Viaje a America, Tomo 2 de 2 Estados Unidos, Exposición Universal de Chicago, México, Cuba y Puerto Rico

Part 7

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La capilla del cerro no ofrece nada que merezca contarse: un altar mayor barroco, un púlpito pobrísimo, las paredes enlucidas con lechada de cal, los altares con santos de fisonomía indígena, y el suelo con losas funerarias, pintorescas muchas de ellas: «ella duerme», «desde que tú descansas nosotros padecemos», con nombres que recuerdan que España ha dejado allí, con sus creencias, su sangre y sus huesos, polvo fecundo que hará brotar allí, algún día, por ley de atavismo, los viejos amores á la metrópoli ausente. Al exterior, la vista de la ciudad, desteñida por el sol de la tarde que da á todo la fisonomía deslucida de una atmósfera llena de detritus humano; al Este el lago Textoco, de aguas blanquecinas, que recuerdan las del mar salado de las tierras mormonas, y al pie del santuario, que se reconstruye ó mejora, que no lo sé á ciencia cierta, que no tienen los mexicanos buena mano para dedicarla á restauraciones. Y no es que falte dinero para intentar allí, en el terreno religioso, grandes empresas. Un día, y en la capilla del cerrito, un cura dijo con sentido acento, con el acento dulce y florido de las lenguas tropicales, que la virgen no tenía corona digna de su excelsitud, y dirigiéndose á los indios les dijo que no les pedía nada, despojos sólo de lo que ya no les servía, sortijas de plata, hebillas, cadenas gastadas por el uso, migajas nada más de la vida corriente, y con aquellas migajas se recogieron 600,000 pesos mexicanos, arrancados á la piedad de los indios para enaltecer las gracias de la Virgen de Guadalupe.

Y esa piedad se manifiesta de manera tan sentida, hay en aquellas caras tanta unción que, macilentas y compungidas, parecen arrancadas de los cuadros de Juan de Juanes y del Greco. Sentado en la iglesia provisional donde se venera actualmente la patrona de México, observé largo tiempo un grupo compuesto de tres indios, padre, madre é hijo, al parecer, con un cirio encendido en la mano, puestos de rodillas, la mujer en medio de los otros dos, rezando en voz baja, el padre ya viejo con los ojos en blanco, el rostro demacrado, la tez amarillenta de pergamino, la madre con el rosario en la mano y la cabeza inclinada sobre el pecho, el hijo mirando fijamente la cara de la Virgen y quizás los reflejos dorados y plateados de aquel marco precioso que rodea la tilma de Juan Diego, convertida en imagen milagrosa; y cada vez que terminaba la plegaria, los tres pobres pecadores se arrastraban sobre sus rodillas avanzando camino del altar de la Virgen, mirando sin ver, atentos á aquella oración que Dios sabe hacia qué ideal se elevaría; y á aquel grupo seguían otros desdichados, inclinados, besando el suelo, con actitudes y semblantes sólo soñados por Ribera, al pintar aquellas carnes apocalípticas, maceradas por la penitencia, el ayuno y el remordimiento que se admiran en los principales museos del mundo.

Salí de aquella iglesia tristemente impresionado. La raza india convertida al cristianismo no ha comprendido aún todo el alcance de su conversión. El indio admira al Dios justiciero, rígido, severo, inflexible, inhumano quizá, que aun queda en su corazón algo de aquellos dioses paganos, crueles, airados, vengativos, cuyos sacerdotes sacrificaban seres humanos para domeñar sus iras, y no al Dios misericordioso, al Dios de amor de los cristianos, que perdona al arrepentido con un solo acto de contrición. Y las clases directoras mantienen á los indios en estado de menor edad, embrutecidos por el pulque que beben con glotonería infantil, sin renovar aquella sangre empobrecida, temiendo quizá el despertar de aquella raza que hoy sirve paciente á sus señores, como carne de cañón ó bestia de carga, raza que debía ser la dueña del territorio como descendiente de aquellos aztecas y tlascaltecas vencidos primero por Hernán Cortés y Alvarado, vencidos también ahora por hombres que reniegan de la sangre indígena, y que se avergüenzan de ella si la ven escrita en sus uñas, en su piel y en su fisonomía.

Dicen que desde hace algún tiempo las escuelas de la república se llenan de indios, que el gobierno procura levantar el espíritu del pueblo, que algo se hace para infundir nueva savia y vigor á aquella raza que sólo así será laboriosa y rica, y sólo así podrá ser valla infranqueable á las tormentas que pueden levantarse en los Estados de la América del Norte é invadir los campos y las tierras casi vírgenes de la república mexicana.

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Querétaro

El que quiera recordar conmigo uno de los acontecimientos más tristes de la historia contemporánea, será necesario que retroceda, camino del Norte, tomando un boleto en la estación del Central mexicano para ir hasta Querétaro, situado á 53 millas de la capital de Nueva-España.

Este trayecto, que hice de noche yendo de El Paso á la ciudad de México, no merece los honores de una larga descripción; todos los pueblos de las altas mesetas mexicanas, todas las chozas de los indios, con las haciendas famosas de miles y miles de hectáreas, con sus campos de magüey (agave americana) palmeras y palmitos arborescentes, alternando con vastísimas llanuras desiertas, sedientas, monótonas, se repiten en sus rasgos fisionómicos con escasas variantes, en el largo recorrido que sigue el ferrocarril central desde el Estado norteamericano de Texas hasta la capital de la República de México.

Querétaro, situado en valle frondoso, regado por aguas laboriosamente captadas en tiempo de los Virreyes y por iniciativa de nuestro compatriota el marqués del Villar del Águila, lo primero que ofrece á la vista del viajero es el magnífico acueducto construído desde 1726 á 1738 por aquel ilustre español que, con la conducción de aguas á Querétaro, fertilizó el valle, saneó la población, aseguró su porvenir y la convirtió en una de las ciudades más alegres de la República mexicana.

Por debajo de uno de los arcos del acueducto pasa el tren, para llegar, muy en breve, á la ciudad que tantos templos levantó durante la dominación española, y que se distingue especialmente por sus torres y campanarios, por sus tradiciones y sus recuerdos, por su sitio famoso que acabó con la rendición de las tropas imperiales mandadas por Maximiliano, y vendidas por López, y por la tragedia que en «El Cerro de las Campanas», al Oeste de la ciudad, desarrollóse inclemente el día 19 de junio de 1867, escribiéndose allí, sobre aquella tierra sonriente, en aquel valle tropical, una de las páginas más tristes de la historia mexicana.

El recuerdo de aquel drama es tan reciente, su mecanismo tan ruin, la intervención de los hombres de Estado tan menguada, y la imposición de los que aparecen como agentes tan cruel, que no hay ni puede haber para un espíritu reflexivo, en la visita á Querétaro, más que una idea capaz de subyugarle: la de examinar atentamente la pequeñez de los hombres de este siglo, y las consecuencias terribles que ha tenido el egoísmo feroz de que dieron pruebas las naciones europeas al consentir que se fusilara en Querétaro al representante de nuestra civilización en América. En el «Cerro de las Campanas» no se fusiló al usurpador, triste y calumnioso dictado con que quiso Juárez justificar su conducta, que allí cayó, quizá para siempre, nuestra influencia, nuestra superioridad de raza, de entendimiento y de corazón.

Y al subir al «Cerro de las Campanas», sin querer, sin poder determinar qué enlace pueden tener dos ideas tan distintas, recordé, con singular viveza, la peregrinación á Mount-Vernon, á las tumbas de Washington y Martha, su esposa, que dejaron en mi espíritu la idea del amor á hombres que enaltecieron nuestra especie y fundaron una república joven, robusta, llena de fe y ardimiento, resultando enaltecida la figura de su héroe; recordé que aquella historia no levantó en mi espíritu una sola protesta, que los que murieron en las batallas de la independencia no dejaron con su sangre el vaho inmundo del odio y del rencor, y que vencedores y vencidos resultaban en mi cerebro glorificados en nombre del más santo y más puro de los amores: el amor á la patria respectiva. En cambio, en el «Cerro de las Campanas», no hallé más que odios de raza, recuerdos de la política pequeña y miserable que engañó á Maximiliano, llamado emperador por los que mandaban y usurpador por los vencidos; de López, que vendió primero á la república y al imperio más tarde, siempre vil para la patria; de Escobedo, el triunfador, que al dar cuenta de la ejecución de Maximiliano, Miramón y Mexía, puso al pie del oficio: «Lo que tengo el _placer_ de comunicar á usted», placer que produce náuseas á la humanidad entera; de Juárez, que pudo ser magnánimo y generoso y no resultó más que ambicioso, cruel y vengativo; de Europa, que debió portarse enérgica y dignamente, y no supo ser más que mujerzuela débil y enfermiza; de la civilización cristiana, que debió imponerse en nombre de lo que debe ser patrimonio de la humanidad entera, y no hizo más que abdicar vergonzosamente ante la osadía y el odio de un indio victorioso.

[Ilustración]

¡Ah! poco espacio media entre la tumba donde descansa el héroe de la independencia de los Estados Unidos y el lugar donde la tierra empapóse de la sangre de Maximiliano, al caer rendido por fiera venganza; sin embargo, aquellos puntos insignificantes en el ancho espacio del mundo, tan próximos entre sí, determinan dos civilizaciones distintas: fecunda la primera, basada en el amor, en los sentimientos cristianos de un hombre que, con sus alientos poderosos, infundió al Nuevo-Mundo la savia ardiente de la libertad, sólo peligrosa cuando se exagera y se funde en moldes que no labró con sus manos, y vivificó con su espíritu, la noble figura de Washington; incierta y vacilante la segunda, hostigada siempre por el mal ejemplo, por la ambición que derrama sangre inútilmente, sangre que no exige el honor y la independencia de la patria, y que cae y caerá siempre como una maldición sobre el pueblo que lo consiente, por odio ó cobardía, que sólo es santo, fecundo y bueno lo que ejecuta la mano guiada por la serenidad augusta de la justicia. Y mientras tengo la vista fija en el reducido espacio que ocupa el lugar donde cayeron Maximiliano, Miramón y Mexía, lugar rodeado por una verja de hierro, en las tres piedras tumulares que no dan sombra ya á las cenizas de los mártires, viene á mi memoria la historia de aquellos días funestos en que se derrumbaba un imperio, mientras se celebraban en París las fiestas con que Napoleón III solemnizaba el fausto acontecimiento de la visita del Czar de Rusia á la Exposición Universal, preludio de otra caída más terrible, la de todo un pueblo, vencido por las garras de las águilas prusianas, y la de seculares dinastías en España é Italia; como si fuera todo ello castigo de faltas cometidas en nombre de principios egoístas que dejaron abandonado al que fió la conquista moral de México á su bondad, y al deseo de hacer la felicidad de un pueblo libre. La naturaleza, sin embargo, no se cuida de entristecer aquella página dolorosa de la historia mexicana; el sol de los trópicos la esmalta con todos sus colores, las inflexiones suaves de la orografía del valle, la frescura de su vegetación, la ciudad, en el fondo, con los tonos blancos y pardos de su caserío, sus iglesias y campanarios, el cielo purísimo de tonos azules, intensos, convidaban á olvidar, á gozar de la vida, á confiar en tiempos mejores, en razas más humanas y en civilizaciones más puras, que aquellos quejidos de dolor, aquella exclamación de última hora, cuando Maximiliano se acuerda de la esposa amante y dice al caer ¡pobre Carlota! al recogerlos el viento en el espacio como nota al parecer perdida, sumóse á tantas otras allá, en el cielo, donde se recogen los dolores humanos, se analizan y pasan por el crisol de cuyo seno brota la felicidad, la emancipación, la redención, en fin, de todos los que amamos y padecemos en este mundo de miserias.

Y fuerza es bajar y volver á la ciudad, yendo en peregrinación al convento de capuchinos que sirvió de cárcel á Maximiliano hasta su hora postrera. Hoy ya no es edificio público; la desamortización pasó por allí como ha pasado por otros países, que en México deben sobrar brazos, que no ocupaban los que tenían acaparada la propiedad con el nombre de manos muertas. ¡Sueños de sectarios! lo que falta en Nueva España es fuerza viva que no se improvisa, que no brota de la tierra como los hongos en el bosque, y que sólo podrá conseguirse con la paz y la seguridad, con la instrucción y la mezcla de sangre que avive las energías dormidas de aquella raza inerte y sedentaria.

Allí, en la tristísima mansión, pueden verse aún la mesa en que el tribunal militar firmó en 14 de junio de 1867 la sentencia de muerte de Maximiliano y sus generales; los taburetes que ocuparon Miramón y Mexía mientras duró la vista del proceso, la caja en que se transportó el cuerpo inerte del último emperador mexicano, y el mísero ajuar puesto á su servicio durante el mes de cautiverio que medió entre el día de la rendición de Querétaro y el del fusilamiento de Maximiliano, Miramón y Mexía.

El emperador murió como mueren los bravos, mirando al enemigo; sus generales no merecieron la compasión del vencedor, y cayeron heridos por la espalda.

Pocos días después, las pocas poblaciones defendidas por las tropas imperiales fueron rindiéndose una tras otra, y Juárez entró en la capital de la república, fusilando sin compasión á cuantos generales pudo considerar como á rivales temibles, presuntos sucesores á la presidencia del Estado.

Así terminó en Norte América el ensayo ya intentado por Iturbide de establecer un imperio en Nueva España, acabada también sin gloria la invasión francesa que no tuvo un solo día de fortuna en los campos mexicanos. Al principiar la invasión en el camino de Veracruz, en las tierras bajas del golfo de México, los soldados españoles, franceses é ingleses no tuvieron más enemigo que la fiebre, enemigo terrible que dejó las cercanías de Córdoba llenas de cadáveres insepultos, y que habría acabado allí con aquel ejército, si el buen criterio del general Prim no hubiera recabado, mientras se estipulaba el tratado de paz, tierras y climas más clementes para los ejércitos europeos. Los españoles y los ingleses se embarcaron otra vez; los franceses reclamaron su libertad de acción, y luchando con varia fortuna llegaron á dominar el país que entregaron á Maximiliano más tarde, sin fuerza y sin prestigio.

Los Estados Unidos no vieron jamás con buenos ojos la intervención europea, y aun menos la creación de un imperio que consideraron perturbador de su política democrática. Juárez aprovechó ese descontento, y perdonó al enemigo que en 1847 se apoderó sin escrúpulos de una gran parte del territorio mexicano, pactando secretos auxilios con los enemigos más fieros de su raza.

Maximiliano, con su hidalga condición, no pudo hacer frente jamás á la guerra de insidias y dolos, de traiciones y sorpresas de sus enemigos, más dolorosa y difícil de vencer que la lucha entablada franca y lealmente en los campos de batalla. Carlota, la esposa mártir, fué á Europa á pedir auxilios que no supo hallar en parte alguna, perdiendo cuanto puede perder en una hora la dama de más alta alcurnia, el amor de un esposo, la corona de emperatriz y la razón, esencia purísima del espíritu.

En México ya no quedan más que reliquias de aquella tragedia: Juárez llegó al término de su carrera colmado de honores, vencedor de cuantos enemigos halló en el camino de su accidentada existencia; Miramón y Mexía, los leales al emperador, ocupan puesto de honor en el panteón de hombres ilustres; Maximiliano sólo dejó en México los tristes despojos de su cautiverio y los más tristes aun de una soberanía colmada de zozobras y peligros... y Carlota, la desdichada esposa, aun busca, en sus horas de extravío, lo que sólo vive en su corazón, hasta donde no puede llegar con sus odios, para enredarla en la tupida malla de sus raíces, la planta maldita de la política.

Cansado de seguir el calvario de una historia que los años convertirán en leyenda, y de ver iglesias y catedrales, plazas y calles estrechas, monótonas y descoloridas en las ciudades mexicanas, ansío volver á la capital, arreglar mi equipaje y abandonar las altas mesetas de Nueva España, para ver pronto las tierras doradas de los trópicos, con sus bosques famosos, sus chozas, sus pájaros y sus flores, tierras pródigas en sirenas encantadoras que esconden en su seno fecundo la fiebre terrible, compañera inseparable de la muerte.

De México á Veracruz

[Ilustración]Ordeno mis ideas, concentro mi pensamiento y rasgo cuartilla tras cuartilla sin hallar la nota justa que exprese aquí con la vehemencia requerida el placer, el goce intensísimo experimentado en la travesía de la capital mexicana á la ciudad llamada por Cortés Santa Vera Cruz. Requiere esta narración el empleo de colores que no hallo en mi pobre paleta; exige esta impresión, que vivirá perpetuamente en mi memoria, talento que no tengo, estilo sobrio, que no necesita forma galana la expresión exacta de aquel espectáculo grandioso, corrección de líneas que den al cuadro, aire, luz y perspectiva, conjunto deleitoso que veo, con los ojos entornados, ávidos aun de aquel placer tan hondamente sentido que ha dejado en mi cerebro la sensación intensa de una belleza que no hay pluma ni pincel que pueda abarcarla en su conjunto, que quien fuera capaz de expresarla haría obra digna de un dios.

La imaginación que sobreexcita una narración brillante es el enemigo mayor del que viaja; porque acontece con frecuencia que todo lo pensado con líneas holgadas resulta pobre, lo de tonos vivos, descolorido; donde creyó hallarse una sacudida nerviosa el espíritu no despierta ni concibe, resultando empobrecido, para la imaginación ardiente, lo que fantaseó la descripción colorista de un escritor de raza. Sólo en casos excepcionales, la realidad va más allá de lo pintado y sugerido; que la naturaleza al vestirse con todas sus galas, muéstrase genio inimitable, que no ha nacido aún el hombre que ha de hallar en su paleta los innumerables tonos y los brillantes colores con que la luz matiza las tierras, las plantas y los animales de los climas tropicales.

Salgo á las siete y media de la mañana de la capital de la república; vuelvo á saludar á la Virgen de Guadalupe, patrona de México; echo una rápida ojeada á las aguas descoloridas del lago Texcoco, y á medida que me voy acercando á la Esperanza, estación situada en la divisoria de la alta meseta mexicana, los campos de agave van multiplicándose, el arenal va invadiendo las tierras, arenal que parece formado de polvo diorítico finísimo, levantado por la velocidad del tren y que llena los vagones formando nube, donde apenas puede respirarse, como si la duna se moviera á impulsos del huracán y amenazara sepultar bajo su oleaje estéril, aquella manifestación de una civilización nueva que pretende dominar el desierto, él que no respetó jamás á la caravana en días de tempestad, abrasándola con sus arenas ardientes, y sepultándola con sus fuerzas de gigante. Y dominando aquel cuadro, se levanta el Orizaba y el Malintzi con sus nieves eternas, enorme cono, el primero, centinela del Atlántico, que contempla ansioso el navegante en el proceloso golfo de México, buscando en su silueta, oscurecida por la niebla, ó limpia y pura proyectándose en el cielo, la predicción del tiempo, que de aquellas altitudes inmensas baja airado el viento Norte que levanta olas de tempestad, pone en grave peligro las embarcaciones ancladas en el puerto de Veracruz, hace inabordables las costas de la península de Yucatán, y corriendo los barcos la borrasca en alta mar, moviéndose entre bajos, estrechos y playas, se estrellan muchas veces en la costa, impotentes ante la fuerza colosal del Norte, de aquel gradiente barométrico, salto inmenso que va de los altos neveros del Orizaba á las tierras bajas y ardientes del golfo mexicano.

El viajero, cansado de ver campos de magüey y de respirar un aire que se masca, sediento, cubierto el traje de arena, con los ojos secos é irritados, llega por fin á la estación de Esperanza, confiando también en que ha puesto término á la parte menos interesante de la travesía, y que en el restaurant hallará medio de refrescar sus ojos y su garganta, y reparar las fuerzas perdidas, en hora ya apropiada para hacer un almuerzo copioso.

Las mesas se llenan de viajeros; la comida, servida por gente del país, sin ser un modelo del arte culinario, se acepta sin repugnancia, y dispuestos ya á saborear las delicias del paisaje, en cuanto arranca el tren agrúpanse los viajeros en la parte derecha del vagón porque el gran espectáculo, la bajada hasta Córdoba y Orizaba, en plena zona tropical, empieza inmediatamente con gran contentamiento de los ojos, ávidos de contemplar aquella serie de cuadros que se transforma en cada revuelta del camino, sin que sea posible pararse cuando se pide á gritos calma para saborear aquel paraíso lleno de aire purísimo y de luz intensa como no habrá visto jamás el que sólo ha vivido en los campos y los bosques de los climas templados, donde la primavera es tan fugaz como la dicha humana, mientras allí, y en las altitudes medias, las brisas de primavera mantienen la juventud de la vida en todos los seres, remozándose en aquellos campos perpetuamente regados, bañados en aquel sol y aquel aire que llena de flores y pájaros las selvas y los bosques, dando á las plantas tonos de color tan brillante y tan intenso, tan variado y tan hermoso, que no se concibe ya que pueda haberlos más hermosos, ni aun en los mundos siderales, que la imaginación ¡pobre imaginación humana! se pierde en la contemplación de aquel paisaje que soñó tantas veces al leer la descripción de los bosques tropicales.

Al dejar la estación de Esperanza la transformación es tan rápida como el cambio de una decoración teatral. A las tierras y los arenales de las altas mesetas mexicanas, al trazado monótono de la línea férrea sentada sobre borrosa llanura, al campo plantado de magüey, á la choza india de paralelepípedos de adobe de color de tierra sucio, al aire transparente y suave de las grandes altitudes, suceden tierras fuertes y mantillosas, sobre las que parecen haber pasado, dejando allí sus despojos, las llamaradas de un incendio, la vía que dibuja con sus sutiles contornos una obra de ingeniería portentosa, el bosque con sus pinares propios aun de climas templados en las partes altas y sus plantas de la tierra caliente en las medias y bajas de la cordillera; la choza prismática, primitiva, cubierta de bambú, sentada con arcilla, albergue de las razas indias descendientes de las que descubrieron los primeros pobladores, y las oleadas de nubes y nieblas que suben del Atlántico, lamiendo aquellas tierras calcinadas y regando aquellas flores y plantas atosigadas por sed insaciable. Y en aquel inmenso escenario, la vista se pierde, sin saber qué partido tomar, si dedicar la atención á un trazado de ferrocarril, único en el mundo, en que los trenes parecen despeñarse, atravesando túneles y puentes, muy superior á cuanto he visto en el paso de los Alleghenies, Rocky Mountains, Sierra Nevada y en muchas comarcas europeas, ó si fijarla únicamente en aquellos paisajes donde crecen confundidos el plátano y la piña, los nopales y las palmeras, los naranjos y los limoneros, la caña de azúcar y el café, formando bosques tupidos llenos de flores de colores vivísimos, con festones de orquídeas, con chozas escondidas á la sombra de árboles colosales, regado todo por aguas abundantes, derretidas en los flancos del pico de Orizaba, mientras el tren desciende rápidamente formando zig-zag con curvas de corto radio, apoyándose constantemente en la caja abierta en la roca de acantiladas vertientes.

[Ilustración]