Viaje a los Estados Unidos, Tomo I

Part 22

Chapter 223,879 wordsPublic domain

Terminó la cancion: la Srita. Rotanzi recibió con suma amabilidad mis cumplimientos, y mi compañera de _wagon_, á quien llamaremos Clara, dijo: “La señorita dice, que quiere obtener de vd. un favor, M. Guillermo.

—¡Favor! ¿quién no lo recibe sirviendo á la señorita?

—Lo vamos á ver.

—La señorita canta una cancion italiana, cuyos versos ha olvidado; quiere que vd. improvise los versos: nosotros haremos coro.

A este anuncio, la concurrencia toda se puso en pié, _Pasion_ ensayó las primeras notas y en un momento estuvo en corriente el coro.

Yo, sobre el piano, iba improvisando lo que _Pasion_ cantaba.

Antes dijeron que me dieran el asunto de la cancion.

Clarita dijo: “Figúrese vd. la vista del mar, la playa, el muelle; el buque que se ve, está pronto á partir.... un jóven se despide de su patria, y de su amor....”

Mil aplausos celebraron el asunto de Clarita.

Comenzó la música....

_Pasion_, inclinada, veia sobre mi hombro lo que yo iba escribiendo, y nacia en la voz de _Pasion_, viva en mi oido, la idea que acababa de depositar en el papel mi corazon.

El asunto, el compás acelerado y vehemente de los coros, la voz vibrante de _Pasion_, la luz, la animacion de las fisonomías, todo realzaba el cuadro y lo hacia interesante.

A medida que yo iba improvisando, tomaban parte todos en el coro y me estimulaban á continuar.

Yo no sé de dónde aparecieron funcionando una flauta y un violin, despues un piston que clamaba sus sonoras notas con acentos apasionados.

Yo, aunque hago esfuerzo, no puedo recordar lo que improvisaba; era el estallar de mis propios dolores; dejar su quejido á mis penas, guardando su revelacion en el misterio; eran alusiones á esos hondos infortunios que lloran dentro de nuestra alma y encuentran simpatías en todos los corazones.

¡Oh patria! ¡oh sagrado nombre! ¿quién te pronuncia indiferente cuando teme perderte?

Al último, viejos, mujeres, muchachos, todos cantábamos agolpados al piano y teniamos los ojos llenos de lágrimas.

Pues, señor, no puedo recordar ni una estrofa de los tales versos, y ahora que no los puedo recordar, creo que estaban bonitos; ¡qué diantre de cosa!

Miéntras nosotros componiamos y cantábamos, un viejo coronel italiano, de calva frente, frac con cinta en el ojal del holgado redingote, y pierna de palo, habia mandado por unas botellas de Champaña, y al terminar el canto, entre hurras y palmadas, estalló una salva de taponazos para resucitar á los muertos.

Por de contado, que yo era el amigo de todo el mundo, y vino aquello de los _Albums_, y los encargos de epitafios, y todo lo que ya saben los copleros que esto lean, que acaso sean pocos.

Clarita estaba ufana con su presentacion, como con un gorrillo nuevo: me llenó de agasajos, me presentó á su novio, me dijo que le habia hablado mucho de mí M. Lestalier, y que estaba cierta, cuando le hablé en el _wagon_, que yo era el viejo _Fidel_, siempre amigo de las muchachas alegres y de las buenas mozas.

Esto explica su fácil amabilidad con mi persona, en el encuentro del _wagon_.

Aquella familia y aquella Clarita me dieron dias verdaderamente agradables.

En una de mis visitas á Clarita, la hallé á la entrada de la casa, frente al jardin, bajo el pórtico cubierto de enredaderas, blanqueando entre los huecos del cortinaje de yerba.

Vinieron á nosotros como aves parleras que buscan sus nidos, los recuerdos infantiles: me refirió Clarita sus dias de pobreza, y cómo debió su fortuna á una tia que tenia en gran veneracion, y de quien me contó la anécdota que van vdes. á saber:

“Como digo de mi tia, era una mujer de humilde nacimiento, robusta como un carretero irlandés y con un buen sentido que ya envidiarian más de cuatro gobernantes de naciones.

“La santa señora era viuda y solo me tenia á mí en el mundo; á mí que perdí á mis padres desde mi tierna infancia y quedé á sus expensas, porque ella era hermana de mi padre.

“Luchando á brazo partido con la miseria, se hundia su buque y ella sobrenadaba dejando media vida en la lucha.

“Algunos de los amigos más íntimos de mi tia, sumidos como ella en la desgracia, pensaron en alzar el vuelo, seducidos no sé por qué leyendas de ventura, y situarse en las inmediaciones de San Francisco California.

“Omito decir á vd. cuántos fueron los trabajos para disponer la partida, las despedidas y lágrimas de los viejos, el contento de los muchachos y lo romancesco que es lanzarse sin un cuarto á correr aventuras en tierras desconocidas.

“El terror á los peligros, la esperanza de la adquisicion de una fortuna y una posicion, los proyectos frustrados, las ilusiones deslumbradoras.

“Despues de establecidos en Oakland, y no sé al cabo de cuántas fatigas, mi tia hacia sus pequeños acopios de carne salada, y se contrató en una línea de vapores para hacer su tráfico á la Baja California y Guaymas.

“Parece que la estoy viendo con su gran falla de lienzo blanco, los rizos de sus canas saliendo sobre sus sienes, su pañolon de madraz, su burdo vestido negro y sus chinelas de gruesas suelas, como un marino. Ella era sin embargo fresca, derecha y hermosa.

“Su honradez, su comedimiento, y su desembarazo para servir en cuanto se ofrecia, la hicieron muy querida, especialmente del capitan, jóven americano, franco, alegre, valiente, liberal y comedido con las mujeres.

“Mi tia fué como la madre de aquella tripulacion: ella veia al capitan como á su hijo, y acrecia su fortuna, al punto de que ya M^[me.] Peplier conducia, no un barril de salazon, sino barriles, y se hallaba al frente de un tráfico respetable.

“Yo estaba, aunque niña, al frente de los trabajos de la casa.

“El capitalito de mi tia seria de unos 10,000 pesos: ella contrataba los cerdos, compraba semillas, regañaba, escribia y navegaba como un Nelson.

“Cuando nuestra fortuna parecia más propicia, cátese vd. que se va poniendo una línea de vapores y establece la competencia á la línea de M. Prittson, protector de mi tia.

“Los vapores de nuestra línea eran hermosísimos y andadores; los de la competencia les igualaron: dispusieron los contrarios que hubiese á bordo de sus barcos soberbias músicas que atrajeran el concurso; las músicas que nosotros llamamos á bordo eran de más renombre: anunció entónces la Compañía competidora pasajes grátis; la nuestra prometió grátis el pasaje y la comida: entónces, grandes carteles llamaron á bailes suntuosos en los vapores de la Compañía enemiga; y parvadas de lindas muchachas poblaron las cubiertas de nuestros barcos.

“Fijóse, pues, la competencia en la celeridad, sin que en tres viajes consecutivos se pudiese sacar la ventaja una á otra línea.

“Tratábase de una guerra en forma, hacíanse cuantiosas apuestas, la gente de mar se dividió en bandos, y las tripulaciones de los buques, de mil amores habrian convertido en naval batalla, aquella porfiada competencia.

“Al partir los buques de los muelles y al llegar á su destino, millares de espectadores agitaban sus pañuelos, alzaban en alto sus sombreros y saludaban con hurras y palmadas á los campeones marítimos.

“En uno de esos viajes, acaso el más empeñado, en medio de la travesía faltó carbon á la línea de M. Prittson, en que iba mi tia; la congoja fué inmensa, la desesperacion tocaba á su colmo, la tripulacion acarreaba de sobre cubierta cuanto podia servir de combustible, y todo lo devoraba en instantes la llama, levantándose remolinos de humo en la agonía del fuego, que anunciaba vergüenza y derrota.

“Mi tia, con el valor de Juana de Arco, con una intrepidez digna de los tiempos fabulosos, se puso al frente de la desesperada situacion.

“Mandó que se arrojase al fuego cuanto habia en las bodegas, excitaba á los marinos, alentaba los ánimos caidos, predecia la victoria, anticipando su entusiasmo; pero faltaba el combustible: entónces, y sin esfuerzo, como por una inspiracion salvadora, mandó atizar las calderas con su barrilaje de lardo; la llama, alimentada, revive; el vapor cobra demasiado empuje; la tripulacion se alienta; el buque se reanima, y volando sobre las aguas, llega triunfal al puerto, con la valerosa matrona en la popa, que se habia apoderado y revoleaba la bandera americana.

“La línea competidora no sobrevivió á su derrota; á mi tia le hicieron grandes obsequios: no obstante que en sus barriles de lardos cifraba su fortuna, rehusó que se los pagasen, diciendo que cuando la Compañía estuviese en fondos, repartiese el valor de sus barriles entre los bravos marinos que habian alcanzado aquella victoria.

“La prensa, con sus mil trompetas, publicó estos sucesos, y del fondo del Kentuky vino un riquísimo banquero, hizo la corte á mi tia y se casó con ella, declarándola poseedora de una opulenta fortuna.

“De esa fortuna participé yo, y ve vd. que mis títulos de nobleza son tan buenos, como los de cualquier potentado europeo.”

Clarita fué de las personas más queridas para mí.

Al separarme esa noche de la tertulia, dejé escritos en su Album estos versos, que no puedo decir que improvisé, porque yo jamás hago otra cosa:

A CLARA

¿Habrá una cosa más rara, Clara, Aunque no lo quieras creer? Cuanto más miro tu cara, La miro con más placer.

* * * * *

Es hermoso hallar el dia En el limpio azul del cielo, Cuando sin un solo velo La aurora su luz envía.... Pero pasa esa alegría.... ¿Y habrá una cosa más rara, Clara, Aunque no lo quieras creer? Miéntras más miro tu cara, La miro con más placer.

* * * * *

Dios mismo quiso adunar En tu nacer, jóven bella, Lo apacible de la estrella A lo grandioso del mar. Podrá su encanto pasar; Pero, ¿habrá cosa más rara, Clara, Aunque no lo quieras creer? Miéntras más miro tu cara, La miro con más placer.

* * * * *

En ella brilla el contento, En ella el alma más pura, Sabe realzar la hermosura Con las gracias del talento.... Así es momento á momento, Porque, ¿habrá cosa más rara, Clara, Aunque no lo quieras creer? Miéntras más miro tu cara, Mucho más la quiero ver.

* * * * *

Se tiembla de que haya un dia Que nuble tus negros ojos Y provoque tus enojos Voluble, la suerte impía. Yo niego tal tiranía, Porque, ¿habrá cosa más rara, Clara, Aunque no lo quieras creer? Miéntras más miro tu cara, Mucho más la quiero ver.

* * * * *

Es un festin de hermosura Ese mirar y ese cuello, Y esas ondas de cabello Contraste de tu blancura. El mirarlo da ventura; Por eso no es cosa rara, Clara, Aunque no lo quieras creer, Que mirándote la cara, Mucho más la quiero ver.

* * * * *

Voy á partir, y te dejo, No mis recuerdos de amores, Sí de mi patria unas flores Para adorno de tu espejo. Porque, por más que estoy viejo, Es una cosa muy rara, Clara: Aunque no lo quieras creer, Siento haber visto tu cara, Porque no la vuelvo á ver.

Alta California, Marzo 29 de 1877.

GUILLERMO PRIETO.

XXV

Colegio de Corredores.—Ojeada retrospectiva.—Las costas del Pacífico.

“AUNQUE vdes. lo pidan con memorial; aunque me cueste un ojo de la cara desarrugar el ceño de vdes., ni por una de estas nueve cosas pongo números en mis viajes. Será interesante, será lo que se quiera. ¿Tienen por ahí sus mercedes algo de crónica escandalosa? ¿un cuento de hadas? ¿un romance de amor? cualquiera de esos cachivaches me conviene más que las bolsas y los _Stokes_, y todo ese arsenal de guarismos que barrunto traen vdes. entre pecho y espalda.”

Tal y tan enérgico lenguaje empleé con unos amigos que vinieron nada ménos que á seducirme para que llenase algunas páginas con estados de importacion y exportacion, y cálculos sobre la melaza y el café, la lana y los cueros de res.

—¿Están vdes. locos? proseguia yo casi colérico: ¿no ven que para charla eso es muy soporífero, y para estudio muy superficial y diminuto? Señores, no puedo complacer á vdes.

—Le faltará á vd., me dijo un sonorense, tirante como un riel de fierro y exacto como un acreedor avaro, uno de los rasgos fisonómicos de esta sociedad. ¿Vd. no ha visto siquiera nuestro _Colegio de Corredores_?

—No, señor, ni el cementerio, contesté: el primero, porque en mi vida, pienso que me _corran_ más que de la casa que no pague; y el segundo, porque un viejo en un cementerio parece que va á buscar hospedaje, y yo no deseo quedarme por aquí.

—No, dijo un aleman que se desentelaraña los labios para soltar un monosílabo, hay cosas de números muy divertidas.

—Ya lo creo: vd. tiene cara de tenderse de risa con un arancel, y acudir á una tabla de logaritmos para disipar su mal humor.

—Déjese vd. de bromas, me dijo un amigo corredor que siempre está en movimiento: cuando no canta, silba; y cuando no trastorna los útiles todos del escritorio, es porque alborota al perico, hace desesperar al perro, ó lucha por dar rapé al gato.

—¿Vd. ve ese gentío, dijo mi amigo _Seis por ciento_, que inunda mañana y tarde las calles de California y contiguas? Pues lo produce exclusivamente el Colegio de Corredores.

—Los corredores, añadió D. Pedro Decimal, forman una corporacion muy respetable: el oficio se compra á elevados precios, cuando hay vacante en el número, que es limitado. Yo conozco corredor á quien ha costado su oficio veinte mil pesos.

Las sesiones de la cámara de corredores se verifican en un gran local en la calle de California, muy semejante en estructura y tamaño, á la antigua cámara de diputados de México.

Dos horas por la mañana y dos por la tarde acuden á ese local los corredores, para el remate de los _Stokes_ ó acciones de minas.

Ocupan los corredores, á guisa de los diputados de por estas tierras, el salon, cada uno en su asiento y con su mesita al frente, dejando una calle central para tránsito, que comunica con la gran mesa que se halla á la cabecera del salon, donde fungen el presidente y cuatro secretarios, que tienen altísimas dotaciones: no se usa campana; se sirven de un enorme martillo que golpea el presidente sobre una piedra, cada vez que lo requieren las circunstancias: diga vd. ahora á _Fidel_ el modo de proceder en las sesiones, dijo D. Pedro á _Seis por ciento_.

—El procedimiento es muy sencillo: uno de los secretarios anuncia, por ejemplo, que se trata de rematar acciones de la mina _Alfa_, que las personas que tengan acciones avisen á los secretarios.

A esta voz, se levanta espantoso tumulto: todos los que tienen acciones brincan de sus asientos y se precipitan, agitando sus papeles, al camino central, empujándose, escurriéndose, alzándose sobre los hombros del que estorba; en una palabra, como una manada de potros brutos.

En instantes, inscriben los secretarios acciones y propuestas y se impone silencio. Establecido el silencio, los secretarios proclaman los remates hechos y su término medio, para dar á la operacion la debida publicidad, porque es de advertir que estas sesiones son privadas del colegio; el público no tiene derecho á asistir á ellas, pero sí los extranjeros que, como se sabe, tienen acceso á todas partes, en medio de particulares consideraciones.

Como es de suponerse entre yankees, y tratándose de cuestiones de dinero, no son raras las disputas en el Colegio de Corredores. Cuando esas disputas se enardecen, el presidente manda á uno de sus secretarios que haga una informacion sumarísima y verbal; se improvisa una especie de jurado y se multa al culpable. Este queda renegando y dice pestes; pero entónces son las palmadas, las risas, los desahogos del buen humor, que hacen que por fin el mismo multado siga la gresca.

Si el alboroto tiene visos de seriedad, entónces, á un solo golpe del formidable martillo, se restablece la calma y siguen en órden los negocios: para que se forme idea de las operaciones de comercio, aquí traigo la lista de las que se verificaron ayer.

Sacó, en efecto, mi amigo una tirita de papel impreso de su bolsillo, y me dijo: “Vea vd.: sesion de la mañana. Se jugaron _Stokes_ de 57 minas: ya vd. ve los nombres: Alfa, Belcher, Chollar, Crown, Juha, Bryant, Nevada, Imperial, etc.... estos guarismos indican el número de acciones: así al vuelo, serán sobre quince mil acciones.... en esta columna están los precios de Alfa: de 90 á 98 pesos, 300 acciones: 1,410 acciones Caledonia, de 35 á 40.... ¿calcula vd.?....”

Hizo mi amigo varios números en su cartera, y resultaron más de 600,000 pesos de transacciones en las dos horas de la mañana. Ha habido épocas de dos y tres millones al dia.

—Aquí tiene vd. el movimiento de la tarde: son más de 100,000 pesos.

En 1874 el valor de las operaciones de minas fué de 260.471,915 pesos: ya vd. verá que aunque estos son números, tienen su poesía, al tratarse de la prosperidad de un pueblo, doscientos sesenta millones.

—Fíjese vd. además, me dijo otro amigo, en que esta es la simple base de los negocios: con esa suma se enlazan otras y otras combinaciones, y lo que aparece doscientos en el movimiento y circulacion, afecta muchos valiosos negocios en nacimiento y refaccion perpétua.

Además, en ese movimiento se cria el juego de los _Stokes_, que es peligrosísimo; exige prevision y destreza, y al que, por lo mismo, son afectísimos los americanos.

Por ejemplo: ¿conviene aparecer que se deprecian las acciones de una mina para comprar á bajo precio? se hacen ligas sumamente reservadas, aparecen las acciones ofrecidas por unos corredores, compradas por otros; de los tenedores inocentes de la intriga se apodera el terror, ofrecen sus acciones y tienen los depreciados ganancias locas: en esto se ha dado caso, no en San Francisco, ni en negocio de minas, que un comerciante se finja quebrado para comprar por trasmano sus mismos créditos con gran descuento, y reaparecer despues doblando su fortuna. Tal rasgo ha parecido de suma habilidad, sin lastimar la reputacion del _prestidigitador_.

Por el contrario, se hacen subir artificialmente los valores, parecen comprar acciones los confabulados, y este es un anzuelo para que otros compren y se estrellen, así como en un juego de azar se ven aparecer y desaparecer fortunas; y esos tahures de nuevo género, ni se envanecen con la opulencia, ni se abaten con la adversidad.

La fiebre del _Stoke_ acomete al artesano y al labrador, al padre de familia pacífico y al jóven aturdido: el yankee sale de su vida habitual, persigue la quimera, se embriaga con sus conjeturas y sus cálculos, y cuenta como una página de las más interesantes de su existencia, esa alucinacion de la que muchas veces despierta en la miseria, ó se duerme para siempre con el suicidio.

El corredor es el sabueso destrísimo en esta caza de fortunas: hay _Stokes_ llamados _con márgen_, que interesan al corredor, y entónces se amplían las operaciones, y es más complicado, y exige mayor destreza de los que entran en esas campañas.

—Nada de esto habia en los tiempos en que vine yo la primera vez aquí, dijo mi compañero sonorense, fino, generoso, servicial, de ojos centellantes, abierto reir y tez morena, á quien por cariño llamábamos _El Negro_; nada de esto, y cuidado que eran los dias del oro. Entónces el albur embriagaba la gente y corria como agua la fortuna, deteniéndose ó escapándose del modo más caprichoso del mundo.

—Que traigan unas copas y le remojaremos al _Negro_ la garganta para que nos cuente sus aventuras.

—Cerveza.

—Ajenjo.

—Un coptail.

—Señores, felicidades.

Tocaron las copas la obertura de la narracion, y el _Negro_ dijo así:

—Como es sabido, los primitivos pobladores de California fueron de Sonora, Sinaloa y Horcasitas, y aunque tibias y tardías las relaciones, el árbol ama su raíz, y siempre se mantenian amistades.

Cuando la fiebre del oro, en 1848, llevaron á nuestras tierras la noticia, aquellos hombres llenos de asombro y de riquezas, Juan, que era comerciante del tres al cuarto, Pedro el vaquero, Fulano el arriero, el mozo de mandados, el quídam que pedia limosna, llegaron ostentando grandes trenes, ricos relojes, armas hermosísimas, y contando maravillas: el oro, segun ellos, brotaba por todas partes, inundaba; habia lagos y montañas del precioso metal, y en los placeres, vino corriendo como en Jauja, muchachas deliciosas, y hombres compartiendo su riqueza con todo el género humano.

Yo tenia quince años, la sangre hervia en mis venas, y la espectativa de aventuras inauditas, de aquellas fabulosas fortunas, y el volver derramando onzas de oro, haciendo la dicha de cuantos me rodeaban, como el héroe de una leyenda de las “Mil y una noches,” me enloqueció realmente.

Reuní hasta treinta mulas, me proveí de caballos y de mozos valientes y diestros ginetes, y se me unieron algunos amigos, con los cuales formé una de tantas caravanas que, con temerario arrojo, se lanzaron á atravesar aquellos espantosos desiertos.

Así salió en són de conquista nuestra caravana del Altar, entre las bendiciones de nuestros padres, las señales de envidia de nuestros amigos y las lágrimas de nuestras novias, con las que nos haciamos los importantes, dándonos el aire de que íbamos á la conquista del _Vellocino de oro_.

Pasamos con felicidad al frente de los Papagos y Pimas, terror de aquellos desiertos; dejamos á un lado los indios _areneños_, que son feroces y se mantienen de ratones, ratas y víboras, porque no hay idea de lugares más sombríos y más estériles, y llegamos al fin á la confluencia de los rios Colorado y Gila, que formando, aunque imperfectamente, como los dos brazos de la parte superior de una Y griega, invade en todas direcciones nuestro territorio, despues de los tratados, siempre irreflexivos y funestos de Guadalupe y la Mesilla, conocido este segundo con el nombre de _Tratado de Gasden_. A esa confluencia llega hoy el ferrocarril, tocando el fuerte Yuma, situado en la union de aquellos rios.

Despues de haber llegado al punto descrito, venciendo mil penalidades, nos internamos en otro desierto, más sombrío y más peligroso que el anterior.

Allí aumentó el espanto que llevábamos, el espectáculo de caravanas perdidas, de carros, herramientas y despojos de trenes regados por el suelo, y de esqueletos de animales, que parecian dar testimonio, en aquellas soledades, de la imposibilidad de la vida.

Rendidos de fatiga, agotadas las fuerzas de nuestros animales, temerosos de haber perdido el rumbo, y al entregarnos á la desesperacion, pernoctamos en una espantosa llanura en que el desamparo parecia tener su asiento, y la muerte su terrible dominio.

Los criados que vigilaban nuestras béstias, con los primeros albores del dia descubrieron al Norte, y como asomando entre árboles y montones de tierra, unas casitas blancas. Era el pueblo de los Angeles, hoy de tanto renombre. Gritaron los criados, corrió la gente, estallamos en demostraciones de contento, y regocijados y risueños, partimos y llegamos á la pequeña poblacion, que tendria habitualmente cuatro mil almas, pero que en aquellos momentos era como un vasto hotel en que se alojaban gentes de todas las naciones.

No habia ni rastros de autoridad, ni de órden, ni de nada.

Todas las accesorias eran fondas, juegos ó casas de baile; en medio de las calles, bajo toldos formados de estera y lienzos, habia tambien juegos, bailes y cantinas, y era aquello una bola tumultuosa en que se hablaban todas las lenguas, se ostentaban todas las costumbres y se proclamaba por el mismo demonio, que se tendia de risa, el triunfo de los siete pecados capitales.

Entre esta hervidora invasion, en la que se veia brotar el oro, como el agua entre las piedras de un torrente, aparecian los tipos característicos de la antigua poblacion, conservando nuestras antiguas tradiciones de colonia.

Los californios, altos, morenos, con sus grandes trenzas, muy bien formados; las mujeres macizas, corpulentas, de ojos divinos, de infinita gracia.

Vestian los hombres pantalon ajustado de punto, chaleco y chaqueton ó chupa de seda, y calzaban zapatos _morunos_.