Viaje a los Estados Unidos, Tomo I
Part 20
Deseando alguno de los concurrentes borrar alguna nube sombría que acaso creyó percibir en nuestros semblantes, invitó á la preciosa criatura á que imitase con la fisonomía á algunos de los animales que conocia: yo no puedo decir á vd. cómo se verificó la trasformacion aquella; con el cabello fingió las orejas hácia atrás, aguzó su boquita, hizo saltones sus ojos, tendió el cuello, encogió las piernas.... yo no sé, era un perro perseguido que huia alebrestado y se volvia.... y se embarraba en la pared temblando.... despues imitó una liebre, luego un zorro, atisbando y persiguiendo gallinas: aquella fisonomía era todo un espectáculo encantador, cómico, lleno de gracia.... por último, le dijeron se despidiera de nosotros remedando á un jorobado, y no puedo decir á vd. cómo desquició su pecho, levantó su espalda, hundió entre los hombros el cuello y dió á su fisonomía el mirar malicioso, la sonrisa irónica y el conjunto sarcástico de los jorobados. Divina muchacha.... y tan pura y tan infantil, que aplaudimos todos y ella se pavoneaba, andando en las puntas de los piés y representando un _guajolote_ que hacia la pompa y cimbraba sus alas, arrancando nuevos aplausos.
Preguntamos al fin el nombre de la adorable suplantadora del arca de Noé, y con la máquina de escribir puso en varios papelitos: “Mi nombre es MAGGIE AITKEN.”
En el establecimiento de ciegos, poco llamó nuestra atencion, porque el de México está á la altura de los adelantos que allí se notan, aunque siempre en inferior escala.
A nuestro regreso encontramos sola en su pequeño _vogue_ á la directora, que venia por aquellos caminos, como haciendo alarde de la envidiable seguridad que se disfruta en aquella comarca.
La escuela cuenta con ciento cincuenta discípulos, y es una de las más florecientes, y que dan mejores frutos en los Estados-Unidos.
XXII
Primeros rumores de partida.—Pájaros.—Viajes desde mi cuarto.—El Monte Parnaso.—Romance de un soldado.
COMENZABASE á susurrar nuestra partida: nuestros compañeros la veian y la deseaban; yo no cesaba en mi acopio de apuntaciones, preguntando aquí, inquiriendo allá, y formando al fin tal guirigay de notas, que no las he podido desenmarañar despues.
Una mañana entera pasé en un almacen de pájaros, de tan ricos plumajes, de tan variadas formas y de cantos tan armoniosos, que pasé las horas con positivo embeleso.
Tucanes con sus pechos airosos; guacamayas colosales ostentando por trages el azul de los cielos y la púrpura; águilas audaces, de férrea garra, ojos de llama y encorvados picos, y colibrís hermosos, ostentando matices y reverberaciones de todas las piedras preciosas y de todos los caprichos del íris.
La China, la Australia, las Islas de Sandwich, la América del Centro, México y los mares, habian dado su contingente para la alabada exposicion, y de todas partes del mundo tenian demanda los hechiceros habitantes del aire.
Al presenciar mi sincera admiracion, me decia el general Vallejo que me acompañaba:
—Es imperdonable en vd. marcha tan próxima: no puede vd., aunque quiera, formarse ni dar idea de los tesoros que encierra este Estado.
No conoce vd. ese tendido Valle de Napa, compuesto de paisajes deslumbradores, los pórticos de sus casitas blancas entre cortinajes de enredaderas, en medio de las olas de oro de sus feraces trigales.
No se le ha mencionado á vd. siquiera á Calistoya, entre bosques en cuyos árboles parecen dormir y reposarse las blancas nubes. Sus manantiales son de aguas más calientes que las del Peñon de los Baños, cerca de México.
No ha querido vd. honrar mi casa yendo á Sonoma, llamado por los indios el Valle de la Luna, y cuyo pueblo lo habria representado la mitología griega, coronado de pámpanos, con una copa de oro en la mano.
Sonoma es un valle risueño, salpicado de quintas como palacios, dividido en alegres sementeras, ceñido de feraces campos en que pastan los ganados más robustos y más bellos que se puede imaginar.
Santa Rosa es la capital del condado, y se persigue, que no se mira, entre bosques intrincados de alisos, madroños y sándalo, formando alfombra como un tapiz de oro los trigales, que como que inundan los piés de los árboles y forman cambiantes de luz divina entre las sombras y los rayos de sol que filtran por entre las hojas de los madroños y de las lianas que se columpian en los aires.
Esos valles han llegado á producir de cuatro á cinco millones de galones de vino, que se conoce con los nombres de Clarete, Tockay, Susfaudel, etc., á más el riquísimo aguardiente, del que no he podido hacer cálculo.
El cultivo del Valle de San José nació ayer: entre sus alegres casas circundadas por barandales que limitan los jardines, crecen la uva y el olivo y nos sorprenden galanos árboles con frutas semitropicales. Cruzan los campos los ferrocarriles, y como si los rieles fueran surcos que contuvieran hombres, la poblacion ha subido á 60,000 almas en ménos de diez años.
San Leandro y Alameda cuentan 80,000 almas en igual período, y hasta los lugares desiertos parecen preparados por génios invisibles para esperar y enriquecer á la humanidad desheredada.
Del Valle de Yosemita no hablo á vd., porque hace poco ha visto en mi compañía la descripcion del árbol monstruoso que tiene más de quinientos piés de altura; es decir, los más altos árboles de Chapultepec, no llegan á la tercera parte de la altura de ese gigante inverosímil.
Puede vd. asegurar, sin ser desmentido, que se conserva en ese valle, á raíz del suelo, el tronco de un árbol que es del tamaño de la parte alta del zócalo de la Plaza de Armas de México.
Por cierto que los americanos que derribaron ese árbol, queriendo dar idea de él á los pueblos del Este, usaron de un procedimiento que me pareció ingenioso.
Ahuecaron el tronco, dividieron la corteza y la encajonaron; despues la armaron y quedó un conjunto que daba idea perfecta del grueso del árbol.
Santa Bárbara sorprenderia á vd. con sus minerales de azogue. En su seno le halagarian las auras perfumadas de sus tierras calientes, y el naranjo le brindaria sus frutos de oro, bajo las tendidas hojas de sus exuberantes platanares.
En San Clemente hallaria minas de petróleo que compiten en riquezas con las de plata, y por último, en San Diego, veria realizado todo un Olimpo de deidades, porque es sacrilegio llamar mujeres á aquellas hermosuras.
A propósito, voy á relatar á vd. el romance de un viejo soldado presidial, que quiso dar idea del Monte Parnaso.
No se fije vd. ni en la rima ni en el giro del verso: es un romance tosco y descuidado como los primitivos de nuestro idioma, pero que da idea de aquellos hombres y de su manera de sentir. Oido á la copla:
EL MONTE PARNASO DE MONTEREY CAL
Al más mexicano de los mexicanos que conozco,
A “FIDEL”
Majestoso y soberbio, Sobre el mundo apoyado, Se percibe el gigante Que se llama el Parnaso. Los bosques le circundan, Su pompa custodiando, Y los jardines tienden Tapices esmaltados A todo el que de cerca Pretende contemplarlo. Allá están los pinares De follaje gallardo, Verdes como esmeraldas, Umbrosos.... sosegados, De los extensos mares Las olas contemplando. La encina está más léjos Junto al roble lozano, Haciendo pabellones A los enamorados, Que á sus ninfas les cantan Canciones como Bardos. Este monte es más lindo Que aquel otro Parnaso, Todo con embelesos Y todo con arcanos, Y con sus nueve musas Y nueve mil resabios. Aquí se ve patente Al Dios de lo creado, El que á la luz da vida Y mieses á los campos. De lo alto de este monte ¡Qué lindo es el Océano, Cómo en tropel sus olas Van corriendo al ocaso! Rielando con la luna Que gira en el espacio, En posesion grandiosa, Seguida de sus astros! Miro á “Punta de Pinos,” Al poderoso Faro Del navegante amigo, Y amparo de los barcos; Allí ostentan sus gracias, Cuando llega el verano, Las bellas que produce El suelo afortunado. De lona alegres tiendas Bordan los verdes campos, Y se pueblan los aires De músicas y cantos. En vistosas carreras Compiten los caballos, Y hay damas y convites En medio de los campos. Monterey á la falda Del excelso Parnaso, Parece hermosa niña En maternal regazo. ¡Oh qué bello es su puerto De pueblos circundado! Y las sierras del “Toro,” El “Gavilán” mentado, Huerta del “Rey Saucito,” “Cañada de los Gatos,” “Huerta vieja,” “Cayuelas,” Muy cerca “Los Berracos,” “Cañada del Teniente,” “El pocito del Blanco,” “Cañada de los Hornos,” “Picadero”.... y me callo, Porque al fin esta sarta De nombres tan extraños, Tan solo los conocen Los soldados de antaño. ¿Qué fueron de las casas De adobes y enjarrados? ¿De dónde nos vinieron Jardines y palacios? Silencio, que no hay huella De los pasados años, Que desde aquí al olvido Corriendo se marcharon. ¿Dónde está la capilla, Iglesia de soldados, Que hicieron á su costa Como buenos cristianos? ¿En dónde está el castillo, Cuyo fuerte artillaron Los hombres más valientes Que este suelo pisaron? Triste está la Bahía De Monterey ufano, Dió tono á California Por más de sesenta años. ¡Salve, Monte Carmelo! Con tu templo arruinado, Cuya cúpula miro Como en mis verdes años. ¿Por qué no detuviste Los tiempos que pasaron? Viendo estoy á tus puertas A los viejos soldados, Hablando reverentes Con frailes franciscanos, Con sus espadas unos Y otros con sus breviarios. En bella lontananza Con la vista cruzando La _bahía_, se mira Santa Cruz, la de Mayo, Cuyos valles y montes Desde tiempos lejanos Están siempre cubiertos De palos colorados, De Laureles, Madroños, De esbelto encino blanco, De fresnos y de Alisos Y grandes Avellanos. El rio San Lorenzo Camina serpenteando, Llevando entre montañas Su curso manso y claro. Allí de Branciforte Los ricos hacendados, Cogen pingües cosechas De flores y de granos. Allí “Soquiel ameno,” “Corralitos” y el “Pájaro,” Se enlazan con sus valles Al de San Cayetano, Y se unen á Salinas Con el Montereyano, Orgullo de sus hijos Do descuella el Parnaso, Realidad portentosa Del artífice Magno. ¡Qué escena tan grandiosa Oh, y cuán sublime cuadro! No en el antiguo mundo, Aquí es dó está el Paraiso.
* * * * *
Si alguno este romance Quisiere criticarlo, Le suplico que lo haga Subiendo á lo más alto Del monte que describo, Con calma, paso á paso, Llevando de Champaña Lo ménos un canasto, Y diga, cual yo digo: “¡Salud, Monte Parnaso!”
Recitaba el general con tal entusiasmo su romance, que aunque me aseguró que era de un viejo presidial, yo me atrevo á afirmar que es hijo de su númen, y así se lo hice presente, convenciéndome cada vez más de que la sangre estira.
Como he dicho en otra parte, el general es la encarnacion de la historia de California, y en esta última entrevista, me relató biografías, leyendas y rectificaciones históricas, que siento mucho que mi mala memoria se niegue á recordar.
Hablóme de los gobernadores Rivera, Moncada, Fajes, Arrillaga, Sola, Tamariz y Echandía.
Me describió con vivísimos colores la expedicion rusa para la pesca de nutrias, en 1831.
Hablando de tradiciones, se remontó al año de 1817: me representó la expedicion de los piratas, y cómo en el estrecho de Karkines, se desfiguraron los indios espantosamente para librar una tremenda batalla que dió su nombre al _Monte del Diablo_.
Por último, como cuento de niños, me relató el descubrimiento del oro, en estos ó semejantes términos:
—Ha de estar vd. para bien saber, y yo para mal contar, que en aquellas tierras invadidas por los rusos, que despues se llamaron Sacramento, vivia y bebia un capitan Sutter, dueño de una máquina de aserrar madera: la máquina resistente y el capitan resignado, hubieron de ponerse de acuerdo en trabajar poca cosa con el asentimiento de un Mr. Marshall, soldado divertido, buen fumador de pipa como Sutter, y amigo de la contesta y del trago, como soldado viejo.
Terciaba en tan buena sociedad la esposa de Sutter, señorona expedita, rolliza, cejijunta y de resueltos movimientos, con un lunar en un carrillo como una tarántula.
Yendo dias y viniendo dias, en una calurosa siesta, en que entre dormitando y durmiendo creia departir muy formal el terceto descrito, un peon del campo, con cierto desgaire que se parecia á la indiferencia, allegóse al grupo, con un puñado de tierra en la mano y le dijo á Sutter: “Vea, señor; ¿de qué serán estas chispitas?” Abrieron los tres personajes tamaños ojos con la noticia de las chispitas.... las chispitas eran oro, oro purísimo....
Pidieron más chispitas, y aquel era inagotable manantial.
La madama iba y venia alborotando el cotarro, arrojó líquidos, vació botellas, y á poco, todos los trastos de la casa estaban rebosando en brillantes chispitas....
La cosa no tuvo gran publicidad; pero ha de saber vd. que el capitan Sutter debia cierto piquillo que le molestaba, y los acreedores, ignorantes de lo de las chispas, cayeron sobre él y sus posesiones, con tan resuelta furia, que á la primera negativa querian dar con el bravo militar en la cárcel. “Eso no en mis dias,” dijo la arrebatada esposa de Sutter, y les metió por los ojos unas botellas de chispitas, que los dejó aturdidos: aquellas botellas cayeron como áscuas sobre pólvora en el público, y en el mundo entero tocaron á rebato con el maravilloso descubrimiento del oro.
Muy gratas y muy instructivas para mí fueron las conversaciones del Sr. Vallejo, á quien consigno agradecido este recuerdo.
XXIII
Delaciones de un perdido.— Exposicion singular.—El cuarto negro.—Jodlums.— Embaucadores.—Los vidrios azules.
TAN color de rosa ha pintado vd. á California, que de repente la desconozco en las páginas de vd., me decia un amigo.
—Pero vd. lo que me ha de decir es en dónde están las inexactitudes para corregirlas.
—Inexactitudes no hay, replicaba; pero á ese cuadro le faltan sombras: sépase vd., que no faltan en California cosas curiosas en materia de diabluras.
—Lo supongo, continuaba yo, y aun lo sé; pero, en primer lugar, no tengo aptitud para hacer rectificaciones por mí mismo, y por otra parte, yo no pretendo escribir un Manual de gente perdularia, sino simples impresiones de viaje.
—Vd. diga lo que le parezca; pero con el sistema de vd., solo se conocerá el anverso de la medalla.
—¿Y quién me garantiza la verdad de cuentos y consejas que unos afirman y otros desmienten? Ya ha oido vd. lo de la _exposicion_ que nos contó el españolito: eso no es creible.
—Yo no sé si aquí en San Francisco existirá; pero en Nueva-York, yo he sido objeto de _exposicion_.
—Véamos cómo.
—Aseguráronme algunos amigos calaveras que varias _damas_, ofendidas del desden de sus compañeros á quienes absorben totalmente los negocios, formaron sigilosamente una asociacion para proveerse de _novios_.
La asociacion costea una casa magnífica, á cuyos corredores, llenos de flores, estancias deliciosas y retirados gabinetes, se atraen por medio de agentes, diestros viajeros de la más alta distincion y hermosura; allí pasean los galanes, miéntras por una entrada subterránea penetran aisladas, á miradores con espesas celosías, damas opulentas: allí ven y examinan á los paseantes, haciendo conducir cuando conviene, á la presencia de la hermosa, al objeto de su eleccion.
—Hombre, calle vd., clamé; calle vd., por el amor de Dios: eso, dado caso que fuera cierto, no me lo creerian en mi tierra, aunque me pusiera en cruz.
—Pues ménos habrán de creer lo que se platica, muy en secreto, pero en todas partes, del _Blak room_.
—¿Qué quiere decir eso?
—Quiere decir el cuarto negro.
—¿Y qué?
—Es una asociacion de mujeres caprichosas. Se invita al caballero para una visita, absolutamente á oscuras. Se penetra en las tinieblas, se introduce al galan á una espantosa caverna, y no sabe jamás quiénes son las personas que le dan hospitalidad.
—Sabe vd. que eso es tremendo. Esa será una asociacion de viejas, ó por lo ménos de lisiadas.
—Yo no sabré decir á vd.; pero la cosa tiene tanto de romancesco y de fantástico, que hay viajeros excéntricos que lo primero porque preguntan es por el _Blak room_, haciendo grandes desembolsos para encontrar un guía que los lleve al imperio de las tinieblas.
—Vd. lo ve. ¿Cómo habia de poner esas atrocidades en mi viaje?
—Pues ponga vd. siquiera á los _Jodlums_ (Judloms), que están á la vista de todo el mundo.
—Instrúyame vd. acerca de esos animalejos.
—Los _Jodlums_ son esos muchachos vagabundos que se pudieran llamar _aerolitos_, porque parecen llover de lo alto, sin padre ni madre.
Estos chicos nacen ébrios al parecer y con el tabaco en la boca: se ocupan en robos, en seducciones y en cuanto malo puede imaginarse. Los diablos estos, de 18 á 20 años, son los más perniciosos.
Propiamente hablando, el tipo que me propongo describir, es una especie de calavera temeron, novel, un calavera en agraz, más atrevido, más impertinente y más escandaloso que el calavera aguerrido.
Seria el ideal el _Jodlums_ de nuestros advenedizos _desordenados_ de la escuela materialista, que ni estudian ni comprenden, de _rivolver_ y aventuras soeces: en el periodismo traficantes; en la amistad rastreros y desleales; en el amor abyectos y asquerosos; vagos de profesion, llevando sus mercancías de desvergüenzas y calumnias al primer _receptador_ de infamias que aparece como al frente de un gran partido político, como él mismo cacarea _modestamente_.
El _Jodlums_ no es así, se fija especialmente en no respetar lo que se respeta en público, más religiosamente en los Estados-Unidos: la mujer.
No solo emprende, para jactarse, criminales seducciones, sino que se congrega en compañías que en el despoblado, en los lotes mal cercados con latas, se embosca y asalta á la mujer honrada y abusa de ella algunas veces, arrancándola de los brazos del marido y del amante.
En el año de 74 hubo un lance en una de las calles más conocidas de estos asaltos: el esposo riñó hasta rendirse; á la esposa la pasaron al interior de la cerca; pero aquella robusta Lucrecia, repelió á los unos, perniquebró á los otros, magulló á todos y dió tales gritos y armó tal escándalo, que la perezosa policía hubo de acudir al fin, y la cuasi víctima, desmelenada, desgarrada, inmirable, pudo exclamar como Francisco I y sus atrasados plagiarios: “Todo se ha perdido, ménos el honor.”
Los calaveras de que me ocupo, suelen organizarse y prestarse admirablemente al incendio, á los asesinatos contra los chinos y á romper vidrios ó carruajes, de acuerdo con hojalateros y carroceros, para proteger la industria del país.
El teatro de las hazañas de estos malvados, son los muelles, y suelen extender sus correrías hasta lo que se llama la _contracosta_.
Allí suelen verificarse esos asaltos con _chorizos de arena_, cuyo golpe certero en el cerebro, no deja rastro del crímen que se perpetra. A veces detienen á un viandante: uno le oprime con los dedos abajo de las orejas, hasta dejarlo sin respiracion; el otro le quita entre tanto cuanto lleva, y tal parece el grupo un corrillo de amigos; pero estas son las hazañas del calavera vulgar.
El _Jodlums pur sang_ percibe un labriego bonachon, un viajero aturdido; á esto le llama, _un green_, es decir, un verde, y ó bien le echa los brazos, dizque confundiéndolo con un pariente ó con un bienhechor, ó bien le propone un negocio pingüe, una posada cómoda, etc.
Domesticado el _Green_, se le lleva á una posada de mala ley, en que hay generalmente cantadoras y bailarinas; el pobre labriego siente palpitar su corazon; el cantinero, cómplice casi siempre del calavera, mezcla un ingrediente adecuado al vino del hombre de los campos, y allí es Troya: se le desbalija en un abrir y cerrar de ojos, y se tiene por bien librado en el desenlace del drama, si logra, con los restos de su fortuna, interesar á la inflexible policía.
El calavera que nos ocupa, aunque tenga domicilio conocido, flota en las calles y se guarece en los sótanos de las casas arruinadas ó de las que están por construir. Muchas veces sus guaridas se encuentran en las cuevas de las colinas que rodean la ciudad; aquellos antros tenebrosos son verdaderamente infernales; la orgía impera en toda su desnudez, y lo que hemos leido de peor, respecto de bohemios, de _lazzaronis_ y gitanos, no es ni sombra comparado con esos sepulcros de la honra, de la decencia, de la honestidad y de todas las virtudes sociales.
El género femenino de esta especie es verdaderamente espantoso: niñas en la flor de la vida, deshojando sus encantos en la embriaguez y la locura; quejas como aullidos; besos como cáusticos; alegrías que estremecen y horrorizan, y llega á tal extremo la perversidad, que aun cuando á aquella precoz decrepitud se ofrezca un arrimo; aun cuando la fortuna le brinde luz y bienestar, él ó ella se apegan á sus compañeros, contraen sus enlaces y forman su mundo aparte, en el corazon mismo de la sociedad.
El _Jodlums_ siempre es jóven, siempre temerario y arriesgado; va en la popa de la vida desafiando las tempestades; el calavera no muere, se pierde ó se borra de un modo insensible; una misma alma parece trasmigrar á varias personalidades.
El aumento del cuerpo de policía, los ejemplares castigos aplicados á personajes que se habian burlado de la justicia, y otras causas, han disminuido la importancia del _Jodlums_; pero cuando se le cree perdido, reaparece tremendo, y un grande escándalo sirve como de aviso de su existencia turbulenta.
El salon subterráneo, la casa de juego, son como las oficinas de este dañino personaje; la noticia de un envenenamiento, la suministracion de bebidas con brebajes que ponen á las víctimas á discrecion de los malvados; la extincion de la luz en los juegos; los enmascarados y otras fechorías, son los solaces de estos verdaderos demonios.
—Realmente espantado me ha dejado vd. con su relacion, dije á mi amigo; yo ni sospechaba siquiera en la existencia de esa aberracion social, en vista del órden, del bienestar y de la superficie tranquila de esta poblacion afortunada.
—Para completar el cuadro de estas curiosidades, deberia yo hablar á vd. de gitanos decidores de la buena ventura, de espiritistas, sobre todo, que hacen su agosto, avasallan voluntades y gozan en aquel país de números, de inmensa popularidad.
Entre los adivinadores no olvide vd. mencionar al Dr. Koern.
—Pues bien, dícteme vd.
—El Dr. Koern, vive en ese callejon sucio y oscuro que corre entre las calles de Bush y de Sutter.
Su tipo es el tipo neto del judío: gran melena, narigudo, ojo pequeño y cuerpo corcovado. El retrete en que despacha tiene el aspecto de aquellas oficinas de alquimistas que ha inmortalizado la pluma de Walter Scot, y no precisamente por hornos y retortas, lagartos disecados, y cráneos humanos, sino por el aspecto del mago ó nigromante y por el carácter de misterio que sabe comunicar á cuanto le rodea. Tiene muy numerosa clientela, recibe como un potentado, y se cree que ha reunido un inmenso caudal.
De King ya ha hablado vd. extensamente, pero no de Foster.
Del primero se dice que con perseverancia inaudita, y hace muchos años, lleva libros en que están inscritas mil particularidades, sucesos notables y nombres de personas que se hacen un tanto visibles. Para resolver una consulta se da dos ó tres dias, y en ese tiempo hace sus indagaciones, valiéndose de agentes diestrísimos.
La especialidad de Foster es la adivinacion: se cuentan de él cosas que rayan en prodigios. Se le escribia un nombre y se le decia que adivinase; para esto el doctor suministraba el lápiz ó tenia en el círculo un corresponsal, que por medio de signos imperceptibles le ponia al tanto de lo escrito. Sus manejos fueron denunciados.