Part 9
Y si de aquellos antros, donde se mueven figuras tan extrañas y tipos tan distintos, iluminados, en salas desmanteladas de mueblaje sucio y raído, por candilejas y velones, donde alternan la india mexicana de cara aplastada, ojos velados y tristes que recuerdan los rasgos fisionómicos de la raza amarilla y especialmente del pueblo chino, con negras de labios carnosos y caídos, mulatas de ojos avispados y labios rojos y concupiscentes, cuarteronas y blancas solicitando favores con las ansias de la miseria y el vicio, se pasa al teatro Tacón en días de beneficio, numerosísimos allí, que todos los motivos son buenos para ejercer actos de caridad ó filantropía en la sociedad culta y humanitaria de la capital de Cuba, nótase la sacudida de una transformación tan radical que el ánimo parece recrearse en aquella atmósfera tibia y perfumada, en aquella sala llena de luz y mujeres hermosas, lujosamente ataviadas, luciendo escotes soberbios, de aquellos que desafían á la maledicencia cuando duda si los esconde el pudor ó la fealdad.
Desde un palco platea á que me invita la cordial y ostentosa hospitalidad de un amigo, recreo la vista mirando la finísima traza de la platea, cómoda, holgada y elegante, los palcos quizá un tanto pequeños, especialmente los proscenios con relación á la capacidad del teatro, el adorno sobrio y bien entendido, la iluminación espléndida y bien repartida, el aire entrando por las aberturas cerradas sólo con persianas, pero, aun así, habiendo en la sala intenso calor, el teatro lleno, las partes altas con gente de color, mulatos especialmente, que aplauden de manera estruendosa un drama titulado «La mulata», en cuya trama romántica figura como heroína una mujer de color, víctima de blancos viciosos y criminales; en los palcos y platea señoras irreprochablemente vestidas, dominando las morenas, de ojos grandes, encantadores, y cabellos negros, tan negros como los tienen únicamente aquí los que usan ó abusan de la química, y caballeros con frac ó smoking, elegantes y atentos con las damas, á las cuales obsequian con dulces y flores.
A última hora y á la salida de los teatros, la buena sociedad cubana cena en los restaurants del Parque y calles anejas, cuyo servicio es esmerado, ó toma helados y chocolates en los cafés y cervecerías, hasta que los tranvías del Cerro y el Vedado y los carruajes de particulares, en hora avanzada de la noche, van desapareciendo del Parque, que recobra la tranquilidad perdida durante las últimas horas de la tarde y primeras de la noche.
[Ilustración]
Y ya que he citado el Cerro y el Vedado, centros de veraneo de los habaneros, algo he de apuntar aquí, aunque no tenga, especialmente el Cerro, fisonomía propia que lo distinga de otras calles excéntricas de la capital de Cuba, como no sea por su caserío más suntuoso y sus jardines tropicales, donde reside ó mejor residía la sociedad más selecta de aquella ciudad, y se daban fiestas brillantísimas, cuando el dinero abundaba y decía la gente que la Habana era una de las ciudades más ricas del mundo. Quizá la fisonomía borrosa de hoy, en calle no muy ancha, polvorienta y llena de baches, cuyo eje sigue un tranvía de coches reviejos y descoloridos, lanzando los vehículos que la cruzan oleadas de polvo que dan á las fachadas, ya descascarilladas, apariencias de pobreza y suciedad, presentaba entonces signos de mayor grandeza, grandeza que hoy se oculta en el fondo de las quintas y en los jardines verdaderamente espléndidos, en que la palmera real y el cocotero alzan sus troncos y sus palmas por encima de las azoteas, como muestra de la fecundidad asombrosa del suelo y el clima de la grande antilla española. Una visita hecha á una familia habanera distinguidísima que habita en el Cerro, me permitió echar una rápida ojeada al interior de aquellas casas.
Tiene la fachada fisonomía italiana, algo que recuerda las casas de Pompeya reconstruídas; breve pórtico facilita el paso á un vestíbulo grande, limpio, que sirve de entrada á las habitaciones y de cochera, que alineados están allí tres carruajes, cubiertos y enfundados. El criado, que va en mangas de camisa, me guía á una de las habitaciones que da al jardín, y como la señora no me espera ni me conoce, me da tiempo para escudriñar la estructura de la casa, de habitaciones espléndidas por su holgura y limpieza; techos elevadísimos que enseñan sin reparo sus cabrios desnudos de madera finísima, con sus bovedillas enlucidas como las paredes, blanco todo y reluciente, contrastando con el verde intenso de las persianas que cubren todas las aberturas, dejando al aire del jardín ancho espacio para circular por las habitaciones amuebladas con sillas y sillones de rejilla, cómodos, ligeros, apropiados al clima, adornadas las paredes con grandes cuadros de afamados pintores, abundando los muebles de maderas ricas, patrimonio de los bosques cubanos; cómodas, armarios, anaqueles, marcos ostentosos de espejos biselados, pero pegado todo á las paredes, sin consentir que el aire halle en las habitaciones obstáculos para circular libremente, y dando al conjunto una fisonomía un tanto fría para los que estamos acostumbrados á ver salones alfombrados, cuajados de muebles, con sillas y sillones tapizados, abundando los contornos suaves, redondos, blandos, que constituyen una base de _confort_ completamente distinta de la indumentaria propia de los climas tropicales.
Terminada la visita, echo una rápida ojeada al barrio, y mientras espero el tranvía que me ha de conducir al hotel, por casualidad topo con una pareja de negros, un Tenorio y una Menegilda que sin preocuparse de mi venida, entablan el más interesante coloquio.
Es difícil dar con un negro más asqueroso: bajo, rechoncho, con la cara pustulosa; ella, fea también, sucia, mal vestida, con la cara sebosa y reluciente que adornan labios carnosos, violáceos y profundamente agrietados.
La chica se dolía de que se atreviera á pararla un hombre que no conocía; el negrito no parecía preocuparse de los lamentos de la joven y bastaron pocos segundos para desarrollar, con frase brevísima, su atrevido pensamiento. Ella no se dejaba convencer, la faltaba la presentación previa: «pero hombre, si yo no le conozco á usted... ¡usted qué se figura! ¿acaso me detengo yo con el primero que pase por la calle?... vaya usted á trabajar, hombre, vaya usted á trabajar...»; y él, apurado ya, respondió: «pero, mujer, ¿cómo es posible que no sienta usted lo que siento yo por usted, si me estoy muriendo por usted?» y los ojos del negrito relucían como carbones encendidos, sin poderse convencer de que las ansias que sentía no lograran vencer los rigores de aquella Venus que había inspirado pasión tan honda al atrevido mancebo. La negrita, contrariada, aguantaba á pie firme la rociada amorosa; el Tenorio no parecía haber agotado sus argumentos, y como el tranvía no había de esperar la terminación de aquella escena idílica para continuar su carrera, allí quedó mi pareja amartelada, terminando el prólogo de la comedia ó drama amoroso.
Tampoco deben buscarse, en la capital de Cuba, edificios arquitectónicos suntuosos, catedrales de traza holgada, iglesias ricamente decoradas, edificios públicos elegantes, jardines grandes y bien dispuestos, porque se perdería lastimosamente el tiempo.
La Habana no tiene la pretensión de ser una ciudad monumental; todo lo que hay en ella notable se ha de estudiar en su historia y en su trabajo, historia que es la de la patria española, como suyo es el desenvolvimiento de su riqueza que hemos arrancado con nuestros brazos y nuestra inteligencia del suelo cubano.
Pero hay en el recinto de la ciudad páginas tan hermosas de nuestra historia, que sería desdén criminal pasar por la Habana sin leerlas.
Descansan en su catedral las cenizas del hombre que escribió la página más gloriosa y más pura de la historia de la humanidad.
En modestísima plaza porticada, cuyo nombre no recuerdo, mirando á la calle de Empedrado, levántase, sobre breve escalinata, la catedral de la Habana. Su fachada gótico-latina de piedra sillar ennegrecida, en cuyos paramentos y entre columnas pareadas hanse abierto desnudas hornacinas; flanqueada por dos torres de escasa altura, con ancha y holgada puerta central y dos laterales más pequeñas y simétricas, dan al conjunto un aire de pobreza que recuerda las iglesias de los antiguos conventos españoles. No presentan mayor grandeza las naves en su traza y sus alzados; las líneas correctas de sus arcos y columnas resultan frías, los altares pobres, nada hay allí que distraiga la atención de un modesto mausoleo que lleva al pie esta leyenda:
«¡Oh restos é imagen del grande Colón! Mil siglos durad guardados en la urna, Y en la remembranza de nuestra Nación.»
mirando al altar mayor y á la izquierda del presbiterio, un retrato orlado sostenido por una especie de zócalo en que están esculpidos anclas, cables, y un reloj de arena en que se apoya la leyenda, es cuanto recuerda al viajero que allí, según dicen, descansan las cenizas del gran Almirante, cuya grandeza no cabe en el mundo.
[Ilustración]
Allí estuve largo tiempo contemplando aquella urna funeraria que guarda los despojos de nuestra gloria más pura, recordando nuestra larga historia colonial, nuestras conquistas, nuestros héroes, sombras y penumbras del pasado, manchas de un sol que no se apagará mientras el mundo exista, dejando en el espacio la estela luminosa de las leyendas españolas. Y ante aquellas cenizas venerandas, mi frente inclinóse reverente, que después de Cristo, no ha cabido á ningún sér humano más alto destino, ni misión más santa, que Colón trajo al mundo, en su cerebro, la semilla de nuevas civilizaciones cuyo desenvolvimiento vasto y fecundo no es capaz de abarcarlo, en su conjunto, el entendimiento humano. Y al ver allí una corona, que una augusta dama española dejó al pie de aquel mausoleo, y las banderas y estandartes de la flotilla de carabelas que vista de lejanos mundos debía parecer fantástico espejismo que reproducía, al cabo de cuatro siglos, aquella epopeya gloriosa de Colón y los Pinzones flotando aún sus imágenes imborrables sobre las olas del mar, yo no puedo pensar, sin desfallecimiento de espíritu, qué pecados de raza se cometieron en México, en Chile, en el Perú, en las Indias del Oeste para que nuestro dominio de aquellas inmensas tierras se convirtiera en causa primera de nuestra decadencia, mientras triunfan y prosperan pueblos que han aportado al Nuevo Mundo ideas de exterminio, de usurpación, que fusilan sin compasión al indígena, al que embrutecen primero, para herirlo con mano más segura después, persiguiéndolo á muerte hasta las praderas y los arenales más remotos de los desiertos americanos.
La ley de Indias que amparaba con cristiano anhelo al indígena, que respetaba sus tierras, sus mujeres y sus hijos, contra las demasías, las soberbias y las ambiciones del colono, no logró respetos de naciones que deberían inclinar su cabeza ante nuestra raza humana y colonizadora. Y cuando vi tanta gloria iluminada sólo por la luz filtrada por mezquino ventanal, y vino á mi memoria el Capitolio majestuoso de Washington, con sus cúpulas soberbias, y la tumba de Juárez, la catedral, y los palacios de México, y recordé las fiestas colombinas en que España, la patria del gran descubridor, hizo modestísimo papel, mi espíritu no supo hallar la razón de tantas tristezas, y mi corazón y mi sangre se rebelaron contra las injusticias de los hombres y las crueldades del destino.
De aquel vasto imperio colonial en América, no nos queda ya más que Cuba y Puerto-Rico, dos joyas valiosísimas de aquella corona ceñida durante tres siglos por los Reyes de España, y que no la tendrá ya igual ningún potentado de la tierra; y si por ley fatal de la suerte hemos de perderlas también, si no hemos de aprender jamás, ya que sabemos conquistarlas y civilizarlas, como se administran las colonias, no consintamos siquiera que los restos de Colón, si están allí realmente, se pierdan también para España, mostrando así al mundo que podemos perderlo todo menos el amor á la tradición y á las glorias de la patria.
Salí de la catedral con la pesadumbre de las grandezas extinguidas, de algo que vibra en el cerebro ardiente y poderoso, y se apaga inclemente en el frío del medio en que se habita cuando nada responde á los entusiasmos de la vida. Y al ir camino de la Plaza de Armas, al terminar la calle del Obispo, doy con un alegre square, lleno de flores, plantas y palmeras tropicales, rodeando una estatua de Fernando VII que distrae mi atención, harto entretenida con tristes recuerdos, y en él hallo el palacio del Gobernador general, vasto edificio de arquitectura moderna, con bajos porticados y arcos de medio punto, cuyos machones, adornados con pilastras rematadas con sencillísimos capiteles que sostienen larguísimo balcón que vuela sobre la plaza, y á su vez sirve de base á modestas columnas sobre las que va un friso sencillo rematado por un reloj de torre.
Frente al palacio un templete histórico atrae la vista del viajero, templete erigido á la memoria de Colón por ser el sitio donde se celebró por vez primera en la isla de Cuba el santo sacrificio de la misa.
[Ilustración]
En 1519 una ceiba arrogante ocupaba el sitio del templete, y á su sombra erigióse el primer altar á Dios, invocado por Colón al tomar posesión del continente americano. Su arquitectura nada recuerda. El autor de la obra no supo dar al monumento el sabor de la época y de la localidad; quizá más que un edificio mezquino habría sido natural perpetuar la ceiba, continuar la tradición, buscar algo en la arquitectura mexicana, en la choza india, ¿qué sé yo? algo que no fuera un edificio banal y pobre arrancado al arte europeo. Me limito, pues, á recordar el bronce que perpetúa fechas y crónicas de la historia del descubrimiento, cuya leyenda dice así:
«Reinando el Señor Don Fernando VII, siendo Presidente y Gobernador don Francisco Dionisio Vives.
La fidelísima Habana, religiosa y pacífica, erigió este sencillo monumento decorando el sitio donde el año 1519 se celebró la primera misa y cabildo; el Obispo don Juan José Díaz de Espada solemnizó el mismo Augusto Sacrificio el día 9 de marzo de 1598.»
Y al acabar de leer lo que acabo de apuntar, sin querer, me pregunto qué hacen allí los nombres del Rey don Fernando y del Gobernador don Francisco Dionisio Vives, personas muy respetables ciertamente, pero que quitan carácter de época al recuerdo y que nada tienen que ver con el descubrimiento de América, siendo verdaderamente sensible que haya personas que busquen notoriedad á la sombra augusta de la historia y que, las generaciones que las suceden, consientan este tormento á los que vamos á visitar lugares sagrados, llevando en el corazón el piadoso recuerdo de los azares, las luchas, las alegrías y las tristezas de la patria.
Y como el día no fué afortunado, hallando en todas partes motivos de tristeza, apunto aquí, para que todo responda á mi humor endiablado, recordando aquel bronce que da á la Habana el dictado de _pacífica_, los siguientes datos que me comunica un amigo, conocedor de las condiciones de la ciudad bajo el punto de vista de su seguridad y defensa.
Rodean la Habana una serie de fuertes, unos que protegen la entrada de la bahía, y son el castillo del Morro y el castillo de la Punta, que cruzan sus fuegos y hacen sumamente peligroso el paso de la boca del puerto á una flota enemiga. Defiende también la bahía el fuerte de La Cabaña, que puede estar guarnecido por cuatro mil hombres.
Las baterías de La Cabaña y La Pastora, con su batería de los Doce Apóstoles, están armadas con 245 cañones, emplazados á flor de tierra y con arreglo á las necesidades de la táctica moderna.
Al Este de la ciudad y á una milla de la misma está el fuerte núm. 4, y al sudoeste la Torre de Cogimar. Bastan, según opinión de los inteligentes, los 650 cañones emplazados en varios fuertes y especialmente en el del Morro, La Cabaña y los fuertes del Príncipe y de Santo Domingo de Atarés para arrasar la ciudad en muy pocas horas, mientras las baterías de la Pastora y la de los Doce Apóstoles mantendrían en respeto los fuegos de una flota enemiga. Los fuertes de San Nazario, de la Plaza, Santa Clara, La Chorrera y la Torre de Banes completan un circuito de hierro, que no responde á la idea de aquella lápida, y que recuerda, en cambio, revueltas pasadas, guerras civiles, odios de raza, ambiciones mal refrenadas, futuras complicaciones internacionales, un mundo de problemas que deberían madurar, con su estudio y resolución, nuestros hombres de Estado, infundiendo á nuestro pueblo ideales nuevos, conceptos claros del estado social y político en que vivimos, algo de la realidad obscurecida tras falaces políticas y derechos engañosos, enseñándole, á la vez que los derechos, el deber de ser justos, fuertes, sobrios y respetables. Si así lo hiciéramos, los cañones del castillo del Morro y La Cabaña serían sólo signos de soberanía, que la integridad de la patria estaría sólidamente asegurada con el amor á la Metrópoli de nuestros hermanos de Cuba.
Los edificios públicos de la Habana
[Ilustración]Ingrato sería si olvidara la hospitalidad cubana. Hallé en la Habana tanta consideración y tanto afecto, amistad tan cariñosa y cuidado tan exquisito, tanta solicitud para que no enfermara y tan buen consejo para evitar posibles contagios, que parecíame vivir en familia, entre hermanos queridos, ansiosos de mostrarme su consideración y su afecto. Y no se crea que se pecara allí de exageración que empalaga y de timidez del que ignora, que no hubo escondrijo que se me ocultara, ni aun los de carácter macabre, en hospitales y escuelas, en cementerios y morgue que no cabía en las distinguidas personas que me acompañaban, catedráticos de la Universidad de la Habana y de la Escuela de medicina, doctores de fama y médicos del hospital de Nuestra Señora de las Mercedes, miedos irreflexivos; atentos sólo á mostrar al forastero como se cultiva la ciencia en la Habana y se procura ensalzar el nombre de España en las colonias.
La visita á la Universidad procuróme la honra de ser presentado al señor Rector y á los señores Decanos de las facultades allí establecidas, quejosos de la falta de un buen edificio y de museos y colecciones dignos de la capital de Cuba. Yo no sé si aquel caserón fué convento, pero lo que sí se ve, á primera vista, es la falta de condiciones que tiene para servir de centro docente, en la ciudad más importante y rica del archipiélago antillano. Y lo peor es que cuantos esfuerzos y gastos se hagan para mejorar aquel edificio goteroso, presentando al aire libre sus cuchillos de armadura de formas enrevesadas antiquísimas, sus aulas pequeñas y obscuras, sus museos pobres y mal acondicionados, será dinero tirado, sino se empieza por derribar todo lo existente, y levantar, con recursos copiosos, lo que ha de ser la mejor gala del elemento inteligente é ilustrado de la Habana.
No puedo recordar sin terror el anejo de la cátedra ó sala de autopsias de la Escuela de Medicina; ancha mesa de mármol rodeada de extensa gradería de madera, cubierto todo por una armadura de tirantes, pendolones, y riostras de viejos moldes, entrando por ella luz vivísima, en aquel lugar de tristezas, donde la ciencia busca los secretos de la vida en la obra obscura y miserable de la muerte, constituyen la sala donde se aprende como funcionan las vísceras del cuerpo humano, vencidas en la lucha por la existencia, traidora y tristemente. Y al salir de allí, en estrecha alacena de madera blanca, formando doble anaquel, tendidos, con los miembros entumecidos, los cuerpos rapados, la cabeza afeitada, obra de navaja tosca, que profana sin escrúpulo ni misericordia, dos cadáveres desnudos yacían en aquel antro, el de un negro y el de un blanco, esperando la acción irreverente del bisturí que diseca, de la ciencia que analiza, de la mano inhábil que aprende en carne muerta las palpitaciones, el funcionamiento, y el equilibrio de la vida.
Fácil sería pintar aquí, disecar también con la pluma lo que vi y tengo aún grabado en la memoria, como si aquellos cuerpos rígidos, aquellas muecas horribles, aquellos coágulos de sangre, hubieran dejado en mi cerebro la fotografía imborrable, con todas sus manchas y colores, de la espantosa obra de la muerte.
Aquella terrible visión necesitaba un momento de descanso, y aunque parezca extraño, halléle consolador y efectivo en el hospital de Nuestra Señora de las Mercedes. Situado en los extremos de la ciudad, en sitio elevado, hermoso, que domina el campo y el poblado, aquella mansión, más que lugar de dolor parece quinta de inválidos donde hallan refugio y amor los ancianos y los desvalidos.
El catalán halla en aquella santa casa el espíritu de la patria pequeña informando todo el servicio del hospital. Las hermanas son catalanas y como tales dignas hijas de la patria del trabajo y del amor al prójimo. No he visto en parte alguna hospital más limpio y más hermoso, formado de pabellones independientes, con grandes aberturas, por donde entra el aire aromatizado de los jardines y patios, vasto arsenal de aire puro, constantemente renovado, que oxida todas las impurezas sin dejar rastro en parte alguna de mal olor y suciedad.
La botica es un local lujoso, vasto y limpio; la iglesia sencilla y elegante; la cocina grande, repleta de comestibles de primera calidad, capaz para un servicio intensivo; los jardines están llenos de árboles, arbustos y flores hábilmente distribuídos, la luz entra en todas partes alegrando aquella mansión de tristezas, y el personal, orgulloso de contribuir á obra tan santa, cuida á los enfermos con cariño fraternal.
También pasó por allí la ciencia médica con todos sus refinamientos: el enfermo deja en la puerta su ropa inficionada, que pasa á la estufa, adquiere ropa limpia y propia de un enfermo, y al salir vuelve á hallar su traje limpio y aseado en el compartimiento correspondiente, después de haber tomado baños y duchas, si los ha menester, en local apropiado y provisto de los aparatos hidroterápicos pregonados por la higiene y adoptados por la ciencia.
El que visita aquel hospital no puede impresionarse: sus corredores anchos y ventilados, su aire puro, la luz dando á todas las habitaciones tonos de alegría, los árboles y las flores que saludan al enfermo desde los patios acariciados por la brisa del Atlántico, no dejan al espíritu tiempo ni vagar para que ahonde en las tristezas de aquellos seres que estoy viendo aún; y entre ellos: mísero convaleciente de fiebre amarilla arrancado á la muerte en hora de crisis tremenda, triste maníaco de luenga barba, cabeza de estudio de viejo que lleva en su cráneo esculpidas huellas de hondas desdichas; mujer que la fiebre atosiga y sueña quizá con vida próspera y dichosa; tísico que muere lentamente entre flores que ilumina el sol ardiente de los trópicos... ¿qué sé yo? seres que la caridad ampara, la ciencia estudia y la religión consuela, qué habrá difícilmente para aquellos desgraciados mayor lenitivo y alegría que el que proporciona al enfermo y al desvalido el hospital modelo de la Habana.
Del hospital al cementerio el tránsito no ha de parecer estrafalario, y sin cuidarnos de dar largo rodeo por camino de travesía, en pocos minutos me guían mis buenos amigos al cementerio nuevo de la Habana.
El sol ya declina cuando llegamos al pórtico ostentoso que da acceso á aquella ciudad de los muertos, llena de monumentos, de estatuas, de cruces, de epitafios... recuerdos de familias, de catástrofes, de odios políticos, de la gran masa anónima que sólo ampara la cruz augusta extendiendo sus brazos amorosos sobre blancos y negros, sobre pecadores y justos, ricos y pobres, iguales todos en el seno de la muerte.