Viaje a los Estados Unidos, Tomo I

Part 35

Chapter 353,892 wordsPublic domain

Aunque allí habia carruajes, un senador que se hizo muy nuestro amigo en el viaje, nos dijo que el Hotel del Sur, que era el mejor, estaba muy cerca y que podriamos ir á pié.

La noche era oscurísima, el alumbrado parecia encomendado á un ayuntamiento de los de por acá, caminábamos en medio de una oscuridad completa, rompiendo la nieve con nuestro calzado.

El senador, nuestro guía, es robusto como atleta y ligero como un venado; tomó del brazo al Sr. Iglesias, y eso fué correr: yo me resbalaba, me hundia, me tropezaba con mi propio aliento, y hubiera sucumbido sin el auxilio de Lorenzo, que casi me llevaba en peso.

Por aquí torcemos, por allá nos descrismamos; de repente nos detenemos porque un amigo se habia dejado un botin en un atascadero y porfiaba por encender un fósforo para buscarlo.

Así corrimos más de una milla, empapándonos, tropezando á cada paso, y oyendo, con la bílis derramada, la charla del senador, que estaba, con nuestras inquietudes, nuestras resbaladas y equilibrios, como una pascua.

Al fin tocamos en el Hotel del Sur, empujamos la puerta y nos deslumbró un salon magnífico, de sesenta varas de extension, con altísimas columnas, pavimento de mármol y una magnificencia superior á todo encarecimiento.

Miéntras Gomez del Palacio arreglaba lo correspondiente á nuestro hospedaje, yo me encargué de examinar el salon espléndido que funge como patio del hotel.

A mi derecha se veian las oficinas de recepcion de los equipajes, el despacho al pié de la amplísima escalera, correo, telégrafo y expendios de periódicos.

A la izquierda, gabinete de periódicos, expendios de tabacos y dilatadas sillerías, cerca de una gran chimenea.

Por todas partes se agolpaba la gente, hablando de negocios, leyendo periódicos, y en perpétuo movimiento, á todos los departamentos del hotel.

Sobre la escalera soberbia de mármol, se arrancaba, sobre pilares colocados circularmente, la cúpula del edificio, alta y grandiosa, ceñida de trecho en trecho por anchos corredores que conducian á suntuosos salones, de los que cada uno era lugar de tertulia en que se tocaba, se cantaba y las hermosas hacian ostentacion de sus gracias. Las paredes eran espejos, el suelo alfombras, y en los aires, la claridad del gas no permitia el recuerdo del sol.

Despues de instalados varios compañeros, fuimos presentados á M. Ca-hill, redactor de un periódico en español, titulado: _El Comercio del Valle_, quien tiene noticias bastante exactas sobre el tráfico de México, y sostiene con calor y copia de datos, las ventajas de la estrechez de relaciones mercantiles.

Pequeño de cuerpo, de ojos vivos, de fácil palabra, aunque con dejo inglés, M. Ca-hill era un precioso _cicerone_.

Nos dijo que tocando San Luis en el golfo de México, nuestra República está llamada á estrechar sus vínculos con esta parte de la Union, fundando una ventajosa reciprocidad.

San Luis, decia M. Ca-hill, en rigorosa exactitud geográfica, está situado casi en el centro del gran valle de Mississippí, y participa de las ventajas de suelo tan fértil y de punto de comunicacion tan poderoso.

La ciudad está delineada con toda regularidad, y como vd. sabe, contiene medio millon de habitantes. Por lo general, las calles, partiendo de la orilla del rio, corren al Occidente. Los edificios más notables son de fierro, piedra y ladrillo.

—Es lástima, dijo un compañero de M. Ca-hill que solo permanezcan vdes. aquí unas cuantas horas, en cuyo tiempo no pueden formarse idea de nuestra sociedad.

Esta sociedad, que tuvo nacimiento de la Luisiana, mejor dicho, que en calidad de cesion de ella, se hizo la concesion cuando todavía era Colonia Francesa, en 1762, á Liguest Laclede y á sus socios, conserva algunos tintes de su orígen. En el fondo de sus costumbres, hay algo del pulimento de la raza latina, se tiene en mucho la sociedad culta, las artes merecen atencion y encuentra analogías la raza de vdes., que no encontraria en el Norte.

El acrecimiento de la ciudad en poco más de cien años de fundada, ha sido estupendo. Vea vd. solo en poco más de cincuenta años:

En 1811 tenia 1,400 habitantes.

En 1850 ” 74,439 ”

En 1860 ” 160,773 ”

En 1870 ” 310,864 ”

En 1875 ” 490,000 ”

Los ramos principales de comercio, son: algodon, plomo de las minas del Missouri, heno, sal, lana, maderas de construccion, tabaco y especias y granos.

En 1874, la importacion del grano ascendió á 30.674,504 fanegas, y la exportacion á 24.417,411.

San Luis es la primera ciudad de la Union en la elaboracion de harina. En 1874 habia 24 molinos en actividad, los cuales producian 1.573,202 barriles.

No obstante desarrollo tan prodigioso en la agricultura, se calculan 40,850 hombres dedicados á las manufacturas, y la riqueza que representan se valúa en 240.000,000 de pesos.

Miéntras disertaban muy sérios los señores formales en la sobremesa de la fonda, otros amigos, en un santiamen, habian contraido relaciones y las calentaban con sabrosos ponches en el _restaurant frances_, comunicado con el hotel.

Contaba uno lo familiar que es aquí á los americanos el idioma de Racine, y apoyaba su aserto en varias anécdotas.

En una botica, por cierto muy próxima, cuyo propietario es cubano, charlaba un compatriota de la brusquedad de los yankees y de la antipatía de las razas.

Un yankee se presentó pidiendo una bebida: el imprudente cubano seguia su charla, y por vía de paréntesis, dijo al boticario; “Oh! si estos son unos béstias.... póngale vd. á ese unas gotitas de estrignina en ese brebaje, á ver si revienta.” Eso lo decia en broma, por supuesto.

El yankee no se dió por entendido de la conversacion.

Confeccionáronle su bebida, tomóla el yankee, pagó, y al salir, con mucha amabilidad dijo al cubano en correcto español:

—Dígame vd., caballero: ¿cuál es la causa de que desee vd. que yo reviente?

El cubano quedó estático, respondiendo confuso y aturdido:

—Yo he dicho al señor “revente,” es decir, que vuelva á venir conmigo, para que demos un paseo....

El _yankee_ se retiró riendo á carcajadas.

La conversacion continuó animada, hasta que nos retiramos á nuestros cuartos, deseosos de aprovechar el siguiente dia para dar un paseo por San Luis.

Yo dormí mal, porqué me tocó un alojamiento en el quinto cielo, y la preocupacion de los incendios se apodera de tal modo de la imaginacion, que constituye un verdadero tormento: presentir convertido el local que nos abriga en inmensa hoguera; verse rodeado de abismos; escuchar el desplome de los techos; oir los alaridos de las víctimas.... todo eso me espantaba, considerándome como condenado á muerte.

Un francecillo muy simpático, llamado Arture, que me habia conocido en México, estaba en mi cuarto á las auroras de Dios, invitándome á pasear.

Arture es el hombre de sociedad por excelencia; sabe un poco de todo y se amolda á todas las situaciones y á todos los caractéres; tira la pistola, canta, diserta sobre ciencias y artes con buen sentido, conoce á las notabilidades de Europa y América; galante con las damas, audaz con aventureros, marinos y soldados, circunspecto con hombres de respeto, y alegre, servicial y campechano con todo el mundo. Era otro Mr. Gland en tafilete frances.

—Ha venido vd. al mejor hotel, me decia, y esto que en la ciudad los hay magníficos.

_Lindell-Hotel_, sin ir más léjos, compite con este; tiene seis pisos, es de piedra arenisco, costó 800,000 pesos. Está aquí cerca, en la avenida de Washington.

_Plander’s-Hotel_, _Hotel-Barnim-Lacled_, y hasta el _Gran-Central_, que cuesta un peso diario, son establecimientos que no desdeñarian las mejores capitales de Europa.

—_Plan_ americano por supuesto, observé yo aludiendo á las comidas.

—Hay de todo: ya ha visto vd. anoche una excelente fonda francesa.

—Excelente, Arture: yo sentí no cenar, porque todo me pareció muy bien.

—Por ese estilo es la fonda Sincler y C.ª, de Olive-Street, Garner, Cafferitta, Garmi-Restaurant, _Nicholas-Cantine_, y otras muchas, la mayor parte al estilo frances.

Miéntras hablaba Arture, yo me vestia á toda prisa y hablaba á Lancaster, que estaba en un cuarto contiguo, para que hiciese lo mismo.

Alfonso, como lo tenia de costumbre, en cuanto llegó, y en el propio hotel, se habia provisto de guías, de mapas y de lo necesario para sus sesudos estudios, dedicándose á ellos en las noches y al levantarse.

—Vamos A***, aprovechemos la bondad de nuestro _cicerone_: quiere que primero recorramos algunas calles, visitemos algunos edificios, y desea que concurramos en la tarde á un concierto que dan unas señoritas, para el fomento de una Biblioteca.

—¿De qué te ocupabas tú? dije á Alfonso.

—Me ocupaba, me dijo, del estudio de este comercio en sus relaciones con el nuestro. Estos Estados brindan mil facilidades, así como Orleans, por muchos motivos que explaya perfectamente el periódico en español que nos facilitaron anoche.

—Pero en estas relaciones mercantiles, en su modo espontáneo, y con total independencia de los gobiernos, es en donde yo creo ver, dije, el _quid_ de nuestras difíciles cuestiones de los Estados-Unidos, y á ello dirijo yo mi mira: el acrecimiento prodigioso de la Union Americana presenta estos sorprendentes resultados. La creciente preponderancia del Oeste que es entidad autonómica, tan independiente del Norte como del Sur, formando espontáneos vínculos, convierte en privativos sus intereses y debilita la influencia del gobierno central.

Este acrecimiento tendrá por fuerza su representacion en el congreso, y al punto que esa representacion se aumente, la lucha tiene de iniciarse y poner en peligro las conveniencias del Norte.

La adquisicion de tierra, el fomento de las ideas de conquista, la intervencion por la fuerza, en mi juicio no las intentará el Norte; pero no puede ser indiferente á la marcha de México ni á sus tendencias á la libertad mercantil; así, no le queda más recurso que influir en sus negocios, sea por medio de tratados, sea considerando á México como colonia ó brindándole con un protectorado; pero esto mismo ofrece graves dificultades. El ideal de la gente ambiciosa del Norte, es hacer de México la India de los Estados-Unidos.

—Señores.... el tiempo vuela, dijo nuestro _cicerone_. Veamos aunque sea algunas calles y volvamos por los compañeros. Si pudieran vdes. detenerse siquiera un dia, tendria el gusto de presentarlos al Club Germania ó al de la Universidad, centros en que se reune lo más selecto de la sociedad de San Luis.

Para que vdes. se formen muy somera idea del movimiento de San Luis, iriamos á los depósitos de los ferrocarriles: el de San Luis y Kansas; el del Atlántico, Pacífico, Kansas, Tejas y el Gran Depósito de la Union, en que parece que el mundo entero se da cita para activar el tráfico.

Por lo demás, las ciudades de los Estados-Unidos se parecen como gotas de agua: dilatadas arboledas, anchas plazas, generalidad de edificios hechos como con panes de jabon, techos de caballete, largas chimeneas, coches, carretones, carros y carritos por todas partes.

Vacilábamos sobre el rumbo que tomariamos á la puerta del hotel, cuando burla, burlando, no obstante el pésimo dia, salian nuestros compañeros á ver la Lonja del Comercio, y nos antellevaron, como se dice por nuestra tierra.

Yo me dejé conducir por M. G. A. Hayward, cumplido caballero á quien merecí especiales atenciones, y quien me encantó por la mezcla de sabiduría y buen humor de su conversacion: á mí los sabios adustos.... me cargan, no los puedo tolerar.

Fuimos á la Lonja de Comercio, que es un edificio como una catedral: soberbio pórtico con robustas columnas, amplios corredores con ventanas rasgadas y lujosos departamentos, y en el templo, un salon como una iglesia, de forma elíptica, lo ménos de ochenta varas de extension.

El centro del salon está despejado para el tráfico, y hay gente que va y viene como en una gran plaza.

En una de las cabeceras y en los costados, hay extensas mesas que corresponden á los diferentes bancos; al pié del salon se ven como aparadores con toda clase de semillas y artículos de comercio, como un depósito inmenso de muestras, al cuidado de corredores y agentes mercantiles.

La techumbre es una alta y extensa cúpula con una cornisa saliente en su arranque, que le forma cintura, y la guarnece una amplia balconería, desde donde asiste el público á aquel espectáculo lleno de ruido, de movimiento febril y de cierta alegría, de que no es fácil dar idea.

No es fácil describir, en efecto, aquellas caras rubicundas, con sus dentaduras blancas y su piel restirada; aquellas inmensas botas de suelas de á dos dedos de grueso; aquellos hombres intrusos, de camisetas encarnadas, y aquellos flacos escurridizos que parece que llevan una locomotora en cada corva.

Este gentío, que es inmenso, se agrupa en el centro del salon, corre, alterca, disputa, improvisa remates, transa, y sale y entra, como si se tratase de apagar un incendio.

Adviértase que este tragin se verificaba estando las calles inandables de lodo y de nieve, entrando algunos empapados con la lluvia, con sus pantalones remangados hasta la mitad de las botas, ó hundidos en la parte superior de ellas.

A medio dia el salon se despeja, se establece silencio profundo y se hacen las operaciones de _Clearing-House_, ó sea casa de liquidaciones, ó como si dijéramos, traduciendo la palabrita en _lépero_, (aclarar paradas).

Como se sabe, cada banco emite sus billetes que fungen como dinero: de esos papelitos hemos visto en México y sabemos cómo se manejan.

Pues bien, con los tales papelitos, éstos y aquellos han hecho sus compras. A tal hora, cada banquero recoge sus billetes y da en cambio los de los otros bancos, quedando cada quien con lo suyo. Así se hacen cambios y negocios por millones, sin necesidad de que ande el dinero de aquí para allá, y en un abrir y cerrar de ojos. Toma tus billetes, dáme los mios, y tan amigos como siempre....

El crédito, el crédito es una gran cosa; pero no estamos para sermones.

Nosotros habiamos asistido al espectáculo descrito al principio, desde la balconería superior.

Salimos de allí y nos condujeron á la parte superior del edificio, desde donde se distinguia la opulentísima ciudad, las llanuras que la circundan cuajadas de vistosas sementeras, y ese mar subordinado y grandioso que tiene por nombre “El Padre de las Aguas,” y que lleva en su seno ciudades de embarcaciones, que hacen marchar sobre la corriente, sementeras, ganados, bosques y montañas.

M. Hayward me decia, satisfecho de mi sincera admiracion:

—Oh! es un dolor que vd. no vea el puente para que vd. se forme idea de ese puente: le referiré, poco más ó menos, lo que dice de él un ilustre viajero frances (Simonin), á quien tal vez habrá vd. leido.

El largo del rio, dice, en aquel punto es de quinientos metros, el lecho es profundísimo, la corriente cambiante, y movibles los bancos de arena de las orillas.

Fué necesario para establecer el cimiento del puente descender hasta la roca sólida que está situada á treinta metros bajo el nivel medio de las aguas. Cuando se proyectó al principio este trabajo, se juzgó imposible.

Se llegó á la roca por medio de cestos y cajones en que descendian los obreros, proveyéndoseles de aire desde sobre las aguas. Así se quitaron por medio de bombas de vapor las arenas y se evitaron las infiltraciones que pasaban, á pesar de la presion de muchas atmósferas mantenidas en el aparato.

De esta manera se empezaron á construir los cimientos, venciendo, con esfuerzo hercúleo, obstáculos inmensos.

Despues se elevaron los pilares, ó mejor dicho, las torres en que descansa el puente. Estos pilares, en número de cuatro, son de granito y parecen construidos para la eternidad: dos á los extremos y dos en el centro del rio.

Los arcos que se apoyan sobre estas torres están formados de enormes tubos de acero, abiertos en el interior, y empalmados de dos en dos. Los dos arcos exteriores tienen de luz 150 metros, el del medio 158, tanto y medio de la distancia del Sena á Paris.

La altura del arco principal, sobre el nivel de las aguas, y midiendo desde la clave, es de cerca de cuarenta varas, de tal manera, que los más grandes buques de vapor pueden pasar por debajo, inclinando sus chimeneas, lo que ejecutan fácilmente por medio de una palanca.

Así correspondió esta obra grandiosa á la obligacion que se impuso á los ingenieros de que no estorbasen la navegacion del rio.

El puente tiene dos corredores ó tránsitos, uno superior para la gente, los caballos y los coches, y uno inferior para el tránsito de los trenes de los ferrocarriles. Estos entran en la ciudad por un túnel abierto donde termina el puente. Catorce líneas férreas tocan en el puente monumental. El corredor ó tránsito superior tiene bastante espacio para que se haya formado en él un paseo público.

En el pilar central del puente se fabricó una plataforma, en que se reune por las noches la música militar.

Desde aquel sitio se disfruta la vista de un panorama magnífico: el rio cuajado de embarcaciones, las fértiles llanuras del Illinois á corta distancia, y en el fondo, hasta el horizonte, se percibe, se ve, un bordado de alegres sementeras, cortado de Norte á Sur por una ancha faja de plata, con ligeras sinuosidades, que parece una mansa corriente, y que conduce á la mar, como dice Simonin, una de las más grandes masas líquidas que corren sobre el globo.

Descendimos de la Lonja y nos dirigimos á la oficina de apagar incendios. Allí nos recibió un caballero chaparro, de una fisonomía alegre como una sonaja, de dentadura blanquísima y de unas mejillas escarlatas que reventaban de gordura.

Reia de todo, nos apretaba las manos hasta hacernos desesperar, iba, venia, y se manifestaba, no con intimidad, sino casi con parentesco, con sus caballos.

La oficina tiene el mismo ó mayor esplendor que en San Francisco, con la diferencia de que cada caballo es un prodigio de hermosura, y que haria una buena compra quien consiguiese cada uno en mil quinientos pesos.

El _cicerone_ escarlata de que acabo de hacer mencion, afable, obsequioso, semibrusco, pero atento y franco, es un personaje popularísimo en la ciudad entera, por su nobleza y generosidad.

No solo enseñó á mis compañeros todas las oficinas, sino que ofreció hacer, como lo hizo en la tarde, un simulacro de apagar un incendio en nuestro propio hotel, para que viésemos funcionar las máquinas.

El escarlata y yo fuimos los hombres más amigos del mundo, y apuramos sendos vasos de cerveza en el breve espacio de nuestro conocimiento.

Miéntras descansaba el Sr. Iglesias y recibia personas de las más notables de la ciudad que le presentaba el senador y el distinguido periodista que ya conocemos, yo, sacudiendo la albarda de la etiqueta, me lancé á recorrer la animadísima ciudad.

Como era mi costumbre, entré en dos ó tres tabaquerias, cierto como estaba de encontrar en alguna de ellas gente de la tierra de María Santísima.

En una de ellas, que tenia por muestra la estatua grotesca de un marino patilludo, de piernas abiertas, puro en boca; volteado cuello y sombrerillo con sendos listones, percibí un conjunto que me atrajo, porque trascendia á tierra de cristianos, como manojito de flores.

Un viejecillo de sombrero alto á la Pipelet, chupiturco de lienzo rayado y con más arrugas el pantalon tirando á blanco, que carrillos de vieja histérica, estaba repantigado en una butaca, con un párvulo panzudo en camison entre las rodillas; un gato y un perro dormitaban á distancia, desmintiendo aquello de “Como perros y gatos.”

Las paredes del estanquillo están tapizadas de anuncios: en el aparador del mostrador hay sus chácharas: bolsitas para tabaco, pipas, fósforos, tijeras para cortar las cabezas de los puros, mecheros, bolsas de budruz y atadillos de papel, para improvisaciones de cigarros.

La dama que despachaba en el interior del mostrador es nariguda, rígida, biliosa, con el peineton ladeado, un tápalo como colcha cruzado al pecho, y un purillo entre los labios, que la enseria y masculiniza lo que no es decible.

Entré al estanquillo de _La Perla de las Antillas_ pidiendo cigarros de Cabañas, y soltando cien palabras más, para dar á conocer que era de casa, y al punto, de debajo del mostrador y tras de las vidrieras, asomaron caritas de ángeles de ojazos negros, boquitas de flor de granado y aquella _endenidá_ de la raza española que me agarabata materialmente.

—¡Hola! hola! dijo la señora saliendo del mostrador y fijándose en mí.... Isabela!.... Paquita!.... Tula! (gritando) vengan vdes. acá. ¿Cuál es su gracia de vd.?

—Guillermo Prieto, servidor de vd.

—Oh! si no lo podrá decir.... ¿lo ven? el mismo empaque, la propia manera de reir.

—Veanle vdes..... (á sus hijas).

—Vamos, despáchate.... dale un abrazo.

—Denos vd. un abrazo.

Yo tenia cara de simple; pero tratándose de bonitas, en abrazar no hay engaño.... abracé á las muchachas, á la vieja, al viejo.... y me disponia á seguir con todo el mundo.

—No, vd. por fuerza es pariente muy cercano de D. Felipe de la Cueva: si tiene vd. toda su cara.... veanle vdes. ahora que se ríe.... y aquello fué agasajarme y llevarme al interior de la habitacion, en medio del regocijo mayor.... excepto Tulita, á quien se anublaban los ojos y soltaba cada suspiro que me erizaba el cabello.

Don Felipe de la Cueva, que debe ser buen chico y á quien en su casa conocen, habia hecho mil favores á aquella excelente familia y era el prometido de Tulita. Yo me encontré con los honores de la fotografía, y no me pesaba.... procuraba adivinar hasta dónde llegaban las confianzas del venturoso D. Felipe con Tulita, para perfeccionar mi asimilacion....

—Tula.... ¿ven vdes.? decia, y su propio buen humor; ahí se sentaba, yo aquí....

—Debe haber sido más cerca de mi silla.

En cinco minutos fuí dueño de la casa.

Regalé al viejo D. Pablito un lapicero, á las muchachas unos anillos y mis mancuernas á Tulita, que me hacia probar los placeres de la semejanza.... Yo, que en mi país me parezco á todos los decidores, á todos los padres de hijos de contrabando y á todos los políticos derrotados, gozaba de deliciosas sorpresas....

En la casa almorcé y pasé parte de la tarde oyendo tocar la guitarra.

De todo me hablaban, todo me consultaban; yo encarecí á Doña Salomé las inmensas ventajas de que se estableciese en México: allí, le decia, nos desayunamos con cajetas de la Habana; por poco que una gente se respete, fuma puro habano; el cigarro habano es de toda gente bien educada, y desde el salon al templo, una danza habanera disipa los pesares y refresca y anima los más adoloridos corazones....

Don Pablito me habló de negocios; echó pestes contra los yankees, y cuando vino su hijo Leopoldo del colegio, porfió porque me enseñase la traduccion que estaba haciendo del inglés, porque es un muchacho como el demonio y con un talentazo más lindo que Jesus del Monte.

Leopoldo ya tenia sus toques de yankee; su saco holgado, su sombrero de fieltro y su zapato bajo con hebilla de acero.

Las muchachas estaban acurrucadas, por mi dicha, al rededor del retrato de D. Felipe....

—Vea vd. mi traduccion, me dijo, es un simple _Book notes_ sobre Missouri.

—Lee tú, Leopoldo, para que el señor se haga el cargo de tu sindéresis.

Y leyó Leopoldo:

“El Missouri, desde los tiempos que pueden distinguirse á la luz de la historia, era del dominio de los hombres de _Piel Roja_, que vivian en aduares y formaban bandas ó tribus errantes sobre el territorio que hoy forma el Estado de aquel nombre. Vivian los _pieles rojas_ de la caza y la pesca. Tenian perros, pero no otros animales domésticos; hablaban diferentes idiomas incultos, y á veces se hacian cruda guerra los unos á los otros.

Tal era la condicion de aquellos hombres, cuando el 7 de Julio de 1683, una pequeña banda de europeos y canadienses, procedentes de Quebec y conducida por el fraile Marquete y el comerciante Zohet, llegó con todos á las orillas del Mississippí.