Viaje a America, Tomo 2 de 2 Estados Unidos, Exposición Universal de Chicago, México, Cuba y Puerto Rico

Part 6

Chapter 63,880 wordsPublic domain

No ofrece la fachada del Museo grandes atractivos: una puerta que adornan columnas corintias, un vestíbulo desnudo, un patio central donde se cultivan plantas tropicales muy hermosas, un señor, alto funcionario de la casa á quien me presenta el señor Crespo y me colma de atenciones, es cuanto llama mi atención al entrar en un edificio que contiene las reliquias más preciadas de la historia mexicana.

Abren la puerta del fondo del patio y entro en un salón, acompañado del señor secretario del Museo á cuya inteligente solicitud debo las pocas noticias recogidas y que voy á trasladar al papel como puede hacerlo un ignorante como yo, en materias que exigen estudio constante, profundo y detenido.

Hay en aquel salón páginas brillantísimas de la historia azteca, de aquel pueblo indio que tuvo su teogonía, su política, sus emperadores y sus guerreros, que dominó grandes comarcas y tuvo dinastías fundadoras de civilizaciones extrañas, cuyo centro de radiación estuvo en la ciudad que habitaba Motezuma en tiempo de la conquista. Lo primero que llama la atención del viajero es el estado de conservación en que se hallan las estatuas de los dioses paganos, las piedras de los sacrificios, el calendario azteca... objetos todos hallados en las excavaciones hechas, en su mayor parte en la capital, conservación debida al clima de las grandes mesetas mexicanas de los Estados del Norte, donde apenas llueve, donde hiela raramente, recordando los desiertos de Egipto en que todo se conserva y tiene vida histórica, representación de pueblos que han envejecido sin perder el amor á sus antiguas tradiciones, que enterraron con sus momias y las dinastías de sus reyes en el fondo de tumbas abiertas en la roca imperecedera de las tierras tropicales. Quisiera seguir con mi amable cicerone la historia de cada estatua, la significación de cada piedra; quisiera contar aquí los dolores del desdichado que ofreció á sus dioses vida, honores, gloria, amor, cuantas cosas puede ver el sabio en aquellos monumentos, mudos para mí, elocuentes para el que sabe leer en los trazos esculpidos en la piedra, en la figura de un dios de fisonomía estrafalaria, en las formas que revelan aplicaciones extrañas borradas de la conciencia humana, relacionado todo con una civilización muerta que tuvo sus días de gloria y sus esperanzas de inmortalidad.

El tiempo, lo que no existe en el infinito, lo que no empieza ni acaba en el espacio, todos los pueblos necesitan medirlo, que sin él los acontecimientos humanos no contarían en el mundo. Así no me admira ver en el fondo de la sala, y en sitio preferente, el calendario azteca, cuya facsímil había fijado ya mi atención en el Smithsonian Institution de Washington, y que aun teniéndolo á la vista, en una fototipia que me recuerda sus rasgos característicos, no sé cómo describir. Es una gran piedra porfídica, en donde se han grabado, entre los anillos de circunferencias concéntricas, símbolos extraños que tienen por centros la cara de un hombre, representación probable de un astro que servía á los aztecas para fijar el régimen de las estaciones anuales. ¿Cómo se contaban en aquel artificioso enigma los acontecimientos de la vida azteca? ¿quién es capaz de averiguarlo? que aun los más sabios, en tan difícil materia se pierden en conjeturas al tratar de adivinar en los inflexibles trazos de aquella piedra, las ideas que las dictaron y esculpieron.

Recorro la sala y me salen al paso ídolos deformes: el dios del fuego, llamado Chac-Mool, el dios principal del antiguo México; guerreros en número crecido; el indio triste; las piedras de los sacrificios, por cuyos agujeros debió correr la sangre de las víctimas; figuras grabadas, extrañísimas; símbolos portentosos de bestias enroscadas, airadas, de fisonomías terribles; estatuas grandiosas que ocupan los centros de la sala, esperando la vuelta de aquellas razas cuyos descendientes las miran sin comprenderlas; que murieron ya en el corazón de los indios, y para siempre, las teogonías de los crueles dioses paganos.

Salgo de aquel salón sin explicarme nada de lo que he visto; son para mí aquellas figuras palabras sueltas que no forman ideas en mi cerebro, y como si despertara de repente á la realidad de la vida, al atravesar el patio y entrar en reducida habitación, veo la carroza de gala de los últimos emperadores mexicanos, la carroza que usaron Maximiliano y su esposa al ser ungidos en la catedral de México.

Contraste terrible entre dioses airados que exigían el holocausto de sangre humana, y civilizaciones modernas que coronan las víctimas y las llenan de incienso y perfumes antes de fusilarlas en los campos de Querétaro. No hay, pues, entre ambas civilizaciones, más que diferencias de procedimiento; pero el fondo no revela, en ambas, otra cosa que asquerosos fanatismos y crueldades terribles.

Subo al primer piso y me enseñan un hermoso museo de Historia natural; México, país de recursos mineralógicos espléndidos, de fauna y flora tropical prodigiosa, sin grande esfuerzo puede montar colecciones de gran precio y ofrecer á sus hijos páginas llenas de datos, noticias y ejemplares para el estudio de su gea y la vida que sustenta. Falta ya sólo una sala para terminar la visita al precioso museo mexicano, sala que contiene para los españoles reliquias de inestimable valor.

En aquella sala podríamos aprender mucho, si fuéramos capaces de retrotraer, condensándolo en un pensamiento sintético, toda la historia colonial de España, tan gloriosa, tan triste y tan rica en enseñanzas, experiencias y contrastes.

Hidalgo, el párroco que trocó el cayado de pastor por arma homicida, tiene allí su estandarte, su bastón y su fusil, y junto á estas prendas mexicanas el estandarte de damasco rojo que llevaba Hernán Cortés en los días de la conquista. Bien están juntas esta gloria y aquellas enseñanzas, que en ambas cosas aprenderán los hombres como se conquistan las colonias y como se pierden, lo que pueden la fuerza inteligente, y los desaciertos impulsados por la codicia y el desgobierno.

Hay allí también el escudo de Motezuma y el servicio de mesa de Maximiliano, reliquias de dos emperadores para quienes los campos de México estuvieron sembrados sólo de abrojos y espinas.

Otro edificio notable y que vale la pena de ser visto detenidamente es el palacio de la Minería, obra moderna de principios de este siglo, la última quizá debida á los Virreyes españoles. Ocupa actualmente su vastísima área el ministerio de Fomento y la escuela de Ingenieros de minas. Para construirlo, la explotación de los minerales recargóse con el pago de un cánon que se destinó á obra digna de albergar la realeza. Los que conocen la historia íntima del país creen que, desterrado don Fernando y en entredicho la corona de España, á principios de siglo, el elemento español mexicano pensó ofrecer al Rey Fernando aquel albergue suntuoso, de escalera magnífica, de patios espaciosos y espléndidos, de fachadas artísticas, de conjunto superior á cuanto se hizo en aquella capital por nuestros Virreyes en los primeros siglos de la conquista.

En el vestíbulo principal hay grandes aerolitos caídos en territorio mexicano, y en las salas principales, hermosas colecciones de minerales y fósiles, dignas de la riqueza minera del subsuelo de Nueva España.

Ya anocheciendo, al salir del Museo, atravieso el Zócalo, la calle de San Francisco, cruzada de carruajes cuyos cocheros, aun llevando vistosas libreas, sólo excepcionalmente dejan el sombrero mexicano; las aceras concurridísimas, y en una plaza junto á la Alameda Juárez, un señor que me acompaña fija mi atención en una dama, cuya silueta alcanzo sólo á descubrir en un balcón y que resulta ser la de la señora viuda de Miramón, de aquel general que murió con el emperador Maximiliano en los campos de Querétaro.

Allí mismo, los muchachos pregonan la terminación de una algarada, de una nueva sublevación que durante un mes ha tenido en jaque á las tropas de la república. El jefe se había rendido imponiendo condiciones como si fuera beligerante reconocido. Y es que en México el fermento de la guerra civil subsiste siempre en aquella sociedad, convertido en elemento de resistencia con el que cuentan todos los partidos, que nadie está seguro de lo que pasará el día siguiente, y de si la víctima de la víspera se convertirá en dueño y señor de aquellas corrompidas democracias.

Y mientras veo pasar luces sin cuento de carruajes que cruzan la Alameda, escucho admirado los detalles curiosos de historietas, en que figuran los personajes más conspícuos de las repúblicas americanas, nombres que no quiero recordar convencido como estoy de que el escándalo es el peor de los pecados, y que quizá no están los tiempos para derribar reputaciones cuando tanta falta hace sumar voluntades en la gobernación de los pueblos. Y casi distraído oigo que dicen: «El gobernador del Estado X... preparó una emboscada al jefe del Gobierno; el plan no podía ser más sencillo; en una cacería bien organizada debía guiar la mano experta de un bandido la voluntad decidida de dejar una vacante en la poltrona presidencial. El jefe del Gobierno averiguó el caso, y cuando se presentó el Gobernador á convidarle, aceptó al parecer gustoso, rogándole sólo que regresara á su Estado y aguardara allí el día en que las funciones de su cargo le permitieran acudir á la fiesta.»

»El Gobernador regresó á su casa aquella misma noche, y en el vagón que lo conducía subieron dos desconocidos que tomaron asiento junto al jefe aludido. Cuando el tren cruzaba uno de los territorios más desiertos de aquel país, uno de los desconocidos apretó el timbre de alarma para que el maquinista parara el tren, que supuso estar en peligro. Mientras tanto el otro desconocido enseñaba al Gobernador la orden de arresto, expedida, en forma, por quien tenía atribuciones para hacerlo.» No sé si protestó el interesado, pero sí cuentan malas lenguas, que el arrestado bajó del vagón, se arrodilló junto á la vía y murió fusilado.

Y decía otro: «los españoles son ustedes deliciosos; su sentimentalismo resulta ridículo y contraproducente. En América entendemos las cosas de Gobierno de manera muy distinta. Iba yo hace poco en un tren, camino del norte, con varias señoras; cuando más distraídos estábamos, una agresión salvaje puso en peligro la vida de una de las damas, que se salvó milagrosamente. Junto á la línea, unos indios hicieron fuego, y las balas penetraron en el vagón. Paróse el tren, perseguimos á aquellos bandidos, y allí mismo, sin más contemplación ni causa criminal, los fusilamos.»

»¿Cree usted que con este procedimiento habría motivo de vanagloria en los que atentan á la vida del prójimo?»

No sé lo que contesté, porque ya otro señor proseguía:

«¿Recuerdan ustedes la historia de aquel general que entró en un café y mató á fulano é hirió á zutano...? pues ya está en la calle, y tan campante.»

La verdad es que todo aquello no daba grande idea de los gobiernos democráticos, y pensándolo un poco y agrandando el cuadro, quizá hallaríamos que las repúblicas americanas están en manos de dictadores y que la democracia estará en las leyes y en los organismos de aquellos Estados, pero no en el entendimiento y el corazón de los que rigen aquellos pueblos, manadas de hombres que cambiaron de señores para ser tan esclavos como lo han sido, son y serán siempre los que por deficiencias de raza, por pobreza de inteligencia y falta de dotes de gobierno, no tienen aptitud para mandar, ni pueden conocer más elemento de orden que el sable y la opresión.

Los que quieran afianzar sus principios de gobierno en las ideas democráticas, no deben ir á América y mucho menos á las repúblicas de raza española, si han de guardar un resto de ilusión y de esperanza en la panacea que á fines del siglo pasado se impuso al mundo con tanta sangre y tantas lágrimas, panacea redentora que después de un siglo de ensayos no ha podido arraigar en el corazón de las gentes civilizadas del mundo.

Chapultepec y Guadalupe

[Ilustración]Joyas del suelo mexicano deben ser, cuando son tan renombradas y para verlas salgo temprano del hotel Iturbide, aprovechando una mañana deliciosa y un sol espléndido con brisas de primavera que envían á las altas mesetas mexicanas los picachos que tienen alturas de 17,000 pies en que durante muchos siglos lucharon con varia fortuna la lava encendida de los volcanes y las nieves eternas de las grandes altitudes. Paso rápidamente por frente de la Alameda, saludo, admirado, la soberbia estatua ecuestre de Tolsa, miro sin enojo los monumentos que levantó el patriotismo mexicano, respetable aun en sus ingratitudes, y gozo la vida espléndida de aquella Avenida Juárez que al alejarse de la ciudad crece en hermosura, sombreada por árboles majestuosos, exhuberantes, agitados por las vibraciones de aquella luz que sacude sus complejos organismos con energías propias de los climas tropicales.

Recorro en hora escasa la distancia comprendida entre la ciudad y Chapultepec, y lo que parecía, visto desde lejos, accidente insignificante de la llanura, surge lentamente en el ocular del grande anteojo que forman las ramas al cruzarse y se levanta y crece á mis ojos, dibujándose ya en mi retina la colina con los accidentes caprichosos de la masa porfídica, en cuya cumbre se levanta el palacio que ha albergado ya á los representantes de todas las formas de gobierno conocidas: Virreyes, Presidentes y Emperadores; pasajeros todos veleidosos, encarnación viva y espejos fieles de las muchedumbres y las democracias mexicanas.

Dejo á mi izquierda el acueducto de 900 arcos que lleva las aguas á la capital, llego á la verja y á los muros que dibujan el contorno de lo que es hoy mansión presidencial, y sin que entorpezca mi entrada la guardia de honor puesta en cada una de las puertas del recinto, hállome de repente en un jardín de los trópicos, en uno de aquellos paraísos encantados que sueña el botánico ó el paleontólogo cuando lee ó clasifica los ejemplares de la flora de los países cálidos, donde viven ó vivieron los gigantes del reino vegetal, sin letargos ni crecimientos estacionales, saturados durante siglos de savia ardiente, poderosa, suma de energías capaz de vencer las inclemencias de los tiempos y las vicisitudes que siegan despiadadas las generaciones humanas en su paso por la tierra.

Aquellos árboles inmensos que necesitan varios hombres, formando cadena, para ser medidos, tan enormes son las circunferencias de sus troncos, parecen pertenecer á la familia botánica de las _cupresineas_, siendo llamado _ahuehete_ por los indios. Sus ramas péndolas llenas de musgo, entrelazadas con festones de orquídeas, parece que están adornadas para dar sombra á fiestas espléndidas en que la naturaleza ostenta sus mejores galas. Y entre aquellas frescas sombras y penumbras que rasgan rayos de sol ardiente, un recuerdo triste surge de entre la maleza y las flores de un parque escondido entre peñascos de pórfido, un monumento, una página de aquella historia que no deberían olvidar nunca los mexicanos, dedicado á los cadetes que en 1847 defendieron la independencia contra los ejércitos de la gran república norteamericana, y perdieron la vida sin poder evitar que el coloso les arrebatara con ella un pedazo de territorio inmenso que no sé yo si bastará para saciar el hambre devoradora de un pueblo que se figura que América es, y debe ser, sólo la patria de la gran familia yankee.

Cada año los cadetes dedican un día á conmemorar la desdichada suerte de sus compañeros, y el presidente de la república coloca una corona fúnebre sobre las cenizas de los mártires.

Al pie mismo del monumento hallo un camino de travesía que en pocos minutos me conduce á la cumbre de la colina donde se asienta Chapultepec, el palacio del actual presidente de la república, Porfirio Díaz.

La puerta de hierro que da acceso al jardín que precede al palacio, está guarnecida de tropa numerosa: á la vista de un extranjero, el guardia llama al sargento, que me niega la entrada, no recuerdo ya con qué pretexto, y con no poco disgusto me limito á echar una ojeada á la parte exterior del edificio, que no ofrece signo alguno que revele, en el autor del proyecto, la idea de levantar un palacio digno de un jefe de Estado.

Me limito, pues, á buscar un punto de mira y á orientarme, con ayuda de un guía, tomando como origen un edificio conocido. Lo consigo fácilmente sabiendo que la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe está al nordeste de Chapultepec, siendo aquel edificio uno de los primeros que se conoce al llegar á México.

Al pie de la colina veo los dos acueductos mencionados en el capítulo anterior; al Norte, Atzcapatzalio y Tlalnepantla, sitios reales de pasados siglos; más allá, Tacuba, donde descansaron, rotos y vencidos, los tercios españoles, en aquella noche infausta, llamada _la noche triste_; al Sud, y al pie de unas colinas, Tacubaya, que es sitio de recreo donde las clases altas mexicanas han levantado suntuosas moradas de recreo, y al Oeste, el Panteón Dolores, cementerio inmenso, con su rotonda de Hombres ilustres, donde descansan, entre otros, los restos de Arista y Lerdo, presidentes que fueron de la República mexicana.

Volviendo los ojos al Este, desde un punto apropiado, veo la ciudad de aspecto algo parecido á Zacatecas, de algo que recuerda los pueblos del Asia menor, con sus azoteas y sus monumentos achatados, su aspecto blanquecino que no amortigua la nota pálida de los alrededores, porque prescindiendo de algunas huertas, muy pocas, que se ven junto á un pueblo que se llama San Ángel, de los árboles que adornan las calzadas de la Verónica y Chapultepec, la Alameda y el sitio en que estoy colocado, oasis delicioso de verdura y vegetación espléndida, lo demás tiene aire de desierto que va acentuándose camino de la Esperanza, entre México y Veracruz.

No percibo desde este punto más que algunas manchas verdes que se ven en dirección á los volcanes; pero todo induce á creer que son campos de agave que se crían para recoger la savia que, fermentada, da el _pulque_, delicia de los indios y aun de personas acomodadas del país.

[Ilustración]

El gran valle de México desde Chapultepec tiene para mí una fisonomía tristísima, y digo para mí, porque hay quien lo halla muy hermoso y tiene una verdadera pasión por aquella alta meseta mexicana. Cuando se lee en la geografía que los picachos volcánicos de Popocatepetl é Ixtaccihuatl están respectivamente á una altitud de 17,777 y 17,071 pies, equivalentes á 5,420 y 5,204 ms., la imaginación pinta en el cerebro gigantes prodigiosos que luego resultan tan pequeños, vistos desde México, que la ilusión se desvanece, recordando otras montañas menos elevadas, y que producen un efecto mucho más sorprendente. El secreto de este desengaño estriba en que la ciudad de México se halla situada á 2,400 metros sobre el nivel del mar, y como dista 50 millas, ó sean 80 kilómetros de los volcanes, á tan enorme distancia, el ángulo que se forma en la retina es pequeñísimo, viéndose tan altas cimas á escasa altura sobre el valle principal de la meseta mexicana.

El volcán, por otra parte, duerme desde 1802, y los humos sulfurosos no pueden verse á tan larga distancia. Aquellos picachos, cuando las nieblas no los esconden, presentan sus formas cónicas esbeltas, cubiertas de nieve desde los 14,000 pies de altura, siendo, según dicen, de fácil acceso, y bastando dos días para llegar á la boca del volcán, si se pernocta en el rancho de Tlamacas.

Dejo con pena el recinto de Chapultepec, tomo el tranvía y un buen almuerzo por un peso mexicano en el restaurant que hay enfrente del hotel Iturbide, y salgo inmediatamente para visitar el santuario de Guadalupe, patrona de México y dueña y señora de los pobres indios.

En el Zócalo hallo preparado el tranvía, lleno ya de indios envueltos en sus zarapes y rebozos, abrigados como si estuviera helando, que salió al poco rato lentamente, camino del santuario. Aquella concurrencia indígena brilla por su recogimiento; no se oye ni una palabra ni se nota un gesto, nada que denote la manifestación de una idea revelada en aquellas caras tristes y macilentas. A la media hora de haber salido de la ciudad y al revolver una calle, el coche entra en una plazoleta donde hay un modestísimo monumento dedicado al párroco de Dolores, á Hidalgo, el primer insurrecto en 1810 y hoy el primer mexicano. No tiene aquel monumento gran cosa que admirar, y aun figuróseme ver tantas telarañas en el bronce y tanta suciedad en el zócalo que parecióme debía ser tratado con más decoro el que dió la vida por la independencia de su patria. Entrar en el recinto del santuario y notar la fisonomía propia de nuestra tierra, es la primera revelación; después sustituya la fantasía á nuestras vendedoras de rosquillas, buñuelos, confites y frutas, por indios acurrucados que venden fríjoles, tortillas de maíz y quesadillas; procure cambiar nuestra vegetación algo raquítica por bananas y palmeras lozanas de verde intenso, y esto basta, porque en lo demás, en la arquitectura, en el corte del santuario y sus anexos, en el modo de construir, en el color local de sitios polvorientos, sucios, llenos de mendigos, no hay nada que variar, ni tilde, ni coma que poner, todo está allí en su punto; la vieja España ha calcado en Guadalupe sus viejos moldes y sus rancias costumbres. Lo primero que me ocurre es visitar una capillita que hay en la parte lateral del santuario, compuesto éste de dos iglesias y un jardín con un pórtico; junto á éste es donde están los que venden chucherías y recuerdos de Guadalupe. Y me voy á aquella capilla porque me parece un edificio arrancado de nuestras montañas, toscamente construído, con sus puertas reviejas, con una especie de surtidor en el vestíbulo, rodeado de una verja, y con un vaso de metal sujeto por una cadenita de hierro que usan los indios para beber el agua del manantial. En el santuario llaman á ese edificio la Capilla del pocito, que pozo de aguas ascendentes debe ser, donde van los indios á confortar su fe, creyendo que la virgen de Guadalupe, al aparecer al indio Juan Diego, hizo surgir del suelo el milagroso manantial.

La aparición de esta virgen en el suelo mexicano recuerda la de Lourdes en Francia. Juan Diego era un pobre indio convertido; un día, mejor dicho, un sábado, yendo á misa y atravesando la colina oyó que los ángeles cantaban, y presentósele una hermosa señora que le encargó fuera á ver al obispo y le dijera que la virgen quería tener un templo en el sitio en que se encontraba. Juan Diego cumplió el encargo, pero el obispo necesitó mayores garantías, y tras mucho ir y venir, la dama volvió á presentarse, dando al pobre indio un manojo de flores que puso en su tilma, flores que, al enseñarlas al obispo, desaparecieron para convertirse la tilma en cuadro, donde estaba pintada la virgen de Guadalupe que se venera hoy en el templo y santuario del mismo nombre. Excusado es decir que el obispo no opuso nuevos reparos, y que la iglesia se construyó hasta alcanzar los esplendores que ostenta actualmente. Al salir de la capilla del pocito, hallé enfrente la senda que conduce á otra capilla llamada del cerrito, y que ocupa el sitio en donde la virgen dió al indio Juan Diego las flores que pintaron la tilma que se venera en el templo principal. Antes de llegar á la cumbre, unas indias me ofrecieron la _tierrita_,—todo se pone allí en diminutivo,—que comen los fieles con veneración, tierra amasada con el agua del pocito y que me daban con la perspectiva de que comprara sus celebradas tortillas, producción nacional que dudo alcance la categoría de género de exportación.