Viaje a los Estados Unidos, Tomo I
Part 2
Se agobia con preguntas á los viejos marinos y á los navegantes aguerridos, que por su parte se hacen los menesterosos y dan valía á sus conocimientos, viendo con cierta piedad á los neófitos.
—Ya verá vd., me decia uno de esos marinos viejos, poseido del provincialismo de las aguas; ya verá vd. si admite comparacion aquel mar encallejonado y mezquino de Veracruz, con este mar que es un señor mar.
En aquel mar se revuelven las olas como las nueces en un talego; aquí, no señor, parece que se arrancan del confin del cielo y vienen inmensas y se elevan poderosas y se rompen á los piés de vd., que ve como despedazarse un universo de cristales.
Vea vd. qué costas inmensas y desiertas con acceso por todas partes.... dígame si con dos buquecillos como cáscaras de coco y cuatro gatos de resguardo se podrá evitar el contrabando. ¡Y qué costas! Vd. no puede calcular, aunque quiera, la inmensa riqueza de ese _Valle de Banderas_ que tenemos al frente y el partido que podria sacarse para la exportacion. Solo en maderas posee tesoros que no se pueden ni valuar; tiene vd. ébano en abundancia, _Primavera_, que es la codicia de los artistas, linaloé aromático, moral, huayacan y otros muchos árboles preciosos. Pero desde aquí hasta Compostela, donde vamos á llegar, el tabaco crece casi espontáneo, y bastaria un ligero cultivo para hacer de ese ramo un venero inagotable de riqueza.
¡Oh y qué atencion tan especial merecen los puertos del Pacífico! Sin los puertos de depósito en estas costas, sin las franquicias arancelarias, se perderán para siempre; no se canse vd.; la desmembracion del territorio, los compromisos de la independencia, no los procuran los yankees; los agentes de esa perdicion están en México, en las aduanas interiores, en las levas, en la bestial proteccion á la industria, que no puede tener otra más eficaz que la libertad y la seguridad.
Aquella rinconada que se ve desde aquí, es Ipala.
—Sí, señor, es el puentecillo en que han hecho tantos su fortuna.... á poco distinguimos á San Blas, encapotado sesgo entre las rocas, como si quisiera sustraerse á toda vigilancia. El clima dicen que es pésimo.
—Así, así; al que perdona la fiebre, le matan las calenturas, y al que no la disenteria; al sol se tuesta el cristiano, y á la sombra se encargan de la tarea de devorarlo los mosquitos y otros bichos.
Cuentan de un paisano que quiso venir á instalarse en ese puerto y paró en la casa de un andaluz su amigo. A las veinticuatro horas de estar en San Blas, ya ardia su alma y alzaba el grito al cielo. Quejóse con el andaluz; éste, sin chistar palabra, le tomó por la mano y le llevó al templo: le colocó frente á Señor San Blas, patrono de la ciudad; el santo está muy fresco, con su monterilla puntiaguda, su aire resuelto como el de un majo, el brazo tendido y en alto dos dedos de la derecha mano.
—¿Ve vd. ese caballero? dijo el andaluz á su amigo.
—Lo veo, ¿y eso qué me importa?
—¿Sabe vd. lo que quieren decir esos dos dedos?
—No, señor.
—Pues quieren decir.... ó aguantarse, ó largarse.
—Vdes. ven que el santo no se anda con chiquillas ni con escrúpulos de monja.
Poco despues de amanecer el 19, y en la mañana más alegre y fresca que puede darse, nos encontrábamos frente á Mazatlan.
Mazatlan se percibe á poco más de dos millas, le forma el mar una herradura inversa á la bahía que cierran enormes peñas, que dan idea como de que el mar corre entre ruinas á estrecharse con la alegre ciudad.
Las casitas blancas del puerto parece que bajan en tropel de la colina, atravesando arboledas, trepando sobre las rocas, corriendo por la playa en tumulto, llevando en alto astas, torres y banderas que flotan en los aires.
En la bahía percibimos una que otra nave; pero en cambio, multitud de botes cayucos y embarcaciones pequeñas, ya tendiendo sus velas, ya abriendo y cerrando en afanosa marcha sus remos, como las largas patas de animales acuáticos.
Dirigiéronse al vapor, como parvada de aves, algunos botes oficiales, otros rodearon el buque como hormigas un terron de azúcar....
Como he dicho, contábamos con hacer pié en Mazatlan; pero los hados lo dispusieron de otra manera, y de un modo inesperado, instantáneo, nos encontramos con que debiamos seguir á California. El cambio era súbito y la cuestion de presupuesto, entre otras, se nos presentó con toda su tremebunda deformidad.
Antes de partir, visitaron nuestra embarcacion los Sres. Kelly, Ferreira y otros nobles caballeros que nos hicieron generosas ofertas y se apresuraron á aliviar la suerte de los compañeros, que no por no aceptar sus favores dejaron de reconocerlos en lo más íntimo de sus corazones.
Yo recibí especiales atenciones de mis amigos Joaquin Redo y su esposa, honra y decoro de las matronas de mi patria; á esas personas quiero consignar este recuerdo de tierna gratitud.
En Mazatlan se verificó la desmembracion completa de la familia embarcada en el Manzanillo; hombres heróicos, corazones nobles, caballeros sacrificados á la idea del deber, caian como náufragos en una playa que pudieran llamar extraña, sin recursos, sin arrimo, sin otra espectativa que la de la persecucion y la miseria, y sin haber salvado otra cosa que la dignidad del hombre y las inspiraciones de la conciencia.
Vuelta la proa á San Francisco, alzadas las áncoras, viendo perderse en el horizonte las alturas de Mazatlan, como se extinguen las luces de un festin nocturno, se abatió sobre nuestras frentes la tristeza y seguimos al destino, oyendo el resoplar del vapor y sintiendo cimbrar bajo nuestras plantas el costillar del buque que cortaba impetuoso las olas.
La noche fué sombría; á deshora, D. Juanito, que se paseaba haciendo X por el salon, sin duda por el recio movimiento del buque, entonó una melodía de Shubert, acompañándose con el piano, tan tierna, tan hondamente sentida, que me pareció que habian encontrado acento todas las dolorosas amarguras, que hechas lágrimas estaban al desbordarse de mis ojos.
Llegó el momento de hacer formal conocimiento con la cocina americana.
Anúncianse las comidas con un instrumento especial que hace las veces de campana. Este instrumento es un disco de hoja de lata más grande, pero de la figura de un _comal_; á este disco, se golpea con un bolillo dejándolo resbalar vibrante, lo que produce estrepitosas notas; mejor dicho, una algarabía de ruidos encerrados en un solo ruido, de venirse el mundo abajo. Ese escándalo de hoja de lata, se llama _gongo_.
Un chino lo suspende por uno de sus lados, tomando por punto de partida la cocina, empuña el bolillo y echa á correr por todo el buque, subiendo y bajando escaleras y armando una algazara verdaderamente infernal.
La gula tiene culto especial en un buque; se toma té, se toma _lonche_, se come, se cena, se vuelve á tomar té y las quijadas pueden resolver el movimiento perpétuo con poquísimo esfuerzo.
La mesa está cubierta de platos y escudillas pequeñas con manjares, si es que tan lisonjero nombre puede darse á esas confecciones inventadas expresamente para martirio y sonrojo de los estómagos.
Maíces fresquecitos acabados de llegar de la milpa y á medio cocer, nadando en leche, con trozos de huevo empedernido, jitomates crudos que fungen, bien como frutas, bien como materia prima para ensalada, ramas colosales de ápio, erguidas sobre picheles y jarrones, tortillas de huevo que rociadas con melaza sirven de dulce, mantequilla que se mezcla indistintamente á las frutas, á las conservas y á las más repugnantes grasas, y unos pasteles de intestinos de calabaza mezclados con ruibarbo, capaces de resucitar á un muerto si se le pasa por la nariz.
Pero este es solo el pretexto; la verdadera confeccion de los manjares reside en el _convoy_, ó lo que se llama las angarillas ó aceiteras y sus adminículos.
Todos los cáusticos, todos los tósigos, todos los similares del aguarrás, del álcali y del petróleo, están encerrados en botellitas que hacen temblar las carnes, con los nombres de salsas, pikles, pimientas, polvos y sazones.
Llega el manjar, y caldo ó carne todo es uno, llueven polvos, vinagres, melazas, el caos de los sabores, la Babel de los tósigos; aquello se devora y su hervor se apaga con cerveza ó se inunda en agua, varias veces nauseabunda....
La mesa era, pues, la béstia negra para mis compañeros y para mí; pero pasadas sus embestidas, renacia el buen humor y se trataba de comunicar variedad al triste encierro que nos sujetaba.
El piano levantaba los ánimos, el aprendizaje del idioma estrechaba los vínculos, y la amabilidad mexicana hizo tales conquistas, que á poco tiempo los chinos ensayaban dancitas, los empleados tarareaban el _sombrero ancho_, el servicio se relajaba y el capitan se tiraba las barbas al ver que la _fiebre mecsicana_ hubiese invadido su ántes silenciosa y austera mansion.
Un pasajero de la Baja California, ancho de espaldas, resuelto de mirada, pero de finas maneras, me sorprendió en la tarde dirigiendo piropos á las nubes, extasiado con el espectáculo magnífico de la caida del sol (ya es conocida de mis amigos mi manía de declamar mis versos al improvisarlos, manía que me ha valido algunos chascos).
El cuadro que yo tenia delante de los ojos era de una grandiosidad inexplicable.
Moles inmensas de nubes veíanse tendidas y como superpuestas en la dilatada extension del horizonte; sobre aquella gradería aérea se condensaban grupos de nubes formando árboles, arcos, pirámides, cabezas de monstruos con garras y alas, caballos, columnas, ancianos de profusa barba y dragones gigantescos: de las extremidades de ese horizonte amplísimo colgaban cortinajes caudalosos de púrpura, que se revolvian ó se derramaban sobre las gradas: el sol, primero apareció como en el centro de un pórtico fantástico y fué descendiendo tras la gradería, trasparentándola, tiñéndola de escarlata, bordando de oro los cortinajes, circuyendo de ráfagas, árboles, arcos y columnas, dejando como en la sombra, rocas, ancianos y monstruos; descendió más y el globo inmenso de fuego tornó en raudalosas cataratas de llama las gradas, apareciendo el astro rey ahogándose en el infinito de luz que reproducian las aguas como incendiándose, en tanto que vislumbraba la luna en Oriente como inundada en lágrimas al presenciar la agonía de su hijo, el padre del dia.... El cuadro, aunque desnaturalizado por mi pluma, era magnífico, la tripulacion entera asistia á él, ébria de deliciosa admiracion. Yo estaba aislado, y como digo, declamando no sé cuantos disparates.... sentí á mi espalda un ruido y era el pasajero que me decia:
—Continúe vd., señor.... continúe vd., yo rezaba tambien como vd.
El pasajero es amigo del Sr. Pedrines, vecino de la Baja California, con quien por tal motivo contraje relacion.
—Allí tiene vd. mi casa, esa es la Baja California, yo poseo unos ranchos cerca de San José. Cierto es, continuó, que la Baja California no tiene los tesoros que la Alta; pero es opulentísima, son innumerables los ganados que sustenta, de sus minas tienen vdes. noticias bastante exactas por los escritos de los Sres. Esteva y Castillo, el comercio de la orchilla podria hacerse fecundísimo, la pesca de la ballena es ramo que ha producido cuantiosas ganancias y no tengo noticia de que se haga la pesca de la perla, que produce cuarenta y cincuenta mil pesos anuales, en mejores condiciones que aquí.
Sobre todo, hay islas no explotadas que encierran inmensas riquezas. ¿Vd. no tiene conocimiento del proyecto del Sr. D. Guillermo Andrade para enlazar por medio de comunicaciones rápidas, Guaymas, es decir, Sonora, la Baja California y San Francisco ó mejor dicho, para comunicar varios pueblos por el Golfo de Cortés?
—No, señor; pero debe ser de importancia, porque el Sr. Andrade es hombre calculador y audaz para los negocios.
—No sé los pormenores del Proyecto, aunque anda impreso en varias manos; pero sé que se reduce á pedir subvencion para las comunicaciones frecuentes entre esos puntos que á vd. digo, por medio de vapores que conduzcan pasajeros, carga y correspondencia.
Como complemento del Proyecto se pide la habilitacion como puerto de altura al de la Libertad, hoy solo de cabotaje, y el de San Felipe en la Baja California, cercano á los valles de la Trinidad, Santa Catarina y los placeres de oro que ahora se tienen que surtir de San Diego, con perjuicio de los intereses nacionales.
—De solo harina, continuó uno de los que estaban cerca de mi amigo, se consumirian más de 50,000 pesos al año. La harina de California, puesta en San Rafael, cuesta de cuatro á cinco pesos quintal, ó sean de doce á quince pesos carga; abierto el puerto de San Felipe, tendriamos carga de harina del Altar, por ocho pesos.
Lo propio que digo de la harina podria decirse del azúcar, manteca, jabon, tabaco, aguardiente, sal, maíz, frijol y otros artículos.
—Tiene vd. razon; yo he oido decir que artículos nacionales, como panocha, mezcal, sombreros, sillas de montar, zarapes, etc., tienen primero que ir á San Francisco, donde pagan derechos, y despues venirse á vender á la Baja California.
Esa tendencia á unirse una parte de Sonora en intereses con San Francisco, depende de las pésimas disposiciones fiscales, y el gobierno protegeria con solo no oprimir al trabajo.
Medio de oro hubiese yo dado á mis _vencedores_ los proteccionistas de México, porque hubieran aprovechado las lecciones sábias del Sr. Pedrines, á quien apedrearian sin duda los capataces de nuestros buenos y crédulos artesanos.
En estas conversaciones íbamos al frente del Cabo de San Lúcas: allí, en una humilde barca de pescadores, resuelto, y sin arrimo ni otra proteccion que la del cielo, ganó la playa nuestro caballeroso y leal compañero Antonio Gomez, que se separó de nosotros siguiendo la ruta que le marcó su sino.
La sencilla y majestuosa celebracion del domingo me conmovió profundamente.
Sin antecedente el más ligero, uno de aquellos caballeros, que en nada se diferenciaba de los demás, fué resultando sacerdote. Por supuesto que jamás le ví al lado de sobrinitas cariñosas de parecido perfecto del siervo del Señor; nunca le escoltaba un creyente de fisonomía humilde y estúpida; nunca manifestó esa superioridad del que por creerse en relaciones con el cielo, puede hacer de la tierra cera y pábilo.
El comedor se adicionó con una mesa cubierta con la bandera americana, y sobre la mesa un libro.
Detrás de la mesa estaba el sacerdote: en las bancas, y al rededor de las mesas se sentaron los creyentes; niñas primorosamente vestidas, señoritas adornadas con elegancia extraña, jóvenes y caballeros entre quienes reinaba el silencio y la compostura.
Nada más sencillo que aquel cuadro; pero el recogimiento, la seriedad y el espíritu religioso preponderante, convirtieron en augusto templo aquel departamento del buque y dieron solemnidad al que á primera vista parecia trivial espectáculo.
En determinado momento, el sacerdote inició, y los circunstantes formaron coros tan acordes, tan llenos de majestad, que me encantaron; y cuando por las ventanillas del buque distinguia el hervor de las olas de oro que cortaba la proa, y cuando en los intervalos del canto se oia el respirar esforzado de la máquina titánica, domadora de las aguas: en algo de vago y de infinito, tendia sus alas el espíritu, sintiéndose como enaltecido y purificado por la manifestacion del Hacedor Supremo en aquel desierto, en que como algas leves flotaban nuestras vidas en la inmensidad del Océano.
Despues de los coros, pusiéronse los circunstantes en pié y el sacerdote hizo una invocacion sublime, que conmovió profundamente.
Terminada la ceremonia, unas damas pasearon sobre cubierta, otras se refugiaron al salon, y yo, acurrucado en mi camarote, de pié y haciendo que una tablilla puesta sobre el colchon fungiese de mesa, improvisé los siguientes versos:
AL MAR
Te siento en mí; cuando tu voz potente Saludó retronando en lontananza, Se renovó mi ser, alcé mi frente, Nunca abatida por el hado impío, Y vibrante brotó del pecho mio Un cántico de amor y de alabanza!
¿Te encadenó el Señor en estas playas, Cuando Satán del mundo Temerario plagiando el infinito, Le quisiste destruir, y en lo profundo Gimes ¡oh mar! en sempiterneo grito? Tú tambien te retuerces cual remedo De la eterna agonía; Tambien como al sér mio La soledad te cercan y el vacío; Y siempre en inquietud y en amargura, Te acaricia la luz del claro dia, Te ven los astros de la noche oscura.
A mí te ví venir como en locura Desparcido el cabello de tus ondas De espuma en el vaiven, como cercada De invisibles espíritus, llegando De abismos ignorados y clamando En acentos humanos que morian Y el grito y el sollozo confundian. A mí te ví venir ¡oh mar divino! Y supe contener tanta grandeza, Como tiembla la gota de la lluvia, En la hoja leve del robusto encino! Eres sublime ¡oh mar! los horizontes Recogiendo las alas fatigadas Se prosternan á tí desde los montes. Prendida de tus hombros la luz bella, Forma los pliegues de tu manto inmenso. Entre la blanca bruma Se perciben los tumbos de tus ondas, Cual de hermosa en el seno palpitante Los encajes levísimos de espuma. Si te agitas, arrojas de tu seno En explosion tremenda las montañas, Y es un remedo de la brisa el trueno, Terrible mar, si gimen tus entrañas. ¿Quién te describe ¡oh mar! cuando bravía, Como mujer celosa, En medio de tu marcha procelosa El escollo tus iras desafía?
Vas, te encrespas, le ciñes con porfía, Retrocedes rugiente, Y del tenaz luchar desesperada, Te precipitas en su negro seno, Despedazando tu altanera frente. En tanto el viento horrible, Arrastrando al relámpago y al rayo, Cimbra el espacio, rasga el negro velo De la tiniebla, se prosterna el mundo Y un siniestro contento se percibe ¡Oh mar! en lo profundo, Cual si con esa pompa celebraras, Entre el eterno duelo, Tus nupcias con el cielo!
Cansada de fatiga, cual si el aura Tierna te prodigara sus caricias, A su encanto dulcísimo te entregas, Calma tu enojo, viertes tus sonrisas, Y como niña con las olas juegas Cuando te dan su música las brisas. Tú eres un sér de vida y de pasiones: Escuchas, amas, te enloqueces, lloras, Nos sobrecoges de terrible espanto, Embriagas de grandeza y enamoras. Cuando por vez primera ¡oh mar sublime! Me ví junto de tí, como tocando El borde del magnífico infinito, _Dios_, clamó el labio en entusiasta grito: _Dios_, repitió tu inquieta lontananza: Y _Dios_, me pareció que proclamaban Las ondas, repitiendo mi alabanza.
Entónces ¡ay! la juventud hervia En mi temprano corazon, la suerte Cual guirnalda de luz embellecia La frente horrible de la misma muerte. Y grande, grande el corazon, y abierto Al amor, á la patria y á la gloria, Émulo me sentí de tu grandeza Y mi orgullo me daba la victoria.
Entónces, el celaje que cruzaba Por el espacio con sus alas de oro, De la patria me hablaba. Entónces ¡ay! en la ola que moria Reclinada en la arena sollozando, Recordaba el mirar de mi María, Sus lindos ojos y su acento blando. Si una huérfana rama atravesaba, Juguete de las ondas, cual yo errante, Léjos de su pensil y de su fuente, La saludaba con mi voz amante, La consolaba de la patria ausente.
Si el pájaro perdido iba siguiendo, Rendido de fatiga, mi navío, ¡Cuánto sufrir, Dios mio! Su ala se plega, aléjase la nave, Y se esfuerza, y se abate y desfallece, Y convulsa, arrastrándose en las ondas, El hijo de los bosques desparece.
En tanto, tus inmensas soledades La gaviota recorre, desafiando Las fieras tempestades. Entónces, en la popa dominando La inmensa soledad, me parecia Que una voz á lo léjos me llamaba, Y acentos misteriosos me decia: Y yo le preguntaba: ¿Quién eres tú? ¿de la creacion olvido Te quedaste sus formas esperando Engendro indescifrable, en agonía Entre el ser y el no ser siempre luchando? ¿Al desunirse de la tierra el cielo, En tus entrañas refugiaste el caos? ¿O mágica creacion, rebelde un dia Provocaste á tu Dios, se alzó tremendo: Sobre tu frente derramó la nada Y te dejó gimiendo A tu muro de arena encadenada?
¿O promesa de bien, en tus cristales Los átomos conservas, que algun dia Cuando la tierra muera, Produzca con encantos celestiales Otra luz, otros séres, otro mundo, Y entónces nuestro suelo A tus plantas se llame mar profundo En que retrate su grandeza el cielo?
* * *
Hoy llegué junto á tí como otro tiempo Siguiendo ¡oh libertad! tu blanca estela; Hoy llegué junto á tí cuando se hundia En abismos de horror y de anarquía La linfa de cristal de mi esperanza, Y hoy como en otro tiempo la voz mia, En himno se tornó de tu alabanza.
Porque tú eres un poema de grandeza, Porque en tí el huracan sus notas vierte, Luz y vida coronan tu cabeza, Tienes por pedestal tiniebla y muerte.
* * *
Nadie muere en la tierra; allí se duerme De tierna madre en el amante pecho: Velan cipreses nuestro sueño triste Y riegan flores nuestro triste lecho. Solitaria una cruz dice al viajero Que pague su tributo De lágrimas y luto En el extenso llano y el sendero.
En tí se muere ¡oh mar! ni la ceniza Le das al viento: en la ola que sepulta La rica pompa de poblada nave Nada conserva las mortales huellas, Se pierden.... y en tu seno indiferente Nace la aurora y brillan las estrellas.
A tí me entrego ¡oh mar! roto navío, Destrozado en las recias tempestades, Sin rumbo, sin timon, siempre anhelante Por el seguro puerto, Encerrando en mi pecho dolorido Las tumbas y el desierto....
Pero humillado no; y en mi fiereza, A tí tendiendo las convulsas manos, Sintiendo en tí de mi alma la grandeza, Y ahogando mi tormento, Le pido á Dios la paz de mis hermanos: Y renuevo mi augusto juramento De mi odio á la traicion y á los tiranos.
ENERO DE 1877.
A bordo del “Granada” en el mar Pacífico.
GUILLERMO PRIETO.
El amor irreflexivo de padre me hizo enseñar mis versitos, y cátenme vdes. en posesion de la más molesta, perjudicial y engorrosa para mí, de todas las reputaciones: la reputacion de poeta.
A ella debo que mis estudios más sesudos se hayan graduado de quimeras; de ello ha tomado pié la maledicencia para pintarme como un sér insustancial y soñador; por ella cualquier _quídam_ me hace objeto de sus sátiras y soy el tema obligado de todas las detracciones y calumnias. Ella me hace la mina inagotable de las gracejadas de todos los necios, y el objeto predilecto para los desahogos de los pedantes y malvados.
Yo tengo aversion al título de poeta, entre otras cosas, porque no lo merezco: doy todos mis laureles por una gota de olvido de mi manía.
Pero no hubo remedio. Joaquin Alcalde y yo fuimos los poetas del buque; en ménos que canta un gallo, se nos volvieron todas nuestras compañeras de viaje, literatas y sentimentales, llovieron _álbums_ y aquello fué una gloria.
A persona tan circunspecta y retraida como Francisco Gomez del Palacio, le asediaban pidiéndole traducciones de nuestros versos, y este buen amigo pegaba el grito al cielo por la tarea que le imponian nuestra facundia y los deberes de urbanidad.
La fiebre poética se apoderó hasta del sexo fiero, y no faltó bigotudo que se hiciera conducir á mi presencia con su intérprete, diciéndome que cuánto podia bajarle en el precio de una pequeña cantidad de versos de tristeza y de amor.
Pero tal circunstancia estableció la confianza, menudeaban las confidencias, se hacia comunicativa la alegría y era de escucharse _un palomo_ coreado por las lindas hijas de Guillermo Penn y de Washington, con sus medias lenguas.
La aurora del 25 de Enero nos saludó anunciándonos nuestro pronto arribo al puerto de California.
El buque tenia más aseo y estaba más engalanado que de costumbre; los chinos, desde las tres de la mañana, habian hecho maniobrar sus bombas, y chorros y cataratas de agua habian dejado la embarcacion como un espejo.