Viaje a los Estados Unidos, Tomo I
Part 24
Debajo de la áspera corteza que reviste al hijo de Esculapio, es un verdadero colegial á nuestra usanza, picante, travieso, condescendiente y bueno como él solo.
Escribe español elegantemente, y sus escritos sobre ciencias, á pesar de mi ignorancia, me parecieron de mucho mérito.
Paso, señores! tengo el honor de presentar á vdes. al capitan Hagen: ¿no le ven vdes.? Ahí viene. Es aquel alto, de largos brazos, cabello rubio lacio y una fisonomía pálida, pero franca y generosa.
Hé ahí el marino _pur sang_, dócil y sufrido como un niño, resuelto hasta la temeridad en un caso dado, con aquel sello de _bonhomie_ y de pureza que tienen los semblantes, cuando posee el alma la naturalizacion de la mar.
O se concentra aquel carácter, ó estalla en explosiones de contento; narra fácil, escucha curioso y como en accion, y ríe como quien está acostumbrado á jugar sobre una tabla el albur precioso de la vida.
En los dias en que hicimos conocimiento con él, estaba reciente uno de sus naufragios: el buque que mandaba y era de su propiedad, cargaba algodon. Una noche, inesperadamente gritaron: ¡fuego! Decia él y continuaba: “Las bodegas eran los mismos infiernos, y el buque, que era de un génio terrible, pegaba saltos como un desesperado.
“Era fuerza escaparlo todo; por ahí van llevando chiquitos, despues viejos.... yo decia á mi buque: hombre, espera que se van todos, aquí me tienes.... me estaba asando vivo.—Capitan, vd. se va....—Oh! no me va, primero se va la última rata; el buque no quiere, se sume y se sume: ¡pobrecito! ya se está sumiendo.... él se va para siempre, yo me va nadando con mis compañeros é queda muy contenta.”
Alma hermosa del capitan Hagen, valiente hijo de las olas, á quien el corazon ama, respeta el peligro y admira la amistad.
Franco, enamorado, tierno y sincero como un niño.
El capitan Hagen nos mostraba la bahía como un cazador sus bosques, como una coqueta su tocador; nos explicaba las regatas, hacia justicia á las mejoras de las otras naciones, y era como un viajero singular que habia tenido por rutas los mares y por posadas las naciones.
Hagen era nuestro inseparable compañero, y á Lancaster, que mucho le queria, profesaba especial cariño.
David Guarin es un escritor eminente de Bogotá, cultiva la poesía pulsando las delicadas cuerdas de la lira de Beker y de Lamartine, á la vez que Mesonero Romanos y Santos López Pellegrin, parecen haberle prestado sus privilegiados pinceles.
Soy deudor á David del conocimiento de varios poetas y hombres eminentes de las otras Américas.
La carrera diplomática ha aprovechado en su patria sus talentos, las sociedades literarias han tributado honores á su pluma; pero como sobresale David, es como buen amigo.
No ví jamás corazon más sinceramente modesto. ¡Cómo sabe admirar á sus mismos émulos! ¡cómo desconoce la envidia, mancha y carcoma de los hombres dados á las letras, donde quiera que se habla español!
David no se contentó con ser mi amigo, sino que me procuró conocimiento con periodistas muy entendidos y hombres de verdadero mérito.
Si la naturaleza de este escrito lo permitiese, hablaria de la literatura en las otras Américas; copiaria aquí con verdadero contento las sabrosas letrillas de David, y artículos de costumbres que como _Regaños al corazon_, _La casa nueva_, _Por andar á oscuras_, _Un dia de fiesta en San Victorino_, y otros en que abundan los delicados chistes de _Jouy_, la fidelidad de pinturas de _Mesonero_ y la intencion profunda de _Addison_ y de _Fígaro_.
¿Quién es ese señor, enjuto de carnes, delgado de cuerpo, modesto y atento, que no se atreve á pasar el quicio de la puerta?
Es el Sr. Ahumada, mexicano, persona cuya dedicacion es servir y atender á los paisanos que llegan á aquella tierra, no solo con gran desinteres, sino gastando de su peculio para cumplir con esos deberes de bondad que él solo se ha impuesto.
Hay en San Francisco, como en todos los Estados-Unidos, un tipo altamente repugnante: el mexicano _ayankado_. Usa bota fuerte, esgrime estupenda navaja, con la que pule y aguza sus uñas, labra palos y se limpia los dientes; habla poco y siempre en inglés, casi se acuesta boca arriba y fija los piés en una mesa, ó un barrote, ó la pared, bebe _wiskey_, masca tabaco, da sendos apretones de mano al primero que le habla y salpica con desvergüenzas desde el saludo, llamándose á los ojos su machucado y desgobernado sombrero.
El reverso de ese tipo es el Sr. Ahumada, siempre mexicano, aunque amigo de muchos americanos apreciables.
El Sr. Ahumada me procuró el conocimiento de M. Hithell, uno de los primeros pobladores de California en la época americana.
M. Hithell despacha en un cuartito de tablas contiguo á una casa de comisiones, calle de Sacramento: es afable, habla bien español, y en su fuerte contestura y en su rostro abierto, campean la inteligencia y la franqueza.
Lo más notable y sesudo que se ha escrito sobre California, se debe á la pluma de M. Hithell.
Yo le mostré mis apuntaciones, y se dignó hacerme delicados cumplimientos.
—Le faltó á vd. algo.
—Mucho me debe faltar, le dije: figúrese vd. que estas realmente son primeras impresiones, impresiones de dos meses, impresiones á todo vapor.
—Siendo así, es mucho, replicó.
—Yo queria referirme á los primeros pobladores despues de 1848, es decir, de la época del _Negro_.
—Vd. ha pintado las expediciones aisladas y novelescas de la parte de México, y falta pintar lo que sucedia en los Estados del Oeste, padres de California.
—Mucho me agradaria, dije, pero no he podido encontrar los datos que deseo.
Se levantó de su asiento mi cariñoso amigo, revolvió montañas de papeles, y me dijo:
—Aquí tiene vd. mi obra; ha quedado por fortuna un ejemplar: en el prólogo hallará vd. mis impresiones, y serán de un _Blanco_, con lo que se completa vd.
Dí las gracias á M. Hithell y envié mi libro á mi querido amigo F. U., para que lo hojease y me apuntase lo notable para ahorrarme trabajo.
Mi amigo me volvió el libro á los pocos dias, con anotaciones mejores que las que esperaba, y el extracto que van á conocer mis lectores:
“Mr. Jhon S. Hithell, en el prólogo de la 6.ª edicion de su interesante libro titulado “_Recursos de California_,” hace un bosquejo á grandes rasgos de la historia de este país, en un estilo entusiasta y elegante, con toda la pasion de un americano de los primeros que se establecieron allí, despues de que dejó de pertenecer á México aquel importante territorio.
“Juzga poco probable, así la tradicion de que los aztecas vinieron de aquella costa, como la teoría de que los indios norteamericanos son descendientes de los asiáticos; y de esa éra primitiva dice que no quedan hoy más que unos cuantos nombres propios, como Sonoma, Napa, Potaluma, etc.
“La segunda éra, que es la de la dominacion española, la cuenta desde el 11 de Abril de 1769 en que llegó á San Diego el bergantin “San Antonio,” con los primeros hombres blancos que iban á establecerse allí, y eran frailes franciscanos misioneros y unos cuantos soldados que los acompañaban.
“Pone por término de esta segunda éra y principio de la tercera la proclamacion oficial de nuestra independencia en Monterey, capital del territorio, el 9 de Abril de 1822. Da una idea general del estado del país durante esta éra, bajo el dominio de México, y hace mencion de los nombres de los cabezas de familias principales en aquella época; familias, en su concepto, demasiado numerosas, siendo en efecto notable, entre otros, el ejemplo que cita de una anciana llamada Juana Cota, que dejó vivos al morir, quinientos descendientes. Los demás nombres que cita y que bien merecen recordarse entre nosotros, por el interes especial que inspiran aquellos antiguos hermanos nuestros, son los de Ignacio Vallejo, Joaquin Carrillo, José Noriega, José María Pico, Francisco Sepúlveda, José María Ortega, Juan Bandini y otros descendientes de éstos en una segunda generacion. Esta éra del dominio de México termina con la ocupacion por los americanos de la que nosotros llamábamos Alta California, respecto de cuyo suceso dice nuestro autor, que poco despues de la primer batalla en el Rio Grande, se ordenó por el gobierno americano se levantase en Nueva-York un regimiento de hombres comprometidos á permanecer en California despues de la guerra, como fundadores de un nuevo país, sin cuyo requisito no debian ser admitidos. Esto prueba la muy deliberada intencion de aquel gobierno, desde el principio de la guerra, de apropiarse aquel país decididamente.
“El 6 de Marzo de 1847 llegó á él aquella expedicion militar, y el 19 de Enero de 1848 se hizo el descubrimiento del oro, un mes ántes de que se firmase el tratado de Guadalupe, y cinco y medio meses ántes de que la paz fuese finalmente proclamada, y reconocido por México el título americano de California. En Noviembre de ese mismo año se formaron en los Estados-Unidos las expediciones que, de cerca del Atlántico por el Cabo de Hornos, y del Valle del Mississippí á través de las Montañas Rocallosas, se lanzaron á buscar oro, dice Hithell, en aquel remoto Eldorado, en una tierra desconocida á la geografía, en un océano desconocido al comercio.”
Hé aquí á continuacion cómo habla de una de esas expediciones:
“Yo fuí uno de los que formaban aquel ejército de 20,000 hombres, sin organizacion, que en Mayo de 1849 acampaba en las orillas del Rio Missouri, entre _Councill Bluffs_ é Independencia, en marcha para la tierra del oro. Pocos tenian animales de carga ó mulas de tiro: la mayor parte teniamos tres yuntas de bueyes, y tres hombres y un carro con provisiones para un año, como que no habia entónces capital para las minas, ni sabiamos cuándo llegariamos á encontrar alguna refaccion. En cuanto á los hombres, éramos la flor y nata del Oeste, casi todos jóvenes, activos, sanos; muchos, bien educados: todos llenos de esperanzas y entusiasmo. En nuestras ilusiones durante el dia y en nuestros sueños en la noche, nos imaginábamos dueños de tesoros más espléndidos que aquellos que deslumbraban la vista de Aladino. Nos comparábamos á los Argonautas, al ejército de Alejandro al marchar á conquistar la Persia, ó á aquellos hombres de las Cruzadas. Nuestro entusiasmo estaba sostenido por nuestro número. El camino, en toda la extension que podia abarcar la vista desde las más altas montañas, era una línea de hombres y de carros: en la noche las fogatas parecian como las luces de una ciudad situada sobre una colina. Nuestras más brillantes esperanzas en nada disminuian, á medida que avanzábamos en nuestro viaje: no olvidábamos, ni dudábamos alcanzar la recompensa de las molestias y el cansancio que sufriamos diariamente. La extensa marcha de dos mil millas que casi todos haciamos á pié, porque no habia lugar en los carros; el paso á vado de frias y rápidas corrientes; los contínuos preparativos de defensa por las falsas alarmas de ataques de los indios; la fastidiosa guardia del ganado en la noche; las largas travesías por el desierto; el calor sofocante y más sofocante todavía el polvo de aquellos llanos alcalinos; la fatigosa subida á las montañas, que parecian tan escarpadas que ni sabiamos cómo podian traspasarlas nuestros bueyes, todo esto era sobrellevado por nosotros, si no alegremente, al ménos sin pesar de haberlo arrostrado. Yo puedo mencionar, pero no describir, la ansiedad que nos causó el que un tramo de desierto que creiamos de cuarenta millas, resultase mucho más largo, y que un hombre que encontramos nos asegurase que él habia penetrado más allá de aquel punto treinta millas y no habia hallado ni muestras de agua ni de pasto. Nuestros bueyes estaban rendidos y recorrer tal ditancia era impracticable. Nadie, que nosotros supiéramos, habia pasado jamás por aquel camino, ni teniamos guía alguno. Continuamos, sin embargo, y encontramos dos familias: llorando los hombres, las mujeres y los niños, sus bueyes muertos y ellos mismos sin esperanza de socorro; pero apresurando nuestra marcha, á la mañana siguiente, nosotros y aquellas desgraciadas familias acampábamos en un oasis, y se jugaba y se bailaba despues de tanto sufrimiento. Tampoco puedo describir la delicia con que desde la cumbre de la Sierra Nevada descubrimos el lejano Valle de Sacramento, entre los rayos de oro del sol poniente.
“Nosotros habiamos venido en busca del oro, y casi todos los que vinieron por tierra se dedicaron á las minas. Aunque no hicimos tanto como esperábamos, encontramos, sin embargo, los placeres admirablemente ricos. No era raro que un hombre solo sacase quinientos pesos en un dia, ó que dos ó tres trabajando juntos, dividiesen el polvo que habian juntado en la semana, midiéndolo en bandejas. Pero no estábamos satisfechos: otros habian ganado más: nosotros no habiamos ganado lo suficiente. Penetramos en los terrenos ocupados por indios de guerra, y encontramos placeres que podrian habernos hecho millonarios; pero en medio de nuestro negocio quedamos sin provisiones, teniendo que vivir por algunos dias con yerbas y bellotas sacadas de los agujeros de los árboles en que las habian puesto los pájaros _picamaderos_. Por algunos meses no dormimos bajo de techo ni vimos casa alguna, y lo peor de todo fué que nuestros placeres, que tan léjos y con tanto peligro fuimos á encontrar, nos dieron al fin un desengaño. No eran tan ricos como imaginábamos, la agua faltaba y no éramos suficientes en número para sostener una guardia en todos aquellos puntos contra los indios. Todas estas cosas las sufrí en mi persona, y mi experiencia quizá fué ménos llena de accidentes que la de la mayor parte de los trabajadores mineros. Los gastos, el tiempo empleado en viajar y emprender, y la privacion de las dulzuras y de las comodidades de la vida, hicieron pensar á muchos de nosotros en que era preferible ganar el oro por otros medios, que trabajando en los placeres. Abandonamos las minas. Nuestros brillantes sueños de hacernos millonarios lavando las tierras de la Sierra Nevada, se disiparon totalmente, y tampoco habiamos hecho gran fortuna en otra línea segun nuestra clase; y de aquellos que la habian logrado, no pocos volvieron á perderla. Sin embargo, cuando volvemos la vista veinte años atrás, no nos lamentamos de haber sido peones trabajadores. Pedimos á California que nos llenase á todos las bolsas de oro; y si bien no accedió á nuestra demanda, nos dió en cambio un hogar querido, un alegre y brillante cielo, un suelo fértil, un país delicioso, un clima propio para todo vigoroso desarrollo, la sociedad del pueblo más emprendedor é inteligente y un sitio adecuado para una gran ciudad y para la concentracion del comercio y la riqueza de la costa. Nos dió la mayor abundancia relativa de oro conocida en el mundo: presentó en unos cuantos años un progreso que en cualquiera otra parte hubiera requerido un siglo: nuestros negocios han tenido una actividad sin igual y nuestra vida ha sido una rápida série de fuertes sensaciones. Una gran riqueza nos ha rodeado á todos, sin haberla alcanzado; y si muchos de nosotros no hemos sabido el momento preciso de lograrla, hemos estado sin embargo por algunos años interesados en cazarla, y quizá la activa excitacion de la empresa nos ha proporcionado más placer que el que hubiéramos gozado en poseerla. Muchos de nosotros han vuelto á los Estados del Este con la intencion de hacer allí sus casas; pero ha fallado completamente su empresa. La vida allá era una rutina vulgar é insípida: una vez acostumbrados al movimiento de especulacion de California y á la cordialidad de esta sociedad, no podiamos vivir sin ella.
“Por algun tiempo no pudimos pensar ni hablar de esto en familia. Habiamos partido con la espectativa y la promesa de un pronto regreso. Cuando por primera vez vimos las oscuras montañas y los desnudos llanos de California en 1849, no nos ocurrió que jamás nos fuera preciso vivir allí. Nada habia aquí que excitase la ambicion mas que el oro. Nuestras madres, nuestras hermanas, nuestras esposas, todas nuestras prendas del alma, permanecian en los “Estados” y de año en año diferiamos volver á su lado. Ellas, privadas por las injustas y opresivas reglas sociales de una suerte semejante en el curso de la vida, esperaban que volviésemos á acompañarlas y asistirlas. El afecto de un millon de familias á través del mundo civilizado, estaba fijo sobre California por tales lazos. El pesar causado por estas separaciones y los disgustos que resultaban de muchas causas, eran demasiado grandes....”
Aquí inserta el autor una composicion poética escrita por Mr. Akers, expresion de las ideas y sentimientos que acaba de indicar y que prosigue explayando despues de esta insercion, y luego añade:
“La alza repentina de la produccion del oro hasta la cantidad de sesenta millones de pesos; la excitacion en Kern River, Fraser River, Washoe y White-Pine; el comité de vigilancia; los grandes incendios é inundaciones; el desarrollo de nuestra agricultura y horticultura sobresaliendo por su excelencia en algunos ramos; la introduccion del Panamá y de los estimbotes del rio; la construccion del ferrocarril de Panamá; el establecimiento del _poni express_, de la línea de diligencias, del telégrafo tras-continental y de la línea de vapores tras-Pacífico, y al último de todos la conclusion del ferrocarril del Pacífico, todo esto hace época en nuestra vida. En la conciencia y en la memoria de todos los trabajadores, por pequeña que sea para otros su importancia, la historia del “Estado” desde su llegada á él, es una parte importante de su historia personal. Difícilmente podian ver algunos de nosotros la prominente mojonera entre Shasta y San Bernardino, sin recordar que está asociada á algunos interesantes accidentes de su propia vida.”
“Despues de dar una idea de los atractivos de la vida en California y de enumerar las ventajas que progresivamente ha adquirido, concluye Mr. Hithell su prólogo citado, con una entusiasta apología de aquel país y de los trabajadores ó _peoneers_ que lo poblaron despues del descubrimiento del oro, y compara á éstos ventajosamente con los conquistadores de México, llama á aquel suelo “la Italia del Nuevo Mundo,” y dice que los descendientes de los Godos, de los Vándalos y los Hunos que aniquilaron la civilizacion de Italia bajo su barbarie, y de los Germanos, los Francos y los Españoles, cuyos campos de batalla favoritos fueron por algunos siglos las llanuras de Lombardía y de Nápoles, vendrán, no á pelear con las armas con los californienses, sino á competir con ellos en las artes.”
Ufano al extremo quedé con las apuntaciones sobre el libro de M. Hithell, las comuniqué á Gomez del Palacio, mi consejero predilecto y mi maestro en mucho, y me dijo:
—Yo habia notado esa falta, y aquí tengo otras apuntadas; pero tú has emprendido la tarea de escribir sobre el lomo de un venado cuando va corriendo á todo escape. Mira este apuntito.
Y sacó una tira de papel de su cartera; leyéndola, me dijo:
—Te falta amplificar lo que escribiste sobre los carritos de la calle de Clay.... los que andan solos.... decir algo de Bancos.... ver el templo chino, porque tú no has visto más que un adoratorio cualquiera, y sobre todo, volver á visitar el cementerio.
—Hombre! ¿pues no me llevaste tú con la Sra. A***?
—Ni me lo recuerdes: te llevé con todos mis años.... y á la mejor te dormiste como.... no quiero recordar.... como es tu costumbre.
—Tienes mucha razon; ¡qué vergüenza! voy á enmendarme y á hacer lo que me dices.... venga acá la tirita de papel.
—La vas á perder.
—Hombre, no tengas cuidado.
Vamos para la calle de Clay y estudiemos los carritos.
Al pasar por la calle de Kearny, frente á las casas del Ayuntamiento ó _City-Hall_, encontré á un amigo á quién comuniqué mi intento de ir á ver cuidadosamente los carritos que andan solos.
El amigo me ofreció su compañía, porque yo no he visto en mi vida persona más entusiasta por los ferrocarriles urbanos.
—Ellos, me decia, aceleran los negocios, porque son calles que andan y van al encuentro de ellos, permiten al pobre comodidades, porque sin alejarse de los negocios, ponen á su alcance habitaciones cómodas y baratas, siendo esto un gran elemento para la salubridad; ellos son su abrigo en el invierno, su seguridad en la noche y su recreacion en los dias de descanso.
Ellos han trasformado en jardines los arenales, los lugares desiertos en paseos y plazas, y los antros de malhechores en quintas risueñas, de que se han apoderado las modestas fortunas. Vd. ve, me decia: el ferrocarril urbano es el carruaje comun, es el nivel por elevacion, que es lo que engrandece á los pueblos.
—Segun eso, repliqué yo, es decir, segun la acogida del público, debe tener cierta riqueza ese tráfico.
—Le diré á vd. lo que yo sé, me dijo mi indulgente amigo. Por ahora, digo por ahora, porque aquí son los cambios diarios en todas materias; por ahora, hay ocho compañías que emplean ochocientos hombres y mil quinientos caballos.
Están en movimiento constantemente desde que sale la luz hasta más de media noche, doscientos carros, recorriendo una extension, en todas direcciones, que se ha calculado en cincuenta millas. Se gradúa en más de un millon de pesos el capital circulante, y el movimiento de pasajeros en más de veinte millones, advirtiéndose que la capital tiene doscientos cincuenta mil habitantes y gira el género de los negocios en un círculo en que no se hace uso de carruaje.
Los wagones son de varias clases, teniendo algunos notable elegancia: presentan cabida para veinticuatro y doce personas; generalmente van tirados por dos caballos; los más económicos son conducidos por un caballo, encargándose el conductor de recoger la paga á los pasajeros.
En esta conversacion llegamos á la calle de Clay.
En la esquina que da á la de Kearny esperamos los wagones, que son como los comunes, sin más diferencia que la de que la plataforma se extiende como un pequeño portal sostenido en delgadas varillas, y aquellos asientos al aire libre son muy codiciados y comunican al tren cierto aspecto de alegría muy agradable. Por supuesto que en los dias de lluvia y en el rigor del invierno, son ménos solicitados los asientos de plataforma.
Los coches no tienen mulas ni se percibe á primera vista conductor en el interior del carro, ni en la parte exterior visible hay manubrio, ni nada que parezca comunicarse con el carruaje. Rueda éste sobre sus rieles como un wagon comun, y solo se percibe en el espacio de riel á riel una canal ó zanja muy angosta.
—Para que vd. tenga idea perfecta de lo que desea saber, subamos en los carruajes.
La calle de Clay está situada en la pendiente de una colina de bastante elevacion, y en la colina se percibe el rápido descenso.
La colina está en el centro de una localidad, no solo la más bella, sino la más salubre de la ciudad: de ahí es que, como por encanto, brotaron á la falda y á los alrededores de la colina, preciosas quintas, jardines perfectamente cultivados, fábricas y talleres que hicieron ese rumbo de la ciudad de lo más interesante.
Proyectóse, en cuanto se notó el desarrollo de esa parte de la poblacion, el ferrocarril; pero no se pudieron vencer los obstáculos que oponia el terreno, ya para la traccion por caballos, ya para la locomotora.
A M. A. S. Hallidie se reservó el triunfo sobre esas dificultades, que parecian insuperables.
M. Hallidie es un excelente ingeniero que ha obtenido por sus talentos mecánicos notables triunfos: á él se debe el éxito brillante de los ferrocarriles de la calle de Clay.
Descendimos de los wagones mágicos: estábamos en lo alto de la colina.
Vimos una gran máquina de vapor dando vuelta á una gran rueda dentada. A la rueda la circuye una cadena sin fin, que corre en toda la extension de los rieles por el canal ó abertura, en el intermedio de los rieles de que hablamos; por medio de una fuerte polea se une la cadena con el extremo de la grada del wagon, á una uña de acero; así se comunica el impulso de subir ó bajar con la celeridad que se quiera.
La uña suelta ó afianza la cadena por medio de un resorte.