negocios, para andarse de Herodes á Pilatos.

—¿No ha visto vd. al médico espiritista? ¿ni al frenólogo? La charla de los franceses es una reputacion usurpada; los verdaderos saltimbanquis y charlatanes, aquí los tiene vd.

—Hombre, dí que aquí todas las mujeres son divinas y amigables: las ves, y te ven más; sonríes, y ellas se desmorecen; les tiras un beso.... y mete la mano en el bolsillo, porque te enganchan á su brazo y te meten á tomar ostiones, que tú pagas por supuesto, y te despabilan los pesos con una habilidad extraordinaria.

—Ahora me perteneces, decia uno; vas á saber lo que son las _Matinés_.

—Yo estoy comprometido á que vaya, clamaba otro, á ver el barrio de California.

—¡Eh, Fidel! gritaba Carrascosa cuando me asomaba á la ventana. Hoy es la cita para ver el Depósito.

—Toma tu sombrero, replicó al fin Francisco, que esos señores esperan á la puerta para llevarnos á Woodward’s Garden, y con esta son tres veces que los dejamos plantados.

Me separé de los amigos colaboradores, y cátennos vdes. en marcha para el Célebre Jardin, ornamento de San Francisco.

Como ya tengo dicho, despues de las calles principales se halla uno entre iniciativas de calles figuradas con latas, en las que hay, sin embargo, régias mansiones, falta de banquetas, tablazon y escombros, y parques, y jardines encantadores, solares abandonados, con montones de arena, en que los muchachos juegan á la pelota, con sendos garrotes en vez de _chacuales_; y _ladies_ preciosas con sus botes de hoja de lata, que fungen de cestos, y sus libros debajo del brazo, marchan solitarias á su negocio, ni más ni ménos que un corredor de número.

Ocupa el Gran Jardin que visitamos un terreno espacioso sembrado de árboles y de exquisitas flores, entre las que las enredaderas envuelven profusas los muros de los varios edificios que contiene el Jardin, de formas gótica, arabesca, china y judía.

Sobre cada pabellon, _kiosko_ ó galería, flotan banderas, sobresaliendo y prodigándose la americana, con vanidosa ostentacion.

Frente á la entrada del edificio, nos llamó la atencion un arco dentado de figura extraña: me dijeron que era una quijada de ballena ó monstruo marino.... Yo abrí tantos ojos, y no dije oste ni moste.

Lo primero que recorrimos fué lo que llaman el Museo, formado de varios estantes incrustados en la pared y cubiertos de grandes cristales.

Las colecciones geológica y mineralógica son extensas y variadas, pero muy léjos de competir en riqueza con las de nuestro museo.

Las cristalizaciones y petrificaciones son muchas, colocadas con esmero; pero sin gusto, ni grande escrupulosidad científica, segun algunos observaron.

En una seccion de ese departamento existe una coleccion de minerales del Japon, formada por el japonés Jacques Kaderly, bastante conocido en el mundo científico.

Los gabinetes que forman el Museo que da al jardin, circuyen lo que se llama el pabellon y el _restaurant_.

El primero es un salon elíptico con su valla y sus gradas capaces de contener como mil personas. Allí se dan bailes públicos esplendidos; en el pavimento de madera, terso como el acero, patinan en invierno las hermosas, y cuando yo lo visité habia en el centro una orquesta alemana, de gran reputacion y nombradía.

Contiguo al salon se ve el _restaurant_, con su armazon, su mostrador, sus mesillas, sus bebedores y sus periódicos, distinguiéndose entre espesas nubes de tabaco.

El departamento zoológico lo forma un inmenso patio, en que se ven por una parte jaulas para fieras y para aves; por otra, establos; por otra, largos corredores con jaulas, como celdillas con rejas, residencia de los monos, y en el centro un pozo en cuyo fondo se solazan los osos, teniendo la facultad de ascender á una plataforma bastante distante en el brocal del pozo, cuando se quieren dar en espectáculo.

La multitud recorre aquel lugar para conocer al tigre feroz, á la pantera inquieta y alevosa, al gato montés amenazador, al leopardo ágil y atrevido.

En el establo se examinan búfalos, camellos, bisontes, llamas, zebras, caballos de diferentes razas y algunos burros indiferentes á cuanto les rodea, como cualquier filósofo de primer órden.

El lugar más concurrido de la _menajería_ es el de las jaulas de los monos, y confieso que yo disentí del general parecer.

Ese plagio carnavalesco de la figura humana; ese juego grotesco de la fisonomía del hombre; esa especie de demente ó de idiota que nos provoca con su semejanza y humilla nuestro orgullo con el miedo de la certeza de su paternidad; ese parecido á personas que tienen rango social y á las que tendemos la mano de amigo ó llamamos parientes, todo eso, lo confieso, me mortifica, me horripila, me hace estar inquieto y humillado frente á un mono.

Hay monos de todos tamaños, glotones, atrevidos, impúdicos, que nos interrogan con la mirada y quieren establecer inteligencia con la accion; los muchachos se perecen de gusto con estos borradores de hombrecillos; les pinchan, les tiran frutas, les azuzan y les irritan.

El pozo de los osos es sombrío, está coronado de gente. Los animales, cabizbajos y taciturnos como un juez íntegro, suben á la plataforma, hacen sus maromas y suelen presentar espectáculos poco adecuados para las señoras y para los niños.

—De todo esto ha visto vd. mucho en México, me decia un amigo: lo que puede que le ofrezca algun interes es el _acuario_; pase vd. por este costado.

Atravesamos el primer patio, en que nos detuvimos á ver un leon marino, con el que se entretenia la gente arrojándole sendos trozos de carne que devoraba, y nos detuvimos al frente de una cueva oscurísima.

La cueva parecia abierta en la roca viva: es bastante extensa, y á algunos pasos del cañon de la entrada, se abre una especie de salon circular de bastante amplitud.

En ese punto, habituados los ojos á la oscuridad, comienzan á percibir como lampos de luz en las paredes, hasta aparecer del todo iluminadas, y cercándonos por todas partes.

Entónces, recuperados de la sorpresa, á nuestros lados y sobre nuestra cabeza, como si estuviéramos sumergidos en el agua, vemos pasar pescados de todas formas y colores, con sus caras de sordo, sus hocicos aguzados ó redondos, conservando abiertos sus ojos saltones é inmóviles.

Van, vienen, ascienden, se precipitan, se agrupan, riñen y se separan.

El cangrejo despatarrado y torpe, la anguila escurridiza, el pez espada bélico, el tiburon con su aspecto de sargento serrano hecho general de brigada, y todo como se palpa a través de los cristales, y como que se abre para el hombre el misterio de los mares y completa su señorío del universo.... Esta iniciacion en la vida íntima de los peces me agradó infinito, y es uno de los espectáculos que más llamó mi atencion en San Francisco.

X

Divagaciones.—Visitas.—Convites.—Tipos originales.—Northons.—Casa ambulante.

SAN Francisco es una ciudad que tiene regularidad en sus calles, salvo una que otra diagonal no muy católica; un solo nombre guía al viajero de uno al otro extremo de la poblacion: el reparto de la numeracion en pares de un lado y nones del otro, no da lugar á dudas; además, de trecho en trecho, en los faroles se ven escritos los nombres de las calles; cocheros, vendedores y transeuntes, son comedidos al extremo, para señalar el sitio á donde el extranjero quiere dirigirse, y por último, los policías tienen deber estricto de conducir al viajero á su destino, siempre que se le requiera.

Los wagones que transitan por todas las calles, tienen los nombres á donde se dirigen; además, lo indican con sus pinturas, y en las noches, el distinto color de los faroles, al hombre más torpe del mundo le dan rumbo y le advierten de cualquiera extravío.

¿Ya ven vdes. todo eso? ¿Ya se han fijado en que mucha gente habla español ó francés ó italiano, de modo que yo estaba en plena aptitud de comprenderlos? Pues bien; mi estancia en California fué un perderme incesante, una eterna desviacion de mi objeto, una tergiversacion como una enfermedad, porque no solo confundia las calles sino las casas, y no solo las casas sino las personas, dirigiéndome á unas por dirigirme á otras, con una diabólica perseverancia.

En cuanto á las calles, queria dirigirme al Sur, y de fé resultaba muy orondo en el Norte; queria remediar mi error, y resultaba atascado por unos médanos del Poniente.... iba al teatro, y héteme de manos á boca á la entrada del cementerio; tomaba entónces un wagon procurando elegir el que creia tener conocido: andaba, andaba, y cuando ménos lo esperaba, habian acabado las calles y me hallaba á una legua de distancia de mi objeto. Al fin, ébrio de ira contra mi propia barbarie, con el sombrero hundido hasta las orejas y cara de simple, sacaba una peseta del bolsillo y al primer muchacho vendedor de papeles que cruzaba le decia:—“Gaillard Hotel,” y me dejaba conducir por él como un ciego, hasta la puerta del hotel, donde producian la hilaridad de mis amigos, haciéndose proverbiales mis distracciones.

Respecto de las casas, como hay muchas de una uniformidad desesperante, como hechas con molde, las equivocaciones eran más patentes. Tomaba á cada paso una por otra, tocaba la campana, me entraba de rondon, me encontraba caras extrañas, bigotudos con apetencia de descrismarme, señoras no vestidas para recibir visitas, que me ponian moro.

Y esa imperturbable corbata blanca, y ese eterno vestido negro, y ese desbarajustado _sobretodo_ al brazo, me hacian tender la mano al más pintado y dejarlo estupefacto cuando le iba soltando un abrazo de esprimirlo.

Nada digo de los chinos: con esos se confunde todo el mundo; son como los pericos, fotografías los unos de los otros, se tiran ejemplares, se producen bajo el tema de vestidos de municion.

Con la mayor sangre fria del mundo, confiaba mi ropa, para que me la lavase, al primer chino que se me ocurria. El chino, en algunos dias, ni su luz. Entónces yo, frenético, salia á la puerta del hotel y arremetia con todos los hijos del celeste imperio, reclamándoles mi ropa.... unos ladraban explicaciones que jamás entendí; otros se enojaban; yo poseia la evidencia de que tenia entre mis manos al lavandero.... pues, señor, iba yo saliendo con un sacerdote ó con un médico.

Pero á esta enfermedad, porque no puedo darle otro nombre, que me acometió en California, daba realce y la convertia en única y en monumental, mi torpeza infinita para articular el delicioso idioma de Byron.

Habia aprendido unos cuantos nombres: tenia la necesidad de pedir agua, y decia yo, en inglés, sombrero: se reian á mis barbas, yo insistia; el yankee, muy pacífico, quitaba mi sombrero de la percha, y lo colocaba entre los platos; entónces mi furor no tenia límites, ni tenia límites la risa y el buen humor de los que me rodeaban; no habia en semejante extremidad, sino echar las cosas á la broma.

Mi carácter se sublevaba contra tanta contrariedad, y entónces se empeñaba en mí la lucha de dominar aquella situacion á fuerza de audacia; pero mi lengua se empeñaba en no ayudarme y las gentes en no entenderme, constituyendo yo solo un espectáculo grátis, una diversion ambulante.

En un dia en que me era preciso decir unas cuantas palabras á una persona que salia para México, me informé bien del nombre del muelle que yo creí saber, me lo escribieron en mi cartera y me pusieron en la calle por donde debia pasar el wagon para conducirme.

Pero es de saber que en California hay cientos de muelles y wagones por docenas, que parecen brotar de las piedras.

La hora de la salida de los vapores tiene una diabólica exactitud.

Tomé un wagon y me llevó derechito á la puerta de una iglesia en que habia millares de almas justas encomendándose á Dios. Hecho un demonio me aparté de aquel lugar; atravesaba un _cupé_, paré al auriga, le enseñé la cartera; el tiempo avanzaba, faltaba media hora para el plazo fatal; el coche corrió como seis cuadras, me paró en un muelle, habia gran movimiento, el cochero me pidió dos pesos y medio por haber andado diez minutos; resistí, porfié, clamé al cielo.... dí los veinte reales, me fuí al costado del buque.... _ladies_ encantadoras, chicos riendo, canastos de almuerzo, música, aquello era un paseo en el mar.... Un chiquitin caravanista y risueño, francés por más señas, celebró mi llegada, aprestó su botella de coñac, que llevaba con un cordon atravesado á un costado,—-es vd. de los nuestros ¡que viva!—me queria presentar á todo el mundo. Yo le hice presente mi afliccion, le mostré mi reloj; por fin, lo tomó á lo serio y me endilgó con uno de los coches de retorno: yo no sé lo que le dijo al conductor, en el desastrado inglés de su uso particular; yo habia tomado las señas del muelle; ví que el cochero me extraviaba entre el tumulto de la carga y descarga de los muchos muelles; iba volando, pero me extraviaba: tiré del cordon; ni por esas; toqué, pateé, saqué medio cuerpo, y nada; el tragin lo detuvo un instante: yo lo aproveché para saltar del coche y echar á correr: el cochero dejó el coche, y culebreando por entre los carros, corria tras de mí; forcejeo.... me toma del brazo, resisto: al fin, me arranco de sus garras. La hora iba á sonar.... Atravesaba un italiano vendedor de verdura en su carrillo, en la direccion del muelle.... faltaban tres minutos.... detuve el carro, hablé al vendedor para que me llevase corriendo en su vehículo. Ir botado entre nabos y lechugas, se me resistia, entre otras cosas, porque me habria empapado. Le pedí ir en el pescante; pero el pescante era una reata atravesada de uno al otro lado del carreton: allí me senté en peligro de muerte; el carro corria dando tumbos y al desbaratarse: yo me caia; me monté á caballo en el lazo.... el italiano azotaba el caballo con fuerza.... yo abracé al auriga con un entusiasmo desconocido para las Julietas y Romeos.... coles, nabos, rábanos y lechugas se estrellaban contra mí: así entramos triunfales al suspirado muelle: banqueros y gente de buen tono que presenciaron aquel arrebato, alzaron mi nombre al cielo; y aquella atrocidad ¡quién lo creyera! fué motivo de buenas y cordiales relaciones con gente de verdadera importancia.

El círculo de nuestras amistades se extendia, y se hizo general la opinion de finura y respetabilidad de los mexicanos, entre la gente de buena sociedad. Por supuesto independientemente de mí y de la aventura de las lechugas.

En las casas del Sr. D. Guillermo Andrade, mexicano; en la de las Sritas. Rotausis, encantadoras italianas; en los salones de las señoritas francesas y judías, habia animadas tertulias, en que se tocaba, se bailaba y se tenian los goces todos de reuniones de personas distinguidas.

La frecuencia del trato con extranjeros; la conviccion íntima y universal de que la amabilidad es la primera de las cualidades de todo hombre ó señora que están en sociedad; la vulgarizacion de la riqueza; la filosofía que engendra el espectáculo de fortunas que se improvisan y fortunas que desaparecen, comunican cierta bondad á las reuniones de que no tenemos idea.

Por otra parte, la abundancia increible de mujeres hermosas, llenas de gracias y dinero, la generalidad en el bien vestir, y más que nada, la conviccion íntima de que una mujer gana mucho y adquiere una posicion social casándose, hacen que no exista esa gente uraña y montaraz que vemos por otras partes; esta muchacha aferrada á su título de rica y encastillada en su tren y en sus talegos, no se conoce, mejor dicho, seria el borron y la sombra de una buena sociedad.

Entre esas casas en que tan especialmente fuimos favorecidos, se distinguió la de la Sra. Doña Concepcion Ramirez.

Es la Sra. Ramirez, de treinta años, morena, gentil y de una grandeza de alma y una inteligencia que como que iluminan su fisonomía, como el sol cuando deja caer sus rayos sobre la nube que lo medio oculta en Occidente.

Habla el inglés con rara perfeccion, y lo que la hacia y la hace estimable á todos los mexicanos, es la exaltacion por México, que la vió nacer.

No hay mexicano desvalido que no tenga acogida en su casa; no hay enfermo infeliz que no la vea prodigándole consuelos á la cabecera de su cama; no conoce dolor del que no solicite el alivio; no ve lágrimas que no procure enjugar.

Para Conchita, la llegada de los mexicanos fué un acontecimiento y una ocupacion preferente; á todos les dispensó servicios, queria que todos disfrutásemos comodidades, que nuestras habitaciones fuesen las más sanas, nuestros sirvientes los mejores.

En su casa se nos dió la bienvenida con una tertulia espléndida.

El elegante salon en que recibe se iluminó á _giorno_, las jóvenes más lindas de California le daban vida, las flores más exquisitas la adornaban.

En el _bassements_ ó piso subterráneo se sirvió el banquete.

Manjares que habrian honrado una mesa dispuesta por Brillat de Savary, vinos deliciosos, mujeres divinas, música, flores, luz: ni en la gloria.

Alternaban las marchas nacionales. La inglesa, casi religiosa; la Marsellesa, pasion y entusiasmo; la italiana, clamores y lágrimas; México, al fin, heroismo y gloria: las señoras se pusieron en pié, los caballeros tenian en alto sus brazos con sus cálices de Champaña. Conchita descubrió un objeto que estaba en el centro de la mesa, envuelto en un espeso velo, en un momento dado y.... apareció como un sol la estatua de Juarez, con la bandera nacional en la mano.... México.... ¡hurra México! repetian alemanes, franceses, españoles, judías: era como el Tedeum triunfal cantado á nuestra patria por todos los acentos del mundo.

Cuando ménos lo esperábamos, Joaquin Alcalde, encaramado en una silla, formulaba en un bríndis los sentimientos de la patria que se estaban desbordando de todos los corazones.

Las lágrimas, las risas, el repicar de las copas, el frenesí, cubrieron las últimas palabras de Alcalde, que con la instrumentacion metálica de su voz y con su accion, tan elocuente como su palabra, supo ponerse á la altura de la situacion.

Despues de Alcalde, brindamos otros muchos, en todos los idiomas, y cada bríndis era como la refaccion riquísima del placer.

—Estos mexicanos son como algunos muchachos traviesos; en la casa ajena son deliciosos.

Yo me ponia como un pavo, como tia vieja que tiene sobrinas hermosas.

Quién me elogiaba la modestia y sabiduría de Iglesias; quién la apostura y modales aristocráticos de Lancaster; quién la caballerosidad de Gomez del Palacio; quién la viveza y las simpatías que sabe granjearse Alcalde; quiénes la elegancia y la urbanidad de Alatorre y de Ibarra, y todos, el comedimiento y el buen trato de todos los otros muchachos, que, la verdad de Dios, á mí mismo me cautivaban.

Conchita cooperó muy eficazmente á abrirnos las puertas de la más culta sociedad de California.

No hay ni para qué decir que yo tuve que cargar mi cruz. Al dia siguiente de la fiesta, más de treinta _albums_ estaban esperando sobre mi mesa las caricias de mi pluma.

Y ya que estamos en familia, como por vía de sobremesa y entre sorbo y sorbo de café, para no dormirnos, platiquemos algo de esta preciosa mitad del género humano, que á pesar de mis años, como dice la zarzuela de la Gallina Ciega, repertorio el más rico de mi erudicion, me hace tilin, tilin......

Advierto que son mis primeras impresiones, es decir, parciales, insustanciales, compuestas de las observaciones de amigos aguerridos en eso de dimes y diretes con las bellas.

—Hombre, ni te metas en esos apuntitos de pipiripau, me decia Carrascosa; si aquí, como en toda tierra en que se anda en dos piés, la mujer es el freno del gato; quítate de tapujos y de circunloquios; si son malditas, ó si no, pon:

Artículo primero: en esta tierra, mujeres y hombres, blancos y negros, muchachos y viejos, hacen cuanto se les antoja, es decir, hacen de sus cuerpos y de sus almas cera y pábilo, con tal que no estorben el paso á nadie.

Un sonorense sesudo que escuchaba atento, añadia:

—Eso que parece mentira, es la pura verdad.

—Para mí la dificultad consiste, replicaba un tocayo á quien mucho quiero, y que sin preciarse de ello, es muy entendido, en que cada grupo conserva su nacionalidad, sin dejar de participar de las que ya son manías de la tierra: va vd. al barrio francés, y está en Francia; toma su _trompinell_ y canta su _M. de Framboisy_, toma tabaco el señor, y un jesuita mete la cola en la familia; pero la niña va á la _matiné_ y deja el idioma de Racine por contestar á un _my dear_ (mi querida), con toda su sal y pimienta.

Sazona sus macarrones la italiana y se enternece con los recuerdos de Garibaldi frente á su madona; pero como le ha escrito su _swethear_ un precioso papelito, revuelve el diccionario inglés para endulzar la vida del nietecito de Washington.

Y la mexicana, dispone para la mesa mole poblano y chiles rellenos; pero encarga que no pique, porque su maestro de francés brama con los guisos aztecas, y bufa el yankee banquero, patron de su primo idolatrado.

—No te lo he dicho, exclamaba Carrascosa, déjate de apuntes.

—Hombre, si solo quiero hablar de la sociedad selecta.

—Maldito! aquí no hay selectos ni repulgos de monjas; aquí hay ricos y pobres.

—Pero la gente fina.

—¿Qué millonario no se vuelve fino en cuanto le pega la gana?

—Y los que han aprendido en Europa.... A esos les retienta el _leage beer_ y el jamon á la hora ménos pensada.

¿Ya oyes todos esos sermones de la educacion de la mujer, y de la inocencia, y de la conservacion de la moralidad por la confusion de los sexos en las escuelas?.... pues, chico, todos esos son embustes; embustes del tamaño de una bala de á treinta y seis.

¿Ya las ves chiquitinas, con su gorrito como una hoja de col ó como una cazuela boca abajo en las cabezas?.... pues eso es cajeta; á los doce años tienen el novio en la escuela, y son capaces de llevarse un hombre en cada bolsillo del delantal, como si fueran dos perones.