Viaje a los Estados Unidos, Tomo I

Part 30

Chapter 303,883 wordsPublic domain

Nuestros amigos Ibarra y Alatorre, que quedaban en San Francisco, se disponian á acompañarnos con M. Hagen hasta la primera estacion del tren.

La conversacion fué animada, casi alegre, durante los primeros momentos; entónces, en tiras de papel, escribí algunos versos; en cuanto partió el vapor, se hizo entrecortada y difícil la palabra; al tocar el muelle de Oakland, unos amigos se arrojaron en nuestros brazos, los otros se alejaron, llevándose sus pañuelos á los ojos.

La estacion ó punto de partida del ferrocarril, con la grandiosidad del edificio, los rieles y ruedas en los suelos, las máquinas, los talleres y el inmenso agolpamiento de gente, presentaba aspecto singularísimo.

Los grupos de viajeros se ordenan como por sí mismos: el viajero aguerrido se relaciona con el conductor, recorre los asientos para apoderarse del mejor, y cuando suena la campana, está instalado.

Hablemos de los trenes.

Los diversos trenes corren por sus cuerdas separadas, aunque dependan de una misma empresa.

Así es que hay trenes de efectos, de semillas, de ganados, y de pasajeros con sus equipajes.

Los carros de semillas son verdaderas trojes rodantes de tablas, con sus grandes puertas en el medio ó en los extremos.

Los carros de ganado son como grandes jaulas exteriormente, y en la parte interior como corrales y caballerizas; hay carros descubiertos totalmente, en que se conduce carbon, y otros, como tanques ó grandes cajones para el petróleo.

El tren de pasajeros tiene dos grandes divisiones: una de carros que pertenecen á la Compañía empresaria, y otra de carros accesorios y especiales (_los de Pullman_), que pagan á la Compañía un tanto por recorrer el trayecto.

Entre los carros de la empresa, los hay de primera y segunda clase, division que marca más bien el precio para hacer más escogida la concurrencia.

Los carros de primera clase tienen sus asientos traveseros de dos en dos, con sus cojines, su alfombra y sus departamentos cuidados y limpios.

Los de segunda, están llenos de sofacitos de bejuco; en uno de los extremos de ese carro se ve la estufa y el depósito de la leña que la alimenta.

Al extremo opuesto hay oficinas de desahogo y de aseo, y un aparato que contiene agua con hielo para la provision comun.

La gente que se aloja en las secciones más baratas, es pobrísima y de maneras las más bruscas; patanes, con pisones tremendos llenos de clavos, por piés; racimos de plátanos, por manos; sobrecargados de trapos y de chirlos, y con unos sombreros obtusos, inverosímiles, escurridizos y sin figura determinada, como al derretirse, como al pasar á líquidos. En esos carros se fuma con libertad, y eso quiere decir el imperio de la pipa, esa hornilla adherida á un tubo y dependiente de unos labios como claraboyas, y de unos pulmones como fuelles, que soplan torbellinos de humo pestilente....

Y ese incidente es el menor; los que mascan tabaco, en los muladares, en las zahurdas, en las cloacas, en donde la asafétida seria perfume y la putrefaccion campea, pueden llevar el estandarte de la suciedad repugnante.

El tabaco de mascar es un panecillo negro y meloso, compacto como una tabla: las astillas de ese tabaco, que son las que se mascan, producen raudales de saliva negra, que todo lo inunda, dejando por donde quiera rastros asquerosos.

En esos carros, en que el que puede duerme sentado, se ostenta el tipo del yankee ordinario, en toda su desnudez. El yankee en quietud, se echa, se rueda, se empina, se para de cabeza; pero pocas ó ningunas veces atina á sentarse como la gente, y el pandemonium aquel del carro, es una de cuadriles, de codos, de patazas enarboladas, de gañanes patiabiertos, que es una delicia.

El yankee es invasor por excelencia, y declara respaldo, cojin, ó colchon, ó silla, al primero que se le presenta; cuando uno vuelve la cara, ya un rinoceronte de esos se le reclinó en el pecho, como si le hubiesen visto á uno cara de sofá: cuando ménos siente, puja oprimido por una torre que se le vino encima; y cuando está más descuidado, un brazo pesado y velludo le está enlazando el cuello como una serpiente, si no es que se ha instalado con el mayor desplante en las rodillas de cualquiera.

Por su parte, la mamá de baja estofa, protege con todas sus fuerzas la independencia del nene, y el nene, en mangas de camisa, salta sobre las gentes, invade tambien, y es un encanto pasar unas horas con los renuevos de los titanes de la América.

En cuanto al _Pullman car_, hay el _carro-salon_, _el carro-comedor, con cocina_, y el _carro de pasajeros_, secciones que constituyen el departamento de un palacio andante, con cuanto el esplendor, el lujo, la grandeza y la comodidad pueden inventar.

Me ceñiré por ahora á la descripcion del carro de dormir ó de pasajeros, porque los otros se habian suprimido en el ferrocarril central del Pacífico en que yo hice el viaje.

El carro todo es de madera exquisita, y en su interior, de chapeados y embutidos de madera de rosa, con adornos y molduras riquísimas de plata alemana.

Al entrar al carro, perfectamente alfombrado de alfombras, imitacion de las turcas, se pasa por un callejon con sus ventanas de cristales cincelados, que da al gabinete de aseo de las señoras.

Ese gabinete es un precioso camarin, con su tocador, con su mesa de mármol, agua corriente, jabones, pomadas, cepillos, toallas y cuanto puede desearse para el aseo.

Contiguo al tocador, y dando uno de sus costados al tránsito que ya describimos, existe un cuarto pequeño para familias que desean estar aisladas, y el que se incomunica del resto del carro, quedando con su luz y todas sus comodidades.

Al extremo opuesto hay tres departamentos para los hombres, uno de aseo, el _Water Closset_, y el cuarto de fumar, porque en el interior de estos carros no se fuma.

La seccion de aseo la compone un gran mostrador, con tres ó cuatro lavamanos bajo sus llaves, de metal blanco, que arrojan agua en abundancia, requeridos por sus respectivas bombas; junto á cada lavamanos, hay en sus trastos grandes trozos de jabon, una que otra vez con esponjas; no se conoce el _zacate_, y á los extremos, toallas que podrian llamarse fajas que giran contínuas en un perchero, y donde litografía su rostro y se limpia todo bicho viviente.

El yankee zabulle su cabeza, escupe, hace diabluras, y deja las más veces su agua inmunda como herencia al sucesor. En una especie de nicho embutido en la pared, está un vaso y hay agua con hielo.

Por supuesto, las escenas de ese departamento son en paños menores, y nada hay más repugnante que el estado en que dejan jabones y toalla giratoria, los hijos de Guillermo Pen.

El _Water Closset_ y el _Smoking car_ (carro de fumar), son cuartos adaptados á su objeto. Este último da á la plataforma, con completa separacion del carro interior.

Veamos ahora lo que constituye el _Sleepen car_ (carro de dormir), que se elogia como una invencion de las más felices.

Figuremos un salon, poco más ó ménos de doce varas de largo, lleno de pequeños sofacitos de dos asientos, unos frente á los otros, pero con goznes en el respaldo, de modo que se presten á la trasformacion en lecho cuando conviene.

Los viajeros quedan durante el dia en secciones de cuatro en cuatro con dos ventanillas disponibles. En el intermedio de las ventanas hay un hueco donde se coloca una pequeña lámpara en las noches, y de dia se afianza una mesita muy cómoda para escribir ó para comer los que llevan provisiones y no quieren salir del carro.

En la parte superior del carro se abulta un adorno ó cómoda corrida que lo corona lateralmente, y siguiendo una especie de órden gótico, toca el cielo, de donde penden de trecho en trecho grandes lámparas dentro de globos de cristal apagado, en sus sustentáculos elegantes de plata alemana.

Al frente del adorno que describimos, corre una gruesa varilla de metal blanco y reluciente.

Los pequeños sofaes ó asientos están forrados en terciopelo carmesí. Los cristales de las ventanas son hermosísimos.

La concurrencia es selecta, generalmente se aisla, jamás importunan á una señora, prodigan á los niños cariñosos cuidados, y un _yankee_ bien educado, es de lo mejor y más caballeroso.

Fino sin afectacion, consecuente y franco sin llaneza.

Ríe con _bonhomie_ y estrepitosamente, manifiesta ingénua admiracion por lo que cree bueno y no comprende, y se apasiona de las gracias y de la dulzura de nuestras damas.

Sobre todo, el respeto á las señoras es de todos ellos, y eso explica esa intimidad y esas grandes travesías sin accidentes, que no, no pasarian con gente de nuestros hábitos; se puede jurar esto que digo, no hay que acusarme de parcialidad.

En las noches, los asientos de los sofacitos se corren y extienden: el adorno cae como una tapa, sirviéndoles de techo, de esa tapa se hace otra alcoba y se convierte aquella seccion en dos camas: dentro de la caja superior está la ropa de las dos camas, que quedan con sus colchones, sus cobertores, sus respaldos, su lámpara y cuanto puede apetecerse, ménos cierto adminículo que en esos casos quisiera uno llevar colgado como un arete.

Dispuestas así las cosas, se corre una cortina por las varillas superiores, se afianza de trecho en trecho de grandes clavos de metal, y quedan formadas alcobas perfectamente iguales, donde se pasa la noche muy cómodamente, cuando todo marcha en regla.

El exterior de las alcobas queda como un callejon angosto entre dos altas paredes de lienzo grueso.

El servicio está sobrevigilado por caballerosos y atentos inspectores, á quienes se recomiendan las mejores maneras, y los que son despedidos á cualquiera falta.

Se ocupan del aseo y sirven á los viajeros, negros muy elegantes y bien vestidos de azul, con sus cachuchas en que está escrito el oficio á que se les destina. Estos negros asean, preparan el agua, cepillan la ropa, limpian las botas, y en la carga y descarga de los trenes se encargan de los equipajes, haciendo mandados en las estaciones y siendo en general útiles y honrados.

En el interior de los carros, y á los piés de los asientos, corren tubos caloríferos que los mantienen á la temperatura que se quiere, de suerte que está azotando la nieve los cristales, á la vez que corren los niños en el saloncito con sus vestidos de lienzo, y las damas ostentan sus trages de primavera.

Por los tránsitos interiores de todo el tren pasa, con más frecuencia que lo que se quisiera, álguien que ofrece en venta á los viajeros libros y folletos á propósito para los ferrocarriles, guías de viaje, vistas, itinerarios y cuadernos con novelas maravillosas y patibularias.

Acaba su primera excursion el vendedor y á poco vuelve á pasar con su canasto de naranjas, peras, dulces y juguetes; en otro paseo ofrece las curiosidades de la localidad que se recorre.

Los libros y cuadernos los deja en los asientos.... despues recoge los que no se han vendido, y cobra.

Pero tanto éstos como los servidores, si bien no hablan sino pocas palabras, dan en cambio sendos puertazos, que aturden cuando se cierran y abren varias puertas á la vez.

Por la parte exterior de todos los carros, y saliente sobre las ruedas, hay una andadera ó pasadizo por donde transita la servidumbre, con tal desembarazo y rapidez, como si fueran en un corredor.

Corren, suben, bajan, se escurren, se acurrucan, se encaraman y se estacionan como unos zopilotes horas enteras, asidos á la rueda de que pende el garrote, en lo más alto de los trenes, con sus blusas cortas y sus cachuchas, cuyas viseras se ven á lo léjos como anchos picos de grandes pájaros.

El conjunto de la concurrencia que partió con nosotros era hermoso é iba alegre como á un paseo, en el carro de dormir que ocupaba la primera clase.

En lo alto del interior del carro veíanse, bien colocados, sombreros, neceseres, paraguas y bastones, y bajo los asientos, petaquillas manuables, sacos de noche, licoreros, botiquines, porta-ropas, neceseres de viaje y esos mil utilísimos adminículos del viajero, que están al alcance de todo el mundo en los Estados-Unidos, y donde se confeccionan con increible baratura.

Hay baúles desde veinte reales hasta cuarenta y cincuenta pesos, con cuanto se puede desear para un viajero, y lo mismo puede decirse de los artículos manuables.

El interior del carro, lleno de luz, presentaba un bello conjunto. _Ladies_ con sus sombrerillos con flores y plumas, sus grandes sobretodos de nutria ó de paño, caballeros con paletós riquísimos de las mismas materias y sus cubiertas de dril para conservar siempre el aseo, y niños angelicales con increible gorrillos, encajes, sedas y pieles.

Como deciamos, nos acompañaban nuestros amigos Ibarra, Alatorre y Hagen.

Nada puede compararse en fertilidad y animacion á los campos que recorriamos. En los caminos se encontraban ómnibus y carruajes, y carretas que chirriaban conduciendo mieses y granos; en el suelo formaban alfombra las sementeras; bajo grupos de árboles gigantes tendia la viña sus toldos caprichosos; sobresalian entre los sembrados los discos de los molinos de viento, las chimeneas de las fábricas y las puntiagudas torres de los templos; y á lo léjos, al pié de las montañas, veíanse pastando los ganados ó corriendo en hileras al lago en que reverberaba, tiñéndolo de azul y grana, la risueña luz matutina.

En la estacion de _Lanthroop_, ántes de Sacramento, recibimos los adioses de nuestros amigos.............................

De aquella estacion parten varios caminos; pero dos me atraian por su fama: el de los Angeles y el del Valle de _Yo-semite_. El primero conserva mil recuerdos de México: en medio de la corriente de la colonizacion; donde hay una leyenda sentida; donde se balancea una ave canora; donde tiende el amor sus alas de oro, allí se invoca á México, como si el sentimiento concediera nuestra nacionalizacion á todo lo bello y á todo lo poético.

En cuanto al Valle de _Yo-semite_, llenos están los _Albums_ y las guías de viaje con las relaciones de aquella naturaleza magnífica sobre toda comparacion.

Arboles á los que se ha tenido que llamar monstruosos, porque ha parecido vulgar y fria la denominacion de gigantescos, rocas cuyo conjunto ha merecido el dictado de catedrales y de las que una sola fungiria como montaña. Cataratas cayendo como en tropel y precipitándose por gradas de inmensa altura, valles apacibles y sombríos limitados por alturas inconmensurables, y lagos entre follajes y arboledas, que como que se esconden avaros para guardar pedazos de cielo en sus entrañas, y comprender en un sentimiento único de admiracion tierna, las más espléndidas manifestaciones de Dios....

Pero no era posible detenerse: el _wagon_ tiene algo de fatal en su marcha; sigamos contemplando lo que nos rodea, á vuelo de pájaro.

Dejando por uno y otro lado sembradas estancias y chozas, que como que brotaban al borde de las ventanillas del carro, abriendo sus bocas y sus ojos para vernos pasar y desaparecer veloces, los conocedores nos hacian notar la proximidad de una grande estacion.... leña apilada por dos y tres millas.... ruedas y rieles aquí y acullá.... grandes pipas con agua.... carbon amontonado en colinas.... despues cruceros de rieles en todas direcciones.... luego como una ciudad desbaratándose y andando sus aceras cada una con su locomotora.

La estacion, cuando es de alguna importancia, está bajo grandes jacalones que cubren el despacho, el telégrafo, los depósitos para la carga, caminos para coches y carros, fondas y cantinas, depósitos de ropa hecha, sombreros, zapatos, baúles y todo género de útiles de viaje.

Antes de llegar el tren á la estacion, repica á vuelo su sonora campana; el mugir de la locomotora se hace vibrante y agudísimo, jadea la máquina, el sonar de las ruedas parece remedar la carrera contenida del monstruo.

A ese espectáculo corren en bandadas los vendedores y asaltan el tren con periódicos, tarjetas y vendimias á millares; suena á la vez el _gongo_ ó la campana del _restaurant_; la voz del conductor anuncia que hay diez ó veinte minutos de descanso: entónces, como una catarata, descienden los pasajeros y corren á las mesas del _restaurant_, esto es, los pasajeros acomodados: los de escasa fortuna, vuelan á la cantina ó _restaurant_ de puro mostrador.

Luego que han entrado los viajeros al _restaurant_ decente, se cierran las puertas, quedando una salida única, donde se paga cuota fija, cómase lo que se comiere, ó no se coma nada.

El arrastrar de sillas, el sonar de platos y cubiertos, los gritos y el afan de engullir lo mejor y más pronto, preocupa la voracidad de esta raza humana, que en ciertos momentos se las puede disputar á los buitres y á los lobos.

En cuanto á las comidas, _plan_ americano neto: maíces, papas, huevos, trozos de carne como para jaula de fieras, melaza, _cakes_, jamon, polvos y salsa de lumbre y aguarrás.

Aunque á veces el tiempo concedido de diez á veinte minutos sea el necesario para sorber unos tragos de café y devorar un trozo de carne, la preocupacion de la marcha es tal, que las mismas horas parecerian instantes.

Se come ladeado, con la vista fija en la puerta, con el oido atento al más leve ruido.

Hay quien diga que esa situacion la explotan maravillosamente los dueños de las fondas: de uno se contaba que hacia servir la sopa de tal manera caliente, que entre un sorbo y un soplido y cien maldiciones, por la tostada del esófago, se iba el tiempo sin que casi probaran bocado los transeuntes: hacia así su negocio, porque el resto de la comida quedaba intacto; pero despues notó que en las bolsas se sacaban muchos la carne y las papas, etc., que el café y el caldo lo enfriaban con trozos de hielo, y celebró una especie de transaccion.

Como tengo dicho, desde el anuncio del tren se agolpa la gente á la estacion: nosotros estábamos en _Lanhtroop_. El ferrocarril tiene allí ramales para _Yo-semite_, por Visalia y San Joaquin.

Partió por fin el tren por entre campos cultivados y caminos que parecian escaparse de debajo de nuestros wagones, llenos de movimiento.

La personalidad se concentraba: cada uno queria acomodar lo mejor posible sus cachivaches; cada cual buscaba medio de hacerse agradable á los sirvientes.

El viajero aguerrido cuidaba su canasto con comestibles, sus neceseres y sus babuchas.

El tétrico sacaba su libro, incomunicándose con todo el mundo.

Las simpatías y antipatías se manifestaban como por explosion, formando grupos, aunque saludándose apénas.

Entre los viajeros, habia dos que desde luego me impresionaron.

Era el uno pelon, barbilampiño, rubio, de azules ojos, y de desembarazados movimientos.

En todas partes habia estado y todo lo sabia, posee cuatro ó cinco idiomas, es capaz de hacer una tortilla de huevos en la uña del dedo meñique, lleva botiquin, hace prodigios con su navaja, lo mismo engulle dulces que sorbe _wiskey_, parece diestro en las armas, habla de música como un filarmónico consumado, tiene retratos de todos los artistas célebres, que son sus amigos, y no hay suceso notable que no haya presenciado y cuyos resortes íntimos no conozca del pé al pá.

Y no obstante esa pluralidad de aptitudes, á nadie molesta, sirve á todo el mundo y de todo el mundo se hace querer: llámase Mr. Gland, é iba para Missouri.

El otro era un viajero realmente de leyenda.

Encapotado, taciturno, á quien mejor deberia llamarse bulto que persona.

Le cubria hasta los ojos, escurriéndose como un lienzo, un sombrero negro, de anchas alas, bajo de las cuales relumbraban los vidrios de sus anteojos verdes, ocultaba su barba y su boca tosco _cachenéz_ de lana, mal embutido en la solapa de su paletó, que caia sobre gruesas botas de enormes suelas.

Unos guantes grises de lana forraban sus manos, haciéndolas de tamaño desproporcionado con su cuerpo.

Pero el cabello que ocultaba el disparatado sombrero y se escapaba en sutiles hebras sobre sus hombros, era de rayos de sol, y el cútis, que solia verse por entre el gollete de groseros trapos en que se embutia su cuello, tenia la tersura y la delicadeza de un cáliz de azucena.

Era evidente: tratábase de un jóven de alta distincion, que viajaba de incógnito; no se oyó su voz una sola vez; de dia estaba como clavado en su asiento, con su libro al frente, del que no despegaba los ojos. En la noche solia descender en alguna estacion; pero salia ántes que todos y volvia á su puesto primero que nadie.

En la noche, cuando todo el mundo se habia recogido, pasaba solitario horas enteras en el cuarto de fumar.

Yo, que estaba como Hércules III, deseosísimo que algo me sucediera para tener qué contar, me forjé una novela con aquel personaje desconocido: pero por más intruso que me mostré, no conseguí saber nada absolutamente.

A un amigo que nos acompañaba, y que por su desgracia sabia inglés perfectamente, le iba agobiando á preguntas sobre los sitios que recorriamos.

—Esta poblacion se llama Stockton, en memoria del célebre comodoro de ese nombre, uno de los conquistadores de California.

—Qué alegre es! y parece de importancia por sus muchos edificios, sus torres, sus plazas y el tragin que se nota.

—Este pueblo es la cabecera de San Joaquin.... vea vd. los ligeros vaporcitos de su rio.... al principio, el único comercio eran las minas; ahora, los granos hacen competencia á aquel comercio. Hace diez años, continuó Lorenzo, que este es el nombre del amigo, esto era casi desierto; ahora tiene trece iglesias de todos los cultos, catorce escuelas públicas y particulares, está alumbrado con gas y tiene un pozo artesiano de mil dos piés de profundidad, que produce 360,000 galones de agua.

Vea vd. esos grandes edificios: aquel que ve vd. al frente es _Yo-semite_; más adelante tiene vd. á Lafayette, por entre aquellos pinos, adelante de esos jardines.

Se publican varios periódicos: aquí han traido los tres principales, que son: _El Independiente_, _La Gaceta_, _El Observador_........

Relinchó el vapor, sonó la campana.... trac, trac...... adelante.

El propio esmerado cultivo, las mismas sementeras; tras de las yuntas, en apariencia señores decentes, con sus gruesos levitones de paño, sus botas hasta la rodilla, alguno su sorbete muy catrin.... ¡diantre de cosa! decia yo.... aquí no hay peones como en México.

—Sí, hombre; pero los peones de aquí son ciudadanos como los demás, todos esos comen con tenedor y cuchillo, y leen su periódico, y tienen su mujercita de gorro y de guantes cuando va á la ciudad.

—Hombre, ni me lo diga vd.; esas parejuras, por fuerza los han de molestar.

Casi todos los campos que cruzábamos estaban cercados y atravesados por pequeños caminos y multitud de carros de todos tamaños y hechuras: un hombre con una carga á cuestas, ni para un remedio; mulas de carga, ni por un ojo de la cara.... ¿y los burros?.... ¿los burros?....

—Pero venga vd. acá. ¿Vd. se puede imaginar siquiera á un yankee arreando un burro? La gradacion tiene de ser forzosa: en una invasion americana, los que no combatieran, que por fortuna serian los ménos, bajarian al rango de indios, los indios al de burros y los burros desaparecerian....

—Pues oiga vd., á palos muera el pronóstico, y no me ande con esas bromas, si quiere que las amistades se conserven.

—Quieto, _Fidel_, que hemos llegado á Sacramento.

Desde luego conocimos que estábamos en una poblacion de alta importancia: la capital nada ménos del poderoso Estado de California.

El gentío agolpado en la estacion era inmenso y de personas distinguidas; negreaba de sombreros, casacas y sobretodos aquel espacio; los mil vendedores de toda clase de efectos, circundaron el carruaje, los muchachos repartidores de periódicos invadieron el interior de los wagones, proclamando desaforados sus diarios.

El Sr. Iglesias recibió en el wagon la visita de las autoridades y personas notables del Estado, quienes se particularizaron en finura y atenciones.

Miéntras se verificaban esas presentaciones, Lorenzo me sacó á la plataforma, dando espalda al bullicio, y me dijo: