Viaje a los Estados Unidos, Tomo I
Part 32
Ya amontonaban piedras enormes para descarrilar el _wagon_, precipitándose ellos en la avalanche de peñascos; ya sorprendian á los viajeros y entablaban sangrientas campañas, saltando como furias por esas quiebras; ya un indio en un descenso se abalanzaba al tren, rompia sus frenos y en espantoso remolino, locomotora, tren y pasajeros se hundian en los abismos; ya se proveian mañosos de pólvora, petróleo y brea con que untaban los árboles, y al pasar el tren por un peligroso desfiladero, el relámpago, la explosion, el incendio, detenian al reptil gigante.
La vez que sucedió eso se destacaba la locomotora en un mar de llamas, aullando como un monstruo en agonia; vaciló.... pero el _goehed_ yankee le dió tremendo empuje, voló sobre el abismo de fuego con impetuosidad, los muros de llama se barrieron y cruzó el vapor.... que habia separado con su empuje el peligro y dejaba tras de sí la estupefaccion y el escarmiento.
Yo escuchaba todo esto como una leyenda, muy superior á las de las “Mil y una noches.” Me parecia aquel un país encantado, temia que á la hora ménos pensada se abriese la tierra, se desgajaran rocas y montañas, se partiesen los árboles, se hundiesen los muros y corriesen los hielos, dejando al descubierto una ciudad con sus catedrales, sus torres, sus palacios, sus rios, y saliendo de los troncos de los árboles y las abiertas rocas, damas y caballeros vestidos con primor, saludando la locomotora, que ya era un carro de oro cuya chimenea, trasformada en sitial de diamantes, sustentaba como respaldo á una divinidad que derramaba por donde quiera la vida y la felicidad de los mortales.
—No crea vd., me decia M. Gland, á quien algo participaba de mis sueños, los indios tienen tambien sus leyendas poéticas que vd. no desdeñaria si yo se las pudiese contar.
—Haga vd. un esfuerzo.
—En las luchas que han sostenido los indios en los fuertes, en las paces ajustadas y destruidas, no faltaron sus entrevistas poéticas.
Una jóven, hija de un jefe de tribu, garrida, airosa, soberbia, amazona de los desiertos, en sus encuentros con las caras pálidas, se enamoró de uno de ellos, oficial americano. En uno de los combates murió el oficial y fué sepultado en el lugar destinado á los blancos.
Desde entónces, en las noches de luna se veia descender de las montañas, aéreo y flotando las profusas crines, un caballo blanco, montado por una verdadera deidad.
El caballo se detenia cerca de las tumbas, y la jóven que lo montaba descendia y entonaba sobre la tumba del oficial muerto, cantos tan doloridos, que parecia que hacian gemir el viento y que se derretian de dolor los hielos.
Despues de algun tiempo, conducia casi un esqueleto el caballo de nieve.
La jóven, próxima á su muerte, llamó á su padre, le hizo confidente de su amor; pero le dijo que no guerrease con las caras pálidas, que eran las almas de sus antepasados que venian del Oeste; por último, rogó al jefe le diese sepultura en el panteon de los blancos, junto al amado de su corazon.
El jefe de la tribu cumplió las disposiciones de su hija, se hicieron solemnes honras á la hermosa india; el comandante de las fuerzas americanas se quitó sus guantes y los puso sobre la niña, para que en su travesia por los _desiertos sin término_, no la hiriese el frio. Así se selló la paz con la tribu india.
—Es sencilla, pero hermosa esa leyenda, Mr. Gland: ¿no sabe vd. otra?
—La va vd. á oir, me dijo.
Como he dicho á vd., continuó, los indios creen que despues de su muerte sus almas se dirigen al Oeste, sin duda conservando la tradicion de las primeras emigraciones de sus antepasados.
Tras esas montañas del Oeste está para ellos el país de la bienaventuranza.
Un jóven cazador perdió á su amada, y su casa se destruyó, sus bienes se aniquilaron, y su consuelo único era dirigir sus pasos por el principio de la vía que conduce al otro lado de las montañas, ó sea al país de las almas.
Descuidando sus correrías, triste, consumiéndose, decidióse á marchar al lugar donde se encontraba el encanto de su corazon.
Absorbido hondamente en esta idea, un dia se sintió como trasportado á un reducido lugar que estaba en la quiebra de la Sierra: allí vió unos picos de rocas que como que se alargaban hasta tomar la figura de cuellos de serpiente, enlazándose para cerrarle el paso. El cazador avanzó resueltamente, y entónces cada serpiente vomitó chorros de agua, que formaba remolinos tremendos, que lo arrebataban, subiéndole al espacio; allí veia como trasparente su vestidura mortal; por su espalda y en sus entrañas se jugaban los rayos del íris como entre cristales.
Abrió sus brazos como las alas de un pájaro y se lanzó al espacio; pero cayó blandamente á la orilla de un lago, donde un anciano pálido de blanca barba, le metió en una barca; la barca avanzaba, y tras ella se evaporaban las aguas, quedando un vacío inmenso: llegaron al pié de una Sierra semejante á la Sierra natal. Abandonaron la barca, y vió que montes, árboles y rocas, flotaban en el espacio, y él atravesaba todos esos objetos como si fueran figuras formadas por las nieblas.
De cuando en cuando se oia un eco poderoso, tremendo como el trueno; pero que al repercutirse moria en deliciosas melodías: entónces, al estampido, se desprendian de las ramas de los árboles y de las crestas de las rocas, trozos como de cristal, verdaderos prismas que al cruzar los aires, producian los colores y volaba la verdura á los prados, el íris á las nubes, los celajes imitaban el topacio y se suspendia la púrpura, como un dosel, sobre una encantadora pradera circuida por una faja de estrellas.
Allí distinguió á las almas con figuras que él comprendia que palpaba, pero de que no pudo jamás dar cuenta en el lenguaje del mortal.
De entre un grupo de esos espíritus, bella sobre toda belleza concebible, y hechizadora del espíritu sobre todo encanto, oyó el mismo requiebro de ternura y la misma voz amada, porque para el hombre ni en el país de las almas hay otra de más dulzura y melodía, esa voz le dijo: “Vuelve á tu país natal, y deja que el dolor y las lágrimas rompan y destrocen tu vestido humano: entónces vendrás á mí y viviremos en la eterna dicha....” La alma del cazador estaba ébria de felicidad.... tendió su mano.... creyó que asia su manto luminoso........ y volvió en sí.... junto á su cabaña medio destruida.... un viejo, con remota semejanza, estaba á su lado.... “¿Qué es de mí? dijo, ¿qué me queda despues de este desencanto......?”
—Alza la frente, dijo el viejo... álzala y bendice á tu Dios.... _te queda la esperanza_....
El viejo se desvaneció entre las nubes que arrastraba una ráfaga de viento......
Yo quedé sumergido en hondas reflexiones.
—Vea vd., me dijo Mr. Gland, hemos pasado lugares muy interesantes sin habernos fijado en ellos. New-Castle, Clips Gaf Mill, Cisco.... posas, paraderos del camino, pueblos en gérmen, con sus historias interesantes.
_Cisco_ está á 5,939 piés sobre el nivel del mar, tres millas al Oeste de Tamarak: hay aquí como 400 habitantes, en esas colmenas de palo que está vd. viendo.
El wagon avanzaba sobre negras masas de roca que sobresalen de las lomas.
—¿Ve vd., me dijo mi guía, esas pilas de madera, esas tablazones, esas vigas? Vea vd. esas hileras como de cucuruchos de payaso: son las casas de Truekee. La ciudad está al Norte, tiene como 2,000 habitantes y pertenece al condado de la Nevada: de aquí parten los caminos para el Oregon y Sacramento; hay tres hoteles, tienen un periódico y por todas partes hay escuelas.
Rastros de cercas, establos, carruajes.... mucha madera á la orilla del rio.... ese lugar se llama “Boca:” está cinco mil quinientos piés sobre el nivel del mar.
Vea vd. ahora correr el tren haciendo _zig-zag_ sobre las aguas del rio: le atraviesa, como que lo persigue y sorprende, como el juego de un monstruo marino, de un gigantesco caiman.... todo entre árboles tronchados, entre rocas despedazadas, sobre aguas que caen en cascadas á incorporarse con las aguas del rio.
Hemos pasado varios grupos de chocillas. Son _Bronco_ y _Verdi_.
¿Ve vd. esas llanuras como de mármol blanco? ¿Ve vd. esos horizontes tranquilos que redondean el suelo y como que le forman borde en un infinito de claridad magnífica?
En este lugar se produce muy frecuentemente el fenómeno llamado _miraje_. Es decir, al viajero rendido de fatiga en estas soledades, se le presentan de repente, y á corta distancia, fértiles llanos cruzados por rios cristalinos, arboledas sombrías, edificios, torres y todos los atractivos del descanso.... y aquello es una ilusion.... el viajero corre ansioso y la ilusion se retira y se desvanece como un sueño de felicidad que trae en pos de sí el desengaño y el abatimiento.... Ese es el _Miraje_ tan celebrado por los viajeros.
Vamos ahora á llegar á _Winremuca_: véala vd. naciente en el desierto y se fijará en sus hoteles.... nos saldrán á recibir sus periódicos, nos señalarán en la fonda los lugares ántes ocupados por los indios Pinkas.... despues sigue Golconda y lo que llaman Iron Point, que está situado en una cañada profundísima, lo mismo que la Palizada y Cartin, donde se hace el consumo de madera.
Todos estos lugares son accidentados al extremo: el tren hace evoluciones que solo viéndose se pueden comprender. A veces como que asciende aéreo y vuela, dejando á sus piés despeñaderos y cascadas: otras como que se sumerge entre las peñas y va soltando á su espalda los rieles, que se tienden sobre crujías de palizadas, tejidos de alambre, ó como que se va asiendo á barretones de fierro.
En los desfiladeros se multiplican los galerones, que son inmensos, y sus armazones de bóvedas, y sus vigas, nos hacen creer como que vamos dentro del esqueleto de un gran monstruo al chocar con sus costillares, que hacen barras de luz y sombra al ir corriendo....
Desde Cartin cobra el paisaje el aspecto de los desiertos mineros, y así es _Elko_, condado de la Nevada, _Peco Disth_ y _Toano_.
Tierra aridísima, montones de los terreros de las minas tristes y verdiosos.
Por donde quiera que se vuelven los ojos hay minas de plata y oro, hasta deslumbrar, hasta fatigar la atencion.
En _Toano_ se hace el camino más quebrado; pero de entre las hendeduras de las rocas, en las quiebras, en algunas alturas, sonríe la vegetacion, anunciando la Cañada de Keclton, que tiene grandes lagos y pintorescas colinas: en Keclton hay estacion en forma, en contacto con los caminos y líneas de vapor del Oregon.
Abundan en este territorio las minas de cuarzo y oro.
El país minero es de 150 millas: allí cerca tiene vd. al Condado Hada, con 6,000 habitantes; hay más de 500 casas de ladrillo. Más adelante está la poblacion....
Esas grandes rocas como columnas, cuyas cimas apénas alcanza la vista, es el _Monument Point_, los lagos que están á su pié se llaman Alcalinos, el aire en estos lugares es sofocante y malsano.
Desde las alturas de esas rocas se percibe el gran Lago Salado.
No se fije vd. en ese grupo de casucas: es Rosel.
Este gran conjunto de rocas, me dijo mi guía, siempre al avanzar rapidísimo del tren, es Promontory: aquí se verificó la union de los caminos en Mayo de 1862. Vamos adelante.
—No adelante, dijo Lorenzo, que bien vale la pena refiera vd. á _Fidel_ algo de aquella solemnidad que completó la comunicacion rápida de los polos, uniendo al Atlántico con el Pacífico.
—Yo no recuerdo bien, replicó Mr. Gland; pero vd. podria referirnos algunos pormenores de aquel grande acontecimiento.
—Escuche vd. lo que recuerdo, aunque muy confusamente, continuó Lorenzo, y eso porque hace poco refresqué mis ideas con la más popular Guía de viajeros titulada: “Crofutt’s Tras-Continental Tourist.” Despues de recapacitar algunos instantes, así habló Lorenzo:
“El lúnes 10 de Mayo de 1869, en este punto se fijó el último clavo, ó como si dijésemos, el amarre de los lazos que unen al Atlántico con el Pacífico.
En este lugar parece que se habian dado cita los representantes de todos los pueblos del globo, bajo arcos y bóvedas de banderas de todas las naciones.
Se terminaba aquí la construccion de 1,774 millas, que era el trayecto del camino.
La agitación era inmensa: al tropel de las gentes, á los ecos de las músicas, como que se despertaba y salia de sus soledades el desierto. Era el gran jubileo de la confraternidad de los pueblos, las nupcias de los antípodas, la alianza santa de todos los hombres.
En aquel mar de gente que en oleadas llegaba á las orillas del camino, sobresalian lonas haciendo sombra, edificios portátiles, ómnibus, diligencias, guayines y carros como zozobrando en aquellos oleajes en que todos los ruidos brotaban entre todos los colores y se repercutian en todos los ecos.
El punto en que se iban á unir los caminos, dejaba ver un claro con los durmientes preparados y los rieles á un lado, para fijarse en el instante que el sol tocase en el zenit.
En San Francisco se habian reunido á las campanas, por medio de alambres telegráficos, los alambres con que se toca á fuego, poniéndose en conexión con el alambre principal, comunicando Baltimore, Filadelfia, Chicago y Cincinati, con el objeto de que en un solo instante llevase el rayo á pueblos lejanos la noticia de aquella gran victoria de la humanidad.
El sol estaba próximo á marcar el instante de la gran solemnidad; el presidente Stanford apareció representando al Ferrocarril Central; el H. M. Durand representaba el Ferrocarril de la Union, con el carácter de vice-presidente.
Millares de voces invocaron la asistencia divina al colocarse los últimos rieles: entónces se dejaron ver tres personajes, cada uno con un clavo en la mano: dos clavos de oro de California y la Arizona, uno de plata de la Nevada.
Vióse tambien á otro personaje con un martillo de plata, de que pendia un alambre unido al telégrafo.
A cierto momento surgieron de entre el concurso, por lados opuestos, dos hermosísimas locomotoras: el “Júpiter,” del Ferrocarril Central, y la “116” del Pacífico: vieron llegarse como dos paladines armados de punta en blanco.... como que hablaron, como que se estrecharon, mugiendo potentes.
Por fin brilló el sol, dando la gran señal del regocijo: se fijan los rieles, clamorean las máquinas, el mundo prorumpe en aclamaciones, y al primer martillazo dado por Stanford al clavo de oro, lleva el telégrafo la noticia á los más remotos pueblos, donde repite el entusiasmo, el himno de triunfo sobre el tiempo y la distancia.
Multitud de personas, subiéndose en las máquinas, tocaron sus copas y estallaron mil ¡vivas! corria el vino á torrentes, y nunca júbilo mayor fué más legítimo que el que despertó los ecos de estos desiertos y estremeció las eternas nieves de estas montañas......
Varias veces en cortísimo tiempo se tuvieron que reponer los rieles, porque las gentes arrancaban fragmentos, para guardarlos como reliquias de aquel gran suceso y de aquel gran dia....”
Cesó de hablar Lorenzo: M. Gland aplaudió, certificando su exacta relacion.
Habiamos pasado entre tanto los campos solitarios cubiertos de nieve de _Blue Crecks_.
El tiempo era muy inclemente y se hacia sentir el frio, no obstante que los tubos funcionaban á nuestros piés.
Soplaba el huracan, se desataba una tempestad de nieve espantosa.... los gemidos del viento y los aullidos de la máquina se perdian en aquellas soledades, en que no quedaba un solo resquicio, un fragmento el más ligero de vida.
En el interior del wagon parecia hacerse el duelo de la naturaleza, por una reunion de cadáveres.
De repente me pareció escuchar algo como un canto, como los acentos de una música que más bien eran ayes doloridos.
Asoméme á una ventanilla, en un alto que hizo el wagon, y al borde de aquel camino lúgubre, en aquella soledad sin arrimo alguno, ví de pié.... un ciego con su barba blanca, apoyado en un báculo, y una niña, bella como un ángel, medio desnuda, á su lado, reclamando con sus cantos el ciego, la piedad de los pasajeros.
El horizonte sombrío, la nieve, la soledad terrible: estos eran los componentes del cuadro más conmovedor y patético que yo haya visto en mi vida.
Varios pasajeros arrojaron monedas al ciego; éste, por medio de la niña, hizo circular sentidísimos versos impresos, de que siento no haber guardado copia.....
Estábamos á corta distancia de Ogden, lugar en que termina el Ferrocarril Central y se cambian los trenes.
Las sombras caian sobre los llanos cubiertos de nieve.
Yo me retiré solitario al cuarto de fumar, y en el libro de mis apuntaciones dejé el recuerdo que sigue de la escena que tenia ante mis ojos:
CAMPOS DE NIEVE.
Ni una ave cruza los vientos, Ni hay en la tierra una planta, Blanco sudario de nieve Cubre el valle y las montañas, Donde osamentas remedan Del árbol las secas ramas Que en la nieve sobresalen, Y que con esfuerzo se alzan Como pidiendo socorro, Porque míseras naufragan. Cual cadáveres parecen De edificios, las cabañas, Con los postigos cerrados De sus amarillas tablas. Esas mansiones parecen O de muertos, ó de estatuas, Porque casi es imposible Que cruce la voz humana. ¡Oh y cuán pérfida la nieve Nuestras miradas encanta, Miéntras que tristes sentimos Hielo y muerte en nuestras almas! Como una mujer hermosa Que con sus pérfidas gracias, Embelesa los sentidos Miéntras traidora nos mata. Ni hay arroyos que murmuren, Ni aves amorosas cantan.... Se oye gemir á lo léjos.... Es el huracan que pasa Como huyendo del demonio De la muerte y de la nada.... ¡Oh montes encantadores! ¡Oh verjeles de mi patria!
FIDEL.
Marzo de 1877.
El personaje misterioso de bota fuerte y cabellos de oro siguió llamando mi atencion. Generalmente esperaba á que todo estuviese en profundo silencio y se deslizaba como una sombra al cuarto de fumar.
La noche que llegamos á Ogden brillaba la luna intermitente, cruzando por entre grupos de negras nubes, deslizándose despues entre leves celajes y volviéndose á hundir como en mansos y claros lagos de un extenso bosque.
Yo, espiando siempre al desconocido ó desconocida que burlaba sin pretenderlo mis pesquisas, me escurrí hácia la plataforma que daba al cuarto de fumar. Pegado á los cristales de su ventanilla, se veia su rostro, verdaderamente hermoso, como un bajo relieve de la plegaria ó del éxtasis... Era divina.... Me pareció que murmuraba un canto; yo me colgaba por la parte exterior.... Sí, cantaba.... y podia yo seguir la medida del canto.... Pero la aparicion se apercibió de mi presencia, sacó del bolsillo una enorme pipa.... y yo no sé cómo se escapó de mis labios esta exclamacion: _Maldito yankee!_.... Cuando quise contener mis palabras, ya habian salido de mis labios.... me volví azorado y me pareció ver una alegre sonrisa culebrear sobre la dentadura de marfil del hombre de la pipa....
La noche fué tranquila y agradable.
Al siguiente dia, como el bulto de la cabellera de oro se lavaba ántes que nadie y se retiraba despues al cuarto de fumar, yo allí me instalé.
El personaje, con el _cachenéz_ sobre la nariz y el sombrero á los ojos, estaba en un rincon.
Yo, con la detestable é indómita voz que me ha valido ignominiosas expulsiones de los círculos musicales, comencé á tararear la cancion que habia escuchado la noche anterior, saqué mi libro de apuntaciones y comencé á escribir, recitando y cantando mis versos en el tono de la cancion...: por supuesto, fingiéndome distraido y en total independencia del de las botas fuertes....
En uno de mis gorgoreos desastrados, alcé la voz y ví á la del cabello de oro inclinada hácia mí con una expresion de inteligencia y de satisfaccion indescribible: entendia lo que yo escribia, sabia español, era.... una beldad perseguida.... era la heroina de una novela mexicana.... _A pesar de mis años_.... ¿eh?.... leí entónces, como para mí solo, mis versos....
Oiganlos vdes., ya que aquel patan los oyó como un zoquete, cruzando frente á mí con sus patazas de á vara y su brusquedad de carretero.... ¡y yo que me habia enternecido tan de veras!.... _Maldito yankee!_
CANCION.
Tierna memoria Del bien querido, Que al pecho herido Consuelo dás. Ay! no abandones, Blanco lucero, Al extranjero Que errante va.
* * * * *
Sentido arrullo Que busco en vano, Porque lejano Vibrando está. Dulce consuelo Da en su camino, Al peregrino Que errante va.
* * * * *
Nítida estrella Del Occidente, Sobre mi frente Miré lucir. Oh! no le ocultes Tu faz brillante, Al bardo errante Que adora en tí.
* * * * *
Pasé rendido Por la fatiga, Tu sombra amiga Me consoló. En tí luz halla Mi incierto paso, Cuando á mi ocaso Llorando voy.
* * * * *
Sobre mi abismo De inmenso duelo, Tendiste un cielo De inmenso amor. En los desiertos, Sobre los mares, No desampares A tu cantor.
GUILLERMO PRIETO.
Marzo de 1877.
Estábamos á la orilla del _Lago Salado_, cruzábamos lo que se llama el _Cañon del Diablo_, profundísima barranca que parece formada á pico: trozándose una inmensa montaña que se abre en su cima, se cuelga y precipita en un abismo espantoso.
Por allí asoman, y se extienden, y se inclinan los rieles, sobre tejidos de barras de hierro, que á lo léjos forman caprichosos calados por entre los cuales se ven cruzar las aguas despedazando su corriente.
Al Sur se ven las cercas de madera, las palizadas, las sementeras y los edificios de Utah, del país de los _Mormones_, de que tanto se habla, y que son ciertamente dignos de profundo estudio.
El tren hizo alto un momento: de entre las chocillas salian corriendo primorosas muchachitas, que con sus piernitas desnudas, sus zapatitos de lana y sus cestillos y trastos, subieron al tren alegres y juguetonas, á ofrecernos café caliente, leche, bizcochos y dulces.
La niña que nos servia era deliciosa de hermosura y alegría: iba, venia, atendia á todos y mostraba complacencia en servirnos. Los mexicanos hicimos una colecta de algunos pesos para gratificarla.... cuando la recibió.... mostró extraordinaria sorpresa, incredulidad suma; pero la persuadimos que aquello era suyo y para sus padres: entónces.... saltaba, nos daba á todos las manos, y se fué corriendo y brincando sobre la nieve, derramandola felicidad....
El tren continuó su marcha.... íbamos por un terreno en que la vegetacion, la vida, triunfaban de la nieve.... verdes pinos.... risueños trigales, el sol reflejando en los lagos, los ganados en la ladera del monte, los becerros atravesando en fuerza de carrera por el llano, espantados con los bufidos de la locomotora....
En el interior de la locomotora, todos hablábamos de _Mormones_.
Un viajero frances cautivó nuestra atencion, diciéndonos que él habia visitado la ciudad del _Lago Salado_. Casi todos nos agrupamos al rededor de su asiento, y él, con la mayor amabilidad y compostura, habló de esta manera:
“De Ogden hay ferrocarril hasta la ciudad de _Lago Salado_, y recorren esa distancia los pasajeros, en dos horas y media.
“Al camino lo hace muy pintoresco el hermoso lago que va á la derecha, con sus infinitas montañas al Oeste, que le sirven como de muro y se reflejan en sus cristalinas aguas, inversas, de una manera gigantesca y caprichosa.
“No existen peces en el lago, porque su agua es extremadamente salobre; pero sí patos de gran tamaño y color negro, que me sorprendió verlos allí, por la razon de que no tienen de qué alimentarse.
“Llegué á la ciudad á las ocho y media de la noche, habiendo salido de Ogden á las seis, y desde luego descansé en un elegante y bien servido hotel, situado en la calle principal de la ciudad.
“Era por este tiempo: hacia un frio que se sentia en los huesos; caia en copos tupidos la nieve é invadia las aceras hasta hacerlas intransitables.