Viaje a los Estados Unidos, Tomo I

Part 12

Chapter 123,897 wordsPublic domain

En uno de los dias de cita, me encontré que no almorzábamos en el salon comun, sino en un departamento reservado, dispuesto para corresponder con un espléndido almuerzo, el convite de un ruso que nos habia llenado de obsequios y atenciones.

Esos convites privados se hacen con toda perfeccion en los _restaurants_ americanos; pero es preciso confesar que los franceses se llevan la palma y conservan en alto la bandera de la supremacía gastronómica.

Cómodos sillones de terciopelo; la luz vertical penetrando entre ondas de gasa blanca y color de oro; espejos, divanes, flores, con extraordinaria profusion.

Yo me habia figurado los rusos velludos, de anchos hombros, de largas cejas y ojos hundidos: un ruso como los representados en grabados en madera.

Nosotros esperábamos inquietos: á cierto tiempo, el criado anunció á nuestro convidado, que era un hermoso jóven vestido con exquisita elegancia. Pero yo apénas me fijé en el ruso, porque llevaba como colgada de su brazo la criatura más poética y angelical que puede imaginarse: sin más averiguacion, declaré en mi interior que las rusas eran las mujeres más lindas del universo.

Los rayos de sol disueltos en una atmósfera divina; la sonrisa de los cielos refugiándose en las llamas de los labios; el amor, palpitacion y vida; la ilusion hecha mirada; la pasion, encerrándose en las formas del arcángel; la voluptuosidad de la Vénus, escondiéndose tras de la inocencia del niño. Eso era aquella mujer, que nació despues de Eva; porque Eva se hubiera muerto de celos al ocupar el paraíso, si la hubiera encontrado allí.... y para colmo de sorpresa, aquella no era rusa, sino una vision celeste escapada del cerebro de Víctor Hugo, su compatriota, para mi ejercicio y mayor corona.

El ruso aquel, que me hizo abrazar incontinenti el partido de los turcos, nos presentó, con la mayor naturalidad, á su querida.

Por fortuna, el ruso elegante no hablaba palabra de español; se entendia en inglés con su adorado tormento, y nosotros hablábamos con la hermosa convidada en español.

¡Qué alegres y decidores nos pusimos todos! cómo se hizo comunicativa la alegría, y qué infieles traducciones llegaban al ruso de nuestros piropos y galanterías!

Objeto _Desiré_ de las más delicadas atenciones, se declaró por México con frenesí, y yo, á pesar de mis años, la declaré más mexicana que á la Malitzin.

Una de mis exclamaciones entusiastas hizo hablar á mis compañeros de mi lacra poética, y fuí hombre perdido. El ruso aquel cobraba cierto aspecto feroz.

La jóven habló á un criado al oido, sacó una tarjetita, escribió y despidió al criado.

Sirviéronse los postres: me parecia que el ruso me veia cara de turco; pero bebió conmigo y mis compañeros: me dijeron que su fijeza en el mirarme era por curiosidad de conocerme y que decia mil cosas lisonjeras para mí.

Yo me tranquilicé; pero _Desiré_ era tan espiritual, tan amable, sabia decir cosas tan seductoras, que los Moctezumas estábamos lelos de admiracion.... y sin perder de vista al ruso....

Hablóse de caballos, de libros, de caza, de marina, de armas. En este punto, el ruso habló divinamente: eso de escribir un nombre con balas, de poner puntos á unas _ies_, de clarear los pequeños círculos de un siete de oros, eran para el maldito ruso como beber un vaso de agua.

El criado de la tarjeta llegó conduciendo un álbum, que era un verdadero prodigio artístico.

_Desiré_ se dirigió al ruso, y éste, con la mayor finura, me suplicó rendidamente, por medio de un intérprete, escribiese allí algunas palabras, y que le hiciese la gracia de que fuese en aquel momento, porque tenia que partir de un dia á otro para las islas de Sandwich.

Pedí permiso para retirarme á una pieza contigua á escribir en el álbum.

Los jóvenes quedaron en medio de la algazara, las risas y las copas.

Yo me sustraje al ruido y comencé á hojear el libro, distraido, porque realmente, no tenia humor de escribir.

El precioso libro contenia miniaturas encantadoras, paisajes deliciosos y versos en varios idiomas.

Era aquel álbum como un altar en que la gracia, la inspiracion y el talento artístico habian colocado las más ricas ofrendas.

Oia yo como á lo léjos las risas, y no sé por qué me sobrecogió inesperadamente rara tristeza.

Seguia hojeando el libro y me fijé en unos versos, escritos de mano de mujer; pero los escribia una mano enferma, trémula: ví con más atencion, y en el papel habia huellas de lágrimas.

Los versos ocupaban las últimas hojas del libro: entre ellas habia un _pensamiento_ hermosísimo, perfectamente desecado.

Aquellos versos, ¿quién lo creeria? son de la madre de _Desiré_, elocuentísimos, sublimes de bondad y de virtud.

Eran los versos un contrasentido en aquel libro. Eran un llamamiento á la virtud, con los recuerdos de la infancia, frente á la tumba del honrado padre que habia derramado su sangre por la patria; eran la representacion de la vida apacible del hogar, rodeada de los encantos de la inocencia, y formando la niña las delicias de la madre, que la idolatraba.... Era una apelacion á su corazon; era una retencion en el camino del bien, bañando sus manos de lágrimas, cubriendo de besos su frente todavía pura......

Las risas y el contento que llegaban hasta mí en ecos interrumpidos; la soledad de aquella estancia; la confidencia de dolor de aquella madre, hacian en mí profunda revolucion, y por un capricho inexplicable, tomé la pluma y derramé en el papel cuanto encerraba de amargura mi alma, cuantos sollozos íntimos estaban contenidos en mi pecho, secundando ardiente aquella imprecacion maternal, que era como un alarido de angustia que llevaba el presentimiento de la perdicion de un sér querido.

Yo no sé cuánto tiempo duré escribiendo: cuando terminaba las últimas estrofas, mis amigos se habian levantado de la mesa, y yo, concluyendo de escribir, puse al salir á la calle el álbum en manos de la deslumbradora _Desiré_.

Al siguiente dia, mis amigos entraron á mi cuarto azorados.

—¿Qué demonios has hecho?

—¿Qué atrocidades fuiste á escribir en el álbum de _Desiré_?

—¿Pues qué es lo que pasa?

—Pasa, que vas á tener un lance muy desagradable con el ruso; que te busca frenético para una reparacion.

—¿De dónde te ocurrió esa predicacion de misionero en un libro de galanterías y de chistes?

—¿Pues qué ha pasado?

—Que _Desiré_ se retiró á su casa, leyó los versos, los releyó, y ha manifestado al ruso su resolucion de volver al camino de la virtud, al lado de la madre que la llama inundada en lágrimas, junto á la tumba de su heróico padre, y toda la sarta de barbaridades con que te quisiste lucir en tus versitos.

El mundo se me vino encima con esta relacion: yo veia rusos por todas partes.

—¡Vamos! no tiene más remedio que desconvertir á _Desiré_.

El lance era terrible.... solicité una entrevista con aquella criatura.... y nada, ella estaba abrazada á su cruz de redencion, con un entusiasmo, que ni Santa María Magdalena....

El ruso bufaba, la deidad aquella, era una fortaleza inexpugnable.... Jamás me ha hecho mayor daño la virtud de una mujer.

Maldecia yo mi aptitud de ganar almas para el cielo: mis amigos dejaron al ruso que habia salido al campo.

Por fin, el ruso hubo de marcharse para las islas, y _Desiré_ se embarcó para Francia.... Yo confieso que tuve dias pesadísimos, y que á eso debo tal vez mi exaltada simpatía por la causa de los turcos. ¡Permita Dios que en este desfiladero de Shipka que disputan, dé al traste con su alma el convidado de la fonda de Sutter!

* * * * *

Miéntras duró la aventura del ruso, no me acompañé con mis amigos, vagaba al acaso por las calles, siempre perdiéndome y siempre resultando rumbo opuesto á aquel á que queria dirigirme.

Aunque hay movimiento inmenso por las calles centrales, se nota la preocupacion del negocio: hay mucho mayor silencio, aun cuando se formen grupos.

Rios de gentes desembocan de las banquetas de Montgomery, el Mercado y Kearny; cuelgan en las afueras de las tiendas sombreros, zapatos, lienzos y plátanos. Se roza la gente con los cuartos de carne puestos en los clavijeros; tropieza con las frutas, los cestos y los botes que están á la entrada de las _Groseries_ ó tiendas mestizas, y no tienen las calles, con todo su gentío, el ruido que se nota en México en las calles centrales.

En las calles de California y al rededor del Sacramento, se atropella la multitud de personas vestidas de negro, que entran en bancos y depósitos: van, vuelven, transan, disputan y se pierden en la multitud, siempre corriendo, y siempre codeando y apartando á los que les interceptan el paso.

En algunas partes están regados ó amontonados muebles en medio de la calle, y entre jaulas, colchones, roperos y carruajes, se encarama un yankee, martillo en mano, haciendo un remate entre _ladies_ y labriegos, potentados y carreros.

En tal esquina, un prestidigitador come lana y arroja llamas; en otra muestra un charlatan, con un microscopio, los arcanos del cabello ó las curiosidades de una gota de agua; allí se ven trabajar á las abejas en un panal cubierto de cristales; adelante un mono sabio dice la buenaventura á los transeuntes, y en medio de la calle, sobre un cajon de vino, boca abajo, un demócrata furibundo pone de oro y azul á las autoridades, y grita en todos los tonos que Hayes, el presidente, es un pícaro redomado.

Pero este México cantante, esta voz de las plazas y de las calles que se armoniza con el aire y la luz; que cambia con las estaciones y hasta con las horas del dia, eso extrañaba tanto cuanto no es decible.

El tenor que pregona las manitas; el agudo grito de _carbon sioó_; los barítonos de la cecina, y el melado y el requeson; los tenores de los mosquitos; el contralto de la sebera y la vendedora de nueces, el bajo profundo de las _tinajaaas_, dan voz especial á nuestras calles, educan nuestro oido de un modo particular.

Las diligencias retumban en nuestros empedrados; los _simones_, acentuando con la llanta floja su ruido, nos avisan su tránsito á distancia; las partidas de mulas, los carneros y los soldados mantienen en perpétua inquietud la poblacion.

En los mercados parece que las gentes riñen; ruega la india, invita como amenazante el ranchero, el varillero charla y arma plaza, el órgano congrega á los muchachos, y el cartelon de la esquina á los artesanos de poca fortuna, y á las garbanceras.

Allí los traficantes callejeros se sitúan en las esquinas, y no gritan, sino que hacen invitaciones á los que pasan.

Vénse canastos con frutas, y sobre perones y manzanas, piñas ó plátanos empapelados, fijado el precio de cada pieza.

Sobre un asiento de tijera descansa un cajoncillo con ramitos de flores ó con pasas, ó con cortaplumas y portamonedas, proclamadas por un italiano, aunque las frutas son el comercio principal de los compatriotas del Dante; otro cajoncito contiene juguetes ó candís (dulces) para los niños.

En la noche, en algunos puntos, á la luz de colosales teas, suele verse una gran caja dominada por una calavera: dice el rubro: “El mejor amolador de toda la ciudad! Remedio infalible para los callos.”

Vése atravesar un hombre tirando de un carrito, sobre el que estriban dos morillos y un cordel, formando columpio entre unos cencerros. El conductor grita con voz desmayada: “_Wags_, _sochs_, _botls_.”

Es un recaudador de hilachas y botellas vacías, que no penetra á las casas, porque no hay ni zaguanes, ni patios, como ya tenemos dicho.

Entre los carros de verduras, pan, leche, naranjas y simples avisos, que se anuncian ó con campanas ó con roncas y disonantes trompetas, una vez llamó un carro mi atencion.

Era un gran carro silencioso, tirado por cuatro caballos; el interior era un salon bien alfombrado, con un pequeño mostrador en uno de sus extremos, y botes, botellones y cajas de hoja de lata.

Al lado del mostrador, habia un hombre venerable de larga barba, envuelto en una especie de sotana negra, con su bonete griego de terciopelo, sobre su reluciente calva.

Por fuera del carro habia letreros en todas direcciones: _Dr. Kinswelbourg. Las universidades de Alemania y Paris. El gran confidente de los espíritus. El rival de Mesmer, en descubrimientos magnéticos. Naturalista, botánico. Enfermedades incurables. Raíces de Arabia para las lombrices.... Hiel de la serpiente. “Goatsichen” de Australia para las enfermedades del espíritu_.

El carruaje marchaba lentamente, y el mágico iba recibiendo consultas por medio de un intérprete que estaba en el pescante del carro, y expendiendo sus drogas: jamás ví un más estupendo charlatan en mi vida.

El _allegro_ de las calles, es el muchacho vendedor de periódicos: pocas veces tiene más de doce años.

Cruza las calles dando carreras y saltos y gritando desaforadamente; descalzo, con los pantalones remangados hasta cerca de la rodilla, en mangas de camisa. Ese muchacho, con el cabello á la frente, y el sombrero, que es un muédano ó un remolino de arrugas, con afinidades con el trapo, fuma cigarro y bebe _wiskey_, se ingiere en la política y está al tanto de las peripecias mercantiles.

No siempre ese muchacho es un perdulario; mantiene algunas veces su familia; jamás pide limosna ni estafa en sus tratos, y suele tener sus economías en la caja de ahorros.

Otro de los comercios callejeros es el de los que dan bola á las botas: los hay ambulantes, que con su cajita en una mano y el cepillo en la otra, interceptan el paso y obligan al transeunte á mantenerse equilibrado en un pié, miéntras comunican lustre á su calzado, y los hay sedentarios, que poseen una especie de garita de tablas, con su empinado sillon, su espejo y sus periódicos.

Una vez paseaba con J. Alcalde: seguíamos con la vista un carruaje abierto, espléndido, en que dominaba una matrona lindísima, é iban entre las olas que formaban las pieles, sacando sus cabecitas rubias, unos niños como arcángeles.

Detúvose el carruaje frente á una de esas garitas, y la dama saludó afectuosa á uno de esos tiznados _boleadores_, que en mangas de camisa y con su pipa en la boca, subió al estribo del coche: los niños se abalanzaron á su cuello, pidiéndole (_five cents_), cinco centavos. Creimos que aquel era un criado.... Era el padre de aquella preciosa familia.

El boleador ha hecho en su pedestre oficio una fortuna de más de _doscientos mil pesos_, jugando al Stock; pero se honra con ejercer su profesion!!!

Además de los vendedores ambulantes que hemos mencionado, hay vendedores como los que propalan _naranjas de los Angeles_ y otros, pero con un grito único, triste y desairado.

* * * * *

A estos californios á quienes nada distrae de su negocio; que tan guapos son en tierra como en la mar, y que así se encaraman aislados sobre una roca, sin más comunicacion que la de las aves y las nubes, como se sepultan en las entrañas de la tierra; estos californios, digo, son los chicos más bobos y los más afectos á las diversiones públicas.

Un vagamundo con su cilindro y su mono, una música de la murga en que rasca el arpa, chisporrotea un violin y una flauta asmática, destrozan al artista más pintado; unos perros sabios, un equilibrista, los sacan de quicio.

Y el mismo hombre que para no distraerse saca su navaja y desbasta un palito miéntras hace un negocio, pierde horas enteras curioseando y sintiéndose el mortal más feliz.

No se puede fijar el número de salones de espectáculos, teatros, etc., porque estos caballeros, con el desplante mayor del mundo, y en ménos que canta un gallo, convierten un templo en salon de baile, y el salon, en dos por tres, en jardin, y el jardin en establo; pero todo en ménos de cuarenta y ocho horas: se quitan bancas y reclinatorios, y se cubre el suelo de césped, y se trasportan árboles; desaparecen los árboles, y se ven los pesebres y las jaulas de fieras.

Todo parece de armar y desarmar; todo parece de desenvolver; todo parece conducido en latas y en botes, desde el otro lado del mar.

Y para mí lo más singular era, que así como me parecia que para los diversos espectáculos se desempacaban las decoraciones adecuadas, así me parecia que venian en botes los actores, y ya devotos, ya bailarines flamantes, ya pescadores, y ya volatines y saltimbanquis.

En un principio, es decir, por los años de 1848 y 1849, era el Circo la diversion favorita del público, sea por la clase de espectadores, sea porque realmente sobresalen estos hombres en tales ejercicios.

En estos espectáculos se lleva hasta la temeridad el arrojo; la agilidad solo reconoce igual en el peligro; se domina el imposible; se confunde el salto con el vuelo; el hombre parece que ha encarnado en gutta perca ó en budruz.

La mujer hace ostentacion del poema de sus formas: se enrosca, se hace fugaz como la brisa, palpita como la ola, se volatiliza como el éter. Y la cascada de cabellos rubios que flota á su espalda, y los ricos trages sembrados de estrellas, con voluptuosos flecos de oro y plata, y el columpiarse convirtiendo en verdad la fábula, y convirtiendo en palpable el ensueño, hacen el arrobamiento, la fascinacion, el éxtasis en lo sublime; y en lo plebeyo, las cosquillas, el calosfrio y el calambre....

M. Rower fué quien primero dió asilo estable á los volatines en la calle de Montgomery.

M. Pipes y M. Masset, no sé cómo se apoderaron del único piano que habia en la ciudad (1849, hoy es incontable el número de pianos), y amenizaron la diversion con cantos y recitaciones.

Yendo y viniendo dias, pasaron por aquellos lugares unos cómicos ingleses, y ahí tienen vdes. que M. Rower los atrapa, y con el auxilio de aquellos hombres, se instala realmente el teatro.

—No conmigo, dicen los reyes del histrionismo, y una Compañía francesa de aficionados interpreta á Molier y á Sardou.

Brotaban por todas partes los teatros.

M. Backer salta á la palestra, y Miss Matilde Heron levanta el arte á una altura en que compite su teatro con los mejores de la Union Americana.

En 1869, el Teatro de California, cuyo costo fué 125,000 pesos, eclipsa todo lo que se conocia en materia de teatros.

Y por fin, el Teatro de la Opera, pone el sello á las aspiraciones de grandeza y elegancia de los californios.

El Gran Teatro se abrió en 17 de Junio de 1876: tiene 110 piés de largo, por 275 de alto.

Puede contener cómodamente, segun los inteligentes, más de cuatro mil personas.

La arquitectura exterior es de estilo romanesco é italiano: en las cornisas descansa suntuosa balconería, adornada de jarrones y estatuas. El corredor principal termina en un gran vestíbulo: en el centro del vestíbulo se ve una preciosa fuente de cristal, que en los dias de grandes funciones vierte agua de Colonia.

En la parte interior pudiera decirse que el lujo agotó sus tesoros y dijo su última palabra.

Al teatro que yo asistí mayor número de veces y con el que hice más amplio conocimiento, fué el Teatro de California.

El gran salon de este teatro forma perfecto semicírculo. El patio se divide en tres secciones, una en que está colocada la grande orquesta, cerca del proscenio, separada del público por un gran corredor de fierro: la segunda, las que llamamos nosotros lunetas, ó silloncitos de tafilete ó terciopelo con asientos movibles, para facilitar los tránsitos; y la tercera, lo que conocemos por plateas, que son graderías de sillones.

Sobresaliendo de los palcos volados sobre la concurrencia del patio, se ve un corredor con sillones espléndidos.

No hay palcos á nuestra manera: son corredores con escaso número de columnas y con asientos siempre formando gradas, hasta la galería, en que las gradas se apiñan hasta tocar el techo, que es de una altura sorprendente.

Esta manera de construccion, tiene, por decirlo así, montada al aire la concurrencia, comunicándole singular animacion, y completando su pompa, el lujo, la pedrería, las plumas y tocados de las damas, que ya hemos dicho que vulgarizan la magnificencia.

El techo del salon se hace admirar por sus adornos y bajo-relieves.

A los lados del palco escénico sobresalen gigantescas columnas, y entre ellas, altas puertas con profusos cortinajes de musolina, terciopelo y seda. Esos son palcos privados, generalmente ocupados por viajeros distinguidos, cortesanas deslumbradoras ó cortejos de las actrices, que en algunos teatros convierten en retretes de tertulia íntima sus palcos, y con la proteccion de las cortinas, se platica dulcemente y se toma Champaña helado.

En el centro del teatro, y suspendido del altísimo techo, se ve el candil, que tiene más de doscientas lámparas de gas y que inunda en torrentes de luz el salon.

El palco escénico es soberbio: forma su boca un arco inmenso que estriba en robustísimas columnas.

El telon es un cuadro de bastante mérito, que representa las caravanas de los primeros emigrantes, con mucha propiedad.

No hay concha, y en la representacion aparecen los actores como hablando de su propia cosecha.

Al cambiarse la decoracion, no se hace por medio de telones, como nosotros; tiene unos rieles el piso, y por ellos, en dos secciones, corren las vistas, puestas en sus bastidores de tablas, con suma celeridad.

La escena se sirve con grande propiedad, y en punto á maquinaria, los teatros de California puede decirse que no reconocen rivales en los mismos Estados-Unidos.

Por meses enteros se está dando una misma representacion, y hay actor que con la interpretacion de uno ó dos papeles, haya hecho su fortuna.

Asistí, como digo, al Teatro de California, á la representacion que se dió por meses enteros, de _La Vuelta al Mundo_.

Antes de entrar al salon hay un gran patio de mármol, en cuyo centro se admira una lindísima fuente.

En el mismo patio se recogen los boletos, se alquilan anteojos, se suelen vender las fotografías de los actores y actrices distinguidos, y sale á fumar la concurrencia en los entreactos.

Todas las puertas están forradas de valleta verde, giran para atrás y para adelante y no chocan ni producen jamás el más leve ruido; en ellas hay sus óvalos de cristales que permiten ver la representacion.

La _Vuelta al Mundo_ está tomada punto por punto de la novela de Julio Verne, que lleva ese título, sin más, que para comunicarle unidad é interes, se hace depender el éxito de la apuesta del inglés, de su matrimonio con una simpática muchacha, y que se hace uno de los personajes principales un yankee valiente y generoso.

Por supuesto, que en esa revista de todos los países; en esas campañas con los salvajes; en esos tránsitos de la locomotora entre las rocas, haciendo saltar el hielo, aquel público, se ve, se siente, pasan á su vista escenas de que está siendo actor y es infinito para ellos el interes del espectáculo.

Domina lo tremebundo y exagerado, sea en lo trágico, sea en lo grotesco: riñas, tiros, puñadas, empellones y agonías, se hacen muy á lo vivo.

Se desatan los estusiastas en silbidos furibundos, y hacen que les repitan los trozos más de su agrado, sean muertes, ó bailes, ó lo que se fuere.

En lo grotesco, sucede lo mismo: un policía que persigue á sol y sombra al protagonista, se disfraza de negro con toda perfeccion; el criado de ese personaje principal lo sospecha, y en un momento dado, le pasa por el semblante una toalla empapada y se pone de manifiesto el engaño.... El público pedia la repeticion, y se tiznaba y destiznaba el actor, que era un contento.

En la farsa, las payasadas me parecieron intolerables, y no muy de acuerdo con el respeto al público; pero el servicio de la escena, la parte de maquinaria, es sorprendente.

En la _Vuelta al Mundo_, que ya tengo dicho que es un embrollo dramático, sin piés ni cabeza, hay dos escenas, que con razon iba mucha gente solo por admirarlas.