Part 8
Desde grande altura se ve ya la estación de Maltrata, situada en el fondo del valle alto, sobre pequeña planicie que debió ser, en otras edades, fondo de un lago, y más tarde se atraviesa el valle llamado La Joya hasta entrar en la estación de Orizaba, en pleno país tropical. La estación presenta á la llegada del tren un verdadero cuadro de costumbres. Los negros, casi desnudos, ofrecen á los viajeros flores y frutas, abundando las naranjas, los plátanos y las chirimoyas, llamadas en el país la fruta de los ángeles; los indios, con sus trajes de colores vivísimos; los mestizos, con su piel de color cetrino y sus ojazos soñadores; la estación, rodeada de árboles frondosísimos y arbustos de flores grandes y hermosas; la población, dominada por la iglesia, recordando los pueblecitos escondidos en las hondonadas de las sierras andaluzas, y todo ello animado por la vibración nerviosa de la raza de los trópicos, gritando, sacudiendo á los que vienen y van con la cordialidad sentida de sangre de raza latina, inoculada por los conquistadores en las venas de la raza indiana.
El tren sale, y la gente grita aún, y agita los pañuelos, mientras el extranjero vuelve á gozar con ansia de aquel espectáculo que no llega á saciarle, y pasan las estaciones, y se cruzan arroyos rumorosos, mientras la tarde va cayendo y las nieblas arrastrándose por los picachos, bajan por las vertientes dando sombras de melancolía á aquellos espléndidos paisajes que recuerdan los tiempos bíblicos, paraísos encantados, poblados por los primeros hombres de que nos hablan los libros santos y las santas escrituras. Y ya á últimas horas de la tarde, cuando se inicia el crepúsculo que anticipa la niebla que corona las alturas, el espectáculo colorista de la estación de Orizaba se reproduce en la de Córdoba, con la mezcla de razas y la orgía de colores, de frutos y flores, de zarapes y rebozos, de hombres blancos, negros y amarillos, como si aquella tierra fecunda fuera capaz, ella sola, de vaciar en sus moldes, al calor del sol tropical, la concreción pasmosa de todos los reinos de la naturaleza, formados allí como centro vital para esparcirse luego por todo el haz de la tierra.
Salgo de Córdoba y el crepúsculo va amortiguando lentamente la tensión de mi espíritu, sostenida largo tiempo por una excitación nerviosa de goces intensísimos; y como fin de fiesta, al entrar el convoy en una garganta estrechísima, de vertientes arboladas, de tonos obscuros que acrecientan turbonadas de niebla de colores blancos y pardos que rasgan las sombras del monte, aparecen de repente como cuadro final la cascada de Atoyac, formando vistosas caídas y estrepitosos remolinos que animan aquel paisaje solitario, lamiendo los pies de frondosos bosques tropicales. Desde allí, recorrido el Paso del Macho, el país de los portentos con sus bosques y sus arroyos, sus pueblos y sus razas, se desvanece como un sueño; el tren atraviesa rápido la llanura de Veracruz, árida y triste, tan triste como el pensar del viajero que, dejando á la espalda un paraíso, teme hallar traidora muerte en las calles de la ciudad que se considera patria y cuna de la desoladora fiebre amarilla.
Anochecido ya, los compañeros de viaje resumen sus impresiones, y antes de llegar á la estación se calcula la mejor manera de pasar la noche en la temida ciudad de Veracruz.
En el vagón que me ha tocado en suerte va un fraile italiano, una familia mexicana y dos muchachos de Córdoba que van á pasar unos días de asueto en la Habana.
El fraile italiano me incita á embarcarme en seguida, si el viento norte, tan temible en el puerto de Veracruz, lo permite; acepto su consejo, y después de cenar en un hotel de la ciudad, nos vamos al puerto, poco menos que á tientas, y sin saber dónde vamos, ni quién nos dirige. El miedo á la fiebre nos hace cometer una verdadera calaverada, fiándonos de un botero que no sabemos quien es, cerrada la noche, sin más luz que el fulgor de las estrellas, ni más conocimiento de nuestro destino que el nombre del trasatlántico español que ha de zarpar del puerto al día siguiente, con rumbo á la Habana.
Mi buen fraile y yo, nos fiamos de nuestro acompañante, que nos hace atravesar un portal de la ciudad, nos lleva á la escollera, silba para que atraquen una barca, y entre el acompañante y el botero me bajan al fondo de la lancha, temiendo ya si el miedo á la fiebre me había hecho escoger un peligro real, embarcándome en un puerto abierto, soplando el norte en noche obscura, y á distancia del trasatlántico anclado junto al fuerte de San Juan de Ulúa. El fraile no estaba muy tranquilo, ni yo tampoco: el botero empezó á remar, el barco á moverse más de lo que convenía á la estabilidad del vehículo, y el trasatlántico «Reina Cristina» á mostrarnos sus cámaras y salones iluminados espléndidamente con luces eléctricas, proyectándose su inmenso casco y silueta oscura en el fondo del cielo.
Al avanzar, el gigante iba creciendo, mi miedo á lo desconocido aminorándose, y tras una recapitulación de tan variadas emociones experimentadas en un solo día, al subir la escalera de á bordo y entregar mi pasaje al camarero, parecióme que mi pecho se dilataba y que había ganado y merecido el descanso entre los míos, amparado en el golfo mexicano por la bandera augusta de la patria.
De Veracruz á la Habana
[Ilustración]A mediados de noviembre, no podía resistirse el calor en los camarotes del «María Cristina». Las aguas del golfo mexicano me parecieron aquella noche tan tibias, como si las hubiera calentado el fuego central de la tierra. Recuerdo haber pasado una noche angustiosa, una noche de verano en un camarote caldeado todo el día por el sol de los trópicos, y el aire abrasador de la zona tórrida. El primer rayo de luz que filtró por la porta, avivó mis deseos de dar el último adiós á las tierras mexicanas, y me levanté rápidamente para ver la silueta de la ciudad apestada, la traza del puerto, y los muros artillados del castillo de San Juan de Ulúa.
El capitán del «María Cristina» no parecía tranquilo; el barómetro bajaba y oscilaba sometido á cambios bruscos de presión; el mar aparecía manchado en su superficie, inquieto, como si en su seno se agitaran fuerzas de resultantes infinitas; la montaña estaba cubierta de niebla, mostrándose ceñuda é irritada; el norte crecía al bajar por riscos y malezas, despeñándose sobre las llanuras en busca del equilibrio que no hallaba en las capas calientes y bajas de la atmósfera, y el vapor que salía á chorros de las calderas del trasatlántico, al chocar contra las placas vibrantes del silbato, parecía responder á la impaciencia del capitán para acabar pronto y cambiar el peligroso puerto de Veracruz por el mar libre, cruel á veces, pero jamás traidor, donde la fiereza de las olas y la pericia del que manda una nave, pueden luchar noblemente, oponiendo á la fuerza de las aguas, la fuerza del ingenio y del saber.
Mis compañeros de viaje iban embarcándose y tomando posesión de sus camarotes; los botes, llenos de equipajes y mercancías, rodeaban el buque con deseos de acabar pronto, y al terminar la maniobra y recogerse la balija del correo, contemplo por última vez la ciudad de Veracruz extendida sobre playa bajísima, rodeada de dunas, donde crecen ejemplares aislados de palmera real; ciudad levantada con edificios de fisonomía española, de poca altura, rematados por azoteas, pintados con colores chillones, ostentando grandes rótulos de fondas, que de lejos recuerdan los paradores de nuestras diligencias, con un puerto apenas esbozado, abierto á su principal enemigo, el norte, que entra en aguas de Veracruz como dueño y señor de vidas y haciendas, sin que haya buques con anclas bastante robustas, ni cables bastante fuertes para contrarrestar las furias de aquel coloso que convierte el puerto de Veracruz en uno de los puertos más peligrosos del mundo.
Mientras el «María Cristina» arría sus escaleras y cierra sus escotillas, doy la última mirada al San Juan de Ulúa, tan desmantelado y pobre como otros castillos que todos conocemos, retrotrayendo á mi memoria los recuerdos que guarda en su recinto; y el buque empieza á mover su hélice poderosa y á luchar con la mar de proa al principio y de costado más tarde, que ha de mantenerse constantemente en su travesía de Veracruz á la Habana. El trasatlántico español se mantiene gallardamente sobre el mar embravecido; al cuarto de hora de navegar, el pasaje recobra su tranquilidad al ver cómo lucha el coloso contra el mar con ventaja, y cómo, á pesar del viento y el oleaje, el «María Cristina» anda con bastante rapidez y sin que los balanceos fatiguen excesivamente á los atribulados pasajeros. La travesía no fué afortunada; fatigónos el norte constantemente y el pasaje se mareó hasta el estrecho de la Florida. En tres días se atraviesa el golfo de México y puede llegarse sin dificultad desde Veracruz á la Habana con tres singladuras. Nosotros pusimos cuatro, y no pudimos decir que perdiéramos el tiempo.
No estuvo, pues, agradable la travesía, ni puedo contar este viaje entre los llamados de recreo. Cinco personas acudíamos sólo á la mesa de primera, y aun no todos los días pudimos resistir hasta el fin los balanceos del «María Cristina». De los cinco, uno era un fraile italiano que iba á Bilbao, para partir, á los pocos días de llegar á España, en dirección á Chile; otro, era un mexicano que acompañaba á dos hermanas suyas á la Habana; los tres restantes, dos mexicanos de Córdoba y yo, íbamos á la capital de Cuba por recreo y curiosidad. Cito estas personas, que recuerdo como si las estuviera viendo, porque están relacionadas con un acontecimiento que me causó en la Habana una impresión dolorosísima.
El fraile italiano tenía un miedo terrible al vómito y su mayor pena consistía en tener que pasar cuatro días en la Habana, esperando la salida del vapor; el mexicano que acompañaba á sus hermanas, tenía la constante preocupación del mismo mal, y sólo los dos chicos de Córdoba, que no tenían más allá de 25 años cada uno, contaban, con placer, las horas que faltaban para llegar á Cuba, donde confiaban pasar unas cuantas semanas de recreo en la Chorrera y los sitios más reputados de la isla por sus placeres y atractivos. No teníamos á bordo noticias ciertas del estado sanitario de la grande Antilla; se sabía que el año había sido rudo y que la fiebre había atacado fuertemente en la Florida, en las costas del Pacífico y el Atlántico de México, en Cuba y Puerto Rico, lo mismo á los extranjeros que á los hijos del país; pero, estando ya avanzada la estación, á mediados de noviembre, los más recelosos creían que el peligro en Cuba debía ser remoto y que era probable librar bien del contagio.
Los compañeros de Córdoba, acostumbrados á vivir en la zona rayana á la fiebre, no parecían preocuparse ni parar mientes en lo que decíamos; llegamos á la Habana, cada cual tomó su camino y aquellos muchachos, guiados por algunos compatriotas suyos que viven en Cuba, empezaron la vida regalada que imaginaron, contentos y alegres, en los sonrientes campos del valle de Orizaba.
A los ocho días de estar en la Habana y cuando ya me convencí de que había cometido una imprudencia, leyendo un periódico de la localidad supe que uno de los dos muchachos de Córdoba acababa de morir de un ataque fulminante de fiebre amarilla. En el mismo diario leí en seguida: «la fiebre ha tenido este mes un aumento de consideración», no ignorando allí nadie que habían muerto algunos pasajeros que acababan de llegar á la Habana en el «Alfonso XII», procedentes de la península, y produciendo entre los novatos una alarma que no sabíamos disimular.
Después de cuatro días de navegación, la isla de Cuba empezó á dibujarse en el horizonte. Uno de los objetos de mis ansias estaba ya á la vista; pude dar la vuelta al mundo, y preferí visitar nuestras Antillas y estudiar sobre aquella tierra candente las múltiples cuestiones que la agitan y devoran. Los montes de la isla fueron creciendo á mi vista, como si salieran lentamente del fondo de los mares, y á las nueve de la mañana, en día de luz intensa, dorando el sol aquellas tierras y caseríos, centelleando en las aguas tranquilas los rayos de luz ardiente, el «María Cristina» atravesó la boca de la bahía, entre el castillo del Morro y el castillo de la Punta, mientras un corneta tocaba la marcha real española con ansias, sin duda, de saludar el pabellón de la patria, arbolado en los mástiles del trasatlántico.
Los pasajeros del «María Cristina» contemplaban ávidamente el puerto de la Habana, de cuyo tráfico se cuentan maravillas; y vimos aparecer, en primer término, los buques de la escuadrilla española; en el fondo y amarrados á los muelles algunos vapores nacionales y extranjeros; y cruzar la bahía los _ferryboats_ á la americana, con sus máquinas de balancín, moviéndose lentamente, para transportar pasajeros y mercancías á Puerto Real, camino de Guanabacoa y Matanzas. Los muelles se desarrollan siguiendo las inflexiones de tierra firme, y á lo largo de los mismos vense acumuladas las mercancías, azúcar, café, ron, frutas, en tinglados de escasa cabida y corte anticuado, que no responden á la riqueza y fama del comercio de un puerto de primera clase, y de la ciudad más rica y famosa del archipiélago antillano.
No sé si la impresión que me causó la bahía de la Habana corresponde á la realidad de las cosas; parecióme, en primer término, escasamente concurrida; ni el número ni la calidad de los buques anclados en el puerto respondían á la idea que me había formado del tráfico de la Habana, y digo que no ha de ser justa la impresión recibida, porque llegué á la isla en plena crisis, pocos meses después de la suspensión de pagos del Banco Español de la Habana, y cuando el stock de azúcar en almacén era tan formidable que bastaba él solo para explicar la paralización de todas las fuerzas vivas de la isla.
El desembarco efectuóse rápidamente; multitud de barcos, tripulados por negros, en su mayor parte, ofrecía á los pasajeros cómodo vehículo para saltar á tierra. Los botes de la bahía, cubiertos con toldo de lona que preserva á los viajeros de los rayos solares, llevan los bultos á la Aduana, donde se molesta muy poco á los que declaran estar exentos del pago de derechos, siendo todo el mundo tratado allí por los funcionarios del ramo con exquisita cortesía. Un coche de plaza, que no ofrece cosa alguna que merezca contarse, cruzando plazas y calles, condújome por la de O’Reilly al Parque, donde está emplazado mi albergue llamado Hotel de Inglaterra.
Acostumbrado á los hoteles de la América del Norte, me avengo con dificultad á la indumentaria de mi habitación, situada en un patio central, sin luz directa, pobremente amueblada, mal oliente y... muy cara, tan cara como pudiera serlo un cuarto de primer orden en un hotel de primera clase. Recapitulo, pues, mis impresiones habaneras, mientras hago un _bout de toilette_, y no resultan lisonjeras. Sospecho que, al ir del puerto á la fonda, he atravesado una buena parte de la ciudad, la más nueva quizá, y la policía municipal resulta estar tan atrasada que es difícil ver una ciudad más sucia, más pobre y más toscamente empedrada que la Habana.
Calles estrechas, estrechísimas, por cuyas aceras no puede pasar más de una persona, si ha de quedar arroyo bastante holgado para que crucen por él dos carruajes sin peligro; casas bajas, tan bajas que en su mayoría no tienen más de un piso; toldos horizontales ó ligeramente inclinados, con otros verticales y divisorios en las calles, que tamizan la luz y dan al interior de las tiendas una entonación triste y pobre; almacenes grandes en general, pero poco adornados y vistosos, por más que hay en ellos cuanto puede necesitar la dama de gusto más refinado y exquisito; arroyos llenos de baches, descuidados, mal barridos, aun aquellos que corresponden á calles principales y de más escogida y numerosa concurrencia.
Listo ya para salir á la calle, desde el saloncito de conversación del hotel de Inglaterra, fijo mi atención en el Parque, sitio céntrico de la ciudad y de reunión durante la noche, cuando una música militar solicita el favor del público, y observo en el centro una dilatada plataforma en medio de la cual está emplazada, sobre zócalo sencillísimo, una estatua en mármol de doña Isabel II, obra de un escultor cuyo nombre no me interesa, y á los costados del monumento, macizos de flores que alternan con árboles desmedrados, candelabros de gas y asientos de madera. Rodean la plaza ó Parque los teatros más notables de la Habana: Tacón, Pairet y Albisu, pero ninguno de ellos presenta fachadas monumentales que fijen la atención del viajero y merezcan una descripción detallada.
Llama la atención en aquella plaza la falta de criterio con que se determinó su traza, pues siendo porticada en algunas partes, presenta soluciones de continuidad inexplicables, en otras, con evidente desventaja para la buena visualidad del conjunto. Hay en la misma el Centro de bomberos del comercio, instituto digno de merecidas alabanzas; algunos edificios particulares vistosos, uno de ellos paralizado hace bastantes años; cafés bastante lujosos y de holgadas formas, y uno de los casinos más famosos del mundo, conocido con el nombre de «Centro Asturiano.»
Mas todo esto y lo que me queda por reseñar, que no es poco, nada significa al lado de lo que compone la estructura íntima de un centro donde se agita todo el trabajo fecundo de la isla, se acumulan enormes riquezas, se acrecientan grandes ambiciones y se alimentan esperanzas pavorosas para el porvenir del poderío y la riqueza de España. Algo he de decir de todo eso, que su estudio interesa á todos los que aman la patria, su integridad, sus prestigios y su gloria.
[Ilustración: EL PARQUE]
En la Habana
Quisiera rectificar mi primer juicio respecto á las condiciones de la capital de Cuba; pero, cuanto más conozco su vialidad é higiene, sus calles y paseos, sus edificios públicos y particulares, me afirmo más en el concepto que formé al apreciarla, en su conjunto, desde la bahía, y al recorrer algunas plazas y calles, yendo de la Aduana al hotel de Inglaterra.
Nótase, en primer término, durante el día falta de animación, lo mismo en el centro que en los barrios apartados de la ciudad, las calles del Obispo y O’Reilly, el Parque, el Prado, sitios un tanto apartados de los muelles, lo mismo que la Plaza de Armas en donde está la Capitanía general, y los alrededores de la misma, centros comerciales de importancia, la Universidad, las agencias de vapores, la Aduana, etc., etc., no consiguen mayor animación; las señoras salen muy poco y en carruaje, los hombres de negocios usan constantemente coches de alquiler, durante las horas de sol, y sólo en los mercados se nota movimiento durante las primeras horas de la mañana en la abigarrada multitud de razas, negros, mulatos, chinos, que van invadiendo la isla desde que los Estados Unidos pusieron cortapisas y reparos á la afluencia de celestes en las costas de California, criollos y blancos, gritando y empujándose en el continuo tráfico menudo necesario á la vida de una población extensísima que goza de confort y lujo, y se abastece de buenas carnes, excelente pesca y frutas sabrosísimas de perfume delicado y exquisito. Es un espectáculo original para los peninsulares, ver los puestos de frutas, en los mercados, producto de una Flora completamente distinta de la nuestra, con un perfume tan intenso que embriaga, dominando el olor del plátano, fruto que, en grandes racimos, de tamaños variados, forma manojos que recubren los bastidores de las mesas, los pies derechos de las cubiertas, colgando de todas partes como si fuera, y lo es realmente, artículo de consumo ilimitado; los cocos verdes cubiertos aún con su cáscara carnosa, recién cortados de los cocoteros para dar á beber la leche vegetal que contienen, refrescante, fresca, higiénica y deleitosa; las chirimoyas de pulpa de color de sangre, con su cáscara negruzca y forma elipsoidal, menos dulce que la generalidad de las frutas tropicales, pero de esencia delicadísima, pasta que se deshace en la boca y que da al paladar, sin fatigarle, un gusto exquisito é incomparable; la piña verde, cubierta con sus hojas florales, de tonos amarillos, con la acidez deleitosa que rellena su carne jugosa, tierna y llena de perfumes; los mangos que no he podido probar y que dicen ser excelentes, la... pero, ¿á qué continuar la lista interminable de aquella Flora espléndida, si no hay pluma que pueda describirla sin quitarle los perfumes de sus esencias y los colores brillantes con que se engalana, robando á la luz los matices y las gamas de sus innumerables tintas y delicados tonos?
Y al salir de los mercados, las calles porticadas de los alrededores mantienen aún la fisonomía de casas de venta, que tienen sus horas de vida agitada, prolongación de aquellos centros donde no penetra el sol, y apenas la luz, como si el aire libre hubiera de llevarse los colores brillantes de las flores, los perfumes de los frutos, los jugos de las carnes y la substancia toda del vientre de la Habana, que necesita reponer las fuerzas perdidas en un clima enervante, traidor, que fatiga y liquida la sangre, que ni fuerza tiene para teñir las pálidas mejillas de la raza criolla.
Por las noches, el Parque se llena de gente; la animación crece hasta las diez; los negritos que vocean los periódicos del día, los buhoneros con sus baratijas, los concurrentes á Tacón, Payret y Albisu que salen á respirar el aire fresco en la calle, los cafés Central y Tacón llenos de luz y consumidores, la banda militar animando el cuadro y tocando lo mejor de su repertorio, dan al centro de la Habana, durante las primeras horas de la noche, una animación extraordinaria.
Alguna gente circula por el Prado, centro aristocrático, iluminado con luz eléctrica que va del Parque al castillo de la Punta, sitio agradable, de buen caserío, donde se disfruta la brisa del Atlántico y la tranquilidad de sitio poco frecuentado por carruajes y gentes dedicadas al comercio al por menor.
De más tránsito y lucida concurrencia disfrutan, durante el anochecer, las calles de Empedrado, O’Reilly, Obispo y Teniente de Rey, casi paralelas entre sí y de ejes normales á la bahía, con sus tiendas profusamente iluminadas y aparadores bien surtidos, que pierden el aire de tristeza que tienen durante el día y les da la luz filtrada al través de toldos y cortinas de malla tupida, tendidos sobre calles estrechísimas que se defienden de los rayos caloríficos del sol y de su luz intensa y devoradora.
Más concurridas están aún las calles transversales á las mencionadas en el párrafo anterior, llenas de tabernas y de gente bulliciosa que busca el placer venal, ofrecido á manos llenas, tras balcones y ventanas enrejadas, por celestinas y mujeres de todas las castas y de todos los colores; desde el negro azabache al blanco del sajón, pasando por el tipo mulato que es la tentación y el peligro más grande de los hogares antillanos, según opinión de los que conocen á fondo las costumbres y las pasiones de nuestros hermanos de Cuba y Puerto Rico. La alegría, en aquellos barrios, muéstrase al exterior ruidosa y desvergonzada; vívese allí, poco menos que en la calle, y los escritores realistas hallarían con poco esfuerzo y poco gasto, materia sobrada, aunque poco decente, al correr de la pluma. Dicen las gentes del país que no se recorren aquellas calles sin peligro, que el vino y el amor son pendencieros, que es vario el humor de razas que junta sólo el placer breves instantes, y que la curiosidad tiene allí, algunas veces, castigo muy superior al pecado venial cometido, yendo tras el conocimiento de costumbres que sólo se distinguen en las diferentes latitudes del mundo por el escenario y la forma con que las decora la idiosincrasia especial de cada pueblo.