Viaje a los Estados Unidos, Tomo I

Part 6

Chapter 63,916 wordsPublic domain

—Aunque está vd. mirando, continuaba el guía, tan multiplicadas operaciones, solo hay empleados en él ciento veinte hombres y sesenta mujeres.

Siempre corriendo, me decia al oido Sr. Godoy:

—El gobierno nombra cuatro empleados de categoría, de los que uno de ellos es el director; estos cuatro forman Consejo para decidir de los asuntos árduos y cada uno preside un departamento, siendo libre en su esfera de accion.—Ande vd. más vivo.—Esas galerías espaciosas que vd. está viendo, son pertenecientes á la fundicion.—Inclínese vd.—¿Ve vd. ese chorro líquido que flamea? Es el oro. Esas son oficinas de refinacion.—Ande vd. aprisa que están nuestros amigos frente á la maquinaria.—Yo me limpiaba el sudor, y seguia.—Esas máquinas, decia yo, merecian ponerse bajo un capelo: ¡qué limpieza! ¡qué finura de piezas!—Esa máquina grande tiene una fuerza de ciento veinte caballos.—Allí se verifica el apartado.

—Advierta vd., me decia sin detenerse mi guía, que estos salones tienen doble piso: uno terso, compacto, de fierro, como una sola lámina; otro de fierro dividido en fracciones y compuesto de agujeros como de celosía, que se quitan para barrer, y con las que no se pierde ni la más leve partícula de metal, recogiéndose fácilmente y con seguridad las monedas que caen al suelo, sin que los vigilantes lo perciban. Más adelante se hacen los rieles.—Dése vd. prisa: Sr. Iglesias va muy léjos.

—Estamos donde se opera la acuñacion, y no me fijo en detalles porque todas estas operaciones se hacen en México con mejor órden y más perfeccion que aquí.

—Un poquito más ligero.—Caballero, me estoy ahogando: ese director es un torbellino.

Sin oirme, me siguió diciendo Sr. Godoicito:

—Esta casa acuña cincuenta millones de pesos anualmente.

En todos los Estados-Unidos solo hay tres Casas de Moneda, que dan perfectamente abasto: ésta, la de Filadelfia y la de Nevada, que es la verdaderamente opulenta.

—Le dan á vd., me hizo advertir Sr. Godoy.—Tiene vd. en la mano el famoso _Trade dollar_ (peso de tráfico).—Yo no estoy cierto, añadió mi guía, pero diré á vd. su orígen. En el tráfico con China, compitiendo con los pesos mexicanos, perdian los Estados-Unidos el 8%. El cambio que hicieron en México de tipo, abatió su precio en el Japon y China: entónces se inventó aquí el peso de tráfico con su águila á la mexicana, para el comercio chino.... Vd. lo está viendo: este peso, así como está, pesa ahora más que el mexicano. Con este peso se hace un tráfico con China calculado en treinta millones.

En solo el mes pasado (Enero de 77) se enviaron á China ocho millones!!

—¡Hermoso salon! dije á mi compañero, sin alcanzar resuello, y lo que es más, lindísimas muchachas.

—Esas _ladies_, continuó mi buen guía, están haciendo el pulimento de los pesos; cada una tiene su balanza al frente y su lima en la mano: ¡qué silencio! ¡cuánta decencia y compostura!

—Aquí, me dijo deteniéndome Sr. Godoy, se cuenta. Vea vd.

En efecto, sobre un tablon dividido en pequeños carriles formados de rieles paralelos de laton, ví llover como al acaso una granizada de pesetas. Un empleado cernia el tablon, las pesetas se acomodaban como por sí mismas en los rieles, y en un abrir y cerrar de ojos, con exactitud infalible, se habian contado doscientos cincuenta pesos.

Existe en otras partes otro mecanismo para contar los pesos.

Es una especie de tolva en que se depositan los pesos. Estos caen sobre un plano inclinado dividido por rieles pequeños de laton y cerrados por una faja. Al caer se acomodan, se levanta la compuerta y se precipitan en un talego; así se cuentan en minutos miles de pesos.

La maquinita para contar monedas en otras partes, de cinco y diez centavos, tiene la hechura de un molinito de café, cuyos dientes tienen el hueco para contener la monedita; se llena de pequeñas monedas la taza, se agita el manubrio y caen contadas las monedas, señalándose la cantidad en una especie de reloj que está en el tornillo que afianza el manubrio.

—Entre vd. á esos pequeños cuartitos de fierro, me dijo mi guía.

Estaban casi oscuros; pero la luz del gas alumbró á nuestra entrada y me ví cercado de pilas de barras de plata y oro y algunas tortas de cobre, que reverberaban como espuma de oro salpicada de esmeraldas.

—Habrá aquí, me dijo mi guía, tres millones que están á disposicion del gobierno federal. El mes pasado dispuso de ocho millones.

Al decir esto iba descendiendo las escaleras mi guía, como arrebatado por una máquina de vapor, y nos detuvimos en el primer piso del edificio, en los grandes almacenes de leña y de todos los útiles de la negociacion.

Hay allí extensos talleres en que se fabrica y repara la maquinaria: hicimos parada al frente de un inmenso pozo artesiano, de donde manan cada veinticuatro horas 25,000 galones de agua.

El pozo costó á la negociacion 1,600 pesos, y produce un ahorro de 8,000 pesos al año.

Pero nuestras observaciones se hacian por vapor: de trecho en trecho estábamos al dejarnos caer de fatiga; al fin nos derribamos en unas muelles poltronas en el despacho del director.

Amplio salon con grandes ventanas rasgadas á todos los vientos, larga y despejada mesa en el centro con recado de escribir, lujo espléndido con el dejo y el buen tono de sencillez admirable.

Ardia la chimenea. El director puso el dedo sobre un timbre que resonó obediente y apareció como brotando de la pared un negro vestido elegantemente, conduciendo en una charola de plata espumosas copas de Champaña helado.

Bebimos á la salud del director, y éste, en los términos más corteses, correspondió al bríndis, apurando su copa por México y por el Sr. Iglesias.

Despues se nos repartieron unos cuadernos, que son las Memorias anuales del estado que guarda la casa.

Nos despedimos llenos de gratitud y prendados de la finura y complacencia de los Sres. Lagrange y Godoy. Al volvernos, como para despedirnos del grandioso edificio, pregunté su costo y me dijo un empleado que habia sido de 1.600,000 pesos, y que todo él era de bóveda y estaba á prueba de fuego.

Al volver de la expedicion de la Casa de Moneda, y como por vía de descanso, escribí en el Album de la Srita. Godoy lo siguiente:

EN EL ALBUM DE LA SEÑORITA MEXICANA ADELA GODOY.

Tú tienes una patria, niña graciosa, Que pisa siempre alfombras de frescas flores, En donde el aura pura cruza amorosa, Cantando amores.

Tú tienes una patria, que como una Hada Hechiza la existencia con sus halagos; Que cual á cisne mecen limpios cristales De mansos lagos.

Le rinde el liquidámbar dulces aromas, Sombra dan á su frente verdes manglares, Y se miran los nidos de sus palomas Desde sus mares.

Las aves á sus aires les dan conciertos, Y pompa del espacio son sus volcanes, Sublimes atraviesan los huracanes Por sus desiertos.

Da el trigal á sus campos matices de oro, Y el algodon vellones de blanca espuma, El árbol de sus frutos con el tesoro, Cruge y se abruma.

Las montañas desparecen en el vacío Cabelleras inmensas de humo y de llama, A sus plantas torrente se torna el rio Que ronco brama.

Cuando Vieron absortos tanta grandeza, De la tierra se hundieron en las entrañas Los metales, que buscan patrias extrañas, Como riqueza.

Y son sombra de sueño tantos primores, Y recuerdo de un sueño tantos placeres, Comparado al encanto de los amores De sus mujeres.

Ellas son luz de aurora de nuestra cuna, Alivio, encanto, hechizo de nuestra suerte; Ellas son en las ondas de duelo y muerte Rayo de luna.

Ellas la aura perfuman cuando suspiran; Ellas nos acarician con sus desvelos; Infiernos de dolores tornan en cielos, Cuando nos miran.

Y porque no me digas que por galante Trovador mexicano, te forjo un cuento, Frente á imparcial espejo puesto el semblante, Dime si miento.

San Francisco California, Febrero 5 de 1877.

GUILLERMO PRIETO.

VII

Las calles de dia y de noche.—Remates.—Embaucadores.—El parque.—Casas de placer.—Calle de Dupont.—Barrio Chino.

HEMOS indicado cuánto es el movimiento, cuánta y cuán viva la animacion en las calles centrales del comercio y en las próximas al muelle. De dia hacen ostentacion de estas cualidades las calles de Kearny y Montgomery, con sus efectos de lujo; las de California y Sacramento con el movimiento imponderable de sus bancos; la de Battery y otras con la carga y descarga de sus efectos en los almacenes, y todas con la mezcla de placer y de los negocios que dan al conjunto una fisonomía alegre de bienestar y contento.

Lo que no es describible es el conjunto, por más que muchas veces lo haya intentado. Esas masas gigantescas de edificios austeros, atrevidos, uniformes y pesados en su parte superior, descansando sobre nichos de cristales inmensos sostenidos por ligeras columnas; esa especie de fabricacion aérea, esa luz que corre bajo el macizo de la construccion de siete y ocho pisos, y que forma como bosques de lienzos, de joyas, de muñecos, de tocados, máquinas y figurines, eso es lo que se necesita ver para formar aproximada idea de lo que se quiere describir.

Atraviesan sin cesar las calles carros y carretas de todas formas y dimensiones, desde el _vogue_ con sus dos colosales botes de hoja de lata del vendedor de leche, hasta carretones que llevan montones de tercios y de baules. El pan, la verdura, la carne, la cerveza, la soda, todo se conduce en carros y se proclama en todos los tonos, con insistencia grande, aunque en acento desgarbado y monótono.

El negociante atraviesa en su quitrincillo tirado por un caballo y sube y baja haciendo su negocio; trepa el ómnibus las cuestas afanoso, llevando de trasporte familias enteras; wagones innumerables se cruzan rápidos con un tumulto de viajeros á su retaguardia, y en landós soberbios y carretelas abiertas van las damas, recostadas entre pieles negligentemente y dando al aire los velos blancos que revuelan sobre las flores de sus primorosos gorritos.

Negrean las calles de los bancos con caballeros uniformemente vestidos de negro, y como para una gran festividad, con sus sobretodos al brazo como si estuvieran á la entrada de la ópera, culebrean y se agolpan los chinos vestidos de azul, con los brazos abiertos en actitud de vuelo, azotando las trenzas su espalda, dejando ver sus medias blanquísimas como nieve y sus zapatos ó babuchas de chalupa, con los que andan muy desembarazados, y entre ese gentío se abre paso con su sombrilla la _lady_ vestida, con deslumbradora elegancia, de pieles, terciopelos y sedas, reverberando de soguillas y pedrería, ágil, risueña, quemando, desesperando á los inexpertos hijos de Adam.

Se deslizan y caracolean en todas direcciones vendedores de diferentes artículos, que excitan ambulantes el apetito, y atacan insolentes los bolsillos.

Cajoncitos con ramos de flores: cacahuates y naranjas en carritos de mano; cortaplumas, botones y corbatas, limonadas y refrigerios, en cajones sobre tripiés.

El sentimiento de igualdad se lleva tan al cabo aquí, que hasta las que yo habia tenido como naturales categorías de las mercancías, desaparecen. Entre una joyería y una tienda de modas, invadiendo la banqueta, esperan marchante las frutas, el apio, los botes de conserva, el jabon y los zapatos. Interrumpen las hileras de tápalos, casimires y sombrillas, sendos cuartos de carnero ó de res pendientes de sus clavijeros y tirando del _schal_ ó la mantilla á los transeuntes. Una iglesia deja escuchar sus himnos gravedosos al lado de un establo en que se forcejea con la curacion de un cuadrúpedo. Junto al portátil despacho de aguas minerales, están los periódicos en todos los idiomas, con sendos rubros de sus novedades, y lado á lado de la juguetería de los niños, hay figuras anatómicas anunciando á un cirujano ó á un dentista.

La botica constituye un ramo de comercio _sui generis_: hay con profusion cajitas de píldoras, botes y botellas que todo lo sanan, que prolongan la vida, que reconquistan la fuerza y la hermosura; pero en la botica se expenden toallas, corbatas, perfumes, _protectores_ para el pecho, ojos de vidrio, bragueros en número estupendo y no sé cuántas cosas más.

Es de rigor que las boticas ostenten suma elegancia y que sus gigantescos botellones con aguas de colores sirvan de guía en las noches, como faros á distancias inmensas. Los aparatos de mármol para las aguas minerales heladas, suelen valer dos y tres mil pesos. En México hay uno de estos en la botica de la calle de Tacuba.

En este país inquieto, voluntarioso y movedizo, los _remates_ tienen importancia especial. La gente, al trasladarse á otro punto, todo lo abandona, cambia de localidad como la víbora de piel, sin retener ni reservar nada; parece que desea abandonar hasta sus recuerdos; pero eso sí, sacando partido.

Por todas las calles hay remates.

Congréganse carros y carretas, colchones, cuadros, pianos, útiles los más inciviles de la vida íntima; y así como todo lo deja el emigrante, todo se apropia sin el menor escrúpulo el que queda, sin cuidarse de la procedencia y haciendo uso inmediato de los desechos que remata. Lo mismo sucede con los sombreros, con los zapatos y con la ropa que llaman _de segunda mano_.

Todo el tragin que hemos procurado bosquejar de dia toma en las noches otro tipo, sin dejar su actividad febril, á lo ménos en las calles principales.

Pero la noche es el misterio y lo fantástico con que se complica admirablemente la luz artificial.

En varias esquinas, en alto y á la luz de las antorchas, se miran los mil suertistas, embaucadores y charlatanes en que tanto abundan estos lugares.

Ya es un hombre que traga á puñados copos de algodon y por la manga de la levita le sale hilo de la mejor calidad, vendiendo sus carretes á alto precio. Ya es un sabio que hace funcionar su máquina eléctrica para hemorragias, reumatismos, dispepcias y qué sé yo cuántas lacras y achaques de la triste humanidad. Ya el propietario de unos pajaritos que predicen el futuro, acarreando papelitos de diversos colores en el pico. Una gitana dice la buena ventura á unos labriegos, miéntras un espiritista denuncia sus conversaciones con el alma de Señora Santa Ana ó de Booth, el asesino de Lincoln. Un Arago callejero explica los fenómenos celestes al frente de un telescopio por donde todos ven oscuro, y un perro sabio adivina lo que tiene uno en el bolsillo y la chica que más le confronta de la concurrencia.

Los cafés cantantes, los teatros de _Ministrils_, los totilimundis y los saltimbanquis, se anuncian con músicas de viento, sin cesar por ello los cilindros, haciéndose rajas con los carcajeos de Offembach ó las salidas picarescas de la Fille de Mad. Angot, miéntras tres desgalichaos músicos de la Murga con su arpa y sus violines, sus sorbetes y sus levitas raidas, gimen sus himnos á Garibaldi, con un sentimentalismo como de quien no ha probado bocado en todo el dia.

En las noches de luna, los parques y jardines son muy concurridos, viéndose en el parque, en _Cliff House_ y en otras casas de campo, concurrencia hasta muy entrada la noche.

Pero donde se concentra una animacion nocturna que sorprende al viajero, es en la calle de Dupont y sus alrededores.

Esa seccion de la ciudad, en una extension como de tres millas y con muy contadas excepciones, se compone de estancias habitadas por elegantes sirenas, que atraen con sus cantos y sus hechizos á los frágiles mortales.

Las bellas habitadoras de esas mansiones se exponen dia y noche en las ventanas de sus habitaciones, cuyo interior se percibe desde fuera.

Alfombras, espejos, candelabros, estatuas y el indispensable piano en perpétuo ejercicio, se distinguen en esos templos del ocio.

Las hermosas en las noches suelen estar á la puerta de su negociacion, vestidas de fantasía. Sultanas, sacerdotisas, griegas, amazonas, divinidades olímpicas, alternan en todos los idiomas, invitando al viajero á tomar descanso y encareciendo las grandes recomendaciones de los establecimientos.

En algunas casas las escalerillas que dan á la calle están llenas de jóvenes de deslumbradora hermosura, y se oyen de lo alto de los escalones todos los idiomas, como divertida parodia de la torre de Babel.

Inglesas, francesas, chinas, españolas, rusas, americanas, parecen con el destino único de alimentar el bien parecer y la sociabilidad, y en enjambres los viajeros acuden á hacerse cargo de esa instruccion al aire libre, competentemente encerrada por la policía en determinados límites.

Pero yo no sé: cuando entre nosotros se lanza una infeliz á esas distracciones, la miseria, el desengaño, algun móvil que se relaciona con misterios del corazon, son determinantes de su fatalidad. En lo poco que yo pude estudiar de estas desgraciadas, no es así: disponen de sus gracias como de una mercancía, se trata de su venta como un expendedor de licores ó de lienzos, el tráfico es en frio.... descarnado, calculado, se valúan los cambios.... y se lamenta ó se aplaude la alza y baja de la demanda, como al tratarse de la melaza ó del tabaco.

De este modo, en la joyería, en la fonda, en el hotel, en el baile, se sazona con la presencia de una hermosa el comercio, como si se tratara de conducir allí una caja de música ó una bombilla de cristal con pescados de colores.

Siguiendo las calles de Dupont y las de Jackson, se van viendo en las puertas los nombres de _Miss Emma_, _Miss Virginia_, _Srita. Adela_, para que no quede duda y para que no extravíe direccion aquel que suele recibir una tarjeta en medio de la calle.

En unas de esas quiebras de las calles Dupont y Jackson, residen las chinas.

Sabido es que las chinas de alguna distincion no ven la luz pública, y que las aventureras que han logrado fugarse del celeste imperio son de la peor ralea.

Se compone su vestido de un saco y una enagüilla. Tienen como zorongo y abultados bucles de cabello cerdoso y reluciente sobre las sienes.

De tez amarilla, chatas, de ojos en diagonal, que parecen arrancar desde la frente, boca grande y labios delgados, con pintura escarlata en los carrillos: esa es la china. No lleva sobre sí harapos, ni denuncian rasgones su mala fortuna; pero hay algo del ocre y de la cera de Campeche en su atmósfera, que repugna.

Por lo demas, la china es el sér más atrevido, más desvergonzado y repugnante de cuanto se puede imaginar.

Habita cuartitos sucios y desamueblados que constantemente están cerrados; pero tiene en su puerta unos boquetes cuadrados con su puertecilla constantemente abierta; por allí asoma la china su fisonomía aplastada y saca sus dientes teñidos de colorado, con una raíz que masca y le comunica ese color de sangre que repele.

Pero muchas chinas no se conforman con su encierro: se posan en el medio de la calle y se abalanzan al viajero, agarrándole del vestido; uno de nuestros amigos, entrado en años y circunspecto, dejó, parodiando á José, la solapa de su levita en descomunal batalla con una de esas paisanas de Confucio.

Leed lo que escribia en mi cartera el 2 de Febrero de 1877, y que pinta mis primeras impresiones en el Barrio Chino.

“Saliamos contentos algunos compañeros y yo de la fonda.

Los recuerdos de la patria, las evocaciones á la juventud, y el vino y el _rompope_, tenian alegres nuestros corazones y traiamos á las vueltas la historia antigua y moderna de México, la crónica escandalosa, las ilusiones perdidas y las esperanzas al perderse, cuando sin antecedente alguno, del modo más repentino y más inesperado, al doblar una calle, como por mágia, estábamos en China.

En las aceras van corriendo en giros encontrados dos raudales de hombres y mujeres, vestidos de una manera imperturbablemente uniforme. Amplio pantalon azul, calzado ó babuchas como chalupa, con la punta hácia arriba, y una franja blanca ántes de la suela, blusa azul hasta la rodilla y anchas mangas, largo y bien rasurado cuello, rapada mollera, con un islote de cabello espeso en el centro, de donde se desprenden para enroscarse en la propia cabeza ó flotar á la espalda, luengas trenzas de más de vara, con su mota de cordon ó seda en la punta. Esas trenzas se equivocan con la cola del mono, no sé por qué.

Las casas de tráfico, con pocas excepciones, están como amontonadas al ras de la calle, ó en hondos subterráneos húmedos, mal alumbrados, llenos de embarazos y suciedad.

Ya son fruterías con naranjas colosales, nueces de figura de riñones que saben á la vez á coco y á nuez: unas raíces de preparacion particular, que tiñen los dientes y la saliva de color de sangre, y en tiendas más elegantes, á la usanza americana, chucherías mil, de marfil, de ébano, de bambú y madera comun, con barnices deliciosos.

Joyas de oro, tejidos de seda con los matices y la levedad de los colores del íris, y pájaros desecados y pinturas que asombran por la perfeccion del trabajo.

Todo esto lo veiamos en una especie de tumulto, entre gritos como ladridos, y desesperándonos la algarabía de instrumentos en que el rechinar de la carreta y el tirabuzon, rozando con aspereza el corcho, nos habrian parecido arrullos de tórtola.

En medio de aquella balumba, en que perdia para mí toda su reputacion filarmónica el celeste imperio, alcé los ojos.

Los terrados, las flores, las personas, no ofrecen diferencia alguna con las pinturas que vemos, creyéndolas fantásticas, en tibores, biombos, cuadros y muebles chinos.

Son los balcones salientes y como encerradas sus puertas en cuadros ó jaulas formados por las celosías.

Lámparas con grandes borlas ó colgajos de seda carmesí los adornan, y flores importadas con especialidad del Japon las embellecen.

El lirio japonés, que es aquí muy comun, tiene sus tallos como la azucena, se conservan á la sombra, se desarrollan entre pedrezuelas que se humedecen y producen flores como de cera.

Los artefactos son muy variados y me producian extrañeza, aunque conocia algunos, desde los juguetes de los niños, hasta los trages de los mandarines y sacerdotes.

Para los niños hay trompos á los que se da cuerda, y al bailar se deshacen en variedad de trompitos de colores que bailan á la vez.

Hay caprichosos ejercicios de paciencia para combinar los colores y para vencer dificultades, como los nudos mágicos y el freno del gato.

La porcelana se ha docilitado entre los japoneses á un punto que parece imposible. Se enrosca, se escurre, se volatiliza casi, y al trasparentarse, revela colores ignorados á la simple vista.

La madera en sus barnices y su levedad, que la confunde con el carton, presenta mil bellezas.

Pescados que plagian á los naturales con perfeccion, y adornan charolas, azafates y platos, bandejas, picheles y tazas con flores y pájaros realzados, desesperacion del pincel, del bajo relieve y el buril, y partes en que parece se ha condensado la espuma para que en ella se realcen edificios, árboles, navíos, hombres, mujeres y niños.

Me llamó la atencion, entre mil cosas, la filigrana, emulando el cabello por su flexibilidad y sutileza en muchas joyas. Diré en este particular, para desahogo de mi orgullo, que mostré en una tienda unas mancuernas de filigrana que poseo, obra de mi querido amigo y compadre José Carrillo, que tiene su taller junto al núm. 30 de la calle de Ortega, y produjeron admiracion entre aquellos artistas, ofreciéndome por ellas alto precio.

Ví unos bastones de caña, ligerísimos como plumas, que encierran otros y otros que se desenvainan hasta prolongarlos de un modo increible.

Admiré barcos, jarrones y columnas de marfil como tela de huevo, llenos de paisajes deliciosos.

Por último, me extasié al frente de la cabeza de un pájaro hermoso, en cuyo pico, que tiene la figura del de la guacamaya, se esculpió un bajo relieve aprovechando las plumas y los accidentes de aquella cabeza, para producir un edificio fantástico en miniatura, de maravillosa perfeccion.