Viaje a America, Tomo 2 de 2 Estados Unidos, Exposición Universal de Chicago, México, Cuba y Puerto Rico

Part 4

Chapter 43,889 wordsPublic domain

El trasatlántico «Alfonso XII» salía de Cádiz el 18 de diciembre último, con mar llana y ligera brisa; el piloto del puerto dirigía ya la maniobra, arriadas las escaleras y moviéndose el barco lentamente en busca del mar libre de obstáculos, camino de este puerto. De repente y desde la toldilla observó que se había quedado á bordo un muchacho de diez y seis á diez y siete años, y con tono brusco y señalándole el cable que pendía de estribor y á cuya extremidad había una lancha, le dijo: «largo, inmediatamente bajas por la cuerda y te vas... largo»; el chico quedóse pálido como un muerto, no sabía si llorar ó protestar, mudo de espanto dudaba entre sufrir las iras del piloto ó exponerse á bajar por la cuerda y deslizarse con peligro de caer al agua. El piloto insistía con ánimo resuelto, y como el muchacho opusiera á la ira del marino la resistencia pasiva del que teme jugarse la vida en la contienda, intervino en ella un marinero del «Alfonso XII» con ánimo resuelto y decidido: «Pero hombre, no ve usted que el chico tiene miedo, que no ha bajado nunca por una cuerda y está temblando... pues no faltaba más»; y amparando al cuitado, salta la banda, coge el cable y al muchacho por la cintura, lo sujeta vigorosamente, le da rápida instrucción para que le deje sueltas las manos y en menos tiempo del que cuesta relatarlo, como si fuera un padre amoroso, dejó al chico en la lancha, subiendo rápidamente á bordo sin esperar, probablemente, las gracias del agradecido mancebo.

Compárese la indiferencia de los obreros de California con el arranque generoso del marinero del «Alfonso XII», y después escójase entre aquella civilización, orgullosa de sus máquinas, fría y repulsiva como toda vanidad, y ésta que tiene por base la familia con todas sus derivaciones, costumbres humanas y sentimientos piadosos que dan al prójimo el dictado de hermano y amigo.

Los campos de California van repoblándose á medida que se avanza en dirección al sur con las plantas que son el orgullo de nuestras provincias de levante. Arrancadas las viñas en muchas partes, los árboles frutales, naranjos, limoneros, melocotoneros, cerezos, correctamente alineados, dominados en el fondo de la plantación por la quinta, la masía ó el _cottage_, constituyen la fisonomía especial de la baja California. Camino del Estado de Arizona ya no se cruzan grandes ríos, viéndose sólo en lontananza la altiva cordillera de Sierra Nevada; los pueblos guardan su fisonomía especial, las casas, casi todas de madera, no están ya rematadas por cubiertas de 40 ó 45 grados, el frío no cuenta ya en las fértiles llanuras, besadas por las brisas del Pacífico, y cruzando paralelos cada vez más cercanos al trópico de Cáncer, las plantas tropicales asoman ya por todas partes, el indio se transforma, no es tan robusto, ni tiene facciones tan angulosas, y al amanecer del domingo, cuando el sol doraba el hermoso valle de Los Ángeles, donde se producen los vinos americanos tan parecidos á los vinos andaluces y portugueses, después de haber atravesado el valle de San Joaquín, granero de California, y las estaciones llamadas y escritas en español, Merced, Madera, Fresno, que recuerdan nuestro paso por aquellos valles, llegué á las ocho de la mañana á La Puebla de la Reina de los Ángeles, fundada por los españoles en 1781, anexionada en 1846 á los Estados Unidos y formando hoy una agrupación de más de 50.000 habitantes, que se considera la segunda población de California en riqueza é importancia comercial.

A medida que el tren se aleja de Los Ángeles camino de San Diego, las plantaciones son cada vez más raras, hasta que ya antes de mediodía y de llegar á Yuma, se atraviesa el desierto de Colorado, en que sólo se ven yucas y cactus, extensos arenales matizados de sal, caldeados por un sol ardiente que en verano ofrece al viajero vistosos espejismos, desierto que en algunos puntos está por debajo del nivel del mar, solución de continuidad hoy del golfo de California, que quizá vuelva á invadir algún día si un movimiento del litoral americano sumerge otra vez las tierras que un levantamiento lento, fenómeno del volcanismo, ha puesto al descubierto en la época moderna del globo terráqueo. Y ya poco queda por ver que llame la atención en la larga travesía de San Francisco á El Paso, como no sean pueblos que el viajero pregunta de qué viven, dónde se halla la riqueza que explotan y aprovechan, cómo crecen y se desarrollan en aquellas inmensidades donde no hay bosques ni plantaciones, teniendo siempre á la vista aquella Sierra Madre de México, que esconderá aún tantas riquezas en sus entrañas, y aquellos desiertos que las aguas del mar han escupido como hueso estéril, ensanchando prodigiosamente el continente americano del que se cuentan tantos prodigios, y en donde amontona el monopolio tantas riquezas, poseídas por manos que han cruzado el territorio de caminos de hierro, puesto los jalones de nacientes poblados y quizá gérmenes de nuevas nacionalidades, pero puntos perdidos hoy en los inmensos campos de California y Arizona, de Texas y New-México, más grandes que España y Portugal, Francia é Inglaterra, Italia y Austria juntas, donde la vida nómada se ejercita con todas las manifestaciones del salvajismo, que la civilización pasa sólo allí entre los rieles de los caminos de hierro rápida y fugaz, desvaneciéndose á la vista del que suspira en aquellas landas desiertas, como el humo de la locomotora y el vapor de la caldera en los espacios infinitos del cielo.

Cansado de meditar sin comprender los misterios de los vastos desiertos americanos, recojo una nota artística en la estación de Yuma, que colora aquel desierto y aquella rígida nota de la línea recta en todo: una compañía nómada que pasea por aquellos desiertos leones enjaulados, panteras, tigres y hienas en grandes carromatos, indios que montan caballos enjaezados á la mexicana, elefantes que guía un muchacho cuarterón, monos que saltan y brincan, mujeres que visten trajes imposibles, chillones, llamativos, de raza difícil de clasificar, y en un gran carro, terminado por ancha plataforma, una murga de indios más ó menos auténticos, que toca una marcha discordante, ensordecedora, proyectándose todo en el cielo tropical, que ensucia de tonos grises la ola de aire caliente que levanta el sol en las caldeadas arenas del desierto.

Pasa aquella mascarada por delante del tren lenta y majestuosamente; es el reclamo americano que no tiene bastante campo en las ciudades y que necesita las inmensas soledades del desierto para proclamar que él solo es el rey del mundo. Y la locomotora mueve otra vez sus bielas y ruedas y el tren sigue y sigue cruzando estepas y pueblos, ríos y lagunas, acercándose cada vez más á Río Grande, muy chico donde lo cruzamos, poco antes de llegar á la frontera mexicana, y á la estación de El Paso, en territorio aun de los Estados Unidos de la América del Norte.

De El Paso á México

[Ilustración]A las dos de la tarde del día 6 de noviembre último llegué á la estación de El Paso, en territorio de Texas de los Estados Unidos de la América del Norte.

Para ir á la estación mexicana es menester atravesar la población, de fisonomía yankee, en el conjunto y los detalles. Lo característico allí es el cambio de tipo, la aparición de nuestra raza, del mestizo y del indio mexicano, esencialmente distinto del sioux criado en el Far-West y en los desiertos de Arizona, New-México y Texas.

El indio mexicano tiene en su piel y en sus rasgos fisionómicos algo que recuerda al chino, y sin embargo, cuando se comparan en los restaurants de las estaciones donde concurren, al chino puro, activo, inteligente, observador, con el indígena de México indolente, resignado, gozando la molicie del reposo, la única semejanza que aparece en los dos tipos es la inmovilidad fatal de su fisonomía, la tristeza de raza, tan honda y constante que parece haber desterrado la risa de aquellas esfinges humanas.

«Señor, ¿quiere usted algo?» me dijo un mestizo de ojos negros, rasgados, soñolientos. «Sí, necesito cambiar dinero; ¿podrá usted con todo esto?»—«y cómo no», contesta el mozo echando una rápida mirada á mi equipaje de mano, y con un acento tan dulce y con tan suaves inflexiones en la voz, que cantaba más que hablaba, y al decirme que le siguiera, guióme por aquellas calles polvorientas y las sendas más trilladas, llegando al poco rato, en tarde de noviembre tan calurosa como una de septiembre en Barcelona, al Banco de la ciudad, donde me dieron por cada cien dollars ciento setenta y dos pesos mexicanos.

Al ver tanto dinero en mi mano, tentado estuve de creer que soñaba, porque si la vida en México había de resultar proporcionada á lo que cuestan las cosas aquí, tomando por unidad el duro, iba á darse el caso extraño de que el viaje á Nueva España no me costara nada ó casi nada.

Regresé á la estación y me tocó esperar hasta las cinco de la tarde; los trenes en México no llevan prisa; hay de El Paso á México unas mil doscientas treinta millas, y para su recorrido necesité andar, sin descanso, desde el lunes á las cinco de la tarde á las siete de la mañana del jueves siguiente. Media hora antes de la partida, el expendedor de _boletos_ abrió la taquilla y al pedirle pasaje para la capital de México, aunque el idioma del país es el castellano, observé que no me entendía, que domina aun en los caminos de hierro de Nueva España el idioma de la gran república norteamericana.

Me figuré, pues, que estaba aún en los Estados Unidos y hube de reiterar la petición en inglés. «Aquí, contestóme, no damos pasaje más que hasta Ciudad de Juárez, en donde está la estación principal y la Aduana».—«All right»; dí diez centavos, me entregó un _boleto_ y esperé la hora de partida.

A las cinco llegó el tren compuesto de vagones de primera, segunda, tercera y Pullman-cars, rotulados en inglés, y el consabido negro, con su uniforme azul y botones dorados, el revisor que chapurreaba el español, con el séquito y la factura indiscutible que caracteriza el servicio de las compañías norteamericanas. Esos trenes me hicieron el efecto de avanzadas de los ejércitos de la gran república ansiosa de ir tachonando, de estrellas nuevas, las barras blancas y azules del pabellón americano.

Partió el tren y los aduaneros empezaron á ejecutar sus funciones; el bagaje de mano quedó revisado en pocos instantes, poniendo en todos ellos un rotulillo que decía: «Revisado por el resguardo de la Aduana fronteriza de la Ciudad de Juárez». Anochecía ya al llegar á Ciudad de Juárez y allí revisaron mi equipaje, cené y tomé pasaje para la capital de los Estados Unidos mexicanos. En el restaurant estaba en funciones una partida de chinos que ha arrendado la mayor parte de los servicios culinarios de las estaciones carrileras.

La comida me pareció aceptable y calcada en la cocina norteamericana: muchas carnes asadas, pocas salsas, agua helada á pasto, y la eterna banana en compota, frita, al natural, perfumando con su empalagosa esencia todos los platos.

Y al dejar arreglados mis cachivaches en el Pullman, observé en el andén de la estación el movimiento de hombres de distintas razas y colores, de muchachos y niñas que vendían chucherías y frutas, movimiento inusitado, extraño, fantasmagórico entre sombras y penumbras difuminadas, algo que recuerda nuestras estaciones de la costa catalana, en las primeras horas veraniegas de la noche, cuando la gente ansía ver el espectáculo, siempre igual y siempre variado, del tren que llega y del tren que parte, espejo fiel y triste de todos los acontecimientos de la vida, esperados con ansia como una alegría, vistos desaparecer con el dejo amargo del desengaño.

Dejé á Ciudad de Juárez recordando á aquel hombre de raza azteca que defendió, palmo á palmo, el territorio mexicano, y que, acorralado en el confín de la república, sentó allí las bases de su gobierno, organizó sus huestes, derrotó á sus contrarios, los lanzó del país y entró triunfante en la capital, dando á su patria uno de los períodos más largos de reposo desde que se emancipó de la metrópoli. Bien merecido tenía que la ciudad que le acogió en la desgracia, conserve el nombre del que defendió la independencia de la nación.

Ciudad de Juárez, iluminada apenas por el centelleo de las estrellas, se escondía cada vez más tras la arboleda, desaparecía rápida de la vista del viajero, y mientras el negro prepara las literas del Pullman, doy una ojeada á un guía que canta las maravillas de México, llamándole «Wonderland», y me dispongo para gozar, desde el día siguiente, la serie de espectáculos anticipados por relaciones pintorescas, dignas de una imaginación meridional.

Al despertar, á primera hora, apenas amanecía; recostado en la litera con el visillo levantado, observé ansioso la salida del sol. El que no ha estado en las altas mesetas mexicanas no sabe, no tiene idea de cómo se dibuja en el cielo la línea divisoria de las montañas, pura, limpia, cortada con precisión matemática que se proyecta en el horizonte como un trazo que separa la montaña, de tonos violados, del fondo azul del cielo. No puede haber en ningún clima atmósfera más transparente, ni tonos más calientes en el aire, ni dorado más intenso en los rayos del sol, ni líneas más finas en el cirrus que parece encaje de filigrana suspendido en el espacio, y allí donde el sol se proyecta intensamente, donde la tierra abrasada recibe amorosa aquel beso ardiente de un sol que no mitiga, con sus alientos suaves, el agua reducida á vapor, parece que se levanta intensa hoguera que abrasa aquellas inmensas llanuras. Pero cuando el sol va subiendo hacia el zénit y el aire se hace menos transparente, y se observa atento el llano inculto, la choza misérrima de adobe que ampara al indio azteca, el pueblo sin fisonomía, que no la tienen aquellas casas de arcilla, paralelepípedos de color terroso, sin enlucido, que no se necesita en aquel clima seco para conservar su cohesión, con una abertura que hace oficio de puerta y otra muy chica de ventana, alternando con barracas cónicas de tierra y caña, y desaparecen los espejismos en el cielo, la realidad se descubre por todas partes, mostrando una miseria tan espantosa y una despoblación tan grande, que ellas solas bastan para explicar los continuados alzamientos y sublevaciones de aquel pueblo vencido y humillado.

A las nueve de la mañana llegué á Chihuahua, capital del Estado del mismo nombre. Situada la ciudad á bastante distancia de la estación, el agrupamiento de las casas, su fisonomía, la iglesia principal con sus torres dominantes, me recordaron las ciudades españolas de la meseta central castellana.

[Ilustración]

Y en la estación se ven ya los hombres con _zarape_ y las mujeres con _rebozo_, prendas de la indumentaria mexicana, remedo de nuestras mantas y pañolones castellanos, que cubren cuerpos sin camisa y pelos desgreñados, manifestación tristísima de la más terrible miseria. El indio, envuelto en su zarape, sentado en cuclillas, triste, macilento, mira como pasa el tren, satisfecho hoy porque tiene aún algunos centavos ganados no recuerda cuándo ni de qué manera, que ya trabajará mañana, cuando sea pobre y no tenga dinero para comprar _pulque, tortillas_ y un puñado de judías.

¿Qué le importa al indio el mundo, del que nada espera? Cuando tiene hambre coge el fusil que le da la ambición del primer caudillo que se presenta y mata y muere para llenar su vientre, que es la única política que domina su corazón, su entendimiento y sus entrañas. Y al verle acurrucado, tomando el sol, enteco, arrugado, indiferente, nadie adivinaría en aquel sér envilecido un héroe que sabe batirse con singular bizarría, sin preguntar á nadie el color de la bandera, ni el derecho que defiende, ni la justicia de la causa que puso en sus manos el arma homicida.

Y al poco rato, después de tomar el _breakfast_ en el restaurant chino, aquella masa desaparece lentamente, mientras el tren va cruzando campiñas abandonadas, desiertos inmensos que tienen por marco altísimas montañas, atravesando de tarde en tarde alguna _hacienda_, como dicen las gentes del país, que tienen sesenta y ochenta mil hectáreas de extensión, verdaderos falansterios indios donde éstos hallan choza que les cobije, trabajo que alivie su miseria é iglesia que consuele sus pesares. Necesarios son esos recursos en un país donde las sequías lo matan todo, donde los ganados mueren en los caminos, hambrientos y engañados por traidores espejismos, y las sequías duran años y años en los Estados del norte de México, teniendo que abrir las fronteras á los granos de Norte América para no morir de hambre, produciendo esto una sangría tan espantosa en el numerario de la Hacienda mexicana, que la balanza comercial acusa una pérdida enorme, una corriente de millones que empobrece á aquella nación con una rapidez aterradora. Esto me cuentan mis compañeros de viaje, mostrándome en todas partes campos agostados, arenales salitrosos, tierras yermas y abandonadas, chozas misérrimas, indios cubiertos con sombrero, modificación de nuestro calañés, protector de la cabeza contra el sol y la lluvia torrencial de los climas tropicales, mientras van pasando las estaciones de La Cruz, Santa Rosalía, Jiménez, Torreón, empalme de la línea de Durango, Jimulco... y el día pasa esperando aquellas maravillas que no vienen y aquellas tierras tropicales que he soñado tantas veces, pobladas de palmeras, helechos arborescentes y lianas trepadoras con todo el cortejo de una flora y fauna poderosas.

El sol se pone, y el cielo vuelve á reproducir el espectáculo sublime de un incendio que dora, al esconderse en el horizonte, las cimas de las montañas y las profundidades del cielo. El indio, que ve cada día las fiestas sublimes de la atmósfera y compara aquella luz y aquellos colores con las tristezas de sus campos desolados, ¿cómo no ha de sentir la nostalgia de otra vida, allá, en el fondo de aquel cielo tan hermoso, tan puro y transparente, que parece ser una promesa y una esperanza?

Al día siguiente, poco después de las diez de la mañana, uno de los compañeros de viaje, compadecido de mi desencanto, me coge de la mano y me conduce á la plataforma posterior del vagón para presenciar un cambio completo de decoración, y me dice: «Estamos atravesando una de las comarcas más ricas de México, en el distrito de Zacatecas, región argentífera por excelencia; fíjese usted en aquellas piedras blancas que marcan cotos mineros y en las bocas de las minas, en cuyas galerías hay, ó mejor dicho, había unos 15,000 trabajadores extrayendo mineral argentífero del subsuelo. Por desgracia, el monometalismo y la abolición de la ley Sherman en las Cámaras de Washington acaban de asestar á esta riqueza una herida mortal. Los propietarios de las minas están despidiendo á muchos trabajadores y el laboreo de las minas va disminuyendo con una velocidad aterradora.»

«Observe usted ahora el paisaje: los tonos rojos y calientes de estas montañas, sus formas suaves y onduladas, sus valles risueños, embellecido todo por ese sol y ese clima primaveral», y al salir de una curva, como si se levantara repentinamente un telón de boca, mostróme en el fondo de un valle la ciudad de Zacatecas, escalonada, con sus casas blancas, bajas, rematadas por azoteas, recordando las ciudades orientales, hasta tal punto, que los que no hemos tenido la suerte de visitarlas, si nos hubieran transportado con los ojos cerrados á aquel centro minero, con la visión de las fotografías de Oriente en la memoria, no habría habido uno solo que se creyera en América; tanta semejanza existe entre Zacatecas y las ciudades en que se desarrollaron los portentos que conmemora la religión cristiana.

La explotación de las minas se remonta al 1516 y se supone que ha rendido ya más de 800 millones de dollars; la ciudad está sentada sobre filones de plata y en ella misma se abren los pozos para la extracción del precioso mineral.

Las iglesias se parecen, desde lejos, á las que se veían en Chihuahua; los edificios principales, los únicos que tienen alguna grandiosidad, son obra de nuestros antepasados, y por eso me decía mi compañero de viaje: «cuando vea usted, en México, un edificio de importancia, una iglesia de buen tipo arquitectónico, un palacio majestuoso, un cuartel, un ministerio, lo mismo en la capital que en los Estados, no vacile usted un instante en creer que todo es obra de España y del tiempo de la conquista.»

Poco tiempo me quedó para contemplar aquel oasis llamado Zacatecas en medio de tantos desiertos; los pasajeros ocuparon el tranvía que debía conducirles á la población, y el tren emprendió la marcha por la gran pendiente que guía á Guadalupe, y á pesar de haber pasado ya, á primeras horas de la mañana, el trópico de Cáncer y estar en los climas cálidos de la zona tórrida, las yucas, las palmas y los nopales eran las únicas plantas que me recordaban el país tropical de los bosques gigantes y las selvas encantadoras, descritas tan magistralmente por Humboldt.

[Ilustración: YUCA]

A la una llegamos á Aguas Calientes, almorcé en un restaurant del país á instigación de mis compañeros de viaje, y, aunque descontento de mi condescendencia, tuve la curiosidad de probar las celebradas _tortillas_, pasta repugnante hecha de harina de maíz y no sé qué más; el _pulque_, brebaje procedente de la savia fermentada del agave americano, muy parecido y perteneciente al mismo género de los agaves que se crían en la costa mediterránea, y una serie de platos de origen español mal condimentados y suciamente ofrecidos, que me hicieron formar una pobrísima idea del arte culinario de los Estados Unidos mexicanos.

Por fin, al día siguiente, á las siete de la mañana, vislumbré ya los célebres lagos del gran valle de México, sus cordilleras famosas, sus volcanes apagados, sus cimas más altas que los picos más elevados de los Alpes, y después de cinco días y otras tantas noches de ferrocarril, capaces de fatigar al más robusto, bien merecido tenía llegar al cerebro del país de las maravillas, á la ciudad de Motezuma y Hernán Cortés, de las leyendas heroicas, la noche triste y cuanto se relaciona con los hechos más gloriosos de la historia colonial de España.

La ciudad de México

[Ilustración]Temo que muchos extranjeros, al visitar la capital de la república mexicana, no le hallarán grandes atractivos. Lo moderno vale poca cosa, lo antiguo, lo que construyó el Virreynato de España durante tres siglos, sólo interesará á un reducido número de personas, amantes de la historia del mundo y de las proezas humanas. Si el que visita México está imbuído en ideas de secta, en todas partes hallará las huellas de los quemaderos de la inquisición, del martirio de los jefes indios humillados y vencidos por los conquistadores, más afanosos de tesoros escondidos que de glorias guerreras, y considerará justo que los mexicanos no tengan para Hernán Cortés ni un recuerdo, ni una alabanza.

Quien estudie imparcialmente la historia de la conquista de México, y observe cómo crece y se civiliza su raza indígena, mientras en el territorio de los Estados Unidos se extingue, siendo más guerrera y más viril, atosigada por procedimientos inhumanos, perseguida á sangre y fuego, y acorralada en su propia casa, quizá hallará que la obra de la conquista dejó en los campos regados por tanta sangre española, algo más que fanatismos y codicias, crueldades y martirios, que no son ciertamente los que tienen en sus manos los destinos mexicanos quienes puedan hacer alardes de clemencia, y de ahorrar la sangre indígena que derraman á raudales en nombre de ideales políticos menos excusables que los derechos de conquista.