Viaje a los Estados Unidos, Tomo I

Part 37

Chapter 373,101 wordsPublic domain

Corria el tren entre quiebras y cañadas á los dos lados del camino; dilatadísimos bosques ofrecian á los ojos sus sombras, sus hilos de agua pura cayendo de las rocas, y sus claros en que ya distinguiamos habitaciones risueñas rodeadas de ganados, ya chozas medio destruidas con los rastros del incendio, la tablazon floja y como flotante, y cenizas y desolacion por todas partes.

A veces de entre esas chozas arruinadas salian, colocadas en fila para ver pasar el tren, familias de negros; los niños casi desnudos; las mujeres como arpías, con el seno desnudo y los lanudos montones de cabellos en desórden, y negros con _sorbetes_ desgobernados y rotos, restos de harapos de paño y unas botas incomprensibles, indescribibles, que eran el cataclismo del calzado sobre el pié desnudo.

No es posible describir el efecto que me producian aquellos lugares, algunos de ellos semejantes á nuestras Huastecas. ¡Cómo revivian en mi mente mis impresiones de niño, cuando leyendo á Chateaubriand, me encantaba con aquellos cuadros en donde parece que vibra su voz y se desliza su poderoso espíritu!

Atravesando esos pintorescos rios nos detuvimos algunas horas en Mobila.

Mobila, como dice Molinari, es el gran puerto de embarque del algodon del Alabama y de una parte de la Georgia. En ninguna parte se han hecho más sensibles los estragos que agobiaron á aquella rica y fecunda region del Sur.

Las más hermosas habitaciones se destruyeron ó vendieron á vil precio.

Mobila exportaba ántes de la guerra 900,000 balas de algodon por año: la exportacion, hoy, ha disminuido en más de una mitad.

Al ver las calles de Mobila, involuntariamente se exclama:

“¿Por qué se ha convertido en desierto la ciudad llena de gente?”

Mis compañeros se quedaron descansando en uno de los hoteles; yo me salí á la ventura á recorrer aquella ciudad, que hace esfuerzos titánicos por reconquistar su antiguo esplendor.

En un _bar-room_, de la manera más inesperada, me hallé un mexicano jóven, aventajadísimo estudiante de medicina, que, como por adivinacion, se dirigió á mí, me tendió la mano del modo más oportuno, y á las cuatro palabras éramos amigos.

El jóven Z*** es natural del Saltillo; su vestir es elegante y su educacion me pareció sobresaliente.

Hacia alarde del habla, de las maneras y de las costumbres de la gente bien educada de la frontera. Apénas hablamos, cuando le invité á que diéramos una vuelta, porque solo cinco horas teniamos disponibles.

Tomó á pechos el chico su mision, y echamos á andar.

A nuestro regreso al hotel, me ayudó á compaginar las siguientes apuntaciones.

Mobila está situado en la parte occidental del rio de su nombre, casi á la entrada de la bahía y á treinta millas del Golfo de México.

La ciudad está como guarecida entre frondosos árboles, como si temiera el arenal que la rodea, y la limitan colinas de poca elevacion.

Tiene grande regularidad la ciudad, por supuesto forjada con el molde americano; el piso es excelente y llaman sobre todo la atencion en el centro las sombrías arboledas y el profuso follaje de los robles, entre cuyas ramas medio aparecen, medio se ocultan los edificios, dando aspecto muy agradable al conjunto.

Dominan la reducida, pero risueña bahía, el fuerte Morgan, antiguamente Bowyer, Mobila, Point y el fuerte Gaine: en la extremidad de la isla del Delfin, descuella sobre todas esas eminencias un faro cuya linterna está elevada á cincuenta y cinco piés sobre el nivel del mar.

En la direccion de la bahía se distinguen restos de las baterías construidas durante la guerra, que destruyeron los vencedores.

Gran número de buques de vela navegan entre Mobila y Nueva-Orleans, y cruzan en el interior el Alabama, el Tombigbe y otros rios, lo que da á la bahía y á las orillas de los rios grande animacion.

Mobila fué el sitio original de la colonizacion francesa, y los que conocen las costumbres de sus habitantes, hacen grandes elogios de su cultura, costumbres y maneras simpáticas con nuestra raza. La fundacion, en el comun sentir, se verificó en 1703.

En 1723, la residencia del gobierno colonial se trasportó á Nueva-Orleans. En 1763, Mobila, con toda la parte de la Luisiana, al Este del Mississippí y al Norte de Bayon, Iberville y los lagos Maurepas y Pontchartrain, pasaron á la posesion de la Gran Bretaña. En 1780, la Inglaterra devolvió á España este territorio, y aquel gobierno, en 1813, entregó la ciudad, que no contenia ni mil personas, á los Estados-Unidos, por el tratado de 1819.

Mobila en la última guerra, se hizo notable por su poderosa resistencia al Norte, tanto que no se rindió sino tres dias despues de la rendicion de Lee (12 de Abril de 1865).

Cuando en 1864, las tropas del general Farragust destrozaron los fuertes y cerraron el puerto, no lograron apoderarse de la ciudad.

Además del comercio del algodon, de cuya extension hemos dado idea, tiene importancia la manufactura de muebles, carruajes, papel, fundiciones, maquinaria, etc.

La calle del Gobierno es de las más hermosas, los jardines de las casas que se perciben bajo los robles pomposos que sombrean la calle, hacen hermosísima la vista.

_Bienville park_, entre las calles del Delfin y San Francisco, es tambien muy hermoso, y ya se notarán en los nombres las invasiones de la raza americana entre franceses y españoles, y ya se deja entender cuáles serán los matices que tal mezcla produzca en lo más íntimo de las costumbres.

La aduana, en que se encuentra la oficina de correos, es de los más hermosos edificios; está hecha toda de granito y tuvo de costo 250,000 pesos.

El Teatro y la Casa del Mercado, están en la Calle Real.

Dos edificios llamaron, en mi rápido tránsito por Mobila, singularmente mi atencion: el edificio de las Compañías impares, _Old fellows Hall_, que está al frente de la aduana y es de fierro y ladrillo, y el Banco de Mobila, que tienen columnata y pórtico magníficos.

Las iglesias más notables son la Catedral de la Inmaculada Concepcion (católica romana); la Iglesia de Cristo y la Trinidad (episcopales).

Hay en Mobila suntuosos hospitales, cuatro asilos para huérfanos, un colegio de Medicina á que pertenecia mi simpático fronterizo, muy bien atendido, y multitud de escuelas y academias, entre ellas una escuela hebrea, de mucha fama.

_Spring Hill_ es un agradable suburbio situado al Oeste de la ciudad, al cual se va por los wagones de la calle de San Francisco.

En la ciudad hay seis líneas de wagones.

En _Spring Hill_ está situado el colegio de San José, institucion jesuítica: fué fundada en 1832 por el obispo Portier, y tiene un hermoso edificio de 375 piés de largo, coronado por una torre desde la cual se disfrutan vistas deliciosas.

El colegio contiene una librería de 8,000 volúmenes, y una muy valiosa coleccion de aparatos científicos. En la espalda del edificio hay una magnífica estatua de la Vírgen, llevada de Francia.

A lo largo de la bahía, en una extension de más de dos leguas, se prolonga una magnífica calzada, que puede considerarse como el mejor paseo de la ciudad.

Acababa mis apuntaciones con mi jóven amigo el Sr. Zartuche, le abrazaba, me escribia en un papel algunas palabras afectuosas para su hermano Andrés, que reside en México, cuando tocó la puerta Francisco, que venia á decirme que iba á sonar la hora de partir.

Estábamos á 144 millas de Orleans, é íbamos á ver el Golfo de México, algo de México, por Dios, que yo estaba sudando _wiskey_ hacia tres dias, y á recorrer el camino de fierro más sorprendente de los Estados-Unidos.

Como suena la palabra, es un camino construido sobre un pantano lleno de resumideros y hundiciones; vamos, era como un esfuerzo de patinar sobre una tortilla de huevos.

Lo diré francamente: yo no estoy organizado para ninguna clase de maromas; pero mucho ménos para estas; no las soporto, no hay una cosa que más me encocore, que esos fanfarrones del mar, que dicen que á ellos se les marean los dientes cuando se anuncia una tormenta, ó esos soldaditos de tres al cuarto que se jactan de dormir en el suelo y beberse una botella de aguarrás, porque son hombres.

El camino es un equilibrio perpétuo; se ven los delgados troncos de los pinos como balaustradas y crujías en que salta y se juega la luz, se extienden en soberbios cortinajes enredaderas que flotan rotas por los vientos; y por los claros de aquella crujía de los árboles tupidos, se ven casitas blancas, vegas risueñas en que juegan los niños, ó que atraviesan los carros tirados por caballos, y grupos de hombres blancos y negros, dedicados á unas mismas labores.

Hay en el trayecto muchas estaciones de nombres franceses: Rigollets, Cheft, Menteur, Michaud, Gentilly, y nombres indios como Pascagoula y Biloxi: esta última estacion está habitada por gascones á quienes se conoce al vuelo.

Vayan vdes. á ver una puerilidad singular: aquel coqueteo de las selvas con el Golfo de México, visto por interrupciones como envuelto en un manto de púrpura y oro, me tenia realmente regocijado; pero con un verdadero fandango en las entrañas, me saludaban los árboles, me decian chicoleos las aves, me parecia que tenia el cielo sombrero ancho y que la estrella de la tarde se habia terciado un rebozo para hacerme una muequilla, como cualquiera maldita de estas de los barrios de México.

La tarde caia como para restituirme á la realidad: la sombra descendia lentamente como un párpado que priva al ojo eternamente de la luz.

No cantaban las aves, el viento parece que llegaba fatigado y recogia sus alas sobre las ramas de los árboles.

Hondo silencio reinaba en el interior de nuestro coche; yo, en la plataforma, veia sin ver, me mantenia sin conciencia de la vida, en esa disposicion del espíritu, entre el ensueño y el éxtasis: mi alma no estaba en mí, se paseaba libre en esos espacios que nos deja el olvido.

Repentinamente me pareció que atravesábamos por dentro un mar de llamas; era, en efecto, el resplandor vivísimo de un incendio reverberando en las aguas.

Incendiaban aquellos, como nuestros labradores, el pasto seco; pero la llama caprichosa, ya se recogia como encharcándose entre los árboles, ya se extendia en agitados lagos en los claros sin árboles, ya trepaba á lo más alto de una colina, convirtiéndola en edificio maravilloso y fantástico, y ya, descendiendo en corrientes, perfilaba los bordes de las aguas y culebreaba en direcciones distintas.

Las aguas realzaban y embellecian el espectáculo, corriendo en el filo de las bases de la colina iluminadas por las llamas; presentaban como suspendidas en un éter de oro, colinas y arboledas, destacándose en las sombras, que eran ya espesas, pero que dejaban percibir las figuras monstruosas de las nieves: el espectáculo era al extremo fantástico.

De pronto, el tren se encarriló como entre dos cercas de madera; se escuchó un ruido extraño.... yo saqué espantado la cabeza, y ví como suspendido el inmenso tren sobre las olas hirvientes del Océano, pero á gran altura.

El cimbramiento era horrible, parece que el monstruo de fierro que nos conducia temblaba ante la empresa temeraria de atravesar el puente.

Lancaster, que en situaciones semejantes es impasible, estaba con su libro en la mano, titulado: _Los Estados-Unidos_ y _el Canadá_, de Molinari: leia con una de las lamparillas del wagon (leyendo): “¿Cómo pasaremos?—En Europa este seria gravísimo negocio. En América la cosa es muy sencilla: se han cortado de las cercanías los pinos más largos y más gruesos, y de dos en dos se han metido y afirmado en las aguas como pilares. En seguida se les ha asegurado con trozos trasversales, sobre los que se han colocado los rieles, y adelante! _¡go ahead!_ Si uno de estos pilares sepultados sesenta ú ochenta piés de profundidad, cede al peso del convoy, entónces, tomaremos algunos tragos de agua salada.”

Aunque tal es el texto de Molinari al hablar del paso en que nos hallábamos, confieso que no me hizo ninguna gracia la muy adecuada cita de mi querido Alfonso.

El tren se detuvo sobre aquel precipicio, y entónces más bien adivinamos que distinguimos el Golfo de México.

Sea por la disposicion de mi alma, sea por lo inesperado de aquella especie de revelacion, me impresionó profundamente.

Unas veces, como vulgarizándose mi espíritu, queria llamar á mi patria con los nombres de la hija, de la madre, de la querida; otras, no me la podia figurar sin personalidad, con sus ojos, con sus labios trémulos, con su seno palpitante y con su negra cabellera tendida sobre su espalda: era su aparicion en mí, dentro de mi alma, rejuveneciéndola, iluminándola, empapándola en ternura infinita.

Ponia atento el oido, porque creia reconocer en los ecos de las olas, articulaciones de voces amigas.

A veces se me figuraba que de detrás de la curva de las olas, aparecian las cúpulas de las torres de nuestra Catedral, y los templos, las copas encanecidas de los ahuehuetes de Chapultepec y estas serranías que viven, que sienten, que descienden en tropel á las llanuras, como moviéndose, que se aislan como pensativas.

A veces se me figuraba que se hundia el puente, que unos momentos nos envolvian las ondas rugientes, produciéndonos congojas mortales, y que seguia despues el tren corriendo por el poético camino de Maltrata, con sus selvas gigantes, sus hondonadas risueñas, sus quiebras romancescas, bajo un cielo delicioso y envuelto en auras empapadas en aromas.

Despues se desvanecia la ilusion, las olas sin fin del Océano corrian, empujadas por el viento, y venian á morir saltando bajo nuestros piés, donde temblaban melancólicas las luces de las linternas del tren y de los faroles del puente.

No me fué posible percibir el lago de Ponchartrain, porque ya era de noche.

Los aprestos de los viajeros, la llegada de los agentes de ómnibus y hoteles y la vista confusa de sembrados y chozas, nos advirtieron nuestra próxima llegada á Orleans.

En la extendida llanura se veian, ya distantes las luces de las cabañas de los labradores, ya más cercanos los claros de luz de llama de algunas casas, ya entre ramajes y cañas, picos de gas que reverberaban como luceros.

Los gritos de los sirvientes del ferrocarril comenzaron á escucharse, los alaridos de la locomotora fueron más repetidos, y la campana triunfal del tren, sonando á vuelo, anunció nuestra llegada á Orleans.

Antes de arribar á la estacion, que es bien pobre y desmantelada, se habia deliberado concienzudamente sobre dónde deberiamos parar, y nos habiamos fijado en el Hotel Metropolitano; pero no habia allí cuartos y tuvimos que acomodarnos en el _City Hotel_, uno de los más americanos y favorecidos de la ciudad: _Corner Camp and Common Streets._

En efecto, la afluencia de pasajeros es mucha, y el tragin insoportable.

Llovia á cántaros: llegamos sacudiéndonos y buscando en el primer piso en que está el despacho, el salon de recepcion, y en el comedor algun refrigerio; allí amontonaban unos desesperados dependientes baúles y almofrejes, con la tosquedad peculiar á los criados y carreteros.

Corrimos al despacho, donde nos tocó un servidor áspero como almohaza y con ménos palabras que un poste; nos arrojó á la cara nuestras llaves y subimos escaleras que fué un contento.

Estas escaleras eran muchas; por todas partes conducian á callejones, vericuetos, pasillos y escondrijos.

Soliamos topar á nuestro paso negros desastrados y verdaderas arpías de peineta, delantal, brazos apergaminados y amarillos, y unos zapatazos capaces de contener á Vicente Manero, cómodamente sentado dentro de uno de ellos, y es de advertir que Manero es el hombre más gordo de México.

A mis compañeros les dieron habitaciones más ó ménos cómodas. Yo salí de inclinacion á una irlandesa, con más años que el andar en dos piés los llamados racionales, y un malditísimo génio que parecia educada por portero de ministerio ó por guerrillero hecho general; esta animala quiso encaramarme á un último piso, en que materialmente escuchaba los estornudos de los habitantes de la luna.

Como quien quiere y no quiere la cosa, me informé acerca del importante ramo de comidas, y supe, con amargo desconsuelo, que se observaba el _plan americano_ con inquebrantable rigidez.

Tal anuncio me hizo volver á mi undécimo cielo, turbado y descolorido.

Habia lugar en mi cuarto para todo, absolutamente para todo, ménos para el huésped; ese quedaba suprimido ó se suponia de enrollar para meterlo en el ropero ó dejarlo en el barrote de una puerta, ó declararlo en cama luego que entrase.

Alcalde, que llegó dias despues á mi vecindad, tenia que escalar su baúl para llegar á su lecho.

Tendido en un colchon que tenia perfecta semejanza con un globo al desinflarse, me quedé dormido.

FIN DEL TOMO PRIMERO

INDICE.

Páginas.

PRÓLOGO i

Viaje á los Estados-Unidos por _Fidel_ 1

II.—Las calles de dia.—De noche.—Los carruajes, wagones y carros 43

III.—Visitas.—Los reporters.—La poblacion.—Los mexicanos 53

IV.—Hoteles.—Casas de huéspedes.—Comidas 65

V.—Bar-rooms.—Salones en que se venden ostiones.—Salones de baile.—Aguas minerales.—Dulcerías 71

VI.—Visita á la Sra. Godoy.—Sus hijos.—Casa de Moneda.—Album 75

VII.—Las calles de dia y de noche.—Remates.—Embaucadores.—El parque.—Casas de placer.—Calle de Dupont.—Barrio Chino 87

VIII.—Las religiones.—Los templos.—Los Clubs.—La asociacion 107

IX.—El Parque.—Cliff House.—El Woodward’s Garden 127

X.—Divagaciones.—Visitas.—Convites.—Tipos originales. —Northons.—Casa ambulante 139

XI.—Depósito de seguridad.—Telégrafo.—¡¡Fuego!! 157

XII.—Vida externa.—Pick-nic.—Un paseo á la orilla del mar.—La mision de Dolores.—Fort-Point.—El Alcatraz.—La bahía.—El Peñon 169

XIII.—Un ruso furibundo.—Pregones de vendimias en las calles. —Los teatros.—La Maison Doré.—Los extranjeros y su influencia 181

XIV.—La librería de Bancroft.—Las escuelas.—La alta sociedad 207

XV.—El correo.—La aduana.—El Hipódromo.—Caballos trotadores 235

XVI.—Un viejo.—Comercio.—Recuerdos históricos 247

XVII.—Laborío de minas.—Un almuerzo 259

XVIII.—Excursiones.—Prostitucion.—El juego.—Una escena de la vida íntima 277

XIX.—Tabaquerías.—Personajes célebres.—Salones aristocráticos. —Un entierro 289

XX.—Las criadas.—Los chinos.—Los alemanes.—Casas ambulantes 301

XXI.—Hábitos íntimos.—Los niños.—La muñeca.—Artistas.—Compañías de buques.—Tráfico marítimo.—Escuela de ciegos y sordo-mudos 309

XXII.—Primeros rumores de partida.—Pájaros.—Viajes desde mi cuarto.—El Monte Parnaso.—Romance de un soldado 321

XXIII.—Delaciones de un perdido.—Exposicion singular.—El cuarto negro.—Jodlums.—Embaucadores.—-Los vidrios azules 333

XXIV.—Casas de habitacion.—Baños turcos y rusos.—Una aventura de wagon 343

XXV.—Colegio de Corredores.—Ojeada retrospectiva.—Las costas del Pacífico 365

XXVI.—Varios amigos.—Otra mirada retrospectiva.—Rectificaciones. —Ferrocarriles urbanos.—Los carritos que andan solos 389

XXVII.—Despedidas.—Charla.—El ahorro—Las Matinés 415

XXVIII.—El templo chino.—Confucio.—Fábrica de vinos.—El Bwilden Hotel 421

XXIX.—Cosas que á muchos dan sueño y yo pasaré á carrera.—El amor 441

XXX.—Lo de enántes.—La marina.—El Cementerio 457

XXXI.—Preparativos de salida.—Compras.—El Express.—Visitas. —Albums 473

XXXII.—El 4 de Marzo.—El muelle.—El ferry.—Amigos cariñosos. —Ibarra y Alatorre.—Capitan Hagen.—La estacion.—El tren 499