Viaje a los Estados Unidos, Tomo I
Part 18
Estas sociedades se prestan á especulaciones desastrosas: es muy comun que los empresarios poderosos acumulen acciones y pongan la ley á los débiles. Este juego se llama _regar el capital_ (stock watering): se calcula que en el año pasado, veintiocho compañías pusieron en juego 400 millones de pesos!!
“Se ha notado, dice un escritor americano, que los privilegios de las compañías están en razon directa de los recursos con que cuentan _para comprar diputados_.”
El esplendor con que viven los capitalistas, el hábito de ver caer y levantar á los especuladores, cierta aura, cierto renombre que rodea á los hombres atrevidos, suele producir crísis como la del año de 1869.
Los derroches, los despilfarros, la falta de probidad, se quiere equilibrar ó dicen que se equilibra con las instituciones caritativas, que tienen con esto el complemento de aquella máxima de: “Bueno es encender dos velas, una á Dios y la otra al diablo.”
El juego, como es de suponerse, es la manía, la locura de California, aunque se dice que está prohibido: tal circunstancia influye para que las casas de juego no tengan la apariencia ni el lujo que otros establecimientos análogos; pero en cambio, el consumo de licores exquisitos es extraordinario en esos lugares en que se improvisan y se pierden grandes fortunas.
Cuando terminó el almuerzo, álguien propuso un paseo á pié por el Parque, que fué aceptado con entusiasmo.
El panorama que se veia en aquel lugar delicioso, era encantador.
A nuestra espalda se hundia el sol, sin sus rayos, como un inmenso globo de oro en un hirviente piélago de llamas.
A nuestra izquierda y á nuestro frente estaba apiñada la ciudad, y se veia como los semblantes de una multitud que invade una altura y se empina para ver pasar algo á sus piés. A nuestro rededor habia colinas llenas de árboles, y flores, y ondas, que formaban altos médanos y hondonadas de arena, y en una de esas cuencas descollando las delgadas puntas de los pinos, las cúpulas de los robles, y dejando percibir entre los troncos y el follaje, los blancos sepulcros y las soberbias estatuas del cementerio.
Yo caminaba con un anciano español, muy conocedor de las costumbres americanas: viendo mi preocupacion y sabiendo la causa, me dijo:
—¿En qué piensa vd., que le he dirigido dos ó tres veces la palabra y no me contesta?
—Pienso, le dije, en esto que han platicado vdes. sobre el OMNIPOTENTE DOLLAR; ni afectos, ni artes, ni moral, ni nada es posible donde todo está metalizado.
—Hay muchas y muy honrosas excepciones, esencialmente en el Sur; pero en general, es exacta la pintura.
—Figúrese vd., continué yo, que en mi tierra puede decirse que se peca por el extremo contrario. _Contigo pan y cebolla_ es comedia que se representa con más frecuencia que la conveniente; es característica y universal la fórmula de la madre de familia respecto de su hija: _Yo quiero para mi hija un hombre de bien, que la ame mucho_. Nada más frecuente que la espera de cinco y seis años para que mejore de fortuna el amado del corazon de una jóven. Nada más vulgar que en los frecuentes cambios de fortuna, consecuencia de las vicisitudes políticas, ver trasformar á la mujer exigente y antojadiza, en sufrida y llena de abnegacion; nada nos parece más cotidiano que la pasion vehemente de una beldad llena de encantos, por un escribiente de oficina, sin un cuarto, miéntras la rodean con sus seducciones los hombres del poder y del oro; no, en ese punto, México es adorable, y sus mujeres, las primeras de la tierra.
—Pues para que vd. vea, dijo el español, hasta dónde destruye los vínculos más sagrados el amor al dinero, voy á contar á vd. una de mis primeras y más hondas impresiones en los Estados-Unidos.
Visitaba con cierta intimidad, en uno de los Estados del Norte, una familia compuesta de cinco personas. El padre de la casa, agente de negocios; la mamá, frondosa y frescachona; dos hijas como dos perlas, Katy y Mary, y Jhon, jóven elegante, de los típicos del mundo elegante.
Tomábamos juntos el _the_ todas las noches; el papá se iba al Club, en seguida, con sus amigos: una chica se acuartelaba con su novio en un extremo de la sala; la otra tocaba al piano con desgano; dos ó tres amigos leian sus periódicos, tendidos bocarriba sobre sus asientos.
La noche del suceso que voy á referir á vd., despues de tomar el _the_ el papá en la mesa, sin mantel, con una pequeña servilleta blanca y encarnada y unos cuantos bizcochos, se sentó en cuclillas, dando la espalda á la chimenea que ardia.
Jhon estaba á poca distancia del papá, y el reflejo de la chimenea daba en sus lustrosos botines, cosidos en la pala con seda, haciendo curiosas labores.
—Rico calzado, dijo el papá, dirigiéndose á Jhon, y debe ser costoso.
—Muy costoso: yo lo sé, puesto que á mí solo me cuesta mi dinero.
—Es brusco el muchacho, nos hizo notar el papá.
—Oh! no, señor, es franco, dije yo.... mortificado de la respuesta, y queriendo borrar su impresion.
—El es así: gasta, dijo su padre; pero en la casa come desaforadamente, mortifica á sus hermanas, que todo se lo hacen de balde, y es insoportable con los criados.
—Como que no habrá vd. visto casa como esta, me dijo Jhon, ni mujeres más abandonadas, ni comida más detestable, ni criados más estúpidos.
—Eso tiene un remedio, hijo mio: el hotel. Vete por allá y serás servido á las mil maravillas.
Oia yo con infinito disgusto aquel diálogo, sin saber cómo cortarlo.
—Por supuesto, que si desde ahora me voy al hotel, figure vd.: por veinte reales, buenas piezas, excelente comida, baño, entrada libre. Queda vd. entendido, querido papá: me marcho al hotel.
Reinó profundo silencio despues de este diálogo: yo, sacando fuerzas de flaqueza, hablé de viajes, de modas, de teatros; pero suponia que estaban al hacer explosion los disgustos, que como negras nubes, estaban amontonadas en aquel sitio.
Jhon se acababa de poner los guantes, tiró de su cordoncillo del puño para sujetarlos, tomó su baston y su sombrero, y se despidió, tarareando alguna cancion entre dientes.
La mayor parte de las casas americanas tienen el porton á la calle, y una escalerilla que da á la banqueta: pisaba ésta Jhon, cuando el papá, desde el primer escalon, le decia:
—Jhon?
—Papá.
—¿Cuánto me dijiste que ibas á dar en el hotel?
—Veinte reales.
—Oye, si quieres quedarte en la casa por doce reales, puedes hacer cuanto quieras, y á más se dará bola á tus botas, sin cobrarte de más.
—_Oll rihgt_, dijo Jhon, y el padre y el hijo quedaron los mejores amigos del mundo.
—Eso no tiene nombre, dije yo, agarrándome la cabeza con las dos manos.
XIX
Tabaquerías.—Personajes célebres.—Salones aristocráticos.—Un entierro.
ENTRE la multitud de avisos con que se pretende llamar la atencion del público, sobresalen los de las tabaquerías, que además del aparador con cajas de polvos, pureras, bolsas de budruz, mechas, eslabones, cajitas de tabacos, etc., y además de la enorme pipa suspendida en la puerta, que puede distinguirse á media legua, hay una estatua enorme sobre su pedestal de madera, que invade la banqueta y casi tira de la ropa á los transeuntes.
Estas estatuas, verdaderas blasfemias de la escultura, representan indios bravos, con su penacho y su cendal de plumas, marinos barrigones y abiertos de piernas, con su sombrerillo de paja y su enorme puro entre los lábios, negros que corren con un mazo de puros en las manos, soldados y contrabandistas de navaja al cinto y de fusil terciado.
La mayor parte del comercio de tabacos está en manos de habaneros y españoles, siendo innumerables estos establecimientos en los Estados-Unidos, merced á la prohibicion, que convierte el contrabando en extraordinariamente lucrativo.
Las tabaquerías están adornadas con verdadero lujo, y hay negociantes que tienen invertidos en ellas cuantiosos capitales.
Como accesorios de los tabacos se venden en las tabaquerías, pipas de todas clases y tamaños, entre las que tienen la primacía las de espuma de mar, valiosas muchas veces en cincuenta y cien pesos; pureras, bolsitas de tabacos y otros muchos útiles pagados á alto precio por los buenos fumadores.
El consumo del cigarro y del puro habano es el más lucrativo, aunque se comercia en grande escala con el tabaco de mascar, que se rebana en panes como el jabon, y del que se hacen grandes marquetas.
En los tabacos hay grande variedad, teniendo aprecio el tabaco turco que se expende en cigarros y en hebras para pipa, y el habano, que se elabora en todas partes.
Para eludir los altos derechos, se compra el tabaco habanero y el papel aparte, haciéndose los cigarros donde se quiere; esto burla la tarifa y permite á los contrabandistas hacer impunes introducciones por la imposibilidad de inspeccionar cigarro por cigarro.
La renta que produce al erario el tabaco es enorme, y sin embargo, cualquiera conoce que si se disminuyeran los derechos produciria doble, con mucha menor extorsion del pueblo.
La circunstancia de estar las tabaquerías en manos de españoles y cubanos, hace que cada uno de esos establecimientos sea agradable tertulia de cuantos hablan español, y por _consiguiente_, reniegan del yankee y sus costumbres.
A una de esas tabaquerías de la calle de Kearny concurria yo frecuentemente.
En uno de tantos dias, me llamó la atencion en una cajetilla el retrato de un personaje grotesco, de gran baston, plumas sobre el sombrero y un rubro abajo del busto, que decia: “_Northon, emperador de California y protector de México_.”
—¿Cómo andamos ahí? dije sorprendido.... quién es este bicho? ¿Tenemos un protector y está en México?
—No, amigo, me dijo el Sr. López, dueño de la tabaquería, ese emperador de California, protector de México, está en San Francisco, paseándose muy fresco.
—¿Quién es ese hombre?
—Northon es un personaje célebre, de esos que suelen tener las grandes ciudades y aun los pueblos, como vdes. tuvieron su loco Santa María, San Luis Potosí su Juan del Jarro, y su Tlaco de risa, Puebla; con la diferencia que éste, ni pertenece á familia distinguida como el primero, ni sabe de memoria el Calendario como el segundo, ni comparte sus limosnas con los infelices como el último.
Nació en Inglaterra y estuvo empleado en la marina mucho tiempo, haciendo sus viajes por el Cabo de Buena Esperanza. Establecido en California, entró en grandes negocios; con rara habilidad, hizo una gran fortuna y despues la perdió en uno de tantos vaivenes de este mercado.
Entónces le hirió la monomanía que le preocupa, esto es, que es el emperador de California y protector de México.
Su tema es la paz universal; en la cuestion Franco-Prusiana, se le oia constantemente hablar contra los horrores de la guerra. Entraba á las redacciones de los periódicos y suplicaba se publicasen sus observaciones, ya respecto de las operaciones militares, ya sobre los proyectos de la paz.
En la cuestion actual de Rusia y Turquía exhorta á la reconciliacion; pero en el fondo, es ardiente partidario de los turcos.
Fuera de su monomanía, habla con acierto y es rara su instruccion en materias históricas y científicas.
Anda en las calles de una á otra parte, entrando en talleres y tiendas, almacenes y gabinetes de lectura.
Viste leviton azul, pantalon blanco, lleva las botas siempre lustrosas y en buen órden, y solo se sospecha su trastorno mental por las plumas de gallo que pone en su sombrero.
Jamás arma pendencia ni importuna á nadie. Todas las puertas de San Francisco están abiertas para el emperador, sin que nadie le moleste.
Recoge abundantes limosnas, y cuando por casualidad su erario está exíguo, decreta una contribucion entre sus súbditos, lo que le da siempre excelentes resultados. Se citan muchas agudezas de Northon, y aun los periódicos suelen publicar originales algunas de sus singulares producciones.
—No todos los personajes populares de la ciudad tienen el tipo del loco Northon; otros, como Thomas Star King, James Lic y Jack, son característicos de esta sociedad.
El primero de estos personajes es el tipo del sacerdote evangélico. Su vida es un modelo de honor. Su actividad para el bien forma sus títulos al aprecio universal y _conserva California verde su memoria_, como él deseaba, porque aún fructifica la semilla de sus inmensos beneficios.
La vida de Star tiene poca semejanza con la de nuestros padres católicos, segun nosotros los ensalzamos, dijo despues de una pausa el español que tenia la palabra.
No aparece interiorizándose é influyendo en la vida íntima de las familias, por medio del confesonario: no se jacta de haber conducido al claustro jóvenes inexpertas que despiertan en la desesperacion, encadenadas con el voto de esposas del Señor; no reviste con formas piadosas, cotidianas especulaciones que solo aprovechan á los mercaderes del templo; no desliza consejos ó preceptos en la hora suprema de la muerte, que se vuelven en el testamento cosechas de los vivos. Oigan vdes. esa vida:
Nació en 1824, perdió á sus padres á los once años: ganó desde luego su vida como escribiente y como profesor de primeras letras, sin abandonar el estudio, en que hizo rápidos progresos.
A los veintiun años predicó su primer sermon, y fué tan elocuente y tan sentido, y sus palabras fluian tan llenas de uncion y de amor al pueblo, que fué llamado á la Iglesia Unitaria de Boston, donde ejerció su ministerio, siendo consuelo de los desvalidos, luz de los ignorantes y amparo de los desgraciados.
La fama de sus virtudes llegó á California, y fué invitado para hacerse cargo de la Iglesia Unitaria.
Continuó en esta ciudad sus tareas evangélicas, contrarestando con su fervor y con su ejemplo, los progresos de la corrupcion, que tanto cunde en esta turbulenta sociedad.
En sus horas de solaz se dedicaba á la literatura, y publicó obras deliciosas, en que resplandecen elevadas dotes poéticas y una moral purísima.
No he leido todas esas obras ni soy voto para calificarlas; pero aseguro á vd. que su “White Hills,” sus Leyendas y Poesías, son de muchísimo mérito.
Atento á las necesidades de su grey, dió en su Iglesia luminosísimas lecturas sobre agricultura y laborío de las minas, en que no se sabia qué admirar más, si lo profundo de la ciencia ó la tersura y claridad de un estilo que se hacia comprender hasta de los niños.
La sociedad religiosa á que pertenecia Mr. Star, tenia de deudas á su ingreso en la Iglesia, más de veinte mil pesos.
Al año habia pagado todas las deudas y comenzó á construir la actual Iglesia Unitaria, que tuvo de costo noventa mil pesos, y se ve como un monumento elevado á su tierna memoria.
—Ya que para biografías estamos, pemítame vd., _Fidel_, que le refiera la de James Lick, aunque de otro tipo, pero tambien es característica.
—Ya escucho á vd.
—James Lick nació en Frederisckburg de Pensilvania: en sus primeros años apénas pudo recibir la educacion que se daba entónces en las escuelas públicas de primera enseñanza.
Muy muchacho, entró de aprendiz en una fábrica de órganos, en donde no solo aprendió el oficio, sino que adquirió vastos conocimientos en el comercio de pianos, que siguió despues con tan buen éxito.
En 1819, ocupaba Lick un puesto distinguido en una fábrica de pianos de Baltimore.
Al siguiente año se separó de Baltimore y se dirigió á Buenos Aires, donde su habilidad financiera, su constancia y su honradez, le procuraron una fortuna de cuarenta mil pesos al cabo de doce años, con la que regresó á establecerse como fabricante de pianos en Filadelfia. Pero apénas se habia instalado en su país natal, cuando la espectativa de lucrativos negocios, lo llamó á Buenos Aires de nuevo.
Entónces conoció California, viajó por Buenos Aires, Valparaiso, Chile, el Perú y México, y en 1847 se fijó definitivamente en San Francisco.
Su génio lucidísimo fungió como de adivinacion de la suerte, que á poco deparó á San Francisco el descubrimiento de los placeres de oro.
Compró un lote en estos ántes vastos arenales, en cinco mil pesos, en la calle de Montgomery, que vendió despues á la Compañía de Seguros en treinta mil pesos.
Era el año de 1848; la fiebre del oro estaba en todo su auge. Lick se entrega á atrevidas especulaciones, engrandeciéndose su génio á medida que los negocios se hacian más cuantiosos.
En el naciente pueblo de San José establece en ese tiempo un molino de harina, de tal magnificencia, de tan grandiosas proporciones, que se le dió el nombre de la “Locura de Lick,” porque no podia presumirse que aquel pueblo correspondiese á los costos de la maquinaria y de la fábrica, que fueron de doscientos mil pesos.
Casi al mismo tiempo edificaba este trabajador ardiente, el “Lick House,” en la calle de Montgomery, hotel que fué el más lujoso de San Francisco, y cuyo comedor, de que ya hemos hablado, no tiene rival hasta el dia en todos los Estados-Unidos.
Pero en lo que Lick realmente sobresale; lo que le ha concitado la admiracion y le ha ganado la justa estimacion y el renombre de que disfruta, es en sus legados para establecimientos de ciencias, de artes y de beneficencia.
Parece increible que un obrero oscuro, que un hombre de educacion casi rudimental, y que persona dedicada á fatigosos trabajos, tuviera y supiera realizar ideas tan grandiosas en bien del pueblo á que debia su fortuna. Escuchen vdes. algunos de sus legados testamentarios, y servirá de paso para que haga vd. conocimiento, Sr. _Fidel_, con algunas instituciones y establecimientos de San Francisco.
—Oigamos los legados.
A los regentes de la Universidad de California, 700,000 pesos para la construccion de un gran telescopio que se colocará en un observatorio que se denominará: “Departamento Astronómico de Lick, en la Universidad de California.”
Para la escuela de artes y oficios en que se eduquen y aprendan hombres y mujeres, 540,000 pesos.
Para la fabricacion y sostenimiento de baños públicos, 150,000 pesos.
Para la ereccion de un monumento de bronce á Francis Scott-Key, autor de la cancion titulada: “Star Spingled Banner,” 60,000 pesos.
Para un grupo de bronce que represente la ciudad de California y deberá colocarse al frente de la Casa Municipal, 100,000 pesos.
Para el establecimiento de un asilo de huérfanos, sea la que fuere su nacionalidad, 25,000 pesos.
Para la Sociedad Bienhechora de los animales, 10,000 pesos.
Para el hospital de mujeres ancianas, 100,000 pesos.
Conozca vd. al hombre, y dígame si tiene razon de amarlo California.
—Para la galería que hemos comenzado á formar á vd., permítame que, aunque muy en bosquejo, le dé el retrato de dos personajes célebres de California, me dijo otro amigo. Nada ménos que de dos cuadrúpedos.
—Que no se agote la paciencia de vd., porque no será larga mi biografía.
—¿De dos cuadrúpedos? repliqué yo.
—Sí, señor, de dos cuadrúpedos: así como ha visto vd. llamar á los caballos con los nombres de los héroes, y á las yeguas, nombrárseles señoritas, mis personajes son dos perros.
—¡Hombre de Dios!!
—Dos perros, adoptados como hijos protegidos y mantenidos por la ciudad, con su comida, su casa y consideraciones entre toda clase de personas.
—Ya oigo á vd.
—Este era un _bar-room_ de esos en que se paga lo que se bebe, de que ya tiene vd. prolijas noticias; á este _bar-room_, á la misma hora, pero con infalible asiduidad, concurria un perro, el más considerado y pulcro que vd. puede imaginarse. Sus buenas maneras hacian que no faltara quien le arrojase un buen pedazo de carne. Apénas se proveia, cuando se salia el perro corriendo á todo escape, sin probar bocado, y desaparecia.
La singular conducta del perro atrajo al cabo de tiempo la atencion de muchos de los concurrentes al _bar-room_, y se propusieron hacer indagaciones sobre su vida.
En efecto, despues de muchas diligencias, supieron que el perro tomaba su carne, corria, salia de la ciudad y se perdia en una especie de cueva que estaba al pié de una colina.
Irritada con esto la curiosidad, propagada la noticia y desfigurada con los fingidos accidentes de una leyenda, estuvieron algunos en acecho de la cueva: entró á ella el perro con su carne, se acercaron los curiosos, y vieron que llevaba aquel alimento á otro perro herido de una mano, tendido en un rincon de la cueva, que recibia al amigo generoso con muestras de tierna gratitud. Era aquella pareja, Pílades y Orestes en cuatro piés.
La historia de los perros conmovió todos los ánimos; el ayuntamiento de la ciudad se hizo eco del sentimiento popular, sacaron á los perros de la cueva, los condujeron en triunfo á una casa de la municipalidad, llamada _del incendio_, y se dió especial acuerdo por el municipio, adoptando por hijos aquellos canes, manteniéndolos y recomendándolos á la bondad del pueblo.
Pronto se restableció de sus males el perro enfermo; les lavaron y compusieron, pusiéronles ricos collares para distinguirlos, y desde entónces los perros fueron objeto del aprecio general.
Los dos canes amigos eran inseparables; visitaban los paseos, penetraban en todas las casas, y en todas partes eran atendidos y agasajados.
Por fin, dieron los perros en visitar la bahía, y manifestaron deseos de viajar.
Acogidos en todos los buques y con pasajes grátis, fueron á China, á Australia, á Valparaiso y á donde querian, siendo á su regreso perfectamente recibidos en su casa, donde los esperaban las atenciones de la ciudad.
—Singular historia, dije yo, comparando la suerte de aquellos perros con la de algunos heróicos servidores de mi patria.
Al salir de la tabaquería, ví varios coches como detenidos en una bocacalle....
—¿De qué se trata?
—Está pasando un entierro: vea vd. la fila de coches, y los cocheros se detienen no solo por respeto, sino porque está muy extendida la supersticion de que el que corta un entierro muere sin remedio.
—¿Pero esos coches son los del duelo?
—Sí, señor; ¿por qué lo pregunta vd.?
—Porque veo á los concurrentes vestidos de color y adornados como para una fiesta: además, van mujeres y niños.
—Esa es la costumbre; no hay diferencia, en efecto, entre una comitiva de paseo y la de un entierro. Las cortinitas de los coches se echan para librarse del sol, ó cuando los que van dentro del coche no quieren que los vean; pero en los entierros es otra cosa.
—¡Rarezas! ¡rarezas de los yankees!
XX
Las criadas.—Los chinos.—Los alemanes.—Casas ambulantes.
ENTRE las casas de mexicanos que me favorecian con su amistad, habia una que visitaba con particular complacencia.
Era una señora venerable, con tres hijas, modelos de virtud y de hermosura.
El padre de la familia fué á California con objeto de establecer un comercio: le halagó la fortuna uno ó dos años, murió repentinamente, y la familia, inexperta en los negocios, se encontró pereciendo de miseria al cabo de algun tiempo.
Las jóvenes, perfectamente educadas, se persuadieron de su posicion, tomaron sobre sí el cargo de la subsistencia de la familia, y cada cual utilizó su aptitud, no solo conservando la casa como ántes, sino con mayor decencia, rodeándose de toda clase de consideraciones.
Una de las jóvenes se dedicó á dar lecciones de piano, lo que hacia con el mejor éxito; otra entró como dependiente á una casa de modas, y estaba encargada de los libros y de los grandes negocios del almacen, y la otra, como maestra de idiomas, contribuia á la subsistencia de la familia.
La señora gobernaba la casa, y en las noches se disfrutaba en ella de la mejor sociedad á que yo haya concurrido.
Una noche encontré á Guadalupita de mucho mal humor, y cada vez que la acentuaba con cualquier signo, reia la mamá y le decian todas.... “neta mexicana, mexicana completa.”
Al fin se descubrió el motivo del mal humor.
En la casa estaban con la necesidad de una recamarera. Se presentó una jóven á quien se le impuso de sus obligaciones, y parecia con todo conforme.
—¿Cuánto es lo que quiere vd. de salario? le preguntó Guadalupe.
—Yo, señorita, nada.
—Cómo nada! eso no puede ser!