Viaje a los Estados Unidos, Tomo I

Part 19

Chapter 193,921 wordsPublic domain

—Sí puede ser. Yo trabajaré todo el dia, como vd. me dice; pero luego que termine yo mi trabajo, vd. me dará durante una hora mi leccion de piano, porque yo quiero ser artista: con mi trabajo pago á mi maestra.

—Yo, dijo Guadalupe, le volví la espalda, y ella replicó:

—Es que acepta muy gustosa mi propuesta una paisana mia que lo hace muy bien; pero su método de vd. es mejor.

—¿Me dará vd. insolencia? repetia colérica Guadalupe.

Y la mamá y las otras dos jóvenes reian, llamándola “muy mexicana.”

—_Fidel_, me decia un viejo frances visita de la casa, que me profesaba particular cariño. Aquí los criados son trabajadores como los artesanos; aquí, propiamente hablando, no hay servidumbre á la manera que vdes. lo comprenden.

Un criado se contrata para determinados quehaceres, asiste á la casa como á su oficina á desempeñar sus obligaciones, llena éstas y queda en libertad para otros trabajos ó sus placeres en la calle.

Es muy frecuente que su cocinero de vd. le tome la delantera en un teatro, ó se siente en un _bar-room_ á tomar ostiones.

—Pero eso es repugnantísimo.

—¿Por qué? le choca á vd. un pintor? un músico? pues yo no sé que tenga más importancia que un cocinero. Todo es cambio de servicios. Todo es el mismo proloquio: dinero por mi pan, nada me dan; pan por mi dinero, nada agradezco al panadero.

—Todo estará muy bueno; pero ese igualamiento no puede ser; ese criado un dia tira á vd. con un trasto en la cabeza, le replicará á todo, será insoportable.

—Nada de eso, porque á la primera falta le pondrá vd. en la calle. Su interes, por otra parte, le obliga á cumplir con exactitud, concurre á la casa como á su taller ó á su oficina: lo que hay de cierto es que el _amo_ no ultraja al criado, no le quiere corregir en su vida íntima, ni se mete en las poridades de su conciencia; en las noches es libre, y hace de su tiempo lo que le parece. Estas casas, que son una prision para las criadas; esa comunicacion de carácter clandestino con niños y niñas, trae inconvenientes de otro género; tal vez se priva uno de esos criados viejos que se identifican con los amos y son modelos de lealtad y amigos llenos de abnegacion en sus infortunios; pero en cambio, pocas veces aquí el criado es el cómplice de una maldad; en fin, tendrá su pro y su contra la servidumbre constante en el interior de la familia; pero sí aseguro á vd. que con el sistema americano, gana mucho la dignidad humana.

—_Fidel_, vd. se ha _ayankado_, vd. no discurre como mexicano.

—No, señora; si apruebo lo que el señor dice, es porque no veo inconveniente en que luzca su trabajo el lacayo, en que si es instruido, se abra camino y ocupe un asiento en el congreso; ¿por qué no?

Yo conozco lacayos mucho más ameritados é instruidos que muchos próceres de alfanje al cinto, que no tienen más méritos que extorsionar á los pueblos y oprimir á los infelices.

No obstante lo expuesto, el americano es poco afecto al servicio doméstico; aquí los chinos desempeñan esas tareas; excelentes cocineros, buenos y dedicados jardineros, peones del campo y trabajadores asíduos, se concitan el odio de los yankees, cabalmente por la competencia terrible de sus menores salarios; pero esto mismo los hace acreedores á mil consideraciones.

Los chinos han sido los grandes obreros de los caminos de fierro; su sobriedad y su decision para el trabajo, los hace apreciables. En los negocios, los comerciantes han hecho muy considerables fortunas.

Hay más de cien mil chinos en todo California, la mayor parte de ellos, hombres. Las mujeres, que llegan en corto número, se dedican á la prostitucion, y se acusa á muchos de los hombres de vicios infames.

Pero el chino, con generalidad hablando, es perseverante, económico, sufrido y de gran flexibilidad para toda clase de ocupaciones.

Reservado y astuto, siempre que puede engaña á las personas con quienes trata, y espía el medio de descargar sobre otro su responsabilidad.

Gran parte de los chinos que llegan á San Francisco dependen de las compañías formadas expresamente con el objeto de proteger la emigracion. Dícese que estas compañías tienen ostensiblemente objetos caritativos y de beneficencia, y que realmente hacen poderosas especulaciones.

Las compañías se denominan y tienen de fondo:

Wing Yung $ 75,000 Hop-Wo ” 10,200 Sam Yup ” 10,100 Yan Wo ” 4,300 Kong Chow ” 15,000

Cada compañía tiene un presidente elegido por los comerciantes y los ricos únicamente.

Los alemanes, aunque en gran número, pocas veces se dedican á la servidumbre, establecen á los cuatro vientos sus chozas ó tiendas, guareciéndose algunas ocasiones bajo una carreta; de los primeros cuatro palos que tienen á mano, construyen un _bar-room_, en que se expende cerveza; sin esa circunstancia, la iniciativa de poblacion es como trunca y defectuosa. En pos del tonel viene la Biblia. El templo protestante y el _bar-room_ son como las piedras angulares de la futura poblacion.

El aleman se instala con familia y trabajan todos los miembros de ella asíduamente: sóbrio, económico, previsivo y constante en el trabajo, no aventura un paso sin sentir muy firme el terreno.

Admira la audacia del _yankee_, elogia los arranques de su génio emprendedor; pero él no abandona sus prácticas; modesto, reservado con el americano, expansivo y servicial con sus paisanos. El aleman es como ciertos insectos, no se perciben hasta que no se trasforman en mariposas, ó más propiamente, el aleman _es la araña de la mosca del yankee_.

El uno audaz, pero frívolo; el otro, cauto y reflexivo; el _yankee_ es el hombre de hoy; el aleman el de mañana: el _yankee_ en una empresa entrega muchas probabilidades al acaso; el aleman ninguna. Diez alemanes se hacen ricos con las locuras de un _yankee_; el _yankee_ pocas veces explota á un aleman. En sus juegos de astucia, el aleman semeja á esos gatos que dormitan sobre una silla al parecer, que se descuidan y no se aperciben del raton que va, vuelve y se solaza á sus piés; pero en el momento ménos pensado, cae el raton, rendido de fatiga, en las garras del gato papalon.

Por este estilo fué la plática de la casa de Guadalupita, que disipó su mal humor con los chistes y con el agrado de sus apreciables hermanas.

Serian las once de la noche cuando nos retiramos de la agradable tertulia: la noche era hermosa, la mitad de la calle estaba alumbrada por la luna: en la otra mitad se proyectaba la sombra, abriendo claros de trecho en trecho, en las puertas y ventanas, la luz artificial.

De pronto, detuve á mis compañeros, porque me pareció que torciamos por una calle cerrada: un gran edificio nos obstruia el paso.

—Vamos bien, esta es la calle.

—¿Cómo ha de ser? ¿No ven vdes. que vamos á dar de narices contra esas paredes?

—Esa es una casa que anda.... acércate, me dijeron.

Y yo, con estupor, me acerqué. En efecto, venian varios trabajadores conduciendo una casa en forma, con todas sus cosas: la habian sacado de su quicio, y por medio de rodillos, cables y palancas, la trasladaban á otro lugar de la ciudad.

La casa era de tres pisos; pero lo que me sorprendió fué que en esos pisos habia gente, se veian las recámaras con unas criadas, y las camas hechas y en tren de no interrumpirse los quehaceres comunes.

—¡Esto es singular! singular! decia yo.

—Singular para vd.: aquí no hay cosa más comun.

—Pues mucho más le sorprenderia á vd., me decia otro amigo, lo que sucedió hace pocos dias en la calle de Washington. Un propietario queria aumentar su casa. Vió á uno de nuestros célebres ingenieros, y éste hizo de modo que independió un piso del otro, suspendiendo realmente en el aire una seccion de la casa: intercaló el nuevo piso y volvieron las cosas á su estado normal, sin que se hubiese desarreglado nada, ni interrumpido la familia sus costumbres: por ese estilo se verificó una ampliacion de terreno en la calle del Mercado.

—Es verdad que se trata de casas de palo; pero siempre tienen fierro y ladrillo, y el conjunto compone moles inmensas.

Yo seguí gran trecho viendo andar la casa y admirando la tranquilidad, mejor dicho, la indiferencia que mostraban en el interior de ella los habitantes.

Despues, en las colonias nacientes, en los caminos desiertos, me he encontrado verdaderas habitaciones y aun oficinas sobre carros, con sus rubros:—_Gran Galería de Pinturas._—_Fotografía._—_Sastrería._—_Dentista._

Una de esas habitaciones que encontré en otro tiempo en Tejas, era de hoja de lata: las personas formales iban entregadas á sus ocupaciones, en medio del ruido infernal que producian los juegos de los niños; pero estos edificios ambulantes en California fué la primera vez que los ví, y me dejó estupefacto el espectáculo.

XXI

Hábitos íntimos.—Los niños.—La muñeca.—Artistas.—Compañías de buques.—Tráfico marítimo.—Escuela de ciegos y sordo-mudos.

AUNQUE mis relaciones, en su mayor parte, adolecian de una novedad muy poco á propósito para interiorizarme en las costumbres íntimas de las casas, no obstante, procuraba observar con la mayor atencion las costumbres, y expongo mis impresiones, sin poder asegurar si bosquejo retratos ó trazo particulares cuadros.

La configuracion de las casas, el espacio limitado que ocupan y su falta de patio, hacen que los niños vivan en la calle, y yo no sé si en ella recogen sus primeras semillas de independencia, si allí adquieren el hábito de la vida exterior y vagamunda, y si esa separacion del hogar contribuye á laxar los vínculos de familia que positivamente son muy débiles.

Dan no solo los americanos, sino todos los habitantes de los Estados-Unidos, grande importancia á los ejercicios corporales; la quietud preceptiva del niño se veria como un atentado contra su salud.

En los juegos, en las conversaciones, en las reprimendas, se cuida mucho de no humillar al niño ni familiarizarlo con dictados infamantes, como ladron, sin vergüenza, holgazan, come de balde, tragon, etc., como hace entre nosotros gente que se tiene por bien educada.

Cuando un niño aprende casualmente una palabra inconveniente, no se fija en ello la atencion, se deja correr sin reprension y así se consigue que la olvide.

Tampoco se hacen otras correcciones á título de honestidad, y acaso este es el secreto de que niñas mayores, bien educadas, conserven su pureza.

En los juegos se cuida mucho de la imitacion del trabajo: acarreo de tercios en carros, exportaciones de efectos, importaciones, son objetos de su divertimiento.

Multitud de juguetes no son sino lecciones disfrazadas, sobre ferrocarriles, telégrafos, teléfonos, mecánica, etc., etc.

Abundan en cantidades asombrosas los cuentos morales ilustrados, fábulas, máximas, y cuanto puede hacer amable la sólida moral. En este punto, creemos no sobresale ningun pueblo al lado de los Estados-Unidos.

En las tertulias familiares, en la vida íntima, casi nunca se rechaza ni se expulsa á un niño, creyendo los padres que precisamente es bueno asistan al centro de las buenas maneras, de la educacion esmerada y del puro y correcto lenguaje.

En las grandes procesiones los niños ocupan el primer lugar. En los buques los niños son los primeros llamados á la mesa. En las líneas de ferrocarriles, un niño está seguro de tener todo género de consideraciones.

Desde la edad más temprana, el niño asume la responsabilidad de sus acciones; se le deja el desarrollo de sus fuerzas y su inteligencia; se le enseña el ahorro, siendo muy comunes las alcancías, y en algunas casas labra su tierra y goza del fruto de su trabajo.

Luego que tiene siete años, se lava por sí mismo, cepilla su ropa y va y viene solo á su escuela ó su quehacer.

Respecto de las niñas, la dedicacion es más esmerada. La cuerda, el arco, los ejercicios gimnásticos de salon, desarrollan y embellecen sus formas.

La muñeca grande es digna de estudio.

Una muñeca grande es un instrumento de enseñanzas.

Ella sirve de figurin: el túnico, el gorro, el entallar, el bien parecer, son ejercicios á que se habitúa la niña cuidando á su muñeca.

La muñeca grande se sienta en alto, remeda la visita, alecciona á la niña en los hábitos de buena sociedad, al andar, sentarse y mantener la debida compostura.

La muñeca chica busca el suelo, el vestido es el frunzon, y el bodrio y la tertulia que provoca, es el escondrijo y las maneras degradantes é impropias.

El sentimiento de la dignidad se inculca en la última niña con el mayor cuidado, y la ciencia y las artes se hacen niñas para que los niños y niñas las llamen á sus juegos y obtengan su conocimiento benéfico.

La esmerada pulcritud en el vestir de los niños, hace que se convierta en ellos en hábito la elegancia en años más entrados, y que se relegue la suciedad, como corteza del vicio, á las clases realmente abandonadas.

La mentira, el ocio, la degradacion, se combaten desde que el niño abre los ojos, dando suma importancia á todo lo que nos parecen á nosotros pequeñeces en materia de educacion.

El niño, aun para sus juegos, se enseña á buscar el ahorro del trabajo, utilizando la maquinaria y la mecánica; por esta razon, al frente de un obstáculo cualquiera recurren á su navaja, que es su sexto dedo, ó á una palanca, ó á una polea.

Al frente de un tercio, para removerlo un mexicano se lanzará sobre él, le meterá los puños, se doblará para alzarlo y ponerlo en sus hombros: el yankee correrá en busca de un morillo ó de unos rodillos, ó rodará ó hará girar el tercio, sin pensar, sino en último extremo, en cargarlo.

Más que el trabajo, el negocio es lo que seduce al americano, siendo para él la misma vida una especie de juego de azar.

Volviendo al niño, su ideal desde la escuela, es depender de sí mismo y ser dueño de sus acciones; esa responsabilidad individual le cria el instinto del propio gobierno y reduce la accion del poder público, sin interrumpir sus legítimas funciones. De todas maneras, los grandes principios conservadores de la sociedad, están en la escuela.

Constantemente se ha hecho la observacion, mejor dicho, se ha convertido en una tradicion de rutina, la de que los americanos tienen poca aptitud y mal gusto para las bellas artes. Yo carezco de datos para asegurar cuál sea el estado de las artes en California, pero en general, se me han ocurrido las siguientes consideraciones.

La poblacion heterogénea de California, es de gente que va en busca de fortuna: en los dias del descubrimiento del oro, como se ha visto, se buscaban con ahinco los elementos de subsistencia, los artículos de primera necesidad, y en aquel tragin y en aquella existencia agitada, hubiera sido un positivo estorbo una estatua ó un cuadro precioso.

Pudo el capitalista ostentoso, despues de establecido, adquirir un milagro del arte; pero no educado, y solo por fátuo, ha preferido la compra de un original de cualquiera pintor ó estatuario de reconocida reputacion; y de esto hay ejemplos.

El americano no se provee de cosas de lujo hasta que no posee todo lo necesario: de ahí es que en materia de útiles domésticos, dudamos que tenga competidores un americano.

Los cuidados higiénicos en la habitacion, las bombas ventiladoras y caloríferos, los lechos, los medios de la purificacion del aire y del agua, y hasta lo más imperceptible, está atendido con esmerada delicadeza.

La prosperidad de los Estados-Unidos está manifestada, ménos en los opulentos capitales que en la subdivision inmensa de fortunas, y entre esta mayoría se conoce mucho la movilizacion del dinero: ellos juzgarian una locura, tener inactivo su dinero en una famosa galería de pinturas.

La generalidad de la demanda es la verdadera proteccion del arte, y en los Estados-Unidos los hábitos se oponen á esta cultura.

Figuras llenas de oropeles en actitudes provocativas cromolitográficas más ó ménos vergonzosas, fotografías excelentes, suplen á las necesidades reducidas de esos negociantes.

No obstante, en la pintura de paisajes cuentan los californios artistas de gran mérito.

Acuerda el voto público la palma á M. Hill, decano de los pintores, quien más que pintar calca con vehemente colorido las vistas de los tendidos valles, los gigantescos árboles y los torrentes impetuosos.

El valle de “Yosemita,” tan célebre por su hermosura apasionada, ha sido la mina inagotable de su inspiracion. En sus cuadros se ve suplantada, sorprendida la naturaleza; no atraviesa sus horizontes el aura vivificadora del arte. La parte mecánica no deja que desear; parece que distingue uno á la naturaleza por una cámara oscura.

Kecth, paisajista, tambien tiene mayor intencion poética: hay algun celaje que recoge las sonrisas del sol; hay una rama que se inclina enamorada á verse en la corriente; hay una ave que tiende su vuelo al infinito de las sombras y que dora sus alas un furtivo rayo de sol.

Aunque sobresaliente el mérito de Mr. Virgilio Williams, parte de su celebridad la debe á su carácter fino y caballeroso, á su buen gusto y al empeño de fomentar la escuela de dibujo, de que es digno maestro.

Marple, Rosenthal, Jobe-Irwing, son retratistas notables, lo mismo que Tojetti, retratista italiano muy jóven, que hace grandes progresos.

Entre estos artistas, que un dia elevarán al rango que merece su escuela, merecen especial mencion Couller y Books, el primero pintor de marina, el segundo de costumbres.

Y á fé que cada uno en su género necesita muy especial aptitud.

Esos grandes espectáculos que todos tenemos la facultad de asimilárnoslos y engrandecerlos con nuestros propios sentimientos, con nuestro modo peculiar de concebir lo grande y lo bello, son de dificultad extrema; porque siempre hay más poesía en el alma que la que puede verter la palabra y remedar el pincel; siempre lo más sublime de esos espectáculos queda dentro del espíritu del que los admira.

El pájaro perdido que vuela sobre las olas; el celaje que flota perdido en el horizonte tempestuoso; la barquilla solitaria alumbrada en la inmensidad de las aguas por los últimos rayos de la luz; la feria alegre; la querida que espera ansiosa la llegada de aquella barca que viene en lucha con las olas enfurecidas, todo necesita por intérprete un gran poeta, para que florezca un pintor excelente.

¿Y el cuadro de costumbres? ese Fígaro del colorido, ese pincel proteo que travesea con el muchacho, cuchichea con la vieja, y sabe reir malicioso con el viejo caricato y su cuidadora gazmoña, pintores son estos que confunden al filósofo y al poeta y merecen doble corona cuando logran el acierto.

Por lo demás, el establecimiento de la sociedad artística y de la escuela de dibujo, cuenta con pocos años de existencia, y en esos pocos años ha producido ópimos frutos.

Obra de la iniciativa particular, se instaló bajo la direccion de Mr. Brunel, con solos veinte mil pesos: asociáronse al pensamiento benéfico cuatro ó cinco mil personas con suscriciones de á uno y dos pesos, y en seis años es un establecimiento que no desdice de los mejores de los Estados-Unidos.

Ocupábame en mis anteriores apuntaciones, cuando se entró de rondon en mi cuarto Joaquin Alcalde, vibrante aún de la expedicion que habia hecho á Oakland y su visita á la escuela de sordo-mudos y ciegos.

Iba y volvia del uno al otro extremo de la pieza, hacia el ciego, gesticulaba como los sordo-mudos; en una palabra, su rica imaginacion, su sensibilidad y su facultad mímica inimitable, estaban en accion por las poderosas impresiones que acababa de recibir.

—Cuénteme vd. en órden, refiérame por partes lo que ha visto.

—¿Vd. conoce el muelle de Oakland? me preguntó.

—Le he visto de léjos, contesté; me parece muy grande.

—Sépase vd., continuó, que como muelle de madera acaso es el primero del mundo; tiene capacidad para cargar y descargar á la vez ocho buques, mantiene en depósito constantemente veintiuna locomotoras, y además, transitan por él constantemente un sinnúmero de carruajes.

—¿Y esa es la causa de la admiracion de vd.?

—No, señor, ese es un incidente; mis impresiones han sido en el colegio de sordo-mudos y ciegos de Oakland.

—Por eso digo á vd. que me haga favor de imponerme en órden.

—Como vd. sabe, la Sra. Ramirez, tan servicial, tan generosa y buena con todos nosotros, se dignó invitarnos para este paseo.

Atravesamos el muelle de Oakland, cruzamos la bahía y tomamos el ferrocarril. Nuestra primera sorpresa al entrar en los wagones, atravesar en toda su extension la naciente ciudad, llena en sus alrededores de ricas sementeras, viñedos y jardines, fué no pagar por nuestro trasporte.

—¡Eso es una ganga!

—Sí, señor; los propietarios de las tierras, para valorizarlas y crear la necesidad del tránsito, dan por ahora grátis el pasaje, y es uno de los grandes estímulos que ha tenido para su pronto desarrollo la poblacion.

Caminamos sobre cuatro millas y me fijé en las ruinas que habia dejado el incendio entre unos campos, los más risueños y mejor cultivados de la comarca.

—“Esa era la escuela, me dijo la señora que nos conducia; esos altos muros surcados por la llama; esas ventanas sin objeto como los huecos de una calavera, eran grandes salones, animados talleres y lugares de instruccion y recreo.

“La noche del 17 de Junio de 1875, durante una espantosa tempestad, se declaró el fuego en torrentes de llamas con una voracidad inextinguible.

“Antes que todo, amigos, vecinos y transeuntes acudieron al lugar del siniestro, y sin distincion de personas, abrieron sus puertas y pusieron en salvo á los niños en poco más de diez minutos.

“Humeantes aún esas ruinas, la caridad pública acudia al desastre y se reunian cerca de cien mil pesos para la reparacion de la obra.”

Corria el coche por entre sombrías arboledas, con jardines de uno al otro lado del camino; los que fungian de peones eran jóvenes sordo-mudos, sencilla, pero decentemente vestidos, que suspendian sus tareas para saludar á la Sra. Ramirez, con alegría y con amor, como que es de las bienhechoras más asíduas de la escuela.

Detúvose al fin el carruaje y entramos al edificio provisional que está sirviendo de escuela, en donde, como es de suponerse, no hay la amplitud y propiedad que habia en el edificio incendiado. Algunas cátedras están unidas, en otras no se completan los muebles y todas se resienten de lo transitorio de su situacion.

M. Warrin Wilkson, que es el director de la escuela, y que nos hizo con exquisita finura los honores de la casa, nos mostró sus departamentos, en que unidas á la limpieza y al buen órden, se percibian las atenciones de un padre solícito y amante.

En el establecimiento, y acomodándose á las necesidades especiales de los alumnos, se dan la educacion elemental y la que se comprende en lo que se llama _grammar schools_, no echándose de ménos ningunos de los sagaces procedimientos que se emplean en ese género de educacion, en los establecimientos de Lóndres y Paris.

En uno de los salones de estudio hicimos conocimiento con los alumnos sordo-mudos.

Aseados, despiertos, destrísimos en su lenguaje de signos, y con aquella mirada centellante, indagadora, maliciosa del sordo-mudo, nos examinaban atentos.

Hicimos á algunos niños preguntas sobre la historia de México, y contestaban escribiendo en el pizarron, con tal certidumbre, exactitud y aplomo, que quedamos sobremanera complacidos.

Por sus propias inspiraciones, una de las alumnas, al hablar de la historia contemporánea, concluyó deseando paz y prosperidad á esta tierra mexicana, bendecida por el cielo.

Los ciegos, con aquellas fisonomías de exhumados, con aquellos rostros dejados á guardar en la tierra, miéntras sus almas vagan en lo desconocido; los ciegos, digo, mostraron adelantos sorprendentes.

Entre todos los que se educan en la escuela, llamó mi atencion y captó mis simpatías una jóven sordo-muda como de diez y seis años.

—Vd. no tiene idea de una fisonomía más expansiva, de una alegría más ingénua y de facciones más movibles y elocuentes.

Preguntáronle á qué nacion habia pertenecido California, y con su manecita primorosa escribió “México,” no sin dirigirnos una mirada llena de expresion delicadísima.