Viaje a los Estados Unidos, Tomo I

Part 23

Chapter 233,864 wordsPublic domain

Las señoras usaban túnicos escurridos, de alto talle y ruedo que daba sobre sus tabas, calzadas como las señoras de México á principios del siglo. Algunas llevaban peineton.

Las mujeres eran escasas, y solian algunos pagar, por el _honor_ de visitarlas, diez onzas de oro.

Puede formarse idea de los Angeles de aquella época, quien conozca los pueblos de Atzcapotzalco, San Juanico, Mixcoac y otros de los alrededores de México, ó algunas villas de tercer órden del interior.

Al Sur de la pequeña poblacion de los Angeles corre el rio de su nombre, y en sus vegas y llanuras se producen uvas, peras y duraznos, que enriquecen las huertas de lo que se llama el barrio de Sonora.

Hoy aquella es una ciudad americana, con treinta mil habitantes, su magnífico puerto de San Pedro, y por las orillas de la ciudad atraviesa el ferrocarril, que se liga con el del fuerte Yuma, que ya hemos dicho está en la confluencia de los rios Gila y Colorado.

Como potros sin rienda nos desatamos en los Angeles: todos eran amigos, nos llamaban de todas las casas, comiamos y bebiamos con todo el mundo, y nos brindaban dinero por todas partes.

Un ranchero á quien caí en gracia solo por su querer, me dijo que íbamos en _vaca_ de los albures que estaba jugando, y al dia siguiente, sin más ni más, me puso en posesion de veinte libras de oro que dizque habia yo ganado, sin saber por qué regla.

Mi fortuna fué tan loca, que por un caballo que compré en Sonora en cincuenta pesos, me dieron quinientos, y vendí á trescientos pesos cada una de las treinta mulas que saqué de mi tierra, y me costaron á cuarenta pesos.

Los placeres del oro estaban situados en la Sierra, que en todas sus crestas, cañadas y accidentes, se vió sembrada de habitaciones y tiendas que blanqueaban entre las rocas y al través de los gigantescos pinos, alisos, madroños y encinas, que bordan riachuelos y cascadas.

Aun no se entronizaba el crímen en aquellos lugares en los primeros momentos; aun presentaban las campiñas algo parecido á la edad de oro; aun no se bañaba el metal, árbitro de la fortuna humana, con la sangre de los que en pos de la opulencia y la dicha, encontraron la persecucion y la muerte.

Me hizo partir de los Angeles un incidente que tiene sus puntas de sentimental, que parecerá á vdes. importuno referir aquí, y que, sin embargo, me impresionó muchísimo: ó más bien, dijo vacilando el _Negro_, lo pasaremos por alto....

—No, no, cuéntalo, dijimos todos á una voz.

—Habla todo lo que quieras.

Entre tanto el _Negro_ echaba un buen trago, y dejando su copa sobre la mesa, continuó:

—Entre las gentes que reclamaban la piedad pública en aquella orgía estupenda, habia una jóven italiana de 17 á 18 años, cubierta de un _garzolé_ blanco como la nieve, erguida, rubia, de ojos de cielo, y de dentadura que iluminaba las sonrisas que jugaban entre sus labios, como un manantial de luz.

Su trage denunciaba excesiva pobreza: era de lanilla rayada, deslavazado y con remiendos, pero muy limpio.

La niña tocaba el armónico, que obedecia dulcísimo á sus presiones hábiles, y así imploraba la caridad á la entrada de las fondas, de los juegos y de las casas de huéspedes.

No obstante el desórden que por todas partes reinaba, pocas ó ningunas veces era aquella niña molestada ni con una mirada.

Y era justo: se descubria tan pura inocencia al través de su mirada melancólica, denunciaba tan hondo dolor su actitud digna y llena de sencilla naturalidad, y tenia dulzura tan angélica su voz, que parecia imposible que la perversidad misma atropellase tantos encantos.

Además, no faltó quien dijese á la colonia mexicana, de que era favorita, que Eva (este era el nombre de la niña), tenia un padre anciano tullido y demente á quien mantenia con sus limosnas, que su conducta era angelical y que su descanso lo empleaba en atender á su padre y tocarle y cantarle, porque con eso encontraban alivio las penas del anciano.

Como tengo dicho, la niña recibia toda especie de atenciones en el grupo mexicano, donde no solo tocaba su armónico, sino que se acompañaba á veces canciones tan vaporosas, tan llenas de sentimiento, tan empapadas en lágrimas, que eran el contrasentido, la aberracion y la inconsecuencia seductora del tumultuoso concurso.

Entre todos nuestros amigos, uno á quien llamaremos Espinosa, porque así lo exige la discrecion, la socorria con más asiduidad y delicadeza que los otros: álguien decia que porque le inspiraba amoroso afecto; pero habia quien atribuyese tal preferencia al pago del tributo á un recuerdo apasionado de una jóven adorable de nuestra tierra.

Pero ni la maledicencia ni nada pudo empañar la pureza de Eva, que pasaba solitaria á su morada en las altas horas de la noche, al rayo de la luna, tarareando esas canciones hijas de las olas del Adriático, que besan y acarician cuando llegan á nuestros oidos.

Eva, reconocida sin duda á la respetuosa conducta de Espinosa, le mostraba cierta preferencia de gran señora, que á todo el mundo agradaba.

Y era justa de parte de Eva semejante distincion; aquel muchacho maniroto, atrevido, no muy cauto al esgrimir la sin hueso, á la presencia de Eva tenia cierta compostura, y la niña entónces le pagaba en melodías dulcísimas sus caballerosos cuidados.

Un dia estaba Espinosa en el juego, sin tomar parte en él; algo se fastidiaba, cuando apareció Eva tocando su armónico.

Invitóla el jóven á que siguiese; lo hizo de buena voluntad; pero no era, como otras veces, la queja ni la súplica; era la golondrina parlera que saluda su pensil y las aguas de la fuente, en que se ha contemplado enamorada, y humedecido su pico charlador....

Espinosa mostró buen humor, sacó un puñado de onzas de la bolsa, y le dijo á Eva: “¿A cuál apostamos de tres y caballo?” La niña dijo: “Al tres,” y siguió gorgeando su cancion. El incidente aquel, por insignificante que fuese, produjo vivo interes.... el albur era hondo, no sé por qué todos tenian el alma en un hilo, querian que Eva acertara.... una carta.... no, no era caballo, era sota.

—Tres de oros viejo, gritó el montero, y se oyó una respiracion colectiva, como si todos hubieran contenido el aliento.

El montero pagó treinta y tres onzas, que era la apuesta de Espinosa; pero éste no tocó el dinero.... todos lo veian.

—Eva, dijo entónces el muchacho, ese dinero es tuyo.

Eva abrió los ojos como una insensata.

—Es tuyo, repitió Espinosa con naturalidad, pero con cierta energía: llévalo á tu padre.

La niña estaba indecisa, se puso encendida como la llama, y al fin prorumpió en sollozos.

—Canario! yo tambien tenia un nudo en la garganta; toma niña tu dinero, y ¡Viva México!

—¡Viva México! gritaron todos, recogiendo el dinero y poniéndolo en el delantal de la niña.

—¡Cómo! dijo uno, ¿las sesenta y seis onzas?

—Todo, dijo Espinosa.

Unos amigos acompañaron á la niña á su casa, y dicen que allí pasó una escena, junto al lecho del anciano, capaz de conmover corazones de bronce.

En cuanto á Espinosa, siguió de excelente humor, jugó, ganó, y no se volvió á hablar de la tocaya de la madre del género humano.

Eva, bien aconsejada, depositó su dinero y siguió con su armónico ganando la vida.

Espinosa no cambió en lo más leve de conducta; siempre atento, siempre respetuoso, al extremo de sufrir algunas bromas por insensible con Eva.

Quien hubiera sondeado el alma diáfana de la pobre niña, la habria hallado ménos tranquila; quien se hubiese fijado en sus cantos, habria sorprendido trémulos sollozos en las notas, que parecian solamente expresivas; y quien hubiera seguido los rayos furtivos de aquella mirada límpida, los habria visto deslizarse apasionados entre los rizos de cabellos que caian bajo el ala del galoneado sombrero de Espinosa.... pero todo esto pasaba inapercibido.... Eva era tan pobre.... Espinosa parecia tan preocupado con el placer y los negocios, que nadie siguió las peripecias del drama que se estaba representando al aire libre.

Los negocios exigieron la pronta salida de Espinosa, y éste, sin reserva alguna, hizo sus preparativos de marcha.

La víspera del dia de la partida, que recuerdo que era un miércoles, regresábamos á nuestro hospedaje, despues de las doce de la noche. El cielo se veia oscurísimo, nuestra casa estaba al comenzar el llano; apénas doblamos la esquina, oimos en lo profundo de las sombras el canto de Eva, tan dolorido, que heló nuestras palabras y suspendió nuestros pasos: no comprendiamos ni se percibia con claridad la letra; pero los ángeles que dejaron para siempre el cielo, deben haber llorado así el dia que fueron sepultados en la condenacion eterna.

—Adelántate, dijo Espinosa, dale algo á esa niña y que se vaya á su casa, ó acompáñala.

Yo obedecí maquinalmente; pero por más que busqué, no encontré á nadie....

Al siguiente dia partió Espinosa, sin que volviésemos á mencionar á Eva; le fuimos á dejar hasta la orilla de la poblacion.

Cuando regresamos de encaminar á nuestro amigo, la colonia mexicana estaba hundida en espantoso duelo.

Eva supo la hora de la salida de Espinosa, se subió á la torre de la iglesia para.... verlo partir.... y al torcer el carruaje entre unos pinos, y perderse de vista envuelto en polvo.... se vió, ¡qué horror! precipitarse de la torre á la niña.... y hacerse mil pedazos en el empedrado del cementerio.

—¡Horrible! horrible! exclamó el _Negro_ con el cabello erizado y los ojos queriéndosele saltar de sus órbitas.

Reinó profundo silencio....

—Este fué, continuó con esfuerzo el _Negro_, el motivo porque abandoné los Angeles, dirigiéndome aquel mismo dia á San José y perdiendo realmente una fortuna.

San José era entónces una aldehuela: ahora es una poblacion con campos perfectamente cultivados y un ferrocarril de mucha importancia.

En San Francisco permanecí poco tiempo; era un gran bazar y un gran proyecto de ciudad: la calle de Dupont, en que se construyó la primera casa, estaba desierta, nos sombreamos bajo las copas exíguas de unos árboles que habia en un arenal.... ese arenal está hoy convertido en las calles de palacios que se llaman Kearny y Montgomery.... ya ve vd., de esto no hace ni veinte años.

—Pues señor, perfectamente lo han hecho vdes., exclamé yo, despues de que cesó de hablar el _Negro_: venian muy preparados para que hablásemos de comercio, y hemos salido con relaciones de viajes y con leyendas de amores; mejor para mí, así hemos pasado el tiempo más entretenidos.

—Yo traia á vd., me dijo Decimal, los estados del movimiento mercantil de nuestros puertos del Pacífico con México.

Esos estados yo los copié del archivo del Sr. Lic. D. Manuel Azpiroz, cónsul mexicano en California, y uno de los hombres más dedicados al desempeño de su encargo, más patriota y más benéfico.

Los estados pertenecen al año de 1874. Vea vd., aunque sea muy por encima, el de exportacion.

—Ave María Purísima! ese es un laberinto de guarismos.

—No lo voy á leer todo; pero permítame vd. una que otra reflexion.

—Que hable! que hable! dijeron los amigos.

—El comercio de exportacion de California á México, importó 1.134,364 pesos, como ve vd. al fin del estado.

Note vd., que los efectos más valiosos son procedentes de California, como el azogue, que figura por 3,773 frascos.

En otros artículos ve vd. la relacion de intereses del Sur y el Oeste de los Estados-Unidos, como en los aceites procedentes de Pensylvania, el azúcar que figura por 122,468 libras.

Lo singular es en este artículo, que se da perfectamente la caña en las costas y aun se fabrica panocha; pero ó no costea la elaboracion del azúcar, ó la panocha satisface la ambicion del fabricante.

Hay artículos curiosos. Vea vd. el café: la importacion á México es de 277,909 libras, y Colima puede decirse que está en nuestras costas, y en Michoacan puede producirse todo lo que se quiera: el café que se importa en el Occidente de México, procede de Costa-rica y de Java, y este solo renglon hace nacer varias reflexiones.

Los medios de comunicacion son más difíciles y costosos, de Uruapan y los terrenos de Colima al puerto, que de Java al mismo punto.

La comunicacion directa entre esos puntos y México, tendria mil ventajas para el tráfico, por los cambios que provocaria: no es concebible tanta indolencia y tanto abandono.

—De eso ni platique vd., dijo _Seis por ciento_.

—Aquí tiene vd. cáñamo que viene desde Manila; cebollas, vea vd. bien; cebollas en la cantidad de 63,200 libras, y sépase que en Sonora las cebollas son de más peso y de mejor gusto que las de California: preguntando yo cómo era posible esa competencia, me dijeron que no querian sembrar muchos, porque no tenian cercas sus tierras y les robaban.

Aquí consta la introduccion de chocolate procedente de San Francisco, donde existe una fábrica magnífica para proveer á pueblos mexicanos.

Ya vd. ve: frijol, mantequilla, rollos de estera, fideos y otros artículos de primera necesidad, nos hacen depender de San Francisco; ¿qué más? aquí ve vd. 2,727 cajas de velas importadas á México.

Hay efectos, como por ejemplo, los calzados, que figuran por 87 cajas, y son más del triple lo que se introduce de contrabando.

Nuestra tarifa para proteger á los artesanos de México ha querido que anden descalzos en las costas: aquellos pueblos no se han conformado y han hecho santamente: botas magníficas á cuatro pesos, botines claveteados á tres, vienen de California y se consumen con gran placer de los interesados.

Lo más singular es que los pocos zapateros que hay en las costas, han consumido veinticinco cajas de hormas y diez de herramientas; de suerte que si para proteger á los hormeros y herreros mexicanos logra un círculo que se alcen los derechos, quedan lucidos aquellos zapateros.

Otro tanto sucede con los carruajes: se han introducido veinticinco bultos con derechos exorbitantes; puede decirse que el contrabando ha sido cuadruplicado.

¿Pero es posible que para proteger á las carrocerías de México, carguen como béstias los hombres de las fronteras y de las costas?

Un carro mexicano de cuatro ruedas costaria en Guaymas quinientos ó seiscientos pesos, llegando destartalado y en mala posicion á su destino: un carro importado de San Francisco puede costar doscientos pesos. ¡Bestial sistema protector!

Ya vdes. han visto: maíz, jabon, velas, frijol, mantequilla, jarcia, de todo nos surte el extranjero: la prohibicion ha hecho nacer una sola de esas industrias que son genuinas del país. ¿La proteccion ha sido á la industria ó al abandono y la pereza?

Lo singular es que esas prohibiciones son las que han creado la poblacion del _Tucson_ en terreno americano; poblaciones nacientes, pero vigorosas, que deben su existencia al contrabando: así se ha logrado la despoblacion del país, la ruina del erario y el poder y dominio en los mares del Sur del elemento americano.

De 98 buques que hicieron el tráfico entre San Francisco y nuestros puertos, fueron:

Americanos 91 Mexicanos 2 Ingleses 1 Colombianos 2 Alemanes 1 Franceses 1 —— 98

¿No parecen á vdes. muy elocuentes esas cifras?

—En materia de contrabando, dijo Decimal, como yo lo he visto hacer es del modo siguiente.

El importador saca sus guías en San Francisco, en toda forma, anunciando que unos artículos lleva para puertos mexicanos que determina, y los otros para las otras Américas.

Ancla frente de la aduana, practican la visita y todo se encuentra en órden: miéntras se verifica la descarga se hace el _conchavo_ de lo de las otras Américas, _con quien se puede_, y así se verifica el negocio sin riesgo y de un modo inevitable.

Véamos ahora á las exportaciones de México.

—Hombre, vdes. quieren que acabemos por dormirnos: ya vd. ve con la obstinacion que huyo á las pláticas de M. Law, que quiere ajuararme la cabeza con lo relativo á policía, municipio y otros primores, que yo de muy buena voluntad dejo á la gente séria.

Cuatro palabras nada más. Vea vd. el estado y note los artículos más importantes:

Cedro, piés 91,000 Cueros de res 12,073 Juguetes, cajas 72 Loza corriente, cajas 10 Orchilla, fardos 3,636 Perlas, cajas 4 Valor, 30,000 pesos.

Piedra mineral, sacos 2,435 Tabaco, bultos 3 Sal, toneladas 999

Hé ahí los artículos más importantes.

Las maderas dicen concesiones hechas, ó mejor dicho, abusos de concesiones en que se ha extorsionado al erario.

Los cueros no constituyen un comercio: son accesorios de otro que no tiene fijeza.

Los juguetes son pedidos aislados á Guadalajara, para la poblacion mexicana de California, que gasta tambien chile, frijol y loza corriente.

En este punto es muy notable lo que ocurre en nuestras dos fronteras.

Por la frontera del Norte se introduce loza de Aguascalientes: es comun encontrarse en los desiertos, carros de alto toldo, á los que forman orla en el arco exterior, ollitas, jarros, cantimploras y cazuelas; el trayecto que tienen que atravesar es de más de cuatrocientas leguas, el viaje dura meses enteros, el cargamento del carro se compra por quince pesos ó veinte en el punto de la procedencia, y se realiza en ciento veinte pesos, poco más ó ménos, en las Villas del Norte.

Como vd. ha visto, los artículos realmente importantes son la orchilla, la perla y la piedra mineral.

Cuando vd. inició la exportacion, me dijo, se le vino el mundo encima, se le inculpó de mal mexicano, y en los círculos de obreros se escarneció su nombre y se ha borrado de su afecto.

La piedra se estaba en la playa como la basura.

Ahora la exportacion ocupa muchos brazos, se ha atraido poblacion á lugares casi desiertos y se han levantado establecimientos alemanes de importancia, ingresando muchos capitales al país....

Pero no entremos en honduras, porque los veo bostezando.

—A beber, dijimos todos, y que se levante la sesion de números.

—Don Guillermo, me dijo el _Negro_, véamos su cartera de vd.: siempre en ella hay un versito fresco, de los forjados en el escalon de una calle ó en un _simon_, miéntras está inmóvil en el Parque, ó miéntras espera vd. al fantástico jorobado de la fonda, que le sirve el té por las mañanas.

—Véamos la cartera.

—Aquí está.

Tomó la cartera el _Negro_ en sus manos.... la hojeó.....

—¿No lo dije? Aquí está acabadito de salir del cuño.... maldito lápiz y diabólica letra. ¿Cómo dice aquí?

—_Un Encuentro_, leí yo.

—El título promete: carguemos las copas.

—Ya estamos listos.

—Lea vd.

—Pues allá va.

Repasé en medio del silencio los garabatos escritos, y despues leí lo que sigue:

UN ENCUENTRO.

“Ve, china, que te conozco “Al través del velo verde, “Y que ese mirar me pierde “Porque habla, como hablo yo. “Ve, que se me seca el alma “Y que estoy en tierra ajena; “Y que esa tu tez morena, “Es de mi tierra de amor.

* * * * *

“¿Callas y marchas resuelta “Esgrimiendo el abanico? “Mírame, que soy buen chico, “Vuelve la cara, mi bien! “No porque vas arrestada “En esa maldita funda, “Tu corazon me confunda “Con los que _pican_ inglés.

* * * * *

“No porque llevas sombrilla, “Y pañuelo blanco, y gorro, “Me tengas por tan modorro “Que no conozca el frijol. “Si al cabo la sangre estira; “Si al fin sin chistar palabra, “Al monte tira la cabra, “Y al puchero va la col.

* * * * *

“Risita....? te vas, garbosa? “Y al cabo dices _no entende_? “Mira indina que te vende “Ese tu hablar al revés. “Hazte el ánimo, mi vida, “Y oye mi ruego encendido: “Ese _yankee_ desabrido “No sabe lo que es querer.

* * * * *

“¿Vuelas?.... ya.... vamos solitos, “No temas el atropello, “Mira que estoy de un cabello “Pendiente, con inquietú. “Mira que si en este instante “Me dejas de hacer la guerra, “Veremos de nuestra tierra “Pedazos de cielo azul.”

Y levantando su velo Y alumbrando dos luceros Tan lindos y zalameros, Hasta ya más no poder.... Exclamó: “Diga qué quiere, “No me tenga por canalla.”— “Pus.... por sabido se calla, “Mi vida, ¿qué he de querer?....”

* * * * *

Yo no sé; pero en el barrio De la Iglesia de Vallejo, La del gorro y su cortejo Se fueron llenos de amor. Yo cauto saber no quise Lo que tiernos se decian, Ni indagar á dónde irian.... _Allá que los juzgue Dios_.

FIDEL.

XXVI

Varios amigos.—Otra mirada restrospectiva.—Rectificaciones.—Ferrocarriles urbanos.—Los carritos que andan solos.

ENTRE las personas á quienes merecí servicios y consideraciones, debo mencionar varios amigos de que hasta ahora no he tenido ocasion de hablar especialmente, pero que de omitirlos, faltarian sus estrellas á la clara noche de mis recuerdos. Estos amigos son José María Sleidem, el Dr. Rodger, el Capitan Hagen, David Guarin y D. J. Ahumada.

Sleidem es mexicano de nacimiento, y sus recuerdos de la capital y de Mixcoac, matizan agradablemente su conversacion.

Su ocupacion es de comerciante comisionista, tiene su despacho, como suele acontecer, en compañía de un relojero, sin que se rocen ni estorben los giros.

Hijo de aleman, Sleidem posee ese idioma, el inglés, el frances, y habla con los mismos modismos y la misma sal y pimienta que nosotros. Honradez, instruccion y buen humor, son las divisas del carácter de Sleidem.

En el cálculo más que yankee, con las damas más rendido que mexicano y que frances, y al trabajar y beber le llama la sangre _tedesca_ que bulle en sus venas.

Sleidem lo sabe todo. Confecciona una factura en tres trancos, se alista para un baile en un decir Jesus, y en un abrir y cerrar de ojos hace servicios importantes á sus amigos, siempre alegre y siempre dando á entender que le produce contento servirnos.

Sleidem me instruyó en todos los inconvenientes de los trámites que exige el arancel en las copias de las hojas de despachos, juegos de facturas y tanto requisito impuesto, que hacen onerosísima la preparacion de salida de un cargamento mexicano.

En lo familiar, no hay más que decir sino que Sleidem es un excelente amigo y que nada sorprende más, sino ver salir relámpagos de sensibilidad exquisita y de tiernos afectos, de aquella locomotora de cálculos y de negocios.

Sleidem es miembro de varias sociedades y clubs mercantiles, pulsa el piano, bebe alegre y es oportuno en sus acciones y palabras.

Es de advertir, que para hacerse lugar un mexicano entre yankees, se necesita su sal y pimienta, por la codicia de éstos, por el desden con que en general nos miran y el concepto que tienen de nuestra indolencia y orgullo.

De la escuela de Sleidem son Loaeza, Gutte, Lohse, Newman y otros extranjeros y mexicanos, entre quienes tiene nuestra patria generosos apologistas.

El Dr. Rodger es americano, casado con una mexicana de dulcísimo carácter y á quien el doctor adora; seco, meditabundo, frio, á primera vista parece inaccesible.

Pero posee esta singularidad: habiendo vivido en Mazatlan y en otros puntos de México, es ya más mexicano que nosotros y hace el papel de un verdadero desterrado de su país; nuestros defectos le han contagiado, y se han vuelto genuinas y nativas para él nuestras buenas cualidades.

Esto del _monay_ y del _bisness_ (negocio), lo ahoga y lo hace renegar del mundo americano. Generoso, caritativo y llevando al extremo el desinteres, no se aviene con las especulaciones de los unos, con la charla de los otros, ni con la tominera escuela de los más.

Los médicos tienen sus despachos fuera de sus casas, se encargan de curaciones en casas que sostienen ó improvisan, y todo es negocio.

Por nada de esto entra el doctor, aunque esté reconocido por eminente en su profesion y le ocupe numerosa clientela: él ejerce á la mexicana, y arma con los yankees campaña en que los deja tirrios.