Viaje a los Estados Unidos, Tomo I
Part 13
Una representa el ferrocarril del Pacífico, atravesando mares de hielo entre inmensas rocas; abismos espantosos y desfiladeros que sobrecogen de terror.... En uno de esos puntos la máquina aulla, presa entre la nieve, los viajeros asoman las cabezas, algunos tratan de huir de una muerte inevitable, y entónces, descolgándose por entre las rocas, caen sobre los viajeros los salvajes, y se emprende encarnizada batalla de puñaladas y pistoletazos.
La otra escena representa la mar enfurecida y el célebre naufragio, que se verifica ántes que el protagonista, que no recuerdo cómo se llama, llegue al término de su viaje.
El viento arrebata en ráfagas impetuosas la obra muerta del inmenso navío, los marinos se entregan á la maniobra con audacia inconcebible, se oyen á lo léjos los gemidos y las deprecaciones de los viajeros de la nave que se hunde.
El vaiven del buque es tremendo; destrozado, abiertos sus costados, lucha aún; pero en medio de esa lucha se levanta en torbellino la llama; el magnífico navío se incorpora una y dos veces como un guerrero moribundo que rodeado de enemigos busca sus armas.... y al fin vacila y se hunde con estrépito, oyéndose un desgarrador gemido entre las olas desencadenadas.
Y es tan cierto cuanto pasa y tan magnífica la representacion, que yo, viejo; yo, gastado; yo, olvidando que estaba en el teatro, grité de espanto y me sentí inundado en sudor, de la congoja que la vista de aquel siniestro me produjo.
Es de advertir, que durante la representacion el salon del espectáculo casi queda á oscuras, el gran candil se sube y oculta en la linternilla del techo, los globos de gas casi se apagan y la iluminacion del palco escénico, que es vivísima, presenta como en relieve la representacion, y es de grande efecto.
En los entreactos se ilumina el salon, suena la orquesta, y en general, señoras y señores, abandonan sus asientos y se dirigen á los corredores exteriores, que son salones magníficos, con alfombras, espejos, sofaes y á veces mesillas en que se sirven á las damas refrescos.
Frecuentemente, despues del teatro, cuyas representaciones terminan á más de las doce de la noche, mis amigos y yo pasábamos al _restaurant_ llamado la _Maison Doré_, calle de Kearny núm. 117; establecimiento malamente comparado con el Delmónico de New-York.
No obstante, la _Maison Doré_ es el punto en que se reune el mundo elegante, y en que son exquisitos los manjares y esmerado el servicio.
Para emplear la noche las veces que no asistia al teatro, me instalaba en un agradable _bar-room_, situado en un jardin pequeño, pero perfectamente cultivado, que se llama el _Tívoli_.
Son dos grandes salones en figura de martillo, hundiéndose en su conjuncion otro saloncito que forma altura y en que se coloca la orquesta.
Los salones de que hablo están en su totalidad cubiertos de mesillas redondas acompañadas de sillas, dejando estrechos tránsitos entre mesa y mesa.
El consumo principal en el _bar-room_ es cerveza, comunmente de muy buena calidad, siendo el valor de un vaso, cinco centavos. El expendio debe ser considerable, puesto que costea la caudalosa renta del local, más de veinte sirvientes y una orquesta que en aquella época era el atractivo de la concurrencia.
En el saloncito que ya hemos descrito y sobresale de los otros salones, estaba la orquesta. Componian esta orquesta diez ó doce jóvenes alemanas; pero de tan notable hermosura y de habilidad tan extraordinaria, que noche á noche estaba el Tívoli inundado de gente, complacida al extremo de asistir á los sobresalientes conciertos.
Lo más selecto de la música antigua y moderna, forma el repertorio de esa orquesta.
No se exigia pago alguno á la entrada de los salones, y se podia permanecer escuchando sin hacer ningun consumo.
Los asientos más codiciados eran los cercanos á la música.
Los _amateurs_ se limitaban á depositar ramos de flores á los piés de aquellas beldades encantadoras, sin que jamás traspasasen los aplausos los límites de la más respetuosa galantería. Y las artistas eran bellas y graciosas, y casi confundidas con el público, que tampoco pisaba la línea casi imaginaria que dividia la orquesta del auditorio.
Era de ver entre el humo espeso de las pipas y de los puros, hervir cabelleras y sorbetes, y sobresalir, corriendo en todas direcciones, á los criados diligentes que hacian el servicio.
Era de admirarse la compostura y el silencio, miéntras se escuchaban las sentidas melodías de Shubert y las sábias notas de Wagner, y el tragin, el estrépito y la confusion en los entreactos.
Las damas de la orquesta vestian con suma elegancia y eran modelos de señorío: ganaban su vida honradamente, y merecian el respeto universal.
Yo no sé, acaso es cuestion de sentimiento no sujeta á reglamentacion; pero esas señoritas me cautivaban, y no podian merecer mi propia estimacion las jugadoras de billar, las acróbatas y las parlanchinas del _amor libre_.
En la mesita á que yo asistia constantemente se sentaban un griego, un danés, un turco, un inglés, un polaco; es decir, no nos entendiamos sino una que otra palabra, y no obstante, reinaba la cordialidad, la alegría y las recíprocas atenciones en la accidental reunion: mis compañeros mexicanos no podian explicarse aquella amalgama en que yo entraba, nacida de la espontánea simpatía: el polaco, sobre todo, era un apasionado á quien quise mucho. Nos encontrábamos en el paseo, nos tomábamos del brazo, fumábamos sendos puros y nos retirábamos siempre afables y con deseo de volvernos á reunir, sin habernos entendido palabra muchas veces.
—No se canse vd., me decia un español, aquí no hacen letra ni tienen cabida más que los hijos del país: esto de vd. es una rareza.
—Pero, hombre, ¿no ve vd. que aquí todos los hijos de Adam son hijos del país?
—Siempre es la media lengua la que se hace camino; pero españoles y americanos están por los suelos.
—En México decimos lo contrario; decimos que los hijos del país no hacemos letra y que de los extranjeros son las consideraciones y el dinero. Vd. lo ve: millares de españoles hacen su fortuna en México.
—Pues por lo mismo, amigo, la raza: estos son _money_, y no hay para ellos otro Dios.
—Eso lo que quiere decir es que nosotros somos un tanto cuanto más perezosos y más llenos de vanidad que vdes. Los españoles en México tienen monopolizados varios comercios: las tiendas de abarrotes, casi todas están en poder de españoles: en el comercio de panadería, apénas se menciona uno que otro mexicano; y las tiendas de empeño son para exclusivo lucro de vdes.
Diga vd. y acertará que nosotros aspiramos á ser los niños finos; queremos ser senadores, generales, diputados, empleados, abogados, médicos ó ingenieros á lo más, pero siempre con sus conexiones con el presupuesto.
Ocupados en frustrar aquello de: “comerás con el sudor de tu rostro,” dejamos el comercio exterior á los alemanes, las fondas y las modas á los franceses, á los indios el pequeño tráfico, y reservamos el trabajo á la gente ordinaria y mal vestida, porque en cuanto el artesano tiene siquiera chaqueta y más de dos camisas, piensa en el club y en ser por lo bajo _protestante_, ó _regidor_, ó cuando ménos _frac-mason_.
—Así es que en esta tierra, decia un venezolano, muy estudioso y entendido en materias sociales, la influencia extranjera es altamente benéfica. Esas oleadas de gente de todas las naciones verifican una trasfusion completa, renuevan la sangre, vivifican el cuerpo social. Urgidos por el hambre y aconsejados por la audacia, establecen competencias en todos los ramos, despiertan la emulacion, crian, se elevan, borran su orígen con su posicion y se incorporan á la masa comun formando vínculos poderosos.
El residente del país, que sabe que el hombre es una riqueza, léjos de repeler al extranjero, _le abre las puertas del municipio_, es decir, le sienta á su hogar, le presenta en espectativa lisonjera, escuela para sus hijos, templo para sus creencias, hospital para que cure sus enfermedades y sepulcro en que descansen sus restos.
¿Ve vd. á los chinos? Los ve vd. objeto al parecer de la persecucion; los ve vd. repelidos y presentados como una degradacion de la especie humana? Pues ya quisiéramos que el indio de México estuviera en la posicion del chino. Por otra parte, si tienen mala posicion y no produce aquí tanto bien, como debiera, su presencia, es precisamente porque son perseguidos.
El chino viste, calza y come á su manera, regularmente; casi todos leen y escriben, cuentan con ahorros para sus necesidades, viven en casas, asisten á espectáculos y tiene cada uno de ellos dos ó tres ejercicios para ganar su subsistencia.
La grandeza de este país consiste en que por un encadenamiento de circunstancias muy difíciles de explicar en una conversacion del momento, el trabajo repelido de los otros pueblos, cuando no estaba revestido de formas aristocráticas, la subsistencia de hecho de las clases y distinciones sociales, sostenidas por la tradicion de siglos; en una palabra, lo que se llamó la canalla, aquí se llamó pueblo, y abrió de par en par las puertas á todo el mundo, y brindó paz, respeto y consideracion al hombre por ese solo título.
Nosotros, que del punto de vista de la sangre y los fueros, el monopolio y el privilegio, asistimos á este espectáculo, nos repugna, nos avergüenza, porque nos sentimos despojados de nuestro oropel de supremacía, y el niño fino español y el caballerito mexicano, valen ménos, porque son ménos útiles á la sociedad, que el carrero, el limpiabotas y el limpiador de chimeneas americano ó de la Suiza.
Bruscos dicen á los americanos. Pues qué, ¿el destripa terrones de ayer, puede tener las maneras del caballero de industria de la alta sociedad europea? Pero ese herrero, ese carpintero que se suena con las manos y enarbola su pataza sobre una mesa, es más formal y más cumplido que ese trapacero vizconde y que ese general cuya esperanza de ascenso y de fortuna es que le den á mandar una brigada, ó hacer un pronunciamiento para salir de apuros.
Ese refinamiento social que con justicia nos halaga y que existe en la culta sociedad americana, no puede ser á la manera nuestra, por esa afluencia perpétua de extranjeros y porque las condiciones de igualdad hacen que se posponga cualquier otro título á los que dan el trabajo y la honradez. No nos cansemos: el hombre es sociable, la comunicacion de las ideas es una fuente de perfeccionamiento y de rápido adelanto, y las armonías universales no pueden ser ni estables ni fecundas, si no se apoyan en la libertad y si no encierran en un círculo de goces comunes, á todos los hombres.
XIV
La librería de Bancroft.—Las escuelas.—La alta sociedad.
ENTRE las personas distinguidas con quienes nos dió conocimiento el Sr. general Vallejo, fué de las más agradables el de M. H. H. Bancroft.
Los hombres estudiosos de México tienen conocimiento de este literato eminente, por la publicacion de su obra monumental titulada: “Sobre el orígen de las razas, etc.”
En efecto, tal obra es por su profundidad de miras, por su correccion y elegancia y por la vastísima erudicion que encierra, una de las más preciadas joyas de la literatura americana.
Antes de pasar adelante, diré que es necesario no confundir á M. H. H. Bancroft con M. Jorge Bancroft, nacido en 1800 en el Estado de Masachutes, autor de la excelente _Historia de los Estados-Unidos, desde el descubrimiento de América hasta nuestros dias, impresa en Boston en seis volúmenes, desde 1844 á 1855_, y uno de los principales redactores de la _Northon American Review_.
La publicacion de la obra de M. H. H. Bancroft da idea de la magnitud de sus empresas.
En el quinto piso de la librería que lleva su nombre, está instalado el sabio escritor.
La Biblioteca, de que hablaré despues, tendrá cincuenta varas de extension, dividiéndose en secciones abiertas que la comparten en varios salones, y dos departamentos privados para copistas de ambos sexos y para el Sr. Bancroft.
En la Biblioteca existe una oficina en forma, con empleados superiores y escribientes, ocupados en hacer extractos de las obras que tiene el sabio en estudio; éste forma el conjunto del estudio y escribe, alcanzando así una suma maravillosa de datos.
Además, tiene secciones de correspondencia con varias naciones, y caballeros especialmente expensados en Europa y América para que registren los archivos y le comuniquen noticias.
Es el Sr. Bancroft un hombre de cuarenta y cinco á cincuenta años, perfectamente conservado, y de notable gallardía y finura de maneras.
Alto, rubio, de frente despejada y ojos claros, de una profusa barba como de oro, que se abre bajo su labio inferior y cae sobre su pecho en dos raudales luminosos.
La esposa del Sr. Bancroft es muy jóven y habla perfectamente español, así como su hija, ideal de perfecciones y de gracias.
Presentónos el Sr. Vallejo á M. Bancroft: nos embarcamos en un elegante elevador, y surcando el viento, nos encontramos en dos minutos en los espléndidos salones de la Biblioteca.
M. Bancroft da animacion y como que comunica luz á aquel establecimiento magnífico. Grandes y numerosas ventanas dan luz á los salones: por todas partes se ven atriles con libros, bastidores con mapas, de mecanismo sencillísimo, copiadores y útiles de toda clase, para economía de trabajo y celeridad de todas las operaciones.
Lápices con gutta perca en el extremo opuesto, para borrar; libros en los que se escribe, sacándose dos y tres copias á la vez; reglas, broches, tintas, pinceles y papel de todas clases y tamaños.
Tragaluces, cortinas para modificar la luz, veladores, y no sé cuántas cosas más, para que el pensamiento gire libre y la parte mecánica no lo distraiga ni entorpezca.
Mostrónos el Sr. Bancroft diez y ocho tomos de apuntaciones curiosísimas de solo California, con multitud de anotaciones, hijas de una inverosímil erudicion.
Yo escuchaba con orgullo y con admiracion al Sr. Iglesias y á Gomez del Palacio, ampliar las notas, apuntar las incorrecciones, y verter, sin pretensiones y con la mayor modestia, raudales de erudicion que sorprendian al auditorio, dejando complacido al extremo á nuestro sabio _cicerone_.
Con especial agrado, y haciéndonos notar mil particularidades y bellezas, hojeó M. Bancroft á nuestra vista la historia inédita de California, escrita por el Sr. general Vallejo, y que es un tesoro de curiosidades científicas y literarias.
¡Qué claridad de estilo! ¡qué sencillez tan limpia y tan llena de verdad!
Vimos muchas preciosidades bibliográficas, entresacadas de cerca de veinte mil volúmenes.
Al fin, nos detuvimos en un saloncito muy esmeradamente cuidado y en el que existirán como cuatro mil tomos, y allí, con la mayor sencillez, nos dijo M. Bancroft: “Examinen vdes. con atencion: todo lo que vdes. ven, habla de México.”
Iglesias, Gomez del Palacio, Alcalde y yo hicimos el registro más minucioso de aquella Biblioteca Mexicana, sin duda la primera en su género en los Estados-Unidos, y acaso, con vergüenza lo confieso, del mismo México.
Autores ignorados; otros apénas conocidos de nombre; ediciones rarísimas, desde la época de Juan Pablos; crónicas de conventos; colecciones de periódicos, desde las primeras Gacetas; folletos; relaciones de viaje manuscritas; diarios curiosos de individuos particulares; autógrafos, y todos los historiadores, desde Alva Yxtlatxochil, hasta nuestros dias.
En cuanto á biografías de mexicanos, el número de las que posee el Sr. Bancroft me sorprendió. No mencionábamos ninguno de nuestros hombres célebres, del que no nos diese detalles, siendo en general rectas y justas sus apreciaciones.
Por halagarnos, y con exquisita galantería, nos mostró el Sr. Bancroft la historia de la guerra americana, en que el Sr. Iglesias y yo escribimos bastante, mis _Indicaciones sobre las rentas generales_, y mis _Viajes de Orden Suprema_, diciéndome para _Fidel_, cariñosos cumplimientos. Es de advertir que yo hace tiempo busco esa obrita para tenerla y no la he podido conseguir.
Dió el Sr. Bancroft al Sr. Iglesias mil testimonios de estimacion, haciendo la justicia que se merecen, su vastísima erudicion, su claro talento y su recto juicio.
Aquella visita fué una aparicion en espíritu de nuestros amigos más queridos; era la asistencia al juicio de la posteridad que les fingia la distancia.
Es dulce encomiar el bello clima y los claros cielos en que vimos la luz; nos enorgullece y como que se citan timbres de nobleza, cuando maravillas de la creacion se ostentan en la patria; pero nada enaltece ni ilumina al alma, como el elogio á nuestros compatriotas eminentes.
Se siente uno bañado en los rayos de sus altas inteligencias, les rinde espontánea admiracion, como que los vemos vengados del desden y de la mala suerte que frecuentemente los aflige.
Sin sombra de envidia; sin las reticencias con que suele el celo amenguar el elogio; sin la realidad de los defectos que suele exagerar nuestra pequeñez; sin los cambiantes colores con que el prisma político nos hace contemplar los objetos, se goza del astro el brillo, de la flor el perfume, del sér sublime la esencia inmortal, vencedora del tiempo; nos hacemos el grandioso apoteósis de esos obreros del Progreso, que son al fin los más grandes blasones de gloria de los pueblos.
Despues de examinar á nuestro sabor la librería, nos invitó el Sr. Bancroft á que por vía de paseo, en nuestro descenso, viéramos el establecimiento de librería que contiene el edificio, uno de los más grandiosos de la calle del Mercado (Market Street).
La librería y sus dependencias, de que nos vamos á ocupar, está situada en la calle de Montgomery, y cuando se proyectó trasladarla á la calle del Mercado, entre la tercera y cuarta calle, en 1869, estaba de tal manera despoblado aquel rumbo, que los burlones decian con cierto chiste: “Bancroft se lleva sus almacenes al campo.”
En ménos de seis años, la humilde calle del Mercado es una avenida de palacios.
El edificio ocupa 170 piés de frente entre las calles del Mercado y la de Steveson.
Los negocios que comprende la librería son por mayor y por menor. Leyes, educacion, billetes de banco, impresiones, música, litografía, etc.
Hay más de doscientas personas empleadas en las diversas oficinas.
El subterráneo ó _bassement_, contiene local para las manipulaciones estereotípicas, y un gran pozo artesiano relacionado con todos los pisos para caso de incendio.
El salon del primer piso, que está al ras de la calle y al que se entra por arcos con cristales de cerca de siete varas de largo, y tan trasparentes que chocaria uno con ellos si no viera á su través papeles suspendidos de sus marcos, tiene 170 piés de largo (56⅔ varas), por 35 piés de ancho (11⅔ varas).
Están las paredes completamente tapizadas de libros, y en el centro forman calle dilatadísimos mostradores con libros y curiosidades para escritorio. Este piso es el destinado á la comunicacion con el público, y al comercio por mayor y al menudeo.
El segundo piso se ha reservado á la fabricacion de libros en blanco, siendo extraordinario el número de máquinas, rayadores, etc., y forjándose por cientos esos libros de baratura extrema y de inmenso consumo. En ese mismo departamento existen las oficinas relativas á la impresion de música.
Ocupan el tercer piso la imprenta y la litografía, y en esto hay tales adelantamientos y se ha llegado á tal perfeccion, que me aseguraron los conocedores, que despues de haber recorrido aquellas oficinas, no me sorprenderian, en cuanto á los prodigios de la mecánica, las grandes oficinas del _Herald_ de New-York, ni la misma casa de Appleton, que disfruta de nombradía universal.
Todo lo relativo á encuadernacion existe en el cuarto piso, que es un salon lleno de preciosas _ladies_ ocupadas en sus labores, y en cuyo local reinan el aseo, el silencio y la decencia.
El quinto piso es en el que nos recibió el Sr. Bancroft y donde tuvimos nuestra agradable entrevista con nuestra patria.
En toda esta dilatada excursion, en que nos llenó de atenciones nuestro _cicerone_, no dejamos de admirar su erudicion inmensa, su talento perspicaz y una dulzura y sencillez de carácter que cautivan tanto ó más que su inteligencia.
Un amigo nuestro de Sonora nos decia al salir de la librería de Bancroft: “Ya vdes. verán otras librerías y otras imprentas, y se formarán idea del movimiento intelectual de California.”
—¿Se han fijado vdes., continuó, en un edificio ancho, macizo, que se encuentra en la calle de Bush, entre Montgomery y Samsone?
Forman la fachada nueve elevadísimos arcos superpuestos, que tienen otros arcos laterales en intercolumnios, coronando el todo del edificio un bastion de zinc, circundado con su barandal de fierro.
Esa es la que se llama la Librería Mercantil: contienen sus salones, librería, gabinetes de lectura para damas y caballeros con separacion, cuartos para escribir, para platicar y fumar, y un riquísimo museo.
Una asociacion de negociantes fundó este establecimiento por suscricion, que llegó en su principio á la suma de dos mil quinientos pesos. Esto pasaba en 1868.
La asociacion, aunque con nombre mercantil, está al servicio de toda clase de personas, sin distincion de nacionalidades, ni de edad, ni de sexo.
Los socios se han aumentado al número de 2,135, que por medio de muy módica suscricion, sostienen aquel establecimiento, honra del pueblo de California.
Hoy cuenta la Librería Mercantil cincuenta mil volúmenes en los departamentos de ciencias y literatura.
La mayor parte de las obras son en inglés; pero hay muchos libros franceses, alemanes, españoles y de todos los idiomas conocidos.
No me fué dado calcular siquiera en aquel gran número los volúmenes de periódicos políticos, científicos, etc., que á más de los cincuenta mil volúmenes, están á disposicion de los concurrentes á la librería.
La Sociedad de Particulares de San Francisco, costea una librería que tiene treinta y dos mil volúmenes.
Hay otras muchas librerías que tienen objetos especiales, del peculio de las asociaciones privadas, como la librería de Obreros, la de la Academia de ciencias, de Jóvenes cristianos, la librería Militar y la de la Asociacion de los Abogados, que es muy numerosa y escogida.
Además, casi no hay una calle en que no haya una librería, y en puntos de educacion, puede decirse que los libros se esparcen en los vientos y se riegan en las calles.
Los libros usados y los de educacion primaria, abundan á dos y tres centavos, y el zapatero, el sastre, el boticario, dan por vía de halago á sus marchantes, una guía, una historia, un almanaque, cualquier libro curioso, sin contar con los itinerarios de ferrocarriles, que se dan grátis, y con los que se podrian formar cursos completos de historia y geografía.
A pesar de lo expuesto, el espíritu fiscal, siempre mezquino, y el sistema prohibitivo, siempre salvaje, tienen impuestos á los libros que no son americanos tan altos derechos, que hacen su circulacion difícil é influyen no poco en cierto atraso en materias literarias y teorías.
Las personas estudiosas siempre compran los libros extranjeros; pero la misma carestía impide el empleo de sumas en los libros nacionales, resultando que sin beneficiarse esa industria, se perjudican los adelantos.
De ahí es que en lo práctico, mejor dicho, en lo mecánico, los avances son asombrosos; no así en los demás ramos en que se conoce el orígen europeo, dándole cada dia más aprecio la prohibicion, que llama en su auxilio al contrabando, contra esa estúpida legislacion.
—Vdes. no imponen derechos á los libros, me decian los americanos ilustrados; basta ese rasgo para vindicar á vdes. del atraso en que tan injustamente se les supone.
Extractamos por vía de complemento de este capítulo, algunas noticias tomadas del _Evening Post_, y que se refieren á la suntuosa librería de Bancroft:
“Desde 1868, dice el periódico á que hacemos referencia, se hallaba M. Bancroft en posesion de cinco mil volúmenes, incluyendo los panfletos.
“En ese año recorrió Madrid, Roma y Viena, aumentando su coleccion.