Viaje a los Estados Unidos, Tomo I
Part 3
En todos los cuartos se hacian líos y se preparaban los objetos pertenecientes á cada individuo para su fácil trasporte, corrian los niños vestidos de lujo, por corredores, escaleras y cubierta, salieron á luz canarios, guacamayas y perritos falderos, y damas y galanes, guapos como para asistir á un baile, esperaban con sus sacos, bastones, paraguas y sombrillas al lado, el deseado momento del desembarco.
Solo el grupo de mexicanos, asaz tristes y derrotados, veian aquel que para los demás era término, como principio de desdichas y como confinacion, algunos al destierro y acaso á la miseria.
La navegacion habia sido un paseo, sin una sombra de peligro; el capitan se habia hecho acreedor á nuestra sincera estimacion y gratitud.
El mar estaba terso y reluciente con el sol, como un inmenso lago de acero y oro fundidos; comenzamos á percibir buques en todas direcciones, ya cruzando arrogantes por en medio de las aguas, ya en tragin perpétuo, cercanos á la costa. A los primeros se interrogaba con la vista: ¿cuál es tu rumbo? ¿qué destino te prepara el cielo? á los segundos se les veia como de casa, como la servidumbre de la entrada de los palacios, con la que se quiere uno informar de las costumbres de los amos y de las poridades de familia.
Los veteranos del mar, los conocedores de las costas, iban nombrando las rocas y designando los accidentes del terreno.... La bulla crecia, la tripulacion de nuestro buque coronaba la cubierta y los corredores vestida de gala, viéndose en los balaustrados del exterior como orlas de rostros humanos, sorbetes y sombrillas de todos colores.
De un grupo de buques que parecia venir á nosotros se desprendió el práctico, sonaron los pitos de los vapores, como el relincho de dos caballos que se reconocen.
En semicírculo inmenso fueron desplegándose las rocas, los árboles y las alturas de la bahía. Por el centro del pórtico que parece formar al descubrirse, sobre olas de nácar y de llama, se distinguian bosques de mástiles, entre los que negreaban las chimeneas de los vapores, arrojando torrentes de humo blanco y negro que subia vago y se tendia dorándose con el sol. Cordajes y banderas de todas hechuras y colores, formaban redes en los aires, y surcando las aguas, se agitaban embarcaciones de todos tamaños con sus velas hinchadas y sus remeros alegres.
Forman gigantescos peñones como inmenso pórtico á la entrada de aquel mar interior que se llama la bahía de San Francisco, una de las más grandes y más bellas del mundo.
La bahía de San Francisco tiene grandiosidad sin ejemplo, porque es realmente una cadena de bahías, eslabonadas por las peculiaridades de un terreno cuyos accidentes forman una sucesion de prodigios.
El puerto es propiamente la _Puerta de oro_ del Pacífico; dilatadas costas se extienden á sus lados, forman un estrecho promontorio de rocas, que parecen penetrar en las nubes, y enormes peñascos le forman pórtico y la decoran.
Islas, fuertes y montañas, forman el cañón de su entrada, y al extenderse como que aparta la tierra empujándola y se dilata diez y ocho leguas. Los bordes de esta inmensa bahía, tranquila y de limpias aguas, están decorados en uno y otro márgen por pueblos, fábricas, molinos y estancias circuidas de árboles y por sementeras risueñas que casi tocan las olas.
Cuando uno cree que se terminó la bahía porque se tocaron sus confines, se interna y se percibe una isla que como que la limita; pero al trasponerse la isla, ve abrirse y dilatarse el panorama magnífico de la bahía de San Pablo, encerrada entre fertilísimas tierras, ceñida de árboles gigantes y circundada tambien de habitaciones de campo, que blanquean entre los trigales y al través de los sombríos emparrados. Ebria de tanta hermosura se quiere como reposar la vista, y entonces ve como partidas las montañas y que se precipitan á su espalda en ese cañón profundo, los rios de San Joaquin y del Sacramento, trayendo en su corriente parvadas de embarcaciones que penetran por esa sucesion de bahías y se extienden y como que juegan en las aguas hasta dispersarse en la gran bahía, como una legion de aves acuáticas.
Y cuando se ven como perdidas en aquella inmensidad tres mil y más embarcaciones de todos los países, entónces parece trivial el cálculo de que aquellas bahías pueden encerrar la marina de todo el universo.
Un jóven amabilísimo de la familia del Sr. D. Guillermo Andrade (Manuel Gonzalez), con quien habiamos contraido muy buenas relaciones, se encargó de ser mi _cicerone_ luego que nos acercamos á la bahía.
El jóven á quien me refiero, perfectamente educado y de buenos estudios náuticos, me habia instruido en las riquezas de la costa, se habia extendido en hacerme explicaciones sobre el importante buceo de la perla, la pesca de la ballena, el cultivo de la orchilla y otros ramos de riquísimo comercio, de la Sonora y de la Baja California.
A grandes rasgos, y sin pretensiones de pedagogo, más bien con la pasion de mexicano patriota, me decia:
—¡Ah, señor! qué tesoros perdió nuestra patria; este es un suelo divino, acaso destinado para una sorprendente revolucion en la gran metamórfosis de las nacionalidades americanas, cuando despedazados los miembros del coloso del Norte, adquiera vida propia cada uno de ellos.
La California está limitada al Norte por el Oregon, á los 42 grados de latitud setentrional; al Este por las Montañas Rocallosas y la Sierra de los Mimbres; al Sur por Sonora y la Baja California, que acabamos de ver; al Oeste por el Océano Pacífico. Su extension de Norte á Sur es de cerca de setecientas millas; de Este á Oeste de seiscientas á ochocientas: su superficie de 400,000 millas cuadradas!
Levántase en los mares de Occidente California, como apoyándose en las abiertas costas de México; desde el Ecuador le tienden los brazos y la cortejan como á una reina las Américas hermanas; las islas de Sandwich y la Australia romancesca, la ven aduladoras y le envían sus frutos: el istmo de Panamá la aclama el gran depósito de los efectos de Europa; el de Suez le sonríe tras los horizontes como celebrando sus nupcias con el mundo antiguo, y el Japon y la China con los encantos de la leyenda, y las tradiciones de la cuna del mundo, la lisonjean, con todo lo que tiene de más grandioso el espectáculo del porvenir de la humanidad.
—Yo, replicaba casi avergonzado de mi ignorancia, todo lo que sé de California es que fué descubierta en 1548 por Cortés y explotada por el navegante español Juan Rodriguez Cabrillo. Treinta años despues la visitó Francisco Drake, quien le dió el nombre de la Nueva Albion, y que colonizada por los españoles en 1768, formó parte de una de tantas provincias de la Nueva España.
—Ya estamos en la entrada de la bahía, me dijo Manuel; vea vd., forma horizonte, parece un mar interior; diga vd. francamente si tenia idea de un tumulto, de una aglomeracion de embarcaciones semejante; y en tal movimiento, ¿ve vd. esa isla asentada en el centro de la bahía?—Es la isla del Alcatráz.
Estos lienzos de roca que parecen precipitarse en el mar, por los que sin embargo hay caminos que culebrean de alto á bajo, son fortines y campamentos para las tropas. El lugar ó entrada por donde estamos pasando es _Golden Gate_ (puerta de oro). Vea vd. entre esos promontorios de rocas ese palacio como volado sobre el mar: es _Cliff House_, casa pública de recreo magnífica: ¡qué balaustradas y qué espléndidos corredores! ¡y cuán concurrido de damas y caballeros! Al frente, en esos arrecifes, están los famosos leones marinos, que viven bajo la proteccion de la ciudad. Las falúas de la capitanía del puerto, del cuerpo de sanidad y del correo estaban abajo de nuestro buque, tambaleándose en las olas, multitud de negociantes, de agentes de periódicos, de amigos y curiosos se nos acercaban: numerosos botes proclamaban sus asientos y medios de trasporte, y por entre los viajeros circulaban en enjambres con sus tarjetas en las manos, personas que nos brindaban hospitalidad en hoteles, _restaurants_, casas de huéspedes y paraderos infinitos. El “Granada” avanzaba por un laberinto de buques sobre los que flotaban banderas de todos los pueblos del globo, se oian acentos en todos los idiomas conocidos, y se veian los trages variadísimos del chino, del danés, del ruso, del austriaco, del europeo y del americano.
Aturdian los mil ruidos, deslumbraba el sol reverberando en las olas inquietas, embriagaba la multitud.
Ibamos viendo como ascendiendo á las alturas las calles de la vasta ciudad, rozábamos multitud de corredores de madera que daban á inmensas galeras bajo las cuales habia coches, ómnibus y carros en número sorprendente: eran los _muelles_; en los claros que éstos dejaban, veíanse regados y amontonados tercios, maquinaria de fierro, madera en montañas y tragin de carga y de descarga.
En las posas que hacia nuestro buque ántes de acomodarse en su respectivo muelle, se hablaban los amigos, los esposos se decian ternezas, los niños desde los brazos de las madres tendian sus bracitos inquietos á los autores de sus dias.
Algunos, impacientes, tomando en sus manos una especie de morillo con muescas terminado en gancho (_bichero_), le afianzaban á la orilla del buque, trepaban de sorbete y paraguas por sus costados como una lagartija, y caian entre risas y lágrimas en los brazos de personas queridas.
De mis compañeros y de mí se habia apoderado un recaudador de viajeros y nos condujo al hotel Gaillard; hotelito para la gente de mediana fortuna, pero en el que se comia á la francesa, recomendacion poderosa para los que traiamos el estómago en un hilo á causa del _plan_ ó _sistema_ americano.
Rompiamos un mar de transeuntes y carruajes, nos deslumbraban por todas partes edificios magníficos de donde entraban y salian raudales de gentes bien vestidas, y venciendo cuestas y trepando alturas, llegamos al suspirado hotel y quedamos oficialmente instalados.
El hotel, como la mayor parte de las casas, está construido bajo el tema de buque.
Son grandes cajones de madera dentro de los cuales, y siempre bajo de techo, se superponen pisos de cuartos, comunicados por escaleras de caoba con escalones forrados de metal, los cuartos tienen ventanillas á la calle ó se alumbran con tragaluces de variadas formas. No se conoce lo que llamamos patio, y esto empuja á las gentes á la calle como temerosas de la asfixia.
Por lo demás, aunque nuestro hotel fluctúa entre la segunda y la tercera clase, no faltaban sus alfombras y su gas en los tránsitos, ni en los cuartos su cama matrimonial, sus cómodas con mármol, su tocador, su perchero y su mesilla exígua para escribir ó refrescar.
El comedor está situado en el primer piso que da á la calle, tiene sus mesillas como nuestros cafés, su mostrador tras el cual yacia como embutida la monumental directora de escena y un sirviente jorobado, de sesgos ojos azules, sarcástico y pacienzudo como un jefe de glosa del antiguo régimen.
Percheros en las paredes, avisos de teatros colgando acá y acullá, un espejo vergonzante, retratos de héroes ó bailarinas, ese era el comedor que se veia á la entrada y frente por frente de la cantina y despacho del hotel, en donde el _Lager beer_ impera, los _coptails_ abundan, verdeguea la yerbabuena y está tendido patiabierto el libro colosal en que los mismos viajeros inscriben su nombre al instalarse.
Hay sus mesillas para los bebedores sedentarios y su mesa de billar para que maten el fastidio los devotos del trago.
Al recomendar mi escaso equipo á un sirviente francés, de charlar inagotable, patilla de contrabandista y empaque de teniente de dragones enamorado, me dijo:
—Aquí no hay ladrones; no estamos en México.
Acababa de hacer esa reminiscencia de mi cara patria, cuando pasaba un compañero caritativo y supo acentuar con un puntapié tan á tiempo la frasecilla del francés, que jamás se borró de su memoria, conservando hácia mí, sin motivo alguno, especial antipatía.
Al frente de la ventana de mi cuarto está un hospital y templo chino, las bocacalles próximas dan á la opulentísima calle de Kearny, asciende la vista por un extremo hasta perderse en la altura silenciosa y poco poblada de la calle de _Pine_ y desciende hasta emborucarse en el tropel de calles y vericuetos, que como que se atropellan buscando la orilla del mar.
Descansaba en la noche en mi cuarto, cuando en la esquina próxima brotó un desaguisado de tambora, tambores, trompetas, platillos y triángulos, que me conmovió como golpe eléctrico.
Asoméme á la ventana, fijé la vista y era una orquesta entre hachones, que alumbraban en carteles estupendos, danzarinas, negros, caballos, y no se cuántas figuras más, con el nombre de Circacianas.
Descendí para ver de cerca la gresca, la concurrencia se agolpaba al borde de una escalera que conducia á un subterráneo, que era un verdadero abismo de luz vivísima.
Sin más averiguacion, me descolgué por aquella escalera y me encontré en un saloncito pequeño, con su mostrador al rededor del cual, hervian fieltros y sorbetes, levitones y chaquetas de punto, y gente, ya con lo abigarrado del desórden y la dejadez, ya con cierta pulcritud, que certificaba el guante, la cadena del reloj y el bastoncillo pretencioso.
En los extremos de la salita hay dos entradas: una para el salon del espectáculo, la otra para los palcos. Yo nada de esto sabia, ni entendia palabra de lo que á mi alrededor se hablaba.
Fuí literalmente despojado de medio peso y me empujó suavemente uno de los empresarios á un corredor angosto y no muy alumbrado, que corre á la espalda de los palcos.
Entré á uno de esos palquitos cuyo techo casi tocaba con la mano. Son de reducido espacio, tienen hácia el salon una cortinita que se cierra y se abre discretamente.
En el palco, y guiados por un mismo impulso de curiosidad impertinente, se encontraban, Alfonso Lancaster, Pablo Ibarra y Manuel Alatorre, de la comitiva mexicana el primero; los otros dos, mexicanos, pero personas independientes, bien acomodadas, ligados á nosotros por sus afectos á Lancaster y el deseo de servirnos personalmente.
Mi contento fué extremo. Ellos estaban muy sérios viendo el salon. El tal salon está cubierto de bancas de madera pintada, sin más atavíos ni adminículos; es casi cuadrado, de techo bajo y ancho de extension. En el fondo se levanta sobre gruesos vigones un teatrito, tan escurrido y apocado, que se avergonzaria si se encontrase al frente de nuestros más humildes teatros caseros de casa de vecindad. Unos picos de gas pegados á la pared, un candilillo en el centro á cuarta parte de haber y una hilera de mecheros en el palco escénico, en que no se conoce la concha del apuntador: este es el salon.
En cuanto á la concurrencia, masculina en su inmensa mayoría, ya hemos visto algunos bosquejos á la entrada; pero con la luz del gas se ponian en relieve aquellas barbas amarillas como untadas de cera, aquellos cuellos largos y empedrados de poros escarlatas como el cuello de un _guajolote_, aquellos ojos pardos, pequeños y llenos de penetracion y de audacia, y aquellas concatenaciones de trapos de todas las formas, de todas las procedencias, de la ruina de todas las hechuras, salpicados con botones de vidrio, cadenas de acero, anillos de _doublé_ y todos los caprichos de la mercería, y estos narigudos, cuellilargos y burdos personajes, envueltos en espesas nubes de tabaco de puro ó de pipa, que ponen la atmósfera de poderse cortar con un cuchillo.
El telon estaba levantado y se representaban cuadros animados de no sé cuántas atrocidades mitológicas, históricas y bíblicas.
Seguian servilmente la desnudez de las mujeres, ajustadas carnes de finísimo punto; en los hombres habia mayores economías sin ofender el pudor.
Pero es de advertir que la propia especulacion y la abundancia de hermosas, hacen que se soliciten por los empresarios mujeres de rara belleza, de suerte que independientemente de la exactitud histórica, la simple exposicion de aquellas damas esclaviza y enamora.
El foco en que aparece el cuadro se ilumina con luz eléctrica, miéntras el gas disminuye su fulgor, quedando casi oscura la pieza.
Acababa de presentarse el cuadro de Sanson y Dálila; el teatro se hundia á palmadas y gritos.
Echóse el telon, blasfemó la música no sé cuántas cosas, y quedó casi desierto el salon, por ser la hora, segun despues supimos, de las grandes libaciones.
Nosotros, siguiendo las costumbres que veiamos, corrimos la cortinilla de nuestro palco para fumar con mayor comodidad.
Apénas hicimos esto, cuando sin más antecedente y de manos á boca se encontró el palquito invadido por las deidades bíblicas del sexo contrario, que tanto habian encantado al público.
Mandaba la guerrilla de hermosas, una matrona gravedosa que conducia cerveza y Champaña _para obsequiarnos_.
Alatorre habla inglés perfectamente; dió las gracias, brindamos asientos á aquellas criaturas que parecian salir del baño, tomamos una copa y llamó una campanilla á la escena á nuestras bellas visitadoras.
Por más que ninguno de nosotros tuviese una aureola de inocencia, la visita nos sorprendió altamente, por la excesiva economía en los trages de nuestras favorecedoras.
En medio de nuestra sorpresa, no habiamos notado que las hijas de Eva habian despabilado lagos de Champaña. La matrona austera llegó á cobrar una barbaridad por el obsequio que nos habia hecho (dos onzas de oro).
Continuó la funcion: á la entrada del proscenio habia unas sillas de palo y en ellas sentados negros y negras, falsificados con perfeccion; los unos tocaban el tambor, otro agitaba una pandereta con cascabeles, el otro tenia unos palillos pequeños entre los dedos, los que sacudiendo fuertemente la mano, castañetean, repican y forman una ruidera espantosa. Todos, cuando el caso llegaba, zapateaban de punta y talon, azotando la pata á trechos con ímpetu desaforado.
Estos negros son el alma de la funcion, que no sé por qué se llama de _Ministrils_; ellos dicen gracejadas obscenas, ellos se dan puñadas y se derriban de las sillas; pero con tan extravagantes contorsiones, con tan descompasados gritos, con puñetazos y patadas tan soeces, que nuestros payasos más desastrados se ruborizarian de semejantes émulos.
La escena suele representar un matrimonio mal avenido, con un nene de á dos varas, á quien vapulan, poniendo el reverso de su cuerpo en espectáculo, ó bien le dan papilla en un lavamanos y con una cuchara como una pala. Ya es un negro sirviente de un doctor que le usurpa sus funciones en sus ausencias, equivocando recetas y poniendo á la muerte á los clientes, quienes se vengan á porrazos; ya un chino camarista de su señora, que se ostenta más frio y estúpido, miéntras ella es más abandonada, y que sin la intervencion del telon, único representante de la decencia, yo no sé hasta dónde habria llevado sus libertades.
Pero esta farsa indigna es el regocijo de la canalla, silba desaforadamente, que es un modo peculiar de aplaudir, golpea las bancas, grita, aulla y hace que se repitan las escenas más repugnantes, exigiéndolo con frenesí.
Apénas terminó el acto, cuando oimos los pasos de las negritas; entónces cerramos el palco, atrancamos con sillas, pusimos verdaderas barricadas; ellas empujaban, de hacer retemblar el cancel, escalaron el tabique y sacaban sus negras caras y sus lanudos cabellos por encima de las tablas; nosotros permanecimos impasibles, atrayéndonos al fin no sé cuántas injurias.
No era posible resistir más; en la primera coyuntura, abandonamos el campo, no obstante la curiosidad de viajeros y á pesar de que el espectáculo suele prolongarse hasta la una ó dos de la mañana.
Cuando al siguiente dia impuse á Francisco Gomez del Palacio de mi primera aventura, reprochó altamente mi excursion.
—¿No sabes que á esos teatros subterráneos, cafés cantantes y salones de baile les llaman _los infiernos_? ¿No sabes que esos son los receptáculos de la gente más perdida, de la que hay en grande abundancia en esta tierra? ¿Ignoras que noche á noche en esos lugares hace grandes colectas la policía?
En efecto, á los dos ó tres dias de nuestro primer estudio en el teatro de las Circacianas, supimos que Dálila, Sanson y la comitiva de Filisteos y espectadores estaban en la cárcel, de donde nunca debieron haber salido segun sesudas opiniones.
* * * * *
La ciudad de California está construida al E. en línea oblícua á la Península, sembrada en su centro de colinas elevadas de tierra pobrísima y de arena; en las ondulaciones rebajadas y aplanadas desde 1846, y en las cuencas de los valles, la vegetacion se ha forzado y se ven algunos árboles tendiéndose en pequeños jardines, follajes pomposos de enredaderas de infinita variedad; á todos los vientos y por donde quiera que se alcanza una altura, se divisa la bahía, que siempre bella, siempre poblada de multitud de buques, ó sorprende nuestra vista con su febril tráfico, ó deja ver á lo léjos melancólica y poética la inmensidad del mar.
En el ángulo N. E. de la ciudad se halla el cerro del Telégrafo, á 294 piés de alto; en el ángulo S. E. el cerro Kincon, y al O. la Montaña Rusa, á 360 piés de altura.
La parte plana de ese terreno que da al mar y se halla en contacto con la bahía, es la de los grandes almacenes, la de los barqueros y pescadores; se asciende, y es el tráfico en toda su opulencia; se aleja de la bahía, y el terreno se deprime: son las estancias aisladas ó formando calles silenciosas, las grandes casas, los palacios de los banqueros y las mansiones de las familias de la clase media.
Porque es de saber que comerciantes, banqueros, letrados, y en general, los hombres todos de negocios, asisten á despachos ú oficinas al interior de la ciudad y residen en mansiones campestres, rodeándose de todo género de comodidades, que se llaman _residencias_.
Al caminar por el interior de la ciudad se asciende, se desciende ó se camina como hundido en una barranca, siempre presentando regularidad las casas. Pero en las bocacalles, esencialmente en las que se retiran de la bahía, las perspectivas son magníficas; son montañas de casas de campo, palacios y templos; son hondonadas con risueñas mansiones y parques opulentos, y son inmensos horizontes que forma el mar, ya desierto, ya cruzando sus olas una barca aventurera en pos de las posesiones rusas ó la China, ó aisladas barquillas de pescadores.
La ciudad puede llamarse naciente: por todas partes se ven señales de propiedades que están esperando el _ecsurge_ de la arquitectura para saltar de entre la arena como Vénus de las ondas; grandes huecos como tanques que serán almacenes, salones y lugares de placer, y esqueletos descarnados como peines, como huacales inmensos, como ordenadas osamentas, cartílagos y fibras, que se envolverán en ricos tapices, se engalanarán con cuadros, espejos y candelabros y se revestirán de una capa de cantería ó granito hecho polvo, pero que á la vista y al tacto consuman la suplantacion del mármol y la cantera.
Y no obstante que esas jaulas de madera tienen un valor tres ó cuatro veces superior á nuestros edificios de piedra, los creemos roperos habitados, casas de chanza, falsificaciones que no podemos hacer formales por más que queramos.
Por otra parte, la vejez de esas casas es verdaderamente espantosa. Si no se tiene sumo cuidado, las persianas se desarticulan, pierden su quicio cornisas y columnas, vuela un pedazo de lienzo como denunciando un fraude, y de los techos se ven próximos á caer, tablones ennegrecidos por la tierra, el sol y la lluvia, latas desclavadas, costillares al descubierto, balcones desdentados y gateras y tuseros que son el harapo, la hilacha, la piltrafa y la zurrapa de la humana habitacion.
II
Las calles de dia.—De noche.—Los carruajes, wagones y carros.