Viaje a los Estados Unidos, Tomo I

Part 29

Chapter 293,767 wordsPublic domain

Ni su arco-íris la esperanza, Ni, negras sombras el celo, Me muestran, al ver tu cielo, Que es de grata bienandanza. Los dos esta adivinanza, Acogemos sin desden; Yo me doy el parabien; Díme lo que pasa en tí, Que lo que me pasa á mí, _Pepa, tú lo sabes bien_.

* * * * *

Es, niña, poco discreto Que mi confidencia escriba, Cuando es forzoso que viva En la cárcel del secreto. Es como raro amuleto Que encierra gozo y temor; No lo muestres, por favor, Que acaso te pondrá triste; Y si ya en tu pecho existe, _Escribir aquí, es error_.

* * * * *

De tu mirar de gacela, De tus dientes de marfil, De tu frescura de Abril, Que á más de un galan desvela, Ser el poseedor no anhela Mi paternal sentimiento, Y cuando tu blando acento Me diriges con ternura, No codicio tu hermosura _Aunque me dé gran contento_.

* * * * *

Miro tu rostro halagüeño Y te contemplo en mi hogar, Como sobre de un altar, Como realizando un sueño. Miro nacer con empeño Entre flores de contento, La linfa de un pensamiento, Que guardas en tu alma oculto, Y entónces es casi un culto, _Pepa, lo que por tí siento_.

* * * * *

A tus ojos celestiales, Tesoros de amor envío, Si dicen: “amigo mio” Esos labios de corales. Si acaso entre negros males, Se desvanece el albor De tu ensueño encantador, No me castigue tu olvido, Pues lo que por tí he sentido, _No es amor, y es más que amor...._

Las palmadas, las lágrimas, los encargos á México de las muchachas, las recomendaciones de misas á la Virgen de Guadalupe, á la de la Soledad de Santa Cruz y á la Divina Infantita de las ancianas, y los pedidos de juguetes de los niños, terminaron la escena.

Díjele al cochero que me llevase á la calle de Franklin, casa opulenta de distinguida educacion.

En medio del jardin está la casa blanqueando, con su pórtico de ligeras columnas. Cerca el jardin un pulido barandal de fierro. Grandes y frondosos árboles se agrupan á la entrada y al rededor de la casa. Hay su fuente con pescados de colores y su _kiosko_ para las lecturas solitarias.

La casa es, con poca diferencia, como las ya descritas; con la circunstancia que de un lado del pasadizo hay un extenso y elegante salon, y del otro, la asistencia y el comedor, divididos por el tabique corredizo que ya conocemos.

La familia es mexicana, la señora de la casa conserva culto profundo por México y acoge y mima con su amistad á personas mexicanas.

La niña, que es un encanto de virtud y hermosura, conserva el tipo de México, pero como desvaneciéndose entre nieblas alemanas y perdiéndose en la bruma del Niágara.

Lo más seductor en T*** es su inocencia, inocencia alegre, franca, ingénua: la gentil doncella, juega con las niñas, monta á caballo y maneja las riendas de su carretela, y no va á más; ni tira la pistola, ni tiene aspiraciones á invadir la educacion masculina.

La señora, repetimos, es mexicana; la niña rinde culto á los recuerdos de la mamá; pero nacida en California y educada en Alemania, sus relaciones son en mucha parte de americanos, ingleses, alemanes, siempre, por supuesto, imperando nuestra tierra en la casa.

Las tendencias y tradiciones que hemos apuntado, producen encuentros deliciosos: yo he visto en una rinconera el busto de Escobedo, mano á mano con Bismark; casi del brazo á Zaragoza con el baron de Humboldt, y departiendo en una consola á Juarez, nada ménos que con San Patricio, como si fueran los mejores amigos del mundo.

A mi llegada, un jóven Arrillaga, eminente artista, tocaba el piano; varias jóvenes, con sus delantales albeando, fabricaban bizcochos, y la señora iba y venia, teniendo sobre la mesa canastos, botiquines y un precioso neceser de viaje.

Un polaco amabilísimo y de vasta instruccion, era el ayudante de campo, en union de Ferrer, el artista celebrado del Club Hispano-Americano.

A mi llegada, tocó diana el piano y la señora se adelantó á recibirnos.

—Vea vd. en lo que nos han metido vdes.: todas trabajamos.

—Pero, señora, por nosotros!

—¿Cómo es eso? ir á pasar esos desiertos, sin un trago que beber, cuando muchas veces no se puede uno apear en la estacion, eso no era posible.... vea vd., estas son carnitas frias, este garrafon contiene Jerez; vea vd., aquí pan, mantequilla....

—Pero....

Y sin dejarme concluir, me dijo:

—Esta botellita es árnica, aquí tiene vd. su letrero; esta es álcali; vea vd., aquí, carbonato, polvos de Sedlitz: vea vd., con este aparatito se calienta agua, este es el alcohol para la lamparilla. En todo esto deben ir los bizcochos que están haciendo las niñas; pero economicen vdes.: cuando haya qué comer, no apelen al repuesto.

Y todo estaba previsto, todo era tan oportuno, tan cuidadoso, tan tiernamente delicado, que parece que nuestra misma madre se habia encargado de aquellos cuidados.

Era forzoso volverse todo corazon y amar, amar mucho á quienes así nos amaban, porque la gratitud, la simple gratitud, es la contribucion oficial de los tontos y el hilo sin anzuelo que queda en las manos de los ingratos.

Amar es otra cosa.

Incorporéme á los trabajadores: Tulita mandó el coche por sus amigas, y se instaló, sin quererlo, una tertulia, sin pretensiones de tal, de las más agradables, miento, de las más deliciosas que se puede imaginar.

Alternaban Arrillaga y Ferrer tocando divinidades; el polaco y un hermano de la señora distribuian obsequios, respetando el haber de los viajeros, y las chicas, realmente con la masa en las manos, se acercaban al piano á interpretar á Verdi, á Mozart y á Wagner.

Por supuesto, frente á mí llovieron los Albums, y aunque supliqué á las señoritas me diesen copia de mis versos, solo dos de ellas lo hicieron, y allá van:

A TULITA.

¿A qué perturbar tu sueño Y tu sonreir halagüeño, Con mi doliente cantar? Ni tu existir que se mira, Que entre alegres flores gira Con tranquilo murmurar?

* * * * *

Sigue viendo embelesada De tu vida la alborada En el limpio cielo azul. Y entre celajes de gasa, Como blanca estrella pasa Con tu corona de luz.

* * * * *

Vive erguida, fresca rosa, A la sombra deliciosa Del amparo maternal. Y como segura nave, Deslízate en vaiven suave Sobre lagos de cristal.

* * * * *

Piensa en hermosos jardines De azucenas y jazmines, En palacios de zafir. Y los cielos contemplando, Vé los párpados cerrando Y sonriéndote al dormir.

* * * * *

¡Oh! qué dulce es la existencia Cuando la dulce inocencia Abre de armiño su flor, Y en el horizonte bello Vemos el primer destello De nuestro primer amor.

* * * * *

Ya que te pinto dormida, Responde: ¿es cierto, mi vida, Que se sueña en la niñez, Con un mundo de ilusiones En el que no hay nubarrones De espantosa lobreguez?

* * * * *

¿Es cierto que nunca el daño Percibimos, ni el engaño En amor y en amistad? ¿Y creemos que eternamente Hay juventud en la frente Y en el corazon bondad?

* * * * *

¿Que si angustias nos desvelan Hay almas que nos consuelan Con encantador afan? ¿Y no falta techo amigo, Que nos dé amparo y abrigo Cuando ruge el huracan?

* * * * *

Si es verdad, guarda tu sueño Y no pidas con empeño Sus notas á mi cantar.

Que si mis trovas oyeras, Tal vez, ¡oh niña! supieras Que se llora al despertar.

EN EL ALBUM DE MARIA PISIS.

Luciente apareciste en mi existencia: Como pasa fosfórica la luz Que deja la ola en la desierta playa, Así pasaste tú.

* * * * *

Y fué tan puro su fulgente brillo, Y tan feliz me ví con su fulgor, Que al hundirme en la sombra de la ausencia Desgarra mi alma tu doliente “adios.”

A la algazara sucedió el silencio, la respiracion tenia humedad de llanto, queria sagaz el ingenio distraernos y caia en frio el chiste más agudo, y las notas alegres de la música eran como cantos de febricitante, que más atormentan miéntras calumnian á la felicidad.

Sombras de muerte proyecta tras de sí la ausencia; lo que nos rodea deja de existir, se va, se borra, no vive de nuestra vida, no flota nuestro yo en esa atmósfera. Extraemos nuestro cadáver del seno de los que amamos, y el recuerdo no es más sino el esqueleto tambien de la vida real: es lo que el humo á la llama......

* * * * *

—Cochero, calle de Fulson.

Era la casa del Sr. Andrade un rincon de México, mejor dicho, un oasis de México.

El Sr. Andrade, como la familia Carrascosa, como los Sres. Gaxiolas, Labiagas, como muchos, conservan por México vírgenes sus afectos, cuidan su nacionalidad intacta, espían los acontecimientos de la patria, enorgulleciéndose con sus glorias, llorando sus infortunios, fanatizándose por ella, porque amar á los padres y á la patria es persuadirnos de que la que nos dió el sér es la más grande, la más bella, la más adorable de las patrias. Todo lo demás son cuentos, como diria el amigo Carrascosa.

En la casa del Sr. Andrade se forma patria á todos los mexicanos que llegan á San Francisco, y se disfruta de la más cordial acogida.

Andrade y su familia se saben convertir en servidores de cuantos favorecen su casa, y para todo el mundo tienen agasajos y finezas.

Allí pude contemplar á las mujeres privilegiadas de Sonora y Sinaloa, espléndidas como sus mares, dulces y melancólicas como el crepúsculo de su cielo occidental.

Pálidas y amorosas como elegidas para recoger las últimas miradas del padre de la luz. Sobre que son lindas, ¿para qué me he de devanar los sesos haciendo inventarios?

La casa de mi tocayo estaba literalmente invadida por sus amigos, y él, verdaderamente en sus glorias.

Los hombres bebiamos en el comedor, disputábamos en el cuarto para fumar y nos agolpábamos á los tránsitos; las señoras cantaban, tocaban excelentes artistas y reinaba por todas partes esa finura desembarazada y generosa que tanto halaga y como que perfuma y ennoblece todas nuestras acciones.

Volvieron á aparecer las señoritas Rotanzis á mi vista deslumbrada, y volví á admirar sus gracias; la única sombra que para mí tuvo el cuadro, fué la ausencia de Chonita Ramirez, de Virginia Sleiden y de unas judías. ¡Oh, qué judías!.... Solo Dios, Dios nuestro Señor, pudo haber estado en aquellas tierras, sin apasionarse como un desesperado, y dejar al género humano que se lo llevase el demonio: al fin, para el pago que sacó......

Nada de disparates; pero quién está en sus cabales con aquellas judías?

¡Qué breves pasaron aquellas horas! ¡qué rastro de luz producen en mi alma aquellos recuerdos!......

Y á propósito: ya se deja entender, la mitad del tiempo lo pasé yo frente á los _Albums_, que eran mi tormento.

Habia en aquella familia á quien debí tantas finezas, una señorita, dije mal, un arcángel amantísimo á la poesía.

No era una mujer, era la vibracion de una queja; era un sollozo que temblaba en los labios de la vida, para desvanecerse en una sonrisa de muerte.

Era como la oscilacion de un rayo de luna entre las inclinadas ramas de un sauce, y parecia su rostro reflejar la agonía de una llama perdiéndose en un horizonte lejano.

No sé por qué me finqué con obstinacion en que consumia aquella existencia, además del veneno implacable de la tísis, algun dolor intenso producido por la orfandad ó por un amor infeliz.... ¡pobre niña! llena de mimos y cuidados, la llevaba la corriente á la muerte, y ella se asia al muro de rosas de la juventud, que desgarraba sus manecitas con sus espinas.

Habia comprado un Album, solo para que escribiera yo en él, y nadie más: la muerte selló la fidelidad de su promesa.

Esa noche espió con timidez un momento, y me presentó el libro. Nos uniamos dos viajeros: ella debia partir para la eternidad. Yo me aislé en un cuarto, y sin poder dominar mis emociones, escribí:

EN LA PRIMERA PAGINA

DEL

ALBUM DE EMILIA.

¡Oh! cuando voy viajero fatigado Sembrando quejas y vertiendo llanto, ¿A qué pedir al pecho desgarrado Ecos sentidos de amoroso canto? Tu alma requiere acento regalado, No el gemir ronco de íntimo quebranto; Puedes hallar aquí, dándote enojos, Tristes huellas del llanto de mis ojos.

* * * * *

Si esta fuera la entrada de tu vida Yo la sembrara de jazmin y rosas: Como fuente purísima escondida Entre sombras de acacias y mimosas, La ingrata suerte hallárate dormida Viendo en tu seno estrellas luminosas, Y el límpido cristal creyendo cielo A distante region torciera el vuelo.

* * * * *

Ave inexperta, tiemblas en la rama Que en inquieto vibrar te lanza al viento: ¿No ves, mi bien, que el huracan rebrama Entre nubes preñadas de tormento? ¿No oyes, mi amor, que la razon te llama Como una madre, y que con tierno acento Quietud le pide á tu existir querido Entre las flores del materno nido?

* * * * *

¡Pobre niña! que sueña la existencia Vertiendo risas y pisando flores, Entreabriendo su cáliz la inocencia Al beso de los cándidos amores, La alma exhalando su divina esencia Al trinar de los pájaros cantores, Y reflejando la risueña aurora La frente pura de quien la alma adora.

* * * * *

Pobre nave que anhela en la bahía Cruzar soberbia los inciertos mares; Que de las hondas la inquietud bravía Piensa en su loco error que son cantares. ¡Oh! no dejes el puerto, vida mia; No te entregues del viento á los azares; No provoques las iras de la suerte Cerca el escollo ves, que da la muerte.

* * * * *

Al amor abres la existencia pura Y dejas que se escapen en raudales De tu alma los tesoros de ternura; Pródiga desparramas sus cristales En seca arena, y en la roca dura, Y cuando en vez de amor, te cerquen males, En estéril desierto y entre abrojos Agotarse el raudal verán tus ojos.

* * * * *

Triste es, muy triste, en insensato empeño Brindar caricias y encontrar quebranto, Y despertarnos del placer del sueño Para inundarnos en eterno llanto; Triste es buscar el porvenir risueño Y encontrar donde quiera negro espanto, Sed devorarnos, y empapar el labio En la hiel quemadora del agravio.

* * * * *

Pobre mujer, tu angustia es nuestro juego, Y tu llorar de amor, es nuestro hastio; El que te dice que te adora ciego, Te hiere aleve con engaño impío: Niña inocente, del amor el fuego Será tal vez de lágrimas un rio. Duerme, duérmete en paz, y no mi canto Tu faz anuble con temprano llanto.

* * * * *

Oh! si estas fojas fueran los encajes Que cayeran profusos en tu cuna, Y te dejasen ver como celajes La blanca faz de la apacible luna, Yo alejara del mundo los ultrajes Y el amago falaz de la fortuna; Yo evocara con cantos halagüeños, Al querubin de los dorados sueños.

* * * * *

Yo arrullara felice tu inocencia Con cantos tan sentidos de ternura, Que te hicieran sonreir de complacencia En dulce arrobamiento de ventura. Alejando tus sombras mi experiencia, Entónce apareciera tu hermosura, Como tiembla en el lago casta y bella En cielo azul la matutina estrella.

* * * * *

Este libro es tu altar, niña inocente, Yo olvidé al contemplarlo mis dolores Y en él pegué mi atormentada frente. No tiene el alma ya cantos de amores, Perdió mi lira el resonar ardiente: A mi existir desierto pedí flores.... Una sola me otorga mi quebranto, Ponla en tu corazon: tiene mi llanto.

GUILLERMO PRIETO.

Estos versos, disparatados como son, tienen su disculpa, por la manera con que se escribieron, en reducido cuarto, entre el bullicio y con frecuentes distracciones, para corresponder á los bríndis de los amigos.

Al fin, ví la cara del último de los Albums, y escribí en la última de las hojas, porque habia personas de verdadero mérito que se disponian á escribir:

A CARMELITA ANDRADE.

El fin del libro aquí está, Yo lo asalto con valor, Que el libro, como mi amor, Ya no tiene más allá. Y tan bien pensado está Lo que yo supe elegir, Que en el grande ir y venir Del mundo, el _quid_ suele estar No en cómo hemos de empezar, Sí, cómo hemos de concluir.

* * * * *

¿Qué importa á la mariposa Nacer como en dulce nido En el clavel encendido O en el cáliz de la rosa? En el aura vagarosa Como en inconstante juego, Se ve girar sin sosiego Y el dolor no la reclama, Despues adora en la llama Y la devora su fuego.

* * * * *

Nace cristalina fuente En el otero sombrío, Corre despues manso rio Como el cristal trasparente. Pero tal vez en torrente Se torna, y al rebramar, Su vida suele acabar, Extraviando su camino, En el pantano mezquino Y no en el inmenso mar.

* * * * *

Casi todas las auroras Prometen risueños dias, Y hay tempestades sombrías Tras de las alegres horas. Se miran nubes traidoras Que envuelven en negro velo El límpido azul del cielo: Yo no quiero, vida mia, Para tí, un sol de alegría, Que muera en sombras de duelo.

* * * * *

Es enojosa rutina Que lloremos flores muertas, Que alumbre tumbas abiertas El sol que nos ilumina. Esa escala que asesina Y se llama del vivir, No la quisiera seguir.... Aunque la he de recorrer.... ¡Qué hermoso fuera nacer Mucho despues de morir!

* * * * *

Yo te miré, y al momento Sentí en el pecho alegría, Y fué, Cármen, que vivia Del placer de tu contento. Que siga el gozo en aumento En el seno de tu hogar, Y que goces sin pensar Si en dudoso porvenir, El dolor puede venir, Y la dicha ha de volar.

* * * * *

Entusiastas trovadores Y tambien sesudos sabios, Pintan con sombras de agravios Las alas de los amores. Dicen que siguen dolores A la delicia de amar; Si tal pudiera pasar, Y si tal pudiera ser La conclusion del querer, Más valiera no empezar.

* * * * *

¿Por qué ensalzar el arbusto Que encierra traidor veneno Y da fruto en cuyo seno Hay gusanos de disgusto? ¿Por qué quiere el hado injusto A las almas encender; Que deliren de placer, Y despues que en su gemir Digan: ¡qué triste es vivir! Más valiera no nacer?

* * * * *

Que á tu virginal cabeza, Como hoy, adorada niña, Siempre engalanada ciña La auréola de la pureza. No dé sombra la tristeza, Cármen, á tu dulce hogar, Que en el duro batallar De la suerte, al fin rendida, Haga más feliz tu vida Que lo que fué al comenzar.

GUILLERMO PRIETO.

Omito la relacion de mis visitas á mis amigos Carrascosa, Gaxiola, Dr. Rodger, Schleidem y otros amigos, porque las flores de la ternura se conservan mejor á la sombra.

Por una razon análoga no menciono á mis amigos de la prensa, á quienes merecí distinguidos favores, y los que supieron conquistar lugar distinguido en mi corazon.

Cuando volví á mi hotel, dormian todos profundamente: las puertas estaban entreabiertas, esperando el aviso de los criados.

Yo me tiré vestido en la cama, y oia el despertar de la ciudad entre las tinieblas, percibiendo á lo léjos el agudo clamor de los ferrocarriles y vapores.

XXXII

El 4 de Marzo.—El muelle.—El ferry.—Amigos cariñosos.—Ibarra y Alatorre.—Capitan Hagen.—La estacion.—El tren.

AMANECIÓ al fin el 4 de Marzo, reinando aún cruelísimo el invierno.—No obstante los preparativos de viaje y el buen arreglo de los equipajes, expeditados desde la víspera, quedaron como adheridos á nosotros, flotantes y sin colocacion, canastos, abrigos, sombreros, paraguas y todo aquello á que se le ha dado el significativo nombre de _triquis_, no obstante proclamar todo viajero, que estorba hasta el rosario á los que tienen la costumbre de usarlo.

A mí me condujo hasta el muelle el coche de un caballo, mi vehículo constante, el confidente, por decirlo así, de todas mis impresiones de San Francisco.

Ya hemos dado idea del muelle de Oakland y ya conocemos esos _ferrys_ ó vapores de rios, encargados en tragin constante del acarreo de viajeros de uno al otro lado de la bahía.

Las aguas estaban un tanto inquietas, pero como encadenadas y obedeciendo al timon y viendo subordinadas las maniobras de los buques.

Al entrar en nuestro vapor, á las seis de la mañana, encontramos arropados á varios de nuestros amigos, y á algunas señoritas vestidas elegantemente y desafiando el ventisco helado, que azotaba sus hermosos rostros.

Entre los favorecedores que acabo de mencionar, se contaban los Sres. Andrade, Ferrer, Ahumada, Gaxiola, Coroella, y las Sritas. Gutierrez, de lo más inteligente y virtuoso que cuenta la colonia mexicana.

Dos ó tres dias ántes de nuestra partida, un amigo veracruzano, á quien soy deudor de mil finezas, me invitó á una visita por una de las calles más accidentadas y embrionarias, por decirlo así, de San Francisco: la calle de Green.

No hacia mucho, en una de mis descarriladas por falta de direccion, me encontré en el término de los ferrocarriles urbanos del N. E. de la ciudad: apéeme resuelto para seguir á pié; interceptó mi vista un barranco profundo; descendí casi rodando; á poco me salió al paso una montaña y la escalé decidido: entónces me quisieron envolver marañas de casas, escaleras escurriéndose y asaltando las rocas, ventanillas como los ojos de un buho en las eminencias, tendederos de ropa, juegos de coche botados en el suelo, vacas pastando tranquilas en la llanura tendida entre dos casas, hondonadas con sus árboles, sus jardines floridos y sus graciosas fuentes, todo á los lados de una cuesta; yo descendia entretenido, cuando ví en un farol escrito el nombre de _Green_. Estaba en la calle de Green, indicando la resurreccion de la ciudad.

A la calle de Green fuí conducido por mi amigo el veracruzano, una noche oscurísima. Llegamos á un punto en que estaba obstruido el paso; era una casa en obra: atravesamos por entre escombros y como en un subterráneo; yo llamaba á mi guía á cada momento, porque perdia el piso: me dijo “suba vd.” y comencé mi ascension por una escalerita de palo que casi flotaba como una cinta con nudos, que no tendrá una vara de ancho; dí vuelta, y entónces me embarraba á la pared por una verdadera cornisa con su barandal, todo trémulo y amenazante. Saliónos al paso una puertecita pequeña. Estábamos á grande altura, causaba pavor la consideracion de los muchos escalones que habiamos subido.

Abrióse la puertecita y nos hallamos en el sacramental pasadizo americano, con sus _guarda-sombreros_, como es de rigor.

Podria caber la casita en la palma de la mano; pero qué limpieza! qué elegancia! qué exquisitos adornos! siendo para mí el de más precio las banderas nacionales y los retratos de Juarez, Zaragoza y Ocampo.

Esa es la casita de las Sritas. Gutierrez, entre quienes se mantiene dudoso el sólido mérito, sin decidirse por la hermosura, por las gracias ó las virtudes.

Saben encargarse de nuestra felicidad miéntras estamos bajo su techo, olvidamos nuestras penas y va nuestra admiracion de sorpresa en sorpresa, enorgulleciéndonos de lo que vale la mujer mexicana.

Una de las señoritas me enseñó sus versos, llena de timidez y de bondad.

Lindísimos versos, alma pura de mujer, cantos de ave melodiosa que enajenan por su elevacion y su pureza cristalina.

Estas Sritas. Gutierrez estaban tambien formando grupo cerca de nuestro noble marino el capitan Hagen y de Schleidem, ambos sombríos, y el primero con brusco aspecto y brillantes los ojos de llanto reprimido.