Viaje a los Estados Unidos, Tomo I

Part 10

Chapter 103,974 wordsPublic domain

Salen de vareta en cuanto Dios echa su luz; eso sí, como unas vireinas de lindas y de guapas: la que no tiene por lo bajo tres vestidos para cambiar en el dia, es mujer al agua.

Si aprenden música, nada de escalas, ni de piropos, ni de ejercicios de paciencia; no, señor: la cancioncilla por aquí, la ária por allá, lo que tiene salida para los novios.

Al papá se le paran de gallo á la primera observacion....

—¿Y la mamá?

—Anda por su lado y se hombrea con la hija para vestir y acicalarse más que ella.... porque aun declarada vieja, procura sobrenadar, aunque sea como un zoquete de corcho, en las olas de la juventud.

—Eso de gobierno de casa, y de repaso de ropa y de cocina, eso para ella es casi lo estúpido.

—Entremos en cuentas, mis amigos, decia uno de los circunstantes, muy dado á los estudios sociales. Esta es una sociedad, en que no se puede presentar una fisonomía única, porque es sociedad de extranjeros, en que cada cual sigue sus costumbres como le acomoda, y no puede presentar un conjunto ó tipo regular, como la española á que estamos acostumbrados. Entre españoles, franceses é italianos se pudiera hallar la señorita á nuestra manera; entre las otras naciones, no.

Comience vd. porque el sentimiento de la emancipacion se respeta y su desarrollo es poderoso y rápido.

Desde muy temprano, el niño y la niña asumen la responsabilidad de sus acciones; se le suelta, es cierto que cae, pero es cierto que confía en sus fuerzas y las mide para no caer segunda vez. Esto produce extravíos, pero comunica virilidad, independencia y reflexion al niño desde sus primeros pasos.

El niño mexicano tiene ayo que cuida sus pasos; á poco andar se vuelve su cómplice. Se apega al árbol paterno y se nutre con los mimos de familia; pero ese sér menesteroso y raquítico, confiado en las ajenas fuerzas, amigo del ócio, será femenil en sus aspiraciones, corromperá la vida íntima, acabará por casarse para que le mantengan á su mujer.

Eso no concibe el americano; en sus juegos finge atravesar los mares y recorrer los desiertos, juega con costalitos de tierra en que descarga café, conduce fierro ó plantea un ferrocarril, y á los quince años, es carpintero, ó voluntario, ó quiere marchar á China, ó resulta perniquebrado, ensayando dar direccion á los globos; pero ese es un hombre y un hombre útil á la sociedad; miéntras el niño nuestro, es un muñeco que cuando más aspira á ser del Colegio Militar ó diputado, es cierto; á ser mantenido de la nacion, ya que no por sus padres.

La sociedad americana se cuida mucho de los delitos, es decir, de las acciones que perjudican á los demás; no se cuida de los pecados: á esto llamamos nosotros inmoralidad; lo otro constituye un gobierno de trabas y de chisme, que degrada y envilece á los pueblos.

En cuanto á la mujer, se siente desde que nace rodeada de respeto: una niña, una señorita, puede atravesar de aquí á Nueva-York, de dia ó de noche, sin que nadie la importune; va con la conciencia de ser protegida de cuantos la rodean.

La niña se educa, ilustra su razon, se desarrolla, y protegida por la universal consideracion, aspira á la libertad; para mí todo eso es excelente: _la parte delicada de esta educacion es que, en mi juicio, no se le inculca bastante la idea de que se tiene que educar para madre de familia, es decir, con aspiraciones adecuadas, con la subordinacion á una voluntad superior_.

La educacion, á fuerza de extraviado engrandecimiento, pretende hacer de una mujer un hombre, y la educacion de la mujer debe ser el perfeccionamiento de la mujer. No puede ser perfeccionamiento el hermafrodismo intelectual.

La mujer, con ese falso principio desarrollado en sistema, busca los medios de vida propia é independiente, y como ni su organizacion, ni su naturaleza la sostienen en su tarea, termina por explotar sus gracias, y semejante mercancía atenta contra la familia y hace la desdicha de la misma mujer.

Es cierto que amparando esa independencia, se abren la oficina y el taller; pero la oficinista y la obrera son séres masculinos, sin sexo, y de esto siempre nacen aberraciones sociales.

—Alto, chico! clamó otro españolito, amigo de Carrascosa, todo eso bien pudiera ser: ¿quién quita de que estos salvajes blancos son tan pazguatos y tan friones, que ellas, pues, vd. me entiende, se dan sus mañas para no pasar la vida tan triste, y vienen con nosotros que somos más amorosillos?

—Sí, muy amorosillos, replicó con ironía mi tocayo; nos derretimos en una mesa ó en una tertulia, brota una flor de cada una de nuestras palabras; pero le faltamos al respeto al lucero del alba, no nos paramos en pintas para una seduccion, y mil veces se recuerdan con lágrimas nuestras dulzuras en las casas honradas....

—Eso es la fuerza de la sangre, dijo el españolito.

—No, amigo; es en el hombre el respeto al derecho ajeno, y es en la mujer el sentimiento de su propia dignidad.

—Hombre, hombre, interrumpió otro concurrente, vdes. se están metiendo en honduras de esas de que se escriben cientos de libros, sin que se le encuentre punta á la hebra, y yo queria hablar de la _lady_, de esa que no tiene padre ni madre, que es linda como una estrella, que viste como una reina, toca, canta, sonríe, endulza la vida, y el dia ménos pensado toma un bebistrajo que la despacha al otro barrio, de guante de cabritilla y capota de riquísimas pieles.

—A propósito, dijo uno de los amigos, á uno de los compañeros de vd. acaba de pasar un lance que parece de novela....

—Que se oiga el cuento.

—¡¡¡Atención!!!

—Vd. tiene la palabra.

—Silencio....

—¿Vdes. conocen á P. Y. G.?

—Como á mis manos, repliqué yo, es nuestro íntimo.

El muchacho es gallardo, elegante y hombre de mundo, aunque muy reservado y duro de aspecto.

Convidóle el capitan á una cena, en _Lit-House_, de esas fincas entre árboles y flores que habrá vd. visto á la orilla del Parque.

Grandes salones con columnas, colgaduras y espejos, magnífico piano, candil soberbio, decoraban la estancia.

Departamentos como claustros y habitaciones propias para cambiar de direccion á cada instante, y un comedor con todos los adminículos que exige el buen tono cuando impera la gula.

Eran de la partida cosa de siete garzones como almendros, y otras tantas bellas, realizaciones del ideal de los bardos más enamorados.

Cantóse, tocóse, danzóse, y se deshojó la flor de la vida, dejándola caer en agua cristalina con esencia de rosa.

Aislábanse las parejas al pié de las estatuas, en sofaes magníficos.

Parece que veo á P. con sus ojos negros, su rizado cabello, su dentadura que al sonreir despide luz. Leila estaba á su lado, con su vestido de seda blanco, atravesado por unas lindísimas sartas de rosas.

¿Conocen vdes. á Leila?

Leila triunfa en su perfeccion de la Vénus de Médicis; entre una cabellera de espuma de oro, aparece su semblante como una glorificacion del ideal; en la atmósfera que la rodea se mece la voluptuosidad; sus movimientos acarician, sus ojos embriagan y atormentan. Su conjunto es como un canto, su andar es el himno. Si cerrados los ojos pasara á nuestro lado, sentiriamos como nadando en luz nuestra alma......

Esa mujer hablaba con P. Y. G., y su brazo de alabastro descansaba sobre su cabello de ébano, á los piés de una estatua de Apolo, como completando un grupo de Fidias.

P. la reprochaba su tristeza.

Ella le decia que cumplia con un compromiso estando allí; que tenia una amiga moribunda; que le parecia escucharla; que no tenia sosiego; y se abandonaba melancólica, escondiendo su labio de carmin en un cáliz de rosa blanco, que parecia rendirse y abrir sus pétalos con avidez, para recoger sus besos.

P. fijó atentamente los ojos en aquella mujer, erguió su cuerpo sobre el sofá, y con un aire de finura y atencion irresistibles, y con un ademan en que habia respeto, súplica y mandato, se quitó una de las riquísimas mancuernas del puño de la camisa, y le dijo:

—Hágame vd. favor de ofrecer á su amiga ese recuerdo; yo libraré á vd. de todo compromiso; vaya vd. á su lado: mi coche está listo.

Atravesaron el salon los jóvenes, no sin que los siguieran algunas maliciosas miradas.

Habló P. con el dueño de la casa, y condujo á la hermosa al carruaje.

—Está vd. á las órdenes de la señorita, dijo al cochero, y se retiró sin demostracion alguna, sin un movimiento que indicase interes.

—El nombre de vd., caballero? le dijo, con el pié en el estribo del coche, aquella divinidad.

-Soy un mexicano, respondió P.

El coche se perdió en las sombrías calzadas del Parque.

La preciosa Leila no habia mentido: fuése del convite á asistir á la amiga moribunda que estaba en la miseria.

—Esos demonios son así, exclamó el españolito, gastan cada dia los cientos de pesos en alhajas y aventuras, y van á un hospital.

Apénas alumbró el dia, fué Leila á realizar la mancuerna. Sin titubear, le ofrecieron quinientos pesos.

Sea por la riqueza de la dádiva, sea por la originalidad de la aventura, sea por el poco interes de la recompensa manifestado por P., lo cierto es que Leila se apasionó perdidamente: corria las calles preguntando por Mr. Pibl, y nada de diversion ni de amoríos. El mundo elegante estaba asombrado con la conversion de Leila.

P., sea que realmente se propuso hacer una buena accion sin recompensa; sea que sus amigos le retrajeron de un empeño que pudiera haberle sido funesto; sea capricho, evitó las ocasiones de ver á Leila y se encerró en su reserva.

La linda mujer de que hablo era sin duda una de esas jóvenes de opulentas familias que caen en las redes de la disipacion y pierden para siempre nombre, padres y hogar.

Conocia su situacion, se sentia abyecta, despreciable; los puros sentimientos, sepultados en su vanidad y su locura, despertaban, alumbrándole el hondo abismo de su infelicidad; era una mártir de quien la presencia del resultado de sus extravíos, constituian su suplicio.

Una tarde recibió P. un billetito muy perfumado, en que Leila le invitaba á un té en la bahía, á bordo de un buque.

Decíale en qué punto deberia hallar un bote que lo condujera, y hacia alusion á la hermosísima vista de la bahía, á la luz de la luna, viéndose á distancia y fantástica, la ciudad con sus luces artificiales, reverberando, esparciéndose y agrupándose en todas direcciones.

P. se forjó una novela, y asistió á la cita: en el comedor del buque, á cierta hora, notó algun tragin y subió sobre cubierta, oyó los silbidos del vapor y vió movimiento como de marchar.

Preguntaba por señas qué era lo que sucedia: nadie le daba razon.

Con mil trabajos, y despues de mil gestiones, supo que en aquel momento partia para China la embarcacion.

La congoja de P. fué extrema; tratábase de un plagio: habló, protestó, gritó, pidió socorro; y al fin, por milagro, se hizo entender; detuvo su curso el buque, y descendió.... dejando á la nueva Dido, que siguió su marcha, conducida por la desesperacion al celeste imperio.

—Saben vdes., dijo el españolito, que la broma estuvo pesada?

—Más pesada está la del paisano D., que queriendo hacer una de las nuestras con una chica, dió cartitas, hizo promesas, regaló anillos, como de juguete, y ahora, que quiera que no quiera, lo casan, y ni toda la corte del cielo le quita de encima el ¡¡oh José, divino esposo!!

—Oiga vd., me dijo mi tocayo, si en las hembras tiene vd. tipos tan originales, entre los machos puede vd. contar primores.

—Otra vez nos ocuparemos de las relaciones de los chicos de ambos sexos, con divorcio, matrimonio y todo su acompañamiento.

—Echa líneas, chico, me decia Carrascosa, echa líneas para ejercitar el pulso.... y solo cuando te encuentres muy diestro, emprende el retrato.

—Pues, por ahora, te obedezco, contesté: dejo en tal estado mis primeros perfiles.

XI

Depósito de seguridad.—Telégrafo.—¡¡Fuego!!

EMPIEZA este capítulo con un prodigio: Northons, que es un loco frison como una casa, y una casa ambulante, se quedaron en el tintero.... y ni su luz.... si es gana, eso de los compromisos me asesina: ya hablaremos del loco y de la casa.... Hablemos ahora del Depósito de Seguridad.

¡Suntuoso edificio! clamé entusiasmado un dia en la esquina de Montgomery y California, al ver una fábrica que tiene en el primer piso arquería de cristales de seis varas, diáfanos hasta dudar los ojos de su existencia: cinco pisos, séries de arcos con molduras y columnas, y una caprichosa torre con su aguja, que parece penetrar en las nubes.

—Magnífico es realmente y corresponde á su objeto, me dijo un amigo que me acompañaba: este es el _Depósito de Seguridad_, de que acaso habrá vd. oido hablar.

—Sí, señor, contesté, me han hecho grandes elogios de él: dicen que este es el relicario que guarda el corazon de California.

—Ese es un chiste, replicó mi amigo; pero sí es cierto que este depósito encierra grandes riquezas.

—¿A qué se reduce el depósito? pregunté yo.

—Se reduce, dijo mi amigo, á que una riquísima Compañía ofrece toda especie de garantías para la seguridad de las escrituras, papeles, secretos, alhajas, dinero y valores de cierta clase, y que esta es una institucion de alta importancia en pueblos en que los incendios son frecuentes y desastrosos; en que los extranjeros son muchos y pueden hallar al momento de su arribo, seguridad para sus intereses, y en que los ladrones están á la altura del progreso y de la audacia de estas gentes. Ya habrá vd. sabido de una Compañía de ladrones ingleses, de los que solo las herramientas valian más de cincuenta mil pesos.

—Y esas cajas de fierro que se pintan como una maravilla de seguridad y que lo son en efecto......

—Lo serán tal vez en México.

—Y cómo que si lo son: antiguamente las barras de plata que se enviaban del Mineral de Catorce para San Luis Potosí, iban en carros custodiados por numerosa escolta, y á cada momento habia asaltos y encuentros sangrientos.

Se supo un dia que la conducta de Catorce caminaba sin escolta alguna; cantaron aleluya los ladrones, y fueron á cortar el paso al carro que llevaba la plata. Llegan, le rodean, y la Sra. Plata venia muy oronda en su caja de fierro.

Los ladrones, volvieron y revolvieron la caja, como un dado, le dieron golpes y martillazos, y la burla fué completa: prendieron fuego para derretirla, pero todo fué en vano: hasta con los dientes querian forzar la caja: en estas y las otras, llegó la policía y los halló como á canes que hubieran querido hacer banquete de bolas de billar. Hizo la policía gran cosecha.

—Pues si hubiera vd. dejado la caja cerrada cerca de New-York, no tarda vd. cinco minutos sin verla de par en par: así es que este depósito disfruta, con sobrada justicia, del favor público. Venga vd. conmigo, porque es digno de que lo examine vd. con detenimiento.

El frente del edificio ocupa 1,372 piés de la calle de Montgomery, y 68 de la de California. Lo ideó J. C. Duman y fué el arquitecto William Potton, de merecida nombradía.

El cimiento del edificio está abierto con grandes obras que penetran en las aguas del mar que llegan allí, y ligado al techo por medio de fuertísimas barras de hierro.

Estábamos mi amigo y yo en la calle de Montgomery; me dejó un momento para solicitar el correspondiente permiso, lo cual es obvio en toda clase de establecimientos cuando se trata de extranjeros, y volvió diciéndome que pasase.

Descendimos tres ó cuatro escalones, en que forma al edificio gruesa muralla la misma calle, y nos hallamos en un amplio corredor, frente á una extensa puerta formada de varas de hierro.

A los lados del corredor habia dos empleados en sus escritorios.

Abriónos la puerta un caballero, así deben llamarse á los dependientes custodios, por la escrupulosidad de su eleccion y sus elevados honorarios, y nos puso al frente de un edificio, encerrado en el edificio en que estábamos, que todo me pareció de acero y bronce, y es, en efecto, de un metal á prueba de fuego, que tiene esa apariencia.

El edificio interior figura por todas partes grandes puertas; entre columnas, y de trecho en trecho, estatuas colosales de bronce y acero, figurando guerreros con sus corazas, lanzas y atavíos de la edad média, sobre sus pedestales de mármol.

El interior de ese edificio, incluso en el edificio exterior, se comparte en calles angostas, pero regulares, formadas de paredes compuestas de 4,600 huaricos ó cajones grandes y pequeños.

El techo, ó mejor dicho, la bóveda, es hecha de fajas fuertísimas de acero, superpuestas y cerradas por planchas del mismo metal; el piso es de bronce y acero.

El costo de esa parte del edificio fué de 207,000 pesos, y el valor total del establecimiento es de dos millones de pesos.

Cada individuo de los abonados tiene á su disposicion una caja en que guarda papeles, alhajas y dinero.

Posee una llave el inquilino, hecha por herrero especial, con tan ingeniosas combinaciones, que no hay dos ni semejantes, dando el artesano seguridades de todo género y completándose las guardas de la chapa tan sagazmente, que no se ha dado caso de falsificacion.

Todo el edificio está á prueba de fuego, y lo que es más, á prueba de _burglar proof_ (ladrones nocturnos), en donde están agotadas realmente las previsiones de la malicia humana: hay en el interior de la chapa, segun dicen, vidrios gruesísimos, que cuando se forza, se rompen en astillas que frustran toda combinacion de violencia.

La bóveda se compone de treinta arcos de acero superpuestos, enlazados y sostenidos por pilares, que solo ellos constituyen un admirable monumento.

Los nichos ó huaricos son de distintas capacidades y se dividen en clases de primera á cuarta clase, pagándose desde dos hasta veinte pesos mensuales.

Ningun arrendatario puede penetrar solo á registrar su nicho; le acompaña constantemente un empleado que para nada ve ni escudriña lo que hace en la localidad que le pertenece.

Dia y noche arden lámparas en la pequeña ciudad de acero y bronce, y rondan incesantemente de esos policías de fianzas y recomendaciones, que son distinguidos caballeros.

Por último, hay un departamento para señoritas fuera del gabinete, llamado _Bóveda de plata_, por ser de ese metal, que es una joya de riqueza y esplendor.

Actas de nacimiento, contratos matrimoniales, disposiciones testamentarias, escrituras, secretos los más íntimos de la vida del hombre y la mujer, joyas de todo género, cuanto hay de más importante para una sociedad en sus más recónditos misterios, todo lo contiene el _Safe Depot_, que se calcula en muchos millones; y su presidente, M. Eugene Casserly, lo mismo que el vice y secretario, M. M. Raymond y Le Warne, han sabido dar cierta grandeza y seguridad á sus actos, que inspiran la más completa confianza.

El transeunte; la obrera económica; el opulento banquero; el anciano infeliz; el representante del que llega á la vida, y el que se dispone para el viaje á la muerte, todos emprenden sus relaciones con el _Safe Depot_, como si fuera confidente de todos los dolores, de todas las esperanzas y consuelos.

Se dice que se ha apurado tanto el ingenio en materias de seguridad, que la maquinaria del reloj colocado en la puerta, no permite que se abra ésta sino á cierta hora de la mañana, y que en el lugar en que está depositado el tesoro, se le forzara la doble puerta; por un mecanismo, que se guarda con sigilo sagrado, se volverian á cerrar las dos puertas, se verificaria un efecto neumático, y los ladrones quedarian allí hechos momias para escarmiento de malvados.

La Compañía comenzó á funcionar en 1875, y cada dia disfruta mayor crédito.

* * * * *

Otro de los establecimientos que me parecieron de utilidad suma para el público y de excelente organizacion, es el _Telégrafo Americano_, del distrito de San Francisco.

El objeto de la Compañía que se encuentra al frente de este negocio, es comunicar, por medio de un aparato telegráfico sencillísimo, á toda clase de personas con los puntos en que pueden encontrar satisfaccion las necesidades que los aquejen.

En la oficina central, dispuesta por Mr. Jas. Gamble, existen tantos nichos pequeños cuantos abonados tiene el telégrafo, con sus nombres y sus registros correspondientes á los llamamientos convencionales de la persona que se sirve de la Compañía.

Cada habitacion ó residencia de los abonados se relaciona con el sistema nervioso, digámoslo así, de la accion central.

En las paredes de la casa, junto al mostrador del _bar-room_, á la cabecera de la mujer enferma, se ve pendiente de un clavo una especie de carátula de reloj, que tiene escrito en su círculo, bien marcado y dividido:

y los números 1, 2 y 3 para advertir que es primera, segunda, ó tercera llamada.

En el centro de la carátula descrita, se ve una manecilla que se hace girar sobre el letrero que corresponde al deseo que se quiere manifestar: ésta oprime uno de los alambres que están en la cajita que contiene la carátula, y la oficina central recibe el aviso y corresponde al llamado.

La renta de la caja avisadora es de veinte reales al mes: al mensajero se pagan quince centavos por el primer llamado, y precio convencional por la comision que se le encarga ó el mandado que se quiere que haga.

A la policía nada se le paga porque acuda, lo mismo que á los encargados de apagar incendios.

De esta suerte, los más infelices, en el último barrio de la ciudad, están acompañados, asistidos por ese establecimiento poderoso, y parece cosa de mágia ver aparecer en medio de una riña en una casa particular, á la policía, ó acudir al médico, ó llegar un caballo listo para que nos sirva cuando se acaba de hacer el llamamiento convencional, con solo mover la manecilla mágica.

El telégrafo del distrito se estableció en 1875, y puede asegurarse que no hay un diez por ciento de edificios que no hayan acudido á sus beneficios, dispensándole toda clase de personas universal proteccion.

Despues de Mr. Gamblé, M. Greenwood, superintendente del telégrafo de alarmas, es tambien superintendente de este telégrafo, con universal aceptacion.

Hay otro servicio telegráfico, cuyas señales se ven en las montañas y en las lomas, y sirve para dar aviso de los arribos de buques, que es tambien de suma utilidad y disfruta del favor del público.

* * * * *

La generalidad de las construcciones de madera, su altura, su aglomeracion y el número de personas y de intereses que encierran, dan á los incendios importancia espantosa y colocan á los que los combaten, en primera línea entre los bienhechores de aquella sociedad, captándoles, con justicia, la estimacion universal.

La aureola espléndida que circundaba en otras edades al trovador y al paladin; las seducciones que embellecian al caballero temerario en las lides y diestro en los torneos, son nada comparados con el prestigio del Bombero: cultiva el lirismo de la accion, vulgariza el heroismo, prodiga su existencia en el torbellino de fuego y horror que le circundan, y arranca á las llamas al anciano moribundo, á la jóven desfallecida y al niño inocente, delicia de los autores de sus dias.

El amor, hasta el olvido de su propio sér; la audacia, hasta confundirse con el delirio; la bondad, hasta no poderse distinguir de la pasion; el sublime, hasta irradiar en los más leves accidentes de un drama terrible.

Parece que aquellas naturalezas frias de aquellos adoradores del oro, se conmueven y despiertan al sentimiento, en un instante dado; que se funde la costra de hielo sobre los corazones y las fisonomías, y aspiran con la llama, la plenitud de la vida, aquellos romancescos hijos del peligro.

Las oficinas ó establecimientos para extinguir el fuego, en todos los puntos de los Estados-Unidos, están montados con verdadera riqueza; pero como el primero que yo veia era en San Francisco, atrajo mi profunda admiracion.

La Brigada de Bomberos consta de 250 hombres, al mando de M. Rossell White, de Boston.

Tiene á su servicio cincuenta caballos y las máquinas y útiles correspondientes, que son una riqueza.

Devenga la Brigada anualmente cerca de trescientos mil pesos.