Viaje a los Estados Unidos, Tomo I
Part 7
No habria salido jamás de aquel laberinto de primores, si no me hubieran conducido mis compañeros á la fuente del ruido incesante, que se oia por todas partes vibrar y repercutirse, producido por dos enormes círculos de metal, extension gigantesca de los platillos de nuestras músicas de viento, y que forman la boruca más aturdidora, sin dar tregua á la algazara un solo instante.
Estábamos en el teatro; apénas pude ver el recinto medio oscuro azuleando de chinos, fumando opio ó tabaco, con sus fieltros echados hácia atrás, dejando ver las pieles amarillas, las narices aplastadas, las bocas enormes, el conjunto pasguato y desgoznado. En México hay muchos que tienen caras de chinos.
En el conjunto de aquella concurrencia me hacia esfuerzo para conocer á las hembras, que se me resiste llamar bello sexo.
El teatro es semicircular, con una sola galería, como una gran cornisa saliente.
Esto apénas lo distinguí, porque me dediqué de lleno á ver la representacion.
No tiene telon ni decoraciones el proscenio; en el palco escénico, al frente del espectador, está una mesita de madera blanca, entre dos puertas, y á su lado la orquesta que consiste en el _gongo_ ó _comal_ de metal, y unos bolillos de palo sonorísimos, que golpean contra piedras. Una especie de violines de la hechura del mango de una guitarra y algun caracol ó trompeta; esa es la orquesta, cuyo conjunto forma cuanto puede inventarse de más rasposo, horripilante y asesino en materia de ruidos.
Entre aquel golpeo embriagador del gongo, se ven carreras desaforadas, gesticulan caras estrambóticas, se encogen y desplegan actitudes de verdaderos demonios.... Atencion, me dijeron, se está verificando la batalla....
Sale por ejemplo un caudillo con sus alas blancas, con su túnica riquísima de sedas de colores y oro, con su casco y su espada, dirigiendo á unos hombres desnudos de medio cuerpo.
Encuéntrase este grupo con otro, que sigue á distinto caudillo; si aquellos hombres del primer grupo tenian la parte superior del cuerpo desnuda, éstos tienen la inferior. Embístense las legiones, luchan, se ruedan por el suelo, dan machicuepas, se revuelcan como unos frenéticos. La victoria se declara por el primer caudillo, que es una caricatura de San Miguel Arcángel.
Los chinos victoriosos desfilan con una celeridad que apénas puede seguirse con la vista, corriendo, dando brincos increibles y vueltas en el aire, completándose en el vuelo circular que remedan, la parte desnuda de los unos con la parte vestida de los otros, como si estuvieran pintados en una rueda que diese vueltas en alto.
Los vencidos, en medio del tragin, ponen obstáculos á la festividad vertiginosa; obstáculos que consisten en amontonar mesas y sillas, sobre los que se precipitan los retoños del celeste imperio, como si se desensartaran de un hilo multitud de cuentas azules que rodaran sobre planos inclinados en todas direcciones.
El ruido no cesa, y á su golpeo, que no se puede llamar compás, salen diversas cuadrillas de combatientes, entre las que me deslumbró por la riqueza de sus vestidos, una que remedaba padres con casullas y dalmáticas de seda y oro y de bordados espléndidos, que valuaron los conocedores en muchos miles de pesos.
Nuestra completa ignorancia de la representacion hizo que pronto degenerasen en monótonos los saltos, los alaridos, el ir y venir y las posturas puntiagudas, cuadrangulares y diabólicas de los actores.
Segun mis confusas reminiscencias, aquella era una representacion histórica, en la que un erudito habria encontrado rastros de las religiones orientales y de la nuestra; pero aunque la ignorancia es atrevida, en mí, no lo es tanto que me arriesgue á indicar mis conjeturas, y dejo las cosas de tal tamaño.
Mi _cicerone_ me aseguró que aquella representacion duraba muchas noches, siempre atrayendo igual gente.
En efecto, en los intervalos de los saltos, los grandes personajes hablaban, y entónces se notaba en el concurso viva atencion, señales de interes y aun lágrimas.
Las mujeres se sitúan en la galería, separadas de los hombres.
Durante la representacion, circulan entre los espectadores, gentes que venden bizcochos, dulces, tabacos y refrescos.
Salí del teatro atarantado, como si hubiera estado en un campanario durante un largo repique.
Apénas habiamos dado unos cuantos pasos en la calle, cuando nos detuvimos frente á una puerta, de la que arrancaba una escalerilla de palo angosta, pero cómoda, y nos encontramos al acabar de ascender, en un elegante salon chino. Era un _restaurant_.
Tiene dos pisos el _restaurant_. No daré cuenta del primero, porque estaba cuasi á oscuras. Nos instalamos en el segundo piso, que se iluminó convenientemente.
Las mesas son redondas, color de café oscuro, con ese barniz peculiar á los muebles chinos, que semeja al barniz de nuestras _jícaras_.
No usan sillas, sino unos banquillos, que cuando no están de servicio, se hacinan en un rincon.
En las paredes están como sobrepuestas celosías de madera con pinturas exquisitas, y sobre las puertas hay cornisas y goteras con labrados, que figuran frutas, flores y árboles de notable perfeccion.
Muebles, adornos, manteles y lámparas, todo es rigorosamente chino é importado de aquellas regiones.
En este particular es tan estricta la observancia de consumir todo del país, que muchos comestibles son chinos. Hay en almacenes hacinados patos que parecen cachuchas dobladas y que se inflan y ponen en venta: los cerdos llegan barnizados como de madera fina, como guitarras, y muchas frutas y legumbres empacadas.
Pedimos _té_, que genuínamente se pronuncia _Cham_: tendió el sirviente el mantel y nos pusimos en tren de hacer la libacion Asiática.
Colocaron en la mesa panecillos y dulces: los panecillos del mismo sabor y figura que los que conocemos con el nombre de _polvorones_; uno de los dulces sabia á dátil, los otros tenian parentesco con las pinturas de aceite y los menjurjes de botica.
Colocó el doméstico frente á cada uno de los compañeros una pequeña tacita al ras del mantel, y á corta distancia una especie de dulcera con su tapa. En aquella ánfora pusieron gran cantidad de hojas de thé y le vertieron encima agua hirviendo. La tapa de la tetera se desvía para dar salida al thé, que corrió á nuestras tazas perfumando el salon.
Alegrísimos se pusieron los chinos con nuestras señales de aprobacion, advirtiéndonos que aquella era la primera toma, que seguirian la segunda y la tercera, haciéndose más concentrada y aromática la bebida.
Nuestros sirvientes, acompañados del dueño ó encargado del establecimiento, nos hicieron ver minuciosamente el salon.
Antes nos explicó uno de ellos la manera de servirse las comidas.
En una mesita de las que veiamos, é igual á la en que estábamos sentados, se colocaban los convidados. Del frente de cada uno de ellos parte una fila de platos con manjares; los platos son de mayor á menor, formando el conjunto como los rayos de una rueda, mejor dicho, los platos y platitos forman una estrella. Los platos grandes son para los manjares, los pequeños para los dulces. Sobresale entre las bebidas el sabor del agua-cola, y entre las comidas el de la asafétida. Con eso queda hecha la apología de la cocina de los chinos.
Véamos el salon detenidamente.
Grandes arcos y cornisas de madera calados, figurando pájaros, pescados y flores: lianas que cuelgan de las puertas y parecen temblar con el viento.
En la gotera superior, en delicadísimos bajos relieves, vimos figuras y caractéres que nos dijeron referirse á la vida de Confucio, á episodios de sus viajes y la traslacion de sus sábias máximas.
Al subir del primero al segundo piso para retirarnos, nos detuvimos frente á un mostrador en que se encontraba el director de la negociacion y el dependiente principal.
El primero de estos personajes fumaba su pipa, de pié, pero recostado en el armazon de aquella especie de cantina.
Tenia el director entre sus labios su pipa como de ébano, con boquilla y preciosos adornos de plata. La pipa consiste en un tubo delgado, como de una tercia de largo, y remata en una pequeña cazoleta donde apénas cabrá la yema del dedo meñique: allí está ardiendo una bolita poco mayor que un garbanzo: ese es el opio, que constituye la delicia y que consume la existencia de los chinos.
En el fondo del salon se ven unos pequeños cuartitos con sus cortinas: dentro, sobre tarimas, hay grandes cojines; allí se encierran los fumadores de opio.... á olvidar la realidad de la vida.... soñando cosas encantadoras.... Pues, señor.... ¿eh?....
El dependiente tenia entre sus manos una especie de bastidor con alambres horizontales, y en ellos, ensartadas unas cuentas de palo. Eso se llama _abaco_.
Empujaba las esferitas aquel chino, como una rezandera ejercitada las cuentas de su rosario.
—Así hacen sus cálculos estos hombres, nos dijo nuestro guía, y resuelven las más complicadas operaciones de la aritmética.
Aventuramos pruebas haciendo preguntas al dependiente, y quedamos sorprendidos de la celeridad y exactitud de los contadores.
A mano derecha del dependiente estaba un pincel y en un trastecito pequeño la tinta de China con que escriben, poniendo unas abajo de otras, letras y palabras en líneas perpendiculares, como todos conocemos.
Al despedirnos, el obsequioso sirviente nos dió las tarjetas del establecimiento, en inglés, pero con su traduccion en chino, para mayor claridad.
El 13 de Febrero es el dia de año nuevo entre los chinos.
Se saluda el dia con salvas, que se hacen quemando manojos de cohetes forrados en badana, que ya conocemos, y que producen el ruido de una matraca, ó como en nuestros fuegos artificiales cuando se quema la parte superior del castillo (_bouquet_).
Pasean los chinos las calles sacando á luz sus más ricos vestidos: los de los personajes y mandarines valiosísimos.
El Barrio Chino está extraordinariamente animado ese dia; atraviesan sirvientes con largos _bambous_, de cuyas extremidades cuelgan canastas con viandas y verduras.
Como ya he dicho, al frente del hotel en que habito hay un hospital. Al lado del hospital se ve una pequeña capilla.
Ese dia de año nuevo chino, visitan la capilla. En su centro, y en una especie de altar, dominaba un ídolo negro.
A su frente hacian varias genuflexiones los sacerdotes.
Uno de ellos agitaba en su mano una especie de cubilete, lleno de unos palillos delgados como limpiadientes: despues de agitar el cubilete para que se revuelvan los palillos, los arroja por alto, y al caer, ó por la postura en que se colocan, que suelen formar letras del alfabeto chino, ó por su número, marcan tal augurio, que interpreta el sacerdote y apunta en un papel, hasta que concluido su cálculo, arroja el papel al fuego. Si el augurio es feliz, entónces hay cantos y demostraciones de regocijo. Si es desgraciado, exhorta el sacerdote á la conformidad ó á la penitencia.
En la noche el Barrio Chino está iluminado. En varias tiendas hay una especie de altares que visitan todos los que quieren.
Los chinos se muestran complacidos de las visitas, y obsequian á sus amigos con dulces, bizcochos y Champaña.
Yo entré á una botica china que tiene el aspecto de nuestras malas boticas mexicanas del año de 30. Muchos cajoncitos, botes de barro vidriado y botellones de vidrio ordinario.
En el fondo de la pieza estaba la figura, de Khoing-Theseu ó Confucio, con su bonete de dos altos, su luengo bigote y su barba rala y tendida como una cortina.
A los lados del altar me pareció reconocer á Hoase, madre de Fou-hi, de quien cuenta la leyenda que siguiendo los pasos de un hombre la circuyó el arco-íris y dió á luz al gran rey. El seductor tenia el cuerpo de serpiente y la cabeza de buey.
Díjome el boticario, que hablaba francés con bastante soltura, mostrándome otro retrato: este es Chin-noung, inventor de la medicina, y éste, Hoaug-ti, que escribió sobre ella libros admirables.
Por último, enseñándome con sumo respeto otro muñeco, me dijo: conozca vd. al gran Yu, uno de nuestros reyes más sabios.
El altar, no sé por qué, me recordó á nuestras ofrendas de dia de muertos.
Habia en el altar dulces, panecillos, toronjas de tamaño colosal: entre los dulces y las frutas habia tres candeleros con sus velas de cera, teniendo por pábilo astillas de sándalo. Todo esto se veia al través del humo del incienso, que se quemaba en un braserillo colocado frente al altar.
Esta excursion la hice acompañado de la estimable familia Cima, distinguida más que por su posicion, que es brillante, por su finura y excelentes cualidades.
El boticario nos brindó con unas pipas de hechura particular; constan de dos cajoncitos de metal y un pico levantado por donde se fuma. En uno de los cajoncitos se pone tabaco, en el otro agua hirviendo. Nosotros rehusamos el obsequio, pero dicen que es muy agradable.
El farmacéutico, que parece hombre de instruccion poco comun, invitó á las damas para que hablasen con su señora y sus hijas; pero mostró gran reserva con los hombres, porque los extraños no ven jamás á las chinas de categoría.
En otra vez hablaré de la poblacion china de California, y su significacion en las cuestiones económicas y sociales.
VIII
Las religiones.—Los templos.—Los clubs.—La asociacion.
YA hemos indicado cuánta es la libertad religiosa que se practica en California, los muchos y benéficos templos y la generosa emulacion que mueve á los sacerdotes de los diferentes cultos para acreditar sus creencias, difundiendo la instruccion, procurando el alivio y derramando beneficios en la sociedad en que viven.
En California, cinco familias promovieron, en 1849, la ereccion de un templo protestante, y despues se multiplicaron sus subdivisiones de Episcopales, Metodistas, Evangelistas, Presbiterianos, etc.
La religion protestante puede dividirse en dos grandes categorías. La primera contiene el Episcopalismo, el Congregacionalismo, el Presbiteranismo. En la segunda, el Metodismo y el Bautismo.
La primera categoría es la de los viejos creyentes, la de la tradicion y la preeminencia; las segundas se dirigen á las masas. Cuentan los metodistas con la simpatía de las mujeres del pueblo, y en la cruzada que formaron contra la embriaguez, tuvieron ocasion de ostentar su prestigio. Entre los medios de accion de que se sirven los metodistas, están los _rewals_ (despertadores religiosos), y los _camp meetings_ (asambleas al aire libre).
Se entiende por _rewals_ una visita de la gracia divina, un despertar á los afectos santos, una resurreccion de la fé en el alma, segun la voluntad de los confidentes del Señor y acaso conforme á las necesidades del presupuesto _del cielo_.
Entónces es cuando estallan en los templos esos gritos, esas convulsiones, esos escándalos, que determinan en poblaciones enteras mil casos de locura y de suicidio.
El _camp meeting_, nacido tal vez de la necesidad de dirigirse á los peones del campo ó á los habitantes de pequeñas aldeas, hace sentir á los creyentes el soplo divino, cantando y bailando, y tienen la analogía, con las antiguas misiones, en que el enemigo malo no suelta sus presas y suele colocar su copita de ambrosía, como si dijéramos, entre la calavera y la disciplina.
Pero en California, por lo que ví, está en completo descrédito el martirio. Pasaron para siempre en esos lugares felices las lides religiosas; y si hay algo característico, es la indiferencia de las masas á esas cuestiones que no dan pesetas sino á reducido número.
Los creyentes tienen sus círculos y sus influencias, sus caballeros de industria y sus especulaciones; pero el comercio no puede compararse á ninguno de los ramos favoritos de especulacion.
En cuanto á los católicos, más compactos, con mejor disciplina, mucho más ilustrado y tolerante que el nuestro, su crédito, ha sabido aprovechar la emigracion europea, sobre todo la irlandesa, y puede asegurarse que seis millones de habitantes de la Union son católicos.
En uno de los dias en que los recuerdos caian como sombras en mi espíritu, busqué el apartamiento de la ciudad, encumbrando una de las calles centrales.
Llamó mi atencion un templo con su torre en el centro, y el aspecto de una extensa galera descansando en groseros estribos de cal y canto, rodeada de un bello jardin circundado por un barandal de fierro.
Espié hácia el templo; estaba completamente solo, se oian mis pisadas resonar en el pavimento de madera, y el eco de mi tos moria en la altísima bóveda.
Volví el rostro á todos lados: dominaba en el altar la Vírgen María; al lado del altar ardia la lámpara; era un templo cristiano con todos los adornos, accidentes y particularidades que un templo de México.
Tal vez la disposicion de mi alma, acaso la soledad y el silencio, que es una solemnidad para el espíritu, no sé, pero el conjunto me produjo intensa conmocion.
Sentia en mi oido el acento de mi Santa Madre como encaminando mis pasos al cielo por la senda misteriosa de la oracion, poblaban mis recuerdos los altares, algo de la blanca luz de mi risueña infancia coronaba las simas negras de mis desengaños y de mis dolores.
Yo dudo de todo lo que puede haber inventado el ingenio humano para hacer de Dios un objeto de tráfico; mi razon protesta contra esa fé que consiste en volar en el caos como los arcángeles malditos de Milton; pero yo siento á Dios y él da luz á mis fibras y canta mi sangre dentro de mi corazon sus alabanzas.
Yo estaba prosternado: mi patria descendió á mí en espíritu, en recuerdo, con los afectos de los que amo, con las memorias de los que esperan mi regreso sobre sus lechos de piedra.
Algun rayo de sol que reverberó en el oro de las molduras del altar, el gorgear de alguna ave que cantó en las ventanas del templo, huyéndose alegre, me volvió de mi arrobamiento.... y me dispuse á salir.... en la puerta del templo habia una mujer anciana que pedia limosna en español.... vestida como las mujeres pobres de nuestra clase media, de mi clase.... no sé lo que pasó por mí.... se me figuró que era nuestra raza entera refugiada cerca de los altares, como una barca náufraga tras una roca bienhechora.
Voy ahora á dar cuenta á mis lectores de mis impresiones en la Sinagoga.
A gran distancia percibimos la Sinagoga Emmanuel; brillaban al sol las voluptas de oro colosales en que terminan sus dos torres ó almimbares. El templo levanta su pórtico como un nicho sobre dos elevadas escaleras, y ostenta el arco de su pórtico sostenido por macizas columnas del órden compuesto.
Sobre el arco se ve uno como segundo pórtico formado por tres arcos ó nichos, y coronado por una gran cornisa saliente de la que parecen arrancar las torres hasta su mitad, cubiertas en el interior por espesas celosías.
La parte exterior del templo puede dividirse en tres cuerpos: el primero, compuesto de grandes ventanas coronadas de respiradores ó tragaluces circulares de gran tamaño; el segundo lo compone una colosal arquería con vidrios de colores, como los tragaluces, pero de forma gótica los bastidores, y el tercer cuerpo, el techo en declive por ambos lados, como un caballete cercado de pilares de tamaño proporcional á la mole estupenda del edificio.
Al penetrar al templo nos hallamos casi á oscuras; la luz se modifica en sus rasgadas ventanas por los vidrios de colores, arabescos de exquisito primor en que el nácar, el azul y el naranjado, sobresalen y se combinan con deliciosa belleza.
El templo es como un gran salon; componen su techumbre grupos de bóvedas, recogidas como un cortinaje azul, sembrado de estrellas.
Sobre el pavimento de madera hay tres hileras de lujosas bancas, separadas por cómodos pasillos para que la concurrencia transite con holgura.
En las bancas, de madera fina, con muelles cojines, se encontraban con sus adornos variados, sus gorros, chales y mantillas, las hijas de Abigael y de Ruth, que son morenas, de ojos negros, nariz aguileña; en una palabra, de una hermosura que rinde el alma.
Los caballeros estaban sentados con sus sombreros puestos, lo mismo los niños; pero todos leyendo en el mayor silencio y guardando la más reverente compostura.
En el fondo del templo, de sobre el presbiterio arranca un arco gigantesco que casi toca el techo: en su clave está colocado el órgano, y á los lados, tras balaustrada riquísima, cantores y cantoras.
Debajo del órgano se desplega un segundo arco y penetra la vista en una especie de capilla interior, á cuya entrada cuelga una profusa cortina de color oscuro.
En el centro de la capilla se alza una especie de plataforma, á la que se asciende por dos amplias escaleras. En medio de la plataforma se ve un gran bulto de figura cilíndrica, cubierto de terciopelo carmesí.
A los dos lados del arco del presbiterio estaban dos hombres de pié con sus sombreros puestos.
En la barandilla que limita el presbiterio, que está en alto, se veia un gran atril y en él varios libros.
Frente al atril, y á uno de sus lados, se percibian dos sacerdotes; el uno leia, el otro escuchaba atento; ambos vestian ropas talares, percibiéndose sus camisas, corbatas y trages de caballeros. Cubrian sus cabezas unos como gorrillos griegos.
El sacerdote, que leia en hebreo, es de arrogante figura, como de treinta y cinco años, alto, blanco, de negra y espesa barba y de un metal de voz sonoro y dulcísimo.
Leia con gran fervor el Rabino ó Doctor de la ley y escuchaba el auditorio conmovido. A veces se ponia de pié el concurso y como que pasaba invisible sobre él el espíritu de Dios.
El aura recogia el acento melodioso del Rabino, y entónces, léjos, muy léjos, entre los rayos trémulos de aquella luz crepuscular, se oia una música de notas celestiales.
Fuese como acercando aquella música que descendia, como gotas de lluvia heridas por el sol, de regiones sublimes, y entónces, voces de arcángeles, que no de mujeres, se desataron en cantos dulcísimos empapados en ternura infinita.
El sacerdote que estaba de pié, al acercarse el canto, abrió sus labios y escuché la voz de barítono más grandiosa, más augusta y más tierna de que puede tener idea el sentimiento humano.
Era un idioma extraño, un canto que no tiene analogía con la música religiosa que prestó sus alas á mi espíritu cuando niño, y que sabe trasparentar la queja y el ruego; no, era el canto que nos conduce en la arrobacion del éxtasis, á las contemplaciones de lo infinito y de lo eterno.
Me sentí conmovido en lo más hondo de mi alma; fué aquella para mi espíritu una aparicion de la inmortalidad en su más esplendente seduccion.
La lectura, la deprecacion y el canto, se siguieron alternando entre los sacerdotes, el auditorio y las melodías en las alturas.
Unas hermosas judías que estaban frente á mí, lloraban, y se limpiaba sus ojos y su barba blanca un caballero que estaba á mi lado.
De pronto se rasgó el velo que oculta dentro de la capilla el _Sancta Sanctorum_: los torrentes de armonías del órgano descienden como en cascadas sonoras. En los cielos, en la tierra, en todas partes resuenan cánticos sagrados. El auditorio entero hacia vibrar como una sola voz el himno triunfal del Dios de Jacob.
Los sacerdotes ascendieron por las dos escaleras del fondo de la capilla que conducen al tabernáculo, y uno de ellos colocó en sus brazos el bulto forrado en terciopelo carmesí, de que hemos hablado.
Descendieron del tabernáculo los sacerdotes: lo que conducian eran las Tablas de la Ley.
“¡Aleluya! ¡Aleluya!” clamaba el acento henchido de acentos de la multitud, entre las vibraciones metálicas del órgano.
Se hizo ascender á un niño al presbiterio, repitiendo como una leccion la voz del sacerdote la lectura del Decálogo.
Moisés, los Profetas, los truenos y relámpagos del Sinaí, los tiempos bíblicos de la comunion íntima del hombre con su Dios, palpitaban, irradiaban en mi alma.
_ Al Dios de Sabahot, honor y gloria_; _Cantemos su poder y su bondad_, etc.,
repetia yo maquinalmente con la voz trémula y los ojos llenos de lágrimas.